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miércoles, 2 de marzo de 2016

Apagón. Leo Maslíah.

La oscuridad no me preocupa. Me preocupa la luz. La oscuridad es solamente ausencia de luz. Pero la ausencia sí me preocupa. La preocupación no. Me es indiferente. Sin embargo, la indiferencia me preocupa muchísimo. La considero una actitud vergonzosa. Aunque la vergüenza no me preocupa. Antes si, me preocupaba. Pero a mi me da lo mismo el antes y el después; mi vida no es un desarrollo tendiente a nada. Por eso la nada no me quita el sueño. El sueño, en cambio, es algo que si me interesa. A veces me quedo toda la noche despierto, pensando en eso. No llego a ninguna conclusión, pero las conclusiones me exasperan. Prefiero los puntos de partida. No por las partidas; por los puntos. Siempre trato de acumular puntos. No por los puntos en sí; es por la acumulación. La acumulación entendida por una cosa sola, no como un cúmulo de otras. Los cúmulos, yo, si pudiera, los disgregaría. Las cosas tienen que ir separadas; no juntas. Juntas forman otras cosas, y eso trae complicaciones. Aunque yo a las complicaciones no les tengo miedo. Lo que me asusta es lo simple. Lo simple no se sabe de donde sale; ahí es donde está el misterio. Aunque los misterios, por suerte, no me interesan. Me interesa la suerte. Que desgracia. Porque la suerte siempre es escasa. Y si dijera que no me preocupa la escasez, mentiría. Pero mentir no me preocupa. A mi me preocupa la verdad. Cuando miento no tengo problema; puedo decir cualquier cosa. Aunque sea verdad, no importa, porque la digo de mentira. Pero cuando hablo con la verdad, tengo que andar con más cuidado. Por las dudas, en esos casos digo lo menos posible. Y después me desdigo, así cubro dos posibilidades. Pero no es que me quiera cubrir. Yo hago todo a la intemperie. Y si no hay luna, mejor. A mi me gusta la oscuridad. La oscuridad no me preocupa. Me preocupa la luz. La oscuridad es solamente ausencia de luz. Pero la ausencia sí me preocupa. La preocupación no. Me es indiferente.

lunes, 15 de febrero de 2016

Cadena. Leo Maslíah.

Este mensaje no es una cadena. Por lo tanto, destrúyalo sin reenviarlo a nadie. Contravenir esta sugerencia solo congestionaría inútilmente las líneas. Tenga buen criterio. Ni siquiera es necesario que siga leyendo esto. Si no tiene otra razón para continuar conectado/a a la red, puede eliminar este mensaje y salir del programa, sin tener que lamentar la pérdida de ninguna información relevante. Es más, si usted todavía sigue leyendo esto, francamente, es porque es un ser parasitario, que no tiene nada que hacer. ¿Por qué no mejor sale a pasear? Le repito que en estas líneas no va a encontrar absolutamente nada que le sea de utilidad. Doy fe de ello, puesto que conozco la continuación del texto. Es exactamente del mismo tenor que cuanto antecede. Vale decir: no dice nada. Así que... ¡Basta de leer, imbécil! ¿Qué estas esperando encontrar? Ya te dije que no hay nada... ¿no me creés? Bueno, jorobate. Seguí leyendo, que no vas a encontrar nada que no sea la confirmación de lo anterior, es decir, que en lo que sigue no se dice nada. Nada de nada. No hay voluntad de diálogo, ni tan siquiera voluntad de monólogo. Es un texto vacío, y va a seguir así hasta la última de sus líneas. Se podría lo mismo dejar en blanco las líneas que faltan, de no ser porque como esta página no tiene renglones, no se notarían que están. Pero el que estén no significa nada. No están por nada en especial. Entiendo que la curiosidad te pueda haber llevado a seguir leyendo hasta acá, pero si seguís... es porque tu pelotudez no tiene límites. ¡Qué idiota Dios libre y guarde! Ni siquiera para un lingüista o un gramático tiene sentido continuar leyendo esto, porque es una simple colección de frases banales cuyo único objetivo es ratificar la ausencia de finalidad de todo el resto del texto. (Continuará.)

lunes, 18 de enero de 2016

Heliogábalo. Leo Maslíah.

Es una gran ventaja tener una amante que se llame igual que la mujer de uno, porque así, si uno la nombra dormido, su mujer no sospechará nada, y hasta se dará por aludida, estrechando al esposo entre sus brazos bajo las cálidas sábanas conyugales y dirá “qué, mi amor, qué”. 
El problema es que mi esposa se llama Hermelinda, y ni entre las pocas mujeres que además de ella alguna vez me dieron bola, ni entre las muchas que no, hubo nunca ninguna que portara ése como nombre, ni como segundo nombre, y menos como apodo, y por supuesto tampoco como apellido. 
Pero al promediar la crisis de los treinta años, en uno de esos días en que la compulsión a probar nuevas carnes me parecía cuestión de vida o muerte, cacé la guía telefónica y no paré de leerla hasta encontrar una abonada con el nombre de mi esposa. 
Empecé a discar su número y estaba dispuesto a sorprenderla con una declaración de amor cuando mi visión periférica detectó, al costado de las cifras sobre las que yo fijaba mi atención, una pequeña anormalidad. Corriendo un poco la mirada observé que, en mi entusiasmo, había leído mal: la abonada no se llamaba Hermelinda, sino Hermenegilda. Mi primera reacción fue colgar el tubo, pero enseguida recapacité, considerando que si yo mientras dormía pronunciaba el nombre “Hermenegilda”, mi mujer no podría sospechar nada, y atribuiría la variación en el nombre a los tan comunes procesos de elaboración onírica que uno puede rastrear hasta en los sueños de las mejores familias. 
Así pues, llamé a esa tal Hermenegilda y tuve la suerte de encontrarla. Inventé una historia acerca de que yo era su admirador secreto, que la había visto muchas veces por su barrio (en la guía telefónica, por supuesto, estaba su dirección) pero que nunca me había animado a hablarle, etcétera. Ella me creyó. Con cierta reticencia de su parte al principio, logré que concertáramos una cita. Nos encontramos al día siguiente en un bar, que quedaba lejos tanto de su casa como de la mía. Por supuesto, yo no tenía –antes de verla- la más remota idea de su apariencia física, pero lo que hice fue llegar temprano al bar, sentarme cerca de la puerta y decir “Hermenegilda” a toda mujer que viera entrar sola. En dos o tres casos lamenté que no se llamaran así, pero también me salvé de unas cuantas. Hubo una cuyo aspecto era tan asqueante que casi me inhibió de pronunciar el nombre, pero tuve que hacerlo porque si ésa llegaba a ser Hermenegilda y yo seguía llamando así a otras que fueran llegando después, se me armaba la gorda. 
Bastante gordita resultó ser la verdadera Hermenegilda, pero la amplitud de sus caderas y su número de corpiño la hacían todavía deseable pese a estar al borde de la tercera edad. 
Modestia aparte, tengo que decir que yo le gusté. Nos fuimos pronto del bar y ese día se inició un caluroso romance. Pero al despedirnos ella me informó de cierta circunstancia que dificultaría el vernos con demasiada frecuencia: era casada. Yo le confesé que eso me tomaba por sorpresa, ya que al ver el número del teléfono a su nombre la había dado por soltera, viuda o divorciada. 
-Es que la casa es mía. Yo siempre viví ahí –dijo ella-. José, mi marido, es un tipo que nunca tuvo donde caerse muerto. 
A través de nuestros sucesivos encuentros me fui enterando de que el marido de Hermenegilda, según ella, sólo la quería por su dinero. La vida sexual de la pareja había durado menos que su luna de miel. Y conmigo ella se desquitaba de lo lindo. Hasta que una vez se abrió la puerta de nuestro cuarto de hotel, y entró José con un equipo de fotógrafos y técnicos en grabaciones de video. -Te pesqué, ramera –dijo-. Ahora tengo las pruebas que necesito para pedir el divorcio y quedarme con la mitad de tus bienes. 
-Pero...-balbuceó Hermenegilda- ... ¿Cómo supiste de...nosotros? 
-Entré en sospechas y decidí seguirte querida –contestó José-. Hace varias noches que cuando duermes pronuncias un nombre que no es el mío. 
Efectivamente, yo no me llamo José, como él. Mi nombre es Heliogábalo.

domingo, 7 de junio de 2015

9 de julio. Leo Maslíah. Microrrelato.

Buenos Aires, Argentina. Día de sol. Avenida 9 de Julio. Semáforo rojo. Se junta gente que quiere cruzar. Enfrente también. El semáforo demora. Viene más gente por ambos bandos. Cada destacamento mira firmemente el semáforo opuesto, haciendo acopio de fuerzas. “Ánimo, muchachos”, dice un individuo a sus compañeros de acera, “ya llegará el día en que podamos cruzar”. Los demás lo reconocen inmediatamente como su líder. “Quizás algunos mueran en la empresa”, sigue diciendo él, “pero esos quedarán para siempre en nuestros corazones”. El semáforo continúa en el rojo. En frente, el bando contrario designó como líder a una mujer. Su aparatoso tren delantero la hace especialmente apta para violentos impactos frontales con peatones de sentido opuesto. “Estamos contigo, Tatiana” le gritan algunos. “Ese no es mi nombre” contesta ella, pero igualmente lo asume, como Wojtila el de Juan Pablo. Desde enfrente, el otro líder la mira, y le muestra el dedo medio de su mano derecha. Sus camaradas, hombres y mujeres, lo imitan. Algunos tienen binoculares y eligen contra quién van a chocar. Otros despliegan la navaja de su alicate, y la exhiben a modo de proa. De pronto, semáforo amarillo. Un estudiante, de los de Tatiana, pregunta si puede pintar de azul el vidrio amarillo del semáforo que está de su lado, para que quede verde y los del bando contrario, al tratar de cruzar, sean apisonados por los coches. La jefa le pide paciencia, y le asegura que a su debido tiempo ningún adversario quedará en pie. El estudiante recita a García Lorca “verde que te quiero verde”. Por fin el semáforo cambia. “A ellos”, grita el líder de enfrente, “hay que enterrarlos en el asfalto; el sol está de nuestra parte y ya lo reblandeció un poco”. Ambas cohortes inician su marcha hacia la colisión. Tatiana se acomoda el corpiño. El otro líder acomoda a su gente por orden de altura. “Las mujeres y los niños primeros”, dice. Todos avanzan con paso resuelto. Los autos, inmóviles, observan el espectáculo, y una cuadrilla de niños marginales que habitualmente se dedica a limpiar los vidrios de los coches a cambio de monedas, está ahora levantando suculentas apuestas referidas al desenlace de la cruzada peatonal. Atención, faltan pocos metros. Ya está, ya está. Dos pasos, un paso. Y entonces, súbitamente, todos cambian radicalmente su actitud. Empiezan a pedirse permiso unos a otros y a esquivarse. Se acabó Tatiana. Apenas si se producen algunos roces totalmente inocuos. Nadie cae, nadie es aplastado. Todos llegan a destino, a las respectivas aceras de enfrente, y continúan los abúlicos trayectos que habrán de conducirlos al desempeño de sus estúpidas ocupaciones. Nadie recuerda su intención preliminar. Todos fingen civismo, qué cagones.