Mostrando entradas con la etiqueta María Fernanda Ampuero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María Fernanda Ampuero. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de julio de 2026

Cristo. María Fernanda Ampuero.

Cuando al ñañito le empezó a subir la fiebre fue cuando empezó todo esto.
Dejé de ir a la escuela tantos días que empecé a sentir que nunca había ido, que desde que nací lo único que había hecho era cuidar al ñañito. Yo me quedaba en la casa mientras ella se iba a trabajar y le daba las cucharaditas del jarabe rosado cada hora y del jarabe transparente cada cuatro.
Ella me había regalado un reloj de números grandes por mi cumpleaños.
El bebé era livianito, livianito. Era como cargar papel de regalo arrugado en los brazos. No reía. Casi nunca abría los ojos.
Una noche uno de los amigos de mi mamá le hizo un hueco a la puerta del baño cansado de oírlo llorar.
Cállalo —le decía a mi mamá—. Que se calle esa criatura de mierda. Calla a ese monstruo, por puta te salió monstruo, mátalo.
Repetía las malas palabras y daba con el puño.
Era mejor que le diera a la puerta del baño y no al ñañito. Y no a ella. Pero un poco le daba a ella también.
No volvimos a ver a ese amigo de mi mamá y se hizo más difícil comprar el jarabe rosado y el jarabe transparente y ella lo hacía durar con un poco de agua hervida.
Ella se apretaba las manos mientras esperaba para sacarle el termómetro a mi ñañito. Le quedaban blancas después. Y hacía un ruidito después de sacudirlo en el aire y mirarlo debajo de la lámpara. Un ruidito de lengua y dientes. Cuando no lo hacía era un día mejor del ñañito.
Algunos fines de semana me mandaba donde los abuelitos.
Mi abuelito Fernando me llevaba primero al cementerio a visitar a su mamá muerta, Rosita. Después nos íbamos a La Palma a tomar Coca-Cola con helado de vainilla. Una niña con su abuelo. Con vestido. Sin hermanos. Hija única. Consentida. Todo eso se acababa muy rápido y enseguida era lunes.
Una tarde, mientras yo veía El Pájaro Loco, el ñañito empezó a llorar. No fui. Tocaba el jarabe rosado. No fui. Quería ver El Pájaro Loco. Entero. Por una vez entero sin mirar el reloj de números grandes, sin medir el jarabe en esa cucharota de plástico blanco, sin luchar para que se lo trague y ensuciarme la ropa y apestar, como siempre, a medicina. Quería oler a niña que ve El Pájaro Loco y nada más. Me reía hasta en las partes que no daban chiste. Muy alto, muy alto, como el Pájaro, para tapar el lloro del ñañito.
Al rato se acabó el programa y empezaron Los Picapiedras. También me lo vi enterito.
Cuando fui, el ñañito ya había dejado de chillar. Lo toqué. Fue como meter los dedos en candela vivita.
Llamé a la vecina y la vecina llamó a mi mamá.
¿Le diste el jarabe rosado?
Hice que sí con la cabeza.
El médico le mandó un jarabe verde y supositorios.
Mi mamá me enseñó a ponerle los supositorios. Yo no quería. El ñañito gritaba como ese perro cafecito al que atropelló un taxi una vez frente a la casa y se quedó ahí tirado, con las tripas afuera, pero vivo. Gritaba igualito, igualito.
Rosado, transparente, verde y supositorio.
Al día siguiente dejamos al ñaño con mis abuelitos y nos fuimos al Cristo del Consuelo. Ese era el barrio negro, el barrio prohibido. Mi mamá y yo éramos ahí como las bolitas de helado de vainilla flotando en la Coca-Cola.
Una señora negra, gordísima, con un pañuelo rojo en la cabeza le dijo a mi mami que tuviera fe.
Tenga fe, doñita. Este Cristo es milagroso.
Después le pidió plata, unas monedas. ¿Por qué no se la pedía al Cristo? Si era tan milagroso debía estar llenito de monedas, no como nosotras que a veces caminábamos porque no había para el bus.
La señora negra del pañuelo rojo le vendió a mi mamá un niñito como de juguete para que lo colgara del vestido morado del Cristo. Cuando entramos a la iglesia ¡había tantos niñitos de esos! Y corazoncitos y piernitas y bracitos y cabecitas y otras partes que no reconocí. Y fotos y cartas y billetes y dibujos. Una de esas cartas decía «alluda señor, solo tengo nuebe años y cancer».
¿Mami? —pregunté—. ¿Cómo va a saber el Cristo cuál de todos es mi ñañito?
Porque Él es muy inteligente.
Olía raro ahí dentro. A viejo, a polvo, a como cuando no me lavo el pelo muchos días, a caliente, a cuando se va la luz.
Antes de irnos, mi mami sacó una botella de salsa de tomate Los Andes y la llenó del agua de un grifo.
Agua buena —dijo—. Agua del Cristito, agüita santa.
Me dio un trago, pero no sabía a santa, sino a salsa de tomate y un poco a oxidado y pensé que una agua de salsa de tomate, como la que echamos al arroz blanco a fin de mes, cuando ya se está acabando la botella, no podía ser milagrosa. Tenía que saber a dulce de leche, a hamburguesa doble. No saber a pobre. Con esa porquería en la boca, sentí ganas de gritarle a todo el mundo que estaba equivocado, que aquí no había más milagro que la señora del pañuelo rojo recibiendo monedas por vender trocitos de cuerpo y cuerpitos enteros para pegar a la falda de un Cristo que sabe a salsa de tomate chirle. Ahí se quedó mi hermanito, o sea, un muñequito tan deforme como él, rodeado de cientos de otros muñequitos igual de horrorosos y cabezas y brazos y piernas y corazones, como si hubiera habido una explosión.
Él se tiene que quedar ahí —se puso furiosa mi mamá.
Y yo lloré todo el camino a la casa porque me di cuenta de que ella tampoco sabía lo que hacía.
En la casa, mi mami le dio un poco de esa agua al ñañito y se la echó por la cabeza. Él abrió los ojos y enseñó su boca, sus dientes. Por fin. Nos sonreía.
Así, con esa sonrisa, lo pusimos la semana siguiente en una caja blanca, pequeñita, que pagó el barrio con una colecta.
He vuelto a la escuela. Otra vez a cuarto grado, donde soy enorme y no tengo amigos.
Cuando me preguntan si tengo hermanas o hermanos pienso en el niñito que está colgado del manto del Cristo del Consuelo y digo que no.
Ellos no lo entenderían.

Pelea de gallos, 2018.

sábado, 4 de julio de 2026

Subasta. María Fernanda Ampuero.

En algún lado hay gallos.
Aquí, de rodillas, con la cabeza gacha y cubierta con un trapo inmundo, me concentro en escuchar a los gallos, cuántos son, si están en jaula o en corral. Papá era gallero y, como no tenía con quién dejarme, me llevaba a las peleas. Las primeras veces lloraba al ver al gallito desbaratado sobre la arena y él se reía y me decía mujercita.
Por la noche, gallos gigantes, vampiros, devoraban mis tripas, gritaba y él venía a mi cama y me volvía a decir mujercita.
Ya, no seas tan mujercita. Son gallos, carajo.
Después ya no lloraba al ver las tripas calientes del gallo perdedor mezclándose con el polvo. Yo era quien recogía esa bola de plumas y vísceras y la llevaba al contenedor de la basura. Yo les decía: adiós gallito, sé feliz en el cielo donde hay miles de gusanos y campo y maíz y familias que aman a los gallitos. De camino, siempre algún señor gallero me daba un caramelo o una moneda por tocarme o besarme o tocarlo y besarlo. Tenía miedo de que, si se lo decía a papá, volviera a llamarme mujercita.
Ya, no seas tan mujercita. Son galleros, carajo.
Una noche, a un gallo le explotó la barriga mientras lo llevaba en mis brazos como a una muñeca y descubrí que a esos señores tan machos que gritaban y azuzaban para que un gallo abriera en canal a otro, les daba asco la caca y la sangre y las vísceras del gallo muerto. Así que me llenaba las manos, las rodillas y la cara con esa mezcla y ya no me jodían con besos ni pendejadas.
Le decían a mi papá:
Tu hija es una monstrua.
Y él respondía que más monstruos eran ellos y después les chocaba los vasitos de licor.
Más monstruo, vos. Salud.
El olor dentro de una gallera es asqueroso. A veces me quedaba dormida en una esquina, debajo de las graderías, y despertaba con algún hombre de esos mirándome la ropa interior por debajo del uniforme del colegio. Por eso, antes de quedarme dormida, me metía la cabeza de un gallo en medio de las piernas. Una o muchas. Un cinturón de cabezas de gallitos. Levantar una falda y encontrarse cabecitas arrancadas tampoco gustaba a los machos.
A veces, papá me despertaba para que tirara a la basura otro gallo despanzurrado. A veces, iba él mismo y los amigos le decían que para qué mierda tenía a la muchacha, que si era un maricón. Él se iba con el gallo descuajaringado chorreando sangre. Desde la puerta les tiraba un beso. Los amigos se reían.
Sé que aquí, en algún lado, hay gallos, porque reconocería ese olor a miles de kilómetros. El olor de mi vida, el olor de mi padre. Huele a sangre, a hombre, a caca, a licor barato, a sudor agrio y a grasa industrial. No hay que ser muy inteligente para saber que este es un sitio clandestino, un lugar refundido quién sabe dónde, y que estoy muy pero que muy jodida.
Habla un hombre. Tendrá unos cuarenta. Lo imagino gordo, calvo y sucio, con camiseta blanca sin mangas, short y chancletas plásticas, le imagino las uñas del meñique y del pulgar largas. Habla en plural. Aquí hay alguien más que yo. Aquí hay más gente de rodillas, con la cabeza gacha, cubierta por esta asquerosa tela oscura.
A ver, nos vamos tranquilizando, que al primer hijueputa que haga un solo ruido le meto un tiro en la cabeza. Si todos colaboramos, todos salimos de esta noche enteros.
Siento su panza contra mi cabeza y luego el cañón de la pistola. No, no bromea.
Una chica llora unos metros a mi derecha. Supongo que no ha soportado sentir la pistola en la sien. Se escucha una bofetada.
A ver, reina. Aquí no me llora nadie, ¿me oyó? ¿O ya está apurada por irse a saludar a diosito?
Luego, el gordo de la pistola se aleja un poco. Ha ido a hablar por teléfono. Dice un número: seis, seis malparidos. Dice también muy buena selección, buenísima, la mejor en meses. Recomienda no perdérsela. Hace una llamada tras otra. Se olvida, por un rato, de nosotros.
A mi lado escucho una tos ahogada por la tela, una tos de hombre.
He escuchado de esto —dice él, muy bajito—. Pensé que era mentira, leyenda. Se llaman subastas. Los taxistas eligen pasajeros que creen que pueden servir para que den buena plata por ellos y para eso los secuestran. Luego los compradores vienen y pujan por sus preferidos o preferidas. Se los llevan. Se quedan con sus cosas, los obligan a robar, a abrirles sus casas, a darles sus números de tarjeta de crédito. Y a las mujeres. A las mujeres.
¿Qué? —le digo.
Escucha que soy mujer. Se queda callado.
Lo primero que pensé cuando me subí al taxi esa noche fue por fin. Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. Había bebido unas cuantas copas y estaba tristísima. En el bar estaba el hombre por el que tenía que fingir amistad. A él y a su mujer. Siempre finjo, soy buena fingiendo. Pero cuando me subí al taxi exhalé y me dije qué alivio: voy a casa, a llorar a gritos. Creo que me quedé dormida un momento y, de repente, al abrir los ojos, estaba en una ciudad desconocida. Un polígono. Vacío. Oscuridad. La alerta que hace hervir el cerebro: se te acaba de joder la vida.
El taxista sacó una pistola, me miró a los ojos, dijo con una amabilidad ridícula:
Llegamos, señorita.
Lo que siguió fue rápido. Alguien abrió la puerta antes de que yo pudiera poner el seguro, me echó el trapo sobre la cabeza, me ató las manos y me metió en esa especie de garaje con olor a gallera podrida y me obligó a arrodillarme en una esquina.
Se escuchan conversaciones. El gordo y alguien más y luego otro y otro. Llega gente. Se escuchan risas y destapar cervezas. Empieza a oler a maría y alguna otra de esas mierdas con olor picante. El hombre que está a mi lado hace rato que ya no me dice que esté tranquila. Se lo debe estar diciendo a sí mismo.
Mencionó antes que tenía un bebé de ocho meses y un niño de tres. Estará pensando en ellos. Y en estos tipos drogados entrando en la urbanización privada en la que vive. Sí, está pensando en eso. En él saludando al guardia de seguridad como todas las noches desde que su carro está en el taller, mientras esas bestias van atrás, agachados. Él los va a meter en su casa donde está su hermosa mujer, su bebé de ocho meses y su niño de tres. Él los va a meter a su casa.
Y no hay nada que pueda hacer al respecto.
Más allá, a la derecha, se escuchan murmullos, una chica que llora, no sé si la misma que ha llorado antes. El gordo dispara y todos nos tiramos al suelo como podemos. No nos ha disparado, ha disparado. Da igual, el terror nos ha cortado en dos mitades. Se escucha la risa del gordo y sus compañeros. Se acercan, nos mueven al centro de la sala.
Bueno, señores, señoras, queda abierta la subasta de esta noche. Bien bonitos, bien portaditos, se me van a poner aquí. Más acá, mi reina. Eeeso. Sin miedo, mami, que no muerdo. Así me gusta. Para que estos caballeros elijan a cuál de ustedes se van a llevar. Las reglas, caballeros, las de siempre: más plata se lleva la mejor prenda. Las armas me las dejan por aquí mientras dure la subasta, yo se las guardo. Gracias. Encantado, como siempre, de recibirlos.
El gordo nos va presentando como si dirigiera el programa de televisión más repugnante del mundo. No podemos verlos, pero sabemos que hay ladrones mirándonos, eligiéndonos. Y violadores. Seguro que hay violadores. Y asesinos. Tal vez hay asesinos. O algo peor.
Daaaaaaamas y caballeeeeeeros.
Al gordo no le gustan los que lloriquean ni los que dicen que tienen niños ni los que gritan a la desesperada no sabes con quién te estás metiendo. No. Menos le gustan los que amenazan con que se va a pudrir en la cárcel. Todos esos, mujeres y hombres, ya han recibido puñetazos en la barriga. He escuchado gente caer al suelo sin aire. Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los escucho. Dentro de mí. Gallos y hombres. Ya, no seas tan mujercita, son galleros, carajo.
Este señor, ¿cómo se llama nuestro primer participante? ¿Cómo? Hable fuerte, amigo. Ricardoooooo, bienvenidooooo, lleva un reloj de marca y unos zapatos Adidas de los bueeeenos. Ricardooooo ha de tener plaaaaaaaataaaaaaa. A ver la cartera de Ricardo. Tarjetas de crédito, ohhhhhh Visa Goooooold de Messi.
El gordo hace chistes malos.
Empiezan a pujar por Ricardo. Uno ofrece trescientos, otro ochocientos. El gordo añade que Ricardo vive en una urbanización privada en las afueras de la ciudad: Vistas del Río.
Allá donde no podemos ni asomarnos los pobres. Allá vive el amigo Riqui. Sí le puedo decir Riqui, ¿no? Como Riqui Ricón.
Una voz aterradora dice cinco mil. La voz aterradora se lleva a Ricardo. Los otros aplauden.
¡Adjudicado al caballero de bigote por cinco mil!
A Nancy, una chica que habla con un hilito de voz, el gordo la toca. Lo sé porque dice miren qué tetas, qué ricas, qué paraditas, qué pezoncitos y se sorbe la baba y esas cosas no se dicen sin tocar y, además, qué le impide tocar, quién. Nancy suena joven. Veintipocos. Podría ser enfermera o educadora. A Nancy el gordo la desnuda. Escuchamos que abre su cinturón y que abre los botones y que le arranca la ropa interior, aunque ella dice por favor tantas veces y con tanto miedo que todos mojamos nuestros trapos inmundos con las lágrimas. Miren este culito. Ay, qué cosita. El gordo sorbe a Nancy, el ano de Nancy. Se escuchan lengüeteos. Los hombres azuzan, rugen, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y los aullidos. Los aullidos.
Caballeros, esto no es por vicio. Es control de calidad. Le doy un diez. Ahí la limpian bien bonito y una delicia nuestra amiga Nancy.
Debe ser hermosa porque ofrecen, de inmediato, dos mil, tres, tres quinientos. Venden a Nancy en tres quinientos. El sexo es más barato que la plata.
Y el afortunado que se lleva este culito rico es el caballero del anillo de oro y el crucifijo.
Nos van vendiendo uno a uno. Al chico que estaba a mi lado, al del bebé de ocho meses y el niño de tres, el gordo ha logrado sacarle toda la información posible y ahora es un pez gordísimo para la subasta: plata en diferentes cuentas, alto ejecutivo, hijo de un empresario, obras de arte, hijos, mujer. El tipo es la lotería. Seguramente lo secuestrarán y pedirán un rescate. La puja empieza en cinco mil. Sube hasta diez, quince mil. Se para en veinte. Alguien con quien nadie se quiere meter ha ofrecido los veinte. Una voz nueva. Ha venido sólo para esto. No estaba para perder tiempo en pendejadas.
El gordo no hace ningún comentario.
Cuando me toca a mí, pienso en los gallos. Cierro los ojos y abro mis esfínteres. Es lo más importante que haré en mi vida, así que lo haré bien. Me baño las piernas, los pies, el suelo. Estoy en el centro de una sala, rodeada por delincuentes, exhibida ante ellos como una res y como una res vacío mi vientre. Como puedo, froto una pierna contra la otra, adopto la posición de un muñeca destripada. Grito como una loca. Agito la cabeza, mascullo obscenidades, palabras inventadas, las cosas que les decía a los gallos del cielo con maíz y gusanos infinitos. Sé que el gordo está a punto de dispararme.
En cambio, me revienta la boca de un manazo, me parto la lengua de un mordisco. La sangre empieza a caer por mi pecho, a bajar por mi estómago, a mezclarse con la mierda y la orina. Empiezo a reír, enajenada, a reír, a reír, a reír.
El gordo no sabe qué hacer.
¿Cuánto dan por este monstruo?
Nadie quiere dar nada.
El gordo ofrece mi reloj, mi teléfono, mi cartera. Todo es barato, chino. Me coge las tetas para ver si la cosa se anima y chillo.
¿Quince, veinte?
Pero nada, nadie.
Me tiran a un patio. Me bañan con una manguera de lavar carros y luego, mojada, me suben a un carro que me deja, descalza, aturdida, en la Vía Perimetral.

Pelea de gallos, 2018.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Nam. María Fernanda Ampuero.

Se desnuda. Algo muy malo o muy bueno está pasando. Pasándome. Sea lo que sea, mis padres no se pueden enterar. Estoy en casa de una amiga. Lo de siempre. Pero mi nueva amiga, mitad gringa, mitad nuestra, se quita el uniforme, el sostén deportivo, la tanga, los zapatos. Se deja puestas las medias, cortas, con una bolita fucsia en el talón. Está desnuda, de espaldas, mirando su armario.
Es incómodo y es deslumbrante. Duelen las dos cosas. Cabizbaja como un perro avergonzado, un perro feo y paticorto, intento parecer la misma de un momento antes, cuando ambas estábamos vestidas, cuando esa imagen, la de su cuerpo, no ha reventado como millones de bengalas en mi cerebro. Diana Ward-Espinoza. Dieciséis años. Uno ochenta de estatura. Jugadora estrella del equipo de vóley de su colegio en Estados Unidos. Ojos verde gato radioactivo. Sonrisa blanquísima de la gente de allá.
Diana, Dayana en gringo, habla y habla, siempre, sin parar, mezclando inglés y español o inventando una cosa tercera, divertidísima, que me hace reír a gritos. Con ella río como si en mi casa no pasara nada, como si mi papá me quisiera como un papá. Río como si no fuera yo, sino una chica que duerme feliz. Río como si no existiera lo salvaje.
Ella repite las frases de los profesores como se repite un trabalenguas y nunca atina. Tal vez por eso, porque la creen boba, o porque vive en un departamentito y no en una casa majestuosa, o porque su mamá es profesora de inglés en el colegio y por eso ella no paga pensión o porque corre por el barrio con unos shorts diminutos, azules con una línea blanca que se corta en forma de uve en el muslo. Por todo eso, o por alguna otra oscura exigencia jerárquica de las chicas populares, ningún grupo la acepta. Es blanca, rubia, tiene los ojos verdes, su nariz diminuta está salpicada de pecas doradas, pero ningún grupo la acepta.
A mí tampoco me aceptan, pero lo mío es lo de siempre: gorda, morena, de lentes, peluda, fea, rara.
Un día coinciden nuestros apellidos en la clase de computación. Una al lado de la otra. Eso es todo. Aprendo que BFF significa Best Friends Forever.
Entonces somos mejores amigas para siempre. Entonces me invita a su casa a estudiar. Entonces digo a mi mamá que dormiré donde Diana. Entonces estamos en su cuarto diminuto y ella está desnuda. Se da la vuelta para ponerse por encima del cuerpo color crema pastelera un vestido vaquero. Pone música. Baila. De fondo, la gigantesca bandera estadounidense de su pared.
Cubierta de una lanilla clara, su piel tiene la apariencia, la delicia, de un durazno. Habla de chicos, le gusta mi hermano, del examen que tenemos al día siguiente, filosofía, del profesor que es gracioso, pero ¿qué fuck es el ser?, de que jamás va a entender las cosas como las entiendo yo, de que yo soy la persona más inteligente que ha conocido y que ella, okey seamos honestas, ella es buena para los deportes.
Se para frente al espejo, a menos de un metro de mí, que estoy sentada en su cama dizque hundida en el libro de filosofía. Si quisiera, y quiero, podría extender mi dedo índice y tocar el hueso de su cadera, hacerlo avanzar hasta donde nace el pelo del pubis, nunca he visto un pubis dorado, y saber si eso que brilla es humedad.
Se hace una cola de caballo con sus bucles infantiles, como los de Mary had a little lamb, se pinta los labios con un brillo que huele a chicle y se pone a criticar su pelo, sus orejas, un grano que digo que yo no veo. Pero no puedo mirarla y ella lo nota y se queja: si ni siquiera me estás mirando, deja de estudiar, que tú ya entendiste qué es el ser.
Me sujeta la barbilla y me levanta la cabeza para que la mire. Huelo el chicle de sus labios. Escucho mi corazón latiendo. Dejo de respirar.
–¿Ves el grano? ¿Aquí? ¿Lo ves?
La lengua se me pega al paladar. Trago arena. Asiento.
Comemos con su hermano Mitch, su mellizo, que me gusta tanto que la mandíbula se me adormece cuando voy a hablarle. Ha tenido entrenamiento de fútbol. Se quita la camiseta sudada y no se pone otra. Almorzamos solos, como un matrimonio de tres. Diana pone la mesa, yo sirvo la Coca-Cola y Mitch mezcla pasta con una salsa y la pone a calentar en una olla.
Supongo que sus padres, ambos, están trabajando. Sé que Miss Diana, la mamá, que es mi profesora de inglés, tiene otro trabajo por la tarde en la academia de idiomas. Del papá no sé nada. Tampoco pregunto. Nunca pregunto por los papás. Me dicen que Miss Diana deja hecha la comida por las mañanas, que no cocina bien. Está horrible. Bañamos nuestros platos con queso parmesano Kraft y nos reímos a carcajadas.
Mitch también tiene examen, pero no quiere estudiar. En el comedor, que es también la sala, hay fotos en las paredes. Mitch y Diana, pequeñitos, disfrazados de girasoles. Miss Diana, delgada y joven, delante de una casa con buzón. Un perro negro, Kiddo, al lado de un bebé, Mitch. Los niños en Navidad, rodeados de regalos. Miss Diana embarazada. Diana, de blanco, el día de su Comunión.
Hay algo triste en la luz de las fotos, típicas fotos gringas de los setentas: tal vez demasiado color pastel, tal vez distancia, tal vez todo lo que no aparece. Siento una tristeza que no es la mía. La mía está, pero esta es otra. Esas vidas: los niños girasoles, el bebé precioso al lado de un perro negro, todo eso que parece perfecto, tampoco va a salir del todo bien. No. A pesar de sus cabezas rubias, de sus cuerpos de atletas, de sus mejillas coloradas y de sus ojos brillantes, algo no va a salir bien.
Hay una parte desesperada, sombría, en Diana, en Mitch, en mí, en este departamentito en el que tres adolescentes escuchan música sentados en el suelo.
Ponemos discos: The Mamas & The Papas, The Doors, Fleetwood Mac, Creedence Clearwater Revival, Hendrix, Bob Dylan, Simon and Garfunkel, The Moody Blues, Van Morrison, Joan Baez.
Diana cuenta que sus padres fueron a Woodstock y saca un álbum de fotos donde, por fin, está la imagen del padre. Mr. Mitchell Ward: bigote rojo, pelo largo y cintillo en la frente. Un chico gringuísimo, hermoso y grande como sus hijos, que mira a una chica, Miss Diana, casi irreconocible de lo sonriente, de lo natural.
Luego, detrás de esa página, hay otra foto ante la que callamos: papá de pie, vestido de militar. Lieutenant Mitchell Ward.
Él fue a Vietnam.
Los dos, Diana y Mitch, dicen la misma frase a la vez, como una sola persona con voz masculina y femenina.
Él fue a Vietnam.
He went to Nam.
Nam.
Vuelve la sombra, esa falta de luz que ahoga, el silencio como un mar bravo. Suena The Doors, que nos gusta, y los tres miramos el tocadiscos abrazados a nuestras piernas. Cantamos un poco y Diana traduce: las personas son extrañas cuando eres un extraño, las caras son feas cuando eres un extraño. Mitch pone Astral Week de Van Morrison y durante la canción Madame George me acuesto en las piernas de Diana. Mitch pone su cabeza en mi estómago. Nos acariciamos las cabezas.
Nadie estudia esa tarde. Escuchamos la música de Mr. Mitchell Ward, nos alternamos para cambiar los discos y luego devolverlos con cuidado al sobre plástico, a su estuche y al lugar que ocupan en el mueble. Este gesto es lento y sacramental. Asumo que los hijos no pudieron darle a su padre una despedida y que esto, acostarse en el suelo a escuchar sus adorados vinilos, es el adiós más bonito del mundo. Y yo formo parte y se me sale el corazón.
Cuando suena Mr. Tambourine Man, Diana llora. Busco su mano y la beso con un amor tan intenso que siento que va a matarme. Ella se agacha, me acuna, busca mi boca y así, escuchando a Bob Dylan y con lágrimas, doy, me dan, mi primer beso.
Mitch nos mira. Se incorpora, se acerca, me besa y besa a su hermana. Nos besamos los tres con desesperación, como huérfanos, como náufragos. Cachorros hambrientos sorbiendo las últimas gotas de leche del universo. Suena la armónica. Hey Mr. Tambourine Man, play a song for me. Estamos en penumbra. Esto está pasando. No hay nada más importante en el mundo.
Somos el mundo.
Estamos casi desnudos cuando, al otro lado de la puerta, Miss Diana remueve su cartera, busca la llave, timbra, llama en inglés a sus hijos.
Diana y yo corremos a su cuarto. Mitch se mete al baño. Hemos cogido toda nuestra ropa, pero el disco sigue dando vueltas. Miss Diana, brutal, aparta la aguja y el departamento se queda en silencio. Cuando abre la puerta, Diana y yo fingimos estudiar. Mitch sale del baño envuelto en una toalla, con la cabeza mojada. Ninguno acepta haber puesto el disco. El disco del padre. El disco de Lieutenant Ward, que estuvo en Nam.
Gritos en inglés. Miss Diana está muy roja y parece a punto de llorar o de explotar en mil pedazos. Escucho palabras que no entiendo y otras que sí sé lo que significan, palabras como fucking y fuck y album y father. Los hijos dicen que no y ella se acerca a Diana. Se acerca con la mano abierta, a pegarle, y yo, desesperada de amor, le grito que no Miss, que fui yo, la del disco, que fui yo y ella ya no sabe qué hacer ni qué decir. Se queda con la mano en el aire como una estatua de la libertad sin antorcha y se da cuenta de que es mi profesora y que la he visto hacer eso que no se debe hacer, eso que se queda entre las paredes de las casas, eso que los padres hacen con los hijos cuando nadie los ve.
Sale en silencio.
Diana me mira. Yo la miro. Quiero abrazarla, besarla, sacarla de ahí.
Se recoge el pelo y dice:
–Mejor empezamos a estudiar filosofía.
Nos amanecemos estudiando o fingiendo que estudiamos. Ella, que no entiende nada, duerme un poco en la madrugada y, bajo la luz mínima, yo la contemplo. Parece Ofelia, la del cuadro, y también una superheroína, She-Ra, la hermana de He-Man. La destapo y la miro entera: siento el deseo de ser diminuta y meterme por los labios que tiene entreabiertos y vivir dentro de ella para siempre. Hasta el esmalte desconchado que tiene en las uñas de los pies me enternece, me desconcierta, me subyuga. Le besaría cada poro.
Ya no soy yo.
Me duermo un momento. Sueño que a Diana la persiguen unos perros negros, que me pide ayuda y yo no puedo hacer nada. Escucho gritos, gritos de hombre. Incluso con los ojos abiertos sigo escuchándolos. Quiero levantarme, pero Diana me abraza con fuerza y susurra: It’s okey. It’s okey.
Amanece y suena el día. La limpieza, el trasteo y, finalmente, el portazo de la madre. Diana se cambia de ropa sin mostrarse, pero cuando estoy subiéndome el cierre del uniforme se da la vuelta, lo baja un poco, me escribe algo en la espalda con la punta del dedo y lo vuelve a subir. Sonríe. En la espalda llevo un I love you.
Le digo a Diana que tengo que ir al baño. Contesta que tendrá que ser en el colegio. Imposible. Me ha bajado la regla en la noche, me orino, me siento descompuesta del estómago. No aguanto.
Tengo que ir.
En el departamento hay dos baños. Uno, de visitas, en el salón, y otro en el cuarto de los padres, el de la puerta siempre cerrada. Mitch está en el baño del salón y dice Diana que su hermano se demora muchísimo y me muero de vergüenza de decirle que salga. No puedo hacerlo, mucho menos después de lo de ayer, todavía siento los labios de Mitch Ward en mi cuello de perdedora y en mi panza de perdedora. Primero me arranco la mano que tocar esa puerta.
Pero tampoco puedo esperar más, siento frío, sudo frío, estoy erizada, las piernas se me aflojan.
Tengo que ir.
Diana insiste: en el colegio, en el colegio, que al cuarto de sus padres no puedo entrar, que ahí ni ella puede entrar, pero yo sé que no aguantaré, que me haré caca camino al colegio y que el uniforme es blanco y que me moriré.
Es urgente. No puedo más. No estoy bien.
Tengo que ir.
Ella me arrastra fuera de la casa. Vamos, en el colegio hay baños, llegamos en un minuto. Tengo la frente bañada en sudor. Ya está ahí, me hago. Le digo que me olvidé de un libro y vuelvo a entrar a la casa. Aprieto las piernas, dios, ayúdame. Lo único que pienso es que iré al baño, que no me haré caca encima, que ni Diana ni Mitch me verán manchada con mis propios excrementos, que iré al baño y no me moriré. Haré caca y volveré a amar y ser amada.
Abro la puerta del cuarto de los padres. Allí dentro parece una pecera de agua espesa, como líquido de embalsamar. En el aire flotan hilachas de polvo y hay un olor que agobia, pica. Ácido y dulce y podrido, gas lacrimógeno, mil cigarrillos, orina, limones, lejía, carne cruda, leche, agua oxigenada, sangre. Un olor que no sale de un cuarto vacío, del cuarto de unos padres.
Estoy a punto de hacerme todo en mi ropa interior, esa es mi única valentía, la única razón para dar otro paso e internarme más en ese olor que ahora es como un ser vivo y violento que me da bofetadas. Otro paso. Otro. Ahora ya viene la náusea, ahora huele como cuando hay un animal muerto en la carretera, pero yo estoy en las tripas de ese animal, dentro de él.
Me mareo. Me agarro de algo y ese algo es una mesa y esa mesa tiene una lámpara que se cae y se hace trizas en el suelo. Entonces salta desde la cama, con la velocidad y la fuerza de una ola, un bulto que me tumba al suelo. No veo bien. La luz es pobre, enfermiza. No sé qué tengo encima. Ha caído sobre mí una cosa informe, aterradora. La tengo sobre mi pecho y no puedo moverme. Intento gritar y no me sale ni un sonido.
Tiene cabeza, es un monstruo. Su rostro, dientes amarillos y rabiosos, está pegado al mío. Apesta a carroña. Farfulla cosas que no entiendo, hace ruidos animales, gruñidos, estertores, me babea. Pone una manaza en mi cuello y aprieta y veo en esos ojos rojos que va a matarme, que me odia y que voy a morir. Voy a morir.
Dios mío.
Por favor, digo en mi cabeza, por favor.
Entonces Diana abre la puerta, Diana She-Ra, la hermana de He-Man, mi salvadora, abre la puerta y grita algo que ya no entiendo y la bestia que me está ahogando levanta la cabeza hacia ella y me suelta.
Yo empiezo a gritar, vomito, me orino y vacío mis tripas ahí, en esa alfombra.
La luz que entra por la puerta me deja ver aquello que tenía encima, matándome. Tirado en el suelo, parece una almohada que gime.
–Daddy?
Ella se acerca a eso. A mí ni siquiera me mira. Lo levanta en brazos y veo unos muñones agitándose muy arriba de los muslos y en el codo izquierdo. Diana lleva hasta la cama a ese niño atroz, que es en realidad un hombre sin pelo, con los ojos salidos de sus órbitas, escuálido y color cera. El brazo derecho, las venas del brazo derecho, están completamente llenas de costras y pústulas rojas. Ella lo acuna y consuela y besa en la frente, mientras él llora y ambos repiten una y otra vez I’m sorry, I’m so sorry.
Me levanto como puedo. Mitch está en la puerta, mirándome con odio. Salgo a la sala, marco el número de mi casa. Contesta mi papá. Cierro el teléfono.
Camino hasta la casa de mi abuela. Allí miento, digo que estoy enferma, que no pude aguantarme, que me hice caca en el colegio. Sí, eso fue lo que pasó. Mientras me ducho, lloro hasta que me duele el pecho.
El de filosofía es el último examen de nuestro último año de secundaria. Mi mamá me excusa por enfermedad, así que lo doy otro día. Saco la mejor nota. Me entero de que Diana no se graduará con nosotros, no se presentó al examen. Dicen que volverá a Estados Unidos.
La llamo. No contesta mis llamadas.
Espero junto al teléfono. No me llama.
Nunca más.
No vuelvo a saber de ella hasta hace poco. Abro mi Facebook y encuentro este mensaje de una ex compañera de colegio:
«Hola, siento darte esta noticia, pero ¿sabes que Diana Ward murió en un ataque en Afganistán? Ella y su esposa eran del US Army. Te lo digo porque recuerdo que ustedes eran muy amigas. Qué pena, ¿no?».

Pelea de gallos, 2018.