domingo, 31 de mayo de 2026

Mamá. Lucia Berlin.

Mamá lo sabía todo —dijo mi hermana Sally—. Era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme.
A mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que me viera. «Eh, mamá, fíjate en esto.» ¿Y si los muertos andan a su antojo mirándonos a todos, partiéndose de risa? Dios, Sally, eso suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy igual que ella?
Nuestra madre se preguntaba cómo serían las sillas si dobláramos las rodillas al revés. ¿Y si a Jesucristo lo hubieran electrocutado? En lugar de llevar crucifijos en las cadenas, la gente iría por ahí con sillas colgando del cuello.
A mí me dijo: «Hagas lo que hagas, no procrees» —recordó Sally—. Y que si era tan idiota como para casarme alguna vez, me asegurara de elegir a un hombre rico que me adorara. «Nunca, jamás te cases por amor. Si amas a un hombre, querrás estar siempre a su lado, complacerlo, hacer cosas por él. Le preguntarás: “¿Dónde has estado?” o “¿En qué estás pensando?” o “¿Me quieres?”. Así que acabará pegándote. O saldrá a por cigarrillos y no volverá.»
Mamá odiaba la palabra «amor». La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra «furcia».
Odiaba los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro hijos eran pequeños, y chilló «¡Quítamelos de encima!», como si fueran una manada de dóberman.
No sé si me repudió por casarme con un mexicano o porque era católico.
Culpaba a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía que los papas habían hecho correr el rumor de que el amor hacía feliz a la gente.
«El amor te hace desgraciado», decía nuestra madre. «Mojas la almohada llorando hasta quedarte dormida, empañas las cabinas telefónicas con tus lágrimas, tus sollozos hacen aullar al perro, fumas dos cigarrillos a la vez.»
¿Papá te hizo desgraciada? —le pregunté.
¿Tu padre? Él no podía hacer desgraciado a nadie.
Aun así, recurrí al consejo de mi madre para salvar el matrimonio de mi hijo. Coco, su mujer, me llamó, llorando a mares. Ken quería vivir por su cuenta unos meses. Necesitaba su propio espacio. Coco lo adoraba; estaba desesperada. De pronto me descubrí dándole consejos con la voz de mi madre. Literalmente, con su acento nasal de Texas, con su desdén.
Pues dale a ese idiota un poco de su propia medicina.
Le dije que no se le ocurriera pedirle que volviera a casa.
No lo llames. Mándate flores con tarjetas misteriosas. Enséñale a su loro gris africano a decir: «¡Hola, Joe!».
Le recomendé que se abasteciera de hombres, hombres guapos, bien plantados. Que les pagara si era necesario, solo para que se pasaran a verla. Que los invitara a Chez Panisse a almorzar. Que se asegurara de que hubiera hombres distintos en casa cuando Ken se presentara, a buscar ropa o a visitar al loro. Coco siguió llamándome. Sí, estaba haciendo lo que le había dicho, pero Ken aún no había ido a casa. Sin embargo, ya no sonaba tan apenada.
Finalmente un día Ken me telefoneó.
Eh, mamá, agárrate... Coco es una pécora de cuidado. Voy a buscar unos CD a nuestro apartamento, ¿vale? Y me encuentro ahí a ese tipo. Un ciclista, con un maillot morado de licra, probablemente sudoroso, tumbado en mi cama, viendo a Oprah en mi televisor, dándole de comer a mi pájaro.
¿Qué puedo decir? Ken y Coco han vivido felices desde entonces. Hace poco estuve de visita en su casa y sonó el teléfono. Coco contestó, habló un rato, riéndose de vez en cuando. Cuando colgó, Ken le preguntó «¿Quién era?». Coco sonrió: «Bah, un chico que conocí en el gimnasio».


Mamá echó por tierra mi película favorita —le conté a Sally—. La canción de Bernadette. Entonces yo iba al colegio St. Joseph y aspiraba a hacerme monja, o preferiblemente llegar a ser una santa. Tú no tendrías más de tres años. Vi aquella película tres veces. Al final accedió a venir conmigo al cine. No paró de reírse en todo el rato. Dijo que la bella dama no era la Virgen María. «Es Dorothy Lamour, por amor de Dios.» Durante semanas se burló de la Inmaculada Concepción. «Tráeme una taza de café, ¿te importa? No me puedo levantar. Soy la Inmaculada Concepción.» O, hablando por teléfono con su amiga Alice Pomeroy, decía: «Hola, soy yo, la virgen de los sudores». O bien: «Hola, aquí la concepción exprés».
Era ingeniosa, no lo negarás. Como cuando le daba cinco centavos a un pordiosero y decía: «Disculpe, joven, pero ¿cuáles son sus sueños y aspiraciones?». O cuando encontraba un taxista hosco y le decía: «Hoy parece usted bastante reflexivo y taciturno».
No, incluso su sentido del humor era escalofriante. Las notas de suicidio que escribió a lo largo de los años, siempre dirigidas a mí, solían ser bromas. Cuando se cortó las venas, firmó «Mary la Sangrienta». Cuando se tomó pastillas, escribió que prefería no intentarlo con una soga porque era demasiado lío. La última carta que me mandó no era divertida. Decía que sabía que yo nunca la perdonaría. Que ella tampoco me perdonaba por haber destrozado mi vida.
A mí nunca me escribió una nota de suicidio.
No me lo puedo creer, Sally, ¿estás celosa de que me las escribiera a mí?
Bueno, sí, la verdad.


Cuando murió nuestro padre, Sally voló desde Ciudad de México a California. Llegó a casa de mamá y llamó a la puerta. Mamá se asomó a la ventana, pero no la dejó entrar. Había renegado de Sally hacía años y años.
Echo de menos a papá —le gritó Sally desde el otro lado del vidrio—. Me estoy muriendo de cáncer. ¡Ahora te necesito, mamá!
Ella se limitó a cerrar las persianas e ignoró los golpes de mi hermana en la puerta.
Sally lloraba, recreando la escena y otras escenas más tristes, una y otra vez. Al final estaba muy enferma y preparada para morir. Había dejado de padecer por sus hijos. Estaba serena, encantadora y dulce. Aun así, de vez en cuando, la rabia se apoderaba de ella y no la soltaba, negándole la paz.
Así que empecé a contarle historias a Sally todas las noches, como si fueran cuentos de hadas.
Le contaba anécdotas divertidas de nuestra madre. Como aquella vez que quería abrir una bolsa de patatas fritas Granny Goose, pero al final se rindió. «La vida es demasiado dura, maldita sea», dijo, y lanzó la bolsa de patatas por los aires.
Le conté que mamá no había hablado con su hermano Fortunatus durante treinta años. Finalmente él la invitó a comer a un restaurante de lujo, el Top of the Mark, para enterrar el hacha. «¡En su cabeza de viejo pomposo!», farfulló mi madre. Se lo hizo pagar caro, de todos modos. Fortunatus la obligó a pedir faisán y, cuando se lo trajeron cubierto con una campana de cristal, mamá le dijo al camarero: «Eh, muchacho, ¿no tienes un poco de ketchup?».
Más que nada le contaba a Sally historias de cómo era mi madre en otros tiempos. Antes de darse a la bebida, antes de hacernos daño. Érase una vez...


Mamá está apoyada en la barandilla del barco a Juneau. Va a conocer a Ed, su futuro esposo. En busca de una nueva vida. Estamos en 1930. Ha dejado atrás la Gran Depresión, ha dejado atrás al abuelo. Toda la pobreza sórdida y el dolor de Texas han desaparecido. El barco surca las olas, ya cerca de la costa, en un día radiante. Ella mira el intenso azul del agua y los pinos verdes en la orilla de esa tierra nueva, virgen. Hay icebergs y gaviotas.
»Sobre todo debemos tener presente que era una mujer muy menuda, medía poco más de metro sesenta. Solo a nosotras nos parecía enorme. Y tan joven, diecinueve años. Era muy hermosa, morena y delgada. En la cubierta del barco, se mece contra el viento. Es frágil. Tiembla de frío y de emoción. Fumando, con el cuello de pieles ceñido alrededor de su cara en forma de corazón, su pelo azabache.
»El tío Guyler y el tío John le habían comprado a mamá aquel abrigo como regalo de bodas. Todavía lo llevaba seis años después, así que se grabó en mi memoria. Solía enterrar mi cara en las pieles apelmazadas por la nicotina. No mientras ella lo llevaba puesto. No soportaba que la tocaran. Si te acercabas, levantaba la mano como para protegerse de un golpe.
»En la cubierta del barco se siente bonita y mayor. Había hecho amistades durante la travesía, desplegando sus encantos, su ingenio. El capitán flirteaba con ella. Le servía más ginebra, que a ella le daba vértigo, y la hacía reírse a carcajadas mientras le susurraba: “¡Me está rompiendo el corazón, belleza de tez morena!”.
»Cuando el barco atracó en el puerto de Juneau, sus ojos azules se llenaron de lágrimas. No, tampoco la vi llorar jamás. Era algo así como Escarlata en Lo que el viento se llevó. Se hizo una promesa. Jamás volverán a hacerme daño.
»Sabía que Ed era un buen hombre, íntegro y cariñoso. La primera vez que le dejó acompañarla a casa, en Upson Avenue, estaba avergonzada. Todo era decadente; el tío John y el abuelo estaban borrachos. Temió que Ed no quisiera volver a salir con ella. Pero la estrechó entre sus brazos y dijo: “Yo te protegeré”.
»Alaska era tan maravillosa como había imaginado. Recorrieron regiones inexploradas en aviones que podían aterrizar en lagos helados, esquiaban en el silencio y vieron alces, osos polares, lobos. Acampaban en los bosques en verano y pescaban salmones, ¡vieron osos grizzlies y cabras blancas de las montañas! Hicieron amigos; ella se unió a un grupo de teatro y fue la médium en Un espíritu burlón. Los actores hacían fiestas y cenas en las que cada uno llevaba algo, hasta que Ed le dijo que no podía seguir con el teatro porque bebía más de la cuenta, su comportamiento no era digno de una mujer casada. Entonces nací yo. Papá tuvo que ir a Nome varios meses, y se quedó sola con una criatura recién nacida. A su regreso la encontró borracha, tambaleándose conmigo en los brazos. “Te arrancó de mi pecho”, me dijo ella. Papá se hizo cargo de mí, empezó a darme el biberón. Le pedía a una mujer esquimal que me cuidara mientras él iba a trabajar. Acusó a mamá de ser débil y despiadada, como todos los Moynihan. A partir de entonces se empeñó en protegerla de sí misma, no la dejaba conducir ni le daba dinero. Mamá solo podía ir andando a la biblioteca y leer obras de teatro, y novelas de misterio o de Zane Grey.
»Cuando estalló la guerra naciste tú y nos fuimos a vivir a Texas. Papá sirvió en Japón, de teniente en un acorazado. Mamá no soportó volver a casa. Salía todo lo que podía, y bebía cada vez más. La abuela dejó de trabajar en la consulta del abuelo para ocuparse de ti. Trasladó tu cuna a su habitación; jugaba contigo y te cantaba y te mecía en brazos para dormirte. No dejaba que nadie se acercara a ti, ni siquiera yo.
»Para mí era terrible, con mamá, y con el abuelo. O sola, más que nada. Me metí en problemas en la escuela, me escapé de un colegio, me expulsaron de otros dos. Una vez pasé seis meses sin hablar. Mamá me llamaba la Mala Semilla. Descargaba en mí toda su rabia. Hasta que fui mayor no me di cuenta de que ella y el abuelo probablemente ni siquiera se acordaban de lo que hacían. Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza.
»Después de que papá volviera de la guerra vivimos en Arizona y fueron felices juntos. Plantaron rosales y te regalaron un cachorro que se llamaba Sam. Mamá estaba sobria, pero ya no sabía cómo tratar con nosotras. Pensábamos que nos odiaba, cuando simplemente le dábamos miedo. Creía que éramos nosotras quienes la habíamos abandonado, quienes la odiábamos. Se protegía burlándose y tratándonos con desprecio, hiriéndonos para evitar que la hiriéramos primero.
»Parecía que irnos a vivir a Chile sería un sueño hecho realidad para mamá. Le encantaba la elegancia y las cosas bellas, siempre anhelaba codearse con “la gente adecuada”. Papá tenía un trabajo prestigioso. De pronto éramos ricos, con una casa preciosa y muchos sirvientes, y alternábamos en cenas y fiestas con toda la gente adecuada. Mamá al principio salía, pero el miedo pudo con ella. Su pelo desentonaba, su ropa desentonaba. Compró muebles caros que imitaban antigüedades y cuadros malos. Los sirvientes la aterraban. Hizo algunas amistades de confianza; por irónico que parezca, jugaba al póquer con curas jesuitas. Sin embargo, pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación. Papá la dejaba allí encerrada.
»“Al principio fue mi guardián, luego se convirtió en mi carcelero”, decía ella. Él creía que así la ayudaba, pero año tras año le racionó la bebida y escondió a mamá, y nunca recurrió a nadie en busca de apoyo. Nosotras no nos acercábamos a ella, nadie lo hacía. Le daban ataques de furia, se volvía cruel, irracional. Nosotras pensábamos que nada de lo que hacíamos era bastante bueno para ella. Y de hecho le daba rabia ver que salíamos adelante, que crecíamos y alcanzábamos metas. Éramos jóvenes y bonitas y teníamos un futuro. ¿Ves? ¿Entiendes qué mal lo pasaba, Sally?
Sí. Tal cual. Pobre mamá, qué lástima. Ahora hago lo mismo, ¿sabes? Me enfado porque todo el mundo está trabajando, viviendo. A veces te odio porque no te estás muriendo. ¿No es terrible?
No, porque tú puedes contármelo. Y yo te puedo decir que me alegro de no ser la que se está muriendo. Mamá, en cambio, nunca tuvo a nadie con quien hablar. Aquel día, en el barco, al llegar al puerto, pensó que iba a encontrarlo. Mamá creía que Ed siempre estaría ahí. Creyó que llegaba a casa.
Descríbemela otra vez. En el barco. Cuando se le llenaron los ojos de lágrimas.
De acuerdo. Tira el cigarrillo al agua. Se oye el siseo que hace al apagarse, tan en calma está el mar cerca de la orilla. Los motores del barco se paran con un temblor. Silenciosamente, acompañados por el vaivén de las boyas y las gaviotas y la sirena larga y quejumbrosa del barco, se deslizan hacia el atracadero, chocan suavemente contra los neumáticos del muelle. Mamá se alisa el cuello de pieles y el pelo. Sonriente, mira hacia la multitud, buscando a su marido. Nunca ha conocido una felicidad igual.
Sally está llorando en silencio.
Pobrecita, pobrecita —dice—. Ojalá hubiera sido capaz de hablar con ella. Ojalá le hubiera dicho cuánto la quería.
Yo... no tengo compasión.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

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