Esperando
a la muerte
como
un gato
que
saltará sobre la
cama.
Estoy
apenado por
mi
esposa.
Ella
verá este
cuerpo
rígido
y
blanco.
Lo
sacudirá una vez, entonces
quizás
de nuevo:
“Hank”
Hank
no
contestará.
No
es mi muerte lo que
me
preocupa, es mi esposa
sola
con esta
pila
de nada.
Quiero
que sepa
que
todas las noches
durmiendo
a su lado.
Incluso
las discusiones
inútiles
fueron
cosas
espléndidas.
Y
las duras
palabras
que
siempre tuve miedo de
decir
pueden
ahora ser
dichas:
“Te
amo”
domingo, 1 de marzo de 2026
Confesión. Charles Bukowski.
domingo, 5 de diciembre de 2021
Putrefacción. Charles Bukowski
Últimamente
me ronda este pensamiento
que este país
ha retrocedido
4 o 5 décadas
y que todo el
avance social
los buenos sentimientos de
una persona hacia
otra
se han borrado
y se han reemplazado por la
vieja
intolerancia de siempre.
Más que nunca
tenemos
egoístas ansias de poder
desprecio por el
débil
el viejo
el pobre
el
desvalido.
Estamos reemplazando necesidad con
guerra
salvación con
esclavitud.
Hemos desperdiciado
los logros
nos hemos deteriorado
deprisa.
Tenemos nuestra bomba
es nuestro miedo
nuestra condena
y nuestra vergüenza.
Ahora
se ha apoderado de nosotros
algo triste
que nos deja
sin aliento
y ni siquiera podemos
llorar.
sábado, 22 de mayo de 2021
Menos delicado que la langosta. Charles Bukoswki.
—¡Qué cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos
por ahí. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser
grande. Estoy harto de esperar la muerte. Vámonos por ahí.
—¿Por ahí,
adónde? —preguntó ella.
—A cualquier
sitio. A comer, a beber, a ver.
—Jorg —dijo
ella—. ¿Qué haré cuando mueras?
—Comer, dormir,
coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.
—Yo necesito
seguridad.
—Todos la
necesitamos.
—Escucha, no
estamos casados. No podré cobrar tu seguro.
—No hay problema,
no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.
Arlene estaba
sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.
—Dices que hay
cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en
la lista?
—Tú eres la cinco
mil una.
—¿Crees que no
podría conseguir otro hombre?
—No tendrías
ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.
—¿Crees que
necesito un gran pintor?
—No, nada de eso.
Bastaría con un buen compañero.
—Sí, siempre que
me amase.
—Por supuesto.
Ponte el abrigo. Vamos.
Bajaron las
escaleras desde la última planta. Todas eran viviendas baratas,
llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre;
parecía haber siempre comida cocinándose en grandes cacerolas y
gente sentada por ahí fumando, limpiándose las uñas, bebiendo
cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco,
discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando,
rascándose o dormitando delante de la televisión. En el mundo son
muy pocos los que tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía
la gente, mejor parecía vivir. Las únicas necesidades eran dormir,
sábanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y
siempre dejaban las puertas entreabiertas.
—Idiotas —dijo
Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas
parloteando y me joden la mía.
—Oh, Jorg —dijo
Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?
Jorg la miró
arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante
aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma:
como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del
alma. Pero la muchacha cogía como una experta y resultaba agradable
tenerla a mano… casi siempre.
Llegaron al bulevar
y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los
amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas,
los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de
marfil. Cuando peor se sentía, era cuando mejor se sentía.
—Mierda —dijo—,
todo caga hasta que se muere.
Arlene caminaba
meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la
acera con el bastón, y hasta el sol parecía mirar hacia abajo y
exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde
vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta
fechas muy recientes sus obras no se habían vendido un carajo. Los
dos habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno
por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a
subir las escaleras. En los rellanos olía a yodo y pollo frito. En
una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron
hasta la última planta y Arlene llamó a la puerta.
La puerta se abrió
de golpe y allí estaba Serge.
—¡Te pillé!
—dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón… pasen.
—¿Pero qué
demonios te pasa? —preguntó Jorg.
—Siéntense. Creí
que era Lila…
—¿Juegas al
escondite con Lila?
—No, no…
—Serge, tienes que
librarte de esa chica, te está volviendo loco.
—Me afila los
lápices.
—Serge, es
demasiado joven para ti.
—Tiene treinta
años.
—Y tú sesenta.
Son treinta años.
—¿Treinta años
es demasiado?
—Pues claro.
—¿Y veinte?
—preguntó Serge, mirando a Arlene.
—Veinte años es
aceptable. Treinta es indecente.
—¿Por qué no se
buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntó Arlene.
Ambos la miraron.
—Le gusta hacer
chistecitos —dijo Jorg.
—Sí —dijo
Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy
haciendo…
Lo siguieron hasta
el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.
—¿Ves? ¿Te das
cuenta? Todas las comodidades.
Serge tenía los
pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al
techo.
—Es por la
espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar
horas.
—¿Quién te
mezcla los colores?
—Lila. Le digo:
«Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien.
Creo que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles.
Yo me dedicaré a estar por ahí tumbado, leyendo revistas.
Oyeron a Lila que
subía las escaleras. Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó
al dormitorio.
—Vaya —dijo—,
el viejo asqueroso está pintando.
—Sí —dijo
Jorg—, dice que le destrozas la espalda.
—Yo no dije eso.
—Vamos por ahí a
comer algo —dijo Arlene.
Serge se incorporó
con un gemido.
—Es la verdad
—dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.
—Necesito un trago
—dijo Serge—. Me repondré en seguida.
Bajaron juntos a la
calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes
de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban
suéteres de cuello alto.
—Hola, son Jorg
Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?
—¡Largo! —dijo
Serge.
Jorg blandió el
bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la
rodilla.
—Mierda —dijo el
joven—. ¡Me has roto la pierna!
—Ojalá —dijo
Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!
Siguieron hacia La
Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los
comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia
ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menú y soltando
gentilezas en italiano, ruso y francés.
—¿Has visto ese
pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—.
¡Es realmente asqueroso!
—Sí —dijo Jorg,
y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!
—¡Traiga cinco
botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se
sentaban a la mejor mesa.
El jefe de camareros
se evaporó.
—Ustedes son un
par de pendejos —dijo Lila.
Jorg le empezó a
subir la mano por la pierna.
—A dos inmortales
todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.
—Quítame la mano
de la vulva, Jorg.
—No es tu crica.
Es propiedad de Serge.
—Pues quita la
mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.
—Mi voluntad es
muy débil.
Ella gritó. Jorg
retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el
carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo
una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg.
Jorg lo vació.
—Es una mierda,
pero vale. ¡Abra las botellas!
—¿Todas?
—Todas, sí,
pendejo. ¡Y rápido!
—Es torpe —dijo
Serge—. Míralo. ¿Cenamos?
—¿Cenar? —dijo
Arlene—. Ustedes lo único que hacen es beber. No creo que los haya
visto comer nunca más de un huevo pasado por agua.
—¡Fuera de mi
vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.
El camarero se
esfumó.
—No deben hablarle
así a la gente, muchachos —dijo Lila.
—Hemos pagado con
nuestro pellejo —dijo Serge.
—Eso no les da
ningún derecho —dijo Arlene.
—Supongo que no
—dijo Jorg—, pero es interesante.
—La gente no tiene
por qué aguantarlos —dijo Lila.
—La gente aguanta
lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.
—Lo que la gente
quiere es las pinturas de ustedes, nada más —dijo Arlene.
—Nosotros somos
nuestros cuadros —dijo Serge.
—Las mujeres son
tontas —dijo Jorg.
—Ten cuidado —dijo
Serge—. También son capaces de terribles venganzas…
Se pasaron allí
sentados dos horas bebiendo vino.
—El hombre es
menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.
—El hombre es la
cloaca del universo —dijo Serge.
—Ustedes son
pendejos genuinos —dijo Lila.
—Desde luego —dijo
Arlene.
—Vamos a cambiar
de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la
mía.
—Oh, no —dijo
Arlene—, de eso nada.
—Nada de eso —dijo
Lila.
—Ahora tengo ganas
de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.
—Yo también tengo
ganas de pintar —dijo Serge.
—Larguémonos de
aquí —dijo Jorg.
—Esperen —dijo
Lila—, no han pagado la cuenta.
—¿Cuenta? —gritó
Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar dinero por esta mierda de
vino?
—Venga, vamos
—dijo Jorg.
Cuando se
levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.
—Este vino es
asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería
a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba está
en los orines!
Serge cogió una
botella de vino aún a mitad, le abrió al camarero la camisa de un
tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el bastón
de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba
desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivía en un
departamento de lujo. Estudiaba química y había ganado en una
ocasión el segundo premio en un concurso de ópera. Jorg blandió el
bastón y lo golpeó, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El
camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg lo golpeó otras
tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.
Se dirigieron a la
salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro
estaban borrachos, pero tenían una cierta elegancia, había en ellos
algo único. Llegaron a la puerta y salieron.
En una mesa próxima
a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado todo.
El joven parecía inteligente; solo una verruga bastante grande que
tenía casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica
era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro
tiempo había querido ser monja.
—¿Estuvieron
magníficos, verdad? —dijo el joven.
—Son dos pendejos
—dijo la joven.
El joven hizo una
seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche
difícil.
Música de cañerías, 1983.
jueves, 12 de noviembre de 2020
La chica más guapa de la ciudad. Charles Bukowski.
Cass era la más joven y la más bella de cinco hermanas. Cass era la
chica más guapa de la ciudad. Medio aindiada, con un cuerpo extraño
y flexible; un cuerpo de serpiente fiera con ojos a juego. Cass era
fuego fluido en movimiento. Era como un espíritu atrapado en una
forma incapaz de contenerla. Su pelo era negro y largo y sedoso y
ondulaba por ahí tal como lo hacía su cuerpo. Su espíritu estaba
siempre demasiado alto o demasiado bajo. No había punto medio para
Cass. Algunos decían que estaba loca. Los aburridos lo hacían. Los
aburridos nunca entenderían a Cass. Para los hombres ella era
simplemente una máquina de sexo, y en realidad no les importaba si
estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y los besaba, pero, a
excepción de una vez o dos, cuando era hora de hacerlo con Cass ella
siempre se escabullía, los eludía.
Sus hermanas la
acusaban de desperdiciar su belleza, de no usar lo suficiente la
cabeza, pero Cass tenía mente y espíritu; ella pintaba, bailaba,
cantaba, hacía cosas con arcilla, y cuando la gente estaba
lastimada, de espíritu o de cuerpo, Cass sufría profundamente por
ellos.
Su mente era
distinta; simplemente impráctica. Sus hermanas estaban celosas
porque ella atraía a sus hombres, y estaban enojadas porque sentían
que no sacaba el mejor provecho de ellos. Tenía el hábito de ser
amable con los más feos; los hombres guapos la aburrían. “No
tienen agallas”, decía, “cuentan demasiado con esos pequeños y
perfectos lóbulos y esas bien formadas aletas de la nariz… pura
superficie, sin entrañas…”.
Su temperamento era
cercano a la locura, algunos lo llamarían locura. Su padre murió
alcoholizado y su madre huyó, abandonándolas. Fueron a parar donde
un familiar que las llevó a un convento. El convento era un lugar
triste, más para Cass que para sus hermanas. Todas las chicas
estaban celosas de ella, y había peleado con la mayoría. Tenía
cicatrices de hojillas en todo el largo de su brazo izquierdo,
producto de defenderse en dos peleas. También tenía una cicatriz en
la mejilla izquierda, pero más allá de afearla, parecía
embellecerla.
La conocí en el bar
West End, cuando había apenas salido del convento. Por ser la más
joven, fue la última en ser liberada. Simplemente entró y se sentó
a mi lado. Yo era, probablemente, el hombre más feo de la ciudad y
puede que tuviese algo que ver con eso.
“¿Bebes?” le
pregunté.
“Claro, ¿por qué
no?”
No creo que hubiese
nada de inusual en nuestra conversación esa noche, simplemente ese
era la sensación que Cass me transmitía. Ella me había elegido y
era tan simple como eso. Sin presiones. Le gustaron sus bebidas y
tomó varias. No parecía ser mayor de edad pero de igual manera le
servían. Tal vez había olvidado su identificación, no lo sé. De
cualquier manera, cada vez que volvía del baño y se sentaba a mi
lado tengo que admitir que sentía algo de orgullo. No era tan solo
la mujer más bella de la ciudad sino una de las más hermosas que yo
había visto nunca.
Le rodeé la cintura
con el brazo y la besé.
“¿Piensas que soy
bonita?” me preguntó.
“Sí, claro, pero
hay algo más… hay algo más allá de tu apariencia…”
“La gente siempre
está acusándome de ser bonita. ¿Realmente crees que soy bonita?”
“Bonita no es la
palabra, difícilmente te hace justicia.”
Cass alcanzó su
bolso. Pensé que buscaba su pañuelo. Sacó un alfiler largo, de
esos para fijar sombreros. Antes de que pudiese detenerla se clavó
el alfiler en la nariz, atravesándola de lado a lado, justo encima
de las aletas. Sentí asco y terror. Ella me miró y se rió.
“¿Todavía crees
que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, hombre?”
Le saqué el alfiler
y detuve el sangrado con mi pañuelo. Varias personas, incluyendo el
bartender, habían presenciado la escena. El bartender se acercó:
“Mira,” le dijo
a Cass “lo haces de nuevo y te vas. No necesitamos tus actuaciones
aquí.”
“Vete a la mierda,
hombre.” le respondió.
“Haz que se
comporte.” me dijo el bartender.
“Estará bien.”
dije.
“Es mi nariz,
puedo hacer lo que quiera con mi nariz.”
“No.” le dije
“Me hace daño.”
“¿Me estás
diciendo que te duele cuando me clavo una aguja en la nariz?”
“Sí, me duele. De
verdad.”
“Está bien, no lo
vuelvo a hacer. Anímate.”
Me besó sonriente
mientras sostenía el pañuelo contra su nariz. Nos fuimos a mi casa
cuando cerraron. Tenía algo de cerveza y nos sentamos a hablar. Fue
ahí donde comencé a percibirla como una persona llena de amabilidad
y preocupación. Se entregaba a sí misma sin darse cuenta. Y al
mismo tiempo se refugiaba en zonas de salvaje incoherencia. Shitzi.
Una hermosa y espiritual Schitzi. Tal vez algún hombre, algo, la
arruinaría para siempre. Esperé no ser yo. Nos fuimos a la cama y
luego de apagar las luces Cass me preguntó:
“¿Cuándo lo
quieres? ¿Ahora o en la mañana?”
“En la mañana.”
Le dije y me volteé de espaldas.
En la mañana me
levanté e hice un par de cafés, le llevé uno a la cama. Ella se
rió.
“Eres el primer
hombre que lo ha rechazado en la noche.”
“Está bien.” Le
dije “No tenemos que hacerlo.”
“No, espera, ahora
quiero. Déjame refrescarme.”
Cass entró en el
baño y salió poco después, maravillosa; su pelo largo y negro
brillando, sus ojos y labios brillando, ella brillando… Mostraba su
cuerpo calmadamente, como se muestran las cosas buenas. Se metió
bajo las sábanas.
“Ven, amor mío.”
Me metí a su lado.
Besaba con abandono pero sin prisa. Dejé que mis manos recorrieran
su cuerpo, se metieran entre su pelo. La monté. Era caliente y
estrecha. Comencé a moverme suavemente, queriendo que durase. Me
miraba directamente a los ojos.
“¿Cómo te
llamas?” le pregunté.
“¿Qué maldita
diferencia hace?” me preguntó.
Me reí y continué.
Luego se vistió y la llevé de nuevo al bar, pero era difícil
olvidarla. No estaba trabajando por lo que dormía hasta las 2, luego
me despertaba y leía el periódico. Estaba en la bañera cuando ella
entró con una hoja grande, una oreja de elefante.
“Sabía que
estarías en la bañera,” dijo “así que te traje algo para
cubrir esa cosa, hijo de la naturaleza.”
Me arrojó la hoja
de elefante.
“¿Cómo sabías
que iba a estar en la bañera?”
“Lo sabía.”
Casi todos los días
Cass llegaba cuando estaba en la bañera. Eran horarios distintos
pero casi nunca se equivocaba, y siempre traía consigo la hoja de
elefante. Y luego hacíamos el amor.
Una o dos noches me
llamó por teléfono y tuve que pagar la fianza para sacarla de la
cárcel por ebriedad y peleas.
“Esos hijos de
puta.” decía “Sólo porque te compran un par de tragos piensan
que pueden quitarte los pantalones.”
“Una vez que
aceptas un trago creas tú misma el problema.”
“Pensé que
estaban interesados en mí, no sólo en mi cuerpo.”
“Yo estoy
interesado en ti y en tu cuerpo. Dudo, por otra parte, que la mayoría
de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.”
Dejé la ciudad por
seis meses, deambulé por los alrededores, volví. Nunca olvidé a
Cass, pero habíamos tenido una especie de discusión y yo tenía
ganas de ponerme en marcha. Cuando volví imaginé que se había ido,
pero no había pasado ni 30 minutos en el West End y ella entró y se
sentó a mi lado.
“Bueno, bastardo,
veo que volviste.”
Ordené una bebida,
luego la miré. Tenía un vestido de cuello alto. Nunca la había
visto con algo parecido, y bajo cada ojo, clavados, estaban dos
alfileres con cabezas de cristal. Solo podías ver las cabezas, pero
los tenía clavados en la cara.
“Maldita, ¿todavía
intentas destruir tu belleza, no?”
“No, es la moda,
tonto.”
“Estás loca.”
“Te he extrañado.”
me dijo
“¿Hay alguien
más?”
“No, no hay nadie
más. Solo tú. Ahora trabajo, cuesta diez dólares, pero para ti es
gratis.”
“Quítate los
alfileres.”
“No, es la moda.”
“Me ponen muy
triste.”
“¿Estás seguro?”
“Claro que estoy
seguro.”
Cass se sacó las
agujas lentamente y las guardó en su bolso.
“¿Por qué peleas
con tu belleza?” le pregunté “¿Por qué no vives con ella y
ya?”
“Porque la gente
cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada, no dura. No
sabes lo afortunado que eres al ser feo, porque si la gente te
quiere, sabes que es por otra cosa.”
“Ok.” dije “Soy
afortunado.”
“No quiero decir
que seas feo, la gente lo piensa. Yo creo que tienes una cara
fascinante.”
“Gracias.”
Tomamos otro trago.
“¿Qué estás
haciendo?” me preguntó.
“Nada. No puedo
hacer nada. No tengo interés.”
“Yo tampoco. Si
fueses mujer podrías ser puta.”
“No creo que
podría mantener contacto con tantos extraños. Es agotador.”
“Tienes razón, es
agotador. Todo es agotador.”
Nos fuimos juntos.
La gente miraba a Cass por la calle. Era una mujer hermosa, tal vez
más hermosa que nunca. Llegamos a mi casa y abrí una botella de
vino y hablamos. Entre Cass y yo las cosas eran fáciles. Ella
hablaba un rato y yo escuchaba y luego hablaba. Nuestra conversación
fluía, parecíamos descubrir secretos juntos. Cuando descubríamos
uno bueno Cass reía con esa risa, de la única forma en que sabía.
Era como una alegría fogosa. Mientras hablábamos nos besábamos y
nos acercábamos más y más. Luego nos calentábamos y decidíamos
irnos a la cama. Fue luego, cuando Cass se quitó el vestido de
cuello alto, que la vi la fea y áspera cicatriz cruzándole la
garganta. Era larga y gruesa.
“Maldita seas”
le dije desde la cama “Maldita seas ¿qué hiciste?”
“Lo intenté con
una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Todavía soy bonita?”
La atraje hacia la
cama y la besé. Se alejó riendo.
“Algunos hombres
me pagan los diez y me desvisto y luego ya no quieren hacerlo. Me
quedo con los diez. Es muy gracioso.”
“Sí” le dije
“No puedo parar de reírme… Cass, perra, te amo… deja de
destruirte; eres la mujer más viva que he conocido.”
Nos besamos de
nuevo. Cass lloraba silenciosamente. Podía sentir las lágrimas. El
largo cabello negro yacía a mi lado como una bandera de muerte. Nos
juntamos e hicimos el amor de forma lenta, sombría y maravillosa. En
la mañana Cass se levantó para hacer el desayuno. Parecía calmada
y feliz, hasta cantaba. Me quedé en la cama disfrutando de su
felicidad. Finalmente se acercó a la cama y me sacudió.
“¡Despierta,
bastardo! ¡Échate agua fría en la cara y en el pajarito y ven a
disfrutar el festín!”
La llevé a la playa
ese día. Era un día de semana y todavía no era verano así que
todo estaba espléndidamente desierto. Los vagabundos de la playa,
con sus harapos, dormían en el césped que nacía sobre la arena.
Otros estaban sentados en bancos de piedra compartiendo una botella
solitaria. Las gaviotas sobrevolaban distraídas. Ancianas de 70 u 80
discutían, sentadas en los bancos, si vender propiedades dejadas por
sus esposos, asesinados hace mucho tiempo por el ritmo y la estupidez
de la supervivencia.
Todo esto hacía que
se respirara paz en el aire y caminamos y nos estiramos en el césped
y no dijimos demasiado. Simplemente se sentía bien estar juntos.
Compré un par de sándwiches, unas papas y bebidas y nos sentamos a
comer en la arena. Luego abracé a Cass y nos dormimos como por una
hora. De alguna manera era mejor que hacer el amor. Era un flujo sin
tensiones.
Cuando nos
despertamos volvimos a mi casa y cociné la cena. Luego de comer le
sugerí que viviésemos juntos. Esperó un largo tiempo, mirándome,
y luego lentamente dijo “No.”
La llevé de nuevo
al bar, le compré un trago y me fui. Conseguí un trabajo como
parquero en una fábrica así que al día siguiente y el resto de la
semana estuve trabajando. Estaba demasiado cansado pero el viernes
fui al West End. Me senté y esperé a Cass. Las horas pasaban. Luego
de que estuviera lo bastante borracho el bartender me dijo:
“Lo siento por tu
novia.”
“¿Qué pasó?”
pregunté.
“Lo siento ¿no lo
sabías?”
“No.”
“Suicidio. La
enterraron ayer.”
“¿Enterraron?”
pregunté. Parecía que en cualquier momento fuese a entrar por la
puerta. ¿Cómo podía haberse ido?
“Sus hermanas la
enterraron.”
“¿Un suicidio?
¿Te importaría decirme cómo?”
“Se cortó la
garganta.”
“Ya veo. Dame otro
trago.”
Bebí hasta que
cerraron. Cass era la más hermosa de cinco hermanas, la chica más
bella de la ciudad. Logré manejar hasta mi casa y seguía pensando,
debí de haber insistido en que se quedara conmigo en vez de
conformarme con ese “No.”. Todo decía que yo le había
importado. Simplemente había sido demasiado indeciso al respecto,
demasiado flojo, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la
de ella. Yo era un perro. No. ¿Por qué culpar a los perros?
Me levanté y
conseguí una botella de vino que bebí entera. Cass, la chica más
hermosa de la ciudad, estaba muerta a los 20 años. Afuera alguien
tocaba la corneta con insistencia. Dejé la botella de vino y grité:
“MALDITO SEAS,
HIJO DE PUTA, ¡CÁLLATE DE UNA BUENA VEZ!”
Y la noche siguió
pasando y no había nada que yo pudiese hacer.
Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. 1978.
jueves, 10 de mayo de 2018
Tráeme tu amor. Charles Bukowski.
-¿Es usted el director?- le preguntó.
-¿El director de qué?
-El director de verosimilitud.
-No.
Estaba pálida, sus ojos eran pálidos, azul pálido.
-¿Cómo te encuentras, Gloria?
La mesa era de hierro, pintada de blanco, una que duraría siglos. Había un pequeño recipiente con flores en el centro, flores marchitas y muertas que colgaban de tallos blandos y tristes.
-Eres un follaputas, Harry. Te follas a las putas.
-Eso no es cierto, Gloria.
-¿Y también te la chupan? ¿Te chupan el pito?
-Iba a traer a tu madre, Gloria, pero estaba en la cama con gripe.
-Esa vieja murciélago siempre está en la cama con algo… ¿Es usted el director?
Los demás pacientes estaban sentados junto a otras mesas o de pie, recostados contra los árboles, o tumbados en la hierba.
Estaban quietos y en silencio.
-¿Qué tal es la comida aquí, Gloria? ¿Tienes amigos?
-Horrible. Y no, follaputas.
-¿Quieres algo para leer? ¿Quieres que te traiga para leer?
Gloria no contestó. Entonces levantó la mano derecha, la miró, cerro el puño y se asestó un golpe en la nariz, muy fuerte. Harry se estiró por encima de la mesa y le cogió ambas manos.
-¡Gloria, por favor!
Ella empezó a llorar.
-¿Por qué no me has traído bombones?
-Pero Gloria, tú me dijiste que odiabas los bombones.
Las lágrimas le caían abundantemente.
-¡No odio los bombones! ¡Me encantan los bombones!
-No llores, Gloria, por favor… Te traeré bombones y todo lo que quieras… Escucha, he alquilado una habitación en un hotel, a un par de manzanas de aquí, sólo para estar cerca de ti.
Sus ojos pálidos se agrandaron.
-¿Una habitación de hotel? ¡Estarás ahí con una jodida puta! Estaréis viendo juntos películas porno y tendréis un espejo de los que ocupan todo el techo!
-Estaré aquí un par de días, Gloria- dijo Harry dulcemente-. Te traeré todo lo que quieras.
–Tráeme tu amor, entonces-gritó-. ¿Por qué demonios no me traes tu amor?
Algunos pacientes se volvieron y miraron.
-Gloria, estoy seguro de que no hay nadie que se preocupe por ti más que yo.
-¿Quieres traerme bombones? Bueno, pues ¡métete los bombones por el culo!
Harry sacó una tarjeta de su cartera. Era del hotel. Se la dio.
-Quiero darte esto antes de que me olvide. ¿Te permiten hacer llamadas? Si quieres cualquier cosa, sólo tienes que llamarme.
Gloria no contestó. Cogió la tarjeta y la dobló. Luego se agachó, se quitó un zapato, metió la tarjeta dentro y volvió a ponerse el zapato.
Entonces Harry vio al doctor Jensen que cruzaba el jardín hacia ellos. El doctor Jensen se acercó sonriendo y diciendo:
-Bueno, bueno, bueno…
-Hola, doctor Jensen -dijo Gloria, sin la menor emoción.
-Puedo sentarme? -preguntó el doctor.
-Claro -dijo Gloria.
El doctor era un hombre corpulento. Rezumaba peso, responsabilidad y autoridad. Sus cejas parecían gruesas y espesas; eran gruesas y espesas. Querían deslizarse y desaparecer dentro de su boca redonda y húmeda pero la vida no se lo permitía.
El doctor miró a Gloria. El doctor miró a Harry.
-Bueno, bueno, bueno -dijo-. Estoy realmente satisfecho de los progresos que hemos hecho hasta el momento…
-Sí, doctor Jensen, justamente le estaba contando a Harry lo mucho más estable que me siento, cuánto me han ayudado las consultas y la terapia de grupo. Esto me ha librado de gran parte de mi furia irracional, de mi frustración inútil y de mucha autocompasión destructiva…
Gloria estaba sentada con las manos entrelazadas sobre la falda, sonriendo.
El doctor sonrió a Harry.
-Gloria ha experimentado una notable recuperación.
-Sí -dijo Harry-, lo he notado.
-Creo que será cuestión de sólo un poquito más de tiempo y Gloria volverá a estar en casa con usted, Harry.
-Doctor- preguntó Gloria-,¿puedo fumarme un cigarrillo?
-Por supuesto, mujer -dijo el doctor, a la vez que sacaba un paquete de cigarrillos exóticos y le daba un golpecito para sacar uno. Gloria lo cogió y el doctor alargó su encendedor dorado y lo accionó con el dedo. Gloria inhaló y soltó el humo.
-Tiene unas manos preciosas, doctor Jensen -dijo ella.
-Ah, gracias, querida.
-Y una bondad que salva, una bondad que cura…
-Bueno, hacemos todo lo que podemos en este viejo edificio… -dijo suavemente el doctor Jensen-. Ahora, si me disculpan, tengo que hablar con algunos pacientes más.
Levantó con facilidad su corpachón de la silla y se dirigió hacia una mesa donde otra mujer estaba visitando a otro hombre.
Gloria miró fijamente a Harry.
-¡Ese gordo cabrón! Se toma la mierda de las enfermeras para almorzar…
-Gloria, me ha encantado verte, pero he estado conduciendo muchas horas y necesito descansar. Y creo que el doctor tiene razón. He notado algunos progresos.
Ella se rió. Pero no era una risa alegre, era una risa teatral, como un papel memorizado.
-No he hecho ningún progreso en absoluto; de hecho, he retrocedido.
-Eso no es cierto, Gloria…
-Yo soy la paciente, cabeza-de-pescado. Yo soy la que mejor puede hacer un diagnóstico.
-¿Qué es eso de cabeza-de-pescado?
-¿Nadie te ha dicho nunca que tienes la cabeza como un pescado?
-No.
-La próxima vez que te afeites, fíjate. Y ten cuidado de no cortarte las agallas.
-Me voy a marchar…, pero mañana volveré a visitarte.
-La próxima vez trae al director.
-¿Estás segura de que no quieres que te traiga nada?
-¡Lo que vas a hacer es volver a esa habitación del hotel a follarte a alguna puta!
-¿Y si te trajera un ejemplar de New York? A ti te gustaba esa revista…
-¡Métete New York por el culo, cabeza-de-pescado! ¡Y después puedes seguir con el TIME!
Harry se inclinó por encima de la mesa y le apretó la mano con la que se había golpeado la nariz.
-Mantén la entereza, sigue intentándolo. Pronto te pondrás bien…
Gloria no dio señal de haberle oído. Harry se levantó lentamente, se volvió y se encaminó hacia la escalera. Cuando había subido la mitad, se volvió y dijo adiós a Gloria con la mano. Ella siguió sentada, inmóvil.
Estaban a oscuras y todo iba bien, cuando sonó el teléfono. Harry siguió con lo suyo, pero el teléfono continuó sonando. Era muy molesto. Enseguida se le puso blanda.
-Mierda -dijo, y se quitó de encima. Encendió la lámpara y cogió el teléfono.
-Dígame?
Era Gloria.
-¿Te estás follando a alguna puta?
-Gloria, ¿te dejan telefonear a estas horas de la noche? ¿No te dan una píldora para dormir o algo?
-¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono?
-¿Tú no cagas nunca? Pues yo estaba a la mitad de una soberbia cagada, me has cogido justo a la mitad.
-Apuesto a que sí… ¿Vas a terminarla después de hablar conmigo?
-Gloria, es tu maldita paranoia extrema la que te ha conducido a donde estás.
-Cabeza-de-pescado, mi paranoia casi siempre ha sido el presagio de una verdad que iba a ocurrir.
-Oye, estás desvariando. Trata de dormir. Mañana iré a verte.
-¡Muy bien! ¡Cabeza-de-pescado, acaba de FOLLAR!
Gloria colgó.
Nan estaba en bata, sentada en el borde de la cama, y tenía un whisky con agua sobre la mesilla. Encendió un cigarrillo y cruzó las piernas.
-Bueno -dijo-, ¿cómo está tu mujercita?
Harry se sirvió una copa y se sentó a su lado.
-Lo siento, Nan…
-¿Lo sientes por qué? ¿Por quién? ¿Por ella o por mí o por qué?
Harry vació su lingotazo de whisky.
-No hagamos un maldito melodrama de esto.
-¿Ah sí? Bien, ¿qué quieres que hagamos de esto? ¿Un simple revolcón en la hierba? ¿Quieres que volvamos a ello hasta que acabes o prefieres meterte en el cuarto de baño y cascártela?
Harry miró a Nan.
-¡Maldición! No te hagas la lista. Tú conocías la situación tan bien como yo. ¡Tú fuiste la que quiso venir conmigo!
-¡Pero es porque sabía que, si no venía, te traerías a alguna puta!
-Mierda – dijo Harry-, otra vez esa palabra.
-¿Qué palabra? ¿Qué palabra? -Nan vació su vaso y lo tiró contra la pared.
Harry fue hasta allí, recogió el vaso, volvió a llenarlo, se lo dio a Nan, luego llenó el suyo.
Nan bajó la mirada hacia su vaso, dio un trago, lo puso sobre la mesilla.
-¡La voy a llamar, se lo voy a contar todo!
-¡De eso ni hablar! Es una mujer enferma.
-¡Y tú eres un enfermo hijo de puta!
Justo en ese momento el teléfono sonó otra vez. Estaba en el suelo, en el centro de la habitación, donde Harry lo había dejado. Los dos saltaron de la cama hacia el teléfono. Al segundo timbrazo los dos estaban en el suelo, agarrando una parte del auricular cada uno. Giraron una y otra vez sobre la alfombra, respirando pesadamente, con las piernas y los brazos y los cuerpos en una desesperada yuxtaposición. Y así se reflejaban en el espejo que había en el techo de pared a pared.
Hijos de Satanás. Charles Bukowski. 1993.



