La vida de mi madre es una novela que
me ha prohibido escribir; no puedo revelar sus secretos y misterios
hasta cincuenta años después de su muerte, pero para entonces
estaré convertida en alimento de peces, si mis descendientes cumplen
las instrucciones de arrojar mis cenizas al mar. A pesar de que rara
vez logramos ponernos de acuerdo, ella es el amor más largo de mi
vida, comenzó el día de mi gestación y ya dura medio siglo, además
es el único realmente incondicional, ni los hijos ni los más
ardientes enamorados aman así. Ahora está conmigo en Madrid. Tiene
el pelo de plata y arrugas de setenta años, pero todavía brillan
sus ojos verdes con la antigua pasión, a pesar de la amargura de
estos meses, que todo lo torna opaco. Compartimos un par de piezas de
hotel a pocas cuadras del hospital, donde contamos con una hornilla y
una nevera. Nos alimentamos de chocolate espeso y churros comprados
al pasar, a veces de unas contundentes sopas de lentejas con
salchichón capaces de resucitar a Lázaro, que preparamos en nuestra
cocinilla. Despertamos de madrugada, cuando todavía está oscuro, y
mientras ella se despereza, yo me visto de prisa y preparo café.
Parto primero, por calles parchadas de nieve sucia y hielo, y un par
de horas más tarde ella se reúne conmigo en el hospital. El día se
nos va en el corredor de los pasos perdidos, junto a la puerta de la
Unidad de Cuidados Intensivos, solas hasta el anochecer, cuando
aparece Ernesto de vuelta de su trabajo y comienzan a llegar de
visita los amigos y las monjas.
Según
el reglamento sólo podemos atravesar esa puerta nefasta dos veces al
día, vestirnos con los delantales verdes, calzarnos forros de
plástico y caminar veintiún pasos largos con el corazón en la mano
hasta tu sala, Paula. Tu cama es la primera de la izquierda, hay doce
en esa habitación, algunas vacías, otras ocupadas: pacientes
cardíacos, recién operados, víctimas de accidentes, drogas o
suicidios, que pasan por allí unos días y luego desaparecen,
algunos vuelven a la vida, a otros se los llevan cubiertos con una
sábana. A tu lado yace don Manuel, muriéndose lentamente. A veces
se incorpora un poco para mirarte con ojos nublados por el dolor,
vaya qué guapa es su niña, me dice. Suele preguntarme qué te
sucedió, pero está sumido en las miserias de su propia enfermedad y
apenas termino de explicarle lo olvida. Ayer le conté un cuento y
por primera vez me escuchó con atención: había una vez una
princesa a quien el día del bautizo sus hadas madrinas colmaron de
dones, pero un brujo colocó una bomba de tiempo en su cuerpo, antes
que su madre pudiera impedirlo. Para la época en que la joven
cumplió veintiocho años felices todos habían olvidado el
maleficio, pero el reloj contaba inexorablemente los minutos y un día
aciago explotó la bomba sin ruido. Las enzimas perdieron el rumbo en
el laberinto de las venas y la muchacha se sumió en un sueño tan
profundo como la muerte.
Que
Dios guarde a su princesa, suspiró don Manuel.
A
ti te cuento otras historias, hija.
Mi
infancia fue un tiempo de miedos callados: terror de Margara, que me
detestaba, de que apareciera mi padre a reclamarnos, de que mi madre
muriera o se casara, del diablo, los juegos bruscos, las cosas que
los hombres malos pueden hacer con las niñas. No se te ocurra subir
al automóvil de un desconocido, no hables con nadie en la calle, no
dejes que te toquen el cuerpo, no te acerques a los gitanos. Siempre
me sentí diferente, desde que puedo recordarlo he estado marginada;
no pertenecía realmente a mi familia, a mi medio social, a un grupo.
Supongo que de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que
impulsan a escribir, en la búsqueda de respuestas se gestan los
libros. El consuelo en los momentos de pánico fue el persistente
espíritu de la Memé, que solía desprenderse de los pliegues de la
cortina para acompañarme. El sótano era el oscuro vientre de la
casa, lugar sellado y prohibido al cual me deslizaba por un ventanuco
de ventilación. Me sentía bien en esa caverna olorosa a humedad,
donde jugaba rompiendo tinieblas con una vela o con la misma linterna
que usaba para leer de noche bajo las sábanas. Pasaba horas dedicada
a juegos callados, lecturas clandestinas y esas complicadas
ceremonias que inventan los niños solitarios. Había almacenado una
buena provisión de velas robadas en la cocina y tenía una caja con
trozos de pan y galletas para alimentar a los ratones. Nadie
sospechaba de mis excursiones al fondo de la tierra, las empleadas
atribuían los ruidos y las luces al fantasma de mi abuela y no se
acercaban jamás por ese lado. El subterráneo consistía en dos
cuartos amplios de techo bajo y suelo de tierra apisonada, donde
quedaban expuestos los huesos de la casa, sus tripas de cañerías,
su peluca de cables eléctricos; allí se amontonaban muebles rotos,
colchones despanzurrados, pesadas maletas antiguas para viajes en
barco que ya nadie recordaba. En un baúl metálico marcado con las
iniciales de mi padre, encontré una colección de libros, fabulosa
herencia que iluminó esos años de mi infancia: El tesoro de la
juventud, Salgari, Shaw, Verne, Twain, Wilde, London y otros. Los
supuse vedados porque pertenecían a ese T. A. de nombre
impronunciable, no me atreví a sacarlos a la luz y, alumbrada por
candiles, me los tragué con la voracidad que despiertan las cosas
prohibidas, tal como años después leí a escondidas Las mil y una
noches, aunque en realidad en esa casa no había libros censurados,
nadie tenía tiempo para vigilar a los niños y mucho menos sus
lecturas. A los nueve años me sumergí en las obras completas de
Shakespeare, primer regalo del tío Ramón, una bella edición que
repasé innumerables veces sin parar mientes en su calidad literaria,
por el simple placer del chisme y la tragedia, es decir, por la misma
razón que antes escuchaba los folletines de la radio y ahora escribo
ficción.
Vivía
cada cuento como si fuera mi propia vida, yo era cada uno de los
personajes, sobre todo los villanos, mucho más atrayentes que los
héroes virtuosos. La imaginación se me disparaba inevitablemente
hacia la truculencia. Si leía sobre los pieles rojas que arrancaban
el cuero cabelludo a sus enemigos, suponía que las víctimas
quedaban vivas y continuaban sus luchas con apretados gorros de piel
de bisonte para sujetarse los sesos que asomaban entre las fisuras
del cráneo despellejado, y de allí a imaginar que las ideas también
se les escapaban había un paso.
Dibujaba
los personajes en cartulina, los recortaba y los sostenía con
palitos, ese fue el comienzo de mis primeros intentos en el teatro.
Les contaba cuentos a mis alelados hermanos, horribles historias de
suspenso que llenaban sus días de terrores y sus noches de
pesadillas, tal como después hice con mis hijos y con algunos
hombres en la intimidad de la cama, donde una fábula bien contada
suele tener un poderoso efecto afrodisiaco.
El
tío Ramón tuvo una influencia fundamental en muchos aspectos de mi
carácter, aunque en algunos casos me ha costado cuarenta años
relacionar sus enseñanzas con mis reacciones. Poseía un Ford
destartalado que compartía a medias con un amigo; él lo usaba
lunes, miércoles, viernes y domingo por medio, y el otro lo tenía
el resto del tiempo. Uno de esos domingos con automóvil, nos llevó
con mis hermanos y mi madre al Open Door, un fundo en los alrededores
de Santiago donde internaban a los locos mansos.
Conocía
bien esos parajes porque en su juventud pasaba las vacaciones allí
invitado por unos parientes que administraban la parte agrícola del
sanatorio. Entramos a barquinazos por un camino de tierra bordeado
por grandes plátanos orientales formando una bóveda verde por
encima de nuestras cabezas. A un lado quedaban los potreros y al otro
los edificios rodeados de un huerto de árboles frutales, donde
deambulaban unos cuantos dementes pacíficos vestidos con camisolas
descoloridas, que acudieron a nuestro encuentro corriendo junto al
coche y asomando las caras y las manos por las ventanillas entre
gritos de bienvenida. Nos encogimos en el asiento espantados mientras
el tío Ramón los saludaba por el nombre, algunos habían estado
allí por muchos años y en los veranos de su juventud jugaba con
ellos. Por un precio razonable negoció con el cuidador para que nos
dejara entrar al huerto.
—Bájense,
niños, los locos son buena gente —ordenó—. Pueden subirse a los
árboles, comer todo lo que quieran y llenar este saco.
Somos
inmensamente ricos.
No
sé cómo consiguió que los internos del sanatorio nos ayudaran.
Pronto
les perdimos el miedo y terminamos todos encaramados devorando
damascos, chorreados de jugo, arrancándolos a manos llenas de las
ramas para meterlos en la bolsa. Les dábamos un mordisco y si no nos
parecían bien dulces los tirábamos y sacábamos otro, nos
lanzábamos los damascos maduros, que nos reventaban encima en una
verdadera orgía de fruta y de risa.
Comimos
hasta la saciedad y después de despedirnos a besos de los orates
emprendimos el regreso en el viejo Ford con la gran bolsa repleta, de
la cual seguimos engullendo hasta que nos vencieron los calambres de
barriga. Ese día tuve conciencia por primera vez de que la vida
puede ser generosa. Jamás habría tenido una experiencia así con mi
abuelo o con otro miembro de mi familia, que consideraban la escasez
una bendición y la avaricia una virtud. De vez en cuando el Tata
aparecía con una bandeja de pasteles, siempre medidos, uno para cada
uno, nada faltaba y nada sobraba. El dinero era sagrado y a los niños
nos enseñaban desde temprano cuánto costaba ganarlo. Mi abuelo
tenía fortuna, pero no lo sospeché hasta mucho después. El tío
Ramón era pobre como un ratón de sacristía y tampoco lo supe
entonces, porque se las arregló para enseñarnos a gozar de lo poco
que tenía. En los momentos más duros de mi existencia, cuando me ha
parecido que se cierran todas las puertas, el sabor de esos damascos
me viene a la boca para consolarme con la idea de que la abundancia
está al alcance de la mano, si uno sabe encontrarla.
Paula, 1994.

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