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sábado, 22 de agosto de 2026

El mascarón. Emilia Pardo Bazán.

No quería señá Cipriana, la prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano viene, con la crisma rota.
El lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito seriecito, del quince o del veinte.
Tanto, sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay, hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en aeroplano, pa llegar más antes.
Por conciencia, el mozo avisó:
-No debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y extraño.
«Como encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros. Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse? No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme «dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto, con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre. Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera interrogó:
-¿Qué se le ofrece?
-¿No tendrá usted unos guantes?
-Veremos si los hay que le sirven.
Revolvió la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo, «un tipazo», como se dice.
Sonriente, el mascarón imploraba.
-¿Querría usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye el codo sobre el mostrador...
Y empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de todos.
Los ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea, húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya aquellos atrevidos ojos!
-¿Es usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No... Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos. Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No -tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas de la vía, ¿verdá usté?
Él estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya inequívoco, murmuró:
-¡A ver! ¡Cosas de la vía!
Las palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que preguntaba ávidamente:
-¿Y usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya! Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular, ¡no se crea usté!
En otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes, eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente, enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de unos labios sobre su mejilla sofocada...
El mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile... Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh? ¡La simpatía...!
Sin esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de bravía honradez:
-No, no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye usted...?
Él la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio, débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de la económica prendera.
El mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia, cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía, sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen las joyas!
Salió luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave; arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien creyó ver el Amor, era la Muerte.


sábado, 11 de julio de 2026

El mundo. Emilia Pardo Bazán.

Las dos hermanas se encontraron en el estrecho pasillo; casi se tropezaron, y se dieron un beso, siendo de cariño a pesar de lo tristes que estaban. La mayor, Dionisia, venía del cuarto de la madre enferma, trayendo una taza de caldo vacía ya; la menor, Germana, de la cocina, de calentar por sus manos un parche cáustico. La penosa y quebrantadora faena de enfermeras, la vigilia y las inquietudes habían empalidecido y ajado sus caras graciosas, donde esplendía, antes, fresca y atractiva, la «belleza del diablo».
-¿Cómo queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sabes?
-¿Recado al médico?
-No quiere.
-¡Aunque no quiera...!
Suplicantes, momentos después balbuceaban al oído de la paciente... Era necesario que viniese el doctor; con que recetase un calmante, aquel acceso pasaría...
Respiroteaba la señora como pez a quien sacan de su elemento y dejan temblar sobre la playa en anhelo agónico. Desmadejada, azulosa la tez, sus labios morados se abrían desmesuradamente, queriendo beberse todo el aire del mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la auxiliaban como podían; dábanle fricciones suaves, la incorporaban, abrían la ventana de par en par. El parche, olvidado, se enfriaba sobre la mesa de noche. Al fin se aquietó un poco; la respiración era más fácil y franca. Pudo hablar:
-Ahorrad médico. Lo indispensable. Acordaos de que cada visita cuesta un duro.
Ante el gesto de desinterés de indiferencia de las muchachas, la señora añadió, no sin esfuerzo doloroso, terrible:
-Es que no sabéis de la misa la media... Creéis que únicamente hemos bajado de posición... Ayer me entregasteis carta del tío Manolo, que ha terminado la liquidación de nuestra fortuna... Estamos completamente arruinadas, y aún peor: estamos alcanzadas en seis mil y pico de duros. ¿Qué tal?... Llamad médico, llamad médico... ¡Si al fin yo duraré pocos días, y no hay médico en el mundo que pueda curarme! Con este golpe..., lo he sentido; se me ha descompuesto algo dentro, en el corazón... ¡Pobres pequeñas mías! ¡Ánimo, no lloréis!...
Era tardío el encargo, Dionisia y Germana, abrazadas, se mojaban recíprocamente los rostros con el llanto ardiente y salado de las grandes amarguras... La primera en dominarse fue la menor; arrastró fuera de la habitación a la mayor y la llevó hacia una salita amueblada con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué va a ser de nosotras? -tartamudeó hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos -decidió Germana prontamente-. Y desde hoy mismo. No en balde nos llaman Manitas de oro. No creas que aguardaré a que mamá se muera, a que nos echen de esta casa y perdamos nuestra única esperanza de salvación.
-Y, por mucho que trabajemos, ¿crees tú que sacaremos para vivir?
-De seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y los intereses de la deuda de los seis mil? Porque hay que pagarlos, ¿entiendes?
-¡Vaya si hay que pagarlos! -murmuró pensativa, lacrimosa, Germana-. No vamos a dejar en vergüenza la memoria de mamá. Sólo que entonces..., habrá que trabajar de otro modo.
-¿De qué modo? -interrogó, recelosa, Dionisia.
-Yo me entiendo.
-No vayas a hacer una de las tuyas...
Vistiose Germana con elegancia y coquetería: traje sastre de fino paño marrón; toca azul, donde anidaba un pajarito tornasolado; tomó un coche y fue recorriendo las casas de las amigas de antaño, que se mostraban frías o, por lo menos, alejadas, desde el momento en que «las de Ramos» se encontraron en mala situación económica... Donde la recibían, Germana entraba decidida, sonriente bajo el velito de motas; un ramillo de violetas naturales, preso en la solapa, la anunciaba con la discreta brisa de su perfume; y soltaba el discurso, no en tono suplicante, sino como el que pide lo que se le debe.
-No estamos lo que se dice en grave apuro, eso no; sin embargo, hemos sufrido pérdidas... ¡Figúrate que vivíamos con tanto lujo...! Cuesta, cuesta el acostumbrarse a recortar gastos. Echamos de menos el coche, los abonos, los viajes. En vista de esto -añadía precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y precaución que iban cubriendo la faz de su interlocutora-, hemos resuelto ser en breve más ricas que nunca. Yo tengo disposición, buen gusto, algo de chic. He aceptado la representación de una modista muy elegante de Biarritz, la que nos vestía antes; este traje es de ella... Reproduciremos aquí sus modelos con alguna rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y los sombreros; todo completo. Pago, eso sí, al contado; la modista nos lo exige... Hemos montado taller. Conque, querida, a ver si nos ayudas..., ¿eh? No te pido otro favor... Es en ventaja tuya; vestirás bien con menos sacrificio, y lo que lleves será igual, como que es el modelo, a lo que otras traigan de casa madama Lagazc... Te dejo las señas. Corre la voz... Ven a casa a ver los modelitos...
Los confeccionó ella misma, con trapos suyos, sobre maniquíes de alambre de unas cuantas pulgadas de alto. Había el traje de sociedad, el de calle, el de abrigo y hasta el alborotado, insolente, enorme sombrero. La fiebre de la inspiración hacía que Germana ni tuviese tiempo de notar que su madre empeoraba. Dionisia, desesperanzada y temblona, lloraba por los rincones. Germana, valerosa, esperaba las parroquianas seguras. Al espejuelo de la elegancia extranjera, la mujer acude, y acudió. Dos antiguas amigas se encargaron trajes sastre; tres o cuatro desconocidas, abrigos y sombreros; una dama de alto copete pidió el traje de sociedad muy aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en la Embajada de Rusia...
-Oye, Dionisia -suplicó Germana, con voz rota por la emoción-: coge, sin que mamá te vea, todo el dinero que tenga ella en su armario... hay que adelantar tela, los adornos...
-No me atrevo... ¡Coger, así, del armario! ¡Las economías de mamá!
-¿Prefieres pedir limosna?
La energía sugestiona, la resolución fascina. Dionisia se apoderó de la cantidad, y los trajes empezaron a surgir. Las hermanas no dormían, no comían ni vivían. La enferma hubo de notar algo extraño.
-¿Qué os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me deja Germana sola tanto tiempo? ¿A qué se dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una mañana, el ahogo de la señora fue más largo, o las fuerzas se hallaban más agotadas tal vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la inerte cabeza de la madre, libre ya de penas y sufrimientos, bañada en eterno reposo. Las hijas, arrodillándose al pie de la cama, sollozaban sin consuelo. Se oyó sonar la campanilla imperiosamente.
-¡Llaman!... -gimió Dionisia.
-¡Es la parroquiana del traje de sociedad!... ¡La había citado a esta hora! Viene a probar -hipó Germana, levantándose.
-¿Vas a recibirla? -reprobó la hermana mayor.
-¡Ya lo creo!...
Y Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa.
-¿Llora usted? -preguntábale entre compadecida y curiosa la cliente, mientras ahuecaba con el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para señalar la arruga.
-Sí, señora. Acabo de saber que se me ha muerto una parienta... allá en Andalucía.
-¿Cercana?
No mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a la señora el escote bajo, o sin hombreras? Ahora se llevan poco...
-Más bajito..., así... Que no me falte usted mañana, ¿eh? Espero el vestido por la tarde...
Al día siguiente -horas después del entierro- Germana cobraba la primera toilette de las que hicieron la reputación de las famosas hermanas Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas trescientas pesetas.
-Si yo confieso mi verdadera situación -decíame Germana, al referirme su escondida tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan unas «perras» de limosna... Hay que pedir con soberbia y para lujo; no para comer...


domingo, 14 de junio de 2026

El alambre. Emilia Pardo Bazán.

Siempre que ocurría algo superior a la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban, como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en ganado
vacuno. ¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando vieron al señorito
Roberto Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que el
diablo lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no preguntaba, y
hasta ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador furtivo injerto
en contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal de mercar un
rollo de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el rollo en la
derecha, su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al hombro,
contraída la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa a la
consabida endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz fuera de
este rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar, allí sí que
encontraríades invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta para
descalzar las hay!
Con estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién se rascaba la
oreja, quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de soltar una
risilla insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna, guardándose el
alambre en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de risotadas, y
chuscando un ojo añadió socarronamente:
-¡A largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner claro lo que es ese
coche de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo. ¿Vístedes vos el camino
de fierro?
-Yo, no... yo, no...
-Yo, sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo, a modo de
reló... Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero ¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por todas las carreteras,
hom? ¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En eso.
-Y eso..., ¿qué es?
-Que va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío Manuel, echando
a andar en busca de su yegua.
No quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio para quien lleva
dinero en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de hombros,
mofándose, tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a emprender
también la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella criatura: su mujer,
hallándose recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar a los
civiles, que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal.
Solo en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y ahora se le caía la
baba viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro cazador, otro
merodeador, sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil ya en
ardides y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para descubrir
dónde ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles granos de
maíz, hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con tal retoño, y le
enseñaba nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que despertaba en
Jácome, bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón, palpitaciones de humana
ternura.
Apenas echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el chico,
traveseando, corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El padre, con
el instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo los espesos pinares,
las madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes pedregosos de
la montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba en esta hipótesis,
cuando un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura se echó la
carabina a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría, brincó, tomó
vuelo, se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro, portando la
caza. A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada de las patas
traseras, una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un grupo,
admirando la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la blanca y densa
piel de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes orejas pendían;
sus ojos se vidriaban.
-¡Careta, lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose de vanidad
paternal, porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia de la destrucción y
la victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el vigilante contrabandista,
habituado al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito, semejante al
resuello y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima ya al
monstruo, ¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su bocina. Jácome,
instintivamente, saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a Sendo; a
su lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de Judas» ni rastro, ni señal
en el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía de bruces, la cara
contra la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició... El niño le
blandeaba en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las formas que
adopta la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin llanto, al cielo, que
consentía aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó el hombre
de lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz. Cerró los puños y
amenazó en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá don Roberto! ¡Se
lo prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo más oculto del
pinar, depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto colocó la
carabina, y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a la carretera, y
recorrió un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una revuelta
violenta se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos avanzaban
sus ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a secundar a
Mansegura. Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo, midió, cortó
con su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo afianzó a una rama
sólidamente, ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama que
permitiese tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras practicaba estas
operaciones, atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera desierta;
por allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por precaución, sin embargo,
Jácome no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado se tumbó en
el pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa, aguardando. Dos veces
saltó y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo», un cura, una
pareja a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados y
contentos. La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían los
pájaros o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate redoblar el oído
del contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del impulsivo, se incorporó,
amarró firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso. Si se
descuida, ¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador. ¡Taaf!
Mansegura vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su rostro guapo,
desfigurado por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se tambaleó
violentamente, como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección, corrió a
despeñarse por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había degollado,
con la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de barbería...
Y Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien amañado, se entró
en el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de triunfo a Sendiño, que
parecía dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por atajos de él
conocidos, en dirección de la frontera portuguesa.

 

domingo, 3 de mayo de 2026

El gemelo. Emilia Pardo Bazán.

La condesa de Noroña, al recibir y leer la apremiante esquela de invitación, hizo un movimiento de contrariedad. ¡Tanto tiempo que no asistía a las fiestas! Desde la muerte de su esposo: dos años y medio, entre luto y alivio. Parte por tristeza verdadera, parte por comodidad, se había habituado a no salir de noche, a recogerse temprano, a no vestirse y a prescindir del mundo y sus pompas, concentrándose en el amor maternal, en Diego, su adorado hijo único. Sin embargo, no hay regla sin excepción: se trataba de la boda de Carlota, la sobrina predilecta, la ahijada… No cabía negarse.
«Y lo peor es que han adelantado el día -pensó-. Se casan el dieciséis… Estamos a diez… Veremos si mañana Pastiche me saca de este apuro. En una semana bien puede armar sobre raso gris o violeta mis encajes. Yo no exijo muchos perifollos. Con los encajes y mis joyas…»
Tocó un golpe en el timbre y, pasados algunos minutos, acudió la doncella.
-¿Qué estabas haciendo? -preguntó la condesa, impaciente.
-Ayudaba a Gregorio a buscar una cosa que se le ha perdido al señorito.
-Y ¿qué cosa es esa?
-Un gemelo de los puños. Uno de los de granate que la señora condesa le regaló hace un mes.
-¡Válgame Dios! ¡Qué chicos! ¡Perder ya ese gemelo, tan precioso y tan original como era! No los hay así en Madrid. ¡Bueno! Ya seguiréis buscando; ahora tráete del armario mayor mis Chantillíes, los volantes y la berta. No sé en qué estante los habré colocado. Registra.
La sirvienta obedeció, no sin hacer a su vez ese involuntario mohín de sorpresa que producen en los criados ya antiguos en las casas las órdenes inesperadas que indican variación en el género de vida. Al retirarse la doncella la dama pasó al amplio dormitorio y tomó de su secrétaire un llavero, de llaves menudas; se dirigió a otro mueble, un escritorio-cómoda Imperio, de esos que al bajar la tapa forman mesa y tienen dentro sólida cajonería, y lo abrió, diciendo entre sí:
«Suerte que las he retirado del Banco este invierno… Ya me temía que saltase algún compromiso.»
Al introducir la llavecita en uno de los cajones, notó con extrañeza que estaba abierto.
-¿Es posible que yo lo dejase así? -murmuró, casi en voz alta.
Era el primer cajón de la izquierda. La condesa creía haber colocado en él su gran rama de eglantinas de diamantes. Solo encerraba chucherías sin valor, un par de relojes de esmalte, papeles de seda arrugados. La señora, desazonada, turbada, pasó a reconocer los restantes cajones. Abiertos estaban todos; dos de ellos astillados y destrozada la cerradura. Las manos de la dama temblaban; frío sudor humedecía sus sienes. Ya no cabía duda; faltaban de allí todas las joyas, las hereditarias y las nupciales. Rama de diamantes, sartas de perlas, collar de chatones, broche de rubíes y diamantes… ¡Robada! ¡Robada!
Una impresión extraña, conocida de cuantos se han visto en caso análogo, dominó a la condesa. Por un instante dudó de su memoria, dudó de la existencia real de los objetos que no veía. Inmediatamente se le impuso el recuerdo preciso, categórico. ¡Si hasta tenía presente que al envolver en papeles de seda y algodones en rama el broche de rubíes, había advertido que parecía sucio, y que era necesario llevarlo al joyero a que lo limpiase! «Pues el mueble estaba bien cerrado por fuera -calculó la señora, en cuyo espíritu se iniciaba ese trabajo de indagatoria que hasta sin querer verificamos ante un delito-. Ladrón de casa. Alguien que entra aquí con libertad a cualquier hora; que aprovecha un descuido mío para apoderarse de mis llaves; que puede pasarse aquí un rato probándolas… Alguien que sabe como yo misma el sitio en que guardo mis joyas, su valor, mi costumbre de no usarlas en estos últimos años.»
Como rayos de luz dispersos que se reúnen y forman intenso foco, estas observaciones confluyeron en un nombre:
-¡Lucía!
¡Era ella! No podía ser nadie más. Las sugestiones de la duda y del bien pensar no contrarrestaban la abrumadora evidencia. Cierto que Lucía llevaba en la casa ocho años de excelente servicio. Hija de honrados arrendadores de la condesa; criada a la sombra de la familia de Noroña, probada estaba su lealtad por asistencia en enfermedades graves de los amos, en que había pasado semanas enteras sin acostarse, velando, entregando su juventud y su salud con la generosidad fácil de la gente humilde. «Pero -discurría la condesa- cabe ser muy leal, muy dócil, hasta desinteresado…, y ceder un día a la tentación de la codicia, dominadora de los demás instintos. Por algo hay en el mundo llaves, cerrojos, cofres recios; por algo se vigila siempre al pobre cuando la casualidad o las circunstancias le ponen en contacto con los tesoros del rico…» En el cerebro de la condesa, bajo la fuerte impresión del descubrimiento, la imagen de Lucía se transformaba -fenómeno psíquico de los más curiosos-. Borrábanse los rasgos de la criatura buena, sencilla, llena de abnegación, y aparecía una mujer artera, astuta, codiciosa, que aguardaba, acorazada de hipocresía, el momento de extender sus largas uñas y arramblar con cuanto existía en el guardajoyas de su ama…
«Por eso se sobresaltó la bribona cuando le mandé traer los encajes -pensó la señora, obedeciendo al instinto humano de explicar en el sentido de la preocupación dominante cualquier hecho-. Temió que al necesitar los encajes necesitase las joyas también. ¡Ya, ya! Espera, que tendrás tu merecido. No quiero ponerme con ella en dimes y diretes: si la veo llorar, es fácil que me entre lástima, y si le doy tiempo a pedirme perdón, puedo cometer la tontería de otorgárselo. Antes que se me pase la indignación, el parte.»
La dama, trémula, furiosa, sobre la misma tabla de la cómoda-escritorio trazó con lápiz algunas palabras en una tarjeta, le puso sobre y dirección, hirió el timbre dos veces, y cuando Gregorio, el ayuda de cámara, apareció en la puerta, se la entregó.
-Esto, a la Delegación, ahora mismo.
Sola otra vez, la condesa volvió a fijarse en los cajones.
«Tiene fuerza la ladrona -pensó, al ver los dos que habían sido abiertos violentamente-. Sin duda, en la prisa, no acertó con la llavecita propia de cada uno, y los forzó. Como yo salgo tan poco de casa y me paso la vida en ese gabinete…»
Al sentir los pasos de Lucía que se acercaba, la indignación de la condesa precipitó el curso de su sangre, que dio, como suele decirse, un vuelco. Entró la muchacha trayendo una caja chata de cartón.
-Trabajo me ha costado hallarlos, señora. Estaban en lo más alto, entre las colchas de raso y las mantillas.
La señora no respondió al pronto. Respiraba para que su voz no saliese de la garganta demasiado alterada y ronca. En la boca revolvía hieles; en la lengua le hormigueaban insultos. Tenía impulsos de coger por un brazo a la sirvienta y arrojarla contra la pared. Si le hubiesen quitado el dinero que las joyas valían, no sentiría tanta cólera; pero es que eran joyas de familia, el esplendor y el decoro de la estirpe…, y el tocarlas, un atentado, un ultraje…
Se domina la voz, se sujeta la lengua, se inmovilizan las manos…; los ojos, no. La mirada de la condesa buscó, terrible y acusadora, la de Lucía, y la encontró fija, como hipnotizada, en el mueble-escritorio, abierto aún, con los cajones fuera. En tono de asombro, de asombro alegre, impremeditado, la doncella exclamó, acercándose:
-¡Señora! ¡Señora! Ahí…, en ese cajoncito del escritorio… ¡El gemelo que faltaba! ¡El gemelo del señorito Diego!
La condesa abrió la boca, extendió los brazos, comprendió… sin comprender. Y, rígida, de golpe, cayó hacia atrás, perdido el conocimiento, casi roto el corazón.


sábado, 21 de marzo de 2026

Consuelos. Emilia Pardo Bazán.

María Vicenta, la costurera, alzó la cabeza, que tenía caída sobre el pecho, y momentáneamente llevó sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de entrada. Se oía ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en el suelo, refunfuñando:
-Veintitrés reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores, bien pintada...
En efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e interiormente un forro chillón de percalina rosa. No se hacía en Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas amoratadas, señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de repetir y ampliar su relación.
-Vengo cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can. No me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría prisa la caja, mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre, echa un vaso, que un vaso en un estante se echa». Pero ni eso, diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho reales. Cinco los puse yo de mi dinero...
Incorporóse María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
-Ahí tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Selme desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que había vuelto a sentarse.
-Aún es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y, ¡qué carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se me llevó Dios a cuatro rapaces, y para esos menos tengo que trabajar. Anda, que moza eres, y cuando vuelva tu mozo de servir al rey y casedes, verás... ¡A fellas que los chiquillos nácente y médrante más pronto que los carballos!
-Selme -respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.
No hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena, fueron entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el regreso del cantero con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad de ver la caja bonita, un objeto de lujo. La señora Antonia, la viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar coplas!
-María Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando a la costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor del Cielo divino un ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está alegre, el bendito San Antón está que hasta pega gargalladas, y los demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar como locos. Llega allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con violines, panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música! ¡Dichoso dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen llevado a nosotras, enfelices, que nos hemos pasado la vida sudando para ganar el triste comer! A tu neno ahora le regala rosquillas la Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de oro, y de plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba, María Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas desagradecida con el Señor, que tanto bien te hizo!
La costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared. Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...
-¡Apartad, apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se desviaron, estremecidas sin saber por qué...
María Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se hubiese dormido. Por fin, la llamaron, la sacudieron, gritaron a su alrededor:
-¡Los señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los señores amos!
Rígida, muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto, los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban costura, la enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran los amos de la aldea, los dueños de la quinta; un caballero de barba gris, una dama cuarentona, muy retocada, de traje de percal incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de encaje negro. La pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:
-¡Sea todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto... Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando, puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio. ¿Por qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada que hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la carretera... Te distraerás con los compañeros en la cocina...
No hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora, entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le secreteó algo más personal y directo.
-Es preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado en tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia, ni caldo, ni ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como otros, que en casos así despiden a las muchachas... Hasta el día antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el chico, le dabas de mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto? Pues, hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza? Recíbelo así; a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a vivir mejor desde ahora. ¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de antes..., como si no existiera. Y si te persigue, le respondes: «No me propongas picardías... Soy la madre de un ángel». ¡Si hoy debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes allá? Sin coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...
La madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de volverse hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión para meter el cuerpo en la caja. Selme la cerró y la tomó a cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que hasta el camposanto el viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero, y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto, regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron a María Vicenta...
Pegó un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino la depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco, profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios. Se retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía, sí. Cumplía la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada, a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron, apurados, confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo posible para consolarla?


martes, 23 de diciembre de 2025

La argolla. Emilia Pardo Bazán.

Sola ya en la reducida habitación, Leocadia, con mano trémula, desgarró los papeles de seda que envolvían el estuche, se llegó a la ventana, que caía al patio, y oprimió el resorte. La tapa se alzó, y del fondo de azul raso surgió una línea centelleante; las fulguraciones de la pedrería hicieron cerrar los ojos a la joven, deliciosamente deslumbrada. No era falta de costumbre de ver joyas; a cada instante las admiraba, con la admiración impregnada de tristeza de una constante envidia, en gargantas y brazos menos torneados que los suyos. Si aquel brillo le parecía misterioso (el de los tachones de una puerta del cielo), es que se lo representaba alrededor de su brazo propio, como irradiación triunfante de su belleza, como esplendor de su ser femenino.
¡Había pasado tantos años ambicionando algo semejante a lo que significaba aquel estuche! Siempre vestida de desechos laboriosamente refrescados (¡qué ironía en este verbo!); siempre calzada con botas viejas, al través de cuya suela sutil penetraba la humedad del enlodado piso; siempre limpiando guantes innoblemente sucios, con la suciedad ajena, manchados en los bailes por otra mujer; siempre cambiando un lazo o una flor al sombrero de cuatro inviernos o tapando el roto cuello de la talma con una pasamanería aprovechada, verdosa, Leocadia repetía para sí con ira oculta: «¡Ah! ¡Cómo yo pueda algún día!». No sabía de qué modo…, pero estaba cierta de que aquel día iba a llegar, porque su regia hermosura, mariposa de intensos colores, rompía ya el basto capullo.
Recibida Leocadia en casa del opulento negociante Ribelles, como señorita de compañía de sus hijas, el hermano del banquero, solterón más rico aún, al regreso de uno de sus frecuentes viajes al extranjero, hallándola sola cuando volvía de escoltar a sus sobrinas, la detuvo, y sin preámbulo le dijo… lo que adivina el lector.
La conversación pasó frente a un espejo enorme, rodeado de plantas naturales, entre el silencio solemne de la escalera tapizada de grueso terciopelo rojo. Fue lacónica, firme, concreta, por parte de Gaspar; verdad es que Leocadia no titubeó: con dos síes aceptó el convenio.
Se irían juntos a Inglaterra, antes de una semana. Y el brazalete, la hilera de gruesos brillantes, que acababa de ceñir a su muñeca, era la señal, las arras, por decirlo así, del contrato. Se despediría la víspera de la familia Ribelles por medio de una sencilla carta. Ni les debía otra cosa, ni tenía por qué darles cuenta de sus resoluciones. ¡Abur, abur!
Y se complacía mirando el hilo de luz en torno de la muñeca redonda. Alzó la mano hasta el espejo, para divisar en él su brazalete copiado. ¡Ya los tendría de todas clases, muy pronto! Aros de rubíes sangrientos y de zafiros celestes; cadenas de eslabones de oro, entreverados con lágrimas de perlas, como los que se ostentaren en el escaparate de Lacloche…
Mientras pensaba esto, una idea cruzó por su cerebro de mujer a quien la necesidad ha forzado a adquirir cierta cultura —idea confusa, ráfagas de lecturas, recuerdo de la significación de la joya—. Argolla de esclava había sido en otros tiempos, en las primitivas edades, el mágico trazo centelleante que rodeaba su puño… «Ahora significa libertad —pensó—. No volveré a cubrir mi cuerpo con lo que otras no quisieron para el suyo…». Y sentía un profundo goce que le dilataba el pecho, que le enrojecía las mejillas, el disfrute anticipado de tantas preciosidades. Su cutis fino, de puro raso, percibía el contacto de la batista, la caricia muelle del encaje; su garganta, la tibia atmósfera que crean los rizados plumajes y las vivientes pieles; sus orejas de rosa, el toque frío del claro solitario; sus pies airosos, la opresión elástica y crujiente de la malla sedeña…
«No vuelvo a usar algodón —determinó—. Seda, seda no más… Y a docenas los pares… Unos calados; otros, bordados como galas de novia…». Acordóse del equipo de la mayor de las Ribelles, casada el año anterior, y las punzantes de codicia que despertaba tanta riqueza.
A la evocación de las venturas nupciales, un estremecimiento corrió por el espinazo de Leocadia. Ella no era novia… Las novias no lo son por las galas, ni por las joyas, ni siquiera por el amor… Son novias por otra razón.
¡Leocadia no sería novia jamás! Sin embargo, a pesar de sus ansias de desquite y de lujo, acaso por ellas mismas, conservaba su pureza como se conserva lejos del hielo y del cierzo una azucena destinada a marchitarse en una orgía. «Dentro de seis días…», calculó con involuntario horror. La figura de Gaspar brotó, por decirlo así, del fondo oscuro del curtucho, en una especie de alucinación de los sentidos. Leocadia vio a su futuro…
Futuro ¿qué? «Futuro… dueño», articuló, abrasándose la garganta al paso de la voz. El orgullo, el orgullo con anverso de virtud y reverso de vicio, con su dualidad, se irguió en su alma. ¡El tal Gaspar Ribelles! Su barba ya canosa, lustrada de aceite perfumado; su boca, de labios gordos; sus dientes plomizos, restaurados por medio de toquecitos de oro; sus mejillas llenas y encarnadas; su abdomen de ricachón… ¡Qué tipo tan diferente de lo que a menudo, al oír música, después de leer versos, o en la capilla, entre el olor del incienso, soñaba Leocadia! Con la intensidad de un dolor físico, agudo, de una impresión de azotes en las desnudas espaldas, la hirió la certidumbre de que sólo faltaban seis días para la esclavitud… ¡Ah! ¡Cómo aborrecía al mercader! ¡Cómo le aborrecía con todo su ser
sublevado, con epidermis, nervios, fibras, venas, entrañas!…
Un golpe en la puerta del cuarto, y la cara risueña y maliciosa, de monago, de Tomasico, el botones.
—Señorita… Esta carta acaban de traer.
Era un continental: un pliego de papel que tenía por timbre el globo terráqueo, dos hemisferios. Leocadia firmó el sobre, dejó la pluma encima de la mesilla, se acercó a la ventana enrejada y leyó. Según descifraba la misiva aquélla, la fresca palidez de su semblante radioso se teñía de púrpura, rápidamente, como si millares de manos la abofeteasen a la vez:
«Sal esta noche a la calle; te aguardo en la esquina a las diez con un coche. Cenaremos juntos. G.».
El tono imperativo, el grosero tuteo inmotivado, la precaución de la inicial… Leocadia creyó notar que se abría en su corazón una fuente, un chorro de agua limpia, amarga, sana, hervidora, un manantial de indignación, de altivez, de furor, de desprecio. Y debía de ser verdad que la fuente manaba, y se desbordaba, pues ya buscaba desahogo por los ojos.
Lágrimas gruesas, copiosas, bajaban a apagar el incendio de las mejilllas… Hizo trizas el papel; abrió la ventana y al través de la reja lanzó los pedacitos blancos, que revolotearon y fueron a posarse en las losas de la acera. Después, desabrochándose lentamente el ciclo de pedrería, lo miró al través de su llanto, lo tiró al suelo y con sus botitas viejas pisó, volvió a pisar, taconeó, rompió la argolla, haciendo saltar los brillantes de su engaste delicado.