domingo, 8 de marzo de 2026

La vida instrucciones de uso (Capítulo LXXXIII). Georges Perec.

Hutting, 3
La habitación de Hutting, instalada en el altillo de su gran estudio, corresponde más o menos a la antigua habitación de servicio n.º 12, en la que vivió, hasta finales de 1949, un matrimonio muy viejo al que llamaban los Honoré; Honoré era en realidad el nombre de pila del marido, pero nadie, salvo quizá la señora Claveau y los Gratiolet, conocía su apellido —Marcion— ni usaba el nombre de pila de la mujer, Corinne, a quien todos los vecinos se empeñaban en llamar señora Honoré.
Hasta mil novecientos veintiséis los Honoré sirvieron en casa de los Danglars. Honoré era mayordomo y la señora Honoré cocinera, una cocinera a la antigua, que llevaba en cualquier época del año un pañuelo de indiana prendido con un alfiler a la espalda, un gorro que le cubría los cabellos, medias grises, enaguas rojas y, encima de la blusa, una delantal de peto. Completaba el servicio de los Danglars una tercera criada; era Célia Crespi, que había sido contratada como doncella unos meses antes.
El tres de enero de mil novecientos veintiséis, unos diez días después del incendio que había destruido el gabinete de la señora Danglars, Célia Crespi, al ir a empezar su jornada sobre las siete de la mañana, se encontró con el piso vacío. Por lo visto, los Danglars habían metido unos cuantos objetos de primera necesidad en tres maletas y se habían marchado sin avisar.
La desaparición de un presidente segundo del Tribunal de Apelación no podía constituir un hecho anodino y al día siguiente empezaron a correr los rumores sobre lo que, de buenas a primeras, se dio en llamar el caso Danglars: ¿Era cierto que se habían proferido amenazas contra el magistrado? ¿Era cierto que desde hacía más de dos meses lo andaban siguiendo unos policías vestidos de paisano? ¿Era cierto que se había efectuado un registro en su despacho del Palacio de Justicia a pesar de una prohibición formal notificada al prefecto de policía por el propio ministro de Justicia? Fueron las preguntas que, encabezada por los periódicos satíricos, formuló la prensa multitudinaria con su acostumbrado sentido del escándalo y su sensacionalismo.
La respuesta llegó al cabo de una semana: el Ministerio del Interior publicó un comunicado anunciando que Berthe y Maximilien Danglars habían sido detenidos el cinco de enero, cuando intentaban entrar clandestinamente en Suiza. Y se enteró el público, estupefacto, de que, desde el final de la guerra, el alto magistrado y su esposa habían cometido unos treinta robos a cual más audaz.
No era por interés por lo que robaban los Danglars sino más bien, a semejanza de todos esos casos descritos con abundancia de detalles por la literatura psicopatológica, porque los peligros que corrían al cometer aquellos robos les procuraban una exaltación y una excitación de índole propiamente erótica y de intensidad excepcional. Aquel matrimonio de grandes burgueses rígidos que siempre habían tenido unas relaciones a lo Gauthier-Shandy (una vez por semana, después de darle cuerda al reloj de chimenea, Maximilien Danglars cumplía su deber conyugal) descubrió que el robar en público un objeto de gran valor desencadenaba en uno y otro una especie de embriaguez libidinosa que pronto se convirtió en su razón de existir.
Habían tenido la revelación de aquella pulsión común de modo totalmente fortuito; un día, acompañando a su marido a Cleray, para que escogiera una cigarrera, la señora Danglars, presa de un trastorno y un pavor irresistibles y mirando directamente a los ojos a la dependienta que los atendía, había robado una hebilla de cinturón de concha. No era más que un hurto de lujo, pero, cuando aquella misma noche se lo confesó a su marido, que no había advertido nada, el relato de aquella hazaña ilegal provocó simultáneamente en ellos un frenesí sensual que no solía formar parte de sus prácticas amorosas.
Las reglas de su juego se elaboraron bastante aprisa. Lo importante en todo aquello era que uno de los dos realizase delante del otro el robo que este último le había intimado a cometer. Todo un sistema de prendas, generalmente eróticas, recompensaba o castigaba al ladrón según hubiese triunfado o fracasado.
Recibiendo mucho y siendo invitados muy a menudo, elegían sus víctimas en los salones de las embajadas o en las grandes fiestas del Todo París. Por ejemplo, Berthe Danglars desafiaba a su marido a que le trajese la estola de pieles que llevaba aquella noche la duquesa de Beaufour y Maximilien, recogiendo el guante, exigía a cambio que su mujer se procurase el cartón de Fernand Cormon (La caza del uro) que adornaba uno de los salones de sus huéspedes. Según la dificultad para acercarse al objeto codiciado, el candidato podía disponer de cierto plazo y hasta beneficiarse, en determinados casos más complejos, con la complicidad o la protección del cónyuge.
De los cuarenta y cuatro retos que se lanzaron, treinta y dos fueron cumplidos. Robaron, entre otras cosas, un gran samovar de plata en casa de la condesa de Melan, un boceto de Perugino en la residencia del nuncio del Papa, el alfiler de corbata del director general del Banco Hainaut, y el manuscrito casi completo de la Memoria sobre la vida de Jean Racine, por su hijo Louis, en casa del jefe de gabinete del ministro de Instrucción Pública.
Cualquier otra persona hubiera sido localizada y detenida en seguida; pero ellos, incluso en los pocos casos en que los cogieron in fraganti, pudieron disculparse con facilidad: parecía tan imposible que un gran magistrado y su esposa pudieran resultar sospechosos de robo que los testigos preferían dudar de lo que habían visto con sus propios ojos antes que admitir la culpabilidad de un juez.
Así, interrogado por el comerciante en objetos artísticos d’Olivet en la escalera de su hotelito particular, cuando se llevaba tres lettres de cachet, firmadas por Luis XVI, relativas a la prisión del marqués de Sade en Vincennes y en la Bastilla, Maximilien Danglars explicó con el mayor sosiego que acababa de pedir la autorización para llevárselas prestadas cuarenta y ocho horas a un hombre al que había confundido con su anfitrión, justificación totalmente indefendible que d’Olivet aceptó, no obstante, sin pestañear.
Esta casi impunidad les dio una temeridad loca, como lo demuestra en particular el suceso que acarreó su perdición. Con motivo de un baile de máscaras, ofrecido por Timothy Clawbonny —del banco de negocios Marcuart, Marcuart, Clawbonny y Shandon—, un viejo anglosajón lampiño, amanerado y pederasta, disfrazado de Confucio, mandarín de gafas y vestidura larga, Berthe Danglars robó una tiara escita. El robo se descubrió durante la fiesta. La policía, llamada inmediatamente, registró a todos los invitados y descubrió la joya en la gaita trucada de la esposa del presidente, que se había disfrazado de escocesa.
Berthe Danglars confesó tranquilamente que había forzado la vitrina donde estaba encerrada la tiara porque se lo había mandado su marido; con la misma tranquilidad Maximilien confirmó esta confesión, exhibiendo acto seguido una carta del director de la cárcel de la Santé en la que le rogaba —a título altamente confidencial— que no perdiese de vista cierta corona de oro que sabía por uno de sus mejores confidentes que debía ser robada en el transcurso de aquella fiesta de disfraces por Chalia la Rapine: se había dado este sobrenombre a un audaz ladrón que había cometido su primera fechoría en la Ópera durante una representación de Boris Godunov; en realidad Chalia la Rapine fue siempre un ladrón mítico; más adelante se averiguó que de los treinta y tres robos con fractura que se le imputaban, los Danglars habían perpetrado dieciocho.
Aquella vez aún, por inverosímil que pudiera parecer la explicación, fue admitida por todos, incluida la policía. Sin embargo, al regresar, pensativo, al Quai des Orfèvres, un joven inspector, Roland Blanchet, quiso ver los expedientes de todos los robos cometidos en París en ocasión de fiestas mundanas, pendientes todavía de solución; pegó un salto al constatar que los Danglars figuraban en veintinueve de las treinta y cuatro listas de invitados. Para él eso constituía la más abrumadora de todas las pruebas; pero el prefecto de policía, a quien comunicó sus sospechas, pidiéndole que lo encargara del caso, no quiso ver en ello más que una coincidencia. Y tras haber informado, por prudencia, al Ministerio de Justicia, donde causó indignación que un policía pudiera dudar de la palabra y la honorabilidad de un magistrado tenido en gran aprecio por todos sus colegas, el prefecto prohibió a su inspector que se ocupase de aquella investigación y, ante su insistencia, lo amenazó incluso con trasladarlo a Argelia.
Loco de rabia, presentó Blanchet su dimisión, jurándose a sí mismo que volvería con la prueba de la culpabilidad de los Danglars.
En vano, durante varias semanas, los siguió o los mandó seguir y penetró clandestinamente en el despacho que Maximilien tenía a su disposición en el Palacio de Justicia. Las pruebas que andaba buscando, si es que existían, no estaban desde luego allí, y la única oportunidad que le quedaba era que los Danglars hubiesen conservado en su piso algunos de los objetos robados. En Nochebuena de 1925, sabiendo que los Danglars cenaban fuera, que los Honoré ya estaban acostados y que la joven doncella iba de cotillón con tres amigos (Serge Valène, François Gratiolet y Flora Champigny) al restaurante de los Fresnel, Blanchet consiguió penetrar por fin en el tercero izquierda. No encontró ni el abanico incrustado de zafiros de Fanny Mosca, ni el retrato de Ambroise Vollard por Felix Vallotton que había sido sustraído a lord Summerhill al día siguiente mismo de haberlo adquirido, pero sí un collar de perlas que tal vez fuese el que habían robado en casa de la princesa Rzewuska poco después del armisticio y un huevo de Fabergé que coincidía bastante con el que se había robado en casa de la señora de Guitaut. Pero dio con un cuerpo del delito mucho más comprometedor para los Danglars que aquellas pruebas cuya legitimidad podrían seguir discutiendo sus ex superiores: un cuaderno de gran formato, con rayado contable, que contenía la descripción sucinta pero precisa de cada uno de los robos que los Danglars habían cometido o habían intentado cometer, acompañada, en la página de al lado, de la enumeración de prendas que, consecuentemente, se había impuesto el matrimonio.
Blanchet iba a volverse con el cuaderno revelador, cuando, en la otra extremidad del pasillo, oyó que abrían la puerta del piso: era Célia Crespi que se había olvidado de encender la chimenea del gabinete de la señora antes de subir a acostarse, tal como se lo había pedido Honoré, y volvía a cumplir tardíamente su deber, aprovechando la ocasión para ofrecer una copita de licor a sus compañeros de cotillón y hacerles probar los maravillosos marrons glacés mandados al señor por un encausado agradecido. Escondido tras una cortina, miró Blanchet su reloj y vio que era cerca de la una de la madrugada. Sin duda estaba previsto que los Danglars volvieran tarde, pero cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de un encuentro desagradable, y no podía salir sin pasar por delante de la gran vidriera del comedor donde Célia agasajaba a sus convidados. La visión del ramo de flores artificiales le dio la idea de provocar un incendio antes de ir a ocultarse al dormitorio de los Danglars. El fuego se propagó con loca rapidez, y Blanchet se preguntaba si no iba a caer en su propia trampa, cuando Célia Crespi y los demás acabaron por darse cuenta de que estaba ardiendo todo el fondo del piso. Dieron la alarma y ya entonces le fue fácil huir al policía mezclado con la multitud de auxiliadores y vecinos.
Blanchet estuvo haciéndose el muerto durante varios días, dejando cruelmente que los Danglars creyeran que el cuaderno que los condenaba —y que habían buscado frenéticamente al regresar a su piso medio consumido por el fuego— se había quemado al mismo tiempo que todos los objetos que se hallaban en el gabinete. Después, el ex policía llamó a Danglars: el triunfo de la justicia y el restablecimiento de la verdad no eran ya los únicos motivos que lo animaban: si sus pretensiones hubieran sido menos elevadas, es probable que aquel caso no hubiera salido nunca a la luz pública y el presidente segundo del Tribunal de Apelación y su esposa hubieran seguido mucho tiempo aún entregándose libremente a sus sustracciones libidinosas. Pero la cantidad que exigió Blanchet —quinientos mil francos— superaba sus posibilidades financieras. «Róbenlos» replicó cínicamente Blanchet antes de colgar: los Danglars se sentían absolutamente incapaces de robar por dinero y prefirieron jugarse la última carta emprendiendo la huida.
A la justicia le gusta muy poco que sus supuestos defensores se mofen de ella, y el jurado pegó fuerte: treinta años de reclusión criminal para Berthe Danglars, cadena perpetua para Maximilien, que fue deportado a Saint-Laurent-du-Maroni, donde tardó poco tiempo en morir.
Hace algunos años, paseando por París, la señorita Crespi reconoció a su antigua señora; la vio sentada en un banco de la calle de la Folie-Régnault: una vagabunda desdentada, vestida con una bata de color caca de oca, empujando un cochecito de niño lleno de harapos diversos y respondiendo al apodo de Baronesa.
Ambos Honoré tenían en la época setenta años. Él era un lionés de tez pálida; había viajado, había tenido aventuras, había sido marionetista con Vuillerme y con Laurent Josserand, ayudante de un fakir, mozo de café en el baile Mabille, organillero con un gorro puntiagudo y un monito subido al hombro, antes de colocarse de criado en casas burguesas, en las que su flema, más británica que la de los mismos británicos, no había tardado en hacerlo insustituible. Ella era una robusta campesina normanda que lo sabía hacer todo: igual habría cocido el pan que habría matado un gorrino, si se lo hubiesen pedido. Colocada en París a la edad de quince años, a finales de 1871, había entrado de pinche en una pensión de familia, The Vienna School and Family Hotel, en el 22 de la calle Darcet, cerca de la plaza Clichy, un establecimiento llevado con mano férrea por una griega, la señora Cissampelos, mujer bajita y seca como un trallazo, que enseñaba buenos modales a las jóvenes inglesas portadoras de aquellos temibles incisivos que entonces quedaba bien decir que servían para hacer teclas de piano.
Al cabo de treinta años, Corinne seguía allí de cocinera, aunque sólo ganaba veinticinco francos mensuales. Fue por esa época cuando conoció a Honoré. Se vieron por primera vez en la Exposición Universal, en el espectáculo de los Muñecos Guillaumes, un teatro de autómatas en el que, en un escenario minúsculo, se veía bailar y parlotear a unas muñecas de cincuenta centímetros de estatura, vestidas a la última moda. Viendo Honoré el asombro de Corinne, le dio explicaciones técnicas antes de llevarla a visitar la Casa al revés, un viejo castillo gótico alzado sobre sus chimeneas, con las ventanas del revés y los muebles colgados del techo, el Palacio luminoso, aquella casa mágica en la que todo, desde los muebles hasta las tapicerías, desde las alfombras hasta los ramos de flores, estaba hecho con vidrio, y cuyo constructor, el vidriero Ponsin, había muerto sin verla acabada; el Globo celeste, el Palacio del vestido, el Palacio de la óptica, con su gran catalejo que permitía ver la LUNA a UN metro, los Dioramas del Club Alpino, el Panorama trasatlántico, Venecia en París y otros diez pabellones. Lo que más los impresionó fue, a ella, el arco iris artificial del pabellón de Bosnia y, a él, la Exposición minera subterránea, con sus seiscientos metros de pasadizos recorridos por un ferrocarril eléctrico que desembocaba de pronto en una mina de oro en la que trabajaban negros de verdad, y la cuba gigantesca del señor Fruhinsoliz, verdadera edificación de cuatro pisos que comprendía no menos de cincuenta y cuatro quioscos donde se despachaban todas las bebidas del mundo.
Cenaron en la Taberna de la Bella Molinera, al lado de los pabellones coloniales, donde bebieron Chablis en jarrita y donde comieron sopa de berzas y pierna de cordero que a Corinne le pareció mal guisada.
A Honoré lo había contratado por un año el señor Danglars padre, un viticultor de la Gironde, presidente de la Sección bordelesa del Comité de Vinos, que se había venido a instalar a París para todo el tiempo que durara la Exposición y le había alquilado un piso a Juste Gratiolet. Cuando dejó París, a las pocas semanas, el señor Danglars padre estaba tan contento con su mayordomo que se lo regaló, junto con el piso, a su hijo Maximilien, que estaba a punto de casarse y acababa de ser nombrado asesor. Poco después, el joven matrimonio, aconsejado por su mayordomo, contrató a la cocinera.
Después del caso Danglars los Honoré, demasiado viejos para pensar en buscarse otra colocación, obtuvieron de Émile Gratiolet la autorización de seguir conservando su cuarto. Estuvieron vegetando en él con sus pequeños ahorrillos, reforzados de vez en cuando gracias a alguna chapuza suplementaria, como guardar a Ghislain Fresnel cuando no podían llevárselo las niñeras, o ir a buscar a Paul Hébert a la salida del colegio, o preparar para tal o cual vecina que daba una cena suculentos pastelillos de carne o bastoncitos de naranja en dulce forrados de chocolate. De este modo vivieron más de veinte años todavía, cuidando su buhardilla con meticuloso esmero, dando cera a las baldosas romboidales, regando casi con cuentagotas su mirto en el jarro de cobre rojo. Alcanzaron la edad de noventa y tres años, ella cada vez más arrugadita, él cada vez más largo y seco. Y un día de noviembre de 1949, se cayó Honoré al levantarse de la mesa y murió casi en el acto. Corinne no le sobrevivió más allá de unas semanas.
Célia Crespi, para quien era su primer trabajo, se quedó más desamparada aún que los Honoré con la desaparición súbita de sus señores. Tuvo la suerte de volver a colocarse casi en seguida en la escalera con el inquilino que, durante un año, ocupó el piso de los Danglars, un hombre de negocios latinoamericano al que la portera y algunos más llamaban Rastacuero, un obeso jovial de bigotes lustrados, que fumaba largos habanos, se hurgaba los dientes con un palillo de oro y llevaba un grueso diamante a modo de alfiler de corbata; después la empleó la señora de Beaumont, cuando se vino a vivir a la calle Simon-Crubellier después de su boda. Más tarde, cuando la cantante, casi en seguida de nacer su hija, se marchó para una larga gira por Estados Unidos, Célia Crespi entró de costurera en casa de Bartlebooth y se quedó hasta que el inglés emprendió su larga vuelta al mundo. Un poco más tarde encontró una colocación de dependienta en Las delicias de Luis XV, la pastelería salón de té más apreciada del barrio y en ella trabajó hasta su jubilación.
Aunque siempre la llamaron señorita Crespi, Célia Crespi tuvo un hijo. Lo trajo discretamente al mundo en mil novecientos treinta y seis. Casi nadie se había dado cuenta de que estaba embarazada. Toda la finca se preguntó por la identidad del padre y se barajaron todos los nombres de los individuos de sexo masculino que vivían en la casa, con edades comprendidas entre los quince y los setenta y cinco años. El secreto no se desveló nunca. El niño, declarado hijo de padre desconocido, se crio fuera de París. Nadie de la casa lo vio jamás.
Se ha sabido, hace sólo unos años, que lo mataron durante los combates por la Liberación de París, cuando ayudaba a un oficial alemán a cargar en su sidecar una caja de botellas de champán.
La señorita Crespi nació en un pueblo al norte de Ajaccio. Salió de Córcega a la edad de doce años y nunca ha vuelto a ir. A veces entorna los ojos y ve el paisaje que había delante de la ventana del cuarto donde hacía la vida toda la familia: la tapia cubierta de buganvilias en flor, la cuesta donde crecían matas de euforbios, el seto de chumberas, el emparrado de alcaparros; pero no consigue acordarse de nada más.
Actualmente la habitación de Hutting sirve muy rara vez. Encima del sofá-cama cubierto con una piel sintética y provisto de unos treinta cojines de colores abigarrados, está clavada una alfombra de rezos de seda procedente de Samarcanda, con un dibujo rosa ajado y largos flecos negros. A la derecha un silloncito tipo sapo forrado de seda amarilla hace de mesilla de noche: sostiene un despertador de acero brillante que presenta la forma de un corto cilindro oblicuo, un teléfono cuya esfera tiene un dispositivo de teclas y un número de la revista de vanguardia La Bête Noire. No hay cuadros en las paredes pero, a la izquierda de la cama, montada en un marco de acero móvil que la convierte en una especie de monstruoso biombo, hay una obra del intelectualista italiano Martiboni: es un bloque de poliestireno de dos metros de alto, uno de ancho y diez centímetros de hondo, en el que están metidos viejos corsés revueltos con pilas de antiguos carnets de baile, flores secas, vestidos de seda rozados hasta la trama, jirones de pieles apolilladas, abanicos roídos semejantes a patas de ánades despojadas de sus palmas, zapatos de plata sin suelas ni tacones, restos de festines y dos o tres perritos disecados.

La vida instrucciones de uso, 1978. 

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