—¿Qué
vas a hacer? —preguntaron a Roberto en la plaza de Balandú, frío
y sol en su sueño.
—Voy
a pescar —respondió ajustando sus aparejos.
—¿Dónde?
—En
la fuente.
De
bronce la fuente caedora sobre el pequeño charco limpio, diez
centímetros de profundidad en piedra labrada, con lama de años
retenidos. —¿Pescar, allí?
Lo
querían, se burlaron, pero lo respetaban: Roberto inventaba la vida,
le sobaba sus mejores flancos.
—Aquí
—dijo, y tiró el anzuelo.
Se
reunieron muchos para seguirle la corriente, echando risas y bromas
al aire quieto. Pero Roberto no miró la extrañeza ni la burla del
pueblo, y arrojó el anzuelo en sereno desparpajo. Sonreían. Él
miraba el agua pequeña de la fuente.
—¡Una
trucha! —exclamaron muchas voces al tiempo, cuando vieron brincar
la trucha al extremo de la caña encordada. Roberto recuperó la
cuerda, despegó el pez cuidadosamente.
—Dos
libras y media, si acaso —dijo y lo devolvió con suavidad al agua.
El pez y él desaparecieron: uno por el agua sin profundidad, el otro
calle arriba, silencioso y lento.
lunes, 15 de junio de 2026
La pesca milagrosa. Manuel Mejía Vallejo.
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