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sábado, 26 de marzo de 2022

Hubiera o hubiese. Mar Horno.

Esther se pregunta cómo sería su vida si no hubiese elegido quedarse en el andén, conservar su trabajo en la peluquería y dejar que Alberto siguiera su camino solo. Seguro que ahora sería feliz a su lado, viviría en un moderno piso en el centro de una ruidosa ciudad y tendría dos niños maravillosos. Ignora que saltamos de una página a otra de un libro, distinta cada vez, dependiendo de nuestras elecciones. Por esa razón, Esther no sabe que si hubiese subido al tren habría terminado viviendo en un cochambroso ático, él nunca habría conseguido despuntar como pintor abstracto y que una noche, debido a su afición por las velas aromáticas, el piso habría ardido con ellos dentro. Así que en vez de pasarse las noches llorando, mejor le iría si tratara con más agrado a sus clientas, si dejara de aderezar su vida con la nostalgia de las oportunidades perdidas y si le echara una segunda mirada al comercial que le vende la laca. Creedme, sé de lo que hablo. Si me hubiese empeñado en ser escritor me hubiera muerto de hambre mientras que vender productos de belleza, pues eso. Aunque quién sabe.

jueves, 13 de enero de 2022

Crónicas del absurdo. Mar Horno

Las calles amanecieron llenas de pájaros muertos. Por eso el alcalde convocó un concurso de ideas cuyo resultado lograra arrojar alguna luz sobre aquel suceso. Así se había hecho anteriormente con la tormenta de llaves del año pasado, la fascinante belleza de la abuela nonagenaria de la calle Olvido o la aparición a orillas del lago de una mujer serpiente de espléndidos pechos. El boticario pergeñó una hipótesis sobre la contaminación del río pero a todos les pareció poco creíble. El cura propuso su conjetura de posible castigo divino pero fue descartada por apocalíptica. Al final fue declarada ganadora por su originalidad la idea del maestro. Éste planteaba que, con alevosía y nocturnidad, unos desalmados habían robado el cielo. Los vecinos aplaudieron con entusiasmo hasta que Celedonio aventuró, entre hipos de vino, que si no había cielo, tampoco habría aire, por lo que era un milagro que estuvieran vivos. Al oírlo, todos se quedaron en silencio y, con premura, se fueron muriendo uno a uno sin mucha gracia. Fue una pena, porque no quedó nadie para explicar el extraño acontecimiento que ocurrió dos días después cuando los fondos aparecieron sin pozo.

viernes, 2 de julio de 2021

El acuerdo. Mar Horno García.

En el pueblo hace tiempo que no anidan las cigüeñas. Vuelan de paso a otras tierras más pobladas. Pero yo nunca pierdo la esperanza de que, por descuido, se les caiga alguno. Cuando a comienzos de la primavera pasan las primeras, observo el cielo sin descanso. Un año tras otro. Hace dos días, por fin, vi uno bajar a toda velocidad. Corrí cojeando todo lo que pude pero la Eulogia estaba al acecho y le echó mano a la misma vez que yo. "Es mío, lo vi primero". "Pero yo lo agarré y no dio con la cabeza en el suelo". "Es para mí". "No, para mí". Al final, decisión salomónica. La mitad para ti, la mitad para mí. Lo echamos a suertes. A mí me tocó la parte de abajo y a ella la de arriba. Yo le cambio los pañales y le hago primorosos patucos de lana. La Eulogia le da de comer y lo peina. Pero lo que no puedo soportar es que a ella le dedique sus lindas sonrisas de ángel.


lunes, 8 de marzo de 2021

Los suicidas. Mar Horno García.

Poca gente sabe que a los ahorcados nos gusta balancearnos colgados de nuestra cuerda. Ya sea de una lámpara, de una rama o una viga, amamos ese movimiento suave, ese bamboleo silencioso de mitigación del dolor, esa ondulación pendular de resarcimiento de nuestras culpas. Así nos sentimos libres al fin, como globos de colores, esperando que algún niño coja nuestra soga y nos pasee por el parque. Sabemos que es solo un sueño, que siempre termina viniendo algún desalmado que nos descuelga para meternos en un cajón triste, para mantenernos otra vez prisioneros, otra vez esclavos, otra vez dominados. Aunque nunca perdemos la esperanza de que llegue antes el niño que el diablo.


 

domingo, 20 de septiembre de 2020

Perder la cabeza. Mar Horno García.

Esa mañana llevé las mochilas al colegio dejando a los niños colgados en la percha. Expuse en la reunión de inversores una detallada lista de la compra olvidando mi informe en el imán del frigorífico. Paseé el paraguas mientras el perro dormía en casa. Y cuando me encontré haciendo el amor con el vecino del quinto cuando mi marido había ido a bajar la basura, supe, sin lugar a dudas, que había perdido la cabeza.
La encontré después de unas semanas y aunque el médico logró cosérmela a pequeñas puntadas, nunca he vuelto a ser la misma. Ahora, para evitar cualquier olvido, la llevo siempre conmigo en una caja de sombreros junto a un papel bien doblado donde dice: nunca te casaste, no tienes hijos, llevas dos años en el paro y no vive nadie en el quinto.