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domingo, 1 de marzo de 2026

Confesión. Charles Bukowski.

Esperando a la muerte
como un gato
que saltará sobre la
cama.


Estoy apenado por
mi esposa.
Ella verá este
cuerpo
rígido
y blanco.


Lo sacudirá una vez, entonces
quizás de nuevo:
“Hank”
Hank no
contestará.


No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi esposa
sola con esta
pila de nada.


Quiero que sepa
que todas las noches
durmiendo a su lado.
Incluso las discusiones
inútiles
fueron cosas
espléndidas.


Y las duras
palabras
que siempre tuve miedo de
decir
pueden ahora ser
dichas:


“Te amo”


domingo, 5 de diciembre de 2021

Putrefacción. Charles Bukowski

Últimamente

me ronda este pensamiento

que este país

ha retrocedido

4 o 5 décadas

y que todo el

avance social

los buenos sentimientos de

una persona hacia

otra

se han borrado

y se han reemplazado por la

vieja

intolerancia de siempre.


Más que nunca

tenemos

egoístas ansias de poder

desprecio por el

débil

el viejo

el pobre

el

desvalido.


Estamos reemplazando necesidad con

guerra

salvación con

esclavitud.


Hemos desperdiciado

los logros

nos hemos deteriorado

deprisa.


Tenemos nuestra bomba

es nuestro miedo

nuestra condena

y nuestra vergüenza.


Ahora

se ha apoderado de nosotros

algo triste

que nos deja

sin aliento

y ni siquiera podemos

llorar.

 

 


sábado, 22 de mayo de 2021

Menos delicado que la langosta. Charles Bukoswki.

—¡Qué cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos por ahí. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la muerte. Vámonos por ahí.
—¿Por ahí, adónde? —preguntó ella.
—A cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.
—Jorg —dijo ella—. ¿Qué haré cuando mueras?
—Comer, dormir, coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.
—Yo necesito seguridad.
—Todos la necesitamos.
—Escucha, no estamos casados. No podré cobrar tu seguro.
—No hay problema, no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.
Arlene estaba sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.
—Dices que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en la lista?
—Tú eres la cinco mil una.
—¿Crees que no podría conseguir otro hombre?
—No tendrías ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.
—¿Crees que necesito un gran pintor?
—No, nada de eso. Bastaría con un buen compañero.
—Sí, siempre que me amase.
—Por supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.
Bajaron las escaleras desde la última planta. Todas eran viviendas baratas, llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre; parecía haber siempre comida cocinándose en grandes cacerolas y gente sentada por ahí fumando, limpiándose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco, discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando, rascándose o dormitando delante de la televisión. En el mundo son muy pocos los que tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía la gente, mejor parecía vivir. Las únicas necesidades eran dormir, sábanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.
—Idiotas —dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas parloteando y me joden la mía.
—Oh, Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?
Jorg la miró arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha cogía como una experta y resultaba agradable tenerla a mano… casi siempre.
Llegaron al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas, los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de marfil. Cuando peor se sentía, era cuando mejor se sentía.
—Mierda —dijo—, todo caga hasta que se muere.
Arlene caminaba meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastón, y hasta el sol parecía mirar hacia abajo y exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta fechas muy recientes sus obras no se habían vendido un carajo. Los dos habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escaleras. En los rellanos olía a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron hasta la última planta y Arlene llamó a la puerta.
La puerta se abrió de golpe y allí estaba Serge.
—¡Te pillé! —dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón… pasen.
—¿Pero qué demonios te pasa? —preguntó Jorg.
—Siéntense. Creí que era Lila…
—¿Juegas al escondite con Lila?
—No, no…
—Serge, tienes que librarte de esa chica, te está volviendo loco.
—Me afila los lápices.
—Serge, es demasiado joven para ti.
—Tiene treinta años.
—Y tú sesenta. Son treinta años.
—¿Treinta años es demasiado?
—Pues claro.
—¿Y veinte? —preguntó Serge, mirando a Arlene.
—Veinte años es aceptable. Treinta es indecente.
—¿Por qué no se buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntó Arlene.
Ambos la miraron.
—Le gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.
—Sí —dijo Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy haciendo…
Lo siguieron hasta el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.
—¿Ves? ¿Te das cuenta? Todas las comodidades.
Serge tenía los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al techo.
—Es por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar horas.
—¿Quién te mezcla los colores?
—Lila. Le digo: «Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicaré a estar por ahí tumbado, leyendo revistas.
Oyeron a Lila que subía las escaleras. Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó al dormitorio.
—Vaya —dijo—, el viejo asqueroso está pintando.
—Sí —dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.
—Yo no dije eso.
—Vamos por ahí a comer algo —dijo Arlene.
Serge se incorporó con un gemido.
—Es la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.
—Necesito un trago —dijo Serge—. Me repondré en seguida.
Bajaron juntos a la calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban suéteres de cuello alto.
—Hola, son Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?
—¡Largo! —dijo Serge.
Jorg blandió el bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la rodilla.
—Mierda —dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!
—Ojalá —dijo Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!
Siguieron hacia La Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menú y soltando gentilezas en italiano, ruso y francés.
—¿Has visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es realmente asqueroso!
—Sí —dijo Jorg, y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!
—¡Traiga cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se sentaban a la mejor mesa.
El jefe de camareros se evaporó.
—Ustedes son un par de pendejos —dijo Lila.
Jorg le empezó a subir la mano por la pierna.
—A dos inmortales todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.
—Quítame la mano de la vulva, Jorg.
—No es tu crica. Es propiedad de Serge.
—Pues quita la mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.
—Mi voluntad es muy débil.
Ella gritó. Jorg retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg. Jorg lo vació.
—Es una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!
—¿Todas?
—Todas, sí, pendejo. ¡Y rápido!
—Es torpe —dijo Serge—. Míralo. ¿Cenamos?
—¿Cenar? —dijo Arlene—. Ustedes lo único que hacen es beber. No creo que los haya visto comer nunca más de un huevo pasado por agua.
—¡Fuera de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.
El camarero se esfumó.
—No deben hablarle así a la gente, muchachos —dijo Lila.
—Hemos pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.
—Eso no les da ningún derecho —dijo Arlene.
—Supongo que no —dijo Jorg—, pero es interesante.
—La gente no tiene por qué aguantarlos —dijo Lila.
—La gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.
—Lo que la gente quiere es las pinturas de ustedes, nada más —dijo Arlene.
—Nosotros somos nuestros cuadros —dijo Serge.
—Las mujeres son tontas —dijo Jorg.
—Ten cuidado —dijo Serge—. También son capaces de terribles venganzas…
Se pasaron allí sentados dos horas bebiendo vino.
—El hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.
—El hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.
—Ustedes son pendejos genuinos —dijo Lila.
—Desde luego —dijo Arlene.
—Vamos a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la mía.
—Oh, no —dijo Arlene—, de eso nada.
—Nada de eso —dijo Lila.
—Ahora tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.
—Yo también tengo ganas de pintar —dijo Serge.
—Larguémonos de aquí —dijo Jorg.
—Esperen —dijo Lila—, no han pagado la cuenta.
—¿Cuenta? —gritó Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar dinero por esta mierda de vino?
—Venga, vamos —dijo Jorg.
Cuando se levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.
—Este vino es asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba está en los orines!
Serge cogió una botella de vino aún a mitad, le abrió al camarero la camisa de un tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el bastón de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivía en un departamento de lujo. Estudiaba química y había ganado en una ocasión el segundo premio en un concurso de ópera. Jorg blandió el bastón y lo golpeó, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg lo golpeó otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.
Se dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro estaban borrachos, pero tenían una cierta elegancia, había en ellos algo único. Llegaron a la puerta y salieron.
En una mesa próxima a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado todo. El joven parecía inteligente; solo una verruga bastante grande que tenía casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo había querido ser monja.
—¿Estuvieron magníficos, verdad? —dijo el joven.
—Son dos pendejos —dijo la joven.
El joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche difícil.

Música de cañerías, 1983.

jueves, 12 de noviembre de 2020

La chica más guapa de la ciudad. Charles Bukowski.

Cass era la más joven y la más bella de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio aindiada, con un cuerpo extraño y flexible; un cuerpo de serpiente fiera con ojos a juego. Cass era fuego fluido en movimiento. Era como un espíritu atrapado en una forma incapaz de contenerla. Su pelo era negro y largo y sedoso y ondulaba por ahí tal como lo hacía su cuerpo. Su espíritu estaba siempre demasiado alto o demasiado bajo. No había punto medio para Cass. Algunos decían que estaba loca. Los aburridos lo hacían. Los aburridos nunca entenderían a Cass. Para los hombres ella era simplemente una máquina de sexo, y en realidad no les importaba si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y los besaba, pero, a excepción de una vez o dos, cuando era hora de hacerlo con Cass ella siempre se escabullía, los eludía.
Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no usar lo suficiente la cabeza, pero Cass tenía mente y espíritu; ella pintaba, bailaba, cantaba, hacía cosas con arcilla, y cuando la gente estaba lastimada, de espíritu o de cuerpo, Cass sufría profundamente por ellos.
Su mente era distinta; simplemente impráctica. Sus hermanas estaban celosas porque ella atraía a sus hombres, y estaban enojadas porque sentían que no sacaba el mejor provecho de ellos. Tenía el hábito de ser amable con los más feos; los hombres guapos la aburrían. “No tienen agallas”, decía, “cuentan demasiado con esos pequeños y perfectos lóbulos y esas bien formadas aletas de la nariz… pura superficie, sin entrañas…”.
Su temperamento era cercano a la locura, algunos lo llamarían locura. Su padre murió alcoholizado y su madre huyó, abandonándolas. Fueron a parar donde un familiar que las llevó a un convento. El convento era un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Todas las chicas estaban celosas de ella, y había peleado con la mayoría. Tenía cicatrices de hojillas en todo el largo de su brazo izquierdo, producto de defenderse en dos peleas. También tenía una cicatriz en la mejilla izquierda, pero más allá de afearla, parecía embellecerla.
La conocí en el bar West End, cuando había apenas salido del convento. Por ser la más joven, fue la última en ser liberada. Simplemente entró y se sentó a mi lado. Yo era, probablemente, el hombre más feo de la ciudad y puede que tuviese algo que ver con eso.
“¿Bebes?” le pregunté.
“Claro, ¿por qué no?”
No creo que hubiese nada de inusual en nuestra conversación esa noche, simplemente ese era la sensación que Cass me transmitía. Ella me había elegido y era tan simple como eso. Sin presiones. Le gustaron sus bebidas y tomó varias. No parecía ser mayor de edad pero de igual manera le servían. Tal vez había olvidado su identificación, no lo sé. De cualquier manera, cada vez que volvía del baño y se sentaba a mi lado tengo que admitir que sentía algo de orgullo. No era tan solo la mujer más bella de la ciudad sino una de las más hermosas que yo había visto nunca.
Le rodeé la cintura con el brazo y la besé.
“¿Piensas que soy bonita?” me preguntó.
“Sí, claro, pero hay algo más… hay algo más allá de tu apariencia…”
“La gente siempre está acusándome de ser bonita. ¿Realmente crees que soy bonita?”
“Bonita no es la palabra, difícilmente te hace justicia.”
Cass alcanzó su bolso. Pensé que buscaba su pañuelo. Sacó un alfiler largo, de esos para fijar sombreros. Antes de que pudiese detenerla se clavó el alfiler en la nariz, atravesándola de lado a lado, justo encima de las aletas. Sentí asco y terror. Ella me miró y se rió.
“¿Todavía crees que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, hombre?”
Le saqué el alfiler y detuve el sangrado con mi pañuelo. Varias personas, incluyendo el bartender, habían presenciado la escena. El bartender se acercó:
“Mira,” le dijo a Cass “lo haces de nuevo y te vas. No necesitamos tus actuaciones aquí.”
“Vete a la mierda, hombre.” le respondió.
“Haz que se comporte.” me dijo el bartender.
“Estará bien.” dije.
“Es mi nariz, puedo hacer lo que quiera con mi nariz.”
“No.” le dije “Me hace daño.”
“¿Me estás diciendo que te duele cuando me clavo una aguja en la nariz?”
“Sí, me duele. De verdad.”
“Está bien, no lo vuelvo a hacer. Anímate.”
Me besó sonriente mientras sostenía el pañuelo contra su nariz. Nos fuimos a mi casa cuando cerraron. Tenía algo de cerveza y nos sentamos a hablar. Fue ahí donde comencé a percibirla como una persona llena de amabilidad y preocupación. Se entregaba a sí misma sin darse cuenta. Y al mismo tiempo se refugiaba en zonas de salvaje incoherencia. Shitzi. Una hermosa y espiritual Schitzi. Tal vez algún hombre, algo, la arruinaría para siempre. Esperé no ser yo. Nos fuimos a la cama y luego de apagar las luces Cass me preguntó:
“¿Cuándo lo quieres? ¿Ahora o en la mañana?”
“En la mañana.” Le dije y me volteé de espaldas.
En la mañana me levanté e hice un par de cafés, le llevé uno a la cama. Ella se rió.
“Eres el primer hombre que lo ha rechazado en la noche.”
“Está bien.” Le dije “No tenemos que hacerlo.”
“No, espera, ahora quiero. Déjame refrescarme.”
Cass entró en el baño y salió poco después, maravillosa; su pelo largo y negro brillando, sus ojos y labios brillando, ella brillando… Mostraba su cuerpo calmadamente, como se muestran las cosas buenas. Se metió bajo las sábanas.
“Ven, amor mío.”
Me metí a su lado. Besaba con abandono pero sin prisa. Dejé que mis manos recorrieran su cuerpo, se metieran entre su pelo. La monté. Era caliente y estrecha. Comencé a moverme suavemente, queriendo que durase. Me miraba directamente a los ojos.
“¿Cómo te llamas?” le pregunté.
“¿Qué maldita diferencia hace?” me preguntó.
Me reí y continué. Luego se vistió y la llevé de nuevo al bar, pero era difícil olvidarla. No estaba trabajando por lo que dormía hasta las 2, luego me despertaba y leía el periódico. Estaba en la bañera cuando ella entró con una hoja grande, una oreja de elefante.
“Sabía que estarías en la bañera,” dijo “así que te traje algo para cubrir esa cosa, hijo de la naturaleza.”
Me arrojó la hoja de elefante.
“¿Cómo sabías que iba a estar en la bañera?”
“Lo sabía.”
Casi todos los días Cass llegaba cuando estaba en la bañera. Eran horarios distintos pero casi nunca se equivocaba, y siempre traía consigo la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.
Una o dos noches me llamó por teléfono y tuve que pagar la fianza para sacarla de la cárcel por ebriedad y peleas.
“Esos hijos de puta.” decía “Sólo porque te compran un par de tragos piensan que pueden quitarte los pantalones.”
“Una vez que aceptas un trago creas tú misma el problema.”
“Pensé que estaban interesados en mí, no sólo en mi cuerpo.”
“Yo estoy interesado en ti y en tu cuerpo. Dudo, por otra parte, que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.”
Dejé la ciudad por seis meses, deambulé por los alrededores, volví. Nunca olvidé a Cass, pero habíamos tenido una especie de discusión y yo tenía ganas de ponerme en marcha. Cuando volví imaginé que se había ido, pero no había pasado ni 30 minutos en el West End y ella entró y se sentó a mi lado.
“Bueno, bastardo, veo que volviste.”
Ordené una bebida, luego la miré. Tenía un vestido de cuello alto. Nunca la había visto con algo parecido, y bajo cada ojo, clavados, estaban dos alfileres con cabezas de cristal. Solo podías ver las cabezas, pero los tenía clavados en la cara.
“Maldita, ¿todavía intentas destruir tu belleza, no?”
“No, es la moda, tonto.”
“Estás loca.”
“Te he extrañado.” me dijo
“¿Hay alguien más?”
“No, no hay nadie más. Solo tú. Ahora trabajo, cuesta diez dólares, pero para ti es gratis.”
“Quítate los alfileres.”
“No, es la moda.”
“Me ponen muy triste.”
“¿Estás seguro?”
“Claro que estoy seguro.”
Cass se sacó las agujas lentamente y las guardó en su bolso.
“¿Por qué peleas con tu belleza?” le pregunté “¿Por qué no vives con ella y ya?”
“Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada, no dura. No sabes lo afortunado que eres al ser feo, porque si la gente te quiere, sabes que es por otra cosa.”
“Ok.” dije “Soy afortunado.”
“No quiero decir que seas feo, la gente lo piensa. Yo creo que tienes una cara fascinante.”
“Gracias.”
Tomamos otro trago.
“¿Qué estás haciendo?” me preguntó.
“Nada. No puedo hacer nada. No tengo interés.”
“Yo tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.”
“No creo que podría mantener contacto con tantos extraños. Es agotador.”
“Tienes razón, es agotador. Todo es agotador.”
Nos fuimos juntos. La gente miraba a Cass por la calle. Era una mujer hermosa, tal vez más hermosa que nunca. Llegamos a mi casa y abrí una botella de vino y hablamos. Entre Cass y yo las cosas eran fáciles. Ella hablaba un rato y yo escuchaba y luego hablaba. Nuestra conversación fluía, parecíamos descubrir secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno Cass reía con esa risa, de la única forma en que sabía. Era como una alegría fogosa. Mientras hablábamos nos besábamos y nos acercábamos más y más. Luego nos calentábamos y decidíamos irnos a la cama. Fue luego, cuando Cass se quitó el vestido de cuello alto, que la vi la fea y áspera cicatriz cruzándole la garganta. Era larga y gruesa.
“Maldita seas” le dije desde la cama “Maldita seas ¿qué hiciste?”
“Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Todavía soy bonita?”
La atraje hacia la cama y la besé. Se alejó riendo.
“Algunos hombres me pagan los diez y me desvisto y luego ya no quieren hacerlo. Me quedo con los diez. Es muy gracioso.”
“Sí” le dije “No puedo parar de reírme… Cass, perra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer más viva que he conocido.”
Nos besamos de nuevo. Cass lloraba silenciosamente. Podía sentir las lágrimas. El largo cabello negro yacía a mi lado como una bandera de muerte. Nos juntamos e hicimos el amor de forma lenta, sombría y maravillosa. En la mañana Cass se levantó para hacer el desayuno. Parecía calmada y feliz, hasta cantaba. Me quedé en la cama disfrutando de su felicidad. Finalmente se acercó a la cama y me sacudió.
“¡Despierta, bastardo! ¡Échate agua fría en la cara y en el pajarito y ven a disfrutar el festín!”
La llevé a la playa ese día. Era un día de semana y todavía no era verano así que todo estaba espléndidamente desierto. Los vagabundos de la playa, con sus harapos, dormían en el césped que nacía sobre la arena. Otros estaban sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas sobrevolaban distraídas. Ancianas de 70 u 80 discutían, sentadas en los bancos, si vender propiedades dejadas por sus esposos, asesinados hace mucho tiempo por el ritmo y la estupidez de la supervivencia.
Todo esto hacía que se respirara paz en el aire y caminamos y nos estiramos en el césped y no dijimos demasiado. Simplemente se sentía bien estar juntos. Compré un par de sándwiches, unas papas y bebidas y nos sentamos a comer en la arena. Luego abracé a Cass y nos dormimos como por una hora. De alguna manera era mejor que hacer el amor. Era un flujo sin tensiones.
Cuando nos despertamos volvimos a mi casa y cociné la cena. Luego de comer le sugerí que viviésemos juntos. Esperó un largo tiempo, mirándome, y luego lentamente dijo “No.”
La llevé de nuevo al bar, le compré un trago y me fui. Conseguí un trabajo como parquero en una fábrica así que al día siguiente y el resto de la semana estuve trabajando. Estaba demasiado cansado pero el viernes fui al West End. Me senté y esperé a Cass. Las horas pasaban. Luego de que estuviera lo bastante borracho el bartender me dijo:
“Lo siento por tu novia.”
“¿Qué pasó?” pregunté.
“Lo siento ¿no lo sabías?”
“No.”
“Suicidio. La enterraron ayer.”
“¿Enterraron?” pregunté. Parecía que en cualquier momento fuese a entrar por la puerta. ¿Cómo podía haberse ido?
“Sus hermanas la enterraron.”
“¿Un suicidio? ¿Te importaría decirme cómo?”
“Se cortó la garganta.”
“Ya veo. Dame otro trago.”
Bebí hasta que cerraron. Cass era la más hermosa de cinco hermanas, la chica más bella de la ciudad. Logré manejar hasta mi casa y seguía pensando, debí de haber insistido en que se quedara conmigo en vez de conformarme con ese “No.”. Todo decía que yo le había importado. Simplemente había sido demasiado indeciso al respecto, demasiado flojo, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Yo era un perro. No. ¿Por qué culpar a los perros?
Me levanté y conseguí una botella de vino que bebí entera. Cass, la chica más hermosa de la ciudad, estaba muerta a los 20 años. Afuera alguien tocaba la corneta con insistencia. Dejé la botella de vino y grité:
“MALDITO SEAS, HIJO DE PUTA, ¡CÁLLATE DE UNA BUENA VEZ!”
Y la noche siguió pasando y no había nada que yo pudiese hacer.


Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. 1978.

jueves, 10 de mayo de 2018

Tráeme tu amor. Charles Bukowski.

Harry bajó las escaleras hacia el jardín. Muchos de los pacientes estaban allí afuera. Le habían dicho que Gloria, su mujer, estaba allí afuera. La vio sentada a una mesa, sola. Se acercó a ella en diagonal, de refilón por detrás. Dio la vuelta a la mesa y se sentó frente a ella. Gloria estaba sentada con la espalda muy recta y tenía la cara muy pálida. Le miró pero no le vio. Después le vio.
-¿Es usted el director?- le preguntó.
-¿El director de qué?
-El director de verosimilitud.
-No.
Estaba pálida, sus ojos eran pálidos, azul pálido.
-¿Cómo te encuentras, Gloria?
La mesa era de hierro, pintada de blanco, una que duraría siglos. Había un pequeño recipiente con flores en el centro, flores marchitas y muertas que colgaban de tallos blandos y tristes.
-Eres un follaputas, Harry. Te follas a las putas.
-Eso no es cierto, Gloria.
-¿Y también te la chupan? ¿Te chupan el pito?
-Iba a traer a tu madre, Gloria, pero estaba en la cama con gripe.
-Esa vieja murciélago siempre está en la cama con algo… ¿Es usted el director?
Los demás pacientes estaban sentados junto a otras mesas o de pie, recostados contra los árboles, o tumbados en la hierba.
Estaban quietos y en silencio.
-¿Qué tal es la comida aquí, Gloria? ¿Tienes amigos?
-Horrible. Y no, follaputas.
-¿Quieres algo para leer? ¿Quieres que te traiga para leer?
Gloria no contestó. Entonces levantó la mano derecha, la miró, cerro el puño y se asestó un golpe en la nariz, muy fuerte. Harry se estiró por encima de la mesa y le cogió ambas manos.
-¡Gloria, por favor!
Ella empezó a llorar.
-¿Por qué no me has traído bombones?
-Pero Gloria, tú me dijiste que odiabas los bombones.
Las lágrimas le caían abundantemente.
-¡No odio los bombones! ¡Me encantan los bombones!
-No llores, Gloria, por favor… Te traeré bombones y todo lo que quieras… Escucha, he alquilado una habitación en un hotel, a un par de manzanas de aquí, sólo para estar cerca de ti.
Sus ojos pálidos se agrandaron.
-¿Una habitación de hotel? ¡Estarás ahí con una jodida puta! Estaréis viendo juntos películas porno y tendréis un espejo de los que ocupan todo el techo!
-Estaré aquí un par de días, Gloria- dijo Harry dulcemente-. Te traeré todo lo que quieras.
–Tráeme tu amor, entonces-gritó-. ¿Por qué demonios no me traes tu amor?
Algunos pacientes se volvieron y miraron.
-Gloria, estoy seguro de que no hay nadie que se preocupe por ti más que yo.
-¿Quieres traerme bombones? Bueno, pues ¡métete los bombones por el culo!
Harry sacó una tarjeta de su cartera. Era del hotel. Se la dio.
-Quiero darte esto antes de que me olvide. ¿Te permiten hacer llamadas? Si quieres cualquier cosa, sólo tienes que llamarme.
Gloria no contestó. Cogió la tarjeta y la dobló. Luego se agachó, se quitó un zapato, metió la tarjeta dentro y volvió a ponerse el zapato.
Entonces Harry vio al doctor Jensen que cruzaba el jardín hacia ellos. El doctor Jensen se acercó sonriendo y diciendo:
-Bueno, bueno, bueno…
-Hola, doctor Jensen -dijo Gloria, sin la menor emoción.
-Puedo sentarme? -preguntó el doctor.
-Claro -dijo Gloria.
El doctor era un hombre corpulento. Rezumaba peso, responsabilidad y autoridad. Sus cejas parecían gruesas y espesas; eran gruesas y espesas. Querían deslizarse y desaparecer dentro de su boca redonda y húmeda pero la vida no se lo permitía.
El doctor miró a Gloria. El doctor miró a Harry.
-Bueno, bueno, bueno -dijo-. Estoy realmente satisfecho de los progresos que hemos hecho hasta el momento…
-Sí, doctor Jensen, justamente le estaba contando a Harry lo mucho más estable que me siento, cuánto me han ayudado las consultas y la terapia de grupo. Esto me ha librado de gran parte de mi furia irracional, de mi frustración inútil y de mucha autocompasión destructiva…
Gloria estaba sentada con las manos entrelazadas sobre la falda, sonriendo.
El doctor sonrió a Harry.
-Gloria ha experimentado una notable recuperación.
-Sí -dijo Harry-, lo he notado.
-Creo que será cuestión de sólo un poquito más de tiempo y Gloria volverá a estar en casa con usted, Harry.
-Doctor- preguntó Gloria-,¿puedo fumarme un cigarrillo?
-Por supuesto, mujer -dijo el doctor, a la vez que sacaba un paquete de cigarrillos exóticos y le daba un golpecito para sacar uno. Gloria lo cogió y el doctor alargó su encendedor dorado y lo accionó con el dedo. Gloria inhaló y soltó el humo.
-Tiene unas manos preciosas, doctor Jensen -dijo ella.
-Ah, gracias, querida.
-Y una bondad que salva, una bondad que cura…
-Bueno, hacemos todo lo que podemos en este viejo edificio… -dijo suavemente el doctor Jensen-. Ahora, si me disculpan, tengo que hablar con algunos pacientes más.
Levantó con facilidad su corpachón de la silla y se dirigió hacia una mesa donde otra mujer estaba visitando a otro hombre.
Gloria miró fijamente a Harry.
-¡Ese gordo cabrón! Se toma la mierda de las enfermeras para almorzar…
-Gloria, me ha encantado verte, pero he estado conduciendo muchas horas y necesito descansar. Y creo que el doctor tiene razón. He notado algunos progresos.
Ella se rió. Pero no era una risa alegre, era una risa teatral, como un papel memorizado.
-No he hecho ningún progreso en absoluto; de hecho, he retrocedido.
-Eso no es cierto, Gloria…
-Yo soy la paciente, cabeza-de-pescado. Yo soy la que mejor puede hacer un diagnóstico.
-¿Qué es eso de cabeza-de-pescado?
-¿Nadie te ha dicho nunca que tienes la cabeza como un pescado?
-No.
-La próxima vez que te afeites, fíjate. Y ten cuidado de no cortarte las agallas.
-Me voy a marchar…, pero mañana volveré a visitarte.
-La próxima vez trae al director.
-¿Estás segura de que no quieres que te traiga nada?
-¡Lo que vas a hacer es volver a esa habitación del hotel a follarte a alguna puta!
-¿Y si te trajera un ejemplar de New York? A ti te gustaba esa revista…
-¡Métete New York por el culo, cabeza-de-pescado! ¡Y después puedes seguir con el TIME!
Harry se inclinó por encima de la mesa y le apretó la mano con la que se había golpeado la nariz.
-Mantén la entereza, sigue intentándolo. Pronto te pondrás bien…
Gloria no dio señal de haberle oído. Harry se levantó lentamente, se volvió y se encaminó hacia la escalera. Cuando había subido la mitad, se volvió y dijo adiós a Gloria con la mano. Ella siguió sentada, inmóvil.
Estaban a oscuras y todo iba bien, cuando sonó el teléfono. Harry siguió con lo suyo, pero el teléfono continuó sonando. Era muy molesto. Enseguida se le puso blanda.
-Mierda -dijo, y se quitó de encima. Encendió la lámpara y cogió el teléfono.
-Dígame?
Era Gloria.
-¿Te estás follando a alguna puta?
-Gloria, ¿te dejan telefonear a estas horas de la noche? ¿No te dan una píldora para dormir o algo?
-¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono?
-¿Tú no cagas nunca? Pues yo estaba a la mitad de una soberbia cagada, me has cogido justo a la mitad.
-Apuesto a que sí… ¿Vas a terminarla después de hablar conmigo?
-Gloria, es tu maldita paranoia extrema la que te ha conducido a donde estás.
-Cabeza-de-pescado, mi paranoia casi siempre ha sido el presagio de una verdad que iba a ocurrir.
-Oye, estás desvariando. Trata de dormir. Mañana iré a verte.
-¡Muy bien! ¡Cabeza-de-pescado, acaba de FOLLAR!
Gloria colgó.
Nan estaba en bata, sentada en el borde de la cama, y tenía un whisky con agua sobre la mesilla. Encendió un cigarrillo y cruzó las piernas.
-Bueno -dijo-, ¿cómo está tu mujercita?
Harry se sirvió una copa y se sentó a su lado.
-Lo siento, Nan…
-¿Lo sientes por qué? ¿Por quién? ¿Por ella o por mí o por qué?
Harry vació su lingotazo de whisky.
-No hagamos un maldito melodrama de esto.
-¿Ah sí? Bien, ¿qué quieres que hagamos de esto? ¿Un simple revolcón en la hierba? ¿Quieres que volvamos a ello hasta que acabes o prefieres meterte en el cuarto de baño y cascártela?
Harry miró a Nan.
-¡Maldición! No te hagas la lista. Tú conocías la situación tan bien como yo. ¡Tú fuiste la que quiso venir conmigo!
-¡Pero es porque sabía que, si no venía, te traerías a alguna puta!
-Mierda – dijo Harry-, otra vez esa palabra.
-¿Qué palabra? ¿Qué palabra? -Nan vació su vaso y lo tiró contra la pared.
Harry fue hasta allí, recogió el vaso, volvió a llenarlo, se lo dio a Nan, luego llenó el suyo.
Nan bajó la mirada hacia su vaso, dio un trago, lo puso sobre la mesilla.
-¡La voy a llamar, se lo voy a contar todo!
-¡De eso ni hablar! Es una mujer enferma.
-¡Y tú eres un enfermo hijo de puta!
Justo en ese momento el teléfono sonó otra vez. Estaba en el suelo, en el centro de la habitación, donde Harry lo había dejado. Los dos saltaron de la cama hacia el teléfono. Al segundo timbrazo los dos estaban en el suelo, agarrando una parte del auricular cada uno. Giraron una y otra vez sobre la alfombra, respirando pesadamente, con las piernas y los brazos y los cuerpos en una desesperada yuxtaposición. Y así se reflejaban en el espejo que había en el techo de pared a pared.

 Hijos de Satanás. Charles Bukowski. 1993.