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sábado, 3 de septiembre de 2022

Efectos perversos de la nicotina. Antonio Toribios.

Sólo le quedaba un cigarrillo. Se palpó el bolsillo y allí estaba, dentro del paquete blando y arrugado. Siguió escrutando la negrura, adivinando posibles signos de hostilidad entre las sombras. Trató de serenarse, pero el deseo irracional le perturbaba más y más. Miró el reloj; las 05:02, no tardaría en clarear. Sabía que había pasado lo peor, pero el ansia redoblaba su saña. Claudicó al fin y prendió un fósforo. La bala penetró en su cerebro sin violencia, como si se tratara de una visita programada de antemano. El francotirador sacó el cortaplumas y grabó una muesca más en la madera.


domingo, 17 de julio de 2022

Escritura creativa. Antonio Toribios.

“Es como sale mejor, sin pensarlo. Tú pones una frase, la que sea; algo llamativo: “Un hombre barritaba en la ciudad”. Luego buscas alguna analogía, una asociación aunque sea loca. Por ejemplo: “barritaba significa que se agarraba a la barra del autobús”. También puedes poner “colectivo”, que suena a literatura del boom. Y luego el desenlace: la barra sale lanzada y hiere a la luna en un ojo, en plan Méliès, y la luna barrita y de su boca salen elefantes, y barras y estrellas. Y si resulta un sinsentido, siempre puedes decir que era un sueño…”


 

lunes, 23 de mayo de 2022

Perversidad. Antonio Toribios.

El puñetero ojo de la cerradura me seguía incitando con su presencia muda. Lo venía haciendo desde que me alojé en aquella maldita habitación con una puerta medianera. ¿Qué pasaba al otro lado?, me preguntaba yo con enfermiza curiosidad. Pero algo que estaba entre los remilgos morales y la vaga superstición me impedía mirar. Al tercer día no pude aguantar más y apliqué el ojo izquierdo al orificio. Un punzón afilado me atravesó al instante el globo ocular. Más tarde me enteré de que venía gente de lejos a ese hotel concreto, e incluso algunos tuertos repetían.

jueves, 8 de junio de 2017

Cuento de verano. Antonio Toribios.

Yo había visto muchas escenas de película en que el chico besa a la chica aprovechando una tormenta. Están por el campo, estalla el cielo en tromba y corren a buscar donde meterse. Siempre encuentran una gruta o una cabaña abandonada, y la chica cae en sus brazos, aprovechado la laxitud del encontrarse a salvo mientras afuera las furias se enseñorean del mundo. Pero a mí con Paquita no me pasaba. Paseábamos, salíamos de merienda, nos sentábamos a hablar de nuestras ciudades respectivas, pero no caía ni una maldita gota. Yo miraba al cielo y me hacía ilusiones en cuanto unos cúmulos se aborregaban un poco y tomaban cierto tono oscuro. Pero, al poco el aire los deshacía en guedejas que se desparramaban como vilanos por el cielo inmenso. Ese verano no hubo ni una sola tormenta. Ni los más viejos recordaban cosa parecida. Así es que se acercaba septiembre y ya me veía, de regreso a las clases, con la nostalgia de lo no vivido pesándome en el alma. Menos mal que, el último domingo, pusieron en el cine “El hombre tranquilo” y la escena del aguacero nos pilló guarecidos muy al fondo del patio de butacas.

Antonio Toribios. Esta noche te cuento, marzo, 2011.