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miércoles, 20 de agosto de 2025

Solenoide. (Capítulo 9). Mircea Cartarescu.

Quiero escribir un informe sobre mis anomalías. En mi vida oscura, ajena a cualquier historia  —solo una historia de la literatura podría fijarla en sus taxonomías—, han sucedido cosas que no suceden ni en la vida ni en los libros. Habría podido escribir novelas acerca de ellas, pero la novela altera y perturba el sentido de los hechos. Podría guardarlas para mí, como las he guardado hasta ahora, y pensar en ellas hasta que me estallase la cabeza por la noche, acurrucado debajo de la manta, mientras fuera la lluvia golpea furiosamente las ventanas. Pero ya no quiero guardarlas solo para mí. Quiero escribir un informe, aunque no sé todavía de qué tipo ni tampoco qué haré con estas páginas. No sé si es el momento adecuado para algo así. Todavía no he llegado a ninguna conclusión, a ninguna conexión, mis acciones son vagos destellos en la uniformidad banal de la más banal de las vidas, pequeñas grietas, pequeñas inadvertencias. Esas formas informes, las alusiones y las insinuaciones, los accidentes del terreno muchas veces insignificantes en sí mismos pero que acaban adquiriendo, tomados en su conjunto, una forma extraña y obsesiva, necesitan también una forma nueva e insólita para poder ser relatados. Ni novela ni poema, pues no son ficción (o no lo son del todo), tampoco un estudio objetivo, puesto que muchas de mis acciones son singularidades que no se dejan reproducir ni siquiera en los laboratorios de mi mente. Ni siquiera puedo, en el caso de mis anomalías, distinguir entre el sueño, los recuerdos antiguos y la realidad, entre lo fantástico y lo mágico, entre lo científico y lo paranoico. Mi sospecha es que, de hecho, mis anomalías tienen su origen en la zona de la mente en la que esas distinciones no funcionan, y esa zona de mi mente no es sino otra anomalía. Los actos de este informe serán fantasmagóricos y transparentes, pues así son los mundos en los que vivimos simultáneamente.
 
Conservé durante muchos años un medallón kitsch que me regalaron, cuando tenía unos siete años, unos turistas extranjeros que solían venir en autocares hasta el Circo Nacional. Cuando nos enterábamos de que había llegado un autocar, dejábamos nuestros juegos en la arena y en los columpios, dejábamos en paz a las ranas del lago atestado de juncos al fondo del parque, y corríamos hacia el edificio del Circo, con sus gigantescas ventanas en forma de prisma y su cúpula azulada, ondulante, donde me parece haber vivido toda la vida. Nos agolpábamos alrededor de los autobuses y, a pesar de las advertencias de nuestros padres («¡Que no vuelva a veros pidiendo limosna a los extranjeros! ¿Qué sois? ¿Mendigos? ¿Qué va a pensar esa gente de nosotros?»), les tendíamos la mano para recibir una lámina de chicle o un llavero de la torre Eiffel, un cochecito minúsculo de metal pintado con colores vivos… Tendría unos siete años cuando una mujer que bajaba del autocar, con una falda estampada y unos pendientes redondos, rosas en las orejas, me sonrió y me entregó aquel medallón dorado de latón. Salí corriendo y me detuve debajo del castaño frondoso que crecía junto a unas fuentes. Aquí ya no existía el peligro de que otro chaval más mayor que yo me lo arrebatara. Contemplé, pues, mi regalo con más atención: brillaba intensamente bajo el sol de verano. Consistía en una monedita redonda, dorada, engarzada en un aro metálico. A ambos lados de la moneda había unas letras: A, O y R por una cara, M y U por la otra. Aún pasarían unos cuantos días hasta que conseguí descifrar el misterio. Y sucedió cuando, por casualidad, le di un golpe a la moneda y esta empezó a girar tan rápido sobre su pequeño canto de metal que se transformó en un globo de oro blando y transparente como un diente de león, con la fantasmal palabra Amour en el centro. Así siento que es mi vida, así siento que he sido siempre: el mundo unánime, tierno y tangible por una cara de la moneda, y el mundo secreto, íntimo, fantasmagórico, el mundo de ensueño de mi mente por la otra. Ninguna de mis vidas está completa ni es verdadera sin la otra. Solo la rotación, solo el vértigo, solo el síndrome vestibular, solo el dedo indiferente del dios que pone la moneda en movimiento y la lleva a una dimensión más, hace visible —pero para qué ojo— la inscripción grabada en nuestra mente, a uno y otro lado, de día y de noche, en la lucidez y en el sueño, a una mujer y un hombre, a un animal y a un dios, pero nosotros la ignoramos durante toda la eternidad, pues no podemos ver ambas caras a la vez. Pero esto no acaba aquí, porque la inscripción transparente, de oro líquido, que se adivina en el centro de la esfera debe ser comprendida, y para comprenderla con la mente y no verla únicamente con los ojos, es necesario que tu mente se transforme en un ojo de una dimensión superior. El globo de diente de león debe girar a su vez, en un plano inimaginable, para transformarse, respecto a la esfera, en lo que es la esfera respecto al disco plano. El sentido se encuentra en la hiperesfera, en el innombrable objeto transparente que resulta del golpe dado a la esfera de la cuarta dimensión. Pero aquí llego, quizá demasiado pronto, a Hinton y a sus cubos, a los que mis anomalías parecen estar ligadas de forma confusa.
 
Mis actos serán, por tanto, fantasmagóricos y transparentes e indecibles, pero en ningún caso irreales. Los he sentido siempre en mi propia piel. Me han atormentado terriblemente para nada. En cierto sentido, me han arrebatado la vida tanto como lo habrían hecho mis libros si hubiera conseguido escribirlos. Además, son una fuente de duda e indecisión: no se han cerrado, están todavía en curso. Tengo indicios, he establecido conexiones, empiezo a ver qué parece coherente en la charada de mi vida. Es evidente que me están diciendo algo, de forma insistente, constante, como una presión continua en el cráneo, en algunas de sus protuberancias, pero ¿qué es ese mensaje? ¿Cuál es su naturaleza? ¿De quién procede? ¿Qué se espera de mí? Algunas veces me siento como un niño pequeño ante un tablero de ajedrez. Has cogido el peón blanco y eso está muy bien. Pero ¿por qué te lo metes en la boca? ¿Por qué agarras el tablero y lo inclinas para que todas las piezas caigan? ¿Acaso será esta la solución? ¿Ganará tal vez la partida precisamente el que comprenda de repente lo absurdo del juego y lo tire al suelo, el que corte el nudo cuando todos los demás se esfuerzan por soltarlo?
 
Voy a hilvanar aquí, por tanto, una historia de mi vida. Su parte visible —⁠la conozco mejor que nadie⁠— es la menos espectacular, es la más sosa de las vidas, una vida acorde con mi cara insulsa, con mi carácter retraído, con mi falta de sentido y de futuro. Una cerilla que ya se ha consumido casi por completo, dejando tras de sí un hilo de ceniza blancuzco. Profesor de Rumano en la escuela 86, a las afueras de Colentina. A pesar de ello, conservo recuerdos que cuentan una historia diferente, tengo sueños que los acentúan y los confirman y que, reunidos ahí, en los subterráneos de mi mente, han construido un mundo lleno de acontecimientos fantásticos, indescifrables, que piden a gritos, sin embargo, ser descifrados. Es como si un piso de mi vida se hubiera venido abajo: los cables se han desgarrado y las conexiones con los edificios de la superficie se han roto. En mis recuerdos de la infancia y de la adolescencia hay escenas que a duras penas puedo localizar y que no puedo comprender aún, como si fueran piezas de un puzle abandonadas en una caja. Como unos sueños que esperaran ser interpretados. He pensado en ellos tantas veces, se presentan ante mis ojos con tanta claridad (miro a la luz un trozo de cartón brillante con protuberancias y hendiduras redondeadas; su dibujo es claro como un espejo: unas cuantas flores azules, una parte de un zócalo, una ristra de perlas en un cuello sin cuerpo, la pata de un gato…), que mi mente está llena de imágenes y de figuras alegóricas, todas enigmáticas, pues el enigma es el signo de lo incompleto: dios es solo la parte visible de su mundo, que tiene una dimensión más que el nuestro. Cada uno de mis recuerdos y de mis sueños (y los recuerdos soñados, y los sueños recordados, pues mi mundo presenta miles de matices y tonalidades) tiene las marcas de pertenecer a un sistema, como los salientes y los entrantes de las pequeñas piezas de un puzle: en ese aparato de ensamblar radica la mayor parte de su «anormalidad» —⁠«mis anomalías»⁠— pues, por todo lo que conozco sobre la gente a partir de la literatura y de la vida, nadie ha observado el sistema de sujeción, las grapas y los ganchos de una determinada clase de recuerdos antiguos y de los sueños. Cuando era niño, mis padres me compraban los juguetes en la inolvidable Caperucita Roja, en Lizeanu, cuyos suelos olían intensamente a petróleo. Siempre escogían los más baratos y banales, siempre los mismos: el carrito de metal con dibujos ingenuos, el enano que salía de un huevo de goma, la gallina mecánica cuya llavecita tenías que hacer girar para que caminara por el brillo de la mesa, cubos con las imágenes de una vaca, un caballo y una oveja, y los «Juegos de piezas» con imágenes de cuentos. Estos últimos eran los que más me gustaban. Por el anverso tenían fragmentos de un dibujo trazado en una hoja de papel, pero en el reverso de cada cuento había una ilustración diferente, de colores y modelos distintos. Por supuesto, al principio juntaba las piezas siguiendo las imágenes: la parte del ojo izquierdo de Blancanieves se combinaba con la del ojo derecho. El codo de un enano se juntaba con el hombro y con una parte de la barbilla. Pero la reconstrucción de la imagen a partir de esos fragmentos mezclados llegó a resultarme facilona y aburrida. Empecé pues a unir las piezas de los puzles al revés. Los juntaba en montoncitos con el dibujo del reverso del mismo color y los combinaba siguiendo la lógica del ensamblaje: el cerco que sobresalía de una se ajustaba al hueco en el cuadrado brillante de otra. A veces me resultaba dificilísimo, pero esta dificultad me producía una gran satisfacción y daba así un nuevo sentido al juego.
 
No puedo evitar preguntarme una y otra vez si nuestros recuerdos más antiguos, esos que recorren nuestra vida con tanta nitidez mientras que otros miles de momentos, tal vez más importantes, han abandonado nuestra memoria, si, asimismo, los sueños que nos obsesionan por su claridad y que parecen, además, formados por la misma sustancia que nuestros recuerdos obsesivos, no son sino una especie de juego, una prueba que tenemos que superar en esta inexplicable aventura de la vida. Tal vez el latido de nuestro corazón no sea sino el metrónomo que mide el tiempo que nos conceden para encontrar la respuesta. Tal vez estemos perdidos si llegamos al último latido y no hemos comprendido nada del inmenso puzle en el que consiste nuestra vida. Tal vez, si descubriéramos la solución y diéramos con la respuesta, nos liberarían de la celda de la gran penitenciaría en que habitamos, o tal vez ascendiéramos un nivel hacia la liberación. El ratoncito blanco que corre por un pasillo de plástico no sabe que están examinando su memoria, se limita a vivir su vida. Su cerebro no es capaz de preguntarse por qué estoy aquí, qué es este laberinto en el que me encuentro, ¿acaso no constituye el propio laberinto, con sus simetrías, con su pedacito de queso al fondo del pasillo más alejado, la señal de que existe un mundo superior, una inteligencia ante la cual mi pobre mente no es sino un mero balbuceo en la oscuridad?
 
El hecho de no haberme convertido en escritor, el hecho de no ser nada, de no tener importancia alguna en el mundo exterior, de que no me interese nada de él, de no tener ambiciones ni necesidades, de que no me engañe a mí mismo dibujando «con sensibilidad y talento» puertas que no se abrirán jamás en las lisas paredes del laberinto, me ofrece una oportunidad única o, tal vez, la oportunidad que ofrece a todos los solitarios y olvidados: la de explorar los vestigios extraños de mi propia mente tal y como aparecen en ella a lo largo de la retahíla interminable de noches en las que, mientras anochece poco a poco en mi habitación silenciosa, mi cerebro sale como si fuera la luna y brilla cada vez más. Atisbo entonces en su superficie palacios y mundos escondidos que no se les muestran nunca a los que, obsesionados con su pedacito de queso, corren por el laberinto sin concederse un momento de reposo, convencidos de que esto es lo que les ha tocado en suerte en el mundo y de que más allá de las paredes blancas y curvas no hay nada. Me pregunto cuántos individuos solos e insignificantes, cuántos funcionarios y cuántos conductores de tranvía, y cuántas mujeres desgraciadas y sufrientes, sin fortuna o sin títulos universitarios, sin fuerzas y sin esperanza, son tan solo cavadores de la tierra fértil de los crepúsculos de otoño, llena de larvas y de gusanos, que tiembla con el correteo de los topos por sus túneles.
 
Desde el otoño de 1974, desde que tenía diecisiete años, mi vida está guarnecida por un forro de papel al que no he concedido hasta ahora más importancia que la que el mendigo concede a los periódicos con los que se envuelve para no morirse de frío. Hablo de mi diario, ese en el que durante trece años he anotado, sin propósito alguno, como un puro reflejo de mi voz interior, sucesos, ejercicios literarios, reflexiones sobre los libros leídos, frustraciones y sufrimientos, sueños y estados excepcionales de mi alma. He escrito en viejos cuadernos escolares, de rayas o cuadriculados, con la portada verdosa de un cartón increíblemente malo, en la que aparece un enano estúpido y, en la contraportada, las tablas de multiplicar; luego, en agendas caducadas, con tapas de plástico cuarteado, en cuadernos escolares de espiral, en otros cuadernos alargados y estrechos como tacos de billetes, en cualquier sitio, en lo primero que haya encontrado al alcance de la mano, con bolígrafos y rotuladores de todos los colores (algunas páginas están ahora tan descoloridas que son casi ilegibles)… Desordenados, se amontonan en el cajón inferior de la biblioteca de mi habitación, pero uno de estos días me dedicaré a colocarlos en orden cronológico para poder extraer de ellos los fragmentos que me interesan y que me sé casi de memoria. Muchas de mis anomalías están anotadas en ellos, en esas páginas casi pegadas entre sí de puro viejo. Están fechadas y registradas a veces de pasada, sin prestarle atención a su contenido, y otras veces con miedo, casi con un terror que entreveo con facilidad por la transparencia del texto. Al menos esos hechos no puedo ponerlos en duda, al menos ellos han sido incrustados en la realidad irreal de mi vida. Si no hubiera llevado un diario, dudo que me hubiera animado a escribir algún día estas páginas. En primer lugar, porque habría perdido la costumbre de la escritura, incluso de la no literaria, la costumbre de llenar, simplemente, las páginas en blanco con bucles y más bucles de tinta. Resulta inimaginable lo embrutecedora que es la labor de un profesor, cuánto te degradas, año tras año, corrigiendo exámenes y escuchando las lecciones de los escolares, repitiendo decenas, cientos de veces las mismas frases, leyendo «con idéntica entonación» los mismos textos, hablando con los mismos colegas en cuyos ojos observas la misma desesperación e impotencia que ellos observan en tus ojos (y que observas también tú en los tuyos cada mañana, cuando te afeitas ante el espejo). Eres consciente de que te degradas poco a poco, de que tu mente se transforma en un vómito de citas bombásticas y de clichés y, sin embargo, no puedes hacer otra cosa que aullar sin ser oído, como un torturado en un sótano, a solas con su verdugo, observando con una lucidez plena cómo se le desgarran los tejidos del cuerpo, cómo es desollado en carne viva, incapaz de luchar. Después, porque habría olvidado. Las páginas son las hojitas vivas de mi memoria, los bucles de las letras son sinapsis flexibles y crueles como los zarcillos de la vid. Jamás he escrito una sola novela y creo que, si las hubiera escrito, habrían sido tan solo una ramificación de mi diario, de mi túnel de venas y arterias, como si al final de cada rama —⁠como al final de todos y cada uno de los cordones umbilicales⁠— hubiera crecido un feto gordito y compacto con un rostro parecido al mío. Mi diario es mi testimonio, es la prueba de que, en un instante y un lugar con coordenadas precisas, el mundo se abrió y dio lugar a una brecha a través de la cual se colaron en su interior los pseudópodos, cautivadores y terribles, procedentes de otro mundo; no los de uno ficticio, tampoco los de un cerebro febril, sino los que ya estaban incrustados en lo que todavía llamamos realidad. Mis visitadores no se han presentado en sueños, ni han sido producto de una alucinación, ni de ningún estado hipnótico o hipnopómpico, ni he sido golpeado con fuerza contra la cómoda tras ser arrancado de la cama por una fuerza irresistible, con sábanas y todo. Tampoco me he disuelto muchas veces en el juego segundo de la ficción entre las llamas de un éxtasis enloquecedor, ni me han obligado a realizar, en excitantes fantasmagorías, horribles, horribles acoplamientos… Todo ha sido real, todo ha sucedido en el plano de la existencia en el que comemos y bebemos y nos peinamos y mentimos y vamos a trabajar y morimos de pena y de soledad. Real es también el sueño, reales son también nuestros primeros recuerdos, real (¡qué real!) es también la ficción y, a pesar de todo, los sentimos ajenos a la patria cenicienta, duros, rígidos, testarudos, sin imaginación, sin sentido ni salvación, la celda a la que fuimos arrojados tras beber las aguas oscuras del río Leteo. Lo real, nuestra patria legítima, debería ser el territorio más fabuloso de todos, pero, en cambio, se ha convertido en la más abrumadora de las prisiones. Nuestro destino debería ser la huida, aunque fuera hacia una prisión más vasta que desemboca en otra más vasta aún en una serie infinita de celdas, pero para ello las puertas deberían abrirse de repente en la pared amarillenta de nuestro hueso frontal. Voy a garabatear aquí, con un clavo oxidado, en meses o años de esfuerzo miserable, animal, esa puerta en la pared hasta que finalmente (tengo mis propias señales) esa abertura tenga que ceder.
 
Sé que nadie se ha atrevido a hacer algo así, que todo el mundo está resignado y guarda silencio. De esta prisión no se puede huir. Los muros son, en definitiva, infinitamente gruesos, es la noche previa a nuestro nacimiento, la posterior a nuestra muerte. «¿Qué sentido tiene pensar en la infinita inexistencia que viene a continuación? Ensombreceré mi vida para nada. Me quedan todavía unos buenos años hasta entonces, puedo disfrutar por el momento de esta bendita luz, de la luna que se eleva sobre el bosque, del funcionamiento discreto de mi vesícula biliar, de mis eyaculaciones en vientres felices, de los frutos de mi trabajo, de la mariquita que trepa hacia la punta de mi dedo para abrir ahí sus alas plegadas de celofán. Nadie sabe qué hay más allá de la tumba». No pensamos de forma distinta a los antiguos: bebamos y comamos, que mañana moriremos. Y resulta imposible pensar de otra manera en la lógica de la prisión de muros infinitos. ¿Existe otro camino que el de excavar como un sarcopto en su dermis interminable?
 
He tenido, desde siempre, un agudo sentimiento de predestinación. Me he sentido un elegido por el hecho mismo de haber abierto los ojos en este mundo. Pues no son los ojos de la araña, ni los ojos compuestos de miles de hexágonos de la mosca, ni los ojos situados en la punta de los cuernitos del caracol. No nací como bacteria ni como miriápodo. Sentí que el gigantesco ganglio de mi cráneo me predestinaba a la búsqueda obsesiva de la salida. Comprendí que tengo que utilizar el cerebro como si fuera un ojo, abierto y atento bajo la piel traslúcida del cráneo, capaz de ver con otro tipo de mirada y de detectar las fisuras y los signos, los artefactos escondidos y los vínculos oscuros del test de inteligencia, paciencia, amor y fe que es el mundo. No he hecho otra cosa en toda mi vida que buscar brechas en la superficie aparentemente lisa, lógica, sin fisuras de la maqueta del interior de mi cráneo. ¿Cómo tengo que pensar, qué tengo que entender, qué me dices tú, qué me susurras en una lengua desconocida?
 
«Puesto que existo, puesto que se me ha concedido la posibilidad imposible de la existencia —⁠me digo muchas veces⁠—, es indudable que soy un elegido». En cierto modo, todos lo somos, todos somos unos iluminados, pues nos ilumina el sol unánime de la existencia. Y soy un elegido por segunda vez porque, a diferencia de la avispa o el crustáceo, puedo pensar en un espacio lógico y puedo construir maquetas del mundo en el que me muevo en una escala reducida y virtual, mientras mis brazos y mis piernas se mueven en el inconcebible mundo real. Y soy elegido por tercera vez porque, a diferencia de los comerciantes y los fontaneros y los soldados y las putas y los payasos y otras cohortes de semejantes, puedo meditar sobre mis elecciones y me puedo pensar pensando. El objeto de mi pensamiento es mi pensamiento, y mi mundo se identifica con mi mente. Mi misión es, por tanto, la de un agrimensor y la de un cartógrafo, la de un explorador de las protuberancias y de los subterráneos, de las mazmorras y las cárceles de mi mente, pero también de sus Alpes llenos de glaciares y torrentes. Siguiendo las huellas de Gall, Lombroso y Freud, intento también yo comprender el colosal, el enmarañado, el imperial y el, finalmente, inextricable nudo gordiano que llena la cámara prohibida de nuestro cráneo, tejido con alambre y cuerda, con seda de telaraña e hilos de saliva, con la blonda obscena de los ligueros y las escamas finas de las cadenitas de oro, del tallo flexible de la correhuela y el látigo negro antracita de las antenas del ciervo volador.
 
Hasta aquí, nuestra elección es natural, se presenta como un don que se da por supuesto, aunque sigue siendo un prodigio. Si hubiera sido escritor, me habría detenido justo en este punto y habría sido feliz, requetefeliz, con mi capacidad de inventar, con la belleza y lo insólito de mis libros. En definitiva, vivimos en una prisión cautivadora que no es menos mágica que cualquier cosa que podamos imaginar. Al final de la vida podría mostrar con orgullo, a mi paso, una serie de novelas o de libros de poesía como si fueran rebanadas de pan del mundo en que he vivido. Ser humano, vivir la vida de un individuo, traer al mundo a nuevas personas y nuevos seres concebidos por tu mente, alegrarte con las setenta vueltas que da el mundo en torno a la bola de lava que lo anima… A eso se le puede llamar felicidad, incluso aunque esté mezclada, en cada una de las vidas, con sangre, sudor y lágrimas. Pero existe también una cuarta elección, ante la cual toda la literatura del mundo tiene la consistencia volátil del diente de león.
 
El portero de nuestra escuela, Ispas, es un gitano viejo, fumador, con la piel reseca de los que han nacido en una ciudad grande, fea y repleta de miasmas insalubres que va siempre sin afeitar. Se coloca entre las dos puertas enrejadas de la entrada, ante una mesa minúscula de madera de abeto salpicada de la caspa que le cae del pelo. Nadie le presta atención, ni siquiera los chavales. Nadie lo ha visto jamás llegar ni marcharse del trabajo. Permanece empaquetado como una muñeca de trapo, con su uniforme marrón, en el puesto más humilde que uno pueda llegar a imaginar. Pero sus ojos castaños y lacrimosos son humanos como los de los perros vagabundos. Nadie lo mira, pero él sí mira a los que pasan por delante, parece sopesarlos, clasificarlos, darles sentido. Las únicas que hablan con él, de vez en cuando, son las señoras de la limpieza, sobre todo la tía Iakab que, gorda y voluble, de rostro mongoloide y bigote pronunciado, se mete en las conversaciones de la sala de profesores. Gracias a ella todo el mundo se ha enterado de lo chiflado que está el portero. Es un hombre solitario que reparte su vida entre la escuela y el portal de un bloque en el Raúl Colentina, donde ha instalado un colchón en el que duerme por las noches. Los vecinos le dejan quedarse allí por compasión, algunos le dejan incluso dormir en sus apartamentos cuando se marchan para una temporada, porque el viejo pimpla todo lo que puede y más pero no robaría ni una hebra. «¿Qué pensáis vosotros que tiene este hombre en la cabeza?», pregunta la tía Iakab echándose a reír. «Me ha contado que el día menos pensado aparecerá un platillo volante y se lo llevará a otro mundo. Sí, majos, de entre todos los seres humanos del mundo, le elegirán precisamente a él…». Por la noche, Ispas tenía la extraña costumbre de salir a la calle y quedarse plantado en medio de un cruce. Se pasaba las horas muertas allí de pie, preparado, con su vieja cartera mugrienta, hinchada como la piel de un acordeón, de la que siempre asomaba el cuello de una botella taponado con un troncho. Miraba entonces al cielo y les gritaba a «esos» que vinieran de una vez, que él ya estaba listo. «Qué se le va a hacer, habrán encontrado a otro», decía alguna profesora aburrida, antes de salir con el cuaderno de notas debajo del brazo. Todo el mundo se burlaba, desde hacía años, de la idea fija del portero, pero él, callado y humilde entre sus dos puertas, sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Tenía tiempo de sobra para seguir esperando, y también fe. Por la noche se dedicaba a escrutar, desde nuestro minúsculo mundo, el cielo estrellado y, aunque nunca sería raptado y conducido a una galaxia lejana, él era mejor que la gente sin esperanza que lo rodeaba, unos tipos burlones que corrían día tras día en busca de su pedazo de queso por el laberinto de plástico. Al menos miraba las estrellas; él, el hombre más miserable que haya pisado jamás la faz de la tierra, al menos demostraba, gracias a eso, su deseo de escapar.
 
Porque cualquier elección constituye un escándalo. No tiene en cuenta el rostro del individuo, ni sus hechos o sus ideas. Es inimaginable y, para una mente racional, construida para este mundo, supone una auténtica locura. Cuando el creyente dice «Seré redimido», el escéptico le recuerda que incluso el ácaro más insignificante que vive apenas un nanosegundo en una mota de polvo que a su vez flota en una de los millones de millones de galaxias, no tiene por qué ser, precisamente él, el contemplado por el ojo del otro mundo y, finalmente, el salvado. Que no podemos tener la pretensión de ser redimidos antes que una bacteria de nuestra flora intestinal. ¿Por qué tendría que ser yo, precisamente yo, el elegido entre todos los habitantes de la Tierra? ¿Qué hay de valor en mí, qué fruto podría cosechar —⁠y quién lo haría⁠— en el grano de luz de mi conciencia?
 
Jamás me he reído del portero ni de sus platillos voladores. Es tan solo uno más de todos aquellos que se sienten extranjeros en este mundo. Uno de los que aún se resisten, buscan y esperan. Creo que la ansiedad de los que son como él, por muy ridícula que parezca, constituye ya la señal de una elección. Pues nadie en este mundo, donde todo conspira para que cada uno pueda construirse una ilusión perfecta y una desesperación a su medida, puede esperar si no le ha sido concedido esperar ni puede buscar si no tiene el instinto de búsqueda profundamente grabado en sus entrañas. Buscamos a lo tonto, buscamos en sitios donde no hay nada que hallar, como las arañas que tejen su red en cuartos de baño donde jamás entrará ni una mosca ni un mosquito. Nos secamos por millares en nuestras telarañas, pero lo que no morirá jamás es nuestra necesidad de verdad. Somos como hombres dibujados en una hoja, en el interior de un cuadrado. No podemos traspasar las líneas negras que nos rodean y nos agotamos rebuscando, decenas, cientos de veces todos los días, en cada esquinita del cuadrado para ver si damos con una fisura. Hasta que uno de nosotros comprende de repente —⁠porque ha sido predestinado para comprender⁠— que es imposible escapar del plano de la hoja. Que la salida, amplia y sencilla, es perpendicular a la hoja en la hasta entonces inconcebible tercera dimensión. Así que, para sorpresa de los que se quedan entre las cuatro líneas de tinta china, el elegido rompe de repente la crisálida, extiende unas alas enormes y se eleva suavemente, arrojando su sombra, desde arriba, en dirección a su antiguo mundo.

martes, 15 de agosto de 2023

El pájaro pintado. Jerzy Kosinski.

A veces transcurrían varios días sin que la Estúpida Ludmila apareciera en el bosque. Una rabia silenciosa se apoderaba entonces de Lej. Miraba solemnemente a los pájaros encerrados en las jaulas, mascullando algo para sus adentros. Finalmente, después de un estudio prolongado, elegía al pájaro más robusto, lo ataba a su muñeca, y mezclaba los ingredientes más diversos para preparar pinturas pestilentes de distintos colores. Lej daba vuelta al pájaro y le pintaba las alas, la cola y el pecho con todos los tonos del arco iris hasta que su aspecto era más llamativo que un ramillete de flores silvestres.
Luego nos trasladábamos a la espesura del bosque. Allí, Lej sacaba el pájaro pintado y me ordenaba que lo cogiera en la mano y lo apretara ligeramente. El pájaro empezaba a piar y atraía a una bandada de su misma especie que revoloteaba inquieta sobre nuestras cabezas. Al oír a sus congéneres, nuestro prisionero hacía denodados esfuerzos por remontarse hacia ellos, gorjeando con más bríos, mientras su corazoncito palpitaba violentamente en el pecho recién pintado.
Cuando ya se había congregado sobre nuestras cabezas una cantidad suficiente de aves, Lej me hacía una seña para que soltara al prisionero. Éste se elevaba, dichoso y libre, como una mancha irisada contra el fondo de nubes, y se integraba enseguida en el seno de la bandada marrón que lo aguardaba. Los pájaros quedaban fugazmente desconcertados. El pájaro pintado describía círculos de un extremo de la bandada a otro, esforzándose en vano por convencer a sus congéneres de que era uno de ellos. Pero, deslumbrados por sus colores brillantes, los otros pájaros volaban alrededor de él sin convencerse. Cuanto más se obstinaba el pájaro pintado por incorporarse a la bandada, más le alejaban. No tardábamos en ver cómo una tras otra, todas las aves de la bandada protagonizaban un ataque feroz. Al cabo de poco tiempo la imagen multicolor se precipitaba a tierra. Cuando por fin encontrábamos el pájaro pintado, casi siempre estaba muerto. Lej estudiaba minuciosamente la cantidad de heridas que presentaba el ave. La sangre manaba entre sus alas coloreadas, disolviendo la pintura y manchando las manos de Lej.

El pájaro pintado, 1965. (Fragmento)

viernes, 14 de julio de 2023

La inmortalidad. Capítulo 5. Parte I. Milan Kundera.

Aparcó el coche, bajó y se puso a caminar por una ancha avenida. Sentía cansancio y hambre y, como le resultaba triste almorzar sola en un restaurante, pensaba comer algo rápido en el primer bistrot que encontrase. Tiempo atrás hubo en ese barrio muchos simpáticos restaurantes bretones y tascas baratas en las que podían comerse cómodamente crêpes y galettes acompañadas de sidra. Pero un día desaparecieron todas esas tascas y en su lugar aparecieron unos comedores modernos que llevan el triste nombre de fast food. Venció su repugnancia y se dirigió a uno de ellos. A través del cristal veía a la gente en las mesas, inclinada sobre grasientas bandejas de papel. Su mirada se detuvo en una chica con la piel muy pálida y los labios pintados de rojo. Terminó de comer en ese momento, apartó a un lado un vaso de Coca-Cola vacío, echó hacia atrás la cabeza y se metió entero en la boca el dedo índice; le dio vueltas durante largo rato, poniendo los ojos en blanco. El hombre de la mesa de al lado estaba casi tumbado en la silla y, los ojos fijos en la calle, abría la boca. No era un bostezo que tuviera principio y fin, era un bostezo interminable como una melodía de Wagner: la boca iba cerrándose a ratos pero nunca del todo, sino que volvía una y otra vez a abrirse de par en par, mientras que en un movimiento contrario al de la boca sus ojos fijos en la calle se entrecerraban y volvían a abrirse. Bastantes personas más bostezaban, enseñando los dientes, los empastes, las coronas, las dentaduras postizas y ninguna de ellas se tapaba la boca. Un niño vestido de rosa recorría las mesas, con un osito cogido por una pierna, y él también abría la boca; pero era evidente que no bostezaba sino que gritaba. De vez en cuando le daba con el osito a alguno de los clientes. Las mesas estaban muy juntas, de modo que incluso a través del cristal era evidente que cada uno de ellos tenía que tragar, junto con la comida, el olor del sudor que exhalaba la piel del vecino debido al calor de aquel día de junio. La ola de fealdad visual, olfativa, gustativa (imaginaba con intensidad el sabor de la grasienta hamburguesa rociada con agua dulce) le golpeó en la cara con tal fuerza que dio media vuelta, decidida a buscar otro sitio donde calmar el hambre.
La acera estaba tan llena que se caminaba con dificultad. Las altas figuras de dos nórdicos pálidos de cabellos rubios se abrían paso entre la multitud delante de ella: un hombre y una mujer, que sobresalían ambos dos cabezas por encima de la masa de franceses y árabes. A cada uno le colgaba de la espalda una mochila rosada y del vientre una criatura sujeta con un correaje especial. Al cabo de un rato desaparecieron de su vista y vio ante sí a una mujer vestida con unos pantalones anchos que le llegaban justo por encima de la rodilla, como correspondía a la moda de ese año. Su trasero parecía con ese atuendo aún más grueso y próximo al suelo, y los muslos desnudos y pálidos parecían un jarrón de artesanía decorado con el relieve de las varices, de un azul intenso, retorcidas como un ovillo de pequeñas serpientes. Agnes se dijo: esa mujer podría encontrar veinte vestidos distintos que harían su trasero menos monstruoso y cubrirían las venas azules. ¿Por qué no lo hace? ¡Ya no se trata sólo de que la gente no procure ser más guapa cuando sale, se trata de que ni siquiera intenta ser menos fea!
Se dijo: cuando el asalto de la fealdad se vuelva completamente insoportable, compraré en la floristería un nomeolvides, un único nomeolvides, ese delgado tallo con una florecita azul en miniatura, saldré con él a la calle y lo sostendré delante de la cara con la vista fija en él para no ver más que ese único hermoso punto azul, para verlo como lo último que quiero conservar para mí y para mis ojos de un mundo al que he dejado de querer. Iré así por las calles de París, la gente comenzará pronto a conocerme, los niños irán corriendo pronto tras de mí, se reirán de mí, me tirarán cosas y todo París me llamará: la loca del nomeolvides…
Siguió su camino: con el oído derecho registraba la marea musical, el golpear rítmico de la percusión que llegaba hasta ella desde las tiendas, las peluquerías, los restaurantes: en el oído izquierdo caían todos los sonidos de la calzada: el zumbido monolítico de los coches, el ruido aplastante del autobús que se ponía en marcha. Después la atravesó el sonido agudo de una motocicleta. No pudo evitar ponerse a investigar de inmediato quién le producía ese dolor físico: una chica con vaqueros, con el pelo negro ondeando tras ella, erguida en una pequeña motocicleta como si estuviera ante una máquina de escribir; la motocicleta no tenía silenciador y hacía un ruido horrendo.
Agnes recordó a la joven que había entrado unas horas antes en la sauna para enseñarles su yo, para obligar a otros a aceptarlo, exclamando ya desde el umbral que odiaba la ducha caliente y la modestia. Agnes estaba segura de que era la misma motivación la que llevaba a la chica del pelo negro a desmontar el silenciador de la motocicleta. No era la máquina la que hacía ruido, era el yo de la chica de pelo negro; aquella chica, para hacerse oír, para penetrar en la conciencia de los demás, había fijado a su alma el ruidoso escape del motor. Agnes miraba el pelo ondulante de aquella alma ruidosa y se daba cuenta de que deseaba intensamente la muerte de la chica. Si ahora chocase contra el autobús y quedase en medio de un charco de sangre en el asfalto, Agnes no sentiría horror ni tristeza, sólo satisfacción.
Inmediatamente se asustó de su odio y se dijo: el mundo ha llegado al límite de una frontera; si la cruza todo puede convertirse en una locura: la gente andará por la calle con un nomeolvides en la mano o se matará a primera vista. Y bastará muy poco, una gota de agua que haga que se desborde el vaso: que haya por ejemplo en la calle un coche, una persona o un decibelio más. Hay una especie de límite cuantitativo que no debe superarse, sólo que nadie lo vigila y es probable que ni siquiera se sepa que existe.
Siguió caminando por la acera y había cada vez más gente y nadie le cedía el paso, de modo que bajó a la calzada y siguió su camino entre la acera y los coches en marcha. Era una antigua experiencia suya: la gente no le cedía el paso. Lo sabía, lo sentía como un infausto sino y con frecuencia trataba de quebrantarlo: intentaba armarse de valor, avanzar con coraje, no apartarse de su camino y obligar al que venía hacia ella a hacerse a un lado, pero nunca lo lograba. En esta cotidiana, trivial prueba de fuerzas ella era siempre la derrotada. Una vez vino hacia ella un niño de unos siete años, Agnes trató de no apartarse de su camino pero al final no le quedó otro remedio para evitar chocar contra el niño.
Le vino a la mente un recuerdo: tenía unos diez años cuando fue una vez con sus padres de paseo a la montaña. En medio de un ancho camino, en un bosque, les cerraron el paso dos chicos del lugar: uno de ellos llevaba en la mano un palo en posición horizontal para impedir que pasaran: «¡Esto es un camino privado! ¡Aquí se paga peaje!», decía y esgrimía el palo de modo que llegó a rozar la barriga del padre.
No era probablemente sino una jugarreta infantil y hubiera bastado con apartar al chiquillo. O una forma de mendicidad y bastaba con sacar un franco del bolsillo. Pero el padre dio media vuelta y prefirió buscar otro camino. Francamente, les daba lo mismo, porque estaban paseando sin rumbo y poco les importaba ir a un sitio u otro; sin embargo la madre se enfadó con el padre y no pudo evitar decirle: «¡No le hace frente ni a unos chicos de doce años!». Agnes también se quedó entonces un poco desencantada por la manera de actuar del padre.
Una nueva ofensiva de ruido interrumpió el recuerdo: unos hombres con cascos en la cabeza se apoyaban en martillos neumáticos sobre el asfalto de la calzada. En medio de ese estruendo se oyó de pronto, desde algún lugar en lo alto, como proveniente del cielo, una fuga de Bach al piano. Era evidente que alguien en la planta más alta había abierto la ventana y puesto la música a toda potencia para que la severa belleza de Bach sonara como una amenazadora advertencia a un mundo que ha elegido el mal camino. Pero la fuga de Bach no era capaz de hacer frente adecuadamente a los martillos y a los coches, por el contrario, los coches y los martillos se apoderaban de la fuga de Bach como parte de su propia fuga, así que Agnes se llevó las manos a las orejas y prosiguió de ese modo su camino.
En ese momento un peatón que iba en sentido contrario la miró con odio y se llevó un dedo a la frente, lo cual en el idioma de los gestos de todos los países del mundo significa que se le indica a alguien que está loco, tocado o mal de la cabeza. Agnes percibió esa mirada, ese odio, y se apoderó de ella una rabia enloquecida. Se detuvo. Quería lanzarse contra aquel hombre. Quería pegarle. Pero no podía, la multitud ya se lo llevaba y alguien chocó con ella, porque en la acera era imposible detenerse más de tres segundos.
Tuvo que seguir su camino pero no pudo dejar de pensar en él: los dos caminaban en medio del mismo ruido pero a pesar de eso él consideraba necesario darle a entender que no tenía motivo alguno y quién sabe si derecho alguno a taparse los oídos. Aquel hombre la llamaba al orden que con su gesto había perturbado. Era la igualdad misma la que en la persona de él la regañaba, dispuesta a no tolerar que nadie se negara a pasar por lo que todos tienen que pasar. La igualdad misma le prohibía no estar de acuerdo con el mundo en el que todos vivimos.
El deseo de matar a aquel hombre no fue sólo una reacción momentánea. Cuando se alejó la excitación inmediata, el deseo quedó dentro de ella y a él se unió el asombro de ver que era capaz de semejante inquina. La imagen del hombre que se lleva el dedo a la frente se revolvía en sus entrañas como un pescado envenenado que se descompone lentamente y no consigue ser expulsado.
Volvió a recordar a su padre. Desde que lo había visto retroceder ante dos chiquillos de doce años, se lo había imaginado con frecuencia en esta situación: se encuentra en un barco que se hunde; hay pocos botes salvavidas y no habrá en ellos sitio para todos; por eso en cubierta hay un furioso tumulto. El padre corre al principio junto a los demás, pero, cuando ve cómo se empujan todos, dispuestos a pisarse unos a otros, y cuando por fin una dama enfadada le da un puñetazo porque le estorba en su camino, de pronto se detiene y después se aparta por completo. Y al final se queda mirando cómo descienden lentamente hacia las olas encrespadas los botes repletos de gente que grita y maldice.
¿Cómo denominar la actitud del padre? ¿Cobardía? No. Los cobardes temen por su vida y por eso son capaces de pelear furiosamente por ella. ¿Nobleza? Podría hablarse de ella si lo que guiase al padre fuese consideración para con el prójimo. Pero Agnes no creía en esta motivación. ¿De qué se trataba entonces? No sabía responder. Sólo una cosa era segura: en un barco que se hunde y en el que es necesario pegarse con otras personas para acceder a los botes salvavidas, su padre habría estado de antemano condenado a muerte.
Sí, eso era seguro. La pregunta que ahora se hacía era ésta: ¿sentía su padre hacia aquella gente del barco el odio que ella sentía hacia la motociclista o hacia el hombre que se burlaba de ella porque se tapaba los oídos? No, Agnes no puede imaginar que su padre supiera odiar. El peligro del odio consiste en que nos ata al adversario en un estrecho abrazo. En eso radica la obscenidad de la guerra: la intimidad de la sangre que se mezcla, la lasciva proximidad de dos soldados que se apuñalan y se miran a los ojos. Agnes está segura de que era precisamente esta intimidad la que le repugnaba al padre. El tumulto en el barco le asqueaba tanto que prefería ahogarse. El contacto físico con gentes que se empujan unas a otras y se envían mutuamente a la muerte le parecía mucho peor que terminar su vida solo en la límpida pureza de las aguas.
El recuerdo de su padre empezó a liberarla del odio que la había invadido hacía un instante. La imagen envenenada del hombre que se lleva el dedo a la frente iba desapareciendo lentamente de su mente, que se llenaba de esta frase: no puedo odiarlos porque nada me une a ellos; no tengo nada que ver con ellos.

La inmortalidad, 1988.

jueves, 5 de mayo de 2022

Libro I. Capítulo VI. De las crueldades del ama, y travesuras que hizo. Francisco de Quevedo.

«Haz como vieres» dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a V. Md. que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije al uno:
-Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.
Supo, pues, don Diego el caso, y enojóse conmigo de manera que obligó a los huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí. Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego:
-A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno: habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa, que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba en los huesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si había huesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora de porciones como de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo. Y era verdad según me lo parló un pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
-Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele V. Md., que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.
Yo, por el consiguiente, decía de ella lo mismo y así teníamos engañada la casa. Si se compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la mitad, y cuando nos parecía, decíamos el ama y yo:
-Modérese V. Md. en el gasto, que en verdad que si se dan tanta prisa no baste la hacienda del Rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón. Pero tal prisa le han dado. Mande V. Md. comprar más y a fe que se ha de lucir de otra manera. Denle dineros a Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la otra mitad; y esto era en todo, y si alguna vez compraba yo algo en la plaza por lo que valía, reñíamos adrede el ama y yo.
Ella decía:
-No me digas a mí, Pablicos, que esto son dos cuartos de ensalada.
Yo hacía que lloraba, daba voces, íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que enviase al mayordomo a saberlo, para que callase la ama, que adrede porfiaba. Iban y sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien. Decíale don Diego, muy satisfecho de mí:
-¡Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar! ¿Toda esta es la lealtad que me decís vos de él?
Tuvímoslos de esta manera, chupándolos como sanguijuelas. Yo apostaré que V. Md. se espanta de la suma de dinero que montaba al cabo del año. Ello mucho debió de ser, pero no debía obligar a restitución, porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días y nunca la vi rastro de imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una santa.
Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era más barato llevar un haz de leña a cuestas. De él colgaban muchos manojos de imágines, cruces y cuentas de perdones que hacían ruido de sonajas. Bendecía las ollas y al espumar hacía cruces con el cucharón. Yo pienso que las conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenía carne. En todas las imágenes decía que rezaba cada noche por sus bienhechores; contaba ciento y tantos santos abogados suyos, y en verdad que había menester todas estas ayudas para desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y acababa en el Conquibules, que ella decía, y en la Salve Rehína. Decía las oraciones en latín adrede por fingirse inocente, de suerte que nos despedazábamos de risa todos. Tenía otras habilidades; era conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es lo mismo que alcahueta; pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta como al rey de Francia sanar lamparones.
¿Pensará V. Md. que siempre estuvimos en paz? Pues ¿quién ignora que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos, se han de procurar engañar el uno al otro? «Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su amo», decía yo entre mí; ella debía de decir lo mismo porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se descubriera la hilaza. Quedamos enemigos como gatos y gatos, que en despensa es peor que gatos y perros.
Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr o arrebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas, porque yendo una noche a las nueve (que anda poca gente) por la calle Mayor, vi una confitería y en ella un cofín de pasas sobre el tablero, y tomando vuelo, vine a agarrarle y di a correr. El confitero dio tras mí, y otros criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que aunque les llevaba ventaja, me habían de alcanzar, y al volver una esquina, sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de presto y empecé a decir, con la pierna en la mano, fingiéndome pobre:
-¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado!
Oyéronme esto y en llegando, empecé a decir: «Por tan alta Señora», y lo ordinario de la «hora menguada» y «aire corrupto».
Ellos se venían desgañifando, y dijéronme:

-¿Va por aquí un hombre, hermano?
-Ahí adelante, que aquí me pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a casa, conté la burla, y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo celebraron mucho. Por lo cual, los convidé para otra noche a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible, y más por estar el confitero, por lo que sucedió al otro de las pasas, alerta. Vine, pues, y metiendo doce pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije:
-«¡Muera!». Y tiré una estocada por delante del confitero. Él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja y la pasé y saqué en la espada y me fui con ella. Quedáronse espantados de ver la traza y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con quien él había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la casa con lo que corría, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como era muchacho y oía que me alababan el ingenio con que salía de estas travesuras, animábame para hacer muchas más. Cada día traía la pretina llena de jarras de monjas, que les pedía para beber y me venía con ellas; introduje que no diesen nada sin prenda primero. Y así, prometí a don Diego y a todos los compañeros, de quitar una noche las espadas a la mesma ronda. Señalóse cuál había de ser, y fuimos juntos, yo delante, y en columbrando la justicia, lleguéme con otro de los criados de casa, muy alborotado, y dije:
-¿Justicia?
Respondieron:
-Sí.
-¿Es el corregidor?
Dijeron que sí. Hinquéme de rodillas y dije:
-Señor, en sus manos de V. Md. está mi remedio y mi venganza y mucho provecho de la república; mande V. Md. oírme dos palabras a solas, si quiere una gran prisión.
Apartóse; ya los corchetes estaban empuñando las espadas y los alguaciles poniendo mano a las varitas. Yo le dije:
-Señor, yo he venido desde Sevilla siguiendo seis hombres los más facinorosos del mundo, todos ladrones y matadores de hombres, y entre ellos viene uno que mató a mi madre y a un hermano mío por saltearlos, y le está probado esto; y vienen acompañando, según los he oído decir, a una espía francesa; y aun sospecho, por lo que les he oído, que es… (y bajando más la voz dije) Antonio Pérez. Con esto, el corregidor dio un salto hacia arriba, y dijo:
-¿Y dónde están?
-Señor, en la casa pública; no se detenga V. Md., que las ánimas de mi madre y hermano se lo pagarán en oraciones, y el Rey acá.
-¡Jesús! -dijo-, no nos detengamos. ¡Hola, seguidme todos! Dadme una rodela.
Yo entonces le dije, tornándole a apartar:
-Señor, perderse ha V. Md. si hace eso, porque antes importa que todos V. Mds. entren sin espadas, y uno a uno, que ellos están en los aposentos y traen pistoletes, y en viendo entrar con espadas, como saben que no la puede traer sino la justicia, dispararán. Con dagas es mejor, y cogerlos por detrás los brazos, que demasiados vamos.
Cuadróle al corregidor la traza, con la codicia de la prisión. En esto llegamos cerca, y el corregidor, advertido, mandó que debajo de unas yerbas pusiesen todos las espadas escondidas en un campo que está enfrente casi de la casa; pusiéronlas y caminaron. Yo, que había avisado al otro que ellos dejarlas y él tomarlas y pescarse a casa fuese todo uno, hízolo así; y al entrar todos quedéme atrás el postrero, y en entrando ellos mezclados con otra gente que entraba, di cantonada y emboquéme por una callejuela que va a dar a la Vitoria, que no me alcanzara un galgo.
Ellos que entraron y no vieron nada, porque no había sino estudiantes y pícaros (que es todo uno), comenzaron a buscarme, y no hallándome, sospecharon lo que fue, y yendo a buscar sus espadas, no hallaron media. ¿Quién contara las diligencias que hizo con el retor el corregidor? Aquella noche anduvieron todos los patios reconociendo las caras y mirando las armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me conociesen, estaba echado en la cama con un tocador y con una vela en la mano y un Cristo en la otra y un compañero clérigo ayudándome a morir, y los demás rezando las letanías. Llegó el retor y la justicia, y viendo el espectáculo, se salieron, no persuadiéndose que allí pudiera haber habido lugar para cosa. No miraron nada, antes el retor me dijo un responso; preguntó si estaba ya sin habla, y dijéronle que sí; y con tanto, se fueron desesperados de hallar rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen, y el corregidor de ahorcarle fuese quien fuese. Levantéme de la cama, y hasta hoy no se ha acabado de solemnizar la burla en Alcalá.
Y por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la plaza del pueblo, pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras (que nunca se me olvidará la afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba la chimenea de casa todo el año. Callo las pensiones que tenía sobre los habares, viñas y huertos, en todo aquello de alrededor. Con estas y otras cosas, comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre todos. Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban servir a don Diego, a quien siempre tuve el respeto que era razón por el mucho amor que me tenía.

Historia de la vida del buscón. 1626.

domingo, 13 de febrero de 2022

Capítulo XXII. El Túnel. Ernesto Sábato.

Desperté tratando de gritar y me encontré de pie en medio del taller. Había soñado esto: teníamos que ir, varias personas, a la casa de un señor que nos había citado. Llegué a la casa, que desde afuera parecía como cualquier otra, y entré. Al entrar tuve la certeza instantánea de que no era así, de que era diferente a las demás. El sueño me dijo:
-Lo estaba esperando.
Intuí que había caído en una trampa y quise huir. Hice un enorme esfuerzo, pero era tarde: mi cuerpo ya no me obedecía. Me resigné a presenciar lo que iba a pasar, como si fuera un acontecimiento ajeno a mi persona. El hombre aquel comenzó a transformarme en un pájaro, en un pájaro de tamaño humano. Empezó por los pies: vi cómo se convertían poco a poco en unas patas de gallo o algo así. Después siguió la transformación de todo el cuerpo, hacia arriba, como sube el agua en un estanque. Mi única esperanza estaba ahora en los amigos, que inexplicablemente no habían llegado. Cuando por fin llegaron, sucedió algo que me horrorizó: no notaron mi transformación. Me trataron como siempre, lo que probaba que me veían como siempre. Pensando que el mago los ilusionaba de modo que me vieran como una persona normal, decidí referir lo que me había hecho. Aunque mi propósito era referir el fenómeno con tranqulidad, para no agrabar la situación irritando al mago con una reacción demasiado violenta (lo que podría inducirlo a hacer algo todavía peor), comencé a contar todo a gritos. Entonces observé dos hechos asombrosos: la frase que quería pronunciar salió convertida en un áspero chillido de pájaro, un chillido desesperado y extraño, quizá por lo que encerraba de humano; y, lo que era infinitamente peor, mis amigos no oyeron ese chillido, como no habían visto mi cuerpo de gran pájaro; por el contrario, parecían oír mi voz habitual diciendo cosas habituales, porque en ningún momento mostraron el menor asombro. Me callé, espantado. El dueño de casa me miró entonces con un sarcástico brillo en sus ojos, casi imperceptible y en todo caso sólo advertido por mí. Entonces comprendí que nadie, nunca, sabría que yo había sido transformado en pájaro. Estaba perdido para siempre y el secreto iría conmigo a la tumba.

El túnel, 1948.

martes, 18 de enero de 2022

Parte I. Capítulo III. De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel. Francisco de Quevedo.

Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio el criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese.
Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los criados.
El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:
-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?
Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:
-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:
-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.
-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:
-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.
Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:
-Conforta realmente, y son cordiales.
Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:
-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.
¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:
-Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.
-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía yo-, que tal amenaza has hecho a mis tripas!
Echó la bendición, y dijo:
-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.
Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:
-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.
Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:
-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.
¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella casa como en otras ahítos.
Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición. «Es cosa saludable (decía) cenar poco, para tener el estómago desocupado», y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
-Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.
Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificóme que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.
Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina, no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas. Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse, y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

Historia de la vida del Buscón, 1626.

jueves, 23 de diciembre de 2021

"Relato de la rebelión de unos ángeles." Manuel Vicent. Balada de Caín. Fragmento.

En una época muy remota, Dios era un astro que reinaba en la esfera más alta del universo y sin duda tenía mucho orgullo. Había allá arriba algunos astros semejantes a él, aunque no tan poderosos, y estos un día se unieron para derribar del trono al gran Dios del espacio e intentaron abandonar la órbita que les obligaba a dar vueltas a su alrededor, pero al descubrir esta conspiración Dios montó en cólera, la cual produjo una inmensa explosión que destrozó a las estrellas rebeldes, cuyos fragmentos incandescentes fueron condenados a vagar perdidos de noche en el cielo para siempre. Esas ascuas son los demonios. Tienen nombres hermosos. Uno se llama Luzbel o portador de la lumbre. Otro es Belcebú, príncipe de las tinieblas. También está Satanás, el que predica la belleza de la perversión. Hay muchos más: Iblis, Malik, Belial, Abbadón. Van fugaces y errantes por el firmamento en una eterna caída hacia el abismo y, en tierra, sus espíritus hablan en boca de ciertos reptiles. Sus palabras son siempre maravillosas y mortíferas. En cambio, el gran Dios, que ha quedado victorioso en lo alto, se expresa a través de otros animales. Cuando necesita manifestar un deseo, a veces utiliza la garganta de algunas bestias superiores, por ejemplo, su voz es el aullido de un chacal o la risa nerviosa de la hiena. Si de noche oyes el grito de alguna alimaña, hijo mío, tienes que saber que Dios te está hablando.

Balada de Caín, 1987.
 

sábado, 6 de marzo de 2021

X. La Tapia. Elena Poniatowska.

—Niña, bájate de la tapia.
—No.
—Te estoy diciendo que te bajes.
—Que no.
—Las niñas bonitas no se suben…
—Éjele…
—Te voy a acusar con tu mamá.
—Al cabo ni me hace nada.
(Ocotlana echa a correr por el jardín).
—Ándale vieja gacha, chismosa, cochina… ¿La lagartija…? ¿A dónde se fue la lagartija? Esa tonta de Ocotlana la espantó. ¡Ocotlana! Cada vez que habla, en la esquina de la boca le sale un hilito de saliva… Se atora las medias con una especie de nudo que se hace justamente detrás de las rodillas. Cuando se sube a los camiones entre la falda y la media resalta su carne blanca y blanda… ¡Lagartija, almita! ¿Dónde estás? Lagartija rosa, ¡te traje un pañuelo!
Lilus se sube muy seguido a la tapia. Se sube porque desde allí puede asomarse al cuarto de un extraño señor que vive en los departamentos de al lado. El señor está sentado interminablemente ante una mesa de trabajo y hojea grandes cantidades de libros envejecidos… El primer día Lilus se quedó observándolo durante una hora. Lo vio leer y releer sin moverse, como un adivino ante su bola de cristal… Después se levantó y se puso a establecer cosas y cosas en el aire, categorías y órdenes invisibles, con sus dos manos veloces y casi transparentes…
Desde entonces Lilus volvió todos los días a su puesto de observación, a espiar una actividad tan incongruente. Hasta que no pudo más y se puso a aullar desde su tapia: «¡Señor del Cuatroooo, Señor del Cuatroooo!» Como no obtuvo respuesta recogió un puño de piedritas, y una por una las fue arrojando contra el cristal de la ventana. Pero nada. El señor del Cuatro ni se movía… Tenía la cabeza profundamente metida en un gran libro de pastas rojas. Debió creer que estaba cayendo granizo, y sin darse cuenta, incluyó a Lilus en el número de los meteoros… Completamente desesperada, Lilus pensó que la única solución era pedir auxilio y aumentar el calibre de los proyectiles… ¿Será sordomudo? «¡Señor del Cuatroooo! ¡Socorro! ¡S.O.S!». Y oh, sorpresa de sorpresas, cuando una de las pedradas de Lilus estuvo a punto de romper la ventana, el Señor del Cuatro volvió lentamente la cabeza, distrajo su mirada de los libros y la posó sobre Lilus…
—Señor del Cuatro… (El señor abrió la ventana bombardeada).
—Perdone Señor del Cuatro, ¿no es de usted esta lagartija?
—No, niña, no. Las lagartijas no son de nadie…
—Pues como siempre está frente a su ventana, pues yo pensé que usted la sacaba a asolear…


Y así fue como empezó la amistad de Lilus con el Señor del Cuatro. Tres veces por semana cuando menos, allí estaba Lilus en la tapia. El señor iba perdiendo el hilo de su lectura, abría la ventana y se encontraba con Lilus…
—Señor del Cuatro ¿qué tantas cosas estudia? Se le va a perder su cabeza… Parece un pajarito encerrado en su jaula. ¿Por qué no se va mejor a dar la vuelta?
—Estoy resolviendo las antinomias. Anoche me quedé otra vez en uno de los Fragmentos, como en callejón sin salida… No, no es ése de «nuevas aguas fluyen hacia ti», sino el otro… Además, las geometrías no euclidianas. Y los textos de mis alumnos tan plagados de erratas espirituales… Me paso la vida corrigiéndolos…
—Señor del Cuatro, ¿se acuerda usted de la Borrega? ¿De la que le platiqué el otro día…?
—La Borrega… La Borrega… Déjame pensar. Ah sí, la feminista, la librepensadora…
—Ésa mero. Le fue rete mal… La expulsaron de la escuela.
—Es que la vida comenzó muy pronto para ella. ¿Sabes Lilus? Me gusta platicar contigo. Sobre todo porque entresaco de tu conversación muchos alejandrinos…
—¿Qué cosa es eso?
—Además, me has hecho tomar conciencia del otoño… Este momento en que todo se consuma… Nunca me había dado cuenta desde que era pequeño. Nunca me había fijado en las estaciones… ¿Pero qué te pasa, Lilus? Hoy no hablas tanto como de costumbre…
—Es que estoy triste.
—¿Pero de qué?
—De que a la gente se le ocurran tantas cosas…
—¿Qué cosas?
—Pues esas cosas que se le ocurren a usted, como el teorema de Pitágoras, las antinomias que me dijo, y las geometrías no eudiclianas…
—Eudiclianas, no, no euclidianas, Lilus.
—Señor del Cuatro, ¿por qué no se va usted al campo? ¡Al campo, Señor del Cuatro! Allí nomás arribita de Las Lomas. A medida que se camina por un ladito que yo sé, los árboles son cada vez más verdes y cada vez más sombríos, casi negros de tan juntos uno con otro… Allí hay una fuente que sólo los pájaros conocen… y hierbas locas y pasto descuidado… Nadie hace ruido. El silencio es tan grande que se oyen los cuchicheos de las ramas y las huidas húmedas de las flores. Allí puede usted hacer geometría moral sobre la arena.
—Niña, ten piedad de mi rigor. ¿No te das cuenta? Las cosas han presionado sobre mí, me han devastado y pulido. Soy un experto en renuncias y un entendido en desdichas…
—¿Ah?
—Pero a veces tú tienes razón. Debería pedirle perdón a tantas cosas que están detrás de mi ventana… Al árbol y a la planta, y si tú quieres, a los pájaros y a las nubes…
—Sí, sí. Le tiene que pedir perdón a la lagartija que diario viene a tomar el sol junto a su ventana, y a unas matitas de flores dormidas que usted nunca ha tomado en cuenta. Y sobre todo a los árboles… Es tan bonito estar debajo de un árbol viendo su copa verde y emborucada con grandes lagos de cielo y nubes enredadas… Está usted tan flaco. Me gustaría saber lo que come. Y tiene los ojos tan hundidos. Mi mamá hizo ahora merengues. ¿Quiere que le traiga uno? ¿Me salto la tapia? ¿O voy mejor por la escalera?
—¡Lilus! ¡Lilus! ¿Dónde estás? ¿Otra vez subida en la tapia?
—¡Hijos, mi mamá!
—¡Niña! Bájate inmediatamente. Tienes que ir a hacer tu tarea…
—No puedo. Mi pluma no sirve. Con ella le puse una inyección de tinta a Ocotlana.
—¡Qué niña! Bájate… Perdónela señor, no sé como aguanta usted a esta niña preguntona.
—Adiós, adiós, mañana nos vemos.
—Adiós niña Lilus. Adiós Señora…
Por el camino su mamá la regaña:
—Lilus, ¿cómo es posible que te pongas a quitarle el tiempo a este señor? Es un filósofo, y tú estás allí nomás sacándolo de sus casillas… Lilus, niña mía, ¿cuándo aprenderás a encontrar tú sola la respuesta a esa infinidad de preguntas que te haces?

Lilus Kikus. 1954.