Me gusta que no hagamos las cosas que
no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se
sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos
levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla
que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin
practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos
saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos
alcanzase. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención
que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos
a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los
restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor
por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la
describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de
paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos
hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos
sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas
hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los
propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo
que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra
parte. Las cosas que no hacemos.

Hacerse el muerto 2011.