María Vicenta, la costurera, alzó la
cabeza, que tenía caída sobre el pecho, y momentáneamente llevó
sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de entrada. Se oía
ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el
cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en
el suelo, refunfuñando:
-Veintitrés
reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores, bien
pintada...
En
efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María
Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e
interiormente un forro chillón de percalina rosa. No se hacía en
Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera
no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la
vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el
traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de
colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas
amoratadas, señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de
repetir y ampliar su relación.
-Vengo
cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can.
No me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría
prisa la caja, mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre,
echa un vaso, que un vaso en un estante se echa». Pero ni eso,
diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho reales. Cinco los puse
yo de mi dinero...
Incorporóse
María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su
máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana
arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
-Ahí
tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Selme
desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas
perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que
había vuelto a sentarse.
-Aún
es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y,
¡qué carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se
me llevó Dios a cuatro rapaces, y para esos menos tengo que
trabajar. Anda, que moza eres, y cuando vuelva tu mozo de servir al
rey y casedes, verás... ¡A fellas que los chiquillos nácente y
médrante más pronto que los carballos!
-Selme
-respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la
lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.
No
hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena,
fueron entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el
regreso del cantero con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad
de ver la caja bonita, un objeto de lujo. La señora Antonia, la
viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por
ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las
viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar
coplas!
-María
Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando
a la costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor
del Cielo divino un ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está
alegre, el bendito San Antón está que hasta pega gargalladas, y los
demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar como locos. Llega
allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con violines,
panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música!
¡Dichoso dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen
llevado a nosotras, enfelices, que nos hemos pasado la vida sudando
para ganar el triste comer! A tu neno ahora le regala rosquillas la
Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de oro, y de
plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba,
María Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas
desagradecida con el Señor, que tanto bien te hizo!
La
costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la
consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared.
Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo
rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con
tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía
aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...
-¡Apartad,
apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se
desviaron, estremecidas sin saber por qué...
María
Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así
permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se
hubiese dormido. Por fin, la llamaron, la sacudieron, gritaron a su
alrededor:
-¡Los
señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los
señores amos!
Rígida,
muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto,
los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban
costura, la enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran
los amos de la aldea, los dueños de la quinta; un caballero de barba
gris, una dama cuarentona, muy retocada, de traje de percal
incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de encaje negro. La
pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:
-¡Sea
todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la
dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así
se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto...
Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando,
puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio. ¿Por
qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada que
hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la
carretera... Te distraerás con los compañeros en la cocina...
No
hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el
murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora,
entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le
secreteó algo más personal y directo.
-Es
preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado
en tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia,
ni caldo, ni ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como
otros, que en casos así despiden a las muchachas... Hasta el día
antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que
en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el chico, le dabas de
mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto? Pues,
hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se
te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza?
Recíbelo así; a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a
vivir mejor desde ahora. ¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de
antes..., como si no existiera. Y si te persigue, le respondes: «No
me propongas picardías... Soy la madre de un ángel». ¡Si hoy
debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes
allá? Sin coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...
La
madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de
volverse hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión
para meter el cuerpo en la caja. Selme la cerró y la tomó a
cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que hasta el camposanto el
viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero,
y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado
en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto,
regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron
a María Vicenta...
Pegó
un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino
la depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco,
profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María
Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios. Se
retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía, sí. Cumplía
la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada,
a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron,
apurados, confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo
posible para consolarla?
sábado, 21 de marzo de 2026
Consuelos. Emilia Pardo Bazán.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario