El niño Raúl era un niño
con personalidad; esto es, un niño flaquito, paliducho, que hacía,
más o menos, lo que le daba la gana. El niño Raúl tendía a la
histeria, a la misantropía y a la holganza, como los sabios de la
antigüedad. El niño Raúl tenía manías, una bicicleta y diez o
doce años.
Al niño Raúl, aquella temporada, lo que le
preocupaba era tener una oreja más grande que otra. El niño Raúl
se miraba al espejo constantemente, pero el espejo no le sacaba
demasiado de
dudas; en los espejos que había en casa del niño Raúl jamás
podían verse las dos orejas a un tiempo.
El niño Raúl,
preocupado por sus orejas, pasaba por largos baches de tristeza y de
depresión.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué estás con esa cara? -le
decía su padre a la hora de comer.
-Nada... Lo de las
orejas... -contestaba el niño Raúl con el mirar perdido.
El
niño Raúl, a fuerza de mucho pensar, descubrió que la mejor manera
de medir las orejas era con la mano, cogiéndolas entre dos dedos,
las dos al mismo tiempo, y llevando la medida a pulso, un momento,
por el aire -¡por un momentito no había de variar!- para ver si
casaban o
no casaban.
Lo malo del nuevo procedimiento fue que, contra
todos los pronósticos, no resultaba de gran precisión, y la oreja
izquierda, por ejemplo, tan pronto aparecía más grande como más
pequeña que la oreja derecha. ¡Aquello era para volverse loco!
El
niño Raúl empezó a prodigar las mediciones, a ver si conseguía
salir de dudas, y hubo días -días excepcionales, días de suerte y
de aplicación, días radiantes- en que llegó a medirse las
orejas hasta tres mil
veces.
Los movimientos del niño Raúl para medirse las orejas
eran ya automáticos, eran ya unos movimientos casi reflejos, y el
niño Raúl llegó a tal grado de perfección, que se medía las
orejas como hacía la digestión, o como le crecían el pelo y las
uñas, o como crecía todo él, que era un niño larguirucho,
desangelado, desgarbado.
Mientras estudiaba la Física,
mientras se bañaba, mientras comía, el niño Raúl se medía las
orejas incansablemente y a una velocidad increíble.
-¡Niño!
¿Qué haces?
-Nada, papá; me mido las orejas.
El niño
Raúl vivía con sus padres y con sus hermanos en un chalet de la
carretera de Chamartín. La cosa, para el niño Raúl, había ido
marchando bastante bien -con algún grito de
vez en cuando-, pero la
fatalidad, siempre al acecho, hizo que al padre de Raúl se le
ocurriera pensar que lo único que faltaba en el jardín era un
gallinero, y allí empezó la decadencia y la
ruina del niño Raúl.
-¡Un gallinero! -decía el padre del niño Raúl con
entusiasmo-. ¡Un gallinero pequeño, pero bien construido! ¡Un
gallinero poblado de gallinas Leghorn, que son muy ponedoras!
El
niño Raúl seguía midiéndose las orejas mientras veía levantarse
el gallinero. Los dos albañiles que lo construían miraban con aire
de conmiseración al niño Raúl, pero el niño Raúl ni imaginaba
que aquella compasión fuera por él.
Y, como pasa con todo,
llegó el momento en que el gallinero se terminó. Quedaba mono el
gallinero con su tejadito y su tela metálica.
-¡Bueno! -dijo
el padre del niño Raúl-. ¡Por fin está terminado el gallinero!
Ahora lo único que falta son gallinas. Compraremos gallinas Leghorn,
que son muy ponedoras. Pero iremos poco a poco, no conviene
precipitarse. De momento compraremos dos gallinas y un gallo. ¡Raúl!
El niño Raúl se estaba midiendo las orejas.
-¡Voy,
papá!
-Acompáñame tú, que eres el mayorcito. ¡Vamos a
comprar dos gallinas y un gallo de raza Leghorn!
-Muy bien,
papá.
-¿Estás arreglado?
-Sí, papá.
-¡Pues
andando!
Era una radiante mañana de primavera. El niño Raúl
y su padre se perdieron en el horizonte, a través del campo, camino
de la Ciudad Lineal, donde había una granja muy afamada.
El
padre del niño Raúl iba delante, con paso firme y decidido y aire
de jefe de una familia bóer colonizadora del África del Sur. Daba
gusto verlo. El niño Raúl se quedaba atrás, midiéndose las
orejas, y después daba un trotecillo para alcanzar a su padre.
Al
cabo de hora y pico de andar, el niño Raúl y su padre llegaron a la
granja. El niño Raúl iba algo cansado, pero no decía nada. La
oreja izquierda era ligeramente más grande que la derecha...
-¿Qué
desean?
-Deseamos dos gallinas y un gallo de raza Leghorn.
Queremos unos buenos ejemplares. Son para inaugurar un gallinero.
El
encargado de la granja miró para el niño Raúl, que estaba
midiéndose las orejas.
El encargado de la granja se metió
entre las gallinas y, ésta quiero, ésta no quiero, salió con dos
gallinas blancas, relucientes, que tenían una pulserita en una pata.
-¡Raúl! -dijo el padre-, coge estas gallinas. Ponte una
debajo de cada brazo y sujétalas con la mano.
-Bien, papá.
El encargado se perdió un momento y volvió con un gallo
orondo, un gallo espléndido que parecía de anuncio. El padre del
niño Raúl pagó y cogió el gallo en brazos, casi con mimo, como si
fuera un hijo.
El niño Raúl y su padre, los dos con su
preciada carga, emprendieron el camino de vuelta.
-¡Qué
contenta se va a poner mamá cuando los vea!
-¡Ya lo creo!
El
niño Raúl y su padre caminaron en silencio unos cientos de metros.
El aire, de repente, se puso turbio dentro de la cabeza del niño
Raúl. El niño Raúl sintió como un ligero vahído. Las piernas le
flaquearon y la voz se le quedó pegada a la garganta. La mente del
niño Raúl vio como en una agonía, perfectamente claras, las
escenas de su más remota niñez. El niño Raúl se puso pálido y
rompió a sudar. El temblor le invadió todo el cuerpo.
-¿Te
encuentras mal?
El niño Raúl no pudo contestar. Miró a su
padre con una ternura infinita, procurando sonreír con una sonrisa
que pedía clemencia a gritos, soltó las gallinas y se midió las
orejas.
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lunes, 27 de abril de 2020
lunes, 10 de febrero de 2020
Zoilo Santiso, escritor tremendista. Camilo José Cela.
Zoilo Santiso era un escritor
la mar de tremendista. Los padres
de familia no dejaban a
sus hijas leer los libros de Zoilo Santiso.
-¡Niñas, -les decían-, no leer las novelas de Zoilo Santiso, que no son aptas!
Entonces las niñas decían que se iban a dar un paseo por Recoletos, se metían en cualquier librería y se compraban una novela de Zoilo Santiso, que después pasaba de mano en mano, como los partes de guerra del enemigo en las retaguardias donde ya no quedan más que discursos patrióticos y vanas esperanzas.
-¡Quememos los libros de Zoilo Santiso! -decían los muchachitos que no habían leído a Zoilo Santiso, pero que se fiaban del buen criterio de sus mayores-. ¡Guerra a Zoilo Santiso, escritor asqueroso y tremendista! ¡Guerra!
Zoilo Santiso, en el fondo, era un buen muchacho, o, por lo menos, procuraba serlo. De pequeño había pasado la escarlatina, y desde entonces le habían quedado unos puntos de vista algo diferentes a los de sus tías, las hermanas de mamá y papá.
-Zoilo es bueno _-aseguraban sus tías de ambos lados, que no eran excesivamente originales-; lo que pasa es que dice esas cosas que dice sin sentirlas; las dice para parecer mayor.
-¡Pero, mujer, tía -les objetaba algún primo de Zoilo-, si Zoilo ya tiene cerca de cuarenta años!
-¡No importa, no importa! ¡A Zoilo siempre le gustó mucho parecer mayor!
Zoilo Santiso se había hecho escritor tremendista por puro milagro. Esto de los escritores es una cosa muy complicada, y cada cual sale por donde puede o por donde lo dejan. A Zoilo Santiso lo que le hubiera gustado era ser torero o cantor de tangos, pero se hizo escritor porque es más fácil y, además, porque no se necesita arte, ni valor, ni voz, ni sentimiento, ni nada. Para ser escritor no se necesita nada. La prueba es que uno va a los cafés y se los encuentra llenos de escritores escribiendo dramas y artículos, tomando café con leche y haciendo aguas.
Zoilo Santiso se hizo escritor, y después, como no era un «artífice de la palabra», se especializó en el tremendismo, rama en la que por decir las cosas como son, ya se cumple.
-Eso ni es arte ni es nada; eso es ganas de tomar el pelo a la gente -decían algunos lectores de esos que llevan lentes de pinza-; decir las cosas como son está al alcance de cualquiera; el mérito es decirlas finamente.
Zoilo Santiso, que era un hombre humilde, nunca dudó que sus mañas no pudiera tenerlas cualquier hijo de vecino.
«A mí me parece que esto es fácil -pensaba-, que no tiene mayor complicación. ¿Qué se quiere decir «Pepito estaba bebiendo vino»? Pues se dice «Pepito estaba bebiendo vino», y en paz. Lo que sí tiene más mérito sería decir: «El joven Pepe libaba del morado elemento»; lo que pasa es que esto es una estupidez que no se la salta un gitano.»
Zoilo Santiso, a veces, sentía preocupaciones estéticas. Lo que le salvaba es que era corto de alcances, y en cuanto le daba dos vueltas a las cosas en la cabeza, ya ni se entendía.
Zoilo Santiso, a pesar de lo burro que era, tenía muchos enemigos, y algunos escritores pornográficos, cuando llegaron a viejos, le publicaban edificantes articulitos en los papeles diciéndole que había que ser más moral y más decente, y que eso del tremendismo debía ser prohibido como la morfina o la cocaína, pongamos por caso.
El pobre Zoilo Santiso, cuando leía esas cosas, como era presuntuoso de natural, siempre se daba por aludido y pasaba muy malos ratos.
Su señora, para animarlo un poco, le decía:
-No te preocupes, Zoilo querido, cuando se meten contigo señal de que vales; si no valieses nada, no se ocuparían de ti y te dejarían tranquilo, tenlo por seguro.
-Ya, ya; pero, mira, yo preferiría valer algo menos y que no me dijesen esas cosas. ¡Qué quieres! ¡Uno es un espíritu sensible!
Zoilo Santiso, de una vez que quiso escribir unas cuartillas más puestas en razón, le salió semejante barbaridad que no se atrevió ni a publicadas.
Esto de los estilos es algo bastante misterioso, algo que no se puede remediar ni aunque se quiera. Esto de los estilos es como tener granos.
-¡Niñas, -les decían-, no leer las novelas de Zoilo Santiso, que no son aptas!
Entonces las niñas decían que se iban a dar un paseo por Recoletos, se metían en cualquier librería y se compraban una novela de Zoilo Santiso, que después pasaba de mano en mano, como los partes de guerra del enemigo en las retaguardias donde ya no quedan más que discursos patrióticos y vanas esperanzas.
-¡Quememos los libros de Zoilo Santiso! -decían los muchachitos que no habían leído a Zoilo Santiso, pero que se fiaban del buen criterio de sus mayores-. ¡Guerra a Zoilo Santiso, escritor asqueroso y tremendista! ¡Guerra!
Zoilo Santiso, en el fondo, era un buen muchacho, o, por lo menos, procuraba serlo. De pequeño había pasado la escarlatina, y desde entonces le habían quedado unos puntos de vista algo diferentes a los de sus tías, las hermanas de mamá y papá.
-Zoilo es bueno _-aseguraban sus tías de ambos lados, que no eran excesivamente originales-; lo que pasa es que dice esas cosas que dice sin sentirlas; las dice para parecer mayor.
-¡Pero, mujer, tía -les objetaba algún primo de Zoilo-, si Zoilo ya tiene cerca de cuarenta años!
-¡No importa, no importa! ¡A Zoilo siempre le gustó mucho parecer mayor!
Zoilo Santiso se había hecho escritor tremendista por puro milagro. Esto de los escritores es una cosa muy complicada, y cada cual sale por donde puede o por donde lo dejan. A Zoilo Santiso lo que le hubiera gustado era ser torero o cantor de tangos, pero se hizo escritor porque es más fácil y, además, porque no se necesita arte, ni valor, ni voz, ni sentimiento, ni nada. Para ser escritor no se necesita nada. La prueba es que uno va a los cafés y se los encuentra llenos de escritores escribiendo dramas y artículos, tomando café con leche y haciendo aguas.
Zoilo Santiso se hizo escritor, y después, como no era un «artífice de la palabra», se especializó en el tremendismo, rama en la que por decir las cosas como son, ya se cumple.
-Eso ni es arte ni es nada; eso es ganas de tomar el pelo a la gente -decían algunos lectores de esos que llevan lentes de pinza-; decir las cosas como son está al alcance de cualquiera; el mérito es decirlas finamente.
Zoilo Santiso, que era un hombre humilde, nunca dudó que sus mañas no pudiera tenerlas cualquier hijo de vecino.
«A mí me parece que esto es fácil -pensaba-, que no tiene mayor complicación. ¿Qué se quiere decir «Pepito estaba bebiendo vino»? Pues se dice «Pepito estaba bebiendo vino», y en paz. Lo que sí tiene más mérito sería decir: «El joven Pepe libaba del morado elemento»; lo que pasa es que esto es una estupidez que no se la salta un gitano.»
Zoilo Santiso, a veces, sentía preocupaciones estéticas. Lo que le salvaba es que era corto de alcances, y en cuanto le daba dos vueltas a las cosas en la cabeza, ya ni se entendía.
Zoilo Santiso, a pesar de lo burro que era, tenía muchos enemigos, y algunos escritores pornográficos, cuando llegaron a viejos, le publicaban edificantes articulitos en los papeles diciéndole que había que ser más moral y más decente, y que eso del tremendismo debía ser prohibido como la morfina o la cocaína, pongamos por caso.
El pobre Zoilo Santiso, cuando leía esas cosas, como era presuntuoso de natural, siempre se daba por aludido y pasaba muy malos ratos.
Su señora, para animarlo un poco, le decía:
-No te preocupes, Zoilo querido, cuando se meten contigo señal de que vales; si no valieses nada, no se ocuparían de ti y te dejarían tranquilo, tenlo por seguro.
-Ya, ya; pero, mira, yo preferiría valer algo menos y que no me dijesen esas cosas. ¡Qué quieres! ¡Uno es un espíritu sensible!
Zoilo Santiso, de una vez que quiso escribir unas cuartillas más puestas en razón, le salió semejante barbaridad que no se atrevió ni a publicadas.
Esto de los estilos es algo bastante misterioso, algo que no se puede remediar ni aunque se quiera. Esto de los estilos es como tener granos.
domingo, 3 de noviembre de 2019
Baile en la plaza. Camilo José Cela.
La corrida de toros ha
terminado. Aún no se han ido las autoridades del balcón del
ayuntamiento y aún los mozos más jóvenes, los que todavía están
emparejados, no acabaron de empapar en sangre los pisos de esparto de
las alpargatas. Las alpargatas mojadas en sangre de toro duran una
eternidad; según dicen, cuando a la sangre de toro se mezcla algo de
sangre de torero, las alpargatas se vuelven duras como el hierro y ya
no se rompen jamás.
Hombres ya maduros, casados y cargados de hijos, usan todavía el par de alpargatas que empaparon en la sangre de Chepa del Escorial, aquel novillero a quien un toro colorao mató, el verano del año de la República, de cuarenta y tantas cornadas sin volver la cabeza.
Los mozos y las mozas, en dos grandes grupos aparte que se entremezclan un poco por el borde, se miran con un mirar bovino, caluroso y extraño. La charanga rompe a tocar el pasodoble Suspiros de España, y las mozas, como a una señal, se ponen a bailar unas con otras. Bailan moviendo el hombro a compás y arrastrando los pies. Sobre la plaza comienza a levantarse una densa nube de polvo que huele a churros, a sudor y a pachulí. Algunos mozos, más osados, rompen las parejas de las mozas; hay unos momentos de incertidumbre, que duran poco, cuando todavía no está claro quién va a bailar con quién. Los mozos bailan con el pitillo en la boca y no hablan; llevan el mirar perdido y la gorra de visera en la mano derecha, apoyada sobre el lomo de la moza. Los forasteros, que siempre son más decididos, hablan a veces.
- Baila usted muy bien, joven
La moza sonríe.
- No; que me dejo llevar.
El mozo hace un esfuerzo y vuelve al ataque. Antes ha mirado a los ojos de la moza, que le huyen como dos liebres espantadas.
- ¿Cómo se llama usted?.
- Es usted muy curioso...
El mozo, aunque siempre recibe la misma respuesta, está unos instantes sin saber qué decir.
- No, joven; no es que sea curioso.
- ¿Entonces?.
- Es que era para llamarla por su nombre. ¿No me dice usted cómo se llama?.
La banda ha arrancado con un vals, y la pareja, que no se suelta, sigue la conversación:
- Sí; ¿por qué no?. Me llamo Paquita, para servirle.
La moza, después de su confesión, se azora un poco y mira para los lados.
- Oiga, que esto es un vals; no me agarre tan fuerte...
Al vals sucede un pasodoble, y al pasodoble otro vals. Algunas veces, y como para complacer a todos, la murga toca un fox de un ritmo antiguo, veloz y entrecortado, como el volar de los vencejos.
Las parejas tienen un gesto entre cansado y evadido y, si se parasen un poco, notarían que les duelen los pies. La plaza está de bote en bote con la gente de los tendidos, de los balcones, de los carros y de las talanqueras volcadas, como un chocolate a la española, sobre la arena. No puede darse un paso ni casi respirar. Suena la campanilla de la rifa: - ¡A probar suerte! ¡A diez la tirada!-, rechina el cornetín de las varietés: -¡La pareja de baile de París sólo por un día!, grazna el viejo churrero tuerto su mercancía: -¡Que aquí me dejo la vida, que queman, que queman! -, y un mendigo adolescente enseña sus piernas flaquitas a un corro de niños, pasmados y renegridos.
Mientras viene cayendo, desde muy lejos, la noche, comienzan a encenderse las tímidas bombillas de la plaza. Sobre el rugido ensordecedor del pueblo en fiesta se distinguen de cuando en cuando algunos compases de España cañí. Si de repente, como por un milagro, se muriesen todos los que se divierten, podría oírse sobre el extraño silencio el lamentarse sin esperanza del pobre Horchatero Chico, que con una cornada en la barriga, aun no se ha muerto. Horchatero Chico, vestido de luces y moribundo, está echado sobre un jergón en el salón de sesiones del ayuntamiento. Le rodean sus peones y un cura viejo; el médico dijo que volvería.
Las lucecillas rojas, y verdes, y amarillas, y azules de los tenderetes, también comienzan a encenderse. Un perro escuálido se escabulle, con una morcilla en la boca, por entre la gente, y dos carteristas venidos de la capital operan sobre los mirones de una partida de correlativa en el café Madrileño.
Los mozos con éxito hablan, ya sin bailar, con la moza propicia.
- Pues, si; yo soy de ahí abajo, de Collado.
La moza coquetea como una princesa.
- ¡Huy, qué borrachos son los de su pueblo!
- Los hay peores.
- Pues también es verdad.
Un grupo de chicas, cogidas del brazo, cantan coplas con la música del ¡Ay, qué tío!, y un grupo de quintos entona canciones patrióticas; menos mal que todos son de infantería; si fuesen de armas distintas, ya se habrían roto la cara a tortas.
Cae la noche; las preguntas de los mozos adquieren un tinte casi picante.
- Oiga, joven, ¿tiene usted novio?
La moza se calla siempre; a veces, ofendida; en ocasiones, mimosa.
Un borracho perora sin que nadie lo mire. Fuera de la plaza, el vientecillo de la noche sube por las callejas.
Sobre el sordo rumor del baile, casi a compás del pasodoble de Pan y toros, las campanas de la parroquia doblan a muerto sin que nadie las oiga.
Horchatero Chico, natural de Colmenar, soltero, de veinticuatro años de edad y de profesión matador de reses bravas (novillos y toros), acaba de estirar la pata; vamos, quiere decirse que acaba de entregar su alma a Dios.
- Oiga, joven, ¿está usted comprometida?
La joven dice que no con un hilo de voz emocionada.
-Entonces, ¿me permite usted que la trate de tú?
La pareja, en el oscuro rincón, tiene las manos enlazadas con dulzura, como las bucólicas parejas de los tapices.
Un murciélago vuela, entontecido, a ras de los toldos de lona de los puestos y de las barracas.
Hombres ya maduros, casados y cargados de hijos, usan todavía el par de alpargatas que empaparon en la sangre de Chepa del Escorial, aquel novillero a quien un toro colorao mató, el verano del año de la República, de cuarenta y tantas cornadas sin volver la cabeza.
Los mozos y las mozas, en dos grandes grupos aparte que se entremezclan un poco por el borde, se miran con un mirar bovino, caluroso y extraño. La charanga rompe a tocar el pasodoble Suspiros de España, y las mozas, como a una señal, se ponen a bailar unas con otras. Bailan moviendo el hombro a compás y arrastrando los pies. Sobre la plaza comienza a levantarse una densa nube de polvo que huele a churros, a sudor y a pachulí. Algunos mozos, más osados, rompen las parejas de las mozas; hay unos momentos de incertidumbre, que duran poco, cuando todavía no está claro quién va a bailar con quién. Los mozos bailan con el pitillo en la boca y no hablan; llevan el mirar perdido y la gorra de visera en la mano derecha, apoyada sobre el lomo de la moza. Los forasteros, que siempre son más decididos, hablan a veces.
- Baila usted muy bien, joven
La moza sonríe.
- No; que me dejo llevar.
El mozo hace un esfuerzo y vuelve al ataque. Antes ha mirado a los ojos de la moza, que le huyen como dos liebres espantadas.
- ¿Cómo se llama usted?.
- Es usted muy curioso...
El mozo, aunque siempre recibe la misma respuesta, está unos instantes sin saber qué decir.
- No, joven; no es que sea curioso.
- ¿Entonces?.
- Es que era para llamarla por su nombre. ¿No me dice usted cómo se llama?.
La banda ha arrancado con un vals, y la pareja, que no se suelta, sigue la conversación:
- Sí; ¿por qué no?. Me llamo Paquita, para servirle.
La moza, después de su confesión, se azora un poco y mira para los lados.
- Oiga, que esto es un vals; no me agarre tan fuerte...
Al vals sucede un pasodoble, y al pasodoble otro vals. Algunas veces, y como para complacer a todos, la murga toca un fox de un ritmo antiguo, veloz y entrecortado, como el volar de los vencejos.
Las parejas tienen un gesto entre cansado y evadido y, si se parasen un poco, notarían que les duelen los pies. La plaza está de bote en bote con la gente de los tendidos, de los balcones, de los carros y de las talanqueras volcadas, como un chocolate a la española, sobre la arena. No puede darse un paso ni casi respirar. Suena la campanilla de la rifa: - ¡A probar suerte! ¡A diez la tirada!-, rechina el cornetín de las varietés: -¡La pareja de baile de París sólo por un día!, grazna el viejo churrero tuerto su mercancía: -¡Que aquí me dejo la vida, que queman, que queman! -, y un mendigo adolescente enseña sus piernas flaquitas a un corro de niños, pasmados y renegridos.
Mientras viene cayendo, desde muy lejos, la noche, comienzan a encenderse las tímidas bombillas de la plaza. Sobre el rugido ensordecedor del pueblo en fiesta se distinguen de cuando en cuando algunos compases de España cañí. Si de repente, como por un milagro, se muriesen todos los que se divierten, podría oírse sobre el extraño silencio el lamentarse sin esperanza del pobre Horchatero Chico, que con una cornada en la barriga, aun no se ha muerto. Horchatero Chico, vestido de luces y moribundo, está echado sobre un jergón en el salón de sesiones del ayuntamiento. Le rodean sus peones y un cura viejo; el médico dijo que volvería.
Las lucecillas rojas, y verdes, y amarillas, y azules de los tenderetes, también comienzan a encenderse. Un perro escuálido se escabulle, con una morcilla en la boca, por entre la gente, y dos carteristas venidos de la capital operan sobre los mirones de una partida de correlativa en el café Madrileño.
Los mozos con éxito hablan, ya sin bailar, con la moza propicia.
- Pues, si; yo soy de ahí abajo, de Collado.
La moza coquetea como una princesa.
- ¡Huy, qué borrachos son los de su pueblo!
- Los hay peores.
- Pues también es verdad.
Un grupo de chicas, cogidas del brazo, cantan coplas con la música del ¡Ay, qué tío!, y un grupo de quintos entona canciones patrióticas; menos mal que todos son de infantería; si fuesen de armas distintas, ya se habrían roto la cara a tortas.
Cae la noche; las preguntas de los mozos adquieren un tinte casi picante.
- Oiga, joven, ¿tiene usted novio?
La moza se calla siempre; a veces, ofendida; en ocasiones, mimosa.
Un borracho perora sin que nadie lo mire. Fuera de la plaza, el vientecillo de la noche sube por las callejas.
Sobre el sordo rumor del baile, casi a compás del pasodoble de Pan y toros, las campanas de la parroquia doblan a muerto sin que nadie las oiga.
Horchatero Chico, natural de Colmenar, soltero, de veinticuatro años de edad y de profesión matador de reses bravas (novillos y toros), acaba de estirar la pata; vamos, quiere decirse que acaba de entregar su alma a Dios.
- Oiga, joven, ¿está usted comprometida?
La joven dice que no con un hilo de voz emocionada.
-Entonces, ¿me permite usted que la trate de tú?
La pareja, en el oscuro rincón, tiene las manos enlazadas con dulzura, como las bucólicas parejas de los tapices.
Un murciélago vuela, entontecido, a ras de los toldos de lona de los puestos y de las barracas.
viernes, 26 de julio de 2019
La nueva vida de Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma. Camilo José Cela.
Los pisos de goma de las
zapatillas no dejan mucho, dejan más otras cosas: las botellas, las
guerreras de caqui y las botas de caballero. Con los pisos de goma de
las zapatillas no sale una de pobre; se va tirando, y ya es bastante,
porque una, no hay que engañarse, ya no es la que fue y ya está
para poco. Ampliando el negocio, las ganancias no tardarían en
dejarse ver. A una lo que le gustaría era disponer de unos cuartos
para explotar la sastrería y reponer existencias. La sastrería sí
deja sus beneficios y, además, es más limpia y provechosa. La ropa
usada, sobre todo si es de caballero, deja más margen. En un
pantalón, al que no se le clareen los fondillos, se pueden ganar dos
duros y hasta tres. Cuando mi Esteban dejó este valle de lágrimas,
le saqué a su sastrería para el entierro y para el luto, y aún me
sobró.
Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, era feliz con sus filosofías. Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, tenía tres aficiones: la filosofía, el vino de Valdepeñas y un vidriero fontanero de la calle del Amparo que, la verdad sea dicha, no estaba nada, pero que nada mal.
El vidriero fontanero de la calle del Amparo se llamaba Estanislao, y había querido ser matador de reses bravas (novillos y toros).
-Pero, hombre, Estanislao -le decían sus amigos-, ¿tú no te percatas de que con ese nombre no se puede ser torero?
-¡Anda, y por qué no! ¡Lo que hace falta para la tauromaquia es arte y echarle valor! ¿Qué tendrá que ver el nombre?
Estanislao de Dios había conocido a la Encarna en un baile de los de caballero tres pesetas y señoritas por rigurosa invitación.
-¿Baila usted, joven?
-Y esto, ¿qué es?
-Nada: un mambo. Todo seguido.
La Encarna y Estanislao pronto intimaron, porque, como Estanislao decía, tenían muchos puntos comunes en contacto.
-¿Eh?
-Pues nada, que tenemos muchos puntos comunes en contacto.
La Encarna puso un gesto de circunstancias.
-Pero sin propasarse, ¿eh?
El Estanislao, al día siguiente, le dijo a la Encarna que habían nacido el uno para el otro.
-¡Qué tío, cómo habla! -le explicaba Mahoma a una clienta.
-¿Y cómo es?
-¿Que cómo es? Pues, ¿cómo le diría a usted? ¿Ve usted al marqués de la Valdivia? Pues igual de fino, aunque peor trajeado. ¡Un tipazo! Y lo que es más importante, ¡todo un caballero!
-Bueno, bueno, pues que la cosa marche y que sean ustedes muy dichosos…
Encarnación Ortega Ripollet entornó los ojos y se calló.
A la Encarna, un día, le dijo el Estanislao:
-Oye, Encarna, chata: he pensado que debías ampliar el negocio. A mí me parece que lo mejor era atender la sastrería. Al tiempo que vamos se encuentran abrigos y americanas en buen precio; en el invierno valen el doble.
-Si…
-Pues claro. Si a ti te parece podíamos formar sociedad. Yo tengo una cartilla en la caja de ahorros, una miseria, y si tú quieres la invertimos en la sastrería.
La Encarna estaba emocionada; los pisos de goma de las zapatillas no daban más que para ir mal tirando.
-Bueno, si a ti te parece…
El Estanislao, al día siguiente, se fue a la caja de ahorros y retiró sus cuartos.
-Oiga -le dijo al de la ventanilla-, ¿a cuánto asciende?
Y el de la ventanilla sacó un lápiz para echar la cuenta de los intereses y le respondió:
-A dos mil ciento diecisiete con sesenta y tres.
El Estanislao dejó una con sesenta y tres y se llevó el resto.
-No es mucho -le dijo a la Encarna-, pero para arrancar ya tienes.
-¡Anda, pues claro! ¡Muchas habrán arrancado con menos!
La Encarna, con sus cuartos guardados en el escote, empezó las primeras compras.
-¿Seis duros por esta americana? ¡Usted está loco, pollo! Por esta americana no le puedo dar a usted más de seis pesetas, si las quiere.
-¿Seis pesetas?
-Sí, hijo, seis pesetas y al contado, y ni una más. ¡Pero si esto es algodón y del peor!
-¡Hombre, señora! ¡Será algodón, pero, vamos, seis pesetas! ¿Da usted cuatro duros?
-No. Esa americana no vale más de seis pesetas. Mire usted, para no discutir, ¿quiere usted siete cincuenta?
-Pues hombre, no. Con siete cincuenta, ¿a dónde voy?
-¡Anda, y yo qué sé! Váyase usted a dar una vueltecita por el río, que siempre es económico.
El joven de la americana volvió a la carga.
-Mire usted, señora, el último precio, ¿me da usted tres duros?
La Encarna se horrorizó.
-¿Tres duros? ¡Quite usted allá! Mire usted, caballero, no se lo quería decir, pero esa americana huele a muerto.
-¡Anda! ¿Y a qué quería usted que oliese, a malvavisco? Este olor se le va en cuanto que usted la tenga colgada al aire un par de días. Después de todo, tampoco es nada malo. Vamos, ¡digo yo!
Al cabo de hora y cuarto de discusión la Encarna se quedó con la americana por nueve pesetas.
La Encarna puso un gesto conciliador.
-Ande, ande. Déjela ahí, me ha ganado usted por la simpatía…
Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, y Estanislao de Dios López, alias Vidrio, acabaron contrayendo. Cuando un hombre y una mujer se aman, ya se sabe: primero toman vermú con gambas; después, se cogen de la mano; más tarde, se aman, y al final, si no hay impedimento, contraen. Entre la Encarna y el Estanislao no había impedimento: los dos eran libres como el pájaro y, además, no eran primos, que siempre entorpece.
La pareja hizo el viaje de novios a Navalcarnero, donde la Encarna tenía una hermana muy bien casada.
-Veniros a Navalcarnero -les había dicho la hermana de la Encarna-; aquello es muy saludable.
-Bueno.
La hermana de la Encarna tenía tres hijos mayorcitos, pero uno, sobre todo, era el que más llamaba la atención. Su nombre era Maximino y tenía la cabeza gorda y una pata seca, tan seca que parecía hecha de cecina.
-El Maximino, ahí donde usted lo ve -le decía la hermana de la Encarna al Estanislao-, es más listo que el hambre. Verá usted. ¿Maximino, quieres una peseta?
-Muuu…
-¿Lo ve usted? No se le escapa ni una.
Maximino, aunque ya tenía catorce años, todavía no hablaba. Maximino lo único que decía era muuu…, muuu…, como si fuera un choto; pero su madre lo entendía muy bien.
-Eso debe ser el instinto de la maternidad -se decía el Estanislao-; a esta criatura el día que le falte la madre, lo mejor que le podía pasar es que lo pisase el tren.
Al Estanislao, eso de estar todo el tiempo escuchando mugir al Maximino, le daba mucha tristeza: El Estanislao era muy sentimental, siempre había tenido muy buenas inclinaciones.
-Oye, Encarna -le dijo un día a su señora-; yo creo que nos debíamos volver a Madrid; a mí el Maximino me trastorna, ¡qué quieres!
-¡Pero si es muy buen chico!
-Sí; yo no digo que sea malo…
La Encarna y su marido, a los dos días de la conversación sobre el Maximino, se volvieron a Madrid. En el autobús, la Encarna se puso tierna y le dijo a su marido:
-Oye, Estanislao, ¿de qué le habrá venido eso al Maximino?
-¡Anda, hija! ¿Y yo qué sé?
La Encarna hizo todo el viaje preocupada.
-¿Te mareas?
-No; me estaba acordando del Maximino. Oye, Estanislao.
-¿Qué?
-Pues que digo yo que, para que salga como el Maximino, más valdría no tener hijos, ¿verdad?
-¡Claro! El pobre Maximino es una desdicha; a la criatura no hay por dónde cogerle. Pero, vamos, si nosotros tenemos un hijo, no ha de ser así. El Maximino es lo que se llama una excepción.
El sol de primavera, que sobre el Rastro se pintaba con la amorosa y doliente color de la calderilla, sacaba destellos de frac de las chaquetas sin dueño que colgaba la Encarna en su tenderete.
-¿Tiene usted un chaleco canela en buen uso, señora?
-Sí, caballero, en mi tienda nada falta, una tiene de todo…
Encarnación tenía, efectivamente, de todo. Encarnación Ortega no se podía quejar. Encarnación Ortega Ripollet tenía un marido guapo, un puesto de propiedad, un alma de artista y, para que nada le faltase, un niño cabezota y tartaja, que decía muuu…, muuu…, por todo decir y que se parecí a su primo Maximino como una gota de agua a otra gota de agua.
Pero Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, no lo veía.
-¿Verdad, usted, que está muy crecido? -solía decir a los compradores que se acercaban a su negocio a mercar el pantalón que había dejado, como un frío y lejano suspiro, un muerto de sus mismas carnes, poco más o menos.
Nuevo retablo de don Cristobita. Camilo José Cela, 1957.
Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, era feliz con sus filosofías. Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, tenía tres aficiones: la filosofía, el vino de Valdepeñas y un vidriero fontanero de la calle del Amparo que, la verdad sea dicha, no estaba nada, pero que nada mal.
El vidriero fontanero de la calle del Amparo se llamaba Estanislao, y había querido ser matador de reses bravas (novillos y toros).
-Pero, hombre, Estanislao -le decían sus amigos-, ¿tú no te percatas de que con ese nombre no se puede ser torero?
-¡Anda, y por qué no! ¡Lo que hace falta para la tauromaquia es arte y echarle valor! ¿Qué tendrá que ver el nombre?
Estanislao de Dios había conocido a la Encarna en un baile de los de caballero tres pesetas y señoritas por rigurosa invitación.
-¿Baila usted, joven?
-Y esto, ¿qué es?
-Nada: un mambo. Todo seguido.
La Encarna y Estanislao pronto intimaron, porque, como Estanislao decía, tenían muchos puntos comunes en contacto.
-¿Eh?
-Pues nada, que tenemos muchos puntos comunes en contacto.
La Encarna puso un gesto de circunstancias.
-Pero sin propasarse, ¿eh?
El Estanislao, al día siguiente, le dijo a la Encarna que habían nacido el uno para el otro.
-¡Qué tío, cómo habla! -le explicaba Mahoma a una clienta.
-¿Y cómo es?
-¿Que cómo es? Pues, ¿cómo le diría a usted? ¿Ve usted al marqués de la Valdivia? Pues igual de fino, aunque peor trajeado. ¡Un tipazo! Y lo que es más importante, ¡todo un caballero!
-Bueno, bueno, pues que la cosa marche y que sean ustedes muy dichosos…
Encarnación Ortega Ripollet entornó los ojos y se calló.
A la Encarna, un día, le dijo el Estanislao:
-Oye, Encarna, chata: he pensado que debías ampliar el negocio. A mí me parece que lo mejor era atender la sastrería. Al tiempo que vamos se encuentran abrigos y americanas en buen precio; en el invierno valen el doble.
-Si…
-Pues claro. Si a ti te parece podíamos formar sociedad. Yo tengo una cartilla en la caja de ahorros, una miseria, y si tú quieres la invertimos en la sastrería.
La Encarna estaba emocionada; los pisos de goma de las zapatillas no daban más que para ir mal tirando.
-Bueno, si a ti te parece…
El Estanislao, al día siguiente, se fue a la caja de ahorros y retiró sus cuartos.
-Oiga -le dijo al de la ventanilla-, ¿a cuánto asciende?
Y el de la ventanilla sacó un lápiz para echar la cuenta de los intereses y le respondió:
-A dos mil ciento diecisiete con sesenta y tres.
El Estanislao dejó una con sesenta y tres y se llevó el resto.
-No es mucho -le dijo a la Encarna-, pero para arrancar ya tienes.
-¡Anda, pues claro! ¡Muchas habrán arrancado con menos!
La Encarna, con sus cuartos guardados en el escote, empezó las primeras compras.
-¿Seis duros por esta americana? ¡Usted está loco, pollo! Por esta americana no le puedo dar a usted más de seis pesetas, si las quiere.
-¿Seis pesetas?
-Sí, hijo, seis pesetas y al contado, y ni una más. ¡Pero si esto es algodón y del peor!
-¡Hombre, señora! ¡Será algodón, pero, vamos, seis pesetas! ¿Da usted cuatro duros?
-No. Esa americana no vale más de seis pesetas. Mire usted, para no discutir, ¿quiere usted siete cincuenta?
-Pues hombre, no. Con siete cincuenta, ¿a dónde voy?
-¡Anda, y yo qué sé! Váyase usted a dar una vueltecita por el río, que siempre es económico.
El joven de la americana volvió a la carga.
-Mire usted, señora, el último precio, ¿me da usted tres duros?
La Encarna se horrorizó.
-¿Tres duros? ¡Quite usted allá! Mire usted, caballero, no se lo quería decir, pero esa americana huele a muerto.
-¡Anda! ¿Y a qué quería usted que oliese, a malvavisco? Este olor se le va en cuanto que usted la tenga colgada al aire un par de días. Después de todo, tampoco es nada malo. Vamos, ¡digo yo!
Al cabo de hora y cuarto de discusión la Encarna se quedó con la americana por nueve pesetas.
La Encarna puso un gesto conciliador.
-Ande, ande. Déjela ahí, me ha ganado usted por la simpatía…
Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, y Estanislao de Dios López, alias Vidrio, acabaron contrayendo. Cuando un hombre y una mujer se aman, ya se sabe: primero toman vermú con gambas; después, se cogen de la mano; más tarde, se aman, y al final, si no hay impedimento, contraen. Entre la Encarna y el Estanislao no había impedimento: los dos eran libres como el pájaro y, además, no eran primos, que siempre entorpece.
La pareja hizo el viaje de novios a Navalcarnero, donde la Encarna tenía una hermana muy bien casada.
-Veniros a Navalcarnero -les había dicho la hermana de la Encarna-; aquello es muy saludable.
-Bueno.
La hermana de la Encarna tenía tres hijos mayorcitos, pero uno, sobre todo, era el que más llamaba la atención. Su nombre era Maximino y tenía la cabeza gorda y una pata seca, tan seca que parecía hecha de cecina.
-El Maximino, ahí donde usted lo ve -le decía la hermana de la Encarna al Estanislao-, es más listo que el hambre. Verá usted. ¿Maximino, quieres una peseta?
-Muuu…
-¿Lo ve usted? No se le escapa ni una.
Maximino, aunque ya tenía catorce años, todavía no hablaba. Maximino lo único que decía era muuu…, muuu…, como si fuera un choto; pero su madre lo entendía muy bien.
-Eso debe ser el instinto de la maternidad -se decía el Estanislao-; a esta criatura el día que le falte la madre, lo mejor que le podía pasar es que lo pisase el tren.
Al Estanislao, eso de estar todo el tiempo escuchando mugir al Maximino, le daba mucha tristeza: El Estanislao era muy sentimental, siempre había tenido muy buenas inclinaciones.
-Oye, Encarna -le dijo un día a su señora-; yo creo que nos debíamos volver a Madrid; a mí el Maximino me trastorna, ¡qué quieres!
-¡Pero si es muy buen chico!
-Sí; yo no digo que sea malo…
La Encarna y su marido, a los dos días de la conversación sobre el Maximino, se volvieron a Madrid. En el autobús, la Encarna se puso tierna y le dijo a su marido:
-Oye, Estanislao, ¿de qué le habrá venido eso al Maximino?
-¡Anda, hija! ¿Y yo qué sé?
La Encarna hizo todo el viaje preocupada.
-¿Te mareas?
-No; me estaba acordando del Maximino. Oye, Estanislao.
-¿Qué?
-Pues que digo yo que, para que salga como el Maximino, más valdría no tener hijos, ¿verdad?
-¡Claro! El pobre Maximino es una desdicha; a la criatura no hay por dónde cogerle. Pero, vamos, si nosotros tenemos un hijo, no ha de ser así. El Maximino es lo que se llama una excepción.
El sol de primavera, que sobre el Rastro se pintaba con la amorosa y doliente color de la calderilla, sacaba destellos de frac de las chaquetas sin dueño que colgaba la Encarna en su tenderete.
-¿Tiene usted un chaleco canela en buen uso, señora?
-Sí, caballero, en mi tienda nada falta, una tiene de todo…
Encarnación tenía, efectivamente, de todo. Encarnación Ortega no se podía quejar. Encarnación Ortega Ripollet tenía un marido guapo, un puesto de propiedad, un alma de artista y, para que nada le faltase, un niño cabezota y tartaja, que decía muuu…, muuu…, por todo decir y que se parecí a su primo Maximino como una gota de agua a otra gota de agua.
Pero Encarnación Ortega Ripollet, alias Mahoma, no lo veía.
-¿Verdad, usted, que está muy crecido? -solía decir a los compradores que se acercaban a su negocio a mercar el pantalón que había dejado, como un frío y lejano suspiro, un muerto de sus mismas carnes, poco más o menos.
Nuevo retablo de don Cristobita. Camilo José Cela, 1957.
domingo, 3 de septiembre de 2017
Olor a cebolla. Camilo José Cela.
Estaba
enfermo y sin un real, pero se suicidó porque olía a cebolla.
-Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.
-Cállate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra la ventana?
-No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las manos me huelen a cebolla.
La mujer era la imagen de la paciencia.
-¿Quieres lavarte las manos?
-No, no quiero, el corazón también me huele a cebolla.
-Tranquilízate.
-No puedo, huele a cebolla.
-Anda, procura dormir un poco.
-No podría, todo me huele a cebolla.
-Oye,¿ quieres un vaso de leche?
-No quiero un vaso de leche. Quisiera morirme, nada más que morirme muy de prisa, cada vez huele más a cebolla.
-No digas tonterías.
-¡Digo lo que me da la gana! ¡Huele a cebolla!
El hombre se echó a llorar.
-¡Huele a cebolla!
-Bueno, hombre, bueno, huele a cebolla.
-¡Claro que huele a cebolla! ¡Una peste!
La mujer abrió la ventana. El hombre, con los ojos llenos de lágrimas, empezó a gritar.
-¡Cierra la ventana! ¡No quiero que se vaya el olor a cebolla!
-Como quieras.
La mujer cerró la ventana.
-Oye, quiero agua en una taza; en un vaso, no.
La mujer fue a la cocina, a prepararle una taza de agua a su marido.
La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berrido infernal, como si a un hombre se le hubieran roto los dos pulmones de repente.
El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó. En vez sintió un dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja muy larga.
-¡Ay!
El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó, la cama estaba vacía.
Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.
-¿Qué pasa?
La mujer no podía hablar. De haber podido hacerlo, hubiera dicho:
-Nada, que olía un poco a cebolla.
-Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.
-Cállate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra la ventana?
-No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las manos me huelen a cebolla.
La mujer era la imagen de la paciencia.
-¿Quieres lavarte las manos?
-No, no quiero, el corazón también me huele a cebolla.
-Tranquilízate.
-No puedo, huele a cebolla.
-Anda, procura dormir un poco.
-No podría, todo me huele a cebolla.
-Oye,¿ quieres un vaso de leche?
-No quiero un vaso de leche. Quisiera morirme, nada más que morirme muy de prisa, cada vez huele más a cebolla.
-No digas tonterías.
-¡Digo lo que me da la gana! ¡Huele a cebolla!
El hombre se echó a llorar.
-¡Huele a cebolla!
-Bueno, hombre, bueno, huele a cebolla.
-¡Claro que huele a cebolla! ¡Una peste!
La mujer abrió la ventana. El hombre, con los ojos llenos de lágrimas, empezó a gritar.
-¡Cierra la ventana! ¡No quiero que se vaya el olor a cebolla!
-Como quieras.
La mujer cerró la ventana.
-Oye, quiero agua en una taza; en un vaso, no.
La mujer fue a la cocina, a prepararle una taza de agua a su marido.
La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berrido infernal, como si a un hombre se le hubieran roto los dos pulmones de repente.
El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó. En vez sintió un dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja muy larga.
-¡Ay!
El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó, la cama estaba vacía.
Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.
-¿Qué pasa?
La mujer no podía hablar. De haber podido hacerlo, hubiera dicho:
-Nada, que olía un poco a cebolla.
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