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miércoles, 23 de agosto de 2023

Psicología de los guardas del campamento. Viktor Frankl.

Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo, sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas.
En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos que debían ejercer la función de "capos" y en la que es fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo la selección positiva de los sádicos.
Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera.
Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona, siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al desdichado prisionero.
En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter sádico, pero no impedían que otros las realizaran.
En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré únicamente al comandante del campo del que fui liberado.
Después de la liberación -y sólo el médico del campo, que también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa fecha- me enteré de que dicho comandante había comprado en la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables.
Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.
El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la mano contra ninguno de nosotros.
Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba especialmente, mientras que se sentían profundamente conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo" humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.
De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la "raza" de los hombres decentes y la raza de los indecentes.
Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de concentración.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.

jueves, 10 de febrero de 2022

Los zapatos rotos. Natalia Ginzburg.

Yo llevo rotos los zapatos y la amiga con la que vivo en este momento también lleva rotos los zapatos. Si le hablo del tiempo en que yo seré una vieja escritora famosa, ella inmediatamente me pregunta: «¿Qué zapatos llevarás?». Entonces yo le digo que llevaré zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla de oro a un lado.
Yo pertenezco a una familia en la que todos llevan zapatos buenos y nuevos. Mi madre, incluso, tuvo que encargar que le hicieran un armarito especial para guardar los zapatos: tantos eran los que tenía. Cuando vuelvo con ellos, lanzan gritos de indignación y de dolor a la vista de mis zapatos.
Pero yo sé que también con los zapatos rotos se puede vivir. En el período alemán me encontraba aquí, en Roma, sola, y no tenía más que un par de zapatos. Si se los hubiera enviado al zapatero, me habría tenido que quedar dos o tres días en la cama, cosa que no me era posible. Por tanto, seguí llevándolos y, para colmo, llovió: notaba cómo se iban deshaciendo lentamente, cómo se volvían blandos e informes, y sentía el frío del empedrado en las plantas de los pies. Es por eso por lo que también ahora llevo siempre los zapatos rotos: me acuerdo de aquéllos y no me parecen ya tan rotos por comparación, y cuando tengo dinero prefiero gastarlo en otra cosa, porque los zapatos no son ya para mí algo esencial. Fui mimada al principio por la vida, siempre rodeada de un afecto tierno y vigilante, pero aquel año en Roma estuve sola por primera vez, y por eso Roma me es tan querida, aunque está cargada de historia para mí, cargada de recuerdos angustiosos y de algunas pocas horas dulces. También mi amiga lleva los zapatos rotos, y por eso nos sentimos a gusto juntas. Mi amiga no tiene a nadie que le reproche los zapatos que lleva; sólo tiene un hermano que vive en el campo y que se pasea con botas de cazador. Ella y yo sabemos lo que pasa cuando llueve y las piernas están desnudas y mojadas, y en los zapatos entra el agua, y se produce ese pequeño rumor a cada paso, esa especie de chapoteo.
Mi amiga tiene una cara pálida y viril, y fuma en una boquilla negra. Cuando la vi por primera vez, sentada a una mesa, con sus gafas de montura de tortuga y su rostro misterioso y desdeñoso, con su boquilla negra entre los dientes, pensé que parecía un general chino. Entonces no sabía que llevaba los zapatos rotos. Lo supe más tarde.
Nos conocemos sólo desde hace unos meses, pero es como si nos conociéramos desde hace muchos años. Mi amiga no tiene hijos; yo, por el contrario, sí los tengo, y esto es extraño para ella. Jamás los ha visto sino en fotografías, pues viven en provincias con mi madre, y también el que ella no haya visto jamás a mis hijos resulta extrañísimo entre nosotras. En cierto sentido, ella no tiene problemas, puede ceder a la tentación de mandarlo todo a freír espárragos; yo no puedo. Así pues, mis hijos viven con mi madre, y hasta ahora no llevan los zapatos rotos. Pero ¿cómo serán de hombres? Quiero decir: ¿qué zapatos llevarán de hombres? ¿Qué camino elegirán para sus pasos? ¿Decidirán excluir de sus deseos todo lo que es agradable pero no necesario, o afirmarán que todas las cosas son necesarias y que el hombre tiene derecho a llevar los pies dentro de zapatos buenos y nuevos?
Mi amiga y yo hablamos largamente de esto, y de cómo será el mundo entonces, cuando yo sea una vieja escritora famosa y ella vaya por el mundo con su mochila a la espalda, como un viejo general chino, y mis hijos vayan por su camino, con los zapatos nuevos y buenos y el paso firme de quien no renuncia, o con los zapatos rotos y el paso largo e indolente de quien sabe lo que no es necesario.
A veces combinamos matrimonios entre mis hijos y los hijos de su hermano, el que se pasea por el campo con botas de cazador. Hablamos de estas cosas hasta muy entrada la noche y bebemos té negro y amargo. Tenemos un colchón y una cama, y cada noche echamos a cara o cruz para ver cuál de las dos dormirá en la cama. Por la mañana, al levantarnos, nuestros zapatos rotos nos esperan sobre la alfombra.
Mi amiga dice a veces que está harta de trabajar y que le gustaría mandarlo todo a freír espárragos. Quisiera encerrarse en una taberna para beberse todos sus ahorros, o bien meterse en la cama y no volver a pensar en nada y dejar que vengan a cortarle el gas y la luz, dejar que todo se vaya a la deriva poco a poco. Dice que lo hará cuando yo me marche. Porque nuestra vida en común durará poco: yo me marcharé pronto y volveré a casa de mi madre, con mis hijos, una casa en la que no me estará permitido llevar los zapatos rotos. Mi madre me cuidará, me impedirá usar alfileres en vez de botones y escribir hasta las tantas de la noche. Y yo, a mi vez, cuidaré a mis hijos, venciendo la tentación de mandarlo todo a freír espárragos. Volveré a ser grave y maternal, como siempre me ocurre cuando estoy con ellos, una persona distinta de esta de ahora, una persona a la que mi amiga no conoce en absoluto.
Miraré el reloj y tendré en cuenta la hora, estaré vigilante y atenta en todas las cosas, y me preocuparé de que mis hijos tengan los pies siempre secos y calientes, porque sé que así debe ser si se puede, al menos en la infancia. Más aún, acaso, para aprender luego a andar con los zapatos rotos, es conveniente llevar los pies secos y calientes cuando se es niño.

Las pequeñas virtudes, 1962.

miércoles, 31 de marzo de 2021

"Una guerra sin fin". Ursula K. Le Guin.

Algunos pensamientos, apuntados en distintos momentos, sobre la opresión, la revolución y la imaginación.
LA ESCLAVITUD
Mi país se unió en una revolución y casi acabó roto por otra.
La primera revolución fue una protesta contra una explotación social y económica mortificante, estúpida, pero relativamente moderada. Fue casi totalmente exitosa.
Muchos de los que hicieron la primera revolución practicaban la forma más extrema de explotación económica y opresión social: eran propietarios de esclavos.
La segunda revolución estadounidense, la Guerra Civil, fue un intento por preservar la esclavitud. Tuvo éxito parcialmente. Se abolió la institución, pero en Estados Unidos se siguen pensando unos cuantos pensamientos con la mente del esclavista y la mente del esclavo.


LA RESISTENCIA A LA OPRESIÓN
Phillis Wheatley, poeta y esclava liberada, escribió en 1774: «En todo pecho humano, Dios ha implantado un principio que llamamos el amor de la libertad; no tolera la opresión, y ansia la liberación».
Esa frase me parece tan cierta como que el sol brilla. Todo lo que es bueno en las instituciones y la política de mi país depende de ello.
Y sin embargo veo que, aun cuando amamos la libertad, toleramos en gran medida la opresión y hasta negamos la liberación.
Me parece peligroso insistir en que nuestro amor por la libertad siempre pesa más que cualquier fuerza o inercia que nos impida oponer resistencia a la opresión y buscar la liberación.
Si niego que hay gente fuerte, inteligente y capaz que desea y acepta la opresión, tomo a los oprimidos por débiles, estúpidos e ineptos.
Si fuera cierto que la gente superior se niega a ser tratada como inferior, se seguiría que quienes ocupan los órdenes más bajos realmente son inferiores, pues, de ser superiores, protestarían; dado que aceptan una posición inferior, son inferiores. Se trata del argumento cómodamente tautológico del esclavista, el reaccionario social, el racista y el misógino.
Es un argumento que aún hoy acosa al examen del Holocausto hitleriano: ¿por qué «subieron a los trenes» los judíos? ¿Por qué no «lucharon»? Una pregunta que —así formulada— es incontestable y puede ser utilizada por el antisemita para dar a entender que los judíos son inferiores.
Pero el argumento también seduce al idealista. Muchos estadounidenses liberales y conservadores de conciencia humanitaria albergan la convicción de que todas las personas oprimidas sufren de un modo intolerable la opresión, deben estar dispuestas a rebelarse y ansiosas por hacerlo y, si no lo hacen, son moralmente débiles o incurren en un error moral.
Yo creo de manera categórica que toda persona que se considere racial o socialmente superior a otra o le confiera una condición de inferioridad está equivocada. Pero algo muy distinto es juzgar de manera categórica y negativa a las personas que aceptan la condición inferior. Si digo que se equivocan, que la moral exige que se rebelen, me corresponde examinar qué opciones reales tienen, si actúan por ignorancia o convicción, si tienen alguna oportunidad de reducir su ignorancia o cambiar sus convicciones. Hecho el examen, ¿cómo puedo decir que están en falta? ¿Acaso son ellos, y no los opresores, los que hacen el mal?
La clase dominante siempre es reducida, los órdenes inferiores son mucho más numerosos, incluso en una sociedad de castas. Los pobres siempre superan en gran medida a los ricos. Los poderosos son menos numerosos que aquellos sobre los que ejercen el poder. Los hombres adultos tienen una posición dominante en casi todas las sociedades, aunque siempre son menos numerosos que las mujeres y los niños. Los gobiernos y las religiones aprueban y mantienen la desigualdad, el rango social, el rango de género y el privilegio, total o selectivamente.
La mayoría de la gente, en la mayoría de los sitios, en la mayoría de las épocas, pertenece a una condición inferior.
Y la mayoría de la gente, aun hoy, aun en el «mundo libre», aun en la «tierra de la libertad», cree que ese estado de cosas, o algunos de sus elementos, son naturales, necesarios e inmutables. Sostienen que así ha sido siempre y que por lo tanto así debe ser. Puede tratarse de convicción o ignorancia; con frecuencia, se trata de ambas cosas. A lo largo de los siglos, la mayoría de la gente de condición inferior no tenía manera de saber que existía o podía existir cualquier otra forma de organizar la sociedad: que el cambio era posible. Solo aquellos de una condición superior han tenido conocimientos suficientes como para saberlo; y su poder y sus privilegios se verían amenazados si cambiara el orden de las cosas.
La historia no ofrece una guía moral fiable en estas cuestiones, porque la historia está escrita por la clase superior, los instruidos, los empoderados. Pero no queda más remedio que remitirse a la historia y a la observación de los sucesos presentes. De acuerdo con esas pruebas, las revueltas y rebeliones son raras, las revoluciones sumamente raras. En casi todas las épocas, en casi todos los lugares, una mayoría de mujeres, esclavos, siervos, castas inferiores, descastados, campesinos, trabajadores, una mayoría de personas definidas como inferiores —es decir, la mayoría de las personas— no se han rebelado contra quienes las despreciaban y explotaban. Resisten, sí; pero su resistencia tiende a ser pasiva, o tan indirecta y enraizada en el comportamiento cotidiano que resulta casi invisible.
Cuando se registran las voces de los oprimidos y las clases bajas, algunas son llamadas a la justicia, pero la mayoría son expresiones de patriotismo, alabanzas al rey, promesas de defender la patria, todas en leal apoyo del sistema que les resta poder y de quienes se benefician con ello.
La esclavitud no habría existido en todo el mundo si los esclavos se hubieran alzado a menudo contra sus amos. La mayoría de los propietarios de esclavos no acaban asesinados. Son obedecidos.
Los trabajadores ven cómo el director de su empresa cobra un sueldo trescientas veces superior al suyo y se quejan, pero no hacen nada.
En la mayoría de las sociedades las mujeres mantienen las premisas y las instituciones de la supremacía masculina, se someten a los hombres, los obedecen (abiertamente) y defienden la superioridad innata de los hombres como un hecho natural o un dogma religioso.
Los hombres de extracción baja —jóvenes y pobres— luchan y dan la vida por el sistema que los mantiene en el escalón más bajo. La mayoría de los incontables soldados muertos en las incontables guerras libradas para mantener el poder de los soberanos de una sociedad o de una religión han sido considerados inferiores por esa misma sociedad.
«No tienes nada que perder, salvo tus cadenas», pero preferimos besarlas.
¿Por qué?
¿Están las sociedades humanas construidas inevitablemente en forma de pirámide, con el poder concentrado en la punta? ¿Es la jerarquía del poder un imperativo biológico que la sociedad humana está obligada a cumplir? Casi con seguridad la pregunta está mal formulada y por lo tanto es imposible de contestar, pero no deja de hacerse y contestarse, y quienes la hacen suelen contestarla de manera afirmativa.
Si existe tal imperativo innato y biológico, ¿impera por igual en los dos sexos? No contamos con pruebas incontrovertibles de que existan diferencias innatas de género en el comportamiento social. A ambos lados del debate, los esencialistas argumentan que los hombres están predispuestos por naturaleza a establecer un poder jerárquico, mientras que las mujeres, si bien no inventan esas estructuras, las aceptan o imitan. De acuerdo con los esencialistas, eso asegura que el programa masculino prevalezca, y sería de esperar que la cadena de mando, donde el «superior» manda al «inferior», con el poder concentrado en unos pocos, fuese un patrón casi universal en la sociedad humana.
La antropología aporta algunas excepciones a esa presunta universalidad. Los etnólogos han descrito sociedades que carecen de una cadena de mando fija; en ellas el poder, en lugar de afianzarse en un rígido sistema de desigualdades, es flexible y se distribuye de diferentes maneras en diferentes situaciones, operando con frenos y contrapesos que siempre tienden al consenso. Se han descrito sociedades en las que un género no se considera superior al otro, aunque siempre hay cierta división del trabajo por géneros y las actividades de los hombres son las que más probabilidades tienen de premiarse.
Pero todas ellas son sociedades que describimos como «primitivas», tautológicamente, pues ya hemos establecido una jerarquía de valores: primitivo = bajo = débil, civilizado = alto = poderoso.
Muchas sociedades «primitivas» y todas las «civilizadas» están rígidamente estratificadas, con mucho poder asignado a unos pocos y poco o ninguno a la mayoría. ¿Es la perpetuación de las instituciones que fomentan la desigualdad social el motor de la civilización, como sugiere Lévi-Strauss?
Los que ejercen el poder están mejor alimentados, mejor armados y mejor educados y, por ende, son más propensos a seguir estándolo, pero ¿basta eso para explicar la ubicuidad y persistencia de la extrema desigualdad social? Sin duda, el hecho de que los hombres son un poco más grandes y musculosos (aunque algo menos longevos) que las mujeres no alcanza para explicar la ubicuidad de la desigualdad de género y su perpetuación en las sociedades en las que el tamaño y la musculatura no tienen mucha importancia.
Si los seres humanos odiáramos la injusticia y la desigualdad como decimos y creemos hacerlo, ¿cómo es posible que cualquiera de los grandes imperios y civilizaciones antiguas haya durado más de quince minutos?
Si los norteamericanos odiamos la injusticia y la desigualdad con la pasión con que decimos hacerlo, ¿cómo es posible que algunas personas en este país no tengan suficiente comida?
Exigimos un espíritu rebelde de aquellos que no tienen ninguna oportunidad de saber que la rebelión es posible, mientras que los privilegiados nos quedamos quietecitos y no vemos ningún mal.
Tenemos buenos motivos para proceder con cautela, no hacer ruido, no causar problemas. Está en juego una gran cantidad de paz y tranquilidad. Con frecuencia, el cambio mental y moral necesario para pasar de la negación de la injusticia a la conciencia de la injusticia conlleva un coste alto. Puedo acabar sacrificando mi contento, estabilidad, seguridad y afectos personales por el sueño del bien común, por una idea de libertad que quizá no viva para disfrutar, un ideal de justicia que quizá nadie alcance.
Las últimas palabras del Mahabharata son: «De ninguna manera puedo lograr un objetivo que está fuera de mi alcance». Es probable que la justicia, una idea humana, esté fuera del alcance humano. Se nos da bien lo de inventar cosas que no pueden existir.
Tal vez la libertad no pueda lograrse mediante instituciones humanas, pero debe seguir siendo un atributo de la mente o el espíritu que no dependa de las circunstancias, un don de la gracia. Tal es (si entiendo bien) la definición religiosa de la libertad. El problema que veo en ella es que su devaluación del trabajo y las circunstancias alienta las injusticias institucionales que vuelven el don de la gracia inaccesible. Un niño de dos años que muere de inanición o por una paliza o en un bombardeo no ha tenido acceso a la libertad, ni a ningún don de la gracia, en ningún sentido en que yo pueda entender las palabras.
Mediante nuestros propios esfuerzos solo podemos lograr una justicia imperfecta, una libertad limitada. Mejor eso que nada. Aferrémonos a ese principio, el amor de la libertad del que habló la poeta, la esclava liberada.


EL TERRENO DE LA ESPERANZA
La transformación de la negación de la injusticia en reconocimiento de la injusticia no puede revertirse.
Nuestros ojos han visto lo que han visto. Una vez que vemos la injusticia, nunca más podemos negar la opresión y defender al opresor de buena fe. Lo que era lealtad ahora es traición. En adelante, si no resistimos, conspiramos.
Pero hay un punto medio entre la defensa y el ataque, un punto para la resistencia flexible, un espacio abierto al cambio. No es un espacio fácil de hallar o habitar. Muchos de los mediadores que intentaron llegar allí acabaron huyendo despavoridos a Múnich.
Aun cuando alcancen el punto medio, es posible que nadie se lo agradezca. El tío Tom de Harriet Beecher Stowe es un esclavo que muere azotado después de hacer el valiente intento de convencer a su amo de que cambie de opinión y negarse de manera inamovible a azotar a otros esclavos. Sin embargo, insistimos en utilizarlo como un símbolo de la capitulación y el servilismo abyectos.
Al admirar el desafío heroicamente inútil, despreciamos la resistencia paciente.
Pero el espacio de la negociación, donde la paciencia efectúa cambios, es aquel en el que se posicionó Gandhi. Lincoln también llegó allí, con mucho esfuerzo. El obispo Tutu, después de vivir en esa zona durante años con singular honor, vio que su país se desplazaba, por incómoda e inciertamente que lo hiciera, hacia ese terreno de la esperanza.


LAS HERRAMIENTAS DEL AMO
Audre Lorde dijo que no se puede desmantelar la casa del amo con las herramientas del amo. Pienso en esta poderosa metáfora, intentando comprenderla.
Los radicales, liberales, conservadores y reaccionarios estiman que la educación en los conocimientos del amo conduce inevitablemente a la conciencia de la opresión y la explotación y, por ende, a un deseo subversivo de igualdad y justicia. Los liberales apoyan la educación universal y gratuita, la escuela pública y las discusiones abiertas en las universidades por la misma razón por la que los reaccionarios se oponen a esas cosas.
La metáfora de Lorde parece decir que la educación no es relevante para el cambio social. Si nada de lo que el amo utilizaba le sirve al esclavo, entonces la educación en los conocimientos del amo debe abandonarse. Así pues, una clase inferior debe reinventar la sociedad por completo, crear nuevos conocimientos, a fin de alcanzar la justicia. De lo contrario, la revolución fracasará.
Puede ser. En general, las revoluciones fracasan. Pero creo que su fracaso empieza cuando el intento de reconstruir la casa para que todos puedan vivir en ella se convierte en el intento de agarrar todas las sierras y los martillos, hacer un fuerte en el cobertizo del antiguo amo y dejar a los demás fuera. El poder no solo corrompe, sino que causa dependencia. El trabajo se convierte en destrucción. Nada se construye.
Las sociedades cambian con violencia y sin ella. La reinvención es posible. La construcción es posible. ¿Qué otras herramientas tenemos para construir sino martillos, clavos y sierras, vale decir, educación, aprender a pensar, capacidades de aprendizaje?
¿Existen, en efecto, herramientas que aún no se han inventado, que debemos inventar para construir la casa donde queremos que vivan nuestros hijos? ¿Podemos basarnos en lo que sabemos ahora, o es lo que sabemos ahora un obstáculo para descubrir lo que necesitamos saber? Para aprender lo que la gente de color, las mujeres, los pobres necesitan enseñar, para aprender los conocimientos que necesitamos, ¿debemos desaprender todos los conocimientos de los blancos, los hombres, los poderosos? Junto con el sacerdocio y la falocracia, ¿debemos descartar la ciencia y la democracia? ¿Acabaremos intentando construir sin ninguna herramienta, más allá de nuestras propias manos? La metáfora es fértil y peligrosa. No puede responder a las preguntas que suscita.


SOLO EN LAS UTOPÍAS
En el sentido en que permite columbrar una alternativa imaginada al «modo en que vivimos ahora», buena parte de mi narrativa puede denominarse utópica, pero no dejo de resistirme a la palabra. Creo que muchas de mis sociedades inventadas mejoran en algún aspecto la nuestra, pero me parece que «utopía» es un nombre demasiado grandioso y rígido para caracterizarlas. La utopía y la distopía proceden del intelecto. Yo escribo a partir de la pasión y la diversión. Mis historias no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer. La mayoría, creo, son comedias sobre las costumbres humanas, recordatorios sobre la infinita variedad de formas en que acabamos siempre en el mismo sitio y homenajes a esa variedad infinita a través de la invención de aún más alternativas y posibilidades. Incluso las novelas Los desposeídos y El eterno regreso a casa, en las que calculé con más método que de costumbre ciertas permutaciones del uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo, constituyen esfuerzos tanto por subvertir como por mostrar el ideal de un plan social asequible que acabaría con la injusticia y la desigualdad de una vez por todas.
Para mí, lo importante no es ofrecer una esperanza específica de progreso sino, al presentar una realidad alternativa imaginada pero convincente, sacudir mi mente, y también la mente del lector, a fin de que ambos abandonemos la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir. Esta inercia es lo que permite que no se cuestionen las instituciones injustas.
Por su misma concepción, la fantasía y la ciencia ficción ofrecen alternativas al mundo presente y real del lector. En general, los jóvenes admiten ese tipo de historias porque su vigor y su sed de experiencia los animan a aceptar alternativas, posibilidades, cambios. Al haber llegado a temer incluso la imaginación de un cambio verdadero, muchos adultos se cierran a la literatura imaginativa, jactándose de no ver en ella otra cosa que lo que ya conocen, o lo que creen que conocen.
Dicho esto, es cierto que mucha ciencia ficción y fantasía, como si temiera su propia capacidad para inquietar, es tímida y reaccionaria en materia de inventiva social: la fantasía se aferra al feudalismo; la ciencia ficción, a las jerarquías militares e imperiales. Ambos géneros suelen premiar al héroe, o a la heroína, solo por realizar hazañas extraordinarias y masculinas. (Yo misma escribí de ese modo durante años. En La mano izquierda de la oscuridad, mi héroe no tiene género, pero sus actos heroicos son casi exclusivamente masculinos). En especial en la ciencia ficción, a menudo nos encontramos con la idea que he mencionado más arriba: cualquier personaje de condición inferior, si no es un rebelde siempre dispuesto a hacerse con la libertad mediante la acción audaz y violenta, resulta despreciable o sencillamente no tiene importancia.
En un mundo de tal simplicidad moral, si un esclavo no es Espartaco, no es nadie. Esa forma de presentar las cosas es despiadada y poco realista. La mayoría de los esclavos, o de los oprimidos, forman parte de un orden social que, dados los términos mismos de la opresión, no tienen siquiera la oportunidad de percibir como susceptible de ser alterado.
El ejercicio de la imaginación es peligroso para quienes se aprovechan del estado de las cosas porque tiene el poder de demostrar que el estado de las cosas no es permanente, ni universal, ni necesario.
Al tener la capacidad real, aunque limitada, de poner en tela de juicio las instituciones establecidas, la literatura imaginativa tiene también la responsabilidad de ese poder. El narrador dice la verdad.
Es triste que muchas historias potencialmente capaces de ofrecer una visión propia se conformen con tópicos patrióticos o religiosos, milagros tecnológicos o ilusiones vanas, sin que los escritores intenten imaginar la verdad. Las oscuras distopías de moda se limitan a invertir los tópicos y emplean ácido en vez de sacarina, pero siguen eludiendo el compromiso con el sufrimiento humano y las posibilidades genuinas. La narrativa imaginativa que admiro ofrece alternativas al statu quo que no solo cuestionan la ubicuidad y necesidad de las instituciones existentes, sino que amplían el campo de las posibilidades sociales y el entendimiento moral. Ello puede hacerse en un tono tan ingenuo y esperanzado como el de las primeras tres temporadas de la serie televisiva Star Trek, o mediante construcciones de una complejidad, sofisticación y ambigüedad ideológica y técnica como son las novelas de Philip K. Dick o Carol Emshwiller; pero siempre es reconocible el mismo impulso: llevar a imaginar un cambio.
No conoceremos nuestra propia injusticia si no podemos imaginar la justicia. No seremos libres si no imaginamos la libertad. No podemos exigir que alguien intente alcanzar la justicia y la libertad si no ha tenido la oportunidad de imaginar que se pueden alcanzar.
Quisiera cerrar y coronar estas reflexiones inconclusas con las palabras de un escritor que nunca dijo sino la verdad y siempre la dijo con calma, Primo Levi, que vivió un año en Auschwitz y conoció la injusticia.
«La ascensión de los privilegiados, no solo en el Lager sino en todo lugar de convivencia humana, es un fenómeno angustioso pero inevitable: solo en las utopías no existe. Es deber del justo hacer la guerra a todo privilegio inmerecido, pero no debemos olvidar que se trata de una guerra sin fin (1)».


(1)Los hundidos y los salvados. Primo Levi.

Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura y la imaginación. 2018.
 

lunes, 15 de febrero de 2021

Suspiro de primate. Jorge Wagensberg.

Algún lugar del Ampurdán cerca de Figueres, hacia el año 1974. Sólo he ido de caza una vez. Fue un día lleno de emociones. Primera emoción: un conejo sale de unos arbustos obligado por los perros. La emoción es grande: acabamos de sorprender un episodio de la vida salvaje. El terror urgente del animal ilustra, una vez más, la ley primera de la materia viva: comer y no ser comido. Se oyen voces viriles y seguras que dominan el paisaje desde hace milenios. Jaleado por esas voces, que lo esperan todo de mí, apunto un poco por delante del pequeño fugitivo y disparo. Segunda emoción: la carrera ágil y experta del conejo se detiene en seco en medio de una nubecita de polvo. La emoción es grande porque da la impresión de que puede derribarlo todo. Derribar es la palabra. Se diría que puedo derribar cualquier iniciativa. La emoción consiste en decidir y derribar. Derribar es el placer. Las voces celebran mi inminente futuro como cazador y bromean sobre el futuro de los conejos. Tercera emoción: el conejo herido, con el cuerpo roto hasta una forma imposible, se mueve con estertores cada vez más débiles. Lo tomo en mis manos a pesar de la airada protesta de los perros. La emoción es grande porque el conejo me mira a los ojos desde la palma de mi mano y me pregunta: ¿estás loco o qué? Mientras balbuceo la disculpa más sincera de mi vida, el conejo, sin dejar de mirarme, se muere. Cuarta emoción: ya han pasado más de veinte años y nunca antes, ni después, he sentido tanta vergüenza. Me preocupa mucho porque, de vez en cuando, todavía me gusta ir a pescar.

 
Zoo de Barcelona, diez y media de la mañana de un domingo de finales de los setenta. Estoy solo en un corredor que separa dos espacios. Frente a mí, Copito de nieve, el célebre gorila blanco, inmóvil en una postura yo diría que idéntica a la del Pensador de Rodin. Lo miro intensamente intentando un encuentro de nuestras miradas, pero él no separa la suya del suelo. Tras de mí, un recinto con una familia de chimpancés. En ese instante se acerca un empleado del parque empujando un carrito lleno de manzanas, zanahorias, plátanos… Silba El tercer hombre. Copito no se mueve ni un milímetro, pero los chimpancés estallan en un jolgorio de palmas y gritos en clara y urgente demanda de frutas y hortalizas. Yo sigo mirando al gorila. Entonces ocurrió. Sin deshacer la composición rodiniana, el gorila levanta lentamente su mirada azul hasta encontrarse con la mía y, acto seguido, hace como que pone los ojos en blanco, mueve compasivamente la cabeza de izquierda a derecha y termina con un suspiro de leve fastidio. Sólo le faltó decir algo así como… «si es que no tienen remedio, como si no supieran que la comida llegará más tarde y desde el interior… ¡pero qué pesados!». El empleado sigue silbando. No ha visto nada. Y no hay más testigos.


Palais de la Découverte en París, una de la tarde de un lunes del mes de marzo, veintidós años después. La reunión de cuatro horas ha terminado y los miembros del comité científico ya bromean distendidos. La última cuestión debatida tenía que ver con la distancia genética entre los humanos y otros primates, así que, animado por la buena atmósfera reinante, decido contar aquel lance fugaz del gorila albino. Cuando termino, y como era de prever, me gano un cariñoso abucheo de mis sabios colegas. Sólo uno se ha quedado muy serio: se trata de Jean-Didier Vincent, un conocido neurobiólogo del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique). Su silencio reclama nuestra atención, que el profesor aprovecha para narrar su propia historia. Ocurrió hace un año en el Zoo de San Diego, uno de los pocos que puede presumir de una familia de bonobos a la vista del público. Los bonobos son muy parecidos a los chimpancés, pero con dos particularidades fuertemente humanoides: exhiben un notable bipedismo y sus hembras están casi siempre receptivas sexualmente. Por lo demás, hacen tantas «monadas» que la mujer de nuestro colega, en un arrebato de excelente humor, se puso a parodiarlas in situ con toda la frescura de una mímica captada y exagerada en directo y en el acto. Tan absorta estaba en su representación y tal era el regocijo general de los asistentes, que nadie, excepto su marido, reparó en el detalle. Un viejo macho bonobo miraba con curiosidad a la improvisada actriz, luego a los miembros de su propia familia y después al grupo visitante… Entonces ocurrió. El jefe clavó su mirada en el único humano que no participaba en la fiesta, hizo como que ponía los ojos en blanco, movió compasivamente la cabeza de izquierda a derecha y terminó con un suspiro de leve fastidio. Sólo le faltó decir algo así como… «ya estamos otra vez con el viejo truco de imitar nuestros gestos… ¡pero qué divertido!».
No sé si la convergencia entre ambas historias es a favor de la estrecha proximidad entre un gorila y un bonobo, entre un físico y un neurobiólogo o entre un simio y un humano. Los caminos del azar son inescrutables. O quizá no tanto. Las experiencias convergentes son dos y a dos de nosotros se nos antoja, mientras el comité científico camina hacia el restaurante, que dos es mucho más que la suma de uno más uno.

Ideas para la imaginación impura, 1998.
 

 

sábado, 13 de febrero de 2021

Las instrucciones de uso. Ursula K. Le Guin.

Escribí este artículo en 2000 como una charla para un grupo interesado en el alfabetismo y la literatura locales.

 
Se nombra embajador a un poeta. Se elige presidente a un dramaturgo. Los obreros de la construcción hacen cola con gerentes para comprar una nueva novela. Los adultos buscan orientación moral y desafíos intelectuales en historias sobre monos guerreros, gigantes de un solo ojo y caballeros locos que cargan contra molinos. El alfabetismo se considera un comienzo, no un fin.
Bueno, quizá ocurra en algún otro país, pero no en este. En Estados Unidos, la imaginación suele tenerse por algo que puede resultar útil cuando la televisión no funciona. La poesía y las obras teatrales no guardan relación alguna con la política práctica. Las novelas son para los estudiantes, las amas de casa y otras personas ociosas. La fantasía es para los niños y los pueblos primitivos. El alfabetismo sirve para leer las instrucciones de uso.
Yo creo que la imaginación es la herramienta singular más útil que posee la humanidad. Deja atrás al pulgar oponible. Puedo imaginar la vida sin mis pulgares, pero no sin mi imaginación.
Oigo voces que coinciden conmigo. «Sí, sí —exclaman—, ¡la imaginación creativa es una enorme ventaja en los negocios! ¡Valoramos la creatividad, la recompensamos!», En el mercado, la palabra creatividad ha pasado a designar la generación de ideas aplicables a determinadas estrategias prácticas con el fin de obtener mayores beneficios. Esta reducción semántica ha durado tanto tiempo que la palabra creativo apenas podría degradarse más. Yo ya no la uso; la dejo en manos de los capitalistas y los profesores universitarios para que abusen de ella a voluntad. Pero no pueden quedarse con imaginación.
La imaginación no es una forma de hacer dinero. No tiene cabida en el léxico del lucro. No es un arma, aunque todas las armas se originen en ella y de ella dependa el uso o no de las armas: como todas las herramientas y sus usos. La imaginación es un modo fundamental de pensar, un medio esencial de convertirse en humano y seguir siéndolo. Es una herramienta mental.
En consecuencia, tenemos que aprender a usarla. Los niños tienen imaginación desde un principio, como tienen cuerpo, intelecto, capacidad lingüística: todas cosas esenciales para constituir su humanidad, cosas que necesitan aprender a utilizar, y a utilizar bien. La instrucción, el entrenamiento y la práctica relativas a ella deberían empezar en la primera infancia y continuar durante toda la vida. Los humanos jóvenes necesitan ejercitar su imaginación como necesitan ejercitar todas las capacidades fundamentales de la vida, en un sentido físico y mental: por el bien del crecimiento, la salud, la competencia, la alegría. Esa necesidad continúa mientras la mente sigue viva.
Cuando los niños aprenden a escuchar y memorizar la literatura central de su pueblo o, en las culturas alfabetizadas, a leerla y comprenderla, su imaginación recibe gran parte del ejercicio que necesita.
Ninguna otra cosa sirve tanto, ni siquiera las demás artes. Somos una especie verbal. Las palabras son las alas con las que vuelan tanto el intelecto como la imaginación. La música, el baile, las artes visuales, las artesanías de todo tipo son centrales para el desarrollo y el bienestar humanos, y ningún arte o capacidad de aprendizaje son inútiles; pero, para adiestrar a la mente a abandonar la realidad inmediata y regresar a ella con una fuerza y un entendimiento renovados, no hay nada como un poema o un relato.
Por medio de relatos, todas las culturas se definen a sí mismas y enseñan a sus niños cómo ser personas y miembros de un grupo: hmong, !kung, hopi, quechua, francés, californiano… Somos los que llegamos al Cuarto Mundo… Somos la nación de Joan… Somos los hijos del Sol… Venimos del mar… Somos el pueblo que vive en el centro del mundo.
Un pueblo que no vive en el centro del mundo, tal y como lo definen y lo describen los poetas y narradores, lo pasa mal. El centro del mundo se encuentra allí donde vives. Allí el aire es respirable. Sabes el modo en que se hacen las cosas, cómo se hacen bien, según se debe.
Un niño que no sabe dónde se encuentra el centro —dónde está el hogar, qué es el hogar— lo pasa muy mal.
El hogar no es mamá y papá y una hermana y un perro. El hogar no es un sitio al que te tienen que dejar entrar. No es ningún sitio. Es imaginario.
El hogar, al imaginarse, empieza a ser. Es real, más real que cualquier otro sitio, pero no se puede llegar allí si no te enseñan a imaginarlo los tuyos, quienesquiera que sean. Puede que los tuyos no sean tus parientes. Puede que nunca hayan hablado en tu idioma. Puede que lleven miles de años muertos. Puede que no sean sino palabras impresas en papel, fantasmas de voces, sombras de mentes. Pero son capaces de llevarte a un hogar. Son tu comunidad humana.
Todos tenemos que aprender a inventarnos una vida, crearla, imaginarla. Necesitamos que nos enseñen esas capacidades; necesitamos guías que nos muestren cómo hacerlo. Si no lo hacemos, nuestras vidas acaban siendo controladas por los demás.
Los seres humanos siempre han formado grupos para imaginar cómo vivir mejor y ayudarse los unos a los otros a conseguirlo. La función esencial de la comunidad humana es alcanzar algún acuerdo sobre qué es lo que necesitamos, cómo debería ser la vida, qué queremos que aprendan nuestros niños, y, luego, colaborar en su aprendizaje y enseñanza para que ellos y nosotros podamos avanzar por el camino que creemos correcto.
Las comunidades pequeñas con tradiciones sólidas suelen tener claro el camino que quieren tomar, y lo enseñan muy bien. Pero la tradición puede cristalizar la imaginación hasta fosilizarla en un dogma e impedir las nuevas ideas. Las comunidades más grandes, tales como las ciudades, proporcionan el espacio necesario para que la gente imagine alternativas, aprenda de otros con tradiciones diferentes e invente sus propias maneras de vivir.
Conforme proliferan las alternativas, sin embargo, los que tienen la responsabilidad de enseñar encuentran poco consenso social y moral en lo relativo a lo que se debe enseñar: lo que se necesita, el modo en que se debe vivir. En nuestra época de grandes poblaciones siempre expuestas a las voces, imágenes y palabras reproducidas en pro del beneficio comercial y político, hay demasiada gente que quiere y puede inventarnos, poseernos, moldearnos y controlarnos a través de los medios de comunicación, que son cautivadores y poderosos. Es mucho pedir que, en medio de todo ello, un niño encuentre el camino por sí solo.
En realidad, nadie puede hacer gran cosa por sí solo.
Lo que necesita un niño, lo que todos necesitamos, es conocer a otra gente que haya imaginado la vida en líneas que tengan sentido y permitan cierta libertad, y escucharla. No oírla pasivamente, sino escucharla.
Escuchar es un acto de comunidad, que requiere un lugar, tiempo y silencio.
Leer es una manera de escuchar.
Leer no es tan pasivo como oír o ver. Es un acto: lo hacemos. Leemos a nuestro propio ritmo, a nuestra propia velocidad, no de acuerdo con la corriente incesante, incoherente, confusa y chillona de los medios de comunicación. Asimilamos lo que podemos y queremos asimilar, no lo que nos echan encima deprisa y con tal ímpetu y volumen que acabamos apabullados. Cuando leemos una historia, nos están contando algo, pero no quieren vendernos nada. Y aunque por lo general leemos en soledad, entramos en comunión con otras mentes. No nos lavan el cerebro ni nos reclutan ni nos utilizan; nos reunimos en un acto de la imaginación.
A mi entender, nada impide que los medios de comunicación creen una comunidad similar de la imaginación, como lo ha hecho con frecuencia el teatro en ciertas sociedades del pasado, pero no van a hacerlo. Se encuentran tan a merced de la publicidad y el lucro que los individuos más talentosos que trabajan en ellos, los artistas de verdad, aun si se resisten a las presiones de venderse, se ahogan en la incesante fiebre de novedad, en la codicia empresarial.
Buena parte de la literatura se libra de esa presión sencillamente porque muchísimos de sus autores están muertos y, por definición, no son codiciosos.
Además, no pocos poetas y novelistas vivos, por mucho que los editores persigan de forma abyecta las grandes ventas, continúan estando motivados no tanto por el deseo de obtener ganancias financieras cuanto por el anhelo de hacer lo que acaso harían gratis si pudieran permitírselo, es decir, practicar su arte: hacer algo bien, comprender alguna cosa. Por asombroso que parezca, los libros siguen siendo relativamente sinceros y fiables.
Puede que no sean «libros», por supuesto, que no sean tinta sobre pasta de papel, sino un parpadeo electrónico en la palma de la mano. Por muy incoherente y comercial que sea, por muy agusanada de pornografía y exageraciones y cháchara que esté, la publicación electrónica ofrece a los lectores un nuevo medio para conformar una comunidad activa. Lo importante no es la tecnología. Lo importante son las palabras. El hecho de compartir las palabras. La activación de la imaginación mediante la lectura de palabras.
El alfabetismo es importante porque la literatura son las instrucciones de uso. Es el mejor manual que tenemos. La guía más útil del país que visitamos: la vida.


Contar es escuchar, 2018.