Hélène
Brodin murió en este cuarto, en mil novecientos cuarenta y siete.
Había vivido en él, amedrentada y discreta, cerca de doce años.
Tras su muerte, su sobrino François Gratiolet encontró una carta
suya en la que contaba cómo había concluido su estancia en América.
En
la tarde del once de septiembre de 1935, la fue a buscar la policía
y la condujo a Jemima Creek para identificar el cadáver de su
marido. Antoine Brodin, con el cráneo machacado, estaba tendido boca
arriba, abierto de brazos, al fondo de una cantera cenagosa del suelo
totalmente enlodado. Los policías le habían puesto un pañuelo
verde en la cabeza. Le habían robado el pantalón y las botas, pero
todavía llevaba la camisa de finas rayas grises que le había
comprado Hélène pocos días antes en St. Petersburg.
Hélène
no había visto nunca a los asesinos de Antoine; sólo había oído
sus voces cuando, dos días antes, declararon tranquilamente a su
marido que iban a volver para cargárselo. Pero no le costó nada
identificarlos: eran los dos hermanos Ashby, Jeremiah y Ruben,
acompañados como de costumbre por Nick Pertusano, un enano vicioso y
cruel, que tenía la frente adornada con una mancha indeleble en
forma de cruz color ceniza y era su alma pecadora y su víctima. Los
Ashby, pese a sus dulces nombres bíblicos, eran unos golfos temidos
en toda la región, que asaltaban los saloons y los diner’s,
aquellos vagones acondicionados como restaurantes donde se podía
comer por unos céntimos, y, desgraciadamente para Hélène, eran los
sobrinos del sherif del condado. Aquel sherif no sólo no detuvo a
los asesinos, sino que encargó a dos de sus ayudantes que escoltaran
a Hélène hasta Mobile, tras desaconsejarle que volviera a poner los
pies en la región. Hélène logró escabullirse de sus guardianes,
fue hasta Tallahassee, la capital del Estado, y presentó una
denuncia al gobernador. Aquella misma noche una piedra hizo añicos
uno de los cristales de su cuarto de hotel. Llevaba atado un mensaje
que encerraba amenazas de muerte.
Por
orden del gobernador, el sherif tuvo que iniciar un simulacro de
investigación; por prudencia recomendó a sus sobrinos que se
alejasen algún tiempo. Los dos golfos y el enano se separaron. Lo
supo Hélène y comprendió que aquélla era su única posibilidad de
vengarse: tenía que actuar con rapidez y matarlos uno por uno sin
que llegaran ni a darse cuenta de lo que sucedía.
El
primero a quien mató fue el enano. Fue el más fácil. Supo que se
había colocado de pinche en un vapor de aspas que remontaba el
Mississippi y en el que todo el año actuaban varios jugadores
profesionales. Uno de ellos aceptó ayudar a Hélène: ésta se
disfrazó de muchacho, y él la hizo subir a bordo haciéndola pasar
por su boy.
Durante
la noche, cuando todos los que no dormían estaban enfrascados en
interminables partidas de craps o de faraón, Hélène encontró sin
dificultad el camino de las cocinas; el enano, medio borracho,
dormitaba en una hamaca al lado de un fogón en el que se estaba
cociendo un enorme guiso de cordero. Se acercó a él y, sin darle
tiempo a reaccionar, lo agarró del cuello y de los tirantes y lo
arrojó al perol gigante.
Abandonó
el barco a la mañana siguiente, en Bâton Rouge, cuando aún no se
había descubierto el crimen. Con el mismo disfraz de chico, siguió
río abajo, esta vez en una armadía, verdadera ciudad flotante en la
que vivían desahogadamente varias docenas de hombres. A uno de
ellos, un titiritero de origen francés que se llamaba Paul Marchal,
le contó su historia y él le ofreció su ayuda. En Nueva Orleans
alquilaron un camión y empezaron a recorrer Luisiana y Florida. Se
paraban en las gasolineras, las estaciones pequeñas, los bares de
las carreteras. Él iba cargado con una especie de equipo de hombre
orquesta con bombo, bandoneón, armónica, triángulo, platillos y
cascabeles; ella, oriental de cara velada, esbozaba una danza del
vientre, antes de ofrecer a los espectadores sus dotes de echadora de
cartas: extendía ante ellos tres hileras de tres naipes, cubría dos
que juntos sumaban once puntos, así como las tres figuras: era un
solitario que había aprendido de muy niña, el único que conocía y
lo usaba para predecir las cosas más inverosímiles en una
inextricable mezcla de idiomas.
Sólo
tardaron diez días en hallar una pista. Una familia semínola que
vivía a bordo de una balsa anclada en la orilla del lago Apopka les
habló de un hombre que, desde hacía unos días, se albergaba en un
gigantesco pozo abandonado, cerca de un lugar llamado Stone’s Hill,
a unos treinta kilómetros de Tampa.
Era
Ruben. Lo descubrieron cuando, sentado en una caja, intentaba abrir
con los dientes una lata de conservas. Estaba tan obsesionado por el
hambre que no los oyó llegar. Antes de matarlo de una bala en la
nuca, Hélène lo obligó a revelar el escondite de Jeremiah. Ruben
sólo sabía que, al ir a separarse, los tres habían discutido
vagamente a qué sitio irían: el enano había dicho que le apetecía
viajar. Ruben quería un sitio tranquilo; y Jeremiah había afirmado
que lo mejor para emboscarse eran las poblaciones grandes.
Nick
era un enano y Ruben un retrasado, pero Jeremiah le daba miedo a
Hélène. Lo encontró casi fácilmente el tercer día, de pie ante
el mostrador de un cafetucho cerca de Hialeah, el hipódromo de
Miami; estaba hojeando un periódico hípico mientras masticaba
mecánicamente una porción de breaded veal chops de quince centavos.
Lo
estuvo siguiendo tres días. Vivía de expedientes miserables,
vaciaba los bolsillos de los turistas y hacía de gancho para un
local de juego mugriento, bautizado orgullosamente The
Oriental Saloon and Gambling House,
a ejemplo del famoso tugurio que Wyatt Earp y Doc Halliday habían
regentado antaño en Tomnbstone, Arizona. Era un pajar cuyas paredes
de tablas estaban literalmente forradas de arriba abajo con placas
comerciales de metal esmaltado, publicitarias o electorales: QUALITY
ECONOMY AMOCO MOTOR OIL, GROVE’S BROMOQUININE STOPS COLD, ZENO
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El
cuarto día, por la mañana, Hélène mandó llevar un sobre a
Jeremiah. Contenía una fotografía de los dos hermanos —encontrada
en la cartera de Ruben— y una notita en la que la mujer le
informaba de lo que les había hecho al Enano y a Ruben y del destino
que aguardaba a aquel hijo de puta si tenía cojones para ir a
encontrarse con ella en el bungalow n.º 31 del Burbanks Motel.
Hélène
estuvo esperando todo el día escondida en la ducha de un bungalow
vecino. Sabía que Jeremiah había recibido su carta y que no
soportaría la idea de que lo desafiara una mujer. Pero no bastaría
esto para obligarle a responder a la provocación; haría falta
además que estuviera seguro de ser más fuerte que ella.
Sobre
las siete de la tarde supo que su instinto no la había engañado:
Jeremiah, acompañado de cuatro malhechores armados, llegó a bordo
de un bucketseat modelo T abollado y humeante. Con todas las
precauciones usuales inspeccionaron los alrededores y cercaron el
bungalow n.º 31.
La
habitación no estaba muy iluminada, sólo lo justo para que, por
entre los visillos de ganchillo, Jeremiah viera distintamente a su
hermano Ruben, echado pacíficamente en una de las camas gemelas,
cruzado de brazos y con los ojos muy abiertos. Jeremiah Ashby,
lanzando un rugido feroz, se precipitó en el cuarto provocando la
explosión de la bomba que Hélène había colocado en él.
Aquella
misma noche subió la joven a bordo de una goleta que iba a Cuba,
desde donde la trasladó a Francia un buque de línea regular. Hasta
su muerte, estuvo aguardando el día en que iría a detenerla la
policía, pero la Justicia americana no se atrevió nunca a imaginar
que aquella mujercita frágil hubiera podido matar a sangre fría a
tres bandidos para los que no tuvo dificultad en hallar asesinos
mucho más plausibles.
La vida instrucciones de uso, 1978.
