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lunes, 28 de septiembre de 2026

El geranio. Flennery O'Connor.

El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios pensó el viejo Dudley, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta. Entró su hija y le preguntó:
—No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao pensó el viejo Dudley, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra vez el momento aquel de eso ella no tenía la culpa en que, de repente, le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. El estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento. Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao», decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. El y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta, de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero, de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además, Rabie era más bien un negro de río.
—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que salía, «Tan grande no es le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban, alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se preguntaba adonde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo. Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a donde iban. El se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado». Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
—Pero qué haces, ¿quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien. La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la piel. Los zapatos relucientes también eran color habano a juego con la corbata y la piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. Tú ¿crees que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón. Entró derechito en l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, y encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. Con sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás estirando el cuello. Ni que él fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. Justo él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto cuando ella volviera a entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada, mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio. Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo, asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «Y tú qu’haces aquí?». La puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro.
Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón. Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta, pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo. Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
——Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema. —Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos. Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos. ¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por culpa de un negro yanqui, un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban «veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse. Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y, allá abajo, vio el geranio.
El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidao, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.

martes, 27 de abril de 2021

La cosecha. Flannery O´Connor.

La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama del Morning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y eso le gustaba a ella. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a su crema de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo –pensó la señorita Willerton–, fuese capaz de hacer otra cosa». La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie –le decía siempre la señorita Lucía–, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.
Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno. Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero –se preguntó–, será un buen tema?». «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos… rubios y…
–¡Willie! –gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros–. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla.
–Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí –le contestó la señorita Willerton, lacónica–. Siempre recojo las migas que se me caen. Y aclaró–: Y a mí se me caen bien pocas.
–A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo –le soltó la señorita Lucía.
La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.
La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G… sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool… sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social.
Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros!
La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido –refunfuñó–, al tema de la lombriz intestinal». ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad.
«Lot Motun –registró la máquina– llamó a su perro». Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro». La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración –decía siempre–, le venía como… ¡como un chispazo! ¡Tal cual! –decía, y chasqueaba los dedos–, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot». La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo». Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo». «Y también tengo dos perros –pensó la señorita Willerton–. Ummm». Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».
La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro –le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias– que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria –a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria– depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal –a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal–, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba.
«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro». A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego.
–Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma –le dijo la señorita Lucía más tarde–. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. –Y luego, con una risita ahogada, añadió–: Estaba segura de que no podía ser tuyo.
La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca. Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción. Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.
Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.
Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.
La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos… en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.
–¡Eres un asqueroso pordiosero! –le diría con sorna. Y él la mandaría callar.
–¡Cierra la boca! –gritaría.
–Me tienes harta, más que harta. –Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría–: Los desgraciados como tú no me dan miedo.
Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa –la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta–, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro… La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto. La señorita Willerton se volvió hacia Lot.
–Deja que te sirva un poco de sémola caliente –le dijo.
Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.
–Caray, gracias –dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes–. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás –le dijo–, estuve pensando… Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.
Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.
–Lo conseguiremos –aseguró–. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.
–Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.
Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.
–Termina de comer –dijo ella al fin.
Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.
A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado. A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían… y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.
–Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto –había razonado–, y la vaca nos ayudaría a darle de comer…
Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.
–A lo mejor –había concluido Lot–, vamos a tener suficiente para las dos cosas. –Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.
Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha. Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.
–Nos falta una semana más –rezongó Lot al regresar esa noche–. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir –suspiró–, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.
–Me encuentro bien –dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda–. Cosecharé.
–Esta noche está nublado –dijo Lot, sombrío.
Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.
Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.
Lot se incorporó.
–¿Te sientes mal? –le preguntó temblando.
Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.
Ve al arroyo y trae a Anna –jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:
–¿Cuánto hace que llueve?
–Dos días enteros –contestó Lot.
–Entonces hemos perdido. –Willie miró con desgana los árboles empapados–. Se acabó.
–No, no se acabó –dijo él en voz baja–. Tenemos una niña.
–Tú querías un niño.
–No. Tengo lo que quería, dos Willies en lugar de una, y eso es mucho mejor que una vaca –sonrió–. ¿Qué puedo hacer para merecerme todo lo que tengo, Willie? –Se inclinó y la besó en la frente.
–¿Qué puedo hacer yo? –preguntó ella en voz baja–. ¿Qué puedo hacer para ayudarte más?
–¿Qué tal si vas al mercado, Willie?
La señorita Willerton apartó de sí a Lot de un empujón.
–¿Qué… qué me decías, Lucía? –tartamudeó.
–Te decía que qué tal si esta vez vas tú al mercado. Esta semana me ha tocado ir a mí todas las mañanas y ahora estoy ocupada.
La señorita Willerton dejó la máquina de escribir y dijo con brusquedad:
–Muy bien. ¿Qué quieres que te traiga?
–Una docena de huevos y dos libras de tomates, que sean maduros, y más te vale que empieces a curarte ese resfriado ahora mismo. Te lloran los ojos y tienes la voz ronca. En el cuarto de baño hay Empirin. Pide que anoten lo que gastes en nuestra cuenta. Y ponte el abrigo. Hace frío.
La señorita Willerton elevó la vista al cielo.
–Tengo cuarenta y cuatro años –anunció–, sé muy bien cómo cuidarme.
–Y que los tomates sean maduros –le contestó la señorita Lucía.
Con el abrigo mal abrochado, la señorita Willerton avanzó pesadamente por la calle principal y entró en el supermercado.
–¿Qué venía yo a comprar? –refunfuñó–. Ah, sí, dos docenas de huevos y una libra de tomates.
Pasó delante de las estanterías de vegetales enlatados y de las galletas y fue a la caja donde tenían los huevos. Pero no había huevos.
–¿Dónde están los huevos? –le preguntó a un chico que pesaba frijoles.
–Solamente nos quedan huevos de pularda –dijo mientras cogía otro puñado de frijoles.
–Bien, ¿dónde están y qué diferencia hay? –exigió saber la señorita Willerton.
El chico echó los frijoles sobrantes al cubo, se agachó sobre la caja de los huevos y le entregó un paquete.
–Ninguna diferencia, la verdad –dijo al tiempo que mascaba el chicle con los dientes incisivos–. Son de gallinas adolescentes o algo así, no lo sé bien. ¿Se los pongo?
–Sí, y dos libras de tomates. Que estén maduros –precisó la señorita Willerton.
No le gustaba hacer la compra. No había motivo alguno para que los dependientes fuesen tan altaneros. Ese muchacho no se habría entretenido tanto con Lucía. Pagó los huevos y los tomates y salió apresuradamente. En cierta manera, aquel lugar la deprimía.
Vaya tontería que un supermercado pudiese deprimir… si allí dentro solo tenían lugar actividades domésticas sin importancia… mujeres que compraban frijoles… que llevaban a los niños en esos cochecitos… que regateaban por un octavo de libra de más o de menos de calabaza… «¿Qué ganaban con eso? –se preguntó la señorita Willerton–. ¿Dónde había allí ocasión para expresarse, para crear, para el arte?» A su alrededor todo era lo mismo: aceras llenas de gente que se afanaban de un lado a otro, con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos, aquella mujer de allí que llevaba al niño de la cadena y tiraba de él, lo sacudía y lo arrastraba para alejarlo de un escaparate donde se exhibía una lámpara hecha con una calabaza ahuecada. Probablemente se pasaría el resto de la vida tirando de él y sacudiéndolo. Y allí iba otra, a la que se le caía la bolsa de la compra en plena calzada, y otra más, que le sonaba la nariz a un niño, y por la acera se acercaban una anciana con sus tres nietos saltándole alrededor, seguidos de un hombre y una mujer que caminaban demasiado juntos para ser refinados.
La señorita Willerton observó a la pareja con atención cuando se acercaron más y la adelantaron. La mujer era regordeta, de tobillos gruesos y ojos turbios. Llevaba unos zapatos de tacón, unas ajorcas azules, un vestido de algodón demasiado corto y una chaqueta de cuadros escoceses. Tenía la piel manchada y el cuello estirado hacia delante, como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz. En la cara lucía una mueca estúpida. Él era un hombre larguirucho, consumido y desaliñado. Iba encorvado, y el pelo rubio y enredado le caía hacia un lado del cuello largo y enrojecido. Sus manos jugueteaban tontamente con las de la muchacha mientras avanzaban desmañados, y en una o dos ocasiones le lanzó una sonrisa empalagosa, que permitió a la señorita Willerton comprobar que tenía los dientes rectos, los ojos tristes y una erupción en la frente.
–¡Aaah! –se estremeció.
La señorita Willerton dejó la compra encima de la mesa de la cocina y regresó junto a la máquina de escribir. Miró el papel que había en ella. «Lot Motun llamó a su perro –ponía–. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»
–¡Suena fatal! –masculló la señorita Willerton–. De todos modos, el tema no es nada del otro mundo –decidió.
Necesitaba algo más pintoresco… con más arte. La señorita Willerton se quedó largo rato mirando la máquina de escribir. Después, de repente, con el puño asestó varios golpecitos extasiados sobre el escritorio.
–¡Los irlandeses!–chilló–. ¡Los irlandeses!
La señorita Willerton siempre había admirado a los irlandeses. «Su acento –pensó– era muy musical, y su historia… ¡espléndida!» «¡Y las gentes –caviló–, las gentes de Irlanda! Llenas de temple… pelirrojas, de anchos hombros y enormes bigotes caídos».