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domingo, 26 de mayo de 2024

Criptonita. Patricia Esteban Erlés.

Hace unos años compré por internet un fragmento de criptonita. Antes de que ocurriera lo de mi gato Carygrant, aquella piedra supuestamente llegada de Kripton ocupaba siempre el mismo lugar en mi cajón de las bragas y podía verla nada más abrirlo, pegada a la esquina izquierda, ahí, justo encima del sobre de papel de estraza donde tengo por costumbre meter cada sábado la paga semanal del súper. A veces, sobre todo si había tenido un día especialmente atroz en el trabajo, me gustaba entrar en mi dormitorio, pararme ante el espejo de la cómoda con la blusa del uniforme medio desabrochada, abrir el cajón y buscarla a tientas. Me gustaba sentir su frío mineral entre los dedos, rozarme con ella el lóbulo de las orejas y la garganta, mientras el pobre Carygrant, tumbado sobre la cama, espiaba mi reflejo en el estaño carcomido, igual que un esposo paciente.
¿Que cómo descubrí que la criptonita existía? Pues de la forma más tonta y americana que uno pueda figurarse, la verdad. Sentada un sábado por la tarde en la penumbra de un cyber de mi barrio, rodeada de amantes de la pornografía infantil y los videojuegos salvajes, di por casualidad con Kriptonya, la página de dos geólogos yanquis de la universidad de Wichita, Wisconsin, llamados Parker Lewinston y Cole J. Bowles. La web contaba que doce meses antes aquel par de treintañeros de pelo pajizo que ahora mostraban impúdicamente sus dentaduras caballunas mientras sonreían a cámara, abrazados como viejos amigos de la escuela y con esa expresión radiante de quienes han conseguido forrarse a una edad razonable, habían recibido una beca estatal para financiar su viaje al este de Europa y llevar a cabo una prospección experimental en la zona sur de Serbia. Seguramente, Lewinston y Bowles habían sido los dos hombres más felices del mundo durante aquella expedición, porque en Serbia todavía humeaban las hogueras de los últimos bombardeos y sólo las ventanas vacías de las granjas abandonadas que iban dejando atrás parecían espiarles con cierto aire censor. Lewinston y Bowles, acostumbrados a alimentarse con sándwiches de pavo y soledad de laboratorio, no echaron de menos su casi total ausencia de contacto con otros seres humanos durante el periodo que pasaron dinamitando el suelo serbio como dos nibelungos febriles. Qué va. Apenas hablaban entre ellos y tampoco parecía impresionarles mucho aquel entorno fantasmagórico, donde de vez en cuando encontraban algún esqueleto de animal en el claro de un bosque, o un trozo de pierna infantil con los cordones de la bota todavía perfectamente anudados a la entrada de una aldea ennegrecida por el fuego.
Durante unos meses, Lewinston y Bowles habían seguido cavando agujeros por todas partes sin inmutarse hasta que al fin dieron con un pequeño pozo abandonado desde antes de la guerra. No fue necesario que utilizaran la fuerza en esta ocasión. Igual que una mujer desfallecida al pie del camino por culpa del hambre y el horror continuados, aquella mina se abrió de piernas para ellos sin ofrecer resistencia y dejó que los dos recorrieran excitados varias de sus galerías subterráneas y hallaran sus paredes recubiertas de un cristal semiopaco, sorprendentemente parecido en su tono verdoso y, según comprobaron luego, también en su composición química (hidróxido de sodio, boro y litio fusionado con flúor) al mineral radiactivo que conseguía dejar fuera de combate al pobre Superman.
Continué leyendo. Kriptonya avalaba la autenticidad de cada pedazo de piedra extraída en aquel yacimiento serbio con un certificado firmado ante notario. Cómo resistirse. Yo al menos ya no pude hacerlo, cuando cometí el error de echarle una ojeada al catálogo de piezas de criptonita que se hallaban disponibles. Las había de todos los tamaños, formas y precios, un surtido infinito de galletas verde ojo de pantera. Al final, medio deslumbrada por la luz fría que emanaba de ellas, me decidí a comprar un guijarro pequeño, un fragmento redondo y algo más oscuro de lo normal, que era el único que podía permitirme con mi sueldo.
No me planteé, lo reconozco, que algo tan minúsculo pudiera resultar peligroso. La ciencia no lo había previsto, de hecho la página de Lewinston y Bowles aseguraba que la criptonita era inofensiva. Después de someterla a cientos de pruebas clínicas, sus descubridores ratificaron que se trataba de un compuesto que no poseía ni medio átomo de radiactividad, duro como el diamante, sí, pero perfectamente inútil si no fuera por su turbia belleza. Imagino que a muchos de esos ex niños de los años setenta que en su día habíamos acudido en manada al cine con anoraks y pasamontañas, y vimos sufrir al pobre Christopher Reeves un tremendo cólico de riñón cuando aquellos tres malvados que viajaban por toda la galaxia metidos en un prisma romboidal le acercaron al rostro un pedrusco made in Kripton, nos dio igual que la criptonita auténtica fuera tan inservible como el cristal de un culo de vaso. Aunque, en honor a la verdad confieso que a mí Superman me parecía mucho más irresistible sin el caracol engominado de la frente, cuando sentía que todos sus superpoderes se le evaporaban como por arte de magia a través del tejido interestelar de sus mallas azules sin que él pudiera hacer nada para evitarlo; cuando notaba, perplejo, que por primera vez en su vida le estaba saliendo sangre por la nariz tras recibir la soberana paliza de un camionero, una sangre de color café americano; cuando, en fin, miraba suplicante a Louis Lane tumbado en el suelo, como pidiéndole que por favor no lo abandonara en aquel bar de carretera aunque tuviera una pinta tan lamentable, con esas gafas torcidas de miope y la camisa afranelada de cuadros abrochada hasta el último botón. No sé. Creo que a mí en el fondo me gustaba saber que un tipo tan formidable como Superman podía verse metido en apuros por culpa de algo en apariencia insignificante. La piedra de Kripton era un misterio de reducidas dimensiones y un alcance galáctico. Por eso, supongo, me gasté trescientos klanhams y pagué con la tarjeta de crédito mi rescoldo de criptonita, porque creía en ella y en sus poderes secretos, dijeran lo que dijeran aquellos dos bobos de Lewinston y Bowles. Recuerdo aún la emoción que sentí la mañana en que el cartero llamó al timbre y me sacó de la cama para entregarme un paquete de cartón, cuidadosamente precintado y mil veces más grande que el tesoro que contenía. Era como si de pronto me hubiera llegado por correo el manual de instrucciones de la perfecta mujer fatal, y yo pudiera decidir libremente si quería o no utilizarlo. En aquel instante elegí guardarla en el cajón de las bragas de mi habitación, y no enseñársela nunca a nadie, ocultarla como se silencian algunos adulterios prolongados entre vecinos de rellano o la extraña fijación a la ropa interior equivocada de un honorable padre de familia.
Nada de lo que luego pasó había sucedido aún y yo fantaseaba a veces, me imaginaba que en cuanto esa zorra de la señora Curski se dignara por fin a pagarme las horas extra de las últimas navidades, llevaría mi criptonita al bazar de baratijas y babuchas puntiagudas de la calle Trementine y le pediría al dueño, un pakistaní enorme y silencioso con manos de color estradivarius, que la engarzara en un colgante de plata oscura, casi negra. Pero la verdad es que nunca llegué a hacerlo, igual que nunca he sido capaz de dejar de morderme las uñas, por más que lo haya intentado. Después de un tiempo siempre acabo acostumbrándome al sabor a azufre y al hedor de los remedios que me aconseja la rubia señorita Plenfes, que es la dueña de la farmacia que hace esquina con la calle Lenin. Sigo comiéndome las uñas, a pesar de que aúllo de dolor cuando friego los platos y de que me da mucha vergüenza enseñar las manos en ese estado de onicofagia crónica. Miro mis dedos en carne viva, encojo los hombros, y opto por meter las manos en los bolsillos del abrigo o por esconderlas detrás de la espada. Me resigno, del mismo modo que cuando al final la zorra de Curski accedía a abrir la caja fuerte de la oficina refunfuñando y saldaba su deuda con un puñado de billetes mugrientos. Para entonces yo ya necesitaba invertirlos en un par de medias, en un recibo atrasado del agua o en un frasco de champú especial para gatos albinos. Aun así, pese a las promesas incumplidas, mi pequeña criptonita me alegraba cada regreso a casa y me gustaba tanto el solo hecho de poseerla como atravesar descalza las baldosas frías del pasillo con Carygrant enredado entre las piernas, o comer a cucharadas una tarrina de helado de plátanos y nueces, robada por la tarde en la tienda de la bruja Curski, sentada a oscuras en el sofá, frente al viejo televisor en blanco y negro, con el cebreado de una película muda arañándome el rostro.
Sí, ahora lo sé. Éramos felices así, mi criptonita, mi gato blanco Carygrant y yo, al menos lo fuimos hasta que un viernes, casi a la hora del cambio de turno, Grandísimo Hijo de Puta apareció al final de una larga cola en el supermercado, con su paso lento, su pelo rojo y sus pestañas abrasadas. Llevaba puesta una viejísima camiseta gris que me recordó sin saber por qué a un pulmón enfermo, y en la mano sostenía un tomate bien colorado. Sólo uno. Al llegar junto a la caja hurgó en el bolsillo de su pantalón hasta encontrar dentro una moneda tan pelirroja como él, que dejó sobre el mostrador. Miré sus uñas mordisqueadas, sus dedos huesudos de músico mal alimentado. Y por primera vez hice caso omiso del reglamento de la casa que nos obligaban a cobrar las bolsas de papel a los clientes que compraban artículos por un importe menor a seis klanhams, y le tendí una para que metiera dentro su tomate.
Como era de esperar, Grandísimo Hijo de Puta agradeció el gesto y volvió otras muchas veces por el súper a hacer su monocompra. A veces se llevaba una manzana reineta, otras un paquete de spaguettis o una lata de cerveza barata. Nuestras manos se rozaban, parecidas a las cabezas de dos patos de guiñol, cuando le entregaba su bolsa de papel. Por lo que pude observar, él continuaba supliendo las carencias alimenticias de su dieta mordiéndose las uñas. Los momentos en que nuestros dedos se tocaban eran cada vez más largos, y sentí que el suelo se volvía flan bajos mis pies la tarde en que él clavó sus ojos desnutridos en la placa con mi nombre escrito dentro en la pechera de la blusa, y se despidió musitando un gracias de nuevo, señorita Mascu.
¿Debo dar detalles de lo que ocurrió luego? Pues espero que no, porque en realidad, no podría hacerlo. De aquello guardo tan solo unas cuantas imágenes apenas entrevistas: el mismo tipo flaco, recostado contra un coche negro a la hora del cierre del súper un día de entre semana, sin viernes, ni tomate, ni manzana esta vez, pero con una medio sonrisa de dientes tiznados por la nicotina asomándole torpemente a los labios. Mi cara de sorpresa cuando comprendí que era a mí a quien esperaba, mientras una voz maldecía desde las paredes de mi estómago la facha que tenía esa tarde, con la coleta medio deshecha y el uniforme lleno de manchas de fruta. Una calle en sombras y el crujido de vinilo acompañando a nuestro pasos cuando comenzamos a caminar sin que ninguno de los dos precisara adónde íbamos. Y tras una pequeña elipsis, dos pares de pies asomando al final de una sábana, ajenos al sendero de zuecos dislocados, pantys, vaqueros, falda de tergal, converse mugrientas y camiseta gris cáncer de pulmón que habíamos dejado reptando por el suelo de mi cuarto. Él y yo con los ojos clavados en nuestros pies, como esperando que nos contaran otra versión de los mismos hechos. Y de fondo, el sonido lastimoso de las garras suaves de Carygrant, que rascaba la madera de la puerta desde el otro lado, sin entender muy bien qué hacía pasando una noche (la primera de 72, en realidad) fuera de mi cama.
Pobre Carygrant, que había surgido en mi vida de la nada, tan radiantemente blanco como un esmoquin de gala en una cena de la Costa Azul. Aquel anochecer no pasaba ningún coche y nadie más caminaba por la acera, quizás porque había estado lloviendo hasta hacía poco rato. Yo acababa de mudarme al piso de la portería del número 33 de la calle Progrom, y volvía a casa de un inventario interminable en el súper. Me metí por la calle equivocada de puro cansancio. Durante unos instantes me sentí como si unos extraterrestres bromistas me hubieran abandonado en un barrio cementerio, con los ojos vendados y cero céntimos de sentido de la orientación en el bolsillo. Sólo había cubos de basura negros, volcados en el suelo, y cajas de cartón semejantes a lápidas de una película expresionista por todos lados. Estaba a punto de darme la vuelta cuando lo vi, en el centro de la calzada, blanco como el vaso de leche con galletas que pensaba llevarme a la cama al acostarme, si finalmente llegaba a casa, y rodeado de charcos inmóviles en los que a ratos se colaban cielos silenciosos y trozos de nube. Un gato fantasmal que me miraba, con esa fijeza del antihéroe que espera a una mujer en la esquina de siempre a pesar de la tormenta, apostado bajo la ráfaga de luz amarillenta de una farola, dejando que la lluvia le arruine la chaqueta y encendiendo una y otra vez la mecha del cigarro mojado, sin arredrarse ni calibrar siquiera la opción de dar media vuelta y marcharse, aunque desde hace un buen rato ya sospecha que ella no va a venir. Entonces decidí seguir hacia delante, caminé entre cubos de basura y cajas de cartón, en dirección a la blancura fosforescente de aquel animal. Carygrant, el bueno de Carygrant, que se levantó bostezando, estiró sus largas patas de yogur y echó a andar delante de mí, como guiándome a mi pequeño piso mal ventilado, con su paso lento y suntuoso.
A Grandísimo Hijo de Puta nunca le gustó Carygrant. Cierra la puerta, que no entre. Los gatos me dan miedo, dijo cuando le llevé el primer desayuno a la cama. Y eso que Carygrant no soltaba pelos en el sofá, ni se subía a la pila del fregadero para beber agua del grifo, ni maullaba jamás. No se meó en su sucia camiseta gris ni una sola vez, de hecho Carygrant apartaba sus ojos de vidriera gótica de Grandísimo Hijo de Puta si ambos coincidían aunque fuera un solo segundo en la misma habitación y salía de allí como un borracho elegante que intuye que el barman ya no le servirá la próxima copa. Procuró no cruzarse en su camino durante el tiempo que él pasó ocupando la mitad izquierda de mi cama y saqueando mi nevera, olvidado ya de las monodosis de comida de otros tiempos. Y yo, tan ciega, me limitaba a ayunar de puro amor para compensar aquellos ataques suyos de gula, fingía que no me molestaba encontrar a la vuelta de Superbarato Curski un único limón con cara de vieja arrugada que me esperaba, frunciendo el ceño desde el interior del frigorífico, como desaconsejándome que siguiera por ese camino. Grandísimo Hijo de Puta sí dejaba cabellos oxidados por todas partes: en el fondo del lavabo, en la bañera, en mi peine. Abría mis cajones, sin molestarse luego en volver a cerrarlos. Muchas veces yo regresaba antes que él, y me encontraba a Carygrant encerrado en la cocina. Nunca me daba explicaciones acerca de dónde había estado y tenía un humor taciturno que sólo parecía evaporarse cuando se sentaba descalzo en el sofá abrazado al mástil de su vieja guitarra blanca y negra, que siempre me recordó una puta desabrida, una de esas yonkis de piernas flacas que se prostituyen a las afueras de la ciudad y gritan a los conductores desde el arcén.
La cosa duró dos meses y medio. Dos meses y medio durante los cuales Grandísimo Hijo de Puta siguió zampándose mi comida, echándome algunos polvos de lunes y gritándome desde el colchón que no olvidara dejarle dinero para tabaco y cuerdas de guitarra, antes de salir hacia el súper. Yo separaba unas monedas de la compra diaria que dejaba sobre la mesa de la cocina, sin rechistar. Añoraba a veces el sabor del helado robado, sí, y había abandonado ya definitivamente aquella firme intención de pararme un día en la tienda del pakistaní y encargarle un colgante para mi criptonita, pero no me decidía a renunciar a aquel tipo flaco con pelo de escocés y creo que así habría podido pasarme toda la vida si él no se hubiera largado sin más aprovechando mi turno de mañanas. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta de la calle al salir.
A una casa robada se le queda cara de tonta. Pasado el primer susto y aquellos momentos angustiosos en que imaginé a Grandísimo Hijo de Puta muerto de un disparo en la cabeza, mirándome con una expresión asombrada desde la cama, como increpándome que lo hubiera dejado solo y a merced de unos atracadores sin escrúpulos, lo busqué por todos los cuartos, me aseguré de que los ladrones no lo habían metido a empujones, amordazado y desnudo, en el armario. Descubrí que se había ido riéndose de cada una de las habitaciones del piso de la portería del número 33 de la calle Progrom antes de marcharse. Se había llevado a su guitarra la yonki, las últimas monedas que le había dejado sobre la mesa, pero también mi televisor y dos manzanas que quedaban dentro de la nevera. Encontré el cadáver de una toalla lila y empapada en el suelo del dormitorio. Mi hucha de escayola en forma de geisha japonesa, ataviada con kimono rojo y sombrilla a juego, yacía hecha pedazos junto al mueble de los libros, a pesar de que la pobre nunca guardó en su interior una sola moneda y yo sólo la había comprado porque me gustó el aire de paseante feliz por un jardín rodeado de estanques y flores de loto que tenía en el todo a cien del barrio.
Volví a mi cuarto. Retiré a toda prisa las sábanas de la cama para meterlas en la lavadora, abrí el postigo del balcón y dejé que entrara aire puro. De pronto me dio una vergüenza horrible aquella gripe emocional de dos meses que me había dejado tan flaca. Pensé en bajar a comprar un pollo asado con patatas fritas bien grasientas, sí, cogería dinero y compraría también una botella de limonada fría, una barra de pan recién horneado, hasta una ración de pastel de queso para el postre. Sentía de golpe un hambre atroz. Me abalancé sobre la cómoda y abrí el primer cajón de la cómoda, casi salivando. Busqué con los ojos la esquina izquierda, pero el sobre de papel de estraza con mi dinero no estaba allí, ni tampoco la criptonita. Sólo encontré un desorden de bragas, tristes bragas de diario, de algodón gastado y elásticos flojos, de esas que cada mañana cogía al azar con los ojos aún enredados de sueño, antes de salir disparada camino de la ducha.
Me temblaron las piernas. Me picaban las yemas de los dedos de las manos y cerré el cajón, como huyendo de un nido de ortigas. Me di la vuelta y justo entonces escuché un maullido desgarrador que me sobresaltó. Un grito de animal encerrado, aunque todas las puertas, todas, estaban abiertas. Eché a andar. Me oía a mí misma llamando a Carygrant por el pasillo, pero él no me contestaba, sólo le oía maullar, ajeno a mi voz, dolorido, asustado, desde el interior de algún hueco, igual que un gato de faraón, enterrado vivo junto a su dueño.
Y de pronto, la vi. En el suelo, sobre una de las baldosas blancas, estaba mi criptonita, como una cucaracha anómala, igual de inmóvil, emitiendo un latigazo de luz alfa, color fondo de estanque de cementerio. Rodeada de un hilo de baba verdosa que reptaba hasta la cocina, como si fuera el dibujo agónico, el pentagrama de un quejido de gato. Carygrant está dentro de la lavadora, pensé, sorteando la piedra y el hilo viscoso de saliva, siguiendo su rastro. Puede que así fuera, pero no tuve tiempo de comprobarlo, porque justo cuando iba a poner el pie en la cocina una sombra verde estropajo salió de allí como una exhalación, esquivándome, y atravesó el pasillo. Un minuto después volvieron a escucharse maullidos, desde otro agujero de la casa. Carygrant se había escondido entre las toallas blancas del altillo del armario, quizás, o en el fondo del cesto de ropa sucia de la galería. No he vuelto a verlo, él se cuida de esconderse antes de mi regreso a casa, y sólo abandona su guarida para alimentarse y beber agua. De vez en cuando encuentro una cagarruta de color lagarto en medio de la bañera o sobre mi almohada. Suspiro. Salgo en busca de un trozo de papel higiénico y maldigo a Lewinston y Bowles, aquel par de estúpidos hombres de ciencia que no fueron capaces de prever el catastrófico efecto de la criptonita en los gatos blancos.

Azul ruso, 2010.

sábado, 14 de mayo de 2022

Sopa. Patricia Esteban Erlés.

La feliz mamá sentó a la hijita que aún olía a nuevo sobre sus rodillas, durante la cena familiar de Nochebuena. Fue una desgracia terrible que la niña se inclinara tanto sobre el plato humeante de sopa, fascinada por los dedos de humo que la saludaban desde allí adentro, y que se hundiera en el interior del estanque de porcelana heredado de la abuela, sin que su madre pudiera evitarlo. Hubo un revuelo de burbujas, un minúsculo aleteo de brazos. Algunas gotas amarillas y un fideo rozaron el rostro materno. Ella miró a ambos lados, horrorizada. Todos comían, o no, daban un sorbo a la copa. Callaban con los demás. La madre se secó la mejlla con la servilleta, aguardando un tiempo prudencial y, cuando por fin se hizo el silencio en el fondo, pidió a una de las doncellas que le cambiara el plato.

Casa de muñecas, 2012.

martes, 7 de diciembre de 2021

Hipotermia. Patricia Esteban Erlés.

Después de pasar toda la tarde follando en la habitación del hotel habéis permanecido dentro de una bañera gigante que olía horriblemente a rosas hasta que se os han arrugado las yemas de todos los dedos. Luego habéis decidido ir a cenar a aquel restaurante tan coqueto del puerto donde él te besó por primera vez, cuando aún no sabíais muy bien qué iba a pasar en unas horas con todo lo demás, con los otros. Los otros éramos tan solo una nube negra de pasado, tu marido y su mujer, dos perros de humo a los que esa misma noche, después de las ostras y un par de botellas de vino blanco, prohibisteis cruzar la puerta de la misma habitación del mismo hotel (Sois tan cursis) donde os habéis hospedado hoy. Sonríes. Eres feliz y el mantel de cuadros rojos y blancos te parece tan bonito que no te queda más remedio que acariciarlo con la yema de los dedos. Pero de pronto sientes frío en los hombros, un frío atroz y buscas instintivamente la rebeca que al llegar colocaste en el respaldo de la silla. Al otro lado de la mesa, él pone ojos de guarro y te dice que va a pedir centollo y el mismo vino blanco de entonces, te pregunta si le ayudarás con las ostras, pero aunque te parece buena idea y quieres decirle que sí y volver a sonreír, un punto lúbrica, te castañetean los dientes. Él te mira, qué pálida te has puesto, mientras tú sientes por dentro el soplo de un viento helado cristalizando tu torrente sanguíneo. No lo sabías, pero ahora intuyes con horror que el frío puede dejarte ciega, que quema los huesos y agujerea los pulmones, verdad, no sabías que en el caso improbable de que sigas viviendo un médico compasivo deberá ir talando pequeños trozos de ti, los más frágiles e inocentes, fragmentos dulces como los lóbulos de tus orejas, tus dedos meñiques, esos pezones de niña que tanto le gustan, para intentar salvar la venus mutilada en que yo, hoy, si quisiera, podría convertirte. Tu marido se quedó calvo del disgusto, nunca superó el vacío que dejaste en el juego de maletas al llevarte la samsonite roja mediana. Yo, en cambio, después de que él viniera a por sus cosas y me enseñara una foto tuya entre las sábanas para que no quedara ninguna duda, decidí aprender vudú. Y mira, resulta que me divierte tanto meter y sacar del congelador la muñequita de trapo a la que le puse melena de fregona y le pinté tus mismitos ojos de vaca asturiana, que por hoy te salvas. Dejaré que él, algo confuso, te lleve de vuelta a la cama y te arrope con la única manta que encontrará en el altillo del armario. Pero de follar, ni hablamos, querida, ahora tú eres una gélida figura de hielo, la madre de todos los gintonics, una estalactita, y él, un friolero, un hipocondrias que teme acatarrarse a la mínima, no va a tocarte ni loco. Buenas noches y felices sueños. Mañana, si te parece, probamos con el horno.

 

Casa de muñecas, 2012.
 

sábado, 6 de febrero de 2021

Partitura. Patricia Esteban Erlés.

Tu piano se murió de pena, poco después. Como un pequeño elefante huérfano lo veíamos languidecer en la sala donde solías tocar, sumido en el silencio enfermizo que dejaste en todas las habitaciones. Las doncellas debían limpiarlo tres veces al día, pero aun así siempre estaba cubierto de polvo. No queríamos ya aquel piano huraño, que sabía morirse contigo y ser el perro más fiel. Eres un piano ataúd, te has vuelto tumba, le decía en voz baja, cuando pasaba por delante de él. Porque al principio me obligaba a entrar en al sala y podía olerte en el aire, eres horrible, piano. Luego la sala te olvidó y cada mueble comenzó a ser otro. No te recordaban ya las cortinas que tú elegiste, ni el butacón de terciopelo en el que te sentabas cada tarde. Las partituras de Mozart se ofrecían, sonriendoremifasolasido, a cualquiera que entrara. Y pensábamos que quizás, con un poco de suerte, acabaría sucediéndonos lo mismo. Esperanzados aguardábamos nuestra dosis de olvido porque necesitábamos no añorarte tanto. Al principio teníamos que matarte de nuevo casi a diario para no dirigirnos a ti durante la cena, cada vez que hacíamos el ademán de subir a desearte buenas noches. La vida fue una lección que aprendimos a ciegas, igual que tú cuando tocabas algunas sonatas con los ojos vendados, dejando que los dedos recorrieran las teclas. Pero el piano no te olvidaba, por si no lo sabes el piano feo y hostil de una muerta no olvida. Allí estaba, como un enterrador de la felicidad ajena, recordando a cada paso la desgracia, la ausencia, el egoísmo del que sigue desayunando y comete el pecado imperdonable de volver a reír. Cómo negarle entonces un hueco en la hojarasca del parque trasero, un lugar entre las sombras lánguidas de los cipreses, hecho ya, como tú misma, de olvido y piedra.

Casa de muñecas, 2012.

martes, 9 de enero de 2018

El juego. Patricia Esteban Erlés.

Sigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto escucho el rumor de sus voces a través del hueco de la escalera. Mi madre solloza bajito, mi padre sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo en el que el doctor Ocampo le ha recomendado internarme. Escucho el sonido de sus pasos, ploploplop, y su voz acercándose y alejándose luego, porque no deja de moverse de un lado para otro como el tigre amarillo del zoológico. Seguramente camina con las manos a la espalda como cuando está muy enfadado, mientras mamá llora sentada en su sillón, con las piernas muy juntas y un pañuelo blanco hecho una bola entre las manos. Hay que tomar una decisión, Mercedes, le dice mi padre, y después se hace el silencio.
Van a llevarme allí, no sé si Laurita vendrá conmigo, pero a mí seguro que me llevan. Tú tienes la culpa, le digo muy enfadada, girándome desde la puerta. Mi hermana gemela Laurita sonríe, sentada sobre la cama y encoge los hombros. Está acostumbrada a librarse de todos los castigos; pese a que yo sólo hago lo que ella me ordena, siempre se libra.
Me cortarán el pelo al cero en ese asqueroso colegio para niñas malas, me pondrán un vestido de arpillera, me encerrarán en un cuarto lleno de ratones y cucarachas y sólo beberé el agua de lluvia que pueda recoger en la palma de la mano, a través de los barrotes de un ventanuco. Les he dicho la verdad y no me han creído. Tengo miedo. Ahora lloro bajito, hihihi, como nuestro cocker Jasper, tumbado a la sombra de su sauce favorito cuando me acerqué a él con el trofeo de papá en la mano. El año pasado mi padre se quedó tercero en el torneo del club y le dieron aquel ridículo señor de bronce, con gorra y un palo de golf levantado, que pesaba una burrada. De verdad que yo no tenía nada en contra del pobre Jasper, fue mi hermana Laurita, como siempre, la que me ordenó que tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de nuestra cuerda de saltar, quien me susurró que Jasper sufría mucho por culpa del reuma y era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del saltador a su cuello. Me negué al principio, como de costumbre, pero Laurita me dijo que entonces jugaríamos a lo de la muerte, y eso sí que no.
Jasper estaba ciego y apenas podía mover las patitas de atrás porque ya tenía doce años. Lloriqueó bajito cuando me arrodillé junto a él para acariciarle sus orejas, largas y rizadas como la peluca de un rey francés, y no dejó de hacerlo mientras lo llevaba en brazos hasta el borde de la piscina. Después lo vi patalear brevemente en la superficie, tratando de mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue al fondo. Al mirarlo allí abajo, tan quieto, pensé que ya no daba tanta pena, porque en realidad no parecía un perrito, sino más bien la sombra de una araña negra y muy gorda. Al cabo de una hora Laurita y yo estábamos tumbadas tan tranquilas sobre mi cama, leyendo a medias un libro de Los Cinco que nos gusta mucho, cuando escuchamos el alarido de mi madre en el jardín.
La verdad es que últimamente Laurita está muy pesada, pero mi padre no cree una palabra de lo que digo, y mamá se echa a llorar cuando acuso a Laurita de obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar el juego de la muertita, si no también harían todo lo que ella les pidiera. Detesto ese juego, mamita querida, le confesé a mi madre la penúltima vez, Laurita es mala y dice que se morirá delante de mí si no le obedezco. Pero mamá me miró como si no entendiera, con sus ojos abiertos como platos y algunos fragmentos de su muñeco Otellito entre las manos, sin dejar de susurrar una y otra vez, ¿Por qué lo has hecho, Victoria, por qué? Ella no se imagina la pena que me dio estampar contra el suelo el muñeco negro de porcelana que había pertenecido a mi abuela de Cuba. Hasta tuve que cerrar los ojos para hacerlo. Sabía que aquel bebé de color chocolate, que tenía las manitas gordezuelas levantadas como si estuviera muy contento y fuera a empezar a aplaudir de un momento a otro, era el último recuerdo que le quedaba a mi mamá de la suya. Era lindo de verdad, Otellito, tan lindo, sonreía con la boca abierta y tenía los dientes muy blancos, y hasta un poco de pelusilla negra muy rizada en lo alto de su cabecita. Mi abuela Silvia le había tejido el jersey y el pantalón de punto azul celeste que llevaba, también los diminutos patucos con botones de nácar, y mamá lavaba a mano aquellas prendas cada semana para evitar que cogieran polvo en lo alto del armario. Luego, mientras la ropa se secaba a la sombra, envuelta en una toalla blanca como si fuera un tesoro, frotaba con un paño húmedo los brazos y las piernas de Otellito, su cara de negrito feliz, y tarareaba una canción de cuna que la abuela Silvia le había enseñado cuando vivían en La Habana. Yo sabía cómo iba a dolerle encontrar a Otellito hecho trizas, que también a ella se le iba a partir el corazón en un montón de pedazos pequeños que nadie iba a poder recomponer, pero Laurita se cruzó de brazos y agitó la cabeza de un lado para otro mientras yo le suplicaba y le ofrecía mis canicas de vidrio azul, la bañera con patas de latón de mi casa de muñecas, hasta el guardapelo de oro que me regaló nuestra madrina. Qué tonta eres, me dijo, ¿para qué quiero un guardapelo que tiene dentro un mechón mío, si puede saberse? Rompe el muñeco o jugamos, dijo, y lo siguiente que recuerdo es que me subí a una silla para alcanzar al inocente de Otellito, que estaba allí, como siempre, sentado en su esquina del armario de nogal de mis padres, tan feliz. Ni siquiera el terrible golpe contra los azulejos consiguió quitarle la sonrisa de los labios, tan sólo se la partió por la mitad.


Me alejo deprisa de la puerta porque escucho los pasos cansinos de mi madre al pie de la escalera. Corro hacia la cama y empujo bruscamente a Laurita, para que me haga un sitio. Disimula, viene mamá, le digo entre dientes, así es que nos sentamos a lo indio y nos ponemos a jugar a piedra, papel o tijera. Mamá se detiene junto a la puerta y da dos golpecitos muy suaves. Pregunta en un susurro, ¿Estás ahí, Victoria?, con una voz tan triste que me tiembla la garganta al contestarle que sí, que estamos las dos, aquí, jugando tranquilamente. Mamá ahoga un sollozo al otro lado, lo sé, y espera un poco con la mano puesta en el tirador antes de entrar. Laurita y yo no decimos nada cuando la vemos aparecer, tan sólo sonreímos de oreja a oreja para que se calme y vea que todo está bien ahora. Pero mamá no sonríe. Parece un fantasma triste, le están saliendo canas plateadas por toda la cabeza y ese horrible vestido negro dos tallas más grande le queda fatal. Se sienta en la cama de Laurita y arregla el cojín en forma de corazón. Después me mira.
-Victoria. ¿Por qué?
Ya estamos. Sólo me habla a mí, como siempre, y la sonrisa se borra de mi rostro. Me enfado, me enfado mucho. Quiero que me crea y empiezo a contarle otra vez, desde el principio lo de la muertita, para que vea que no miento. Me estoy poniendo roja de rabia. Cierro los ojos. Le digo que Laurita se empeñó en jugar a eso por primera vez un domingo por la mañana, a la vuelta de misa, y que luego insistía siempre en volver a hacerlo. Le cuento cómo subíamos corriendo escaleras arriba, mientras papá se quedaba leyendo el diario en la sala de estar y ella marchaba a la cocina a supervisar la tarea de Matilde, nuestra cocinera. Yo caminaba unos pasos por detrás de Laura y la veía trotar hasta el dormitorio de ellos, que era su lugar favorito para morirse. Entonces se tumbaba en la cama de matrimonio y levantaba el brazo para indicarme con un gesto imperioso que entornase la puerta de la alcoba. Así lo hacía yo, que nunca supe llevarle la contraria, a pesar de que aquel juego me aterraba.


Mi madre me pide por favor que me calle, pero no le hago caso. En lugar de eso le digo que no soportaba mirar a Laurita cuando se quedaba tan quieta, pero no podía hacer otra cosa. Me quedaba junto a la cama, viendo flotar sus rizos negros contra el almohadón de raso, como la cabellera fosilizada de aquella actriz famosa que se tiró al río y salió en todos los periódicos. Cuando mi hermana cerraba sus ojos era como si se apagaran de pronto todas las estrellitas blancas que le brillaban dentro. Laurita parecía más que nunca una muñeca, y me daba miedo mirar sus fosas nasales de adorno, sus largas pestañas disecadas en torno a los párpados, las manitas cruzadas sobre el pecho igual que las de la abuela Silvia cuando aquel hombre flaco de la funeraria nos dijo que podíamos pasar a verla, porque ya estaba arreglada. El vestido de seda azul que mamá nos ponía a las dos los domingos dejaba de ser idéntico al mío y se convertía en la tulipa inmóvil de una lamparita. Las piernas de Laura parecían dos palillos enfundadas en sus medias blancas, y terminaban en un par de merceditas de charol negro, muy relucientes y con sus suelas nuevas.
Yo estaba viva y mi hermana Laurita se había muerto. Parada junto a la cama la realidad y el juego se mezclaban hasta convertirse en una sola cosa, yo estaba viva y mi hermana gemela se había muerto. Me sentía culpable de seguir de pie y de temblar como una hoja, con los ojos llenos de lágrimas que apenas podía contener, mientras mi hermana se quedaba quieta para siempre y con los zapatos puestos. Eso era lo peor, sus zapatos nuevos que nunca llegarían a gastarse. Entonces corría hacia el armario, abría la puerta y me escondía dentro. Me quedaba allí encogida mucho rato, hasta que Laurita empezaba a reírse y a saltar sobre el colchón, gritándome que era una sonsa y una cobardica, y yo me picaba y salía hecha una furia cuando no podía más, con las mejillas rojísimas por la falta de aire.


Ya no estoy enfadada, ahora me río acordándome de mi cara roja como un tomate, de las ruidosas carcajadas de Laurita señalándome, muerta de la risa y dando patadas en la cama de mis padres. Cuando termino de contarle todo esto a mi madre me doy cuenta de que ni siquiera espero ya que me crea. Mamá saca del puño de jersey su pañuelo arrugado y se seca el rastro que las lágrimas han dejado en sus mejillas. Laurita me mira con ojos llenos de rencor. Yo miro a mamá, expectante y entonces ella dice, y sé que me lo dice a mí:
-Cariño, tu hermana está muerta. ¿Entiendes eso?
Pero no le contesto ni que sí ni que no. Miro a Laurita, que ahora saca la lengua y se lleva el dedo a la altura de la sien, dándole vueltas. Me entra la risa. Sí, claro, muerta, qué sabrá ella.

Azul Ruso. Patricia Esteban Erlés, 2010.
 

martes, 30 de agosto de 2016

Tres gatos. Patricia Esteban Erlés.

A la loca la seguían siempre tres gatos negros como las moras. Cuando nos la tropezábamos en la plaza, mi madre hacía la señal de la cruz con disimulo y yo me daba la vuelta para mirarla. Ella solía caminar sin zapatos, con el filo de un camisón blanco asomando por debajo del abrigo que olía a sangre. Un día se le quemó la casa con ella dentro. La vimos bailar de habitación en habitación, hecha un manojo de llamas. A lo que llegaron los bomberos no quedaban ni sus huesos. Yo pregunté por los gatos, sus tres gatos negros. ¿Qué gatos? La loca vivió siempre sola, ni sombra tenía, me interrumpió mi madre. Al parecer, ella no los vio nunca pasear por el pueblo, como si fueran sus dueños. Tampoco los ve ahora, tumbados sobre el edredón de mi cama, tentándome para que salga de noche a caminar descalza.

Casa de muñecas. Patricia Esteban Erlés, 2012.