No quería señá Cipriana, la
prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que
le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las
ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano
viene, con la crisma rota.
El
lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que
se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban
viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse
aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban
sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el
cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos
por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito
seriecito, del quince o del veinte.
Tanto,
sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga
que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los
chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes
con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay,
hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta
encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en
aeroplano, pa llegar más antes.
Por
conciencia, el mozo avisó:
-No
debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No
me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin
meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y
salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La
prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo
mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y
extraño.
«Como
encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En
la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de
esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen
mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros.
Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas
que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo
mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de
carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las
palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de
cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no
había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse?
No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme
«dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría
sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no
fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era
señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida
de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su
mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y
si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto,
con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de
echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno
de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media
para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y
entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre.
Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría
su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una
sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el
volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera
interrogó:
-¿Qué
se le ofrece?
-¿No
tendrá usted unos guantes?
-Veremos
si los hay que le sirven.
Revolvió
la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la
mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos
desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros
de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón
se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo,
«un tipazo», como se dice.
Sonriente,
el mascarón imploraba.
-¿Querría
usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye
el codo sobre el mostrador...
Y
empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los
guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus
alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir
la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de
todos.
Los
ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea,
húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya
aquellos atrevidos ojos!
-¿Es
usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No...
Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos.
Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es
uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No
-tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas
de la vía, ¿verdá usté?
Él
estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya
inequívoco, murmuró:
-¡A
ver! ¡Cosas de la vía!
Las
palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los
dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que
preguntaba ávidamente:
-¿Y
usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya!
Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se
ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular,
¡no se crea usté!
En
otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las
yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes,
eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente,
enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de
unos labios sobre su mejilla sofocada...
El
mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que
cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que
sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo
no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile...
Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh?
¡La simpatía...!
Sin
esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la
llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de
bravía honradez:
-No,
no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer
las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye
usted...?
Él
la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio,
débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de
la económica prendera.
El
mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de
matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia,
cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una
faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando
luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía,
sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos
profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de
billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían
los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen
las joyas!
Salió
luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave;
arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la
colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la
puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes
sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida
con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien
creyó ver el Amor, era la Muerte.
sábado, 22 de agosto de 2026
El mascarón. Emilia Pardo Bazán.
sábado, 11 de julio de 2026
El mundo. Emilia Pardo Bazán.
Las dos hermanas se encontraron en el
estrecho pasillo; casi se tropezaron, y se dieron un beso, siendo de
cariño a pesar de lo tristes que estaban. La mayor, Dionisia, venía
del cuarto de la madre enferma, trayendo una taza de caldo vacía ya;
la menor, Germana, de la cocina, de calentar por sus manos un parche
cáustico. La penosa y quebrantadora faena de enfermeras, la vigilia
y las inquietudes habían empalidecido y ajado sus caras graciosas,
donde esplendía, antes, fresca y atractiva, la «belleza del
diablo».
-¿Cómo
queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me
parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sabes?
-¿Recado
al médico?
-No
quiere.
-¡Aunque
no quiera...!
Suplicantes,
momentos después balbuceaban al oído de la paciente... Era
necesario que viniese el doctor; con que recetase un calmante, aquel
acceso pasaría...
Respiroteaba
la señora como pez a quien sacan de su elemento y dejan temblar
sobre la playa en anhelo agónico. Desmadejada, azulosa la tez, sus
labios morados se abrían desmesuradamente, queriendo beberse todo el
aire del mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la auxiliaban como
podían; dábanle fricciones suaves, la incorporaban, abrían la
ventana de par en par. El parche, olvidado, se enfriaba sobre la mesa
de noche. Al fin se aquietó un poco; la respiración era más fácil
y franca. Pudo hablar:
-Ahorrad
médico. Lo indispensable. Acordaos de que cada visita cuesta un
duro.
Ante
el gesto de desinterés de indiferencia de las muchachas, la señora
añadió, no sin esfuerzo doloroso, terrible:
-Es
que no sabéis de la misa la media... Creéis que únicamente hemos
bajado de posición... Ayer me entregasteis carta del tío Manolo,
que ha terminado la liquidación de nuestra fortuna... Estamos
completamente arruinadas, y aún peor: estamos alcanzadas en seis mil
y pico de duros. ¿Qué tal?... Llamad médico, llamad médico... ¡Si
al fin yo duraré pocos días, y no hay médico en el mundo que pueda
curarme! Con este golpe..., lo he sentido; se me ha descompuesto algo
dentro, en el corazón... ¡Pobres pequeñas mías! ¡Ánimo, no
lloréis!...
Era
tardío el encargo, Dionisia y Germana, abrazadas, se mojaban
recíprocamente los rostros con el llanto ardiente y salado de las
grandes amarguras... La primera en dominarse fue la menor; arrastró
fuera de la habitación a la mayor y la llevó hacia una salita
amueblada con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué
va a ser de nosotras? -tartamudeó hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos
-decidió Germana prontamente-. Y desde hoy mismo. No en balde nos
llaman Manitas de oro. No creas que aguardaré a que mamá se muera,
a que nos echen de esta casa y perdamos nuestra única esperanza de
salvación.
-Y,
por mucho que trabajemos, ¿crees tú que sacaremos para vivir?
-De
seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y
los intereses de la deuda de los seis mil? Porque hay que pagarlos,
¿entiendes?
-¡Vaya
si hay que pagarlos! -murmuró pensativa, lacrimosa, Germana-. No
vamos a dejar en vergüenza la memoria de mamá. Sólo que
entonces..., habrá que trabajar de otro modo.
-¿De
qué modo? -interrogó, recelosa, Dionisia.
-Yo
me entiendo.
-No
vayas a hacer una de las tuyas...
Vistiose
Germana con elegancia y coquetería: traje sastre de fino paño
marrón; toca azul, donde anidaba un pajarito tornasolado; tomó un
coche y fue recorriendo las casas de las amigas de antaño, que se
mostraban frías o, por lo menos, alejadas, desde el momento en que
«las de Ramos» se encontraron en mala situación económica...
Donde la recibían, Germana entraba decidida, sonriente bajo el
velito de motas; un ramillo de violetas naturales, preso en la
solapa, la anunciaba con la discreta brisa de su perfume; y soltaba
el discurso, no en tono suplicante, sino como el que pide lo que se
le debe.
-No
estamos lo que se dice en grave apuro, eso no; sin embargo, hemos
sufrido pérdidas... ¡Figúrate que vivíamos con tanto lujo...!
Cuesta, cuesta el acostumbrarse a recortar gastos. Echamos de menos
el coche, los abonos, los viajes. En vista de esto -añadía
precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y
precaución que iban cubriendo la faz de su interlocutora-, hemos
resuelto ser en breve más ricas que nunca. Yo tengo disposición,
buen gusto, algo de chic. He aceptado la representación de una
modista muy elegante de Biarritz, la que nos vestía antes; este
traje es de ella... Reproduciremos aquí sus modelos con alguna
rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y los sombreros; todo
completo. Pago, eso sí, al contado; la modista nos lo exige... Hemos
montado taller. Conque, querida, a ver si nos ayudas..., ¿eh? No te
pido otro favor... Es en ventaja tuya; vestirás bien con menos
sacrificio, y lo que lleves será igual, como que es el modelo, a lo
que otras traigan de casa madama Lagazc... Te dejo las señas. Corre
la voz... Ven a casa a ver los modelitos...
Los
confeccionó ella misma, con trapos suyos, sobre maniquíes de
alambre de unas cuantas pulgadas de alto. Había el traje de
sociedad, el de calle, el de abrigo y hasta el alborotado, insolente,
enorme sombrero. La fiebre de la inspiración hacía que Germana ni
tuviese tiempo de notar que su madre empeoraba. Dionisia,
desesperanzada y temblona, lloraba por los rincones. Germana,
valerosa, esperaba las parroquianas seguras. Al espejuelo de la
elegancia extranjera, la mujer acude, y acudió. Dos antiguas amigas
se encargaron trajes sastre; tres o cuatro desconocidas, abrigos y
sombreros; una dama de alto copete pidió el traje de sociedad muy
aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en la Embajada de Rusia...
-Oye,
Dionisia -suplicó Germana, con voz rota por la emoción-: coge, sin
que mamá te vea, todo el dinero que tenga ella en su armario... hay
que adelantar tela, los adornos...
-No
me atrevo... ¡Coger, así, del armario! ¡Las economías de mamá!
-¿Prefieres
pedir limosna?
La
energía sugestiona, la resolución fascina. Dionisia se apoderó de
la cantidad, y los trajes empezaron a surgir. Las hermanas no
dormían, no comían ni vivían. La enferma hubo de notar algo
extraño.
-¿Qué
os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me deja Germana sola tanto
tiempo? ¿A qué se dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una
mañana, el ahogo de la señora fue más largo, o las fuerzas se
hallaban más agotadas tal vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la
inerte cabeza de la madre, libre ya de penas y sufrimientos, bañada
en eterno reposo. Las hijas, arrodillándose al pie de la cama,
sollozaban sin consuelo. Se oyó sonar la campanilla imperiosamente.
-¡Llaman!...
-gimió Dionisia.
-¡Es
la parroquiana del traje de sociedad!... ¡La había citado a esta
hora! Viene a probar -hipó Germana, levantándose.
-¿Vas
a recibirla? -reprobó la hermana mayor.
-¡Ya
lo creo!...
Y
Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa.
-¿Llora
usted? -preguntábale entre compadecida y curiosa la cliente,
mientras ahuecaba con el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para
señalar la arruga.
-Sí,
señora. Acabo de saber que se me ha muerto una parienta... allá en
Andalucía.
-¿Cercana?
No
mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a la señora el escote
bajo, o sin hombreras? Ahora se llevan poco...
-Más
bajito..., así... Que no me falte usted mañana, ¿eh? Espero el
vestido por la tarde...
Al
día siguiente -horas después del entierro- Germana cobraba la
primera toilette de las que hicieron la reputación de las famosas
hermanas Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas trescientas pesetas.
-Si
yo confieso mi verdadera situación -decíame Germana, al referirme
su escondida tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan unas
«perras» de limosna... Hay que pedir con soberbia y para lujo; no
para comer...
domingo, 14 de junio de 2026
El alambre. Emilia Pardo Bazán.
Siempre que ocurría algo superior a
la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban,
como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en
ganado
vacuno.
¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando
vieron al señorito
Roberto
Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que
el
diablo
lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no
preguntaba, y
hasta
ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador
furtivo injerto
en
contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal
de mercar un
rollo
de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el
rollo en la
derecha,
su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al
hombro,
contraída
la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa
a la
consabida
endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis
parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz
fuera de
este
rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar,
allí sí que
encontraríades
invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta
para
descalzar
las hay!
Con
estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién
se rascaba la
oreja,
quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de
soltar una
risilla
insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna,
guardándose el
alambre
en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas
para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó
la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de
risotadas, y
chuscando
un ojo añadió socarronamente:
-¡A
largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner
claro lo que es ese
coche
de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo.
¿Vístedes vos el camino
de
fierro?
-Yo,
no... yo, no...
-Yo,
sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues
igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo,
a modo de
reló...
Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A
su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero
¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por
todas las carreteras,
hom?
¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues
a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En
eso.
-Y
eso..., ¿qué es?
-Que
va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío
Manuel, echando
a
andar en busca de su yegua.
No
quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio
para quien lleva
dinero
en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor
para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de
hombros,
mofándose,
tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a
emprender
también
la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella
criatura: su mujer,
hallándose
recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar
a los
civiles,
que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de
tabaco y sal.
Solo
en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y
ahora se le caía la
baba
viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro
cazador, otro
merodeador,
sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil
ya en
ardides
y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para
descubrir
dónde
ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles
granos de
maíz,
hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con
tal retoño, y le
enseñaba
nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que
despertaba en
Jácome,
bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón,
palpitaciones de humana
ternura.
Apenas
echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el
chico,
traveseando,
corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El
padre, con
el
instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo
los espesos pinares,
las
madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes
pedregosos de
la
montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba
en esta hipótesis,
cuando
un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura
se echó la
carabina
a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría,
brincó, tomó
vuelo,
se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro,
portando la
caza.
A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada
de las patas
traseras,
una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un
grupo,
admirando
la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la
blanca y densa
piel
de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes
orejas pendían;
sus
ojos se vidriaban.
-¡Careta,
lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose
de vanidad
paternal,
porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y
se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia
de la destrucción y
la
victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el
vigilante contrabandista,
habituado
al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito,
semejante al
resuello
y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima
ya al
monstruo,
¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su
bocina. Jácome,
instintivamente,
saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a
Sendo; a
su
lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de
Judas» ni rastro, ni señal
en
el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía
de bruces, la cara
contra
la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició...
El niño le
blandeaba
en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las
formas que
adopta
la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin
llanto, al cielo, que
consentía
aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó
el hombre
de
lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz.
Cerró los puños y
amenazó
en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá
don Roberto! ¡Se
lo
prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó
otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo
más oculto del
pinar,
depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto
colocó la
carabina,
y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a
la carretera, y
recorrió
un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una
revuelta
violenta
se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos
avanzaban
sus
ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a
secundar a
Mansegura.
Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo,
midió, cortó
con
su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo
afianzó a una rama
sólidamente,
ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama
que
permitiese
tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras
practicaba estas
operaciones,
atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera
desierta;
por
allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por
precaución, sin embargo,
Jácome
no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado
se tumbó en
el
pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa,
aguardando. Dos veces
saltó
y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo»,
un cura, una
pareja
a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados
y
contentos.
La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían
los
pájaros
o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate
redoblar el oído
del
contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del
impulsivo, se incorporó,
amarró
firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso.
Si se
descuida,
¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador.
¡Taaf!
Mansegura
vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su
rostro guapo,
desfigurado
por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se
tambaleó
violentamente,
como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata
de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección,
corrió a
despeñarse
por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había
degollado,
con
la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de
barbería...
Y
Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien
amañado, se entró
en
el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de
triunfo a Sendiño, que
parecía
dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por
atajos de él
conocidos,
en dirección de la frontera portuguesa.
domingo, 3 de mayo de 2026
El gemelo. Emilia Pardo Bazán.
La condesa de Noroña, al recibir y
leer la apremiante esquela de invitación, hizo un movimiento de
contrariedad. ¡Tanto tiempo que no asistía a las fiestas! Desde la
muerte de su esposo: dos años y medio, entre luto y alivio. Parte
por tristeza verdadera, parte por comodidad, se había habituado a no
salir de noche, a recogerse temprano, a no vestirse y a prescindir
del mundo y sus pompas, concentrándose en el amor maternal, en
Diego, su adorado hijo único. Sin embargo, no hay regla sin
excepción: se trataba de la boda de Carlota, la sobrina predilecta,
la ahijada… No cabía negarse.
«Y
lo peor es que han adelantado el día -pensó-. Se casan el
dieciséis… Estamos a diez… Veremos si mañana Pastiche me saca
de este apuro. En una semana bien puede armar sobre raso gris o
violeta mis encajes. Yo no exijo muchos perifollos. Con los encajes y
mis joyas…»
Tocó
un golpe en el timbre y, pasados algunos minutos, acudió la
doncella.
-¿Qué
estabas haciendo? -preguntó la condesa, impaciente.
-Ayudaba
a Gregorio a buscar una cosa que se le ha perdido al señorito.
-Y
¿qué cosa es esa?
-Un
gemelo de los puños. Uno de los de granate que la señora condesa le
regaló hace un mes.
-¡Válgame
Dios! ¡Qué chicos! ¡Perder ya ese gemelo, tan precioso y tan
original como era! No los hay así en Madrid. ¡Bueno! Ya seguiréis
buscando; ahora tráete del armario mayor mis Chantillíes, los
volantes y la berta. No sé en qué estante los habré colocado.
Registra.
La
sirvienta obedeció, no sin hacer a su vez ese involuntario mohín de
sorpresa que producen en los criados ya antiguos en las casas las
órdenes inesperadas que indican variación en el género de vida. Al
retirarse la doncella la dama pasó al amplio dormitorio y tomó de
su secrétaire un llavero, de llaves menudas; se dirigió a otro
mueble, un escritorio-cómoda Imperio, de esos que al bajar la tapa
forman mesa y tienen dentro sólida cajonería, y lo abrió, diciendo
entre sí:
«Suerte
que las he retirado del Banco este invierno… Ya me temía que
saltase algún compromiso.»
Al
introducir la llavecita en uno de los cajones, notó con extrañeza
que estaba abierto.
-¿Es
posible que yo lo dejase así? -murmuró, casi en voz alta.
Era
el primer cajón de la izquierda. La condesa creía haber colocado en
él su gran rama de eglantinas de diamantes. Solo encerraba
chucherías sin valor, un par de relojes de esmalte, papeles de seda
arrugados. La señora, desazonada, turbada, pasó a reconocer los
restantes cajones. Abiertos estaban todos; dos de ellos astillados y
destrozada la cerradura. Las manos de la dama temblaban; frío sudor
humedecía sus sienes. Ya no cabía duda; faltaban de allí todas las
joyas, las hereditarias y las nupciales. Rama de diamantes, sartas de
perlas, collar de chatones, broche de rubíes y diamantes… ¡Robada!
¡Robada!
Una
impresión extraña, conocida de cuantos se han visto en caso
análogo, dominó a la condesa. Por un instante dudó de su memoria,
dudó de la existencia real de los objetos que no veía.
Inmediatamente se le impuso el recuerdo preciso, categórico. ¡Si
hasta tenía presente que al envolver en papeles de seda y algodones
en rama el broche de rubíes, había advertido que parecía sucio, y
que era necesario llevarlo al joyero a que lo limpiase! «Pues el
mueble estaba bien cerrado por fuera -calculó la señora, en cuyo
espíritu se iniciaba ese trabajo de indagatoria que hasta sin querer
verificamos ante un delito-. Ladrón de casa. Alguien que entra aquí
con libertad a cualquier hora; que aprovecha un descuido mío para
apoderarse de mis llaves; que puede pasarse aquí un rato
probándolas… Alguien que sabe como yo misma el sitio en que guardo
mis joyas, su valor, mi costumbre de no usarlas en estos últimos
años.»
Como
rayos de luz dispersos que se reúnen y forman intenso foco, estas
observaciones confluyeron en un nombre:
-¡Lucía!
¡Era
ella! No podía ser nadie más. Las sugestiones de la duda y del bien
pensar no contrarrestaban la abrumadora evidencia. Cierto que Lucía
llevaba en la casa ocho años de excelente servicio. Hija de honrados
arrendadores de la condesa; criada a la sombra de la familia de
Noroña, probada estaba su lealtad por asistencia en enfermedades
graves de los amos, en que había pasado semanas enteras sin
acostarse, velando, entregando su juventud y su salud con la
generosidad fácil de la gente humilde. «Pero -discurría la
condesa- cabe ser muy leal, muy dócil, hasta desinteresado…, y
ceder un día a la tentación de la codicia, dominadora de los demás
instintos. Por algo hay en el mundo llaves, cerrojos, cofres recios;
por algo se vigila siempre al pobre cuando la casualidad o las
circunstancias le ponen en contacto con los tesoros del rico…» En
el cerebro de la condesa, bajo la fuerte impresión del
descubrimiento, la imagen de Lucía se transformaba -fenómeno
psíquico de los más curiosos-. Borrábanse los rasgos de la
criatura buena, sencilla, llena de abnegación, y aparecía una mujer
artera, astuta, codiciosa, que aguardaba, acorazada de hipocresía,
el momento de extender sus largas uñas y arramblar con cuanto
existía en el guardajoyas de su ama…
«Por
eso se sobresaltó la bribona cuando le mandé traer los encajes
-pensó la señora, obedeciendo al instinto humano de explicar en el
sentido de la preocupación dominante cualquier hecho-. Temió que al
necesitar los encajes necesitase las joyas también. ¡Ya, ya!
Espera, que tendrás tu merecido. No quiero ponerme con ella en dimes
y diretes: si la veo llorar, es fácil que me entre lástima, y si le
doy tiempo a pedirme perdón, puedo cometer la tontería de
otorgárselo. Antes que se me pase la indignación, el parte.»
La
dama, trémula, furiosa, sobre la misma tabla de la cómoda-escritorio
trazó con lápiz algunas palabras en una tarjeta, le puso sobre y
dirección, hirió el timbre dos veces, y cuando Gregorio, el ayuda
de cámara, apareció en la puerta, se la entregó.
-Esto,
a la Delegación, ahora mismo.
Sola
otra vez, la condesa volvió a fijarse en los cajones.
«Tiene
fuerza la ladrona -pensó, al ver los dos que habían sido abiertos
violentamente-. Sin duda, en la prisa, no acertó con la llavecita
propia de cada uno, y los forzó. Como yo salgo tan poco de casa y me
paso la vida en ese gabinete…»
Al
sentir los pasos de Lucía que se acercaba, la indignación de la
condesa precipitó el curso de su sangre, que dio, como suele
decirse, un vuelco. Entró la muchacha trayendo una caja chata de
cartón.
-Trabajo
me ha costado hallarlos, señora. Estaban en lo más alto, entre las
colchas de raso y las mantillas.
La
señora no respondió al pronto. Respiraba para que su voz no saliese
de la garganta demasiado alterada y ronca. En la boca revolvía
hieles; en la lengua le hormigueaban insultos. Tenía impulsos de
coger por un brazo a la sirvienta y arrojarla contra la pared. Si le
hubiesen quitado el dinero que las joyas valían, no sentiría tanta
cólera; pero es que eran joyas de familia, el esplendor y el decoro
de la estirpe…, y el tocarlas, un atentado, un ultraje…
Se
domina la voz, se sujeta la lengua, se inmovilizan las manos…; los
ojos, no. La mirada de la condesa buscó, terrible y acusadora, la de
Lucía, y la encontró fija, como hipnotizada, en el
mueble-escritorio, abierto aún, con los cajones fuera. En tono de
asombro, de asombro alegre, impremeditado, la doncella exclamó,
acercándose:
-¡Señora!
¡Señora! Ahí…, en ese cajoncito del escritorio… ¡El gemelo
que faltaba! ¡El gemelo del señorito Diego!
La
condesa abrió la boca, extendió los brazos, comprendió… sin
comprender. Y, rígida, de golpe, cayó hacia atrás, perdido el
conocimiento, casi roto el corazón.
sábado, 21 de marzo de 2026
Consuelos. Emilia Pardo Bazán.
María Vicenta, la costurera, alzó la
cabeza, que tenía caída sobre el pecho, y momentáneamente llevó
sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de entrada. Se oía
ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el
cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en
el suelo, refunfuñando:
-Veintitrés
reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores, bien
pintada...
En
efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María
Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e
interiormente un forro chillón de percalina rosa. No se hacía en
Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera
no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la
vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el
traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de
colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas
amoratadas, señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de
repetir y ampliar su relación.
-Vengo
cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can.
No me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría
prisa la caja, mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre,
echa un vaso, que un vaso en un estante se echa». Pero ni eso,
diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho reales. Cinco los puse
yo de mi dinero...
Incorporóse
María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su
máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana
arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
-Ahí
tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Selme
desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas
perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que
había vuelto a sentarse.
-Aún
es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y,
¡qué carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se
me llevó Dios a cuatro rapaces, y para esos menos tengo que
trabajar. Anda, que moza eres, y cuando vuelva tu mozo de servir al
rey y casedes, verás... ¡A fellas que los chiquillos nácente y
médrante más pronto que los carballos!
-Selme
-respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la
lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.
No
hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena,
fueron entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el
regreso del cantero con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad
de ver la caja bonita, un objeto de lujo. La señora Antonia, la
viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por
ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las
viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar
coplas!
-María
Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando
a la costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor
del Cielo divino un ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está
alegre, el bendito San Antón está que hasta pega gargalladas, y los
demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar como locos. Llega
allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con violines,
panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música!
¡Dichoso dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen
llevado a nosotras, enfelices, que nos hemos pasado la vida sudando
para ganar el triste comer! A tu neno ahora le regala rosquillas la
Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de oro, y de
plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba,
María Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas
desagradecida con el Señor, que tanto bien te hizo!
La
costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la
consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared.
Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo
rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con
tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía
aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...
-¡Apartad,
apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se
desviaron, estremecidas sin saber por qué...
María
Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así
permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se
hubiese dormido. Por fin, la llamaron, la sacudieron, gritaron a su
alrededor:
-¡Los
señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los
señores amos!
Rígida,
muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto,
los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban
costura, la enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran
los amos de la aldea, los dueños de la quinta; un caballero de barba
gris, una dama cuarentona, muy retocada, de traje de percal
incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de encaje negro. La
pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:
-¡Sea
todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la
dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así
se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto...
Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando,
puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio. ¿Por
qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada que
hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la
carretera... Te distraerás con los compañeros en la cocina...
No
hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el
murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora,
entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le
secreteó algo más personal y directo.
-Es
preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado
en tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia,
ni caldo, ni ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como
otros, que en casos así despiden a las muchachas... Hasta el día
antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que
en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el chico, le dabas de
mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto? Pues,
hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se
te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza?
Recíbelo así; a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a
vivir mejor desde ahora. ¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de
antes..., como si no existiera. Y si te persigue, le respondes: «No
me propongas picardías... Soy la madre de un ángel». ¡Si hoy
debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes
allá? Sin coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...
La
madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de
volverse hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión
para meter el cuerpo en la caja. Selme la cerró y la tomó a
cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que hasta el camposanto el
viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero,
y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado
en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto,
regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron
a María Vicenta...
Pegó
un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino
la depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco,
profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María
Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios. Se
retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía, sí. Cumplía
la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada,
a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron,
apurados, confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo
posible para consolarla?
martes, 23 de diciembre de 2025
La argolla. Emilia Pardo Bazán.
Sola ya en la reducida habitación, Leocadia, con mano trémula, desgarró los papeles de seda que envolvían el estuche, se llegó a la ventana, que caía al patio, y oprimió el resorte. La tapa se alzó, y del fondo de azul raso surgió una línea centelleante; las fulguraciones de la pedrería hicieron cerrar los ojos a la joven, deliciosamente deslumbrada. No era falta de costumbre de ver joyas; a cada instante las admiraba, con la admiración impregnada de tristeza de una constante envidia, en gargantas y brazos menos torneados que los suyos. Si aquel brillo le parecía misterioso (el de los tachones de una puerta del cielo), es que se lo representaba alrededor de su brazo propio, como irradiación triunfante de su belleza, como esplendor de su ser femenino.
¡Había pasado tantos años ambicionando algo semejante a lo que significaba aquel estuche! Siempre vestida de desechos laboriosamente refrescados (¡qué ironía en este verbo!); siempre calzada con botas viejas, al través de cuya suela sutil penetraba la humedad del enlodado piso; siempre limpiando guantes innoblemente sucios, con la suciedad ajena, manchados en los bailes por otra mujer; siempre cambiando un lazo o una flor al sombrero de cuatro inviernos o tapando el roto cuello de la talma con una pasamanería aprovechada, verdosa, Leocadia repetía para sí con ira oculta: «¡Ah! ¡Cómo yo pueda algún día!». No sabía de qué modo…, pero estaba cierta de que aquel día iba a llegar, porque su regia hermosura, mariposa de intensos colores, rompía ya el basto capullo.
Recibida Leocadia en casa del opulento negociante Ribelles, como señorita de compañía de sus hijas, el hermano del banquero, solterón más rico aún, al regreso de uno de sus frecuentes viajes al extranjero, hallándola sola cuando volvía de escoltar a sus sobrinas, la detuvo, y sin preámbulo le dijo… lo que adivina el lector.
La conversación pasó frente a un espejo enorme, rodeado de plantas naturales, entre el silencio solemne de la escalera tapizada de grueso terciopelo rojo. Fue lacónica, firme, concreta, por parte de Gaspar; verdad es que Leocadia no titubeó: con dos síes aceptó el convenio.
Se irían juntos a Inglaterra, antes de una semana. Y el brazalete, la hilera de gruesos brillantes, que acababa de ceñir a su muñeca, era la señal, las arras, por decirlo así, del contrato. Se despediría la víspera de la familia Ribelles por medio de una sencilla carta. Ni les debía otra cosa, ni tenía por qué darles cuenta de sus resoluciones. ¡Abur, abur!
Y se complacía mirando el hilo de luz en torno de la muñeca redonda. Alzó la mano hasta el espejo, para divisar en él su brazalete copiado. ¡Ya los tendría de todas clases, muy pronto! Aros de rubíes sangrientos y de zafiros celestes; cadenas de eslabones de oro, entreverados con lágrimas de perlas, como los que se ostentaren en el escaparate de Lacloche…
Mientras pensaba esto, una idea cruzó por su cerebro de mujer a quien la necesidad ha forzado a adquirir cierta cultura —idea confusa, ráfagas de lecturas, recuerdo de la significación de la joya—. Argolla de esclava había sido en otros tiempos, en las primitivas edades, el mágico trazo centelleante que rodeaba su puño… «Ahora significa libertad —pensó—. No volveré a cubrir mi cuerpo con lo que otras no quisieron para el suyo…». Y sentía un profundo goce que le dilataba el pecho, que le enrojecía las mejillas, el disfrute anticipado de tantas preciosidades. Su cutis fino, de puro raso, percibía el contacto de la batista, la caricia muelle del encaje; su garganta, la tibia atmósfera que crean los rizados plumajes y las vivientes pieles; sus orejas de rosa, el toque frío del claro solitario; sus pies airosos, la opresión elástica y crujiente de la malla sedeña…
«No vuelvo a usar algodón —determinó—. Seda, seda no más… Y a docenas los pares… Unos calados; otros, bordados como galas de novia…». Acordóse del equipo de la mayor de las Ribelles, casada el año anterior, y las punzantes de codicia que despertaba tanta riqueza.
A la evocación de las venturas nupciales, un estremecimiento corrió por el espinazo de Leocadia. Ella no era novia… Las novias no lo son por las galas, ni por las joyas, ni siquiera por el amor… Son novias por otra razón.
¡Leocadia no sería novia jamás! Sin embargo, a pesar de sus ansias de desquite y de lujo, acaso por ellas mismas, conservaba su pureza como se conserva lejos del hielo y del cierzo una azucena destinada a marchitarse en una orgía. «Dentro de seis días…», calculó con involuntario horror. La figura de Gaspar brotó, por decirlo así, del fondo oscuro del curtucho, en una especie de alucinación de los sentidos. Leocadia vio a su futuro…
Futuro ¿qué? «Futuro… dueño», articuló, abrasándose la garganta al paso de la voz. El orgullo, el orgullo con anverso de virtud y reverso de vicio, con su dualidad, se irguió en su alma. ¡El tal Gaspar Ribelles! Su barba ya canosa, lustrada de aceite perfumado; su boca, de labios gordos; sus dientes plomizos, restaurados por medio de toquecitos de oro; sus mejillas llenas y encarnadas; su abdomen de ricachón… ¡Qué tipo tan diferente de lo que a menudo, al oír música, después de leer versos, o en la capilla, entre el olor del incienso, soñaba Leocadia! Con la intensidad de un dolor físico, agudo, de una impresión de azotes en las desnudas espaldas, la hirió la certidumbre de que sólo faltaban seis días para la esclavitud… ¡Ah! ¡Cómo aborrecía al mercader! ¡Cómo le aborrecía con todo su ser
sublevado, con epidermis, nervios, fibras, venas, entrañas!…
Un golpe en la puerta del cuarto, y la cara risueña y maliciosa, de monago, de Tomasico, el botones.
—Señorita… Esta carta acaban de traer.
Era un continental: un pliego de papel que tenía por timbre el globo terráqueo, dos hemisferios. Leocadia firmó el sobre, dejó la pluma encima de la mesilla, se acercó a la ventana enrejada y leyó. Según descifraba la misiva aquélla, la fresca palidez de su semblante radioso se teñía de púrpura, rápidamente, como si millares de manos la abofeteasen a la vez:
«Sal esta noche a la calle; te aguardo en la esquina a las diez con un coche. Cenaremos juntos. G.».
El tono imperativo, el grosero tuteo inmotivado, la precaución de la inicial… Leocadia creyó notar que se abría en su corazón una fuente, un chorro de agua limpia, amarga, sana, hervidora, un manantial de indignación, de altivez, de furor, de desprecio. Y debía de ser verdad que la fuente manaba, y se desbordaba, pues ya buscaba desahogo por los ojos.
Lágrimas gruesas, copiosas, bajaban a apagar el incendio de las mejilllas… Hizo trizas el papel; abrió la ventana y al través de la reja lanzó los pedacitos blancos, que revolotearon y fueron a posarse en las losas de la acera. Después, desabrochándose lentamente el ciclo de pedrería, lo miró al través de su llanto, lo tiró al suelo y con sus botitas viejas pisó, volvió a pisar, taconeó, rompió la argolla, haciendo saltar los brillantes de su engaste delicado.





