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martes, 22 de julio de 2025

Cleveland. Ángel Olgoso.

El humo se acumulaba en el techo de la bolera. Los muchachos, confiados, lanzaron sus bolas como quien exprime un jugoso racimo de bayas y lo arroja lejos. Habían puntuado alto y ahora charlaban y fumaban tranquilamente, estudiando los ventiladores y el bruñido de la tarima. Mi turno. Entre las bolas vino rodando un cráneo, limpio y brillante. Los muchachos miraron con preocupación. Introduje los dedos en los orificios de los ojos. sentí que se ennegrecían de sombra y de vacío de gruta. Era dolorosamente más ligero que las demás bolas corrientes. Ladeé la cabeza calibrando peso y distancia. Retrocedí unos pasos para tomar impulso. Al lanzarlo cerré los ojos y hubiera cerrado los oídos si éstos funcionaran de tal manera. El cráneo salió proyectado, describió una buena trayectoria y rodó por el centro de la pista percutiendo contra el suelo pulido, como un meteoro color crema a la deriva en la corriente de las probabilidades.

martes, 4 de abril de 2023

La técnica de soñar monstruos. Ángel Olgoso.

A Alfonso Cost
A fuerza de soñar un monstruo, el monstruo nace. Cuando era muy pequeño tenía siempre la misma pesadilla: algo, amenazador y espeluznante, vivía agazapado en el fondo del pajar, bajo la vieja azotea. Yo salía de mi dormitorio en la planta de arriba y descubría, en su corredor en penumbra, la puerta entornada que daba al pajar vacío, cavernoso. Con el pánico ya en las entrañas, intentaba cerrarla desesperadamente pero notaba que mi gesto me delataba, que su olfato me advertía. Entonces huía, volaba escaleras abajo con eso persiguiéndome resollante, mugidor. Sentía la rémora de mis piernas y creía que el voraz inquilino me alcanzaba, me apresaba, me hendía, me desollaba. Carecía de atributos concretos. Era una sombra veloz y exacerbada, un toro, una gigantesca araña, un cárabo nocturno de ojos desorbitados. Podía tener cuernos, cerdas erizadas, pico o garras. Los miembros me latían como corazones, el corazón me hormigueaba, ululaba el aire en mis diminutas fosas nasales. Resbalando sobre los jugos negros y pegajosos de los escalones, respirando su hedor a fango fluvial, llegaba jadeante al pasillo iluminado de la planta de abajo y sabía que por fin estaba a salvo. Siempre el mismo sueño, una noche y otra noche, reiterado, inextinguible.
Un buen día, cuando tuve uso de razón, lo vi frente a mí en el comedor. Había cruzado la frontera, había nacido, arrancado de la oscuridad, de la incesante digestión de los sueños. Estaba ahí, en una silla, de manera tangible, perfecta, con su ahora sólida presencia transferida a este orbe y ocupando el aire, estableciéndose sin miramientos en mi hogar. Temblé al reconocerlo. Él me observó con atroz indiferencia. Pero también supe que ni a los monstruos les conviene estar solos. Desde entonces no volvió a repetirse la pesadilla y, para dormir, cuento ovejas que saltan ordenadamente la cerca. Desde entonces aquel monstruo vive conmigo y, para dormir descuidado, hasta le puse un nombre: Padre.

miércoles, 19 de enero de 2022

La larga digestión del dragón de Komodo. Ángel Olgoso.

Alrededor de las once de la mañana, a petición mía, el vehículo oficial del ministerio me deja ante la vieja casa –ahora abandonada- donde viví cuando era niño. El asistente dobla mi abrigo en su brazo, esperándome. Aplasto el puro contra la acera deshecha. Sin pena, sin ternura, puede que con suficiencia y hasta con un ligero asco, veo el zócalo gris ratón, la puerta carcomida, los escombros de la salita. Subo las mismas escaleras que cuarenta años atrás me llevaban al pequeño dormitorio. Los balcones están cerrados. Parece de noche.
-¿De dónde vienes a estas horas, sinvergüenza?
Es el vozarrón de menestral de mi padre, repudiando una vez más mi conducta.
Bajo la cabeza para tolerar el horror. Miro mis pantalones cortos, mis zapatitos embarrados que se tocan por la puntera buscando un arrimo, un cálido refugio. En la penumbra, mi padre hace un movimiento amenazador, como si inclinara su cuerpo hacia delante. Oigo un eco familiar, ese roce seguido de un chasquido que se escucha cada vez que mi padre se quita el cinturón.

domingo, 31 de octubre de 2021

Lección de música. Ángel Olgoso.

Fue en el castillo familiar, no muy distante de la abadía cisterciense de Flavan -cierto día en que Guillaume de Langres, primogénito de doce años, recibía lecciones de clavicordio con el preceptor a su espalda y vio pasar, entre el gabinete de teca y el orbe mecánico, a un carnero completamente desollado, sangriento, escapando con terribles balidos del dormitorio de su madre parturienta a la que las matronas acababan de aplicar un cataplasma con la piel caliente del animal-, cuando Guillaume tuvo la evidencia de que el pelo se le había vuelto blanco.

domingo, 22 de agosto de 2021

Extremidades. Ángel Olgoso.

Iban a demoler el viejo hospital y citaron a los ciudadanos interesados en reclamar sus antiguos despojos corporales, objeto de observación y estudio durante decenios. Fue la curiosidad lo que me llevó a solicitar la pierna que me amputaron, por encima de la rodilla, cuando aún no había cumplido veinte meses. A aquella tragedia le siguieron años de trato preferente con el mejor artífice de piezas ortopédicas, apéndices más apropiados para la vida en sociedad, y no demasiado molestos; por lo demás, mi muñón y todo mi organismo aceptaban de buen grado cada nueva incorporación, como si se supieran regenerados al entrelazar su borde de carne ya endurecida con esos tejidos fríos, inertes, metálicos. Ahora, frente a mis ojos, en el formol de un recipiente de cristal, flotaba la extremidad sorprendentemente diminuta, blanca e infantil de un hombre de cuarenta y nueve años. Su visión resultaba más tierna que grotesca: los dedos del pie como migajitas de pan, la rodilla sin señales de hueso, el revoltillo de cabello de ángel de las arterias seccionadas del muslo. Este espíritu gemelo, en su soledad, en su meridiana inocencia, había permanecido inmutable, intacto, a salvo de la carcoma del cansancio, libre del veneno que todos los seres llevamos dentro. Yo crecía, mientras tanto, ajeno a la entereza de mi extremidad cercenada; me desarrollaba con la indiferencia de la mala hierba que se reconoce inútil, destinada a una absurda vida de sacrificio y condenada a la fumigación final. Cuando días después comencé a observar desapasionadamente aquella extremidad mínima, a pesar del insondable vínculo que nos unía, a pesar de su plena indefensión, a pesar de todo, me pareció de pronto un objeto inconcebible, casi monstruoso. Bastaba imaginar su mórbido tacto —tan distinto del tranquilizador pulimento de mi pierna ortopédica— para sentir una cierta inquietud, un temor originado más allá de las fantasías de suplantación. Alojé al ente y a su receptáculo de cristal en las baldas más altas del sótano. Allí lo espiaba día y noche, sintiéndome observado. Seguía sus delicadas pero obsesivas evoluciones, meciéndose imputrescible en su mundo de infusión, maligno, ignominioso, como esas hienas que al saberse heridas devoran sus propias vísceras.


sábado, 1 de mayo de 2021

Los bajíos. Ángel Olgoso.

Se untan con pomadas para cicatrizar las terribles grietas que deja en su piel la humedad constante y reblandecedora. Frotan sin piedad sus uñas con estropajos y perfuman su cuerpo con artemisa y lavanda para enmascarar el hedor a pescado. Toman infusiones con miel para suavizar sus destrozadas cuerdas vocales. Pero el efecto es poco duradero: ningún emplasto las libra del dolor de garganta, de las profundas estrías, del sabor submarino a algas que prevalece sobre cualquier empeño. Y, rendidas, vuelven disciplinadamente a su ocupación, como bestias uncidas al yugo, como esos niños con las orejas clavadas al banco de trabajo en la fábrica, regresan a su puesto en esta isla rocosa sin discutir la índole de su tarea, doce horas con el agua hasta la cintura, absortas entre las piedras infestadas de minúsculos cangrejos, percebes y pulgas de mar, en compañía de los cormoranes, de las flagelaciones de espuma, de la rutinaria pesadilla de las tormentas, del gemido agónico de los ahogados, siempre ojo avizor tras cualquier barco que cabotea cerca o hace ondear las velas, las grímpolas y las flámulas, llorando en silencio, soñando con subir a bordo y escapar lejos de estos bajíos, surcar las aguas crestadas de blanco hacia no importa qué país, perderse tierra adentro en un bosque de hayas, en un desierto quemado por el sol salvaje, en una atronadora ciudad, en las herbosas laderas de una montaña. Mientras tanto, la sombría marea baja les absorbe la vitalidad y sienten que su piel se va apagando como la de un lagarto que acabase de morir, ya no es más que un manchón de plata, con largos cabellos apresados en salitre y esa pronunciación de escamas abajo. Sin embargo, a pesar de todo, aún cantan con exquisita dulzura, quizá lo hagan al dictado de arcaicas servidumbres, pero cantan sin parar, aún cautivan, aún entonan promesas que atraerán irresistiblemente a marinos incautos.


 

miércoles, 28 de abril de 2021

El espanto. Ángel Olgoso.

Acodado en una mesita exterior del café Madagascar, sorbo el contenido de mi taza y contemplo a los transeúntes, estudiándolos como quien pesca con chispa y mosca ahogada. El aire remolca muy despacio las nubes. Me fijo en un hombre agradable con sombrero y maletín que lleva de la mano a una niña de no más de seis años, tironeando un poco de su bracito, lo suficiente como para impedir que avance con naturalidad. Parece asustada. El contacto de aquellas dos manos desparejas no es el idóneo, ni responde a la bendición del amor, remite por el contrario a la vorágine de peligros que se extiende más allá de uno mismo. Esos detalles triviales me sobrecogen. Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción —repugnante en el más genuino sentido de la palabra— de algo como una langosta, una más entre las langostas de una plaga que bulle sobre un mar de sangre negra. Los observo mientras se alejan: la niña con pasitos descompasados y él emitiendo sonidos de masticación. Finalmente, ambos se pierden entre los huevos de oscuridad que están siendo incubados bajo los farallones de nuestros edificios.


 

viernes, 4 de enero de 2019

Smith-Corona. Ángel Olgoso.


Fabrice había comprado la novela el viernes en Spallanzoni llevado por el deseo de diluir el tedio de un fin de semana sin su mujer y atraído por la brillante e irreal portada del libro, una pequeña rama de coral en el fondo de una pecera.
La tarde del sábado, tras clasificar unos trabajos de la universidad desprovistos de interés, comenzó su lectura. En un sillón algo desfondado, pero cómodo, bajo la luz de la lámpara, Fabrice leyó primeramente la breve nota de la contraportada, en la que se indicaba que el autor era un excéntrico que deseaba permanecer en el anonimato, con la salvedad del hecho de que todos sus libros habían sido escritos con una antigua máquina Smith-Corona. Después paseó sus ojos sobre las primeras líneas de la primera página y sintió un sobresalto: el personaje principal tenía su mismo nombre, Fabrice. Siguió leyendo. La inquietud le hizo titubear de nuevo cuando, al final del primer párrafo, el personaje adquiere un libro en la librería Spallanzoni sin más motivo que su atractiva portada. Es perfectamente lícito, se dijo Fabrice, evitando abrigar algún recelo contra el azar y sus diabólicas jugadas. Pero a medida que se sucedían las páginas, la ilusión novelesca lo iba asiendo, lo arrastraba en dirección a su propia realidad, le iba mostrando afinidades que escapaban a la mera casualidad: diálogos, imágenes, ademanes, inflexiones de voz, seres que él conocía o recordaba.
Sintió estupor, miedo y curiosidad. Sintió que esas páginas rastreaban los lazos que lo unían a su vida anterior, que el futuro maduraba en las capas profundas del presente, un presente que él leía y vivía al mismo tiempo. En el capítulo segundo comprobó que la mujer del personaje se llamaba Babelle, como su esposa, incluso había sido educada por las monjas de Saint-Etienne. Ahí estaban también, en sucesivos capítulos de la misteriosa novela, sus compañeros de la universidad reunidos en claustro, a los que veía perfectamente, como veía el bungalow de la Costa Azul en el que Fabrice se encerró durante dos días con Sara Odile, con sus cosquillas, su pelo oscuro y larguísimo y su rabiosa docilidad. Sin solución de continuidad, el texto describía asimismo su música preferida, la áurea acumulación de sonoridades de El Rey Arturo de Purcell; el dossier sobre el Taller de Literatura Potencial en el que Fabrice trabajaba por afición; y el macerado y elegante saborcillo del Old Fashioned, ese cóctel de bourbon y soda en el que acostumbraba a disolver un poco de azúcar con angostura.
El capítulo sexto narraba la llegada de Babelle a una gran casa en las afueras de París. Allí era recibida por un hombre que Fabrice no conocía, bello, sofisticado y de alta extracción, impregnado de un aire libertino que extrañamente no le hacía perder la compostura. Cuando, en el piso superior, el desconocido acercó su cuerpo al de Babelle y corrió la lumbre entre los labios de los dos, Fabrice se sintió mal. La proporción, la expresión del relato, los colores, los sonidos se entrelazaban en un funesto arpegio que no debiera residir sino en la imaginación pero que, no obstante, empezaba a transformarse para Fabrice en algo más real que iba atrapándolo, desligándolo concienzudamente de sí mismo. Quiso cerrar el libro. No pudo porque no tenía ningún libro entre las manos. Era sólo un personaje intemporal al volante de un coche que viajaba en dirección a la gran casa de las afueras de París. Fabrice dejó el automóvil en la encrucijada y atravesó con determinación el jardín, levantando las hojas secas a su paso. Obraba maquinalmente. Subió las escaleras y, con cada vaivén, la mano derecha rozaba un sólido bulto bajo la chaqueta. Lo veía todo a través de una pantalla dorada y vacía: vio a los dos, semidesnudos, en el saloncito del piso superior, se vio a sí mismo extraer la pistola y apuntar contra el desconocido. Pese a que la bala le había atravesado la cadera, el hombre se revolvió con rapidez, lanzándose contra Fabrice y arrastrándolo, sin que éste reaccionara lo más mínimo, hasta la pecera del rincón, donde le mantuvo la cabeza hundida largo rato. Fabrice no sentía nada. No tenía conciencia objetiva de su mortal situación. No le preocupaba la respiración, ni el agua que le ascendía a borbotones por la nariz y por la boca, no temía a la muerte que, sin él saberlo, ya lo había hecho suyo. Con los ojos muy abiertos, permanecía indiferente a todo menos a una pequeña rama de coral en el fondo de la pecera.

Los líquenes del sueño. Ángel Olgoso, 2010.

martes, 11 de diciembre de 2018

Ulises. Ángel Olgoso.


Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

La máquina de languidecer. Ángel Olgoso, 2009.

jueves, 16 de agosto de 2018

Muerte como lomo de pez. Ángel Olgoso.

Cierto día vendí mi alma al diablo a cambio de conocer el futuro con veinticuatro horas de antelación, y se me concedió lo solicitado, y con mi poder alcancé pronto la plenitud profesional y mis certeras exclusivas —desastres naturales, cambios políticos, asesinatos, cotizaciones de bolsa— aumentaron la tirada de mi periódico y para ello no tenía más que mirarme en el espejo y leer en mi ojo izquierdo todas las futuras noticias de primera página que se producirían después con sobrecogedora puntualidad, y fui feliz, lo fui hasta que anoche leí en mi ojo izquierdo mi propia muerte, ahogado bajo el agua negra y musgosa, y sentí entonces un escalofrío porque sabía que el futuro se registraba infaliblemente, y me he encerrado, bajo doble llave, en la oscuridad de mi dormitorio, donde, paralizado, escucho ahora un suave bramido creciente, y uno tiene la sensación de que el río que atraviesa la ciudad ha comenzado a desbordarse.

Los líquenes del tiempo. Ángel Olgoso, 2010.