Un,
dos, tres, cuatro, sesenta. Un minuto, dos, tres… siete. Al dente.
Saco los espaguetis del fuego. Llegarás en ocho minutos. Preparo la
salsa. Tomate. Orégano. Pongo la mesa. Descuento. Cuatro, tres, dos,
uno. Tres timbrazos. Dos besos. Un abrazo. Me gusta contar. Aunque
solo en las colas del supermercado hay paz. En la del médico huele a
rabia y a desinfectante. Vivir es contar. Un, dos tres, cuatro,
sesenta y vuelta a empezar. Un minuto, dos, sesenta. Una hora, dos
tres, veinticuatro. Un día, dos, tres, treinta. Un mes. Una regla,
otra regla. Un año, otro, treinta y nueve.
¿En
qué piensas?
En
nada.
Pienso
en que la salsa solo lleva tomate. Me tocó el veintiocho en la
carnicería. Los números rojos se deslizaban lentos. Diecisiete,
dieciocho, diecinueve. Eran las dos menos diez. Salen a y cuarto.
Veintiuno. Ya eran las dos. Solté la cesta. Corrí. Dos y diez. Me
paré ante el colegio. Escuché el timbre. Se abrieron las puertas.
Un niño, dos, tres, veinte, cincuenta, doscientos.
¿En
qué piensas?
En
nada.
Pienso
en cómo desaparecen, día a día, uno a uno, con sus manitas
aferradas a las de sus padres. Doscientos, cien, cincuenta, veinte,
dos, uno.
Cero.
Nunca
sobra ninguno.
sábado, 7 de marzo de 2026
Ábaco. Arantza Portabales.
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