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sábado, 18 de mayo de 2024

Los perros la trajeron a pedazos. Svetlana Alexiévich.

Valia Zmitróvich, once años
Actualmente es operaria


No quiero recordar… No quiero recordar, nunca…
Éramos siete hermanos. Antes de la guerra mi madre se reía y decía: «Mientras el sol resplandezca los niños crecerán». Luego, al empezar la guerra, lloraba: «Estos tiempos son tan difíciles… y en casa hay más niños que piojos en costura…». Lúzik (diecisiete años), yo (once), Iván (nueve), Nina (cuatro), Galia (tres), Álik (dos), Sasha (cinco meses)… Un bebé, lloraba y tomaba teta.
En aquella época yo no lo sabía, pero después de la guerra la gente nos contó que nuestros padres mantenían contactos con los guerrilleros y con los prisioneros soviéticos que trabajaban en la planta lechera. Allí trabajaba también la hermana de mi madre. Solo recuerdo que una noche había unos hombres en casa y por lo visto la luz se veía desde fuera, a pesar de que la ventana estaba tapada con una manta gruesa. Se oyó un disparo, dio justo en la ventana. Mamá cogió la lámpara y la escondió debajo de la mesa.
Mi madre cocinaba con patatas; con patatas sabía hacer de todo, decenas de platos. Estábamos preparándonos para una celebración. Recuerdo que toda la casa olía a comida rica. Mi padre segaba el trifolio cerca del bosque. Entonces vinieron los alemanes, rodearon la casa y nos ordenaron: «¡Salid!». Salí con mi madre y tres de mis hermanos. Empezaron a pegar a mi madre y ella gritó:
¡Hijos, entrad en casa!
La pusieron contra la pared debajo de la ventana. Nosotros estábamos pegados a esa ventana.
¿Dónde está tu hijo mayor?
Mi madre contestó:
Está cavando turba.
Llévanos hasta allí.
Metieron a mi madre en el coche a empujones y ellos subieron detrás.
Galia se escapó de casa, pedía gritando que la dejasen ir con mamá. La arrojaron adentro. Mamá también gritaba:
¡Hijos, volved a casa!…
Mi padre regresó corriendo del campo; por lo visto los vecinos le habían informado. Cogió unos documentos y se fue corriendo detrás del coche. Él también nos dijo: «Hijos, meteos en casa». Como si nuestra casa fuera un salvavidas, o como si mamá estuviera allí. Nos quedamos en el patio esperando… Hacia la tarde algunos de mis hermanos se subieron a las puertas del patio, que daban a la calle, otros treparon a los manzanos: a ver si veían a papá o a mamá o a los hermanos que regresaban. Pero desde la otra punta de la aldea llegaba gente corriendo: «Niños, marchaos de casa y escapad. Vuestra familia ya no está. Los alemanes vienen a por vosotros…».
Nos arrastramos hacia el pantano a través de los campos de patatas. Pasamos allí la noche, empezó a amanecer: «¿Qué hacemos?». Me acordé de que nos habíamos dejado a la bebecita en su cuna. Fuimos a la aldea y recogimos a la pequeña. Estaba viva, pero de tanto gritar se había puesto azul. Mi hermano Iván dijo: «Dale de comer». Como si yo pudiera… No tenía tetas. A él le daba miedo que se muriera, me pedía: «Tú inténtalo…».
Entró la vecina.
Niños, si os quedáis aquí vendrán a buscaros. Id con vuestra tía.
Nuestra tía vivía en otra aldea. Le dijimos a la vecina:
Vale, iremos con nuestra tía, pero díganos primero dónde están nuestros padres, nuestro hermano mayor, nuestra hermanita…
Nos contó que los habían fusilado. Que sus cuerpos estaban en el bosque…
Pero vosotros no debéis ir allí, niños.
Saldremos de la aldea y pasaremos por allí para despedirnos de ellos.
No lo hagáis, niños…
La vecina nos acompañó fuera de la aldea, pero no nos dejó ir a donde estaban los restos de nuestra familia.
Pasados muchos años me enteré de que a mi madre le habían arrancado los ojos, le habían arrancado el pelo, le habían cortado los pechos. Soltaron a los perros pastores para que cogieran a la pequeña Galia, que se había ocultado detrás de los abetos y no respondía; los perros la trajeron a pedazos. Mi madre todavía estaba viva, lo comprendía todo… Lo presenció todo…
Después de la guerra solo quedamos mi hermanita Nina y yo. La encontré en casa de unos desconocidos y me la llevé conmigo. Fuimos al comité ejecutivo regional: «Dennos una habitación, viviremos allí juntas». Nos asignaron dos camas en medio del pasillo de la residencia comunal de la fábrica. Yo trabajaba en la fábrica; Nina iba a la escuela. Yo nunca la he llamado por su nombre, siempre la llamo «hermanita». Solo la tengo a ella. Es lo único que tengo.
No quiero recordar. Pero es necesario contarle tu pena a la gente. Es difícil llorar en soledad…

Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

domingo, 21 de abril de 2024

El cofrecito era justo de su medida. Svetlana Alexiévich.

Dunia Gólubeva, once años
Actualmente es ordeñadora


La guerra… Pero había que seguir arando…
Mi madre, mi hermana y mi hermano se fueron al campo. A sembrar lino. Se fueron, y menos de una hora después unas mujeres vinieron corriendo.
Dunia, a los tuyos los han acribillado a balazos. Allí están, en el campo…
Mi madre estaba tirada encima del saco, del saco iban cayendo semillas. Las balas habían dejado un montón de agujeros…
Me quedé sola con mi sobrino recién nacido. Mi hermana había dado a luz hacía poco, su marido se había unido a los partisanos. Y yo con ese pequeño…
Yo no sabía cómo se ordeñaba la vaca. La pobre mugía en el establo, sentía que su dueña no estaba. El perro aullaba toda la noche. Y la vaca…
El bebé pedía… Pedía pecho… Leche… Me acordé de cómo lo amamantaba mi hermana… Le puse mi pezón en la boca, él chasqueaba los labios y se quedaba dormido. Yo no tenía leche, pero el pobrecito, de esforzarse tanto, se cansaba y caía dormido. ¿Dónde se había resfriado? ¿Cómo había enfermado? Yo era pequeña, ¿cómo iba a saber qué hacer? Tosía y tosía. No había comida. Los policías se habían llevado la vaca.
Y el niñito murió. Gemía, gemía y murió. Lo oí: se hizo el silencio. Levanté los trapos y ahí estaba él, todo negro; solo tenía la carita blanca, limpia. La cara era blanca y lo demás negro.
Era de noche. Por las ventanas se veía todo oscuro. ¿Adónde podía ir? Decidí esperar a la mañana, por la mañana avisaría a alguien. Me quedé allí sentada, llorando, porque no había nadie más en la casa, ni siquiera aquel bebecito pequeño. Empezó a salir el sol; lo metí en un cofrecito… Nos quedaba el cofrecito del abuelo, allí guardaba las herramientas; un cofrecito pequeño como un paquete de correos. Yo tenía miedo de que vinieran los gatos o las ratas y lo mordisquearan. Estaba allí, tan pequeño, más pequeño que cuando estaba vivo. Lo envolví en una toalla limpia. Una de lino. Y lo besé.
El cofrecito era justo de su medida…

Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

viernes, 29 de marzo de 2024

En el suelo limpio que yo acababa de fregar. Svetlana Alexiévich.

Masha Ivanova, ocho años
Actualmente es profesora


Mi familia estaba muy unida. Todos nos queríamos…
Mi padre había luchado en la Guerra Civil. De la guerra salió lisiado, caminaba con muletas. Sin embargo, consiguió dirigir el koljós, que bajo su dirección sobresalió por encima de las demás granjas. Cuando aprendí a leer, él mismo me enseñó los recortes del periódico Pravda en los que se hablaba de nuestro koljós. Antes de que estallara la guerra, incluso lo invitaron, junto con otros presidentes reputados, a asistir a un congreso de miembros destacados de koljós y a la exposición agrícola de Moscú. De aquel viaje me trajo unos libros muy bonitos y una caja de bombones.
Mi madre y yo queríamos mucho a papá. Yo lo adoraba y él nos adoraba a nosotras. A mi madre y a mí. ¿Estoy idealizando mi infancia? Tal vez. Pero mi memoria ha teñido todo lo anterior a la guerra de colores alegres y nítidos. Porque… era mi infancia. Una infancia de verdad…
Recuerdo las canciones. Las mujeres volvían cantando del campo. El sol empezaba a caer, desaparecía más allá del horizonte, y desde lejos se oía: «Ya es la hora de volver, ya es la hora…».
El crepúsculo del atardecer…
Yo corro al encuentro de la canción: mi madre está allí, oigo su voz. Mamá me levanta en brazos, yo la abrazo, luego salto al suelo y corro por delante de la canción que vuela detrás de mí, que lo llena todo a mi alrededor; ¡me siento tan bien, tan feliz!
Y en medio de una infancia tan alegre… De repente… De la noche a la mañana… ¡la guerra!
Mi padre se marchó en los primeros días… Le encomendaron un puesto en la organización clandestina. Tuvo que irse de casa, porque en nuestro pueblo todos lo conocían. Solo venía a vernos de noche.
Una vez lo oí hablando con mamá:
Hoy hemos hecho volar un camión alemán en la carretera…
Yo estaba escondida en la parte de arriba de la estufa y sin querer empecé a toser. Mis padres se asustaron.
Hija, nadie debe saberlo —me avisaron.
Empezó a darme miedo que llegara la noche. Mi padre vendría a vernos, los nazis lo descubrirían y se lo llevarían, se llevarían a mi padre, a quien tanto quería.
Siempre le estaba esperando. Me metía en el rincón más alejado, encima de nuestra gran estufa… Me abrazaba a mi abuela, pero me daba miedo quedarme dormida; si me dormía, me despertaba a menudo. El viento aullaba en la chimenea, la llave del tiro de la chimenea vibraba y tintineaba. Y yo sin poder dejar de pensar: «No puedo dormirme, que entonces no veré a papá cuando llegue».
Un día… de pronto tuve la sensación de que lo que oía no era el viento, sino el llanto de mi madre. Tenía fiebre. Era tifus.
Era noche cerrada; llegó papá. Yo fui la primera en oírlo y llamé a la abuela. Mi padre estaba frío y yo ardía de fiebre; él se sentó a mi lado y no podía irse. Estaba cansado, envejecido, pero yo lo sentía tan mío, tan querido… De repente llamaron a la puerta. Unos golpes sonoros. Mi padre ni siquiera tuvo tiempo de ponerse la zamarra: los policías ya estaban dentro de casa. Lo empujaron afuera; yo me abalancé detrás, él tendió las manos hacia mí y al instante recibió un golpe. Lo pegaban con los fusiles. Le golpeaban la cabeza. Yo fui corriendo, descalza sobre la nieve, hasta la orilla del río y grité: «¡Papá! Papá…». En casa, la abuela se lamentaba: «Pero ¿dónde está Dios? ¿Dónde se esconde?».
Mataron a mi padre…
La abuela no logró sobrevivir a una desgracia tan grande. Su llanto se hizo cada vez más y más grave, y dos semanas después de aquello, una noche, murió. Estábamos encima de la estufa. Yo dormía con ella y abrazaba su cuerpo sin vida. No había nadie más en casa: mi madre y mi hermano estaban escondidos en casa de los vecinos.
Mi madre cambió después de la muerte de mi padre. No salía de casa. Solo hablaba de él… Enseguida se cansaba, y eso que antes de la guerra era una trabajadora infatigable, siempre entre las primeras. Ya no se fijaba nunca en mí, aunque yo trataba de llamar su atención todo el rato. Intentaba alegrarla con lo que fuera. Solo se animaba un poco cuando nos poníamos a recordar a mi padre.
Recuerdo el día en que un grupo de mujeres entraron en casa y dijeron muy contentas:
Han enviado a un chico de la aldea vecina… ¡Dice que la guerra ha acabado! Pronto regresarán nuestros hombres.
Mamá cayó a plomo en el suelo limpio que yo acababa de fregar…

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial.1985. 
 

viernes, 23 de febrero de 2024

Todos los niños nos cogimos de las manos. Svetlana Alexiévich.

Andréi Tólstik, siete años
Actualmente es doctor en Ciencias Económicas


Yo era pequeño…
Recuerdo a mi madre… Hacía el pan más sabroso de toda la aldea, su huerto era el más bonito de todos. Las dalias que florecían en nuestro jardín delantero y en nuestro patio eran las más grandes. Para todos nosotros —para mi padre, para mis dos hermanos mayores, para mí—, mi madre bordó unas camisas preciosas. Les bordaba el cuello. Les hacía punto de cruz con hilos de color rojo, azul, verde…
No recuerdo quién me avisó de que a mamá la habían fusilado. Fue una de las vecinas, creo. Fui a casa corriendo. Me dijeron: «No la han matado en casa, ha sido en las afueras de la aldea». Mi padre no estaba, luchaba en la guerrilla, igual que mis hermanos; mi primo también se había unido a los partisanos. Fui a ver al vecino, el abuelo Karp.
Han matado a mi madre. Tenemos que traerla.
Enganchamos la vaca (no teníamos caballo) y nos pusimos en marcha. Cuando ya estábamos cerca del bosque, el abuelo Karp me detuvo.
Espera aquí. Yo soy viejo, no importa si me matan. Pero tú… tú todavía eres un chaval.
Me quedé allí esperando. La cabeza me zumbaba: «¿Qué le diré a mi padre? ¿Cómo le diré que han matado a mamá?». Y también cosas más infantiles: «Si veo a mamá muerta, nunca volverá a estar viva. Pero si no la veo, regresaré a casa y ella estará allí».
El pecho de mi madre estaba atravesado por una ráfaga de ametralladora. Se veía la línea en la blusa… También tenía un pequeño agujero negro en la sien… Estaba deseando que le pusieran cuanto antes un pañuelo blanco en la cabeza para dejar de ver ese agujero tan negro. Tenía la sensación de que todavía le dolía…
No subí a la carreta, fui caminando…
En la aldea todos los días se enterraba a alguien… Se me quedó grabado el día en que sepultaron a cuatro partisanos. Eran tres hombres y una muchacha. Los entierros de guerrilleros eran frecuentes, pero aquella era la primera vez que veía enterrar a una mujer. Cavaron una tumba para ella sola… Pusieron su cuerpo aparte, tendido en la hierba, bajo un peral frondoso… Unas ancianas se sentaban a su lado y le acariciaban las manos…
¿Por qué la han separado de los otros? —pregunté.
Era joven… —contestaron las mujeres.
Yo me había quedado solo, sin parientes, sin familia, y me asusté. «¿Qué haré ahora?» Me acompañaron a Zalésie, la aldea de la tía Marfa. Ella no tenía hijos, y su marido luchaba en el frente. Los dos nos escondíamos en el sótano. Ella me abrazaba, estrechaba mi cabeza contra su hombro: «Hijito…».
La tía Marfa enfermó de tifus. Después de ella, enfermé yo. Me acogió la abuela Zenka. Tenía a sus dos hijos en el frente. Yo me despertaba en plena noche y la veía dormitando sentada junto a mi cama: «Hijito…». Toda la gente del pueblo se ocultaba en el bosque cuando venían los alemanes, pero la abuela Zenka se quedaba a mi lado. No me dejó ni una sola vez: «Si hay que morir, moriremos juntos, hijito…».
Después del tifus, durante mucho tiempo me costó andar. Podía caminar si la carretera era llana, pero cualquier pendiente, por corta que fuera, y las piernas me fallaban. Ya estábamos esperando a que llegaran nuestros soldados. Las mujeres fueron al bosque, a buscar fresas salvajes. No había nada más para ofrecerles como bienvenida.
Los soldados caminaban sin fuerzas. La abuela Zenka les llenaba los cascos de fresas rojas. Y ellos me las ofrecían a mí. Yo estaba sentado en el suelo, incapaz de levantarme.
Mi padre regresó de la guerrilla. Sabía que yo había estado enfermo y me trajo un trozo de pan y uno de tocino, tan gordo como un dedo. El pan y el tocino olían a tabaco. Todo olía a mi padre.
Oí la palabra «¡Victoria!» mientras estaba recogiendo acelgas en el prado. Todos los niños nos cogimos de la mano y corrimos así hasta la aldea…

Últimos testigos, los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985.

domingo, 14 de enero de 2024

Señora, ¿puedo sentarme en sus rodillas? Svetlana Alexiévich.

Marina Kariánova, cuatro años
Actualmente trabaja en la industria del cine


No me gusta recordar… No me gusta. Así de simple: no me gusta…
Si le preguntáramos a todo el mundo qué es la infancia, cada uno respondería a su manera. Para mí la infancia es mamá, papá y bombones. Toda mi infancia soñando con mi madre, con mi padre, con bombones. Durante la guerra no solo no probé ni un bombón, sino que ni siquiera los había visto nunca. El primer bombón lo comí unos años después del fin de la guerra… Tres años después… Ya era una niña mayor. Tenía diez años.
Nunca he entendido cómo es posible que alguien pueda no querer un bombón de chocolate. ¿En serio? Es imposible.
Pero nunca encontré a mis padres. Ni siquiera sé cuál es mi apellido. Me recogieron en Moscú, en la estación Sévernaia.
¿Cómo te llamas? —me preguntaron en el orfanato.
Marina.
¿Y tu apellido?
No lo sé…
Me inscribieron como Marina Sévernaia. En realidad, lo que más ansiaba era que alguien me abrazara, me acariciara. El cariño escaseaba; vivíamos envueltos por la guerra, cada uno vivía sus propias desgracias. Camino por la calle… Delante de mí, una madre pasea con sus hijos. Coge a uno en brazos y lo lleva unos metros, lo deja en el suelo y coge a otro. Se paran a descansar en un banco. Ella ha sentado al más pequeño encima de sus rodillas. Me quedo allí de pie, mirando y mirando. Al final me acerco a ellos: «Señora, ¿puedo sentarme en sus rodillas?». Ella me mira, sorprendida.
Se lo vuelvo a pedir: «Señora, por favor, ¿puedo…?».

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial, 1985.
 

sábado, 9 de diciembre de 2023

“Los recogía con las manos. Eran muy, muy blancos.” Svetlana Alexiévich.

Zhenia Selenia, cinco años
Actualmente es periodista


Aquel domingo… 22 de junio…
Fui con mi hermano a buscar setas. Acababa de empezar la temporada de boletos. El nuestro era un bosquecillo más bien pequeño; conocíamos cada arbusto, cada claro, sabíamos dónde y qué setas o frutas buscar, hasta qué flores había en cada zona. Dónde encontrar hierba de San Antonio y dónde encontrar hierba amarilla de San Juan. O brezo… Estábamos ya de vuelta en casa cuando oímos un ruido atronador. El ruido provenía del cielo. Miramos hacia arriba: había unos doce o quince aviones… Volaban alto, muy alto; recuerdo pensar que nuestros aviones nunca habían volado a tanta altura. Se oía el ruido: «¡Uuuh, uuuh, uuuh!».
En ese instante vimos a nuestra madre, corriendo hacia nosotros: lloraba, la voz se le entrecortaba. Ese es el recuerdo que me quedó del primer día de guerra. Nuestra madre no nos llamaba cariñosamente como de costumbre, sino que nos gritaba: «¡Hijos! ¡Hijos míos!». Tenía los ojos grandes, en su cara solo había ojos…
Un par de días después llegó a nuestro caserío un grupo de soldados del Ejército Rojo. Polvorientos, sudados, con las bocas resecas…, bebían con avidez el agua del pozo. Había que ver cómo se reanimaron de repente… Cómo se iluminaron sus caras cuando en el cielo aparecieron cuatro aviones soviéticos. Avistamos claramente las estrellas rojas. «¡Son los nuestros! ¡Son los nuestros!», gritábamos junto a los soldados. Pero de pronto surgieron unos pequeños aviones negros dando vueltas alrededor de nuestros aviones. Algo crujía, tronaba. El sonido que llegaba a la tierra era raro… Como si alguien rasgara un hule o un lienzo… Un gran estruendo. Yo entonces todavía no sabía que así es como se oyen de lejos las ráfagas de las ametralladoras. Nuestros aviones caían, y detrás de ellos se veían largas colas rojas, de fuego y humo.¡Catapum! Los soldados lloraban, no se avergonzaban de sus lágrimas. Yo era la primera vez… la primera vez… que veía a soldados llorando… En las películas bélicas que iba a ver al pueblo nunca lloraban.
Unos días más tarde… Llegó la hermana de mi madre, la tía Katia. Venía corriendo desde la aldea de Kabakí. Estaba toda negra, daba miedo mirarla. Nos explicó que los alemanes habían entrado en su aldea, que habían reunido a todos los militantes del partido y los habían llevado fuera del pueblo. Allí los ametrallaron. Entre los fusilados estaba su hermano, el hermano de mamá y la tía Katia, diputado del sóviet rural. Era un comunista acérrimo.
Recuerdo perfectamente las palabras de la tía Katia:
Le partieron el cráneo, los sesos salieron disparados, yo los recogí con las manos… Eran muy, muy blancos.
Estuvo con nosotros dos días. Y siempre relataba lo mismo… Lo repetía sin parar… En esos dos días todo el pelo se le volvió blanco. Mi madre se sentaba con la tía Katia y la abrazaba, y ella también lloraba. Yo acariciaba el pelo de mamá. Tenía miedo. Temía que mamá también se volvería toda blanca…

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial, 1985.

lunes, 22 de marzo de 2021

Ni siquiera consiguió llenar la cesta. Svetlana Alexiévich.

Leonid Sivakov, seis años
Actualmente es operario instrumentista


El sol ya había salido…
Los pastores estaban reuniendo las vacas. Los soldados del destacamento punitivo les dieron tiempo para que condujesen el ganado a la otra orilla del riachuelo Greza y empezaron a recorrer las casas. Entraban en ellas siguiendo una lista y fusilaban también siguiendo esa lista. Leían: madre, abuelo, niños, tal y tal edad… Lo comprobaban con la lista en la mano y si faltaba alguien lo buscaban. Sacaban a los niños de debajo de la cama, de encima de la estufa…
Cuando los localizaban a todos, los mataban de un tiro…
En nuestra casa éramos entonces seis personas: mi abuela, mi madre, mi hermana mayor, mis dos hermanos pequeños y yo. Seis personas… Por la ventana vimos que se dirigían a casa de nuestros vecinos. Yo, con mi hermano, el más pequeño, corrí al zaguán y eché la aldabilla de la puerta. Y nos sentamos en el baúl, junto a mamá.
La aldabilla era floja, el alemán la arrancó enseguida. Cruzó el umbral y descargó una ráfaga. No tuve tiempo de ver si era joven o viejo. Todos nos caímos, yo me caí detrás del baúl…
Recobré el conocimiento al notar que algo me goteaba encima… Caían gotas y más gotas, como si fuera agua. Levanté la cabeza: lo que goteaba era la sangre de mamá, mi madre yacía muerta en el baúl. Me arrastré para esconderme debajo de la cama, había sangre por todas partes… Yo mismo estaba bañado en sangre… Empapado…
Oí que entraban dos personas. Hacían cuentas: cuántos muertos había. Uno de ellos dijo: «Aquí falta uno. Hay que encontrarlo». Empezaron a buscar, se inclinaron para mirar debajo de la cama. Mi madre había escondido allí un saco de cereales. Sacaron el saco y se marcharon muy contentos. Se les había olvidado que les faltaba uno de la lista. En cuanto se fueron, me desmayé…
Recobré el conocimiento por segunda vez cuando nuestra casa se incendió…
Noté un calor tremendo y náuseas. Vi que estaba manchado de sangre, pero no comprendía si estaba herido o no, no sentía dolor. Todo se llenó de humo… No sé cómo conseguí salir arrastrándome al huerto; luego seguí hasta el jardín de los vecinos. Solo al llegar allí sentí que me habían herido en una pierna y que tenía un brazo roto. ¡Fue como una sacudida de dolor! Después… otra vez vuelvo a no recordar nada…
La tercera vez que recuperé el conocimiento fue con un grito terrible… Me arrastré hacia ese grito…
El grito quedaba colgado en el aire, como un hilo. Y yo me arrastraba por él como si fuera un hilo. Así llegué al garaje del koljós. Allí no vi a nadie… El grito provenía de debajo de la tierra… Entendí que gritaban desde el foso de engrase…
No podía ponerme de pie, me aproximé hasta el foso a rastras y miré hacia abajo… El foso estaba lleno de gente… Eran los refugiados de Smolensk, que vivían en el edificio de la escuela. Unas veinte familias. Todos estaban tumbados en el foso, y por encima de los cuerpos avanzaba cayéndose una y otra vez una niña herida. Era ella la que gritaba. Miré atrás: ¿hacia dónde arrastrarme? La aldea estaba en llamas… Y no quedaba nadie con vida… Solo esa niña. Me tiré al foso, con ella… No sé cuánto tiempo pasé inconsciente…
Sentí que la niña estaba muerta. La empujaba, la llamaba, y ella no me respondía. Yo era el único que estaba vivo, los demás estaban muertos. El sol calentó el aire, la sangre se evaporaba. La cabeza me daba vueltas…
Pasé así mucho rato, a momentos recuperaba la conciencia. Los fusilamientos fueron un viernes; el sábado vinieron mi abuelo y la hermana de mi madre desde la otra aldea. Me encontraron en el foso, me subieron al carro. El carro daba saltos con cada bache; me dolía, quería gritar, pero no tenía voz. Solo era capaz de llorar… Pasé mucho tiempo sin hablar. Siete años… Susurraba cosas, pero nadie entendía mis palabras. Al cabo de siete años empecé a pronunciar bien una palabra, luego otra… Me escuchaba a mí mismo…
Allí donde antes había estado nuestra casa, el abuelo recogió los huesos en una cesta. Ni siquiera consiguió llenar la cesta…
Ya se lo he contado… ¿Es eso todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985.

viernes, 12 de febrero de 2021

Las cuatro nos enganchamos al trineo. Svetlana Alexiévich.

Zina Prijodko, cuatro años
Actualmente es operaria


Bombardeaban… La tierra temblaba, nuestra casa temblaba…
Nuestra casa era pequeña, teníamos un jardín. Nos escondimos dentro de casa y cerramos los postigos. Estábamos las cuatro: nuestra madre, mis dos hermanas y yo. Mi madre dijo que ella con los postigos ya no tenía miedo. Le dimos la razón; dijimos que nosotras tampoco teníamos miedo, pero en realidad estábamos asustadas… Lo que pasaba era que no queríamos entristecerla.
Vamos andando detrás de un carro de caballos. Después a nosotras, las pequeñas, nos sentaron encima de los bártulos. No sé por qué, pero yo creía que si me dormía me matarían, así que intentaba con todas mis fuerzas mantener los ojos abiertos, pero se me cerraban. Entonces mi hermana mayor y yo acordamos que primero cerraría los ojos yo para dormir un poco y mientras tanto ella se quedaría vigilando para que no nos matasen. Después ella dormiría y yo haría guardia. Nos dormimos las dos. Nos despertamos con los chillidos de mamá. «¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo!» Delante de nosotros había un tiroteo. Se oían gritos… Mamá trataba de agachar nuestras cabezas, pero nosotras teníamos ganas de mirar…
Los disparos cesaron y nos pusimos en marcha. Vi que la cuneta estaba llena de gente tumbada y le pregunté a mi madre:
—¿Qué hace ahí esa gente?
—Duermen —respondió ella.
—¿Y por qué duermen en una cuneta?
—Porque estamos en guerra.
—¿Nosotras también dormiremos en una cuneta? Yo no quiero acostarme en la cuneta… —gimoteé.
Dejé de lloriquear cuando vi que los ojos de mamá se llenaban de lágrimas.
Adónde nos dirigíamos, hacia dónde viajábamos, yo por supuesto no lo sabía. No lo entendía. Solo recuerdo una palabra: «Azárichi». Y recuerdo una alambrada a la que mi madre no podía acercarse. Después de la guerra me enteré de que estuvimos internadas en el campo de concentración de Azárichi. Fui a visitar el lugar. Pero ¿qué se puede encontrar en un lugar así pasados tantos años? Solo tierra, hierba… Es un sitio normal y corriente. Si algo queda, solo está en nuestra memoria…
Cuando hablo de esto, me muerdo las manos hasta sangrar… para no llorar.
Traen a mi madre de alguna parte y la dejan en el suelo. Nos arrastramos hacia ella; recuerdo que no caminábamos, nos arrastrábamos. La llamábamos: «¡Mamá! ¡Mamá!». Yo le suplicaba: «¡Despierta, mamá!». Estamos cubiertas de sangre porque mi madre está sangrando. Ahora pienso que no comprendíamos que aquello era sangre, ni siquiera sabíamos qué era la sangre, pero sí nos dábamos cuenta de que era algo terrible.
Todos los días llegaban coches; la gente se subía a ellos y se iba. Le pedíamos a mi madre: «Mamaíta, vamos, subamos al coche. A lo mejor va a casa de la abuela…». ¿Por qué nos acordábamos de nuestra abuela? Nuestra madre solía decirnos que la abuelita vivía cerca, pero que no sabía que nosotras estábamos allí. Ella, la abuela, creía que estábamos en Gómel. Mi madre no quería subir a esos coches; cada vez que venían, nos alejaba de ellos. Nosotras llorábamos, suplicábamos, intentábamos convencerla. Un día aceptó… Acababa de llegar el invierno, nos estábamos congelando…
Me muerdo las manos para no llorar. No soy capaz de evitar las lágrimas…
El viaje era muy largo. Alguien le dijo a mi madre, o tal vez ella simplemente lo comprendió, que nos llevaban a la zona de fusilamiento. El vehículo se detuvo; nos ordenaron bajar. Había un caserío; mi madre le preguntó al guardia: «¿Podemos pedir un poco de agua? Mis hijas tienen sed…». Nos dio permiso para entrar en la casa. Entramos y la dueña nos dio una jarra grande con agua. Mamá bebía a sorbitos pequeños, muy despacio; yo pensaba: «Tengo hambre, ¿por qué de pronto mamá tiene tanta sed?».
Mamá vació una jarra y pidió otra. La dueña llenó la jarra, se la entregó a mamá y le dijo que cada mañana se llevaban a muchas personas al bosque y que nadie volvía de allí.
—¿Hay algún otro sitio en la casa por el que podamos salir? —preguntó mi madre.
La dueña señaló con el dedo: «Por allí». Había una puerta que daba a la calle y otra que daba al patio. Salimos de aquella casa y empezamos a arrastrarnos por la tierra. Tengo la sensación de que llegamos a casa de nuestra abuela arrastrándonos. Cómo y cuánto tiempo nos estuvimos arrastrando, eso no lo recuerdo.
La abuela nos metió a las niñas en la parte de arriba de la estufa, a nuestra madre la acomodó en la cama. A la mañana siguiente, mamá empezó a morir. Estábamos asustadas y no lográbamos entenderlo: papá no estaba, ¿cómo podía morirse mamá y dejarnos solas? Recuerdo que mi madre nos llamó, nos sonrió.
—No os peleéis nunca, hijas.
¿Por qué íbamos a pelearnos? No teníamos juguetes. Usábamos una piedra redonda como muñeca. No teníamos golosinas. No teníamos una madre a la que chivarnos y quejarnos.
Al día siguiente, la abuela envolvió a mamá en una sábana blanca y la colocó encima del trineo. Las cuatro nos enganchamos al trineo y tiramos de él…
Lo siento… No puedo seguir… Lloro…

Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial, 1985.

miércoles, 13 de enero de 2021

Porque nosotras somos niñas y él es un niño. Svetlana Alexiévich.

Rimma Pozniakova (Kamínskaia), seis años.
Actualmente es obrera


Yo estaba en la guardería… Jugando con las muñecas…
Me avisaron: «Ha venido tu padre. ¡Ha estallado la guerra!». A mí no me apetecía irme. Quería seguir jugando. Lloraba.
«¿Qué es eso de la guerra? ¿Cómo que me van a matar? ¿Cómo que matarán a mi padre?» Apareció una palabra nueva: «refugiados». Mi madre confeccionó unos pequeños saquitos y metió en ellos nuestras partidas de nacimiento y alguna otra información, como nuestra dirección. Nos los hacía llevar colgados del cuello. Si la mataban, la gente podría saber quiénes éramos.
Nos pasábamos los días caminando. Perdimos a papá. Nos asustamos. Mi madre nos dijo que a papá lo habían enviado a un campo de concentración, pero que iríamos a verlo. «¿Qué es un campo de concentración?» Conseguimos reunir un poco de comida. ¿Que qué comida había? Manzanas asadas. Nuestra casa había ardido, también había ardido el jardín: en los manzanos quedaron colgando manzanas asadas. Las recogíamos y nos las comíamos.
El campo de concentración estaba en Drozdí, cerca del estanque de Komsomólskoie ózero. Actualmente forma parte de Minsk, pero en aquella época era una aldea. Recuerdo la alambrada de espino de color negro; la gente también era negra, todos parecían iguales. No reconocimos a papá, pero él sí nos vio a nosotros. Intentó acariciarme, pero a mí me daba miedo acercarme a la alambrada y tiraba de mi madre, le pedía que por favor volviéramos a casa.
No recuerdo cómo ni cuándo, pero mi padre volvió a casa. Sé que trabajaba en el molino, y mi madre nos enviaba allí para que le llevásemos el almuerzo, a mí y a mi hermana pequeña, Toma. Toma era chiquitita, yo era un poco mayor, ya llevaba incluso sujetador de niña; antes de la guerra era una prenda muy común. Mamá nos preparaba un paquetito con el almuerzo de mi padre y me escondía debajo del sujetador unas octavillas. Eran unas hojas pequeñas, de cuaderno escolar, escritas a mano. Mi madre nos acompañaba hasta la puerta, lloraba y nos daba instrucciones: «No os acerquéis a nadie, solo a vuestro padre». Luego se quedaba allí, esperándonos, hasta que volvíamos.
No recuerdo sentir miedo… Si mamá dice que hay que ir significa que tenemos que ir. «Mamá dice» era lo principal. No planteábamos desobedecer a nuestra madre, no hacer lo que ella nos pedía. La adorábamos. Ni siquiera podíamos imaginarnos que existía la posibilidad de no hacerle caso.
Si hacía frío, todos nos metíamos en lo alto de la estufa; teníamos una zamarra grande y nos metíamos debajo de ella. Para calentar la estufa teníamos que robar carbón en la estación de tren. Avanzábamos a gatas para burlar al centinela. Volvíamos con un cubo lleno de carbón, parecíamos limpiachimeneas: las rodillas, los codos, la nariz, la frente…, estábamos completamente negros.
Por la noche todos los niños nos acostábamos juntos, nadie quería dormir solo. Éramos cuatro: mis dos hermanitas; Borís, un niño de cuatro años al que mi madre había adoptado, y yo. Mucho tiempo después supimos que Borís era hijo de Lelia Revínskaia, una amiga de mamá que luchaba en la organización clandestina. Pero en aquel momento mi madre solo nos dijo que había un niño pequeño que a menudo se quedaba solo en casa, que estaba asustado y que no tenía comida. Ella quería que lo aceptáramos y le cogiéramos cariño. Era consciente de que no era fácil, porque los niños a menudo rechazan a otros niños. Actuó con mucha habilidad: no trajo ella a Borís a casa, sino que nos envió a nosotras a buscarlo. «Id a buscar a ese niño, necesita amigos.» Fuimos a por él y lo llevamos a casa.
Borís tenía muchos libros con dibujos bonitos, quiso llevárselos todos y nosotras le ayudamos a llevarlos. Solíamos sentarnos en lo alto de la estufa y él nos contaba cuentos. Nos cayó tan bien que le cogimos muchísimo cariño, tal vez por todas las cosas que sabía. En la calle les decíamos a los demás niños: «Sed buenos con él».
Nosotras éramos rubias, y Borís, moreno. Su madre vino un día a casa, llevaba el cabello recogido en una gruesa trenza negra. Me regaló un espejito. Yo escondí el espejo y decidí que si me miraba en él todas las mañanas, me crecería una trenza como la suya.
Cuando jugábamos en el patio, los otros niños nos gritaban:
—¿De quién es Borís?
—Es nuestro.
—¿Y cómo es que vosotras sois rubias y él no?
—Porque nosotras somos niñas y él es un niño. —Mamá nos había enseñado esa respuesta.
Estaba claro que Borís era nuestro porque a su mamá y a su papá los habían matado y a él por poco lo enviaban al gueto. De alguna manera, ya lo sabíamos. Nuestra madre temía que lo reconociesen y se lo llevaran. Cuando salíamos todos juntos, nosotras llamábamos a nuestra madre «mamá», pero Borís la llamaba «tía». Ella le pedía:
—Llámame «mamá». —Y le daba un trocito de pan.
Él cogía el pan, se alejaba unos pasos y decía:
—Gracias, tía.
Las lágrimas, una tras otra, corrían por su cara…

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial, 1985.
 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Me pedías que te rematara. Svetlana Alexiévich.

Vasia Baikáchev, doce años
Actualmente es profesor de formación industrial


A menudo recuerdo aquellos días… Los últimos días de mi infancia…
Durante las vacaciones de invierno, nuestra escuela participó en un juego de guerra. Ya habíamos participado antes en entrenamientos de instrucción de orden cerrado, habíamos confeccionado fusiles de madera, capas de camuflaje, uniformes para los auxiliares médicos. Nuestros padrinos de la unidad militar vinieron a vernos, llegaron en un biplano. ¡Estábamos emocionados!
Pero en junio ya nos sobrevolaban los aviones alemanes y lanzaban a los espías en paracaídas. Eran hombres jóvenes que vestían americanas y viseras de cuadros. Ayudábamos a los adultos; juntos detuvimos a unos cuantos y los entregamos al sóviet rural. Nos sentíamos orgullosos de participar en una operación militar, nos recordaba a aquel juego de guerra. Pero pronto aparecieron otros alemanes… Esos ya no vestían americanas y viseras de cuadros sino un uniforme verde con camisas arremangadas, botas de caña ancha y tacones reforzados con hierro; llevaban a cuestas sus macutos de piel de ternero, con los largos cilindros de las máscaras antigás colgando de los costados y empuñaban fusiles de asalto. Eran corpulentos, estaban bien alimentados. Cantaban a grito pelado: Zwei Monate, Moskau kaput. Mi padre me explicó que Zwei Monate significaba «Dos meses». ¿Tan solo dos meses? ¿Y ya está? Esa guerra no se parecía en absoluto a aquella a la que habíamos jugado hacía tan poco y con la que tanto había disfrutado.
Los primeros días, los alemanes no se detenían en nuestra aldea, Malévichi, sino que pasaban de largo hacia la estación de tren de Zhlobin. Allí trabajaba mi padre. Pero él había dejado de ir a la estación; esperaba que de un momento a otro llegaran nuestros soldados, expulsaran a los alemanes y los hicieran retroceder. Nosotros confiábamos en nuestro padre y también esperábamos a los nuestros. Los esperábamos todos los días… Pero ellos… Nuestros soldados… Ellos yacían muertos en los alrededores: en las carreteras, en el bosque, en las cunetas, en los campos…, en los huertos…, en los turbales… Muertos. Yacían con sus fusiles. Con sus granadas de mano. Hacía calor y los cuerpos se hinchaban, parecía que cada día su número aumentaba. Un ejército entero. Nadie los enterraba…
Mi padre enganchó el caballo y nos fuimos al bosque. Empezamos a recoger a los muertos. Cavábamos hoyos… Poníamos los cadáveres en filas de diez o doce… Mi cartera se llenaba de documentos. Recuerdo que las direcciones eran de la ciudad de Uliánovsk, en la región de Kúibishev.
Unos días más tarde encontré en las afueras de la aldea los cuerpos sin vida de mi padre y de mi buen amigo Vasia Shevtsov, de catorce años. Llevé allí a mi abuelo… Nos empezaron a bombardear… Enterramos a Vasia, pero no nos dio tiempo de enterrar a mi padre. Después del bombardeo no quedó ni rastro de él. Pusimos una cruz en el cementerio y ya está. Solo una cruz. Bajo ella enterramos el traje de gala de mi padre…
Al cabo de una semana ya era imposible recoger los cadáveres de los soldados… No había manera de levantarlos… Bajo sus camisas militares todo estaba lleno de líquido… Recogíamos sus fusiles. Sus carnets de soldados.
En otro bombardeo murió mi abuelo…
¿Cómo íbamos a vivir? ¿Cómo viviríamos sin mi padre? ¿Sin el abuelo? Mi madre lloraba sin parar. ¿Qué íbamos a hacer con todas esas armas que habíamos ido acumulando y que teníamos enterradas en un lugar seguro? ¿A quién entregárselas? No había nadie a quien pedirle consejo. Mi madre lloraba.
En invierno conseguí contactar con los de la organización clandestina. Mi regalo les dio una alegría. Las armas fueron para los guerrilleros…
Transcurrió un tiempo, no sabría decir cuánto… A lo mejor unos cuatro meses. Recuerdo que aquel día había estado recogiendo patatas congeladas en el campo. Volví a casa hecho una sopa, hambriento, pero con un cubo lleno. En cuanto me quité los lapti mojados oí que golpeaban el postigo de la bodega donde vivíamos. Alguien preguntó: «¿Está aquí Baikáchev?». Me asomé por el orificio y me ordenaron salir inmediatamente. Con las prisas me equivoqué y me puse el gorro militar en vez de uno normal; enseguida me propinaron un latigazo.
En el patio había tres caballos, los montaban alemanes y policías lugareños, colaboracionistas. Uno de ellos se apeó, me echó el cinturón alrededor del cuello y lo ató a la silla de montar. Mamá les rogó: «Dejen que le dé algo de comer», y se metió en la bodega para sacar una tortita de patata congelada, pero ellos arrearon los caballos y se marcharon al trote. Me arrastraron a lo largo de unos cinco kilómetros, hasta el pueblo de Vesioloe.
En el primer interrogatorio el oficial nazi me preguntó cosas sencillas: mi apellido, mi nombre, el año en que nací… Quiénes eran mis padres. Había un policía joven haciendo de intérprete. Al acabar el interrogatorio me dijo: «Ahora irás a poner un poco de orden en el cuarto de las torturas. Fíjate bien en el banco». Me dieron un cubo, una escoba, unos trapos… y me llevaron…
Lo que vi allí era espantoso: en medio de la habitación había un banco con unas correas clavadas a la madera. Tres cinturones: uno a la altura del cuello, otro a la de la cintura y otro a la de los pies. En un rincón había unos palos gruesos de abedul y un cubo con agua; el agua estaba roja. En el suelo se veían charcos de sangre…, de orina…, de excrementos…
Tuve que llevar más agua, más agua. El trapo con el que fregaba el suelo se teñía de sangre.
A la mañana siguiente me llamó el oficial.
—¿Dónde están las armas? ¿Quién es tu contacto en la organización clandestina? ¿Qué misiones te han encomendado? —Las preguntas caían una tras otra.
Yo le decía que no sabía nada, que era pequeño y que en el campo no recogía armas, sino patatas congeladas.
—Al sótano —ordenó el oficial al soldado.
Me bajaron a un pequeño sótano lleno de agua helada casi hasta arriba. Antes me enseñaron al guerrillero que acababan de sacar de allí. No había aguantado la tortura y… se había ahogado… Lo lanzaron afuera, a la calle…
El agua me llegaba hasta el cuello… Sentía cómo me latía el corazón y la sangre me corría por las arterias, cómo mi sangre calentaba el agua a mi alrededor. Tenía miedo: ojalá no perdiese el conocimiento. Ojalá no empezase a tragar agua.
El siguiente interrogatorio: un cañón de pistola apuntándome al oído, y un disparo. Oigo el chasquido de la madera seca… ¡Han disparado al suelo! Un golpe de palo en una vértebra cervical, me desplomo… Encima de mí, de pie, tengo a alguien robusto y pesado, huele a carne y a aguardiente. Siento ganas de vomitar, pero mi estómago está completamente vacío. Oigo: «Ahora lamerás con la lengua lo que ha quedado de ti en el suelo… Con la lengua, ¿entendido? ¡¿Lo has entendido, bastardo rojo?!».
En la celda no dormía, perdía el conocimiento por el dolor. A veces me parecía que estaba en la escuela, haciendo fila con los demás, y la maestra Liubov Ivánovna Lashkévich nos decía: «En otoño empezaréis el quinto curso. Hasta entonces, adiós, chicos. En verano creceréis. Ahora Vasia Baikáchev es el más pequeño, pero pronto será el más alto de todos». Liubov Ivánovna me sonreía…
A veces me veía caminando junto a mi padre por un campo, buscando soldados muertos. Mi padre se adelantaba, yo encontraba a un hombre debajo de un pino… No era un hombre, era lo que quedaba de un hombre. No tenía brazos ni piernas… Aún estaba vivo, me pedía: «Remátame, por favor…».
El anciano con quien compartía celda me despertaba.
—No grites, hijo.
—¿Estaba gritando?
—Me pedías que te rematara…
Han pasado décadas, pero aún no he dejado de sorprenderme: ¡¿sigo vivo?!

Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Todo mi interior estaba herido, de la cabeza a los talones. Svetlana Alexiévich.

Volodia Ampilógov, diez años
Actualmente es cerrajero


Diez años tenía, exactamente diez… Y estalló la guerra. ¡Esa maldita guerra!
Unos cuantos chicos jugábamos al pillapilla en el patio. Entonces llegó una camioneta grande y de ella empezaron a saltar soldados alemanes; nos cogieron y nos lanzaron a la parte de atrás, debajo de la lona. Nos llevaron a la estación de tren; la camioneta se acercó al vagón a reculones y nos tiraron adentro como si fuéramos sacos. Encima de la paja.
Abarrotaron el vagón hasta tal punto que al principio solo podíamos estar de pie. No había adultos, únicamente niños y adolescentes. Viajamos durante dos días y dos noches, con las puertas cerradas. No veíamos nada, lo único que oíamos era el golpeteo de las ruedas contra los raíles. De día, la luz conseguía entrar a duras penas por las rendijas, pero de noche teníamos tanto miedo que todos nos echábamos a llorar: no sabíamos adónde nos llevaban y nuestros padres tampoco tenían ni idea de nuestro paradero. Al tercer día, la puerta se abrió y los soldados lanzaron adentro unas hogazas de pan. Los que estaban más cerca pudieron cogerlas y engulleron el pan en un segundo. Yo estaba en el otro extremo del vagón, muy lejos de la puerta, y ni siquiera vi el pan; me pareció notar su olor al oír el grito: «¡Pan!». Solo su olor.
Ya no me acuerdo de en qué día del viaje fue… Pero recuerdo que allí dentro ya no se podía respirar, aligerábamos el vientre en el mismo vagón. Hacíamos pipí y lo otro… Entonces empezaron a bombardear el tren… Una de las explosiones arrancó el techo de nuestro vagón. Yo no estaba solo, estaba con mi amigo Grishka; tenía diez años, como yo; antes de la guerra íbamos juntos a la escuela. Desde los primeros minutos del bombardeo nos agarramos el uno al otro para no perdernos. Cuando se arrancó el techo, decidimos salir por el hueco y fugarnos. ¡Escapar! Ya habíamos comprendido que nos llevaban hacia el oeste. A Alemania.
El bosque estaba oscuro, íbamos mirando atrás: nuestro tren ardía, todo él era una hoguera. Las llamas eran altas. Anduvimos sin parar toda la noche; de madrugada nos acercamos a una aldea, pero no había aldea, en lugar de las casas…, fue la primera vez que lo vi…, lo único que quedaba eran estufas carbonizadas. Había niebla por todas partes… Caminábamos como por un cementerio… Entre monumentos de color negro… Buscábamos algo para comer, pero las estufas estaban frías y vacías. Continuamos caminando. Por la tarde volvimos a encontrarnos con un lugar quemado lleno de estufas vacías… Caminamos y caminamos… Grishka cayó de repente y murió, se le paró el corazón. Pasé la noche sentado a su lado. Por la mañana cavé un hoyo con las manos y enterré a Grishka. Quise memorizar el lugar…, pero ¿cómo iba a hacerlo si a mi alrededor todo era desconocido?
Andaba y la cabeza me daba vueltas de hambre. De pronto oí: «¡Para! Chico, ¿adónde vas?». Pregunté: «¿Quiénes son ustedes?». Ellos dijeron: «Somos de la guerrilla». Así supe que me encontraba en la región de Vítebsk y entré en la brigada Alekséievskaia de la guerrilla…
Tras recuperarme un poco, empecé a rogarles que me dejaran luchar. Me respondían bromeando y me enviaban a ayudar en la cocina. Pero entonces… El caso es que… Habían enviado a los exploradores a la estación de tren tres veces seguidas, y nadie regresaba. Después de la tercera vez, el comandante ordenó a formar y dijo:
—No puedo enviar una cuarta expedición. Esta vez irán voluntarios…
Yo estaba en la segunda fila; oí:
—¿Quién se ofrece?
Levanté la mano como si estuviera en clase. La chaqueta acolchada me iba grande, las mangas me llegaban casi hasta el suelo. Con el brazo en alto y la mano no se me veía, llevaba las mangas colgando y no conseguía librarme de ellas.
El comandante ordenó:
—Los voluntarios, un paso adelante.
Di un paso adelante.
—Hijo… —me dijo el comandante—. Hijito…
Me dieron un hatillo de mendigo y un gorro de orejeras viejo; le faltaba una orejera.
Nada más salir a la carretera… tuve la sensación de que me estaban vigilando. Miré a mi alrededor y allí no había nadie. Me fijé en las copas de los pinos, frondosas. Las observé con mucho detenimiento y avisté a los francotiradores alemanes. Liquidaban a cualquiera que saliera del bosque. Pero a un niño, y encima con un hatillo, no lo tocaron.
Regresé a la unidad e informé al comandante de que en los pinos había francotiradores alemanes ocultos. Por la noche los atrapamos sin un solo disparo y los entregamos vivos. Esa fue mi primera misión de reconocimiento…
A finales de 1943… Estaba en la aldea de Starie Chelnishkí, en el distrito de Beshenkóvicheski, cuando me atraparon los soldados de las SS… Me golpeaban con varas. Me golpeaban con las botas de punta de hierro. Las botas eran como piedras… Después de torturarme, me sacaron a la calle y me echaron agua encima. Era invierno y me quedé cubierto de una costra de hielo ensangrentado. Oía un ruido encima de mí y no comprendía qué era. Estaban construyendo una horca. La vi cuando me levantaron y me hicieron subir a un tronco. ¿Lo último que recuerdo? El olor a madera recién cortada… Un olor vivo…
El dogal me oprimió el cuello, pero llegaron a tiempo para quitármelo… Los guerrilleros estaban al acecho. Cuando me desperté, reconocí a nuestro médico. «Dos segundos más y no habría podido salvarte —me dijo—. Estás de suerte, chico, porque sigues vivo.»
Me llevaron a la unidad en brazos; todo mi interior estaba herido, de la cabeza a los talones. Me dolía tanto que pensaba: «¿Podré crecer?».

 
Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985.

jueves, 17 de septiembre de 2020

¡Casita, no ardas! ¡Casita, no ardas! Svetlana Alexiévich.

Nina Rachítskaia, siete años
Actualmente es operaria

En ocasiones todo regresa… Terriblemente nítido.
Los alemanes llegaron en sus motocicletas… Cada uno tenía un cubo y hacían mucho ruido con esos cubos. Nos escondimos… Yo tenía dos hermanitos pequeños, uno de cuatro añitos y otro de dos. Nos escondimos los tres debajo de la cama y no salimos de allí en todo el día.
Una de las cosas que más me asombraba era que el joven oficial alemán que se instaló en nuestra casa llevara gafas. Yo estaba convencida que solo los maestros llevaban gafas. Él y su ordenanza ocupaban una parte de la casa, nosotros la otra. Mi hermano pequeño, el más pequeñito, cogió un resfriado y tosía mucho. Tenía mucha fiebre, estaba ardiendo, pasó la noche llorando. Por la mañana, el oficial se acercó a nuestra parte de la casa y le dijo a mi madre que si el Kind seguía llorando, si no le dejaba dormir por la noche, él lo «pam, pam», y se señaló la pistola. De noche, en cuanto mi hermano empezaba a toser o a llorar, mamá lo agarraba, lo arropaba bien con la manta y corría afuera, y allí lo mecía hasta que se dormía o se calmaba. «Pam, pam»…
Nos lo quitaron todo, pasábamos hambre. No nos dejaban entrar en la cocina, allí cocinaban para ellos. Mi hermano el pequeñín sintió el olor y gateó tras él. Los alemanes hacían sopa de garbanzos todos los días; esa sopa huele mucho. Al cabo de un minuto oímos el grito de mi hermano, un chillido tremendo. Le tiraron por encima agua hirviendo porque les había pedido comida. Era tan pequeño que le pedía a mamá: «Cocinamos a mi patito». Aquel patito era su juguete favorito, antes no dejaba que nadie lo tocara. Dormía con él.
Nuestras conversaciones de niños…
Nos sentábamos y discutíamos: «Si cazamos un ratón (durante la guerra se propagaron, tanto en casa como en el campo), ¿nos lo podemos comer? ¿Los pájaros carboneros se pueden comer? ¿Y las urracas? ¿Por qué mamá no hace una sopa de escarabajos bien grandes?».
No dejábamos que las patatas creciesen, hundíamos las manos en la tierra y comprobábamos: ¿era grande o pequeña? Todo crecía muy despacio: el maíz, los girasoles…
El último día… Antes de la retirada, los alemanes incendiaron nuestra casa. Mamá estaba en la calle, miraba el fuego y no se le escapó ni una lágrima. Nosotros tres corríamos alrededor y gritábamos: «¡Casita, no ardas! ¡Casita, no ardas!». No nos dio tiempo de salvar nada, solo pude coger mi libro del abecedario.[6] Me pasé toda la guerra cuidándolo, protegiéndolo. Dormía con él, lo dejaba debajo de la almohada. Tenía muchas ganas de estudiar. Más tarde, cuando empecé el primer curso en 1944, el único abecedario que había era el mío. Un libro para trece niños. Para toda la clase.
Recuerdo el primer concierto de posguerra en la escuela. Cómo cantaban, cómo bailaban… Por poco me quedo sin manos. Aplaudía sin parar. Estaba contentísima hasta que un niño salió al escenario y recitó un poema. Lo recitó en voz alta; el poema era largo, pero yo solo oí una palabra: «guerra». Miré a mi alrededor: todos escuchaban tranquilamente. Yo me asusté: «¿Acaba de terminar la guerra y ya ha empezado otra vez?». No fui capaz de volver a oír esa palabra. Me levanté de un brinco y corrí hasta casa. Encontré a mi madre en la cocina: ah, vale, o sea, que no había guerra. Volví corriendo a la escuela. Al concierto. A aplaudir.
Nuestro padre no volvió de la guerra; a mamá le enviaron un papelito que decía que nuestro padre había desaparecido en combate. Mamá se fue a trabajar, nos sentamos los tres y nos pusimos a llorar porque no teníamos a papá. Pusimos la casa patas arriba, buscábamos el papelito ese que hablaba de papá. Pensábamos: «En el papelito no dice que papá ha muerto, dice que ha desaparecido». Así que romperíamos el papelito y papá aparecería otra vez. No encontramos el papelito. Nuestra madre volvió del trabajo y no lograba entender por qué de pronto había tanto desorden en casa. Me preguntó: «¿Qué habéis hecho?». Mi hermano pequeño respondió por mí: «Estábamos buscando a papá…».
Antes de la guerra me encantaban los cuentos que contaba papá, sabía muchos cuentos y sabía cantarlos. Después de la guerra ya no me apetecía leer cuentos…
 
Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

sábado, 1 de agosto de 2020

Sólo oí el grito de mi madre. Svetlana Alexiévich.

Lida Pogorzhélskaia, ocho años
Actualmente es doctora en Ciencias Biológicas


Llevo toda la vida recordando aquel día… El primer día sin mi padre…
Yo tenía sueño. Mamá nos despertó de madrugada y nos dijo: «¡Es la guerra!». ¿Quién podría seguir durmiendo después de eso? Empezamos a prepararnos para el viaje. Todavía no había miedo. Todos mirábamos a papá y él se comportaba con naturalidad. Como siempre. Era un funcionario del partido. «Todos tenéis que coger algo», dijo. A mí no se me ocurrió nada que pudiera coger; mi hermana pequeña se llevó una muñeca. Mamá cogió en brazos a nuestro hermanito. Papá nos alcanzaría por el camino.
He olvidado mencionar que vivíamos en la ciudad de Kobrin, cerca de Brest. Por eso el primer día ya teníamos la guerra encima. No hubo tiempo para recapacitar. Los mayores apenas hablaban: caminaban en silencio, montaban a caballo en silencio. Eso daba miedo. La gente caminaba, mucha gente, y nadie hablaba.
Cuando nuestro padre se reunió con nosotros, nos tranquilizamos un poco. En nuestra familia mi padre estaba al frente de todo porque mamá era muy joven, se casó a los dieciséis años. Ni siquiera sabía cocinar. En cambio, nuestro padre era huérfano, sabía de todo. Recuerdo cómo disfrutábamos cuando papá tenía un rato libre y cocinaba para nosotros alguna cosa rica. Era una auténtica fiesta. Todavía hoy pienso que no hay nada más rico que la papilla que nos hacía papá. Había sido muy difícil estar sin él en aquella carretera, cómo lo esperábamos… Quedarnos en mitad de la guerra sin papá: ni nos lo podíamos imaginar. Así era nuestra familia.
Se organizó una hilera de carretas muy larga. Nos movíamos lentamente. A ratos todos paraban y miraban al cielo. Buscábamos nuestros aviones con la mirada… Pero nada…
Después del mediodía vimos una columna de militares. Iban a caballo y vestían uniformes nuevos del Ejército Rojo. Los caballos estaban bien alimentados. Eran grandes. Nadie sospechó que se trataba de infiltrados. Pensamos: «¡Son los nuestros!». Y nos alegramos. Papá salió corriendo a su encuentro y oí el grito de mi madre. No oí el disparo… Solo oí a mamá gritar: «Aaah…». Recuerdo que los soldados ni siquiera bajaron de sus caballos… Cuando oí el grito de mi madre, eché a correr. Todo el mundo corrió. Corríamos en silencio. Dejé de oír el grito de mamá. Corrí hasta que me tropecé y caí sobre la hierba alta…
Nuestros caballos permanecieron inmóviles en el mismo lugar hasta bien entrada la noche. Nos esperaban. Nosotros regresamos cuando oscureció. Allí solo se había quedado mi madre, estaba esperando. Alguien dijo: «Mirad, el pelo se le ha vuelto blanco». Recuerdo que los adultos cavaron un hoyo… Luego alguien empezó a darnos pequeños empujones, a mí y a mi hermana pequeña: «Acercaos. Decidle adiós a vuestro padre». Yo avancé dos pasos y no pude andar más. Me senté en el suelo. Y mi hermana, lo mismo: se sentó a mi lado. Nuestro hermanito dormía, era muy pequeño, no entendía nada. Mamá estaba inconsciente en la carreta, no nos dejaban que nos acercásemos a ella.
Así que ninguno de nosotros vio a papá muerto. Y nadie lo recuerda muerto. Yo siempre que lo recuerdo, por alguna razón, lo veo vestido con una guerrera blanca. Joven y alegre. Incluso ahora, y eso que ya soy mayor que nuestro padre.
En la región de Stalingrado, adonde nos evacuaron, nuestra madre se puso a trabajar en el koljós. Mamá, la misma que no tenía ni idea de escardar un huerto, que no sabía diferenciar la avena del trigo, se convirtió en la mejor trabajadora de todas. No teníamos padre, no éramos los únicos. Otros habían perdido a sus madres. O a su hermano. O a su hermana. O a sus abuelos. Pero no nos sentíamos huérfanos. Nos compadecían y nos criaban entre todos. Recuerdo a la tía Tania Morózova. Había perdido a dos hijos y vivía sola. Nos daba hasta el último pedazo de pan que le quedaba, igual que nuestra madre. No era de la familia, era una persona desconocida, pero durante la guerra se convirtió en un familiar más. Mi hermano, cuando se hizo mayor, decía que no teníamos padre pero que teníamos dos mamás: la nuestra y la tía Tania. Así crecíamos todos. Con dos o tres mamás.
También recuerdo que durante la evacuación nos bombardeaban y nosotros corríamos a escondernos. Pero no corríamos hacia mamá, sino hacia los soldados. Cuando se acababa el ataque, mamá nos reñía por habernos escapado. Pero, igualmente, cuando volvían a dispararnos, nosotros corríamos hacia los soldados.
Cuando liberaron la ciudad de Minsk, decidimos regresar. A casa. A Bielorrusia. Nuestra madre era de Minsk, pero cuando bajamos del tren en la estación, ella no sabía hacia dónde dirigirse. Era una ciudad distinta. Toda en ruinas…, las piedras hechas arena…
Más tarde, yo empecé a estudiar en la academia de agricultura de Gorétskaia… Vivía en una residencia estudiantil; en la habitación éramos ocho. Todas huérfanas. No es que nos hubieran juntado así a propósito, es que había muchos huérfanos. Había varias habitaciones donde todos eran huérfanos. Recuerdo que de noche gritábamos… Yo a menudo saltaba de la cama y me ponía a aporrear la puerta… Sentía el impulso de marcharme… Las demás chicas me paraban. Entonces rompía a llorar. Y ellas detrás de mí. Toda la habitación sollozando. Por la mañana nos tocaba levantarnos y asistir a las clases.
Una vez me crucé por la calle con un hombre que se parecía a mi padre. Caminé detrás de él un buen rato. Es que nunca llegué a ver a papá muerto…

 Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

lunes, 25 de mayo de 2020

Pero quiero que venga mi mamá. Svetlana Alexiévich.

Zina Kosiak, ocho años
Actualmente es peluquera.

El primer curso…
Acabé primero en mayo de 1941 y mis padres me apuntaron a un campamento de jóvenes pioneros en Gorodische, a las afueras de Minsk. Llegué, me bañé una vez y al cabo de dos días…, la guerra. Nos subieron al tren y nos pusimos en marcha. Veíamos los aviones alemanes sobrevolarnos y gritábamos: «¡Hurra!». No comprendíamos que podían ser aviones enemigos. Hasta que empezaron a lanzar bombas… Entonces los colores desaparecieron. Todos los colores desaparecieron. Surgió por primera vez esa palabra incomprensible: «muerte». Todos empezaron a decir esa palabra incomprensible. No estaban ni mamá ni papá.
Al marcharnos del campamento, a cada uno nos metieron cosas de comer en la funda de la almohada: a unos, cereales; a otros, azúcar. Hasta a los más pequeños. A todos nos daban algo. Querían que nos lleváramos toda la comida que pudiéramos para el viaje, velaban mucho por esos alimentos. Pero al llegar al tren nos encontramos con los soldados soviéticos heridos. Gemían, les dolía tanto… que lo único que nos apetecía era dárselo todo a esos soldados. Lo llamábamos «alimentar a los papás». Para nosotros, todos nuestros militares eran papás.
Nos explicaron que Minsk había ardido, que todo se había quemado, que allí estaban los alemanes y que iríamos a la retaguardia. Iríamos allí donde no había guerra.
Viajamos durante más de un mes. Nos llevaron a una ciudad, pero cuando llegamos no nos podían dejar allí porque los alemanes estaban cerca. Así fuimos hasta Mordovia.
El lugar era muy bonito, había iglesias por todas partes. Las casas eran bajas; las iglesias, altas. No teníamos camas, dormíamos encima de la paja. Llegó el invierno, solo teníamos un par de zapatos por cada cuatro niños. Y después comenzó la hambruna. No solo en el orfanato pasábamos hambre, también toda la gente de los alrededores, porque lo entregaban todo al frente. En el orfanato vivíamos unos doscientos cincuenta niños. Un día nos llamaron a comer y no había nada que comer. Las maestras y el director estaban sentados en el comedor, nos miraban con los ojos llenos de lágrimas. Teníamos una yegua, Maika… Era vieja y muy cariñosa, con ella íbamos a buscar agua. Al día siguiente sacrificaron a Maika. Nos daban un poco de agua y un pedacito de Maika… Nos lo ocultaron durante mucho tiempo. No hubiéramos sido capaces de comérnosla… ¡Por nada del mundo! Era el único animal que teníamos en el orfanato. Bueno, también había dos gatos hambrientos. ¡Eran dos esqueletos! «Qué bien —pensamos después—, qué suerte que los gatos sean tan flaquitos, así no tendremos que comérnoslos.» No había nada que comer.
Todos teníamos unas barrigas enormes; yo, por ejemplo, era capaz de comerme un cubo entero de sopa, porque en esa sopa no había nada. Mientras me volvieran a llenar el plato, yo siempre seguía comiendo. Nos salvó la naturaleza, nos convertimos en unos rumiantes. En primavera, en un radio de varios kilómetros alrededor del orfanato, ni un solo árbol conseguía echar brotes… Nos los comíamos todos, arrancábamos incluso la parte más tierna de la corteza. Nos comíamos la hierba, cualquier cosa que encontrábamos. Nos habían suministrado unos capotes, y nos las arreglamos para ponerles unos bolsillos grandes. Los llevábamos siempre llenos de hierba, la masticábamos a todas horas. Los veranos nos salvaban; en invierno, la cosa se ponía difícil. A los más pequeños (éramos unos cuarenta) nos alojaron por separado. Por la noche llorábamos a moco tendido. Llamábamos a papá y a mamá. Los cuidadores y maestros evitaban como podían pronunciar ante nosotros la palabra «madre». Cuando nos contaban cuentos, escogían los libros en que no salía esa palabra. Pero si alguien de pronto decía «madre», enseguida estallaba el llanto. Un llanto desconsolado.
Repetí primero. Había acabado el curso con diploma de honor, pero esto fue lo que pasó: cuando llegamos al orfanato nos preguntaron quién había sacado un suspenso, y yo creí que «suspenso» significaba lo mismo que «diploma de honor», así que dije que yo. En tercero me fugué del orfanato. Me fui para buscar a mamá. El abuelo Bolshakov me encontró en el bosque, hambrienta y agotada. Se enteró de que había estado en un orfanato y me llevó a vivir con su familia. Vivían los dos solos, él y la abuela. Me recuperé y empecé a ayudarlos con la casa: recogía hierba, escardaba la patata, hacía de todo. Comíamos pan, pero era un pan que de pan no tenía nada. Era muy amargo. Mezclábamos harina con cualquier cosa que se pudiera moler: bledo, flores de nuez, patata. Todavía hoy sigo sin poder mirar con tranquilidad la hierba espesa, y como mucho pan. Aún no he logrado saciarme… Han pasado décadas…
¡Cuántas cosas recuerdo! Me acuerdo de muchas cosas…
Recuerdo a una niñita locuela que se metía en los jardines, encontraba una madriguera de ratones y se quedaba allí esperando al ratón. La niñita tenía hambre. Recuerdo su cara, hasta me acuerdo del vestidito que llevaba. Una vez me acerqué a ella y me contó lo del ratón… Nos quedamos las dos allí, aguardando al ratón…
Me pasé toda la guerra esperando a que terminara para poder ir a buscar a mamá. El abuelo y yo aparejaríamos el caballo e iríamos a buscarla. Por delante de casa iban pasando los evacuados, a todos les preguntaba si habían visto a mi madre. Los evacuados eran tantos, tantos… En todas las casas había un puchero con caldo de ortiga tibio. Por si entraba la gente, así podían ofrecerles algo de comida caliente. No había nada más. Pero en ninguna casa faltaba ese puchero de ortigas hervidas… Lo recuerdo muy bien. Yo misma recogía las ortigas.
Acabó la guerra… Esperé un día, otro día, pero nadie venía a buscarme. Mi madre no venía, y de papá creía que estaría en el ejército. Esperé así dos semanas, no pude esperar más. Me metí en un tren, me escondí debajo de un asiento y viajé… ¿Adónde? No lo sabía. En mi inocente visión infantil del mundo, creía que todos los trenes iban a Minsk. ¡Y que en Minsk me esperaba mamá! Que mi padre regresaría luego a casa… ¡Como un héroe! Condecorado con órdenes y medallas.
Los dos habían desaparecido en un bombardeo. Los vecinos me lo contaron. Al estallar la guerra los dos salieron a buscarme. Fueron corriendo a la estación de tren.
Yo ya he cumplido cincuenta y un años, tengo mis propios hijos. Y, sin embargo, todavía sigo queriendo que venga mamá.

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985.

lunes, 20 de abril de 2020

Le daba miedo mirar atrás. Svetlana Alexiévich

Zhenia Bélenkaia, seis años
Actualmente es operaria
Junio de 1941…
 
Lo recuerdo perfectamente. Yo era muy pequeña pero se me quedó grabado en la cabeza…
Lo último que recuerdo de mi vida antes de la guerra es un cuento. Mamá me lo leía cuando me iba a dormir. Era mi favorito, el del pececillo dorado. Yo siempre le pedía algo al pececillo dorado: «Pececillo dorado… Querido pececillo…». Mi hermana pequeña también le pedía un deseo, pero ella lo hacía de otra forma: «Por arte de magia, por mi voluntad, yo te ordeno…». Nuestro deseo era pasar el verano con la yaya, y que papá viniera con nosotros. ¡Mi padre era tan divertido!
Una mañana me desperté de pronto, asustada. Se oían unos ruidos desconocidos para mí…
Mis padres no se dieron cuenta. Creían que mi hermana y yo dormíamos, pero yo solo lo fingía. Me quedé en la cama junto a mi hermana pequeña, muy quieta. Miraba: papá besaba a mamá sin parar, le besaba la cara, las manos… Me sorprendió: nunca antes la había besado así. Después salieron al patio, cogidos de la mano. Me acerqué hasta la ventana de un brinco: mamá se había colgado de su cuello y no lo dejaba marcharse. Él la apartó y corrió, ella lo alcanzó y volvió a abrazarlo; lo quería detener, le gritaba. Entonces yo también grité: «¡Papá! ¡Papá!».
Mi hermana pequeña se despertó, mi hermanito Vasia también. Ella me vio llorar y gritó: «¡Papá!». Salimos afuera corriendo: «¡Papá!». Nuestro padre, al vernos (lo recuerdo como si fuera ayer), se llevó las manos a la cabeza y empezó a andar, a correr. Le daba miedo mirar atrás.
El sol me daba en la cara. Hacía calor… Ni siquiera ahora me puedo creer que aquella mañana mi padre se fuera a la guerra. Yo era muy pequeña, pero tengo la sensación de que comprendía que aquella era la última vez que lo veía. Nunca nos volveríamos a encontrar. Yo era muy… muy pequeña…
Así es como ha quedado asociado en mi memoria: guerra es cuando papá no está…
También recuerdo, de más adelante: el cielo negro y un avión negro. Al borde de la carretera yace nuestra madre con los brazos abiertos. Le pedimos que se levante, pero ella no responde. No se levanta. Los soldados envolvieron a mamá en una tienda de campaña, la enterraron en la arena, allí mismo. Nosotros gritábamos y suplicábamos: «No metáis a nuestra mamaíta en ese hoyo. Ella se despertará y seguiremos andando». Había unos escarabajos gigantes arrastrándose por la arena… Yo no podía imaginarme cómo iba a vivir mamá debajo de la tierra con esos escarabajos. ¿Cómo íbamos a encontrarnos después, cómo lo haríamos para volver a estar juntos? ¿Quién le escribiría a nuestro papá?
Uno de los soldados me preguntó: «Niña, ¿cómo te llamas?». Pero a mí se me había olvidado. «¿Cuál es tu apellido, niña? ¿Cómo se llamaba tu madre?» No me acordaba de nada… Nos quedamos sentados junto a la montañita de mamá hasta que se hizo de noche, hasta que nos recogieron y nos subieron a un carro. Era un carro lleno de niños. Nos llevaba un señor muy mayor, nos iba recogiendo a todos por la carretera. Llegamos a una aldea, allí gente desconocida nos cobijó en sus casas.
Pasé mucho tiempo sin hablar. Tan solo miraba.
Después recuerdo un día de verano. Un día espléndido de verano. Una mujer extraña me acaricia el pelo. Y yo rompo a llorar. Y empiezo a hablar… A contar cosas sobre mi mamá y mi papá. Cómo papá se había ido corriendo sin ni siquiera mirar atrás… Cómo mamá yacía en el suelo… Cómo los escarabajos se arrastraban por la arena…
La mujer me acariciaba el pelo. En aquel momento lo comprendí: aquella mujer se parecía a mi madre…
 
Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985