Tened
presente el hambre: recordad su pasado
turbio
de capataces que pagaban en plomo.
Aquel
jornal al precio de la sangre cobrado,
con
yugos en el alma, con golpes en el lomo.
El
hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus
mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus
ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente
a los comedores y los cuerpos salubres.
Los
años de abundancia, la saciedad, la hartura
eran
sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para
que venga el pan justo a la dentadura
del
hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.
Nosotros
no podemos ser ellos, los de enfrente,
los
que entienden la vida por un botín sangriento:
como
los tiburones, voracidad y diente,
panteras
deseosas de un mundo siempre hambriento.
Años
del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban
para el otro su cantidad los panes.
Y
el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de
cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.
Hambrientamente
lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices
y heridas, señales y recuerdos
del
hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos
con un origen peor que el de los cerdos.
Por
haber engordado tan baja y brutalmente,
más
abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis
atravesados por esta gran corriente
de
espigas que llamean, de puños que amenazan.
No
habéis querido oír con orejas abiertas
el
llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrabais
cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a
pedir con la boca de los mismos luceros.
En
cada casa, un odio como una higuera fosca,
como
un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe
por los tejados, os cerca y os embosca,
y
os destruye a cornadas, perros agonizantes.
El
hambre es el primero de los conocimientos:
tener
hambre es la cosa primera que se aprende.
Y
la ferocidad de nuestros sentimientos,
allá
donde el estómago se origina, se enciende.
Uno
no es tan humano que no estrangule un día
pájaros
sin sentir herida en la conciencia:
que
no sea capaz de ahogar en nieve fría
palomas
que no saben si no es de la inocencia.
El
animal influye sobre mí con extremo,
la
fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A
veces, he de hacer un esfuerzo supremo
para
acallar en mí la voz de los leones.
Me
enorgullece el título de animal en mi vida,
pero
en el animal humano persevero.
Y
busco por mi cuerpo lo más puro que anida,
bajo
tanta maleza, con su valor primero.
Por
hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde
la vida habita siniestramente sola.
Reaparece
la fiera, recobra sus instintos,
sus
patas erizadas, sus rencores, su cola.
Arroja
sus estudios y la sabiduría,
y
se quita la máscara, la piel de la cultura,
los
ojos de la ciencia, la corteza tardía
de
los conocimientos que descubre y procura.
Entonces
sólo sabe del mal, del exterminio.
Inventa
gases, lanza motivos destructores,
regresa
a la pezuña, retrocede al dominio
del
colmillo, y avanza sobre los comedores.
Se
ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto
a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces
sólo veo sobre el mundo una piara
de
tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.
Yo
no tengo en el alma tanto tigre admitido,
tanto
chacal prohijado, que el vino que me toca,
el
pan, el día, el hambre no tenga compartido
con
otras hambres puestas noblemente en la boca.
Ayudadme
a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta,
encarnizada, sitiada eternamente.
Yo,
animal familiar, con esta sangre obrera
os
doy la humanidad que mi canción presiente.
El hombre acecha. 1939.

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