En un minúsculo planeta de una
estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo
más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha
penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue
construida con un metal precioso y es algo impresionante, de
veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los
bichos se deslizan sobre ella…
Estaban
en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a
muchos parsecs de Sol. La nave era la consabida biplaza de
reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema.
El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la
alarma.
El
capitán May dijo:
-Don,
ajústala, mientras pienso esta jugada.
No
apartó la mirada del tablero; sabía que solo podía tratarse de un
meteoro pasajero. En ese sector no había naves. El hombre había
penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una
forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse,
menos aún para construir naves espaciales.
Ross
tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el
tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente
la mirada y quedó boquiabierto: había una nave en la pantalla.
Recuperó lo suficiente el aliento para gritar «¡Capitán!» y
después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima
de su hombro. Pudo oír la respiración de May y luego su voz que
dijo:
-¡Fuego,
Don!
-¡Pero
si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué
hace aquí, pero no podemos…
-Vuelve
a mirar.
Don
Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo pero
repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester,
pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se
trataba de una imitación alienígena de un Rochester. Y sus manos
corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el
impacto de la situación lo alcanzara.
Con
el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del
Monold. Marcaban cero.
Lanzó
una maldición.
-Capitán,
nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su
tamaño ni su masa!
El
capitán May asintió lentamente, pálido.
En
el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
-Serénense,
hombres. No somos enemigos.
Ross
se volvió y miró a May. Este dijo:
-Sí,
lo he recibido. Telepatía.
Ross
volvió a maldecir. Si fueran telépatas…
-Fuego,
Don. Visual.
Ross
oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de
energía y cuando esta cesó, no había restos de nave espacial…
*
El
almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la
pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas.
Dijo:
-May,
no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al
psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo
del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por
razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por
desobediencia?
-Sí,
señor -reconoció May tensamente.
-¿Cuál
es?
-La
muerte, señor.
-¿Y
qué orden desobedeció?
-Orden
General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave
terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir
inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si
no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una
dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar
hasta que se le acabe el combustible.
-¿Y
por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si
lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si
comprende o no el motivo de cualquier disposición.
-Sí,
señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña
siga a la nave avistada hasta Sol y se entere así de la situación
de la Tierra.
-Pero
usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de
haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
-No
lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía
hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos
nos llamaron «hombres».
-¡Tonterías!
El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero
recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente
el mensaje a nuestra terminología. Él no sabia necesariamente el
punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El
teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
-Señor,
por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El
almirante resopló.
-Teniente,
¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más
elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde
hace cuatrocientos años patrullamos el espacio en busca de cualquier
vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara
amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o
dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más
rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice
la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense
en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos
poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
-Señor
-intervino el capitán May-, ¿estoy bajo pena de muerte?
-Sí.
-Entonces
más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de
Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el
tiranosaurio Rex?
-¿Quién?
-El
antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su
nombre significa «rey de los saurios tiranos». También pensaba que
todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
-Capitán,
¿es todo lo que tiene que decir?
-Sí,
señor.
-Entonces
lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está
bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para
averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad
con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una
circunstancia realmente atenuante.
-¿Puedo
saber cuál, señor?
-El
extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han
averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único
motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la
nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que
pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más
pequeña.
-¿Más
pequeña…?
-Indudablemente.
Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño.
No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría
ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave
extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos
metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo.
Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido
destruida -sonrió-. Lo felicito, teniente Ross, por su puntería.
Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias.
Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las
naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos
incluso de tamaño diminuto.
Ross
dijo:
-Gracias,
señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al
margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves
de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros
mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el
emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean
hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide
expulsarnos del sistema?
-Es
posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que,
al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy
inferiores a nosotros… o, de lo contrario, no imitarían nuestro
diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de
nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque
supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el
emplazamiento de Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente
difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para
ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de
otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos
encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a
nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el
espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos
especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás
sea redundante decirlo: siempre existe un estado de guerra con los
extraños.
-Sí,
señor.
-Eso
es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En
el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se
colocó a un lado del capitán May.
May
dijo rápidamente:
-Don,
no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden
importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte.
Mantente al margen de esto.
Con
los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio
cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía
razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel
en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.
Salió
casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó
en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía
la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse
para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría
aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un siquiatra y habló
hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de
rebeldía.
Volvió
a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta
e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de
una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la
necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó;
se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que
el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber
desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió
horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego,
técnicamente era intachable; May había estado al mando de la nave y
la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el
espacio -y la muerte- provino de él. Como subordinado, Ross no había
compartido la responsabilidad. Pero ahora, como persona, le remordía
la conciencia por no haber tratado de convencer a May de que no
desobedeciera.
¿Qué
sería del Cuerpo Espacial sin obediencia?
¿Cómo
podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su
delito? Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y
supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido
otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección
mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo
comunicación después del primer contacto.
Durante
el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión
propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con
el almirante Sutherland. Obviamente, se rieron de él, pero lo
esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje
verbal. Simplemente decía: «Tengo un plan que probablemente nos
permitirá encontrar el planeta de los extraños sin que nosotros
corramos riesgos».
Sin
duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció
en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
-Señor,
los extraños han intentado contactamos. No han podido hacerlo debido
a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un
pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se
comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o
de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El
almirante Sutherland respondió secamente:
-Y
lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a
su regreso.
-Señor,
mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo
sector donde se estableció el contacto inicial… esta vez en una
nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente
difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan
que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con
los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran
recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a
mentes terráqueas, solo a distancias muy cortas.
-Teniente,
¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por
nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra
ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes
de que reparáramos en su existencia, demuestra su capacidad de leer
nuestros pensamientos a… bueno, a distancia moderada.
-Sí,
señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la
flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está
desarmada, establecerán contacto. Averiguaré qué tienen que
decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista
acerca del emplazamiento de su planeta natal.
-Y
en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas
-dijo el almirante Sutherland-. ¿Pero qué me dice de lo contrario,
teniente? ¿No existe la posibilidad de que lo sigan a su regreso?
-Señor,
aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra
solo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo
conocen gracias a sus habilidades telepáticas… y que no nos han
atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero
sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo
negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo
considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos
pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto… me negaré
a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El
almirante Sutherland lo miraba atentamente. Dijo:
-Hijo,
usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero… si no es
así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los
extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi
trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y
hacer yo mismo el viaje.
-Señor,
usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor,
tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la
conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el
capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí
ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no
estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El
almirante carraspeó.
-Hijo,
usted no es responsable de ello. En un caso como este, solo el
capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere
decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su
momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso
pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la
nave de contacto.
-¿Pero
puedo hacerlo, señor?
-Puede,
teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
-Gracias,
señor.
-Tendrá
una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes,
pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de
nuestras «negociaciones». Pero debe comprender que bajo ninguna
circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las
limitaciones que usted ha precisado.
-Sí,
señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la
Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia
el espacio. Le doy mi palabra, señor.
-Muy
bien, capitán Ross.
*
La
nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de
Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El
capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca
y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió
cuando llevaba menos de tres horas de espera.
-Hola,
Donross -dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas
naves espaciales en su visiplaca.
El
Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta
gramos. Preguntó:
-¿He
de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
-No
tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un
pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio
minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y
luego:
-Lo
siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno.
Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal.
Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No
éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos,
sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo
tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don
Ross cerró los ojos un instante. Entonces ese era el fin, no tenía
sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante
Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
-Así
es -dijo la voz-. Ambos estamos condenados, Donross, y lo que le
digamos carece de importancia. No logramos atravesar el cordón de
sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento.
-¡La
mitad! ¿Quiere decir…?
-Sí,
Solo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales
transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves;
solo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar
de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don
Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer
en su mente su afirmación.
-Somos
una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o
era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; solo tiene
ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han
encontrado, pero solo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos
milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes
espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años
de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y
captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces
supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de
supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites
más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que
tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro
propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
-¿No
pensaron en combatir?
-No.
No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado… y no lo
deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo
terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra
supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo.
Un momento… creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los
demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos
detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave
y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos.
Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza.
Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de
nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
-Yo
hice una quinta parte: destruí una de sus naves -informó Don Ross
apesadumbrado.
-Se
limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la
obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio
a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue
deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al
vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro
naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas.
Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted
establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero
aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde
esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían
órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como
usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos
lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como
usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar
siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué
significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de
sus músculos? No lo comprendo. Espere… es el reconocimiento de que
usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado
complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente
Don Ross logró dejar de reír.
-Escuche,
amigo alienígena que no puede matar -dijo Don-, los libraré de
esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la
seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré.
Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al
espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden
acompañarme y vivir allí. Navestop. Sus minúsculas naves no
aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y
por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave los
empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más
allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré
recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el
combustible.
Hubo
una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo,
débil y suavemente:
-Gracias.
Esperó
hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco
ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia
nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: voló hacia el
espacio y la muerte.
En
un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible
desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco
veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva
la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco
centímetros de altura y exquisita factura.
Los
bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la
construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro.
En un mundo sin atmósfera, durará eternamente… o hasta que los
terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego,
para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.
domingo, 28 de junio de 2026
Obediencia. Fredric Brown.
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