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domingo, 15 de diciembre de 2019

El jefe. Manuel Espada.

Helen, este mes me leen en el “Tennessee Express” que vendes “El Este del Edén”. Me quedé verde, del revés. Me desesperé. Ése es el césped en el que te besé. “¡Que le den!”, pensé. “¿Qué se cree? ¿Qué te crees?” Es él. Sé que es él. Es Peter, el que ejerce de bedel en el Wester Herst. Sé que ese demente te enternece. ¿Qué ves en ese pelele, en ese mequetrefe, en ese percebe? ¡Qué estrechez de mente! ¡Qué memez! Te desmerece. Me encelé de ese repelente, de ese vehemente, de ese ser que te empequeñece. Llegué. Le esperé brevemente. Me peleé. Le encerré en el Mercedes. Le pegué de leches, de frente. Le quebré tres veces en el vergel en el que te besé. Le meé. Eché éter en ese germen. Le quemé. ¿Te estremece? ¡Excelente! ¿Crees que te perderé, que cederé? Me mereces. Me perteneces. Ven… ¡Bebe este detergente!

jueves, 7 de noviembre de 2019

Coleccionables. Manuel Espada.

Con el primer número de septiembre, el periódico traía el bracito rosado de un bebé. Me propuse acabar el coleccionable. Quería ser madre. “Nancy, no eres constante, nunca acabas nada, igual que mamá”, me dije a mí misma. El año pasado, mi madre empezó a encajar las piezas de un galeón, pero dejaron de editar la revista y tuvo que dejar el barco a mitad de hacer. Lo quemó. Ahora, su esqueleto carbonizado flota en la piscina. El año anterior intentó compilar todas las selecciones nacionales de fútbol del mundo, pero nos destrozaban el mobiliario con el balón y decidió cortarles los pies. Hace años tiró la toalla con la colección de árboles de la Amazonía. Se dejó llevar por la desidia, y taló los más importantes, aunque dejó algunas especies raras en las macetas. En el jardín ya había plantado a aquellos asquerosos zombis en cuyos brazos colgó, a modo de frutos, la colección de cabezas reducidas. Yo tengo la intención de construir mi bebé al completo. Ya le he colocado las piezas de la columna vertebral, le he puesto el otro bracito, el hígado, los pulmones y una pierna. Me hizo mucha ilusión encajar el cerebro en el cráneo y enroscar su cabeza pelona en el cuellito. Mi mamá decía que yo no tenía cerebro. “Cabeza hueca”, me llamaba. Pero yo nunca abandonaré a mi hijo en un armario, como hizo ella. Tuve que dispararle con uno de los tanques de la colección de la Segunda Guerra Mundial que había empezado el abuelo. Deberían haberla enterrado en un ataúd coleccionable, un féretro de piezas blancas ensambladas a mano cada domingo. Mañana llega el sexo de mi bebé con el suplemento de la prensa dominical. Si es niña, pintaré de rosa el sótano. Si es niño, pintaré el garaje de azul. Y viviremos felices aquí, en esta casa de muñecas inacabada, inconclusa, incompleta, como los fascículos de un coleccionable de septiembre.

 

domingo, 17 de febrero de 2019

Dislexia. Manuel Espada.


Dsede uqe diganosaticron mi dixeslia, mis pardes me enviraon a calse cno una teraeputa uqe etsá buneísima. Llveo dos aoñs ne tratamineto, pero ella aún no sabe que ya estoy curado.

Zoom. Manuel Espada, 2011.