viernes, 28 de febrero de 2020

Isadora. Eduardo Galeano.

Descalza, desnuda, apenas envuelta en la bandera argentina, Isadora Duncan baila el himno nacional.
Una noche comete esta osadía, en un café de estudiantes de Buenos Aires, y a la mañana siguiente todo el mundo lo sabe: el empresario rompe el contrato, las buenas familias devuelven sus entradas al Teatro Colón y la prensa exige la expulsión inmediata de esta pecadora norteamericana que ha venido a la Argentina a mancillar los símbolos patrios.
Isadora no entiende nada. Ningún francés protestó cuando ella bailó la Marsellesa con un chal rojo por todo vestido. Si se puede bailar una emoción, si se puede bailar una idea, ¿por qué no se puede bailar un himno?
La libertad ofende. Mujer de ojos brillantes, Isadora es enemiga declarada de la escuela, el matrimonio, la danza clásica y de todo lo que enjaule al viento. Ella baila porque bailando goza, y baila lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música que nace de su cuerpo.

Memoria del fuego III. El siglo del viento, 1986.
 

jueves, 27 de febrero de 2020

La extraña. Félix Albo.

Los siete últimos años de vida mi abuela los compartió con la enfermedad de Alzheimer. Sus seis hijas, ayudando al proceso degenerativo, decidieron que abandonara el hogar donde había vivido toda su vida y fuera de casa en casa, de mes en mes.
Yo la recuerdo en la mía, a 515 kilómetros del pueblo, deambulando del salón a la cocina, sin pausa, para volver de la cocina al salón con la misma prisa.
Ven —me dijo una mañana en la que no me dejaba centrar mi atención en los estudios—. Ven un momento que en la puerta hay una vieja que me está mirando.
Me levanté. Fui al recibidor y abrí la puerta. Como había previsto, allí no había nadie.
No hay nadie, abuela —le dije al regresar.
Con gesto de fastidio se amarró a mi brazo tirando de él. Ven.
Despacito, salimos del salón.
Despacito pasamos por el recibidor, mientras de reojo ella se miró en el espejo.
Despacito llegamos a la cocina y al oído susurró chismosa: Ya está, han venido a por ella. Debe ser alguno de sus nietos.

101 pulgas, 2011.
 

miércoles, 26 de febrero de 2020

En la silla de ruedas. Ana María Shua.

Tía Petra se finge paralítica para vivir en su silla de ruedas, tapada con una manta escocesa que oculta sus patas de cabra, su cola de pez, su mitad serpiente. Los sobrinos le quitamos la manta mientras dormía y vimos las dos piernas de niño, pequeñas y delgadas, que siempre se pone para dormir.

Temporada de fantasmas, 2004.
 

domingo, 23 de febrero de 2020

La noche de Jezabel. Cristina Fernández Cubas.

Los hechos, según Arganza, ocurrieron hace unos veinte años en una población del interior de no más de mil almas. Era su primer destino, y mi buen amigo, recién salido de una universidad en la que no había destacado precisamente por su amor al estudio, sentía auténticos accesos de terror cuando, fuera de las horas de consulta, alguien golpeaba la puerta de la casa y voceaba su nombre. En aquellos momentos Arganza palidecía, se ponía a temblar como una hoja, y pronunciaba en voz alta las únicas palabras capaces de devolverle la fe en sí mismo: “Ojalá no sea nada”. Luego, un tanto más calmado, bajaba las escaleras y abría la puerta de la calle. Pero se guardaba muy bien de dejar traslucir la segunda parte de su inconfesable deseo: “… O todo lo contrario. Ojalá esté muerto”.
La suerte, desde los primeros días, se le mostró propicia. En seis meses de ejercicio tan solo se vio obligado a atender algunas amigdalitis sin importancia, un ictus apoplégico y un par de fracturas que resolvió con éxito. Arganza empezó a cobrar confianza, no tanto en sus conocimientos como en la férrea salud de los hombres del campo, se felicitó por haber escogido un destino tan apacible y dejó, paulatinamente, de emplear sus noches en devorar con avidez revistas de actualización médica y olvidados libros de texto. Una madrugada, sin embargo, volvió a sentir el inconfundible cosquilleo del miedo. Habían golpeado a la puerta con impertinente impaciencia, con una rudeza impropia de un campesino. Desde la ventana distinguió la silueta de un guardia civil iluminada por la luna, y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
-¿Es grave? -preguntó.
El civil enarcó las cejas:
-¡Como que está muerto!
Mi amigo respiró hondo.
Avanzaron por la calle principal, cruzaron la Plaza y se detuvieron por fin frente a un cobertizo iluminado. En el interior un hombre yacía en el suelo empapado de sangre. Una de sus manos sostenía sin fuerzas un puñal teñido de rojo. La otra reposaba inerte sobre un papel arrugado en el que Arganza, con sólo inclinarse, pudo leer con claridad: “Que a nadie se culpe de...”. El resto se hallaba sumergido en el charco púrpura.
Cumpliendo con las inevitables formalidades, el médico rodeó la muñeca del difunto, colocó los dedos bajo la mandíbula, constató la inexistencia de reflejo pupilar y, tal vez para convencerse a sí mismo de la importancia de sus conocimientos, confirmó lo que todos sabían con un tajante: “Está muerto”. Después miró a la pareja de civiles, volvió sobre el difunto e, impresionado por la sangrienta inmolación, decidió tomarse un respiro y darse una vuelta por la Plaza.
No habían pasado más de diez minutos cuando regresó al tétrico cobertizo. Uno de los guardias se hallaba en pie, con la carta arrugada temblando entre sus manos y una mezcla de sorpresa y terror dibujada en el rostro. Pero sobre el charco de sangre no había cadáver alguno.
-¿Y bien? -preguntó Arganza.
El hombre tardó un buen rato en responder.
-Mi compañero está despertando al juez de paz y yo me he ausentado unos minutos. Sólo unos minutos.
Era demasiado absurdo para creerse realmente despierto. El médico se restregó los ojos. Pero ni el civil se desvaneció ni el cadáver hizo acto de presencia.
-¿Qué puede haber ocurrido aquí? -preguntó.
El guardia señalaba ahora en dirección al suelo.
-Son huellas -dijo uno de los dos.
El reguero de sangre conducía la interior de la vivienda, retornaba después al cobertizo y se perdía al fin en la oscuridad de las calles desiertas. Sin atreverse a levantar la vista, siguieron a la luz de una linterna el siniestro camino. A pocos metros se detuvieron. El cadáver estaba allí, junto a la puerta cerrada de un caserón en sombras. Yacía en el suelo, y su aspecto no difería en nada del hombre de quien, poco antes, Arganza constatara su defunción. Con la salvedad de que ahora vestía una americana impecable y el olor de la muerte se confundía con un perfume intenso y dulzón.
El extraño suceso no tuvo, por fortuna, repercusión alguna en la carrera de mi amigo. La pareja de civiles, temerosa de haber incurrido en falta por el breve abandono del cadáver, guardó un silencio tan culpable como ejemplar, Arganza extendió el certificado de defunción en el zaguán del caserón donde había tenido lugar la segunda muerte del suicida, y el asunto se dio por zanjado y concluido cuando el vigoroso finado recibió, al cabo de unos días, modesta sepultura fuera del recinto del camposanto, junto a los restos de un maestro librepensador, un miembro del maquis y un presunto hijo del rector, a quien la memoria colectiva atribuía un ateísmo irreversible y militante.
A esta altura del relato el médico solía detenerse, mirar de soslayo al ocasional auditorio y añadir:
-Estaba muerto. Desde el primer momento vi que estaba muerto. Tan muerto como que yo estoy ahora aquí, entre vosotros.
Luego rellenaba la cazoleta de la pipa del mejor tabaco holandés y aspiraba una bocanada de humo con visible deleite.
-Una bonita historia de amor.
En los pueblos las noticias se propagan a la velocidad del rayo. Nadie, fuera de los amedrentados civiles y del asombrado médico, llegó a conocer la primera parte de la historia. Pero en la segunda existían ya de por sí suficientes datos para ocupar las conversaciones mañaneras del mercado y las tertulias nocturnas del café. El difunto vestía un americana nueva, una prenda costosa sobre la que no había dudado en derramar, con generosidad, chorros de perfume de olor persistente. Como si la localidad se hallase en fiestas o si se dispusiera a asistir a un baile. Pero todo lo que hizo el pobre difunto fue vestirse de esa guisa para morir junto a la puerta de una de las casa principales de la Plaza: precisamente la vivienda de alcalde y su mujer, una agraciada muchacha obligada, por la pobreza, a entregar su juventud a un arrugado sesentón a quien la Naturaleza no había consolado de su infortunio con el regalo de la esperada descendencia. Algunos aseguraban haber visto desde sus ventanas cómo el joven desesperado, momentos antes de expirar, intentaba aferrarse a la aldaba y pedir auxilio. Otros lo rebatían con energía, porque no pedía auxilio. Se limitó a pronunciar un nombre de mujer y acariciar, en su caída, el portón que nunca en vida le había sido abierto.
-Una historia de amor -decía Arganza. Y aspiraba de nuevo una bocanada de humo- … O de odio, de venganza. Del odio más aberrante que jamás haya podido albergar corazón alguno.
Porque pronto, entre los vecinos, la figura del suicida enamorado dejó paso a la del amante ofendido. Ahora el cartero creía recordar de súbito un dato importante y esclarecedor. Más de una vez había recogido en el buzón del pueblo correspondencia destinada a una de las casas del propio pueblo. Era extraño. Pero él vivía demasiado atareado para pararse a pensar y, aunque sorprendido, había optado por introducir las cartas en la saca de reparto sin prestar demasiada atención a la dirección ni al remitente. Ciertos pétalos de rosas mustias, esparcidos al azar sobre la tierra que cobijaba al discutido enamorado -y al maestro, al residente y al hijo del rector-, sirvieron como pretexto para asestar el golpe definitivo sobre la cada vez más debatida pasividad de la alcaldesa. Alguien, con voluntad conciliadora, intentó hacerse oír: ¿por qué no pensar en una ráfaga de viento capaz de transportar, por encima del muro del cementerio, frágiles pétalos de rosa procedentes de cualquiera de las tumbas de los afortunados que habían recibido cristiana sepultura? Pero los ánimos se hallaban demasiado enardecidos para rendirse ante una explicación tan simple, y la imagen de la virtuosa veinteañera, a quien, hasta hacía muy poco, todos compadecían, fue cobrando con irremisible rapidez los rasgos de una bíblica adúltera, de una castiza malcasada, de una perversa devoradora de hombres a los que seducía con los encantos de su cuerpo para abandonarlos tras saciar sus inconfesables apetitos. El día, en fin, en que una vieja, parapetada tras sus gruesas gafas de carey, aseguró haber distinguido, en la noche sin lunas, la figura de una mujer envuelta en una capa negra merodeando por las cercanías del camposanto, todos, hasta los más prudentes, identificaron aquella loca fantasía con los remordimientos de la malmaridada, negaron a los vientos la capacidad de manifestarse por ráfagas y, con el plácet del párroco, sufragaron una serie de misas por el alma del desdichado, con la firme convicción de que, en el umbral de la muerte, la fe había retornado a su espíritu afligido consiguiendo pronunciar -aunque sólo fuera con el corazón- el Dulce Nombre de Jesús.
-A la mujer, como todos habréis adivinado ya, no le quedó otra salida que abandonar el pueblo.
Con estas palabras, Arganza solía poner punto final a su relato. Era su historia, posiblemente su única historia, la narración de unos hechos que mi querido amigo se veía competido a escupir con calculada periodicidad. Pero algunos de los que habíamos tenido ocasión de escucharle unas cuantas veces sabíamos que, en otros tiempos, su historia poseía una pequeña coda que ahora, cada vez con mayor frecuencia, el narrador solía olvidar.
Porque el médico, a su vez, había decidido abandonar el pueblo. Pidió el traslado, aguardó pacientemente la confirmación del destino y quiso la casualidad que, en la fecha escogida para partir, coincidiera en el vagón del tren con la vilipendiada mujer, compendio de maldades y perversiones. Arganza, sin dudarlo un instante, se inclinó cortésmente y le tendió la mano. Pero su acto no obtuvo la lógica y esperada reacción. La mujer le dirigió una mirada rebosante de asombro, entrelazó los dedos, un punto de desdén dilató fugazmente sus pupilas y, volteando la cabeza hacia la ventanilla, prefirió la visión de la comunidad, que tan cruelmente la expulsaba de su seno, a la mano tendida del joven médico que, en aquellos momentos, empezaba a sentir el insufrible rubor del ridículo. Cuando Arganza abandonó el vagón de cola y se instaló a la cabeza del tren, no se paró a pensar que el recelo y el resentimiento se habían señoreado de aquella criatura. De repente, sus recuerdos se habían teñido de rojo: se vio a sí mismo, inclinado sobre el cadáver del suicida, bajo la atenta mirada de los civiles, pronunciando el incuestionable “Está muerto”. Y deseó, con todas sus fuerzas, que el tren ganara velocidad y que el pueblo en cuestión no hubiera existido nunca.
-Supongo que servirá -dijo Arganza.
Le sonreí. Su pequeña historia había experimentado, con el tiempo, ciertas y significativas variaciones, de las que la omisión del encuentro final en el tren no era más que una previsible consecuencia. Mi amigo sabía dónde marcar el acento, cómo enfatizar, cuándo debía detenerse, encender la pipa y tomarse un respiro. Y así, la figura de aquel joven, inexperto y asustado médico iba adquiriendo, día a día, mayor juventud, inexperiencia y miedo: el extraño caso del cadáver que se acicala y perfuma más allá de la muerte pasaba a desempeñar un papel secundario; y la desgraciada e indefensa alcaldesa, cuya hermosura se acrecentaba por momentos, terminaba erigiéndose en la víctima-protagonista de odios ancestrales, envidias soterradas y latentes anhelos de pasionales y escandalosos acontecimientos. Arganza había conseguido arrinconar lo inexplicable en favor de un simple, común y cotidiano drama rural.
-Por lo menos -añadió riendo-, para romper el hielo.


La iniciativa de reunirnos aquella noche en casa no había partido de mí, aunque, desde luego, la provocó ingenuamente Arganza. Nos habíamos encontrado en la terraza del Café del Puerto. Mi amigo preguntaba a un anciano pescador por sus achaques reumáticos, yo leía el periódico en la única mesa soleada y, de pronto, una sombra que yo creí un nubarrón me obligó a alzar la vista. Jezabel, mi inseparable compañera de colegio, mi discreta amiga de facultad, se hallaba de pie ante mí sonriéndome con la superioridad que, hacía ya un buen tiempo, me había aconsejado reducirla a la categoría de antigua conocida. Le presenté a Arganza y ella le saludó como si le conociera de toda la vida. Fue entonces cuando el cielo se volvió repentinamente oscuro, un trueno retumbó sobre nuestras cabezas y el primer chaparrón de septiembre anegó por igual vasos, platos, copas y las hojas del periódico tras el que pensaba refugiarme. Al cobijarnos en el interior, creo recordar que el médico dijo algo semejante a: “Se acabó el verano. A partir de ahora sólo nos queda reunirnos en torno a una chimenea y contar historias de duendes y aparecidos”. El resto fue demasiado rápido para que yo pudiera reaccionar. Jezabel extrajo una libreta de su bolso, me preguntó por mi dirección, yo se la di con vaguedades, inquirió acerca de la existencia de una chimenea, yo asentí. Pero no me dio tiempo a explicar que estaba condenada; un elemento de decoración inútil en un chalet de alquiler; una casa desprovista de las mínimas comodidades. Cuando abandonamos el café, Jezabel subió a su coche y prometió: “A las nueve en punto. A lo mejor tengo que cargar con mi prima. No te importa, ¿verdad?”. Y el rumor del auto me dejó con la obligada réplica en la boca.
-Muy simpática tu amiga… Encantadora.
Miré hacia el mar. Sólo le hubiera faltado añadir muy interesante para que mi acopio de paciencia cediera el lugar a una explosión de ira. Pero ahora Arganza encendía su pipa por enésima vez, y yo me preguntaba por el absurdo azar que me había llevado a encontrar a Jezabel en el Café del Puerto… No podía esperar excesivas sorpresas de la noche en la que se me obligaba a participar: la historia de Arganza, la inevitable historia de Arganza, y las insípidas apostillas de Jezabel. Miré de nuevo hacia el mar. Olas embravecidas comiéndole terreno a la playa, haciéndome sentir la fragilidad de mi vivienda, una casa de madera que se ponía a temblar con los vientos, por la que pagaba el triple de lo razonable y a la que, pese a todo, no pensaba renunciar con la llegada del otoño. “El mar”, pensé, “por lo menos me queda el mar.” -A propósito -dijo de pronto Arganza, pero se olvidó de precisar a propósito de qué-. ¿Conoces a ese inglés que suele merodear por la playa recogiendo conchitas y clasificando algas?… Me he tomado la libertad de invitarle.
Me encogí de hombros. Jezabel se traía a una prima, Arganza invitaba a un ridículo inglés de cazamariposas y a mí me estaba apeteciendo, cada vez más, olvidarme de la cena, montarme en el coche e instalarme, por una noche, en la fonda del pueblo.
-Lo he hecho por una razón muy simple -dijo con ojillos picarones.
Y arqueando las cejas, me señaló con la embocadura de la pipa y añadió:
-Se llama Mortimer.
En aquel momento una racha de viento abrió de par en par los ventanales del comedor, una lluvia de arena rellenó la pipa de mi amigo, y yo, sin saber por qué, presentí que la velada iba a resultar mucho menos tediosa de lo que me había temido.


-Con esta especie de manta te encontrarás mejor -dijo Jezabel. Y envolvió al silencioso Mortimer en la capa de mi abuelo.
Los invitados habían llegado en tromba, calados hasta los huesos, con los zapatos perdidos de lodo y los cabellos enmarañados y rebosantes de arena. Durante un buen rato no hice otra cosa que rebuscar en los armarios zapatillas, calcetines, batines y toallas, e intentar, sin demasiada convicción, comprender el arcaico mecanismo de una estufilla eléctrica que formaba parte de los enseres de la casa y no presentaba indicios de haber sido utilizada en bastantes temporadas. Fuera se había desencadenado una auténtica tempestad. Dentro, unos y otros se esforzaban por asegurar ventanas y reforzar puertas.
-Necesitamos otro jersey -dijo Jezabel.
Subí al dormitorio y dejé a Arganza al cuidado de las copas, las ventanas y los temblores de mis huéspedes. Abrí el cajón de la cómoda y no me molestó tanto comprobar que alguien había hurgado ya entre mis ropas, como la rápida constatación de que la prenda elegida fuera precisamente un abrigo de mohair adquirido aquella misma mañana. Observé la etiqueta recién arrancada y murmuré: “Maldita Jezabel. No cambiará nunca”. Al punto me arrepentí de haber dado rienda suelta a mi fastidio. Porque no estaba sola. Frente al espejo se hallaba una mujer menudita y rechoncha ajustándose un kimono. Parecía tan complacida ante su propia imagen que, al principio, no reparó en mí, o tal vez fingió por cortesía no haber prestado atención a mis palabras.
-¡Oh! -dijo a modo de excusa-. Mi vestido estaba chorreando.
Le sonreí. Ella se apresuró a presentarse.
-Soy Laura -dijo-. Laura -repitió. Y entendí que se hallaba sumamente orgullosa de su nombre-. Sé que has preparado una cena estupenda pero, por desgracia… ¡estoy a régimen!
No conseguí mostrarme sorprendida. Al bajar las escaleras, observé cómo el ampuloso kimono se revelaba incapaz de disimular una fláccidas redondeces que ella, sin embargo, balanceaba con cierta gracia y con el más absoluto desenfado. La idea del régimen, comprendí enseguida, tenía que ser una imposición de su prima. Y me divirtió imaginar la relación entre la exuberante y espontánea Laura y la refinada y contenida Jezabel.
-Bien -dijo Arganza-. Por orden de edades.
Junto a la chimenea condenada se hallaba en pie mi abrigo de mohair envolviendo el cuerpo de un demacrado joven de ojos negros y mirada altiva. Peinaba raya en medio, el cabello empapado producía la ilusión de un uso desenfrenado de gomina, y si no fuera porque, al verme, se acercó hasta mí, me hubiera creído frente a una estatua de cera o una fotografía ampliada y macilenta de cualquiera de mis antepasados.
-Tenía muchas ganas de conocerte -dijo, y pronunció un nombre que no conseguí retener-, Jezabel me ha hablado mucho de ti.
De nuevo Jezabel. Miré a mi alrededor con la secreta esperanza de no tener que toparme con otro rostro desconocido. Laura estaba conversando con Arganza, y Jezabel seguía empeñada en abrigar a Mortimer con la capa del abuelo. Discretamente, me escabullí hacia la cocina. Sabía lo que presagiaba aquel inocente por orden de edades: un pueblo de mil almas, un extraño hecho que la razón de Arganza pretendía minimizar, pero, sobre todo, una prueba definitiva para mi debilitado ánimo. Encendí el horno y saqué un par de solomillos de la nevera. Estaban congelados. Me acordé del inexistente hielo que mi amigo pretendía romper con su relato y me reconocí dispuesta a concederle todo el tiempo del mundo. Corté unos tacos de jamón, dispuse varias lonchas de queso sobre una bandeja y, sin ninguna prisa, abrí todas las latas que se me pusieron por delante. Unas risotadas, procedentes del comedor, me enfrentaron de pronto al pantagruélico aperitivo que acababa de preparar. Resultaba extraño. Nunca hasta entonces, que yo recordara, el relato de Arganza había provocado la más mínima hilaridad en su público. Pensé que, seguramente, mi amigo había decidido arrinconar hoy su eterna historia en favor de cualquiera de las anécdotas festivas que jalonaron su prolongada vida de estudiantes y me arrepentí de haberme escabullido. Pero, cuando aparecí en el comedor con la bandeja en la mano, el narrador se hallaba en el punto de:
“… O de odio. Del odio más aberrante que jamás haya podido albergarse...”.
Y en sus ojos se leía la inconfundible sensación de descanso del pecador que acaba de confesar públicamente sus faltas.
Los miré uno a uno. Más que a una cena de final de verano, me pareció asistir a la agonía de un aburrido baile de máscaras. El joven del abrigo de mohair no había abandonado su posición junto a la chimenea; a Mortimer se le notaba incómodo dentro de la capa; Jezabel, semirrecostada en el sofá, escuchaba atentamente a Arganza, y Laura no desperdiciaba ocasión para mirarse de reojo al espejo y acariciar con complacencia mi viejo kimono. Constaté que existía más de un pequeño error en la precipitada elección de vestuario. A Laura le hubiera sentado mucho mejor el abrigo que envolvía el joven demacrado, a éste la capa del abuelo y a Mortimer, tal vez, la prenda japonesa. Pero jamás a Laura. La suavidad de la seda no conseguía oscurecer la primera visión que había tenido de ella hacía menos de media hora. Vestía mi kimono, sí… Pero yo la adiviné enseguida andando por su casa con un batín de fibra guateada y el cabello agijoneado de pinzas. Jezabel, desde el sofá, acababa de poner la habitual coletilla a la narración de Arganza.
-Y la gente, en los pueblos, es ruin y mezquina -y luego, mirándome con exagerada sorpresa, añadió-: Me cuesta comprender que hayas decidido pasar el invierno aquí.
No me molesté en responder. Mortimer había logrado zafarse de la capa y recobraba ahora el desangelado aspecto de un aprendiz de explorador perdido en un jardín botánico. -Voy a contarles algo -dijo. Pero no logró hilvanar historia alguna.


Regresé de la cocina con la inquietante noticia de que el horno no funcionaba, el agua sabía a salitre y los solomillos se negaban a descongelarse. Arganza, llevándose el índice a los labios, me rogó silencioso.
Jezabel se hallaba erguida sobre uno de los almohadones del sofá hablando pausadamente, en un tono tan bajo que no logré comprender palabra de cuanto estaba contando. No había tenido la gentileza de esperarme, pero, en honor a la verdad, no me importó lo más mínimo. Agucé el oído y me enteré de que estaba refiriéndose a su bisabuela. Escuché una pormenorizada relación acerca de ojos color violeta, cabellos azabache, pómulos prominentes y labios delicados y sensuales. Bajé la vista. Las coincidencias entre la desaparecida dama y la presente Jezabel se me antojaron demasiado precisas para achacarlas al azar o a los caprichos de las leyes genéticas. Cuando terminó con su descripción, supe que la totalidad del auditorio se hallaba profundamente convencido de la radiante belleza de la bisabuela, pero, sobre todo, de los fascinantes atributos físicos de su digna descendiente.
Enrojecí. El estupor y cierto nefasto sentimiento -uno tras otro, quizá los dos a un tiempo- me habían dejado paralizada en el suelo. Me apoyé en la repisa de la chimenea. Como un espejo, el joven ojeroso me prestó su imagen envuelta en mi abrigo de mohair. Me senté en una silla.
-...Pero mi bisabuelo, el pintor, amaba por igual a su esposa y a su arte…
Escuché con discreto interés la continuación de la historia. La velada estaba transcurriendo de acuerdo con mis primeras previsiones. Arganza y Jezabel. O Jezabel y Arganza. Me pregunté por mi verdadero papel en aquella cena sin cena en la que los invitados se permitían prescindir olímpicamente de la figura del anfitrión. No llegué a encontrar una respuesta ajustada. Jezabel rememoraba ahora a su bisabuelo, fascinado ante el lienzo, ante la ilusión de vida que, día tras día, lograba plasmar en su retrato, mientras la modelo, su mujer, se consumía posando durante largas horas en un aposento húmedo y sombrío.
-Cuando, al fin, el pintor dio por concluida su obra, entró en un breve estado de trance. “Pero… ¡si es la vida misma!”, exclamó. Y luego, pálido aún, se volvió hacia su amada mujer. Y fue entonces cuando se dio cuenta… de que estaba muerta.
Una bonita historia. Edgar Allan Poe la tituló, hace más de cien años; “El retrato oval”. Y de pronto Jezabel, introduciendo algunas variaciones que en poco la favorecían, se tomaba la licencia de soltárnosla como propia y añadir, con una fingida e inadmisible modestia:
-No es tan espectacular como un cuento de vampiros o brujos, pero es un hecho real. Mis padres conservan aún el retrato. Es… ¿cómo diría yo?… Impresionante.
Me admiró el aguante y la cortesía de los presentes. Aunque ¿se trataba realmente de paciencia y caballerosidad? Arganza había adquirido una apariencia babosa. Recordaba a un perro faldero, pendiente del menor movimiento de su idolatrada dueña, dispuesto a saltarle sobre las rodillas al primer descuido. De nuevo una impertinente aflicción encendió el color de mis mejillas. Me detuve en Mortimer: se hallaba rellenando hasta el borde un vaso de Whisky, y la rojez o prominencia de sus ojos arrojaba ciertos datos de peso acerca de su silenciosa melopea. Me pregunté si la incomodidad que el inglés pretendía ahogar en alcohol procedía de la intolerable apropiación de su Jezabel u obedecía a la simple necesidad de cobrar valor para hablar en público. Me incliné por la segunda hipótesis.
¿Qué oscuro y soterrado resentimiento anidaba en el inexpugnable corazón de Jezabel? La observé con precaución, detecté un fugaz brillo de triunfo en sus pupilas y me reafirmé en la sospecha de que la burla iba dirigida exclusivamente contra mí.
Era la primera vez en mucho tiempo que veía a mi antigua amiga del colegio. Nuestro último encuentro había tenido como escenario la bulliciosa planta de un supermercado a pocos minutos de la hora de cierre. De eso haría tal vez un par de años, pero ahora reconocía ese breve fulgor en su mirada y revivía una anécdota a la que, en su momento, no concedí apenas importancia. En aquella ocasión, Jezabel se me había acercado con extemporáneas muestras de alegría.
Habló de lo bien que funcionaban sus asuntos, de lo mucho que se divertía viajando sin cesar, para concluir proporcionándome, con la mayor naturalidad del mundo, una lista de amigos y conocidos entre los que figuraban los nombres más famosos, ilustres o importantes del país. Cuando, por mera cortesía, le llegó el momento de interesarse por mi vida, no pude llegar más allá del obligado “bien” de compromiso. Se despidió, me besó en las mejillas y desapareció, en cuestión de segundos, por uno de los corredores. Sólo después, al pasar por caja y asistir al desfile de una serie de productos inesperados, me di cuenta de que Jezabel, en la precipitada huida, se había confundido de carrito. Pero era ya la hora del cierre. Pagué el importe de mi compra-sorpresa y atribuí a las prisas o al despiste de mi antigua amiga el irritante, molesto, pero excusable error. Sin embargo, recordaba ahora la casi imperceptible expresión de triunfo al despedirse y me asaltaba la duda de si se había tratado, en realidad, de una confusión, o si Jezabel, en uno de sus extraños juegos sólo comprensibles para sí misma, me había obligado con saña a alimentarme durante una semana a su gusto y medida. Tal interpretación, a simple vista, podía parecer absurda. Como también la posibilidad opuesta: la repentina visión de que la que fuera mi inseparable compañera de infancia escrutando el contenido de la bolsa de compra, sonriéndose ante mis necesidades o tomando nota de mis preferencias. Pero lo que acaba de ocurrir hacía escasos instantes presentaba cierto parecido con aquel inocente episodio y me obligaba a ponerme en guardia.
-...Y eso es todo -dijo Jezabel.
“El retrato oval” formaba parte de un volumen de cuentos que, con motivo de una fiesta de cumpleaños, le había regalado yo en nuestros tiempos de facultad. Por aquel entonces, Jezabel se había convertido ya, a mis ojos, en una cargante aleación de falsedad y prepotencia, en un cúmulo de frases hechas dispuesto a provocar admiración a cualquier precio. No me hallaba, por tanto, entusiasmada ante la idea de la fiesta. Pero no me sentí con fuerzas para declinar la invitación: le compré el libro y, en la dedicatoria -”A mi mejor amiga del colegio”-, pretendí aprisionar nuestra amistad en un espacio delimitado y concreto. Fue, probablemente, mi último regalo. Y ahora Jezabel, haciendo gala de un patente desprecio a la memoria, me lo devolvía burdamente disfrazado en mi propia casa. Pero había algo más. Arganza… ¿Qué conclusiones habría extraído Jezabel de mi relación con el maduro Arganza? ¿Un novio? ¿Un amante? Arganza era mucho más que eso. Mi mejor amigo, la persona con la que me gustaba charlar, pasear, a la que respetaba y quería, y junto a quien me sentía relajada, protegida y feliz. Sin embargo -y ella no podía ignorarlo- después de aquella noche me costaría un considerable esfuerzo arrinconar la expresión de carnero degollado con que el médico, pendiente del menor gesto de Jezabel, había acogido su asombroso relato. Mi antigua amiga del colegio se apuntaba un nuevo tanto en su enfermiza colección de rivalidades y triunfos. Recordé el saludo del joven ojeroso y pálido -”Jezabel me ha hablado mucho de ti”- y pensé que, probablemente, era merecedora de lástima.
-Me ha gustado- dijo Laura.
No percibí ironía en su voz. Se había aproximado a la narradora en cuclillas, sin abandonar su posición sobre el taburete, como si se hallara ante un espectáculo de títeres y quisiera hacerse con un lugar privilegiado en las primeras filas. El kimono acaba de abrírsele y dejaba al descubierto un par de muslos orondos y sonrosados. Me pareció que el joven de cera y Jezabel intercambiaban una breve mirada de repulsa. No pude evitar sonreír para mis adentros. Las rollizas piernas de Laura se convertían en el más firme atentado contra la elegancia y la exquisitez de la presunta bisabuela… ¿Materna? ¿Paterna? Era obvio que la delicada usurpadora se avergonzaba de la presente y viva muestra de su familia, y este pequeño detalle me decidió a intentar convertirla en mi cómplice. Iba a proponer a Laura que tomara la palabra. Pero ya Mortimer se había puesto en pie.
-Voy a contarles algo- dijo.
Y se inclinó levemente ante Jezabel, a quien, con toda probabilidad, tomaba por la dueña de la casa.


Arganza me lo había explicado. Mortimer hablaba a la perfección cinco o seis idiomas, unos cuantos dialectos e, incluso, un par de lenguas muertas. No obstante, su envidiable fluidez me sorprendió. Le escuché con atención:
-No sé si saben ustedes que yo nací en el condado de Essex. Pues bien, uno de nuestros condes, Robert de Devereux, favorito de la reina Isabel, fue condenado a muerte por la propia soberana. Sin embargo, no abrigo la intención de hablarles de él.
Se había sentado de nuevo y rebuscaba ahora en un desvencijado zurrón cierto papel de importancia definitiva para el inicio de su parlamento. En pocos instantes la mesa se llenó de erizos, mariposas y caballitos de mar. Laura, con la mano en la boca, ahogó una risita.
-He dicho antes que no voy a hablar del conde de Devereux, y no voy a hacerlo. Me bastará con recordar que, desde aquel sangriento suceso, acaecido en 1601, no existe una sola anciana en Chelmsford que no asegure haber sido visitada, en alguna ocasión, por el espíritu de nuestro noble ajusticiado. Sin embargo, Devereux es simplemente una aparición, acaso la más famosa, de las muchas que tienen a bien presentarse de improviso en los hogares de los plácidos habitantes del Condado. Pero yo no las temo. Por una razón muy sencillas -y aquí se detuvo, consciente de la expectación que habían levantado sus palabras, para añadir con voz muy queda-: Sé reconocerlas a primera vista.
Miré a Arganza con el vehemente deseo de guiñarle un ojo y felicitarle por su adquisición, pero mi amigo se hallaba murmurando algo al oído de Jezabel. Tras una breve pausa, Mortimer prosiguió:
-Una vez, de pequeño, vi a un hombre extremadamente alto, de aspecto taciturno, apoyado en la verja del jardín. Vestía de negro y, aunque yo me hallaba a pocos pasos removiendo la tierra de una maceta, no reparó en mi presencia ni, por tanto, me dirigió pregunta alguna. Al día siguiente, desde la ventana de mi cuarto, le volví a ver. Me pareció muy extraño que no se decidiera a llamar o a abrir la cancela y corrí a contárselo a mi madre. “Es un hombre muy blanco”, dije. “Pero no como nosotros”. Ella, sentada en un sillón del gabinete, no levantó los ojos de su labor. “¿Te refieres a que no pertenece a nuestra raza?”, preguntó con indiferencia. “No”, repuse. “Quiero decir que está pálido, muy pálido, viste de negro y es muy serio. Pero no parece enfadado.” Mi madre, entonces, interrumpió el macramé, guardó la labor en su costurero y murmuró con cierta fatiga: “Debe de ser uno de ellos”. Después, sentándome en sus rodillas, me acarició el cabello y, con una voz tranquila y dulce, añadió: “Mortimer, mi pequeño Mortimer, ya va siendo hora de que aprendas a distinguirlos. Así no podrán nada contra ti”. Y me besó en la mejilla.
Un respetuoso silencio se había adueñado de la habitación. El inglés desdoblaba ahora el papel que, desde hacía un rato, sostenía en una de sus manos.
-Esta tarde, cuando mi querido doctor ha tenido la amabilidad de invitarme a tan magnífica reunión, he tomado la precaución de anotar algunos datos de importancia. La memoria puede jugarnos malas pasadas, y debo confesar que hace ya muchos años que he dejado de preocuparme por aparecidos, fantasmas o simples visiones. Si me lo permiten, voy a consultar mis notas.
Me fijé en las piernas musculadas y peludas que asomaban por los orillos de sus bermudas e intenté imaginarlo de niño, sentado en las faldas de su madre. El silencio era total, interrumpido tan sólo por las ráfagas de viento azotando los cristales de las ventanas.
-Palidez inquietante -dijo Mortimer-. Una palidez excesiva que no puede provenir de causas naturales y una expresión en la mirada, si me permiten la ocurrencia, de tristeza infinita… Suelen mostrar una preferencia excluyente por dos colores, el blanco y el negro, con cierta ventaja a favor de este último. Si la aparición en cuestión es masculina, vestirá seguramente de negro, en un traje de buen corte aunque un tanto pasado de moda. Si la aparición es mujer, tenemos muchas probabilidades de encontrarnos frente a un traje vaporoso, un tejido liviano de color blanco, que se agite con el viento y deje entrever, discretamente, los encantos de un cuerpo del que ya no queda constancia. He dicho “muchas probabilidades”. Lo habitual es que las aparecidas gusten también del negro, de la oscuridad que acentúa su indescriptible palidez y las hace, a decir de algunos, misteriosamente bellas.
Un rayo, zigzagueando en el cielo, iluminó fugazmente la playa. Mortimer prosiguió impertérrito:
-Esos seres, o mejor, esa apariencia de seres, disponen de escasa y contada energía. Por ello acostumbran a ser parcos en palabras y astutos en la elección de lugares donde manifestarse. Suelen aparecer sentados (un balancín, el sillón más confortable de la biblioteca, por ejemplo), o de pie. Pero en tal supuesto buscarán invariablemente un apoyo. La jamba de la puerta, el alféizar de la ventana, o muy a menudo, la repisa de la chimenea…
Crucé una mirada con Arganza y a punto estuvimos los dos de volvernos hacia el joven pálido de ojos profundo. Laura, probablemente, había tenido la misma idea. Porque ahora rompía a reír como si fuera reventar, llevándose las manos al estómago, agitándose sobre el taburete y ahogando, con sus carcajadas, el silbido del viento y el repiqueteo de los cristales. Jezabel se movió inquieta en el sofá.
Ya no abrigaba la menor duda de quién había acogido, al inicio de la velada, el relato de Arganza con tanta insólita hilaridad, y no se me ocultaba la molestia que tales expansiones de alegría provocaban en el ánimo de su prima. Volví a recordar el episodio del supermercado, apoyé a Laura con una sonrisa y comprendí, con cierto placer, que a Jezabel se le estaba escapando la noche.
-Hablaba en serio- dijo Mortimer.
Se hallaba en pie, con los ojos chispeantes de cólera y un rictus de inesperada fiereza en los labios. Presentí que iba a desembarazarse del papel que sostenía con una de sus manos y del vaso que se tambaleaba en la otra para rodear el generoso cuello de la feliz y obsesiva riente. Pero no fue más que una huidiza sensación. Mortimer volvió a sentarse, Laura escondió el rostro entre las rodillas y pronto, para tranquilidad de todos, sus carcajadas se convirtieron en un apagado jadeo.
-Hablaba en serio- repitió.
La ira había dejado paso a un enfurruñamiento infantil que no podía menos que mover a compasión o ternura. Creí llegado el momento de tomar las riendas de la situación y pedirle, con toda amabilidad, que continuara transportándonos a Chelmsford, al cálido regazo de su madre o a las veleidades de los hermosos, taciturnos y enlutados visitantes. Como tantas veces a lo largo de la noche, alguien se me adelantó.
-Su relación es interesante y curiosa. Pero obsoleta.
No sé si fue el tono afectado de su voz, la constatación de que había abandonado su posición junto a la chimenea para tomar asiento en el balancín o el simple hecho de que, en aquel preciso instante, la casa se quedaran completamente a oscuras, pero cuando pronuncié un innecesario: “Es la tormenta” y el silencio más absoluto acogió mis palabras, sentí un extraño estremecimiento que nada tenía que ver con la tempestad ni con el frío.


A la luz de todas la velas que conseguimos reunir, la estancia recobró, en parte, su aspecto inofensivo. Me avergoncé de haberme dejado impresionar sin motivo, pero, no muy segura aún de la fuerza de mi temple, evité detenerme en las sombras que proyectaban nuestras figuras sobre una de las paredes.
-Si, querido amigo, fuera de un innegable interés histórico o literario, sus amables consejos, hoy en día, no nos sirven de nada.
Preferí concentrarme en la llama de una de las velas. No me hubiera gustado encontrarme con que los contornos de la mecedora, por cualquier efecto óptico perfectamente explicable, ocuparan un lugar preeminente entre nuestras siluetas reunidas en la pared.
-Insisto: de nada.
Desde el lugar en que me hallaba no podía observan con nitidez la expresión de Arganza. Pero me pareció que se había acercado aún más a Jezabel y que ésta apoyaba una de sus manos, con gesto indolente, en los hombros del abatido Mortimer. El joven de mirada profunda prosiguió:
-No podemos hablar de espíritus, espectros o fantasmas sin incurrir en un siempre desechable anacronismo. Actualmente, el más allá no necesita de apariciones tan fantásticas para manifestarse. Les pondré un ejemplo. Supongo que alguno de entre los que nos encontramos esta noche aquí habrá conocido uno de esos días en que los objetos se niegan a responder al uso para el fueron creados. La estilográfica que no funciona, los lavabos que se embozan y atascan sin causa aparente, la aspiradora que se resiste a aspirar, o el teléfono que suena sin que nadie responda al otro lado del auricular… Con frecuencia se trata simplemente del reflejo de nuestro propio malestar. Los objetos, mal llamados inanimados y con los que solemos convivir sin atender a su indudable importancia, registran, con silenciosa fidelidad, la menor variación de nuestras emociones. Pero su resistencia, por denominarla de alguna manera, tiene un límite y hay momentos en que, sobrecargados de tensión, no tienen más remedio que rebelarse. Sin embargo, su repentina indocilidad no tiene por qué responder forzosamente a nuestras secretas desazones y angustias. Y eso es, ni más ni menos, lo que creo que está ocurriendo aquí.
El trío formado por Arganza, Jezabel y Mortimer se me apareció como un bloque compacto, un monstruo de tres cabezas que prolongaba su poder en el joven pedante de voz afectada. Busqué la mirada cómplice de Laura: había vuelto a ocultar la cabeza entre las redondeces de sus rodillas. Tal vez se hallaba cansada, pensé. Tal vez intentaba por todos los medio contener su extremada facilidad para desdramatizar las intervenciones de los demás invitados. Me asaltó la incómoda sospecha de que, si decidía retirarme al dormitorio, nadie me echaría en falta.
-Todos los presentes nos sentimos tranquilos y relajados. Es decir, casi todos -y yo me quedé con la duda de si la salvedad hacía referencia al comportamiento de Laura o si el joven poseía la inoportuna habilidad de leer en el pensamiento ajeno-. Nuestro entorno no tiene, por lo tanto, rezones suficientes para registrar una sobrecarga emocional que le conduzca a insubordinarse. Pero, de la misma forma que los objetos registran nuestras alteraciones, poseen memoria y conocen, de una forma muy primaria, desde luego, el significado de la palabra “preferencia”. Tampoco olvidemos que los avances de nuestra época (la electricidad, las telecomunicaciones…) constituyen un canal idóneo para que fuerzas ocultas e innombrables hagan, a través de él, acto de presencia. En uno u otro supuesto, la evidencia es incuestionable.
El joven se interrumpió unos instantes y, mirando al vacío, añadió con voz grave:
-Esta casa nos está rechazando.
Las sonoras carcajadas de Laura no me produjeron, esta vez, el menor motivo de regocijo. Sabía que no debía ceder a la creciente paranoia que me hacía sentirme como único centro de una burla colectiva e intenté serenarme. Sin embargo, no podía olvidarme del horno súbitamente descompuesto, del inesperado corte de luz, del sorprendente castellano de Mortimer, ni del hecho de que el joven demacrado hubiera acudido a la cena de la mano de Jezabel. Poco podía importarme ya que la desagradable mascarada fuera obra del azar o estuviera sutil y hábilmente preparada. El resultado seguía siendo el mismo. Jezabel, con la invención de la noche, se había permitido humillarme en mi propio refugio, Arganza sucumbía desde el primer momento al despliegue de encantos de Jezabel, y la estatua de cera, cuando por fin rompía su mutismo para demostrarnos que no era más que un ser de carne y hueso, se deleitaba enfrentándome a una casa súbitamente agresiva y hostil. Me dirigí a la ventana y observé cómo la lluvia golpeaba la carrocería de los coches estacionados junto al porche. Deseé que me dejaran sola pero, al tiempo, temí que lo hicieran. Las risas de Laura se me antojaban ahora inoportunas e irritantes. Acaso, pensé, su aparente simpleza no era lo que la movía prodigar aquellas muestras de gozo con tanta generosidad. Me resistía a aceptarla como partícipe de la broma, pero sí, en cambio -y esta idea iba abriéndose paso con firmeza-, la podía adivinar asustada, tremendamente asustada por algo que yo no hubiera acertado a intuir y que ella, desde el inicio de la noche, hubiese captado con su sensibilidad epidérmica y salvaje. El joven se había levantado y acababa de descolgar el auricular del teléfono.
-¿No lo decía yo? Está averiado.
Se produjo un significativo silencio que nadie se esforzó en romper. Me aferré a una extravagante posibilidad: ¿por qué no pensar que aquel joven presuntuoso no era más que un excelente prestidigitador pendiente, ahora que su demostración había concluido, del fervoroso aplauso de los asistentes? Arganza, a su vez, se había puesto en pie. Pero su ojos denotaban contrariedad.
-Vaya por Dios -dijo-. Precisamente hoy, mi día de guardia.
Y luego, dirigiéndose a mí, como si recordara de improviso mi presencia, añadió:
-Había dejado tu número por si se declaraba alguna urgencia. Supongo que tendré que irme.
Corrí al teléfono y comprobé con desagrado que el joven no había mentido. Pero no podía consentir que Arganza me dejara a sola con aquellos fantoches. Las risitas de Laura empezaban a enervarme seriamente.
-Está lloviendo -dije.
-También para mis enfermos. ¡Qué le vamos a hacer!
Tenía que encontrar una excusa para acompañarle. Mi mente, por desgracia, se había quedado en blanco.
-En todo caso -intervino Jezabel-, hace ya un buen rato que se nos aguó la fiesta.
Todos miraron a la incansable reidora con patente impaciencia. Les noté fatigados, malhumorados, tensos. También yo sentía los nervios a flor de piel. Estaba preguntándome quién sería el primero en estallar cuando Laura se interrumpió en seco.
-Lo siento -dijo.
Parecía como si, por primera vez a lo largo de la velada, la jovial invitada se hubiera hecho a la idea de la inoportunidad de ciertas expansiones. Se ciñó el cinturón del kimono y, con aire contrito, retocó su peinado frente al espejo.
-Es ya muy tarde.
Nadie, ni siquiera Jezabel, hizo ademán de acompañarla.
-Mañana te devolveré el vestido.
Asentí sin atreverme a mirarla a los ojos. Cuando se internó por el pasillo, alcancé a oír un débil “Buenas noches” y respiré hondo.
Durante unos minutos permanecimos en reconfortante silencio, atentos al fulgor de los relámpagos y el repiqueteo de la pipa de Arganza sobre la mesa. Creí que había llegado la hora de las explicaciones y las excusas, y con la mejor voluntad, me dispuse a aceptarlas. Pero Jezabel no tenía la menor intención de disculparse. Me miró fijamente, suspiró con cansancio y, en un tono difícil de olvidar, espetó:
-¿Hace tiempo que conoces a Laura?


El asombro me había dejado paralizada en el asiento. No puedo recordar cuál fue mi primera reacción ni cómo, en una intervención atropellada y balbuciente, logré enterar a Jezabel del desconcierto en que me acababa de sumir su pregunta. Ella enarcó las cejas en una mezcla de estupor e indignación.
-¿Mi prima? ¿Cómo pudiste pensar que esa terrible mujer era prima mía? Yo creí que se trataba de tu casera, de la mujer de la limpieza… ¡qué sé yo!
La había ofendido en lo más hondo. Pero no sentí el menor amago de placer.
-Mi prima, la prima de quien te hablé, se encuentra en estos momentos en su cama, atiborrada de calmantes y barbitúricos, luchando contra un insoportable dolor de muelas… ¿No te lo dije al llegar?
No. Jezabel no se había tomado la molestia de informarme de tan irrelevantes pormenores, y yo, en justicia, no tenía por qué achacarle culpa alguna. Pero la noche, la configuración particular y errónea de la noche, se revolvía de repente contra mí, escupiéndome ignoradas frustraciones e inconfesados rencores. Comprendí que no era Jezabel sino yo quien, en realidad, merecía compasión y, por un momento, la habitación empezó a girar a una velocidad vertiginosa. Tan sólo por un momento. Pronto me di cuenta de que ninguno de los invitados había tomado la palabra para justificar la presencia de la pertinaz y festiva reidora. Se hallaban cabizbajos, enfrascados en oscuras cábalas que, al principio, me resistí a compartir. Pero el silencio era demasiado plomizo, asfixiante… Ya no podía engañarme por más tiempo. Porque nadie había oído el sonido de la llave contra la cerradura, el batir de la puerta o el rumor de un automóvil.
Como en tantas ocasiones en que uno se siente amenazado por la visita del terror, evité pronunciar en voz alta la causa de nuestra común inquietud y, al amparo de una vela, empecé por el final de cualquier actuación detectivesca. Subí al dormitorio, pero, por más que escudriñé en todos los rincones, no encontré las ropas empapadas a las que Laura había hecho referencia, horas atrás, en aquella misma habitación. Al bajar, nadie se interesó por el éxito de mis pesquisas. Conteniendo la respiración, nos internamos por el pasillo, retiramos el pesado sillón con que, al inicio de la noche, intentamos proteger la puerta de las embestidas de la tempestad, dimos vuelta a la llave y salimos al porche.
Algo, que en un principio creí un pájaro nocturno, acababa de aletear contra los cristales de una ventana. Nos volvimos con cautela. Suspendido de los alambres de un tendedero, se hallaba el liviano kimono de seda meciéndose con el viento. No pronunciamos palabra. Lo descolgué, arrojé las pinzas lejos de mí y, sin preguntarme por la verdadera razón de mi repentina necesidad de actividad, lo doblé con el mayor cuidado.
-Aquí -dijo Mortimer.
Todos miramos hacia el suelo y, a la luz de las velas, pudimos observar una inscripción garabateada sobre las enfangadas baldosas del porche: “GRACIAS POR TAN MAGNÍFICA NOCHE. NUNCA LA OLVIDARÉ”. Una racha de viento y arena sepultó, en un abrir y cerrar de ojos, las primeras y últimas palabras. Por unos instantes, en los que el tiempo parecía haberse detenido, sólo quedó NUNCA. El kimono se me cayó de las manos. Una segunda ráfaga distorsionó las letras. Con la tercera, las baldosas del porche recuperaron su aspecto habitual en un día de tormenta: montoncitos de arena y barro, y las huellas recientes de nuestras propias pisadas.
Cuando entramos en la casa el fluido eléctrico se había restablecido y un manjar trepidaba en el interior del horno de la cocina. Nos volvimos a sentar en torno a la mesa. Mortimer temblaba como una hoja y había adquirido el aspecto de un niño asustado. No me costó esfuerzo alguno imaginarlo en el regazo de su madre. Un saludable rubor campesino había teñido de púrpura las lívidas mejillas del joven de mirada profunda. Jezabel, súbitamente demacrada, se apoyó en mi hombro. Me fijé en las sombras oscilantes de la pared y, por un extraño efecto que no me detuve en analizar, me pareció como si mi amiga y yo peináramos trenzas y ambas nos halláramos inclinadas sobre un pupitre en una de las largas y lejanas tardes de estudio.
Con el inesperado timbre del teléfono, una brisa de cotidianeidad refrescó la atmósfera. Arganza descolgó el auricular, invocó la tormenta, se excusó por la imprevisible avería y, con un total dominio de la voz, pronunció una dirección, un apellido y un número. Después recogió sus cosas y explicó:
-Es una urgencia.
Pero a nadie le preocupó lo más mínimo la remota posibilidad de que Arganza estuviera pensando: “Ojalá no sea nada”. O todo lo contrario: “Ojalá esté muerto”.


Al cabo de unos días me encontré con Mortimer en una de sus habituales correrías por la playa. Llevaba un zurrón repleto de conchitas y erizos y, al verme, me dirigió un saludo entre ceremonioso y distante: “It’s a nice day, isn’t it?”. No volví a saber de él… Por un amigo común me enteré de que Arganza había adelantado sus vacaciones y se hallaba en un tranquilo balneario rodeado de lagos y montañas. También yo había decidido abandonar el pueblo. El alquiler de la casa, el precio exigido por cuatro paredes de madera y un desangelado mobiliario, me parecía, de repente, abusivo e inaceptable. Regresé a Barcelona y me alegró comprobar lo a gusto que me encontraba entre el bullicio y las gentes de una ciudad de la que, en un momento de debilidad, había querido huir. Una mañana reconocí el rostro del joven demacrado en una de las instantáneas del periódico. Se llamaba Óscar Pérez, era el oscuro batería de un modesto conjunto conocido como Los Irreductibles y su ocasional salto a la palestra no venía motivado por nada que hiciera alusión a sus posibles dotes musicales. Una orquesta rival, Los Perniciosos, había acogido su última actuación con bengalas y cohetes que apunto estuvieron, dada la angostura del local, de convertir la chanza en catástrofe. Aquella misma tarde, por caprichos del destino, me encontré con Jezabel en el supermercado. Instintivamente me aferré al carrito de la compra. Pero Jezabel me saludó con displicencia, recordó sus múltiples ocupaciones y desapareció por uno de los corredores entre montañas de productos enlatados.
Entonces decidí convencerme de algo de lo que, probablemente, ya todos se hallaban convencidos. Nunca alquilé una casa junto al mar, nunca recibí invitados en una noche de tormenta, ni nunca, en fin, asistí a la lenta desaparición de las cinco letras que configuran la palabra NUNCA.

Los altillos de Brumal, 1983.
 

sábado, 22 de febrero de 2020

La fe y las montañas. Augusto Monterroso.

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

La oveja negra y otras fábulas, 1969.
 

viernes, 21 de febrero de 2020

Mi tío. Juan José Millás.

Tuve un tío carnal, y perdonen la redundancia (no he conocido a ninguno que no sea de carne), que vendía cepillos de dientes, lo que se consideraba una actividad de mucho futuro hace años, cuando apenas el 8% de la población se ocupaba de la higiene bucal. Mi familia siempre ha trabajado en actividades con mucho futuro, aunque escaso presente: somos muy pioneros. De hecho, una vez que los cepillos de dientes comenzaron a ser un negocio de verdad mi tío carnal se dedicó a la venta de desodorantes, pese a que ni siquiera se había inventado la axila, que sustituyó, si ustedes recuerdan, al sobaco.
Un día le oí hablar a mi madre de mi tío, que era su hermano, y dijo que le daban ganas de llorar cuando se lo imaginaba en los hoteles o en las pensiones, por la noche, lavándose los calcetines, porque mi tío, pese a vender higiene bucal, se lavaba los calcetines más que los dientes, y luego los tendía en la barra de la cortinilla de la bañera. Se me quedó grabada aquella imagen de los calcetines colgados de la barra en la que, con los años, acabó concentrándose toda la tristeza que era capaz de segregar la realidad de este perro mundo. El calcetín es una prenda blanda, rara, sospechosa, pero, sobre todo, es una prenda atribulada.
Hace poco, en un hotel, me puse a lavar los calcetines negros, negros, negros (y perdonen la redundancia, pues no los conozco de otro color), cuando de súbito levanté la mirada hacia el espejo y en lugar de encontrarme conmigo me encontré con mi tío, el pionero. Si mi madre levantara la cabeza, pensé, y viera a su hijo en este trance se volvía a morir, la pobre, del disgusto. De hecho, casi me muero yo. Así que abandoné los calcetines a un lado del lavabo, sin aclararlos, y me metí en la cama a punto de llorar. Dios mío, qué solo me sentí aquella noche. Aunque lo peor fue al día siguiente, cuando los tuve que guardar mojados en la maleta, junto a una novela policíaca que había cogido para el viaje. Podía haberlos abandonado en el hotel, pero pensé que eso habría sido tanto como dejar tirado en la cuneta a mi tío carnal, el redundante. Qué complicados somos.

Articuentos escogidos, 2012.



martes, 18 de febrero de 2020

Gato. Roberto Moso.

"A veces hay auténticos milagros". Bonita sentencia para escucharla en boca de un sacerdote pero no en la de un médico, como a él le acababa de ocurrir. Masticaba la horrible sentencia mientras conducía bajo una lluvia inclemente. Había exigido sinceridad brutal y desde luego, no podía quejarse al respecto. Sentía ahora su vida como una bomba de relojería con fecha de denotación imprecisa. ¿No era eso precisamente la definición misma de existencia? Pero no, para él ya no era tan imprecisa. Meses, quizás años le habían dicho, también. Inmerso en su angustia no tuvo tiempo material de esquivar a aquel inoportuno gato. Le pareció notar el momento exacto en que la cabecita del felino crujía bajo la rueda. No se bajó a mirar, como habría hecho tan sólo unas horas antes, ni siquiera aminoró la marcha, no tuvo ningún sentimiento de pena ni compasión. Sólo sintió envidia.

Polvo: relatos liofilizados de pompas de papel. 2010
 

domingo, 16 de febrero de 2020

Malos hábitos. Araceli Esteves.

Hace 20 años que dejé el tabaco, pero en mis sueños todavía fumo. Trazo blancos caminos de humo y aspiro profundas caladas. A veces sueño que canto y fumo. O resucito a mi primo ahogado para hablar con él de tonterías, para reírme y dar golpecitos nerviosos a un cigarrillo como si retirara ceniza inexistente. También fumo con mi madre muerta y, escondidas entre humo azul, diluimos culpas antiguas. Vuelvo a la universidad y contesto alguna pregunta incierta de un delirante examen oral de lingüística. Mientras intento hilvanar las frases que me permitan conseguir el aprobado, mi desamparo fuma ducados, una marca que siempre he detestado.
Cuando por la mañana abro los ojos, debo darme mucha prisa. Antes de despertar a mis hijos tengo que lavar y frotar bien mis dientes. Ya se han quejado más de una vez del intenso olor a nicotina de mis besos.

 

viernes, 14 de febrero de 2020

Siete pisos. Dino Buzzati.

Después de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de fiebre, pero aun así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando su pequeña maleta de viaje.
Si bien no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le habían aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional en los médicos y la más racional sistematización de las instalaciones.
Cuando lo divisó desde lejos –lo reconoció por haberlo visto ya en fotografía en un folleto publicitario– Giuseppe Corte tuvo una inmejorable impresión. El blanco edificio de siete plantas estaba surcado por entrantes regulares que le daban una vaga fisonomía de hotel. Estaba rodeado completamente de altos árboles.
Después de un breve reconocimiento a la espera de un examen más detenido y completo, Giuseppe Corte fue instalado en una alegre habitación de la séptima y última planta. Los muebles eran claros y limpios, como el tapizado, los sillones eran de madera, los cojines estaban forrados de tela estampada. La vista se extendía sobre uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Todo era plácido, hospitalario y tranquilizador.
Giuseppe Corte se metió sin dilación en la cama y, encendiendo la luz que tenía a la cabecera, comenzó a leer un libro que había llevado. Poco después entró una enfermera para preguntarle si quería algo.
Giuseppe Corte no quería nada pero se puso de buena gana a conversar con la joven, pidiendo información acerca del sanatorio. Se enteró así de la extraña peculiaridad de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos planta por planta según su gravedad. En la séptima, es decir en la última, se acogían las manifestaciones sumamente leves. La sexta estaba destinada a los enfermos no graves, pero tampoco susceptibles de descuido. En la quinta se trataban ya afecciones serias, y así sucesivamente de planta en planta. En la segunda estaban los enfermos gravísimos. En la primera, aquellos para los que no había esperanza.
Este singular sistema, además de agilizar mucho el servicio, impedía que un enfermo leve pudiera verse turbado por la vecindad de un compañero agonizante y garantizaba en cada planta un ambiente homogéneo. Por otra parte, de este modo el tratamiento podía graduarse de forma perfecta y con mejores resultados.
De ello se derivaba que los enfermos se dividían en siete castas progresivas. Cada planta era como un pequeño mundo autónomo, con sus reglas particulares, con especiales tradiciones que en las otras plantas carecían de cualquier valor. Y como cada sector se confiaba a la dirección de un médico distinto, se habían creado, siquiera fueran nimias, netas diferencias en los métodos de tratamiento, pese a que el director general hubiera imprimido a la institución una única orientación fundamental.
Cuando la enfermera hubo salido, Giuseppe Corte, pareciéndole que la fiebre había desaparecido, se llegó a la ventana y miró hacia fuera, no para observar el panorama de la ciudad, que también era nueva para él, sino con la esperanza de divisar a través de aquélla a otros enfermos de las plantas inferiores. La estructura del edificio, con grandes entrantes, permitía este género de observaciones. Giuseppe Corte concentró su atención sobre todo en las ventanas de la primera planta, que parecían muy lejanas y no alcanzaban a distinguirse más que de forma sesgada. Sin embargo, no pudo ver nada interesante. En su mayoría estaban herméticamente cerradas por grises persianas.
Corte advirtió que en una ventana vecina a la suya estaba asomado un hombre. Ambos se miraron largamente con creciente simpatía, pero no sabían cómo romper aquel silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se animó y dijo:
–¿Usted también está aquí desde hace poco?
–Oh, no –dijo el otro–, yo ya hace dos meses que estoy aquí… –calló por un instante y después, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió–: miraba ahí abajo, a mi hermano.
–¿Su hermano?
–Sí –explicó el desconocido–. Ingresamos juntos, un caso realmente curioso, pero él ha ido empeorando; piense que ahora está ya en la cuarta.
–¿Qué cuarta?
–La cuarta planta –explicó el individuo, y pronunció las dos palabras con tanto sentimiento y horror que Giuseppe Corte se quedó casi sobrecogido de espanto.
–¿Tan graves están los de la planta cuarta?
–Oh –dijo el otro meneando con lentitud la cabeza–, todavía no son casos desesperados, pero tampoco es como para estar muy alegre.
–Y entonces –siguió preguntando Corte con la festiva desenvoltura de quien hace referencia a cosas trágicas que no le atañen–, si en la cuarta están ya tan graves, ¿a la primera quiénes van a parar?
–Oh –dijo el otro–, en la primera están los moribundos sin más. Allá abajo los médicos ya no tienen nada que hacer. Sólo trabaja el sacerdote. Y naturalmente…
–Pero hay poca gente en la primera planta –interrumpió Giuseppe Corte, como si le urgiese tener una confirmación, ahí abajo casi todas las habitaciones están cerradas.
–Hay poca gente ahora, pero esta mañana había bastante –respondió el desconocido con una sonrisa sutil. Allí donde las persianas están bajadas, es que alguien se ha muerto hace poco. ¿No ve usted, por otra parte, que en las otras plantas todas las contraventanas están abiertas? Pero perdone –añadió retirándose lentamente, me parece que comienza a refrescar. Me vuelvo a la cama. Que le vaya bien…
El hombre desapareció del antepecho y la ventana se cerró con energía; luego se vio encenderse dentro una luz. Giuseppe Corte permaneció inmóvil en la ventana, mirando fijamente las persianas bajadas de la primera planta. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los fúnebres secretos de aquella terrible primera planta donde los enfermos se veían confinados para morir; y se sentía aliviado de saberse tan alejado. Descendían entre tanto sobre la ciudad las sombras de la noche. Una a una, las mil ventanas del sanatorio se iluminaban; de lejos podría haberse dicho un palacio en que se celebrara una fiesta. Sólo en la primera planta, allí abajo, en el fondo del precipicio, decenas y decenas de ventanas permanecían ciegas y oscuras.
El resultado del reconocimiento general tranquilizó a Giuseppe Corte. Inclinado habitualmente a prever lo peor, en su interior se había preparado ya para un veredicto severo y no se habría sorprendido si el médico le hubiese declarado que debía asignarle a la planta inferior. De hecho, la fiebre no daba señas de desaparecer, pese a que el estado general siguiera siendo bueno. El facultativo, sin embargo, le dirigió palabras cordiales y alentadoras. Principio de enfermedad, lo había, le dijo, pero muy ligero; probablemente en dos o tres semanas todo habría pasado.
–Entonces ¿me quedo en la séptima planta? –había preguntado en ese momento Giuseppe Corte con ansiedad.
–¡Pues claro! –había respondido el médico palmeándole amistosamente la espalda–. ¿Dónde pensaba que había de ir? ¿A la cuarta quizá? –preguntó riendo, como para hacer alusión a la hipótesis más absurda.
–Mejor así, mejor así –dijo Corte–. ¿Sabe usted? Cuando uno está enfermo se imagina siempre lo peor…
De hecho, Giuseppe Corte se quedó en la habitación que se le había asignado originalmente. En las raras tardes en que se le permitía levantarse intimó con algunos de sus compañeros de hospital. Siguió escrupulosamente el tratamiento y puso todo su empeño en sanar con rapidez; su estado, con todo, parecía seguir estacionario.
Habían pasado unos diez días cuando se le presentó el supervisor de la séptima planta. Tenía que pedirle un favor a título meramente personal: al día siguiente tenía que ingresar en el hospital una señora con dos niños; había dos habitaciones libres, justamente al lado de la suya, pero faltaba la tercera; ¿consentiría el señor Corte en trasladarse a otra habitación igual de confortable?
Giuseppe Corte no opuso, naturalmente, ningún inconveniente; para él, una u otra habitación era lo mismo; quizá incluso le tocara una enfermera nueva y más mona. –Se lo agradezco de corazón –dijo el supervisor con una ligera inclinación–; de una persona como usted, confieso que no me asombra semejante acto de caballerosidad. Dentro de una hora, si no tiene inconveniente, procederemos al traslado. Tenga en cuenta que es necesario que baje a la planta de abajo –añadió con voz atenuada, como si se tratase de un detalle completamente intrascendente–. Desgraciadamente, en esta planta no quedan habitaciones libres. Pero es un arreglo provisional –se apresuró a especificar al ver que Corte, que se había incorporado de golpe, estaba a punto de abrir la boca para protestar–, un arreglo absolutamente provisional. En cuanto quede libre una habitación, y creo que será dentro de dos o tres días, podrá volver aquí arriba –Le confieso –dijo Giuseppe Corte sonriendo para demostrar que no era ningún niño– que un traslado de esta clase no me agrada en absoluto.
–Pero es un traslado que no obedece a ningún motivo médico; entiendo perfectamente lo que quiere decir; se trata únicamente de una gentileza con esta señora, que prefiere no estar separada de sus niños… Un favor –añadió riendo abiertamente, ¡ni se le ocurra que pueda haber otras razones!
–Puede ser –dijo Giuseppe Corte–, pero me parece de mal agüero.
De este modo Corte pasó a la sexta planta, y si bien convencido de que este traslado no correspondía en absoluto a un empeoramiento de la enfermedad, se sentía incómodo al pensar que entre él y el mundo normal, de la gente sana, se interponía ya un obstáculo preciso. En la séptima planta, puerto de llegada, se estaba en cierto modo todavía en contacto con la sociedad de los hombres; podía considerarse más bien casi una prolongación del mundo habitual. En la sexta, en cambio, se entraba en el auténtico interior del hospital; la mentalidad de los médicos, de los enfermeros y de los propios enfermos era ya ligeramente distinta. Se admitía ya que en esa planta se albergaba a los enfermos auténticos, por más que fuera en estado no grave. Las primeras conversaciones con sus vecinos de habitación, con el personal y los médicos, hicieron advertir a Giuseppe Corte de hecho que en aquella sección la séptima planta se consideraba una farsa reservada a los enfermos por afición, padecedores más que nada de imaginaciones; sólo en la sexta, por decirlo así, se empezaba de verdad. De todos modos, Giuseppe Corte comprendió que para volver arriba, al lugar que le correspondía por las características de su enfermedad, hallaría sin duda cierta dificultad; aunque fuera tan sólo para un esfuerzo mínimo, para regresar a la séptima planta debía poner en marcha un complejo mecanismo; no cabía duda de que si él no chistaba, nadie tomaría en consideración trasladarlo nuevamente a la planta superior de los “casi sanos”.
Por ello, Giuseppe Corte se propuso no transigir con sus derechos y no dejarse atrapar por la costumbre. Cuidaba mucho de puntualizar a sus compañeros de sección que se hallaba con ellos sólo por unos pocos días, que había sido él quien había accedido a descender una planta para hacer un favor a una señora y que en cuanto quedara libre una habitación volvería arriba. Los otros asentían con escaso convencimiento.
La convicción de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el dictamen del nuevo médico. Incluso éste admitía que podía asignarse perfectamente a Giuseppe Corte a la séptima planta; su manifestación era ab-so-lu-ta-men-te le-ve –y fragmentaba esta definición para darle importancia–, pero en el fondo estimaba que acaso en la sexta planta Giuseppe Corte pudiera ser mejor tratado.
–No empecemos –intervenía en este punto el enfermo con decisión–, me ha dicho que la séptima planta es la que me corresponde; y quiero volver a ella.
–Nadie dice lo contrario –replicaba el doctor–, ¡yo no le daba más que un simple consejo, no de mé-di-co, sino de au-tén-ti-co a-mi-go! Su manifestación, le repito, es levísima (no sería exagerado decir que ni siquiera está enfermo), pero en mi opinión se diferencia de manifestaciones análogas en una cierta mayor extensión. Me explico: la intensidad de la enfermedad es mínima, pero su amplitud es considerable; el proceso destructivo de las células –era la primera vez que Giuseppe Corte oía allí dentro aquella siniestra expresión–, el proceso destructivo de las células no ha hecho más que comenzar, quizá ni siquiera haya comenzado, pero tiende, y digo sólo tiende, a atacar simultáneamente respetables proporciones del organismo. Sólo por esto, en mi opinión, puede ser tratado más eficazmente aquí, en la sexta planta, donde los métodos terapéuticos son más específicos e intensos.
Un día le contaron que, después de haber consultado largamente con sus colaboradores, el director general del establecimiento había decidido cambiar la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de éstos, por decirlo así, se veía acrecentado en medio punto. Suponiendo que en cada planta los enfermos se dividieran, según su gravedad, en dos categorías (de hecho los respectivos médicos hacían esta subdivisión, si bien a efectos meramente internos), la inferior de estas dos mitades se veía trasladada de oficio una planta más abajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos de la sexta planta, aquellos con manifestaciones ligeramente más avanzadas, debían pasar a la quinta; y los menos leves de la séptima pasar a la sexta. La noticia alegró a Giuseppe Corte porque, en un cuadro de traslados de tal complejidad, su regreso a la séptima planta podría llevarse a cabo más fácilmente.
Cuando mencionó esta su esperanza a la enfermera, se llevó, sin embargo, una amarga sorpresa. Supo entonces que sería trasladado, pero no a la séptima, sino a la planta de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, estaba incluido en la mitad más “grave” de los que se alojaban en la sexta planta y por esta razón debía descender a la quinta.
Pasados los primeros instantes de sorpresa, Giuseppe Corte montó en cólera; dijo a gritos que lo estafaban vilmente, que no quería oír hablar de ningún traslado abajo, que se volvería a casa, que los derechos eran derechos y que la administración del hospital no podía ignorar de forma tan abierta los diagnósticos de los facultativos.
Todavía estaba gritando cuando el médico llegó sin resuello para tranquilizarlo. Aconsejó a Corte que se calmara si no quería que le subiera la fiebre, le explicó que se había producido un malentendido, cuando menos parcial. Llegó a admitir, incluso, que lo más propio habría sido que hubieran enviado a Giuseppe Corte a la séptima planta, pero añadió que tenía acerca de su caso una idea ligeramente diferente, si bien muy personal. En el fondo su enfermedad podía, en cierto sentido, naturalmente, considerarse de sexto grado, dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, ni siquiera él lograba explicarse cómo Corte había sido catalogado en la mitad inferior de la sexta planta. Probablemente el secretario de la dirección, que había llamado aquella misma mañana preguntando por la ubicación clínica exacta de Giuseppe Corte, se había equivocado al transcribirla. Por mejor decir, la dirección había “empeorado” ligeramente su dictamen a propósito, ya que se le consideraba un médico experto pero demasiado indulgente. El doctor aconsejaba a Corte, en fin, no inquietarse, sufrir sin protestas el traslado; lo que contaba era la enfermedad, no el lugar donde se situaba a un enfermo.
Por lo que se refería al tratamiento –añadió aún el facultativo–, Giuseppe Corte no habría de lamentarlo; el médico de la planta de abajo tenía sin duda más experiencia; era casi un dogma que la pericia de los doctores aumentaba, cuando menos a juicio de la dirección, a medida que se descendía. La habitación era igual de cómoda y elegante. Las vistas, igualmente amplias: sólo de la tercera planta para abajo la visión se veía estorbada por los árboles del perímetro.
Presa de la fiebre vespertina, Giuseppe Corte escuchaba las minuciosas justificaciones del doctor con progresivo cansancio. Finalmente, se dio cuenta de que no tenía fuerzas ni, sobre todo, ganas de seguir oponiéndose al injusto traslado. Y se dejó llevar a la planta de abajo.
El único, si bien magro, consuelo de Giuseppe Corte una vez se halló en la quinta planta, fue saber que era común opinión de los médicos, los enfermeros y enfermos que en aquella sección él era el menos grave de todos. En el ámbito de aquella planta, en suma, podía considerarse con diferencia el más afortunado. Sin embargo, por otra parte lo atormentaba el pensamiento de que ahora eran ya dos las barreras que se interponían entre él y el mundo de la gente normal.
A medida que avanzaba la primavera, el aire se hacía más tibio, pero Giuseppe Corte no gustaba ya, como en los primeros días, de asomarse a la ventana; aunque semejante temor fuese una verdadera tontería, cuando veía las ventanas de la primera planta, siempre cerradas en su mayoría, que tanto se habían acercado, sentía recorrerle un extraño escalofrío.
Su enfermedad se mostraba estacionaria. Con todo, pasados tres días de estancia en la quinta planta, se manifestó en su pierna derecha una erupción cutánea que en los días siguientes no dio señas de reabsorberse. Era una afección, le dijo el médico, absolutamente independiente de la enfermedad principal; un trastorno que le podía ocurrir a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos días, sería deseable un tratamiento intensivo de rayos digamma.
–¿Y me los pueden dar aquí, esos rayos digamma? –preguntó Giuseppe Corte.
–Nuestro hospital –respondió complacido el médico– desde luego dispone de todo. Sólo hay un inconveniente…
–¿De qué se trata? –preguntó Corte con un vago presentimiento.
–Inconveniente por decirlo así –se corrigió el doctor–; me refiero a que sólo hay instalación de rayos en la cuarta planta, y yo le desaconsejaría hacer semejante trayecto tres veces al día.
–Entonces ¿nada?
–Entonces lo mejor sería que hasta que le desaparezca la erupción hiciera el favor de bajarse a la cuarta.
–¡Basta! –aulló Giuseppe Corte–. ¡Ya he bajado bastante! A la cuarta no voy, así reviente.
–Como a usted le parezca –dijo, conciliador, el otro para no irritarle–, pero, como médico encargado de su tratamiento, tenga en cuenta que le prohíbo bajar tres veces al día.
Lo malo fue que el eccema, en vez de ir a menos, se fue extendiendo lentamente. Giuseppe Corte no conseguía hallar reposo y no cesaba de revolverse en la cama. Aguantó así, furioso, tres días, hasta que se vio obligado a ceder. Espontáneamente, rogó al médico que ordenara que le hicieran el tratamiento de los rayos y, por consiguiente, que lo trasladaran a la planta inferior.
Allí abajo Corte advirtió con inconfesado placer que representaba una excepción. Los otros enfermos de la sección estaban sin lugar a dudas en estado muy grave y no podían abandonar la cama siquiera por un minuto. Sin embargo él podía permitirse el lujo de ir a pie desde su habitación a la sala de rayos entre los parabienes y la admiración de las propias enfermeras.
Al nuevo médico le precisó con insistencia su especialísima situación. Un enfermo que en el fondo tenía derecho a la séptima planta había ido a parar a la cuarta. En cuanto la erupción desapareciese, pretendía regresar arriba. No admitiría en absoluto ninguna nueva excusa. ¡Él, que legítimamente habría podido estar todavía en la séptima!
–¡La séptima, la séptima! –exclamó sonriendo el médico, que acababa justamente de pasar visita–. ¡Ustedes, los enfermos, siempre exageran! Soy el primero en decir que puede estar contento de su estado; por lo que veo en su cuadro clínico, no ha habido grandes empeoramientos. ¡Pero de ahí a hablar de la séptima planta, y disculpe mi brutal sinceridad, hay sin duda cierta diferencia! Es usted uno de los casos menos preocupantes, lo admito, pero no deja de ser un enfermo.
–Entonces usted –dijo Giuseppe Corte con el rostro encendido, ¿a qué planta me asignaría?
–Bueno, no es fácil decirlo, no le hecho más que un breve reconocimiento, y para poder pronunciarme debería seguirle por lo menos una semana.
–Está bien –insistió Corte–, pero más o menos sí sabrá. Para tranquilizarlo, el médico simuló concentrarse un momento; luego asintió con la cabeza y dijo con lentitud:
–Bueno, aunque sólo sea para contentarle, podríamos en el fondo asignarle a la sexta. Sí, sí –añadió como para convencerse a sí mismo–. La sexta podría estar bien. Creía así el doctor contentar al enfermo. Por el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de zozobra: el enfermo se daba cuenta de que los médicos de las últimas plantas lo habían engañado; ¡y hete aquí que este nuevo doctor, a todas luces más competente y más sincero, en su fuero interno –era evidente– lo asignaba, no a la séptima, sino a la sexta planta, y quizá a la quinta, la inferior! La inesperada desilusión postró a Corte. Aquella noche la fiebre le subió de forma apreciable.
Su estancia en la cuarta planta señaló para Giuseppe Corte el período más tranquilo desde que ingresara en el hospital. El médico era una persona sumamente simpática, atenta y cordial; a menudo se paraba, incluso durante horas enteras, a charlar de los temas más diversos. Y también Giuseppe Corte hablaba de buena gana, buscando temas relacionados con su vida habitual de abogado y hombre de sociedad. Intentaba convencerse de que pertenecía aún a la sociedad de los hombres sanos, de estar vinculado todavía al mundo de los negocios, de interesarse por los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero sin conseguirlo. De forma invariable, la conversación acababa siempre yendo a parar a la enfermedad.
Entre tanto, el deseo de una mejoría cualquiera se había convertido para él en una obsesión. Los rayos digamma, aunque habían conseguido detener la extensión de la erupción cutánea, no habían bastado a eliminarla. Todos los días Giuseppe Corte hablaba de ello largamente con el médico y se esforzaba por mostrarse fuerte, incluso irónico, sin conseguirlo.
–Dígame, doctor –preguntó un día–, ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?
–¿Pero qué expresiones son esas? –le reconvino jovialmente el doctor–. ¿De dónde las ha sacado? ¡Eso no está bien, no está bien, y menos en un enfermo! No quiero oírle nunca más cosas semejantes.
–Está bien –objetó Corte–, pero así no me ha contestado.
–Oh, ahora mismo lo hago –dijo el doctor, amable–. El proceso destructivo de las células, por emplear su siniestra expresión, es, en su caso, mínimo, absolutamente mínimo. Pero me siento tentado de definirlo como obstinado.
–¿Obstinado? ¿Quiere decir crónico?
–No me haga decir lo que no he dicho. Quiero decir solamente rebelde. Por lo demás, así son la mayoría de los casos. Afecciones incluso muy leves necesitan a menudo tratamientos enérgicos y prolongados.
–Pero dígame, doctor, ¿para cuándo puedo esperar una mejoría?
–¿Para cuándo? En estos casos, las predicciones son más bien difíciles… Pero escuche –añadió después de una pausa meditativa–, según veo, tiene auténtica obsesión por sanar… si no tuviera miedo de que se me enfade, le daría un consejo…
–Pues diga, diga, doctor…
–Pues bien, le plantearé la cuestión en términos muy claros. Si yo, atacado por esta enfermedad aunque fuera de forma levísima, viniera a parar a este sanatorio, que posiblemente es el mejor que existe, espontáneamente haría que me asignaran, y desde el primer día, desde el primer día, ¿comprende?, a una de las plantas más bajas. Haría que me ingresaran directamente en la…
–¿En la primera? –sugirió Corte con una sonrisa forzada.
–¡Oh, no!, ¡en la primera no! –respondió irónico el médico–, ¡eso no! Pero en la segunda o la tercera, seguro que sí. En las plantas inferiores el tratamiento se lleva a cabo mucho mejor, se lo garantizo, las instalaciones son más completas y potentes, el personal más competente. ¿Sabe usted, además, quién es el alma de este hospital?
–¿No es el profesor Dati?
–En efecto, el profesor Dati. Él es el inventor del tratamiento que se lleva a cabo, el que proyectó toda la instalación. Pues bien, él, el maestro, está, por decirlo así, entre la primera y la segunda planta. Desde allí irradia su fuerza directiva. Pero le garantizo que su influjo no llega más allá de la tercera planta; de ahí para arriba se diría que sus mismas órdenes se diluyen, pierden consistencia, se extravían; el corazón del hospital está abajo y se necesita estar abajo para tener los mejores tratamientos.
–Así que, en definitiva –dijo Giuseppe Corte con voz temblorosa–, usted me aconseja…
–Añada a eso una cosa –continuó imperturbable el doctor–, añada que en su caso particular habría que insistir hasta que desaparezca. Es una cosa sin ninguna importancia, convengo en ello, pero más bien molesta, que de prolongarse mucho podría deprimir la “moral”; y usted sabe lo importante que es, para sanar, la tranquilidad de espíritu. Las sesiones de rayos a que le he sometido no han dado resultado más que a medias. ¿Que por qué? Puede ser tan sólo casualidad, pero puede ser también que los rayos no tengan la suficiente intensidad. Pues bien, en la tercera planta las máquinas de rayos son mucho más potentes. Las probabilidades de curar el eccema serían mucho mayores, Y luego, ¿ve usted?, una vez la curación en marcha, lo más complicado ya está hecho. Una vez iniciada la recuperación, lo difícil es volver atrás. Cuando se sienta mejor de veras, nada le impedirá volver aquí con nosotros o incluso más arriba, según sus “méritos”, incluso a la quinta, a la sexta, hasta a la séptima, me atrevo a decir…
–¿Y usted cree que eso podrá acelerar el tratamiento?
–¡De eso no cabe ninguna duda! Ya le he dicho lo que yo haría en su situación. Charlas de esta clase el doctor no las daba todos los días. Acabó llegando el momento en que el enfermo, cansado de sufrir a causa del eccema, pese a su instintiva reluctancia a descender al reino de los casos todavía más graves, decidió seguir el consejo y se trasladó a la planta de abajo.
En la tercera planta no tardó en advertir que reinaba en la sección, en el médico, en las enfermeras, un especial regocijo, pese a que allí abajo recibieran tratamiento enfermos muy preocupantes. Notó incluso que este regocijo aumentaba con los días: picado por la curiosidad, una vez que hubo tomado un poco de confianza con la enfermera, preguntó cómo era que en aquella planta estaban siempre todos tan alegres.
–Ah, ¿pero es que no lo sabe? –respondió la enfermera. Dentro de tres días nos vamos de vacaciones.
–¿Qué quiere decir eso de «nos vamos de vacaciones»?
–Sí. Durante quince días la tercera planta se cierra y el personal se va de asueto. Las plantas descansan por turno.
–¿Y los enfermos? ¿Qué hacen con ellos?
–Como hay relativamente pocos, se reúnen dos plantas en una sola.
–¿Cómo? ¿Reúnen a los enfermos de la tercera y de la cuarta?
–No, no –corrigió la enfermera–, a los de la tercera y la segunda. Los que están aquí tendrán que bajar.
–¿Bajar a la segunda? –dijo Giuseppe Corte pálido como un muerto–. ¿Tendré que bajar entonces a la segunda?
–Pues claro. ¿Qué tiene de raro? Cuando, dentro de quince días, regresemos, volverá usted a esta habitación. No creo que sea para asustarse. Sin embargo, Giuseppe Corte –misterioso instinto le advertía– se vio embargado por el miedo. No obstante, ya que no podía impedir que el personal se fuera de vacaciones, convencido de que el nuevo tratamiento de rayos le hacía bien (el eccema se había reabsorbido casi por completo), no se atrevió a oponerse al nuevo traslado. Pretendió, con todo, y a pesar de las burlas de las enfermeras, que en la puerta de su nueva habitación se pusiera un cartel que dijera: «Giuseppe Corte, de la tercera planta, provisional». Esto no tenía precedentes en la historia del sanatorio, pero los médicos, considerando que en un temperamento nervioso como Corte incluso pequeñas contrariedades podían provocar un empeoramiento, no se opusieron a ello.
En el fondo se trataba de esperar quince días, ni uno más ni uno menos. Giuseppe Corte empezó a contarlos con obstinada avidez, permaneciendo inmóvil en su lecho durante horas enteras con los ojos fijos en los muebles, que en la segunda planta no eran ya tan modernos y alegres como en las secciones superiores, sino que adoptaban dimensiones mayores y líneas más solemnes y severas. Y de cuando en cuando aguzaba el oído, pues le parecía oír en la planta de abajo, la planta de los moribundos, la sección de los “condenados”, vagos estertores de agonía.
Todo esto, naturalmente, contribuía a entristecerlo. Y su mengua de serenidad parecía fomentar la enfermedad, la fiebre tendía a aumentar, la debilidad se hacía más pronunciada. Desde la ventana –era ya pleno verano y las ventanas se hallaban casi siempre abiertas– no se divisaban ya los tejados, ni siquiera las casas de la ciudad; sólo la muralla verde de los árboles que rodeaban el hospital.


Habían pasado siete días cuando una tarde, hacia las dos, el supervisor y tres enfermeros que empujaban una camilla con ruedas irrumpieron súbitamente.
–¿Listos para el traslado? –preguntó en tono de afable chanza el supervisor.
–¿Qué traslado? –preguntó Giuseppe Corte con un hilo de voz–. ¿Qué bromas son estas? ¿No faltan aún siete días para que vuelvan los de la tercera planta?
–¿La tercera planta? –dijo el supervisor como si no comprendiera–. A mí me han dado orden de llevarle a la primera, mire –y le enseñó un volante sellado para su traslado a la planta inferior, firmado nada menos que por el mismísimo profesor Dati. El terror, la cólera infernal de Giuseppe Corte estallaron en largos gritos que resonaron por toda la planta. «Más bajo, más bajo, haga el favor», suplicaron las enfermeras, «¡aquí hay enfermos que no se encuentran bien!». Pero hacía falta algo más para calmarlo.
Al fin acudió el médico que dirigía la sección, una persona amabilísima y sumamente educada. Se informó, miró el volante, hizo que Corte le explicara. Luego se volteó, encolerizado, hacia el supervisor, declarando que había habido un error, él no había dado ninguna orden de ese tipo, desde hacía algún tiempo había un desbarajuste intolerable, nadie le informaba de nada… Al cabo, después de haber echado la bronca al subordinado, se volvió en tono cortés al enfermo, deshaciéndose en excusas.
–Con todo, desgraciadamente –añadió el médico–, el profesor Dati hace justo una hora que se ha marchado para una breve licencia, y no volverá hasta dentro de dos días. Estoy absolutamente desolado, pero sus órdenes no se pueden transgredir. Él será el primero en lamentarlo, se lo garantizo… ¡Un error así! ¡No me explico cómo ha podido suceder!
Un lastimoso estremecimiento había empezado a sacudir a Giuseppe Corte. Su capacidad de dominarse había desaparecido por completo. El terror se había apoderado de él como de un niño. Sus sollozos resonaban en la habitación. De este modo, debido a aquel execrable error, alcanzó la última etapa. ¡Él, que en el fondo, por la gravedad de su mal, a juicio de los médicos más severos, tenía derecho a verse asignado a la sexta, cuando no a la séptima planta, en la sección de los moribundos! La situación era tan grotesca que en algunos momentos Giuseppe Corte casi sentía deseos de echar a reír a carcajadas.
Tendido en la cama mientras la cálida tarde de verano pasaba lentamente sobre la ciudad, miraba los verdes árboles a través de la ventana con la impresión de haber ido a parar a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes alicatadas y esterilizadas, de gélidos y fúnebres zaguanes, de blancas figuras humanas carentes de alma. Hasta dio en pensar que ni siquiera los árboles que le parecía divisar a través de la ventana eran verdaderos: acabó incluso por convencerse, al advertir que las hojas no se movían en absoluto.
Esta idea lo agitó hasta tal punto que Corte llamó con el timbre a la enfermera e hizo que le alcanzara sus gafas de miope, que no usaba en la cama; sólo entonces consiguió tranquilizarse un poco: con su ayuda pudo asegurarse de que eran realmente árboles auténticos y que las hojas, aunque ligeramente, se veían agitadas por el viento de cuando en cuando.
Una vez que salió la enfermera, transcurrió un cuarto de hora de completo silencio. Seis plantas, seis terribles murallas, aun siendo por un error de forma, abrumaban ahora a Giuseppe Corte con implacable peso. ¿Cuántos años –sí, tenía que pensar en años– le harían falta para que consiguiera alcanzar de nuevo el borde de aquel precipicio?
Pero ¿cómo de repente se hacía en la habitación tanta oscuridad? Seguía siendo plena tarde. Con un esfuerzo supremo, Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un extraño entumecimiento, miró el reloj que estaba sobre la mesita al lado de la cama.
Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia la otra parte y vio que las persianas, obedientes a una misteriosa orden, descendían lentamente, cerrando el paso a la luz.