domingo, 14 de junio de 2026

El alambre. Emilia Pardo Bazán.

Siempre que ocurría algo superior a la comprensión de los vecinos de Paramelle,
preguntaban, como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy traficante en ganado
vacuno. ¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras! Así, cuando vieron al señorito
Roberto Santomé en aquel condenado coche que sin caballos iba como alma que el
diablo lleva, acosaron al viejo en la feria de la Lameiroa. El único que no preguntaba, y
hasta ponía cara de fisga, era Jácome Fidalgo, alias Mansegura, cazador furtivo injerto
en contrabandista y sabe Dios si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal de mercar un
rollo de alambre, para amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el rollo en la
derecha, su chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al hombro,
contraída la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa a la
consabida endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz fuera de
este rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar, allí sí que
encontraríades invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica diferente: ¡hasta para
descalzar las hay!
Con estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién se rascaba la
oreja, quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la desvergüenza de soltar una
risilla insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca de jimio. Con sorna, guardándose el
alambre en el bolsillo de la gabardina, murmuró:
-Máquinas para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de risotadas, y
chuscando un ojo añadió socarronamente:
-¡A largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner claro lo que es ese
coche de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo. ¿Vístedes vos el camino
de fierro?
-Yo, no... yo, no...
-Yo, sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo, a modo de
reló... Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero ¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por todas las carreteras,
hom? ¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En eso.
-Y eso..., ¿qué es?
-Que va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío Manuel, echando
a andar en busca de su yegua.
No quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio para quien lleva
dinero en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel interrogatorio
comprometedor para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose de hombros,
mofándose, tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dispuso a emprender
también la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más que aquella criatura: su mujer,
hallándose recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar a los
civiles, que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal.
Solo en la tierra con el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y ahora se le caía la
baba viendo despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro cazador, otro
merodeador, sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil ya en
ardides y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos, para descubrir
dónde ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas echándoles granos de
maíz, hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba embelesado con tal retoño, y le
enseñaba nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que despertaba en
Jácome, bajo la dura coraza metálica que revestía su corazón, palpitaciones de humana
ternura.
Apenas echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el chico,
traveseando, corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo. El padre, con
el instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin proponérselo los espesos pinares,
las madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes pedregosos de
la montaña. «Si volase una perdiz, si cruzase una liebre...» Pensaba en esta hipótesis,
cuando un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. Mansegura se echó la
carabina a la cara y disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría, brincó, tomó
vuelo, se lanzó en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro, portando la
caza. A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada de las patas
traseras, una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un grupo,
admirando la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la blanca y densa
piel de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes orejas pendían;
sus ojos se vidriaban.
-¡Careta, lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose de vanidad
paternal, porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia de la destrucción y
la victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el vigilante contrabandista,
habituado al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruido insólito, semejante al
resuello y jadeo trepidante de alimaña fabulosa y despertó al tener encima ya al
monstruo, ¡taf, taf, taf!, al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su bocina. Jácome,
instintivamente, saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a Sendo; a
su lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de Judas» ni rastro, ni señal
en el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía de bruces, la cara
contra la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició... El niño le
blandeaba en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome conocía bien las formas que
adopta la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos atónitos, sin llanto, al cielo, que
consentía aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó el hombre
de lucha, pronto a la acometida y a la emboscada, vengativo y feroz. Cerró los puños y
amenazó en la dirección que llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá don Roberto! ¡Se
lo prometo yo!... Él va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo más oculto del
pinar, depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto colocó la
carabina, y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también! Volvió a la carretera, y
recorrió un largo trecho estudiando el sitio a propósito para su intento. Una revuelta
violenta se le ofreció. Ni de encargo. A derecha e izquierda, árboles añosos avanzaban
sus ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen a secundar a
Mansegura. Él extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenrolló un trozo, midió, cortó
con su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo afianzó a una rama
sólidamente, ensayó la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama que
permitiese tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras practicaba estas
operaciones, atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera desierta;
por allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto... Por precaución, sin embargo,
Jácome no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo tenía. Con él agarrado se tumbó en
el pequeño resalte de la cuneta, y pegó la oreja a la tierra lisa, aguardando. Dos veces
saltó y se ocultó en la maleza: eran transeúntes, «gente de a caballo», un cura, una
pareja a estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados y
contentos. La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían los
pájaros o piaban débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate redoblar el oído
del contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del impulsivo, se incorporó,
amarró firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo espeso. Si se
descuida, ¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y amenazador. ¡Taaf!
Mansegura vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su rostro guapo,
desfigurado por los anteojos negros... «¡Ahora!», pensó. El rostro guapo se tambaleó
violentamente, como cabeza de muñeco que se desencola; un alarido se ahogó en la
catarata de sangre... Fue instantáneo; el automóvil, loco y sin dirección, corrió a
despeñarse por la pendiente, arrastrando a su dueño, a quien el alambre había degollado,
con la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de barbería...
Y Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien amañado, se entró
en el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de triunfo a Sendiño, que
parecía dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por atajos de él
conocidos, en dirección de la frontera portuguesa.

 

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