miércoles, 30 de septiembre de 2020

La barra de pan. Manuel Rivas.

Tras el entierro, en el cementerio de San Amaro, habíamos ido al Huevito y luego al bar David para brindar por el alma difunta. Había muerto la madre de Fontana. Él estaba muy apesadumbrado, como si el peso de la caja continuase aún allí, a su espalda, y con ese aire de dolor culpable que tienen los hijos cuando se les va la madre. En su caso, la madre había tenido Alzheimer y confundía a su hijo con el hombre de la información meteorológica en la televisión.
¡Mira qué formal está!, decía ella. Y le mandaba un beso soplando en la palma de su mano hacia la pantalla.
Fontana interpretaba aquella desmemoria como una señal de protesta, de acusación indirecta por sus largas ausencias. Estaba soltero como todos nosotros y le iba la bohemia. Le llegó a tener mucha antipatía al Hombre del Tiempo. Hasta que O'Chanel le dijo un día: Es que se parece a ti, Fontana. Es igualito a ti.
Y Fontana se puso un traje de chaqueta cruzada como el de aquel Hombre del Tiempo y le dijo: Mamá, soy yo.
Ya veo que eres tú, le respondió su madre sonriente. Mucho he rezado para te dejasen salir de las isobaras.
En la barra del bar estaba Corea. Era un bebedor solitario, que no se metía con nadie. Pero en lo poco que hablaba, incluso cuando quería ser amable, le salían apocalipsis por la boca, que decía con una voz grave, como palabras de tierra. Por eso, cuando se acercó a Fontana, nos pusimos en guardia. Pero Corea le puso la mano en el hombro y le dio el pésame sorprendente: A los muertos hay que dejarles ir. No hay que tirar de ellos hacia abajo. Hay que abrir una teja en el tejado. Y que el alma busque su sitio.
Sin más, Corea se fue hacia la barra, bebió el trago que le quedaba, pagó la ronda y se marchó por la puerta sin despedirse.
Por un tiempo, nos quedamos mudos. Es una hermosa oración, dijo por fin O'Chanel.
La mejor, añadió Fontana pensativo.
Va un brindis por el alma.
¡Por el alma!
Es cierto, dijo O'Chanel. Es cierto que hay cosas que tienen alma. O dicho de otra manera, hay sitios en los que se posan las almas como pájaros en las ramas.
O'Chanel siempre tenía un cuento en la recámara para tapar los tiempos muertos. Solo necesitaba un trago para, según decía él, mojar la prosodia. Había emigrado a Francia de joven, en uno de esos trenes que salían atestados de Galicia. Y le había ido bien. Oye, tú, ¡yo colocaba guardabarros en la Renault!, decía como un mariscal victorioso. Incluso contaba que había estado sentado con un Filósofo célebre en la terraza de un café a la orilla del Sena y que el filosofo había tomado notas de cuanto él le decía. Por supuesto, aseguraba O'Chanel, antes me pidió permiso. ¡Ese sí que es un país con cultura y educación! Y es que a veces le entraba nostalgia del revés: ¡Aún he de volver a Paris! Un hombre con prosodia allí es un galán.
Yo, una vez, dijo ahora O'Chanel, una vez me comí un alma.
Y miró a su alrededor, uno por uno, como quien pide tiempo antes de ser contrariado.
De niño, en los tiempos del hambre, mi madre me mandó con la cartilla de racionamiento. A ver qué daban. Siempre daban poco, pero cualquier cosa que entrase en la casa del pobre era un manjar. Nosotros vivíamos en la aldea, pero no teníamos tierras. Mi padre, ya sabéis, era obrero. Los labradores aún se iban arreglando. Venían los de Abastos, rapiñaban todo lo que podían, pero siempre había algo que echar el puchero. Pero el nuestro, la más de las veces, solo tenía un hueso para darle sabor al caldo de verdura. Y éramos muchos en la familia, una rueda de polluelos alrededor de la madre. Cuentas esto ahora y se ríen de uno, pero vosotros sabéis que era cierto.
Pues bien, mi madre me mandó con la cartilla. Me dijo: Anda, a ver qué dan.
Salí por la mañana temprano. Tenía que andar cinco kilómetros hasta Cambre. Dejé atrás la casa, oscura y ahumada, porque las desgracias nunca vienen solas y el fuego arde mal, se hace perezoso cuando no tiene sustancia que cocer. Dejé atrás a mis hermanos, una letanía coral de llanto y tos. Y el día, por fuera, era como la casa por dentro. Con una niebla pegajosa, una roña fría y tristona que envolvía todas las cosas y se te metía en la cabeza. Había algunos pájaros en ramas y cercados, pero todos parecían estar de luto, ensimismados y con el capuchón fúnebre. El camino estaba enlamado y yo buscaba apoyos de piedra para no empapar los zuecos, pero a veces resbalaba, hasta que el barro me llegó a los tobillos y entonces me despreocupé, y me metía en los charcos adrede, como animal de agua. Por los lugares que pasaba, la gente no parecía verme. Yo decía buenos días, miraban de reojo, pero no respondían a mi saludo. Era un niño invisible.
Así fue mi viaje hacia la barra de pan. Porque todo cuanto me dieron cuando mostré la cartilla fue una barra de pan.
Y volví abrazado a la barra. Para mí aquel pan tenía el color del oro. Ahora caminaba con mucho tiento, dando rodeos para encontrar el buen paso. Por nada del mundo podía resbalar y echarla a perder. Fue entonces cuando el hambre despertó. Yo la mantenía entretenida, adormecida, pero creo que despertó al sentir tan cerca el pan. Y, sin pensar, cogí un cuscurro. Y lo dejé ablandar en la boca, demorando, sin masticar. Me sabía a todos los sabores. A dulce, a caramelo, a maravilla. Y ya noté que el día estaba clareando, con la niebla que se alejaba, deshilándose en los árboles.
Y los dedos siguieron agujereándole las entrañas, haciendo bolitas de miga. Andaban a su aire, sin que yo tuviese cuenta de ellos, y llevaban las migas a la boca como si fuese otro quien me las diese. Sí que era un bonito día. Nunca había reparado en los colores que tiene el invierno en Galicia. Con las violetas al borde del camino, los tojos que doran los montes, las flores de las navales como inmensas alfombras palaciegas.
Otro bocado y los pájaros se ponen a cantar. El mirlo, el petirrojo, el gorrión, el reyezuelo, la collalba, el herrerillo, el pinzón, la alondra en lo alto. Alegres parientes que no emigran.
Otro pedazo de pan en el paladar y las campanas de Sigras que se ponen a repicar. No era un sonido fúnebre, como acostumbraban en aquel tiempo. Era un repique festivo, que recorría los campos como una alborada.
El mugir de las vacas y el canto de los gallos parecían himnos de abundancia y de vida. Un viejo apilaba estiércol en el carro, llenando la mañana de un aroma cálido que olía a las cosechas futuras, a cachelos cocidos y a borona, e incluso a las sardinas del mar.
¡Buenos días, chaval!, dijo Vulto, el viejo vecino que nunca decía palabra. ¡Feliz Navidad! Aquel saludo cariñoso tuvo el efecto de una bofetada. Vulto era mudo y la Navidad había pasado hacia un mes.
Miré hacia abajo. De la barra solo quedaba un polvo de harina en el gabán. Ante mi casa, lo sacudí como quien sacude un pecado. Abrí la puerta y una docena de ojos, en aquella cueva ahumada, miró con brillo de ansia para mí.
¿Qué te han dado?, pregunto mi madre.
Un pan, dije, una barra de pan.
Para no retrasar más la penitencia, añadí a continuación: Me la he comido entera por el camino. Y dejé caer los brazos, acercándome a ella con desazón, deseando que me golpease muy fuerte.
Mi madre me miró de frente, como quien se pregunta en qué momento se estropea la obra de Dios. Pero luego me acercó a su vientre y me secó la cara con aquel delantal que tenía, estampado en flores de manzanilla.
Y mi madre dijo: ¡Has hecho bien, hijo, has hecho bien! 

 


Ella, maldita alma. 1999.

martes, 29 de septiembre de 2020

El sabbat de Mofflaines. Marcel Schwob.

 A Jean Lorrain.


Colart, señor de Beaufort y caballero, pasó a lo largo del cementerio al volver por la villa de Arras una noche que había bebido muy tarde el hipocrás con miel en el Hotel du Cygne. Allí, a la luz de la luna, que parecía roja porque estaba coronada de niebla, vio a tres jóvenes de vida alegre cogidas de las manos. Mascullaban sutilmente y sonreían de labios para fuera. Ellas le prendieron muy dulcemente por debajo de los brazos, y dos le dijeron que se llamaban Blacminette y Belotte, y la tercera, que era flamenca, sacudió sus rubios cabellos y le habló en su dialecto. Las otras la llamaban Vergensen.
Al acercarse, el caballero de Beaufort vio que daban vueltas alrededor de una losa blanca. Y las tres jóvenes de vida alegre se rieron de él cuando retrocedió, pues derrababan sobre la piedra agua regia de un frasco verde -y la piedra empezó a crepitar como cal viva-. Y en ella arrojaron lagartos destripados, ancas de ranas, hocicos peludos de ratas, patas de aves nocturnas, mineral de arsénico, la snagre negra de un barreño de cobre, tiras de ropa interior sucia, raíces de mandrágora y largas flores que se llaman dedos de muerto. Y, mientras, decían sin cesar: "Jinetes de escobetas, jinetes de escobetas, jinetes de escobetas".
Colart ya no supo en qué lugar del mundo estaba. Pero Belotte, Bancminette y Vergensen lo llevaron hacia un viejo horno de cal que se abría junto al cementerio. Permaneció a la sombra de la puerta blanca, y de allí salió una mujer, sin falda, ni zapatos, ni atavíos; parecía ir vestida únicamente con una larga camisa marcada con anillos lunares, y su rostro estaba cubierto a medias por una caperuza negra. Las tres muchachas aplaudieron, gritando: "Demiselle, Demiselle, Demiselle".
Pero aquella Demiselle llevaba en sus manos una cazuelita de barro y unas varillas de madera. Untó cinco varillas con un ungüento negro que había en la cazuela, y las tres muchachas se las pusieron entre las piernas, cabalgándolas como si fueran un caballo. Y Demiselle mandó hacer lo mismo al caballero de Beaufort. Y con su dedo le untó las palmas de las manos; de repente, Colart se encontró volando por el aire de la noche con las cuatro mujeres. Pues la varilla untada que había entre sus piernas le parecía que fuera un caballo vagabundo de vuelo silencioso, y que de sus manos untadas de ungüento brotaban membranas provistas de garras parecidas a alas.
Cuando volaban pasada la ciudad de Arras, el caballero Colart interrogó a las tres jóvenes. Y ellas le dijeron que iban a ver a su Amo al bosque de Mofllaines que está a una legua en el cmapo. Y Vergensen, sacudiendo la cabeza, siguió riéndose en el aire.
Descendieron en un claro débilmente iluminado. La masas de follaje temblaban. Había una mesa prodigiosamente larga, cuyo extremo se perdía en el bosque, junto a unas altas fuentes. Estaba repleta de carnes rojas, oscuras, y blancas, cuartos de cordero, costillares de buey, piernas de cabrito y cabezas de jabalí. Las aves se amontonaban en pilas, con grasa bajo sus finas pieles, y unas ocas gordas, clavadas en un espetón, colocadas encima de todo. Las salseras estaban llenas hasta el borde de agraz y de caldo claro con almíbar. Las fuentes relucían como la plata y el oro bajo los flantes, los pasteles de crema y las coronas de pasta frita. Las copas altas humeaban, proque estaban rojas de vino templado, y había cántaros de hidromiel rubio y espumoso. Y por toda la mesa, tan lejos como alcanzaba la vista, había mujeres desnudas echadas que hundían sus talones en copas ovaladas, entre la cristalería y los cacharros de madera veteada y esmaltada. Pero en el centro, sentado a medias sobre las mujeres y las carnes, se alzaba un gran perro negro, con las patas separadas y la fauces ensangrentadas, ladrando a la luna.
Y el perro lanzó un ladrido hacia Demiselle, y Colart se quedó temblando entre Belotte y Bancminette, porque Vergensen, quitándose la ropa, se había lanzado hacia la mesa y besado el oscuro hocico del gran perro. Y al caballero le pareció que, a modo de compensanción, el perro mordió a la flamenca en el pecho, dejándole un triángulo rojo como si la hubiera marcado a fuego. Sin embargo, Colart se situó entre Belotte y Blancminette, que le hicieron beber, en un vaso de forma extraña, un licor caliente que tenía sabor a tinta. E inmediatamente después vio que lo que le había parecido un perro negro era un mono verde en cuclillas, con una cola cimbreante, una mandíbula que chasqueaba y dos ojos de fuego. Varios comensales fueron a besarle la pata, y él les clavaba la garra junto a la boca. Allí Colart de Beaufort reconoció a una dama de alta alcurnia de Arras, Jehanne d'Auvergne, y a Huguet Camery, barbero, al que llamaban Padrenuestro, y a Jehan le Fèvre, escribano mayor, junto con otros escribanos más, señores, clérigos y notables de la ciudad, e incluso a un viejo pintor que podía tener setenta años, de barba blanca, Jehan Lavita, a quien conocía bien.
Este viejo pintor parecía ser allí muy apreciado, y los otros lo llamaban abad de Poco-Juicio, y a modo de reverencia él agitaba su capelo a derecha e izquierda. Como era retórico, recitó varias trovas y bellas baladas de vida alegre, y una en alabanza de la Virgen María, a cuyo término se descubrió la cabeza y dijo "¡Que mi amo no se disguste!". Aquello hizo reír a Vergensen, y el mono verde le tiró del pelo por debajo de la caperuza.
El abad de Poco-Juicio se acercó al caballero y lo saludó muy devotamente con el nombre de "hermoso señor", y le dijo que quería llevarle hasta su amo para que le rindiera homenaje, pero le ordenó escupir durante el camino. Y mientras lo seguía, Colart iba pasmado de miedo; pues en el suelo había un largo crucifijo en el que los comensales ponían los pies y que le ordenaron mancillar. Luego llegó ante el mono verde, y allí supo que se había equivocado, al ver que el mono verde era propiamente un macho cabrío de pies hendidos, que en verdad sólo se parecía a un mono por su larga cola. El abad de Poco-Juicio le puso en la mano dos velas encendidas, y le dijo que fuera así, de rodillas, a besar el trasero del machocabrío, que es la forma de rendirle homanje. Y Colart llevaba las dos velas encendidas, mientras los jinetes de la izquierda gritaba: "¡Homenaje, homenaje!", y las amazonas de la derecha: "¡Nuestro Amo, nuestro Amo!". El macho cabrío se volvió y Colart obedeció, pensando que su boca ardía y expulsaba humo.
Y hecho esto, el macho cabrío llamó a las amazonas de la izquierda y a los jinestes de la derecha, y alabó a Colart por su fe; y el abad llevó otros nuevos con dos velas en el puño, que besaron al macho cabrío como lo había hecho el caballero. Luego, entre las mujeres desnudas y el abad que recitaba lays, todos se pusieron a comer y beber. Y de repente se levantó una ráfaga de viento frío y el cielo se volvió gris entre las hojas. Las amazonas y los jinetes se colocaron las escobetas entre las piernas, y Colart volvió a encontrarse volando en el aire de la mañana. Y demiselle fue la primera que desapareció, luego Belotte y Blancminette; pero Vergensen se había quedado con el macho cabrío en el bosque de Mofflaines.
Todas estas cosas, que fueron confesadas por Colart, caballero, señor de Beaufort, ante el obispo de Arras, lo hubieran llevado a sufrir el tormento en sus mazmorras. Porque, antes que él, habían sido entregadas a la justicia seglar Demiselle, Belotte y Blancminette, jóvenes de vida alegre, junto con el abad de Poco-Juicio. Les ciñeron la cabeza con una mitra en la que estaba pintada la figura del diablo en medio de las llamas, y fueron quemados en cadalsos, aunque el abad se había cortado la lengua con un pequeño cuchillo para no responder por su boca durante la tortura. En cuanto a la flamenca de cabellos rubios, que reía cabalgando hacia el sabbat, no puedieron encontrarla, y Colart nunca volvió a verla. Pues el caballero no fue quemado. El duque de Borgoña envió desde Bruselas a su heraldo favorito, Toisón de Oro, para oír su confesión. Colart de Beaufort fue coronado con la mitra en que estaba pintada la figura del diablo y encerrado durante siete años, a pan y agua, en una de las prisiones del obispo de Arras que se llamba el Bonnel.


El rey de la máscara de oro, 1892.
Imagen: Aquelarre, de Francisco de Goya, 1797-1798.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Le oí ese cuento a Auggie Wren. Paul Auster.

Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
-Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.
Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
-Mañana y mañana y mañana – murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
-¿Un cuento de Navidad? – dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
-Fue en el verano del setenta y dos – dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era. Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo? Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente. La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
-¿Eres tú, Robert? – dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
-Sabía que vendrías, Robert – dice -. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
-Está bien, abuela Ethel – dije-. He vuelto para verte el día de Navidad. No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente. Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
-Eso es estupendo, Robert – decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello. Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
-¿Volviste alguna vez? – le pregunté.
-Una sola – contestó.
Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
-Probablemente había muerto.
-Sí, probablemente.
-Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
-Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
-Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
-Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
-La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
-Todo por el arte, ¿eh, Paul?
-Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
-Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
-Sí – dije -. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
-Eres un as, Auggie – dije -. Gracias por ayudarme.
-Siempre que quieras – contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
-Supongo que estoy en deuda contigo.
-No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
-Excepto el almuerzo.
-Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.


El cuento de navidad de Auggie Wren. 1991.

domingo, 27 de septiembre de 2020

A ti. Magda Hollander-Lafon.

Ya no me acuerdo del momento en que te conocí. La memoria me abandonó en muchas ocasiones. Sé que, al haberse construido fuera del tiempo, trance a trance, nuestra amistad se prolonga viva hasta hoy.
¿Te acuerdas de los panes enteros robados de las provisiones de Fráncfort? Más consciente tú que yo del peligro que corría, te morías de miedo por mí.
¿Y nuestra torpeza ante el telar mecánico de Zillertal, cuyo estruendo y velocidad nos daban vértigo? Pero fue, eso sí, el único lugar en esos años donde no nos trataron únicamente como números inútiles.
Qué bien recitabas poemas, con tu gran mirada soñadora. Te escuchaba con fervor, una completa ignorante a tu lado.
Aún oigo el ruido que hacían los piojos al reventarlos con las uñas, y el castañeteo de dientes por el frío y el miedo bajo la carpa helada de Ravensbrück. La muerte nos apretaba la mano con fuerza.
Cuando me faltaba valor, tu mirada me llamaba de nuevo a la vida.
¿Recuerdas con qué fuerza nos latía el corazón cuando, en el camino del éxodo, nos alejamos del convoy? Debíamos ser tres y de repente éramos cinco entre las zarzas espesas, esperando a los libertadores. Nos quedamos seis largos días sin comida en el bosque de Biscofferode. Allí tuviste miedo de que te abandonase. Dudaste de mi amistad, pues estabas muy débil, te devoraban lal fiebre y la sarna.
Tras la Liberación, nos hemos visto poco, pero el tiempo no existe para nosotras. No necesitamos excusas ni explicaciones. Hemos aprendido a leer en los labios cerrados.
Cuántos sentimientos no habría podido expresar o no harían tenido en mí la misma vida sin tu amistad.
Una sonrisa, una mirada me trasportan de alegría y esperanza. Nuestra amistad sigue siendo una fuerza para mí, y yo sigo bebiendo de esa agua viva.

 
Cuatro mendrugos de pan, 2012.

sábado, 26 de septiembre de 2020

La jaula de tía Enedina. Adela Fernández.

Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también le daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda; en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vejez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles, era un enviado de Dios o del diablo.
Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años, yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron, y a golpes me obligaron a devolvérselo.


La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto... ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que por más empeño que puse, no podía regalarle.
Después de aquella morosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.
Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta, ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.
Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.
Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.
Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban...

viernes, 25 de septiembre de 2020

Nam. María Fernanda Ampuero.

Se desnuda. Algo muy malo o muy bueno está pasando. Pasándome. Sea lo que sea, mis padres no se pueden enterar. Estoy en casa de una amiga. Lo de siempre. Pero mi nueva amiga, mitad gringa, mitad nuestra, se quita el uniforme, el sostén deportivo, la tanga, los zapatos. Se deja puestas las medias, cortas, con una bolita fucsia en el talón. Está desnuda, de espaldas, mirando su armario.
Es incómodo y es deslumbrante. Duelen las dos cosas. Cabizbaja como un perro avergonzado, un perro feo y paticorto, intento parecer la misma de un momento antes, cuando ambas estábamos vestidas, cuando esa imagen, la de su cuerpo, no ha reventado como millones de bengalas en mi cerebro. Diana Ward-Espinoza. Dieciséis años. Uno ochenta de estatura. Jugadora estrella del equipo de vóley de su colegio en Estados Unidos. Ojos verde gato radioactivo. Sonrisa blanquísima de la gente de allá.
Diana, Dayana en gringo, habla y habla, siempre, sin parar, mezclando inglés y español o inventando una cosa tercera, divertidísima, que me hace reír a gritos. Con ella río como si en mi casa no pasara nada, como si mi papá me quisiera como un papá. Río como si no fuera yo, sino una chica que duerme feliz. Río como si no existiera lo salvaje.
Ella repite las frases de los profesores como se repite un trabalenguas y nunca atina. Tal vez por eso, porque la creen boba, o porque vive en un departamentito y no en una casa majestuosa, o porque su mamá es profesora de inglés en el colegio y por eso ella no paga pensión o porque corre por el barrio con unos shorts diminutos, azules con una línea blanca que se corta en forma de uve en el muslo. Por todo eso, o por alguna otra oscura exigencia jerárquica de las chicas populares, ningún grupo la acepta. Es blanca, rubia, tiene los ojos verdes, su nariz diminuta está salpicada de pecas doradas, pero ningún grupo la acepta.
A mí tampoco me aceptan, pero lo mío es lo de siempre: gorda, morena, de lentes, peluda, fea, rara.
Un día coinciden nuestros apellidos en la clase de computación. Una al lado de la otra. Eso es todo. Aprendo que BFF significa Best Friends Forever.
Entonces somos mejores amigas para siempre. Entonces me invita a su casa a estudiar. Entonces digo a mi mamá que dormiré donde Diana. Entonces estamos en su cuarto diminuto y ella está desnuda. Se da la vuelta para ponerse por encima del cuerpo color crema pastelera un vestido vaquero. Pone música. Baila. De fondo, la gigantesca bandera estadounidense de su pared.
Cubierta de una lanilla clara, su piel tiene la apariencia, la delicia, de un durazno. Habla de chicos, le gusta mi hermano, del examen que tenemos al día siguiente, filosofía, del profesor que es gracioso, pero ¿qué fuck es el ser?, de que jamás va a entender las cosas como las entiendo yo, de que yo soy la persona más inteligente que ha conocido y que ella, okey seamos honestas, ella es buena para los deportes.
Se para frente al espejo, a menos de un metro de mí, que estoy sentada en su cama dizque hundida en el libro de filosofía. Si quisiera, y quiero, podría extender mi dedo índice y tocar el hueso de su cadera, hacerlo avanzar hasta donde nace el pelo del pubis, nunca he visto un pubis dorado, y saber si eso que brilla es humedad.
Se hace una cola de caballo con sus bucles infantiles, como los de Mary had a little lamb, se pinta los labios con un brillo que huele a chicle y se pone a criticar su pelo, sus orejas, un grano que digo que yo no veo. Pero no puedo mirarla y ella lo nota y se queja: si ni siquiera me estás mirando, deja de estudiar, que tú ya entendiste qué es el ser.
Me sujeta la barbilla y me levanta la cabeza para que la mire. Huelo el chicle de sus labios. Escucho mi corazón latiendo. Dejo de respirar.
–¿Ves el grano? ¿Aquí? ¿Lo ves?
La lengua se me pega al paladar. Trago arena. Asiento.
Comemos con su hermano Mitch, su mellizo, que me gusta tanto que la mandíbula se me adormece cuando voy a hablarle. Ha tenido entrenamiento de fútbol. Se quita la camiseta sudada y no se pone otra. Almorzamos solos, como un matrimonio de tres. Diana pone la mesa, yo sirvo la Coca-Cola y Mitch mezcla pasta con una salsa y la pone a calentar en una olla.
Supongo que sus padres, ambos, están trabajando. Sé que Miss Diana, la mamá, que es mi profesora de inglés, tiene otro trabajo por la tarde en la academia de idiomas. Del papá no sé nada. Tampoco pregunto. Nunca pregunto por los papás. Me dicen que Miss Diana deja hecha la comida por las mañanas, que no cocina bien. Está horrible. Bañamos nuestros platos con queso parmesano Kraft y nos reímos a carcajadas.
Mitch también tiene examen, pero no quiere estudiar. En el comedor, que es también la sala, hay fotos en las paredes. Mitch y Diana, pequeñitos, disfrazados de girasoles. Miss Diana, delgada y joven, delante de una casa con buzón. Un perro negro, Kiddo, al lado de un bebé, Mitch. Los niños en Navidad, rodeados de regalos. Miss Diana embarazada. Diana, de blanco, el día de su Comunión.
Hay algo triste en la luz de las fotos, típicas fotos gringas de los setentas: tal vez demasiado color pastel, tal vez distancia, tal vez todo lo que no aparece. Siento una tristeza que no es la mía. La mía está, pero esta es otra. Esas vidas: los niños girasoles, el bebé precioso al lado de un perro negro, todo eso que parece perfecto, tampoco va a salir del todo bien. No. A pesar de sus cabezas rubias, de sus cuerpos de atletas, de sus mejillas coloradas y de sus ojos brillantes, algo no va a salir bien.
Hay una parte desesperada, sombría, en Diana, en Mitch, en mí, en este departamentito en el que tres adolescentes escuchan música sentados en el suelo.
Ponemos discos: The Mamas & The Papas, The Doors, Fleetwood Mac, Creedence Clearwater Revival, Hendrix, Bob Dylan, Simon and Garfunkel, The Moody Blues, Van Morrison, Joan Baez.
Diana cuenta que sus padres fueron a Woodstock y saca un álbum de fotos donde, por fin, está la imagen del padre. Mr. Mitchell Ward: bigote rojo, pelo largo y cintillo en la frente. Un chico gringuísimo, hermoso y grande como sus hijos, que mira a una chica, Miss Diana, casi irreconocible de lo sonriente, de lo natural.
Luego, detrás de esa página, hay otra foto ante la que callamos: papá de pie, vestido de militar. Lieutenant Mitchell Ward.
Él fue a Vietnam.
Los dos, Diana y Mitch, dicen la misma frase a la vez, como una sola persona con voz masculina y femenina.
Él fue a Vietnam.
He went to Nam.
Nam.
Vuelve la sombra, esa falta de luz que ahoga, el silencio como un mar bravo. Suena The Doors, que nos gusta, y los tres miramos el tocadiscos abrazados a nuestras piernas. Cantamos un poco y Diana traduce: las personas son extrañas cuando eres un extraño, las caras son feas cuando eres un extraño. Mitch pone Astral Week de Van Morrison y durante la canción Madame George me acuesto en las piernas de Diana. Mitch pone su cabeza en mi estómago. Nos acariciamos las cabezas.
Nadie estudia esa tarde. Escuchamos la música de Mr. Mitchell Ward, nos alternamos para cambiar los discos y luego devolverlos con cuidado al sobre plástico, a su estuche y al lugar que ocupan en el mueble. Este gesto es lento y sacramental. Asumo que los hijos no pudieron darle a su padre una despedida y que esto, acostarse en el suelo a escuchar sus adorados vinilos, es el adiós más bonito del mundo. Y yo formo parte y se me sale el corazón.
Cuando suena Mr. Tambourine Man, Diana llora. Busco su mano y la beso con un amor tan intenso que siento que va a matarme. Ella se agacha, me acuna, busca mi boca y así, escuchando a Bob Dylan y con lágrimas, doy, me dan, mi primer beso.
Mitch nos mira. Se incorpora, se acerca, me besa y besa a su hermana. Nos besamos los tres con desesperación, como huérfanos, como náufragos. Cachorros hambrientos sorbiendo las últimas gotas de leche del universo. Suena la armónica. Hey Mr. Tambourine Man, play a song for me. Estamos en penumbra. Esto está pasando. No hay nada más importante en el mundo.
Somos el mundo.
Estamos casi desnudos cuando, al otro lado de la puerta, Miss Diana remueve su cartera, busca la llave, timbra, llama en inglés a sus hijos.
Diana y yo corremos a su cuarto. Mitch se mete al baño. Hemos cogido toda nuestra ropa, pero el disco sigue dando vueltas. Miss Diana, brutal, aparta la aguja y el departamento se queda en silencio. Cuando abre la puerta, Diana y yo fingimos estudiar. Mitch sale del baño envuelto en una toalla, con la cabeza mojada. Ninguno acepta haber puesto el disco. El disco del padre. El disco de Lieutenant Ward, que estuvo en Nam.
Gritos en inglés. Miss Diana está muy roja y parece a punto de llorar o de explotar en mil pedazos. Escucho palabras que no entiendo y otras que sí sé lo que significan, palabras como fucking y fuck y album y father. Los hijos dicen que no y ella se acerca a Diana. Se acerca con la mano abierta, a pegarle, y yo, desesperada de amor, le grito que no Miss, que fui yo, la del disco, que fui yo y ella ya no sabe qué hacer ni qué decir. Se queda con la mano en el aire como una estatua de la libertad sin antorcha y se da cuenta de que es mi profesora y que la he visto hacer eso que no se debe hacer, eso que se queda entre las paredes de las casas, eso que los padres hacen con los hijos cuando nadie los ve.
Sale en silencio.
Diana me mira. Yo la miro. Quiero abrazarla, besarla, sacarla de ahí.
Se recoge el pelo y dice:
–Mejor empezamos a estudiar filosofía.
Nos amanecemos estudiando o fingiendo que estudiamos. Ella, que no entiende nada, duerme un poco en la madrugada y, bajo la luz mínima, yo la contemplo. Parece Ofelia, la del cuadro, y también una superheroína, She-Ra, la hermana de He-Man. La destapo y la miro entera: siento el deseo de ser diminuta y meterme por los labios que tiene entreabiertos y vivir dentro de ella para siempre. Hasta el esmalte desconchado que tiene en las uñas de los pies me enternece, me desconcierta, me subyuga. Le besaría cada poro.
Ya no soy yo.
Me duermo un momento. Sueño que a Diana la persiguen unos perros negros, que me pide ayuda y yo no puedo hacer nada. Escucho gritos, gritos de hombre. Incluso con los ojos abiertos sigo escuchándolos. Quiero levantarme, pero Diana me abraza con fuerza y susurra: It’s okey. It’s okey.
Amanece y suena el día. La limpieza, el trasteo y, finalmente, el portazo de la madre. Diana se cambia de ropa sin mostrarse, pero cuando estoy subiéndome el cierre del uniforme se da la vuelta, lo baja un poco, me escribe algo en la espalda con la punta del dedo y lo vuelve a subir. Sonríe. En la espalda llevo un I love you.
Le digo a Diana que tengo que ir al baño. Contesta que tendrá que ser en el colegio. Imposible. Me ha bajado la regla en la noche, me orino, me siento descompuesta del estómago. No aguanto.
Tengo que ir.
En el departamento hay dos baños. Uno, de visitas, en el salón, y otro en el cuarto de los padres, el de la puerta siempre cerrada. Mitch está en el baño del salón y dice Diana que su hermano se demora muchísimo y me muero de vergüenza de decirle que salga. No puedo hacerlo, mucho menos después de lo de ayer, todavía siento los labios de Mitch Ward en mi cuello de perdedora y en mi panza de perdedora. Primero me arranco la mano que tocar esa puerta.
Pero tampoco puedo esperar más, siento frío, sudo frío, estoy erizada, las piernas se me aflojan.
Tengo que ir.
Diana insiste: en el colegio, en el colegio, que al cuarto de sus padres no puedo entrar, que ahí ni ella puede entrar, pero yo sé que no aguantaré, que me haré caca camino al colegio y que el uniforme es blanco y que me moriré.
Es urgente. No puedo más. No estoy bien.
Tengo que ir.
Ella me arrastra fuera de la casa. Vamos, en el colegio hay baños, llegamos en un minuto. Tengo la frente bañada en sudor. Ya está ahí, me hago. Le digo que me olvidé de un libro y vuelvo a entrar a la casa. Aprieto las piernas, dios, ayúdame. Lo único que pienso es que iré al baño, que no me haré caca encima, que ni Diana ni Mitch me verán manchada con mis propios excrementos, que iré al baño y no me moriré. Haré caca y volveré a amar y ser amada.
Abro la puerta del cuarto de los padres. Allí dentro parece una pecera de agua espesa, como líquido de embalsamar. En el aire flotan hilachas de polvo y hay un olor que agobia, pica. Ácido y dulce y podrido, gas lacrimógeno, mil cigarrillos, orina, limones, lejía, carne cruda, leche, agua oxigenada, sangre. Un olor que no sale de un cuarto vacío, del cuarto de unos padres.
Estoy a punto de hacerme todo en mi ropa interior, esa es mi única valentía, la única razón para dar otro paso e internarme más en ese olor que ahora es como un ser vivo y violento que me da bofetadas. Otro paso. Otro. Ahora ya viene la náusea, ahora huele como cuando hay un animal muerto en la carretera, pero yo estoy en las tripas de ese animal, dentro de él.
Me mareo. Me agarro de algo y ese algo es una mesa y esa mesa tiene una lámpara que se cae y se hace trizas en el suelo. Entonces salta desde la cama, con la velocidad y la fuerza de una ola, un bulto que me tumba al suelo. No veo bien. La luz es pobre, enfermiza. No sé qué tengo encima. Ha caído sobre mí una cosa informe, aterradora. La tengo sobre mi pecho y no puedo moverme. Intento gritar y no me sale ni un sonido.
Tiene cabeza, es un monstruo. Su rostro, dientes amarillos y rabiosos, está pegado al mío. Apesta a carroña. Farfulla cosas que no entiendo, hace ruidos animales, gruñidos, estertores, me babea. Pone una manaza en mi cuello y aprieta y veo en esos ojos rojos que va a matarme, que me odia y que voy a morir. Voy a morir.
Dios mío.
Por favor, digo en mi cabeza, por favor.
Entonces Diana abre la puerta, Diana She-Ra, la hermana de He-Man, mi salvadora, abre la puerta y grita algo que ya no entiendo y la bestia que me está ahogando levanta la cabeza hacia ella y me suelta.
Yo empiezo a gritar, vomito, me orino y vacío mis tripas ahí, en esa alfombra.
La luz que entra por la puerta me deja ver aquello que tenía encima, matándome. Tirado en el suelo, parece una almohada que gime.
–Daddy?
Ella se acerca a eso. A mí ni siquiera me mira. Lo levanta en brazos y veo unos muñones agitándose muy arriba de los muslos y en el codo izquierdo. Diana lleva hasta la cama a ese niño atroz, que es en realidad un hombre sin pelo, con los ojos salidos de sus órbitas, escuálido y color cera. El brazo derecho, las venas del brazo derecho, están completamente llenas de costras y pústulas rojas. Ella lo acuna y consuela y besa en la frente, mientras él llora y ambos repiten una y otra vez I’m sorry, I’m so sorry.
Me levanto como puedo. Mitch está en la puerta, mirándome con odio. Salgo a la sala, marco el número de mi casa. Contesta mi papá. Cierro el teléfono.
Camino hasta la casa de mi abuela. Allí miento, digo que estoy enferma, que no pude aguantarme, que me hice caca en el colegio. Sí, eso fue lo que pasó. Mientras me ducho, lloro hasta que me duele el pecho.
El de filosofía es el último examen de nuestro último año de secundaria. Mi mamá me excusa por enfermedad, así que lo doy otro día. Saco la mejor nota. Me entero de que Diana no se graduará con nosotros, no se presentó al examen. Dicen que volverá a Estados Unidos.
La llamo. No contesta mis llamadas.
Espero junto al teléfono. No me llama.
Nunca más.
No vuelvo a saber de ella hasta hace poco. Abro mi Facebook y encuentro este mensaje de una ex compañera de colegio:
«Hola, siento darte esta noticia, pero ¿sabes que Diana Ward murió en un ataque en Afganistán? Ella y su esposa eran del US Army. Te lo digo porque recuerdo que ustedes eran muy amigas. Qué pena, ¿no?».

Pelea de gallos, 2018.

jueves, 24 de septiembre de 2020

La demosielle d'ys. Robert William Chambers.

Hay tres cosas que me maravillan,
oh, sí, y cuatro que desconozco:
El vuelo de un águila en el aire;
el reptar de una serpiente sobre una roca;
el avance de un barco en medio del mar;
y los requiebros de un hombre con una doncella.


1.
La total desolación a mi alrededor comenzó a surtir efecto; estaba sentado enfrentándome a la situación en la que me encontraba y, a ser posible, intentando recordar alguna marca del paisaje que pudiera ayudarme a salir de mi presente posición. Si al menos pudiera encontrar el océano todo estaría claro, porque sabía que se podía ver la isla de Groix desde los acantilados.
Dejé el rifle y, arrodillándome tras una roca, encendí una pipa. Luego miré el reloj. Eran casi las cuatro en punto. Probablemente me había alejado bastante de Kerselec desde el amanecer.
El día anterior había estado sobre los acantilados de Kerselec con Goulven, contemplando los sombríos páramos por los que ahora me había perdido; entonces estas colinas bajas me habían parecido planas como un prado que se extendía hasta el horizonte, y aunque sabía lo mucho que podían engañar las distancias, no advertí que lo que desde Kerselec parecían bajas colinas cubiertas de verde pasto eran en realidad enormes valles cubiertos de aulaga y brezo, y lo que parecían rocas esparcidas eran en realidad enormes riscos de granito.
«Mal sitio para un extraño», había dicho el viejo Goulven, «será mejor que lleves un guía». Yo le había contestado: «No me perderá». Y ahora sabía que me había perdido, mientras fumaba sentado y con el aire marino soplándome en el rostro. Por los cuatro costados se extendían los páramos, cubiertos de aulaga en flor y brezo y rocas de granito. No se veía ni un solo árbol, mucho menos una casa. Tras unos minutos, cogí el rifle y, dando la espalda al sol, continué avanzando pesadamente.
De poco servía seguir cualquiera de los ruidosos riachuelos que de vez en cuando se cruzaban en mi camino, porque, en lugar de llevarme hacia el mar, fluían tierra adentro hasta lagunas cubiertas de juncos en las hondonadas de los páramos. Había seguido ya varios, pero todos me habían conducido a ciénagas o silenciosas lagunas pequeñas de las que echaban a volar agachadizas piando, y me alejé invadido por un éxtasis de miedo. Comencé a sentirme exhausto y el rifle me descarnaba el hombro a pesar del doble forro. El sol fue hundiéndose más, lanzando sus rayos horizontalmente sobre la amarilla aulaga y las charcas de los páramos.
Mientras avanzaba, mi propia sombra gigantesca me precedía y parecía alargarse a cada nuevo paso. La aulaga me arañaba los pantalones y crujía bajo mis pies, llenando la tierra ocre de capullos, los helechos se inclinaban y ondeaban a mi paso. De las matas de brezo se escabullían los conejos entre los helechos y la hierba del páramo y escuché el perezoso graznido de los patos silvestres. En una ocasión un zorro se cruzó en mi camino y, de nuevo, mientras estaba en cuclillas bebiendo en un arroyo bastante caudaloso, una garza levantó el vuelo agitando pesadamente las alas a mi lado. Me volví para mirar el sol. Parecía estar tocando los límites de la llanura. Cuando finalmente decidí que era inútil continuar avanzando y que debía aceptar el hecho de pasar al menos una noche en los páramos, me derrumbé profundamente agotado. Los rayos del sol de la tarde me llegaron oblicuos calentándome el cuerpo, pero los vientos marinos comenzaron a levantarse y sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo subiendo por las botas de caza mojadas. Escuchaba en lo alto gaviotas que planeaban y se agitaban como trozos de papel blanco; desde un lejano pantano llamaba un solitario zarapito. Poco a poco, el sol se hundió en la llanura y el cenit relampagueó con el arrebol del ocaso. Contemplé cómo el cielo cambiaba desde el dorado más claro hasta el rosa y luego el ardiente fuego. Nubes de mosquitos bailaban sobre mi cabeza y arriba en el aire calmado un murciélago bajaba en picado y subía en vertical. Los párpados comenzaron a pesarme. Entonces, mientras me sacudía el sueño, un repentino golpe entre los helechos me sobresaltó. Levanté la mirada. Un pájaro enorme pendía tembloroso en el aire sobre mi rostro. Durante un instante lo observé, incapaz de moverme; entonces algo saltó a mi lado por entre los helechos y el pájaro se elevó, giró, y se lanzó cabeza abajo entre los matorrales.
Me puse en pie en un segundo, examinando la aulaga. Escuché el sonido de lucha en unas matas de brezo cercanas, y luego se hizo el silencio. Me adelanté unos pasos, apuntando con el rifle, pero cuando llegue al brezo volví a colocármelo bajo el brazo y me quede inmóvil, silenciosamente atónito. Una liebre muerta yacía sobre el suelo, y sobre la liebre estaba posado un magnífico halcón con una garra enterrada en el cuello de la criatura y la otra firmemente apoyada en su flanco inerte. Pero lo que más me asombró no fue sólo la visión del halcón sobre su presa. Había visto eso en más de una ocasión. Lo que más me asombró fue que del halcón colgase una especie de correa que rodeaba ambas garras, y de la cual pendía una pieza redonda de metal semejante a un cascabel. El pájaro volvió sus fieros ojos amarillos hacia mí y, a continuación, se inclinó y horadó la presa con su pico curvo. En ese mismo momento sonaron unos pasos apresurados entre el brezo y una joven surgió de los matorrales de delante. Sin mirarme ni una sola vez avanzó hacia el halcón y, tras pasar la mano con guante por debajo del pecho del animal, lo apartó de la presa. A continuación deslizó hábilmente una pequeña caperuza sobre la cabeza del ave y, sosteniéndola sobre su guante, se agachó y recogió la liebre.
Pasó una cuerda por la pata del animal y ató el extremo a la correa de su cinto. Luego comenzó a retroceder atravesando de nuevo los matojos. Al pasar a mi lado levanté la gorra y ella advirtió mi presencia con una inclinación de cabeza apenas perceptible. Yo estaba tan atónito, tan absorto por la admiración que despertó en mí la escena que no se me ocurrió que allí estaba mi salvación. Pero cuando ella se alejaba fui consciente de que a menos que quisiera dormir en un páramo ventoso esa noche más me valdría recuperar el habla sin demora. Al pronunciar mi primera palabra la joven vaciló, y cuando me acerqué a ella creí ver una mirada de miedo en sus hermosos ojos. Pero mientras trataba de explicar mi desagradable situación, su rostro se ruborizó y me miró sorprendida.
—¡Es imposible que haya venido desde Kerselec! —repitió ella.
Su dulce voz no tenía ningún rastro de acento bretón ni ningún otro acento que yo conociera, y sin embargo había algo que me parecía haber oído antes, algo curioso e indescriptible, como la música de una vieja canción.
Le expliqué que era norteamericano, que no estaba familiarizado con Finistère y que cazaba por divertimento.
—Un norteamericano —repitió ella con la misma curiosa entonación musical—. Nunca antes había visto a un norteamericano.
Durante unos segundos permaneció en silencio, luego me miró y dijo:
—Aunque anduviese toda la noche, ya no podría llegar a Kerselec, incluso con un guía.
Agradables noticias.
—Si al menos —dije— pudiera encontrar una cabaña de campesinos donde poder comer algo y refugiarme.
El halcón en su muñeca aleteó y sacudió la cabeza. La joven acarició el lustroso dorso del ave y me miró.
—Mire a su alrededor —dijo suavemente—. ¿Puede ver el límite de estos páramos? Mire: norte, sur, este, oeste. ¿Puede ver algo más que páramos y helechos?
—No —dije.
—Los páramos son inhóspitos y lúgubres. Es fácil entrar, pero en ocasiones los que entran nunca los abandonan. No hay cabañas de campesinos por aquí.
—Bueno —dije—, si me indicase la dirección a Kerselec, mañana no me llevará más tiempo regresar que lo que tardé en venir.
Ella me miró de nuevo con una expresión casi apenada.
—Ah —dijo—, venir es fácil y se tarda horas; regresar es diferente… y se puede tardar siglos.
La miré sorprendido, pero decidí fingir no haberla entendido. Entonces, antes de que yo tuviera tiempo de hablar, ella sacó un silbato de su cinturón y lo sopló.
—Siéntese y descanse —me dijo—; viene desde muy lejos y está cansado.
Se recogió los pliegues de la falda y, dirigiéndome una seña para que la siguiera, retomó su elegante y cuidadoso paso a través de la aulaga hasta una roca plana entre los helechos.
—Vendrán aquí directamente —dijo ella.
Tomó asiento en un extremo de la roca y me invitó a sentarme en el otro extremo. El crepúsculo estaba comenzando a desvanecerse en el cielo y una sola estrella titilaba débilmente a través de la rosada neblina. Un alargado y ondulante triángulo de aves acuáticas se alejó hacia el sur por encima de nuestras cabezas, y en las ciénagas a nuestro alrededor los chorlitos llamaban.
—Son bellísimos… estos páramos —dijo ella en voz baja.
—Bellos pero crueles con los extraños —respondí.
—Bellos y crueles —repitió absorta—, bellos y crueles.
—Como una mujer —dije yo estúpidamente.
—Oh —ella dejó escapar un leve gemido y, con el aliento cortado, me observó. Sus oscuros ojos se encontraron con los míos, y me pareció enfadada o asustada—. Como una mujer —repitió ella en voz baja—, ¡qué cruel por su parte decir eso! —luego, tras una pausa y fingiendo hablar consigo misma en voz alta, repitió—: ¡Qué cruel por su parte decir eso!
No sé qué clase de disculpas le ofrecí por mi estúpido aunque inofensivo comentario, pero sé que parecía tan atribulada por ello que comencé a pensar que había dicho algo verdaderamente terrible sin saberlo, y recordé con horror las trampas que la lengua francesa tiende a los extranjeros. Mientras intentaba adivinar qué podría haber dicho, escuchamos un ruido de voces a través del páramo y la joven se puso en pie.
—No —dijo ella con una leve sonrisa en su pálido rostro—, no aceptaré sus disculpas, monsieur, pero voy a demostrarle que se equivoca, y esa será mi venganza. Mire. Por allí vienen Hastur y Raoul.
Dos hombres surgieron en el crepúsculo. Uno cargaba un morral sobre el hombro y el otro portaba un aro frente a él como un camarero portaría una bandeja. El aro estaba sujeto a sus hombros con correas y en el borde del anillo estaban posados tres halcones encapuchados y con cascabeles. La chica se acercó al halconero y con un rápido giro de muñeca transfirió su halcón al aro; este rápidamente se arrellanó y se acurrucó entre sus congéneres, los cuales sacudieron las cabezas encapuchadas y erizaron sus plumas hasta que las pihuelas con cascabeles volvieron a sonar. El otro hombre se adelantó, se inclinó con respeto y recogió la liebre y la lanzó al morral.
—Estos son mis piqueurs —dijo la joven, volviéndose hacia mí con elegante sobriedad—. Raoul es un excelente halconero, y algún día le nombraré grand veneur. Hastur es inigualable.
Los dos hombres silenciosos me saludaron con respeto.
—¿No le dije, monsieur, que le demostraría que se equivocaba? —continuó ella—. Ésta es, pues, mi venganza; que usted me haga el honor de aceptar comida y cobijo en mi propia casa.
Antes de que pudiera responderle, ella se dirigió a los halconeros, que inmediatamente partieron atravesando el brezo, y, tras dirigirme un grácil gesto, les siguió. No sé si llegué a hacerle comprender lo profundamente agradecido que me sentía, pero ella parecía escucharme con agrado mientras andábamos por el brezo cubierto de rocío.
—¿No está muy cansado? —preguntó.
Me había olvidado por completo de mi fatiga en su presencia, y así se lo dije.
—¿No cree que sus galanterías están un poco pasadas de moda? —dijo ella, y cuando la miré confundido y levemente humillado, ella añadió en voz baja—: Oh, me gusta, me gusta todo lo que está pasado de moda, y es una delicia oírle decir cosas tan bonitas.
El páramo a nuestro alrededor estaba en esos momentos en calma bajo el fantasmal manto de niebla. Los chorlitos habían dejado de cantar, los grillos y todas las criaturas pequeñas del campo callaban a nuestro paso y, sin embargo, tenía la impresión de que volvía a oírlas lejos a nuestras espaldas. Bastante adelantados, los dos altos halconeros avanzaban a grandes zancadas por el brezo y el débil tintineo de los cascabeles de los halcones nos llegaba a los oídos como alejados y susurrantes campanillas.
De repente, un espléndido perro de caza surgió de la niebla frente a nosotros, seguido de otro y otro más, hasta llegar a la media docena o más, saltando y brincando alrededor de la joven y junto a mí. Ella los acarició y acalló con la mano enfundada, hablándoles con palabras extrañas que recordaba haber leído en viejos manuscritos franceses.
Entonces los halcones en el aro que transportaba el halconero delante de nosotros comenzaron a batir las alas y a gritar, y desde algún lugar oculto los acordes de un cuerno de caza flotaron a través del páramo. Los perros se alejaron de un salto y se esfumaron en el crepúsculo, los halcones aletearon y chillaron sobre la percha, y la joven, acompañando la canción del cuerno, comenzó a tararear. Su voz sonaba clara y sedosa en el aire de la noche.


Chasseur, chasseur, chassez encore,
Quittez Rosette et Jeanneton,
Tonton, tonton, tontaine, tonton,
Ou, pour, rabattre, dès l’aurore,
Que les Amours soient de planton,
Tonton, tontaine, tonton.


Mientras escuchaba su encantadora voz, una masa gris que rápidamente se hizo más nítida surgió delante de nosotros, y el cuerno sonó jovialmente entre el barullo de perros y halcones. Una antorcha brillaba iluminando una verja, la luz se filtró por una puerta abierta y avanzamos cruzando un puente de madera que temblaba bajo nuestros pies y que se elevó crujiendo y chirriando a nuestras espaldas tras pasar sobre un foso; por fin, entramos en un pequeño patio de piedra amurallado por todos lados. De una puerta abierta salió un hombre que se inclinó a modo de saludo y ofreció una copa a la joven que seguía junto a mí. Ella tomó la copa y la tocó con los labios, luego la bajó, se volvió hacia mí y dijo en voz baja:
—Sea bienvenido.
En ese momento uno de los halconeros se acercó con otra copa pero, antes de ofrecérmela, se la dio a la joven, que la probó. El halconero hizo el gesto de recibirla, pero ella vaciló unos segundos y luego, dando un paso hacia delante, me ofreció la copa de sus propias manos. Me pareció éste un acto de extraordinaria elegancia, pero no sabía qué se esperaba de mí y no acerqué la copa a los labios inmediatamente. La joven se ruborizó profundamente. Comprendí que debía actuar con rapidez.
—Mademoiselle —titubeé—, el extraño al que ha salvado usted de peligros que jamás imaginó bebe esta copa en honor de la anfitriona más gentil y amable de Francia.
—En Su nombre —murmuró ella persignándose mientras yo vaciaba la copa. Luego, tras cruzar la entrada, se volvió hacia mí con un bonito gesto, me tomó la mano entre las suyas y me condujo a la casa repitiendo una y otra vez:
—Sea bienvenido, muy bienvenido al Chateau d’Ys.


2.
Me desperté a la mañana siguiente con música del cuerno en los oídos, salté del antiguo lecho de época y me acerqué a la ventana con cortinas por la que la luz del sol se filtraba a través de profundos alféizares. El cuerno calló cuando miré abajo al patio.
Un hombre que podría haber sido hermano de los dos halconeros de la noche anterior estaba apostado en medio de la jauría de perros. Un cuerno curvo pendía de su espalda y en la mano sostenía un látigo largo. Los perros gemían y aullaban brincando a su alrededor ansiosos por la espera; también se escucharon los cascos de caballos en el patio amurallado.
—¡Monten! —gritó una voz en bretón, y con un estruendo de cascos los dos halconeros, con halcones sobre las muñecas, entraron cabalgando al patio rodeados de perros. Luego escuché otra voz que aceleró mi pulso:
—Piriou Louis, conduce bien a los perros y no seas parco ni con las espuelas ni con el látigo. Vos, Raoul, y vos, Gaston, vigilad que el épervier no es aún un niais, y si así lo consideráis, faites courtoisie à l’oiseau. Jardiner un oiseau, por ejemplo, el mué allí sobre la muñeca de Hastur, no es difícil, pero vos, Raoul, podríais no encontrar tan fácil gobernar a ese hagard. En dos ocasiones la semana pasada atacó au vif y perdió el beccade, aunque está acostumbrado al leurre. El pájaro se comporta como un estúpido branchier. Paître un hagard n’est pas si facile.
¿Estaba soñando? El ancestral lenguaje de Cetrería que había leído en amarillentos manuscritos… el olvidado francés antiguo de la Edad Media resonaba en mis oídos mientras los sabuesos aullaban y los cascabeles de las aves de presa acompañaban tintineantes el pisoteo de los caballos. Ella volvió a hablar en la dulce y olvidada lengua:
—Si prefieres atar el longe y dejar vuestro hagard au bloc, Raoul, no os lo recriminaré, porque sería una pena estropear una jornada de caza tan propicia con un sors mal entrenado. Essimer abaisser… quizás sea la mejor manera. Ca lui donnera des reins. Quizás me apresuré con el ave. Lleva tiempo pasarlos à la filière y hacer los ejercicios d’escap.
Entonces, el halconero Raoul hizo una reverencia sobre su estribo y respondió:
—Si así place a mademoiselle, me quedaré con el halcón.
—Es mi deseo —respondió—. Sé sobre Cetrería, pero aún podéis darme lecciones sobre Autourserie, mi buen Raoul. ¡Sieur Piriou Louis, montad!
El cazador entró veloz por una de las entradas abovedadas y regresó en unos segundos montado en un fuerte corcel negro, seguido por un piqueur también con montura.
—¡Ah! —gritó ella alegremente—. ¡Deprisa, Glemarec René! ¡Deprisa! ¡Daos todos prisa! ¡Haced sonar el cuerno, Sieur Piriou!
La argentada música del cuerno de caza inundó el patio, los perros saltaron atravesando la verja y los cascos al galope se lanzaron al exterior del patio adoquinado. Primero sonaron ruidosos sobre el puente levadizo, luego repentinamente amortiguados para después perderse entre el brezo y los helechos del páramo. Más y más lejano sonaba el cuerno, hasta que se hizo tan débil el sonido que el repentino canto de una alondra al vuelo lo ahogó en mis oídos. Escuché la voz abajo respondiendo a una llamada desde el interior de la casa.
—No me arrepiento de perderme la cacería, iré en otro momento. ¡Sé cortés con el extraño, Pelagie, recuerda!
Y una débil voz se escuchó desde el interior de la casa:
—Courtoisie.
Me desnudé y me lavé de la cabeza a los pies en la enorme pileta de barro llena de agua gélida apoyada sobre el suelo de piedra a los pies de la cama. Luego busqué mi ropa. Había desaparecido, pero encima de un arcón cerca de la puerta había una pila de ropa que examiné atónito. A falta de mi traje, me vi obligado a vestirme con la indumentaria que evidentemente había sido colocada allí para que me la pusiera mientras mi ropa se secaba. Había de todo; gorra, zapatos, y un sencillo jubón de caza tejido con hilo gris plata; pero el traje ceñido y los zapatos sin costuras pertenecían a otro siglo, y recordé entonces la extraña indumentaria de los tres halconeros en el patio. Estaba seguro de que no se trataba de una indumentaria moderna de alguna región francesa o de la Bretaña; pero hasta que no me hube vestido y me coloqué ante el espejo entre las ventanas, no advertí que iba ataviado más como un joven cazador de la Edad Media que como un bretón del presente. Vacilé unos segundos y me coloque la gorra. ¿Debía bajar y presentarme de esa extraña guisa? Parecía que no tenía otra opción, mi ropa había desaparecido y no había ninguna campanilla en la vieja alcoba para llamar a un sirviente; así pues, me conforme con quitar una pluma corta de halcón de la gorra, abrí la puerta y bajé las escaleras.
Junto a la chimenea de una amplia sala a los pies de la escalera una vieja mujer bretona estaba sentada hilando con una rueca. Levantó los ojos hacia mí cuando aparecí y me deseó salud en lengua bretona con una sonrisa franca, a lo cual, riéndome, contesté en francés. En ese mismo instante mi anfitriona apareció y me devolvió el saludo con tal gracia y dignidad que hizo palpitar más fuerte mi corazón. Su preciosa cabeza con oscuro cabello rizado estaba coronada con un sombrero que despejó por completo toda duda sobre la época de mi propia indumentaria. Su delgada figura estaba exquisitamente ataviada con un vestido de caza con ribetes de plata, y sobre la muñeca cubierta por un guante portaba uno de sus halcones mascota. Con una sencillez suma, me tomó la mano y me condujo al jardín del patio. Tras sentarse a una mesa, me invitó dulcemente que me sentara junto a ella. Entonces me preguntó con su curioso y suave acento cómo había pasado la noche, y si me había incomodado mucho tener que ponerme las ropas que la vieja Pelagie había puesto en mi cuarto mientras dormía. Observe que mi propia ropa y zapatos estaban secándose al sol junto al muro del jardín, y los odié. ¡Qué horribles eran comparados con el elegante traje que ahora llevaba! Se lo dije entre risas, pero ella mostró su acuerdo con expresión muy seria.
—Nos desharemos de ellos —dijo en voz baja.
Atónito, intenté explicarle que no sólo no podía aceptar ropa de nadie, aunque por lo que sabía bien podría tratarse de una costumbre hospitalaria en aquella parte del país, sino que mi aspecto sería excesivamente extravagante si regresaba a Francia vestido de esa forma.
Ella rió y sacudió su hermosa cabeza diciendo algo en francés antiguo que no entendí, y a continuación Pelagie salió de la casa portando una bandeja con dos cuencos de leche, una barra de pan blanco, frutas, un platillo con miel de abeja y una jarra de oscuro vino tinto.
—Ya ve, aún no he roto mi ayuno, porque deseaba que usted comiera conmigo. Pero estoy muy hambrienta —dijo con una encantadora sonrisa.
—¡Preferiría morirme a olvidar ni una sola de sus palabras! —dije súbitamente con las mejillas ardiendo.
«Pensará que estoy loco», me dije a mí mismo, pero ella se volvió a mí con ojos centelleantes.
—¡Ah! —susurró—. Entonces monsieur conoce todo sobre la caballerosidad…
La joven se persignó y partió el pan. Yo contemplaba absorto sus blancas manos, sin atreverme a mirarla a los ojos.
—¿No va a comer? —preguntó—. ¿Por qué parece tan preocupado?
Ah, ¿por qué? Ahora ya lo sabía. Sabía que daría mi vida por poder tocar con los labios aquellas rosadas palmas… ahora entendía que desde el momento en el contemple esos ojos oscuros en el páramo la noche anterior la amé. Mi enorme y repentina pasión me dejó sin habla.
—¿Se encuentra incómodo? —volvió a preguntarme.
Entonces, como un hombre que pronuncia su propio funesto destino, respondí en voz baja:
—Sí, me encuentro incómodo por el amor que siento por usted —y como no se inmutó ni contestó, el mismo poder movió mis labios en contra de mi voluntad y añadí—: Yo, que no merezco ni el más breve de sus pensamientos; yo, que he abusado de su hospitalidad y pago su amable cortesía con toscas presunciones, yo la amo.
Ella apoyó la cabeza sobre las manos y respondió con dulzura:
—Yo le amo. Sus palabras significan mucho para mí. Le amo.
—Entonces la conquistaré.
—Conquísteme —replicó.
Pero durante todo ese tiempo yo había permanecido en silencio, con el rostro girado hacia el suyo. Ella, también en silencio y el rostro apoyado en la palma de la mano, estaba sentada frente a mí, y cuando sus ojos se posaron en los míos supe que ni ella ni yo habíamos pronunciado ni una sola palabra humana; pero también supe que su alma había respondido a la mía, y me arrimé sintiendo un amor joven y feliz fluyendo por mis venas. Ella, con un rubor brillante en el rostro, pareció despertar de un sueño y sus ojos buscaron los míos con una mirada inquisitiva que me hizo temblar de placer. Desayunamos hablando de nosotros mismos. Le dije mi nombre y ella me dijo el suyo, la demoiselle Jeanne d’Ys.
Me habló de las muertes de su padre y su madre, y cómo había pasado sus diecinueve años de vida en la pequeña granja fortificada con su niñera Pelagie, Glemarec René el piqueur, y los cuatro halconeros, Raoul, Gaston, Hastur y Sieur Piriou Louis, los cuales también habían servido a su padre. Nunca había abandonado los páramos… nunca había visto antes a otro ser humano, a excepción de los halconeros y de Pelagie. No sabía cómo conocía la existencia de Kerselec; quizás los halconeros le hablaron del lugar. Conocía las leyendas del Loup Garou y Jeanne la Flamme porque se las había relatado su niñera Pelagie. Bordaba y tejía lino. Sus halcones y perros de presa eran su única distracción. Cuando me encontró allí en el páramo se asustó tanto que casi se desmayó al oír mi voz. Era cierto que había visto barcos en el mar desde los acantilados, pero hasta donde alcanzaba la vista, los páramos por los que ella galopaba estaban privados de cualquier señal de vida humana. Existía una leyenda que Pelagie contaba, según la cual cualquiera que se perdiera en las ignotas tierras de los páramos jamás regresaba, porque los páramos estaban encantados. Ella no sabía si eso era cierto, nunca pensó en ello hasta que me encontró. No sabía si los halconeros habían estado en el exterior, o si podían marcharse si así lo deseaban. Los libros que había en la casa y con los que Pelagie, la niñera, le había enseñado a leer, tenían cientos de años de antigüedad.
Me contó todo esto con una seriedad tan dulce que rara vez se escucha en alguien que no sea un niño. Mi nombre le pareció fácil de pronunciar e insistió que debía de tener algo de sangre francesa, porque mi nombre de pila era Philip. No parecía sentir curiosidad por nada del mundo exterior, y pensé que quizás había perdido su interés y respeto debido a las historias de su niñera.
Estábamos aún sentados a la mesa y ella lanzaba uvas a los pequeños pájaros silvestres que se acercaban sin miedo hasta nuestros pies.
Comencé a hablar de forma vaga acerca de mi partida, pero ella no quería oír ni una palabra de ello, y antes de que me diera cuenta ya le había prometido quedarme una semana para cazar con halcón y jauría en su compañía. También obtuve su permiso para regresar desde Kerselec y visitarla tras mi partida.
—Porque —dijo ella inocentemente— no sé que haría si nunca regresara.
Y yo, sabiendo que no tenía derecho a abrirle los ojos con el brusco impacto que una confesión de mi propio amor sin duda le causaría, permanecí en silencio, atreviéndome apenas a respirar.
—¿Vendrá muy frecuentemente? —preguntó.
—Muy frecuentemente —respondí.
—¿Todos los días?
—Todos los días.
—Oh —suspiró—, soy muy feliz. Venga a ver mis halcones.
Se levantó y me tomó de la mano de nuevo con un inocente e infantil sentido de la posesión, y paseamos por el jardín y entre los árboles frutales hasta el verde prado bordeado por un arroyo. Por el prado había esparcidos quince o veinte tocones de árboles, parcialmente enterrados en hierba, y sobre todos excepto dos se posaban halcones. Estos estaban atados a los tocones con correas que a su vez se hallaban sujetas con argollas de metal a las patas justo por encima de las garras. Un pequeño riachuelo de agua pura de manantial fluía por un lecho sinuoso a poca distancia de cada una de las perchas.
Las aves comenzaron a armar un gran alboroto cuando la joven apareció, pero ella pasó de una a otra, acariciando algunas, colocando a otras sobre su muñeca durante unos segundos, o inclinándose para ajustar las pihuelas.
—¿Verdad que son preciosos? —dijo la joven—. Mire, este de aquí es un halcón gentil. Lo llamamos «innoble» porque persigue a la presa en vuelo directo. Éste es un halcón azul. En cetrería lo llamamos «noble» porque se eleva por encima de la presa y, virando, se deja caer desde arriba. Este blanco es un gerifalte del norte. ¡También es «noble»! Éste es un merlín, y este macho es un halcón heroner.
Le pregunté cómo había aprendido la vieja lengua de la cetrería. No lo recordaba, pero creía que su padre debió enseñársela cuando era muy pequeña.
A continuación me llevó a ver los halcones jóvenes todavía en el nido.
—Se les denomina niais en cetrería —explicó—. Un branchier es el pájaro joven que acaba de aprender a salir del nido y salta de una rama a otra. Un ave joven que todavía no ha mudado el plumaje se llama sors, y un mué es un halcón que ha mudado en cautividad. Cuando atrapamos un halcón salvaje que ya ha cambiado su plumaje lo llamamos hagard. Raoul me enseñó por primera vez a vestir un halcón. ¿Quiere que le enseñe a hacerlo?
Se sentó en la ribera del riachuelo entre los halcones y yo me tumbé a sus pies para escucharla.
Entonces la damoiselle d’Ys levantó un dedo con la yema rosada y comenzó a hablar muy seriamente.
—Primero se debe atrapar el halcón.
—Yo estoy atrapado —respondí.
Ella se rió con mucho encanto y me dijo que mi dressage podría resultar un tanto difícil si yo era noble.
—Ya estoy amaestrado —respondí—; con pihuelas y cascabeles.
Ella se rió encantada.
—Oh, mi valiente halcón; entonces, ¿acudirá a mi llamada?
—Soy vuestro —respondí con tono grave.
Permaneció en silencio durante unos segundos. Luego el color se encendió en sus mejillas y volvió a levantar el dedo, diciendo:
—Escuche; deseo hablarle de cetrería…
—La escucho, condesa Jeanne d’Ys.
Pero de nuevo volvió a quedarse absorta, y parecía haber clavado los ojos en algo más allá de las nubes estivales.
—Philip —dijo por fin.
—Jeanne —susurré.
—Eso es todo… eso es lo que deseaba —suspiró—… Philip y Jeanne.
Me ofreció la mano y yo la toqué con los labios.
—Conquísteme —dijo ella, pero en esta ocasión habló con su cuerpo y su alma al unísono.
Tras un momento, comenzó a hablar de nuevo:
—Hablemos de cetrería.
—Prosiga —respondí—; ya hemos atrapado al halcón.
Entonces Jeanne d’Ys tomó mi mano entre las suyas y me explicó cómo, con infinita paciencia, el joven halcón era entrenado para posarse en la muñeca, y cómo, poco a poco, se habituaba a las pihuelas con cascabeles y al chaperon à cornette.
—En primer lugar deben tener buen apetito —dijo la demoiselle—; después, poco a poco les reduzco los alimentos, que en cetrería llamamos pât. Cuando, tras muchas noches pasan au bloc hasta crecer como estas aves están ahora, entreno al hagard para que permanezca tranquilo sobre la muñeca, y entonces el ave está lista para aprender a acudir a por su comida. Coloco el pât en el extremo de una correa, o leurre, y entreno al pájaro para que venga a mí en cuanto comienzo a hacer girar la cuerda en círculos sobre mi cabeza. Al principio dejo caer el pât cuando el halcón se aproxima, y come el alimento en el suelo. Tras un periodo de tiempo aprende a capturar el leurre en movimiento mientras lo hago girar alrededor de mi cabeza o lo arrastro sobre el suelo. Después es más sencillo entrenar al halcón para que capture caza, siempre recordando faire courtoisie à l’oiseau, es decir, permitir que el pájaro pruebe la presa.
Un graznido de uno de los halcones la interrumpió, y se levantó para ajustar el longe que se había enredado alrededor del bloc, pero el pájaro seguía agitando sus alas y chillando.
—¿Qué ocurre? —dijo ella—. Philip, ¿puede verlo?
Miré alrededor, y al principio no vi nada que pudiera estar causando tanto alboroto, que ahora había aumentado con los chillidos y aleteos de todos los pájaros. Entonces mis ojos captaron la roca plana junto al riachuelo de la que la joven se había levantado cuando nos vimos por primera vez. Una serpiente gris se movía lentamente por la superficie de la roca, y los ojos en su cabeza plana y triangular relucieron como el azabache.
—Una culebra —dijo ella en voz baja.
—Es inofensiva, ¿no es así? —pregunté.
Señaló a la figura con forma de V sobre el cuello.
—Es muerte segura —dijo—; es una víbora.
Observamos el reptil moviéndose lentamente sobre la roca lisa que los rayos de sol iluminaban con una ancha franja caliente.
Comencé a avanzar para examinarla, pero ella se aferró a mi brazo gritando:
—No, Philip, tengo miedo.
—¿Por mí?
—Por ti, Philip… te amo.
Entonces la tomé entre mis brazos y la besé en los labios, pero lo único que pude decir fue:
—Jeanne, Jeanne, Jeanne.
Y mientras ella se recostaba temblorosa sobre mi pecho, algo me golpeó el pie en la hierba, pero no le hice caso. Entonces, de nuevo, algo me golpeó el tobillo, y me invadió un intenso dolor. Miré el dulce rostro de Jeanne d’Ys y la besé, y con todas mis fuerzas la levanté en mis brazos y la lance lejos de mí. Luego, tras inclinarme, arranqué la víbora de mi tobillo y clavé el talón sobre su cabeza. Recuerdo que me sentí débil y entumecido… recuerdo que me caí al suelo. A través de mis ojos, que lentamente se tornaban vidriosos, vi el blanco rostro de Jeanne inclinándose sobre el mío, y cuando la luz se apagó en mis ojos, todavía sentí sus brazos alrededor de mi cuello, y su suave mejilla contra mis labios cerrados.


Cuando abrí los ojos, miré a mi alrededor aterrorizado. Jeanne había desaparecido. Vi el riachuelo y la piedra plana; vi la víbora aplastada en la hierba junto a mí, pero los halcones y bloc; habían desaparecido. Me puse de pie de un salto. El jardín, los árboles frutales, el puente levadizo y el patio amurallado habían desaparecido. Contemplé estupefacto un montón de ruinas grises cubiertas de hiedra entre las que habían crecido enormes árboles. Avancé arrastrando el pie entumecido y, mientras me movía, un halcón planeó desde las copas de los árboles entre las ruinas y, elevándose en círculos cada vez más pequeños, se alejó y desapareció tras las nubes.
—Jeanne, Jeanne —grité, pero las palabras murieron en mis labios y me derrumbe de rodillas sobre los matorrales. Y Dios quiso que, sin saberlo, cayera sobre un templete tallado en roca y dedicado a nuestra Señora de los Dolores. Vi el triste rostro de la Virgen tallado en la fría piedra. Vi la cruz y las espinas a sus pies, y bajo la imagen se leía:


ROGAD POR EL ALMA DE
LA DAMA JEANE D’YS,
QUE MURIÓ
EN SU JUVENTUD POR EL AMOR
DE PHILIP, UN EXTRAÑO
A.D. 1573.


Pero sobre la gélida losa había un guante de mujer todavía caliente y fragante.

 
 El rey de amarillo, 1895.