No quería señá Cipriana, la
prendera, cerrar tan temprano aquel lunes del Carnaval. La prisa que
le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las
ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano
viene, con la crisma rota.
El
lunes de Carnaval era la gran ocasión de alquilar los mantones que
se ostentaban en el escaparate, y hasta las once y las doce estaban
viniendo chulillas del barrio, modistas y ribeteadoras, a llevarse
aquellos trapos castizos, donde pajarracos y floripondios desplegaban
sus formas, sus asiáticos colorines. Noches semejantes engrosaban el
cajón del mostrador, y después, el fajo de billetes que, ocultos
por algún tiempo en el buró, salían luego para préstamos a rédito
seriecito, del quince o del veinte.
Tanto,
sin embargo, la mareó el sobrino, alborotado por el olor de juerga
que exhalaba el barrio entero, las calles regadas de confeti, los
chiquillos vestidos de demonios verdes, azotando a los transeúntes
con el rabo, que acabó por decirle:
-¡Ay,
hijo! No vayas a mal parirte. Cierra el escaparate, deja la puerta
encajá, pa que si pasa alguna de esas, sepa que velo... Y listo, en
aeroplano, pa llegar más antes.
Por
conciencia, el mozo avisó:
-No
debía usté velar. Cierre pronto. No quea usté bien, así sola...
-No
me come el coco. Sola está una por lo regular...
Sin
meterse en más advertencias, el sobrino requirió capa y gorra, y
salió, al paso elástico de los que van hacia su deseo.
La
prendera se sentó en la tienda, en su rincón favorito, notando lo
mal que alumbraba aquel día la luz eléctrica, y su fulgor pálido y
extraño.
«Como
encienden pa tanta fiesta y tanto bailoteo...», pensó.
En
la calle, también reinaba una especie de penumbra tristona. Era de
esas antiguas callejas de Madrid, en que los faroles parecen
mortecinos candiles, y los rincones son sombríos y hasta siniestros.
Otras veces, sin embargo, animaban aquella melancolía las barbianas
que venían metiendo bulla de reíres y decires, a alquilar no sólo
mantones, sino caretas de seda, abanicos pericones y peinetas de
carey. Acaso viniesen aún, a la media noche.
Las
palabras de su sobrino la escarabajeaban un poco, y nostalgias de
cosas pasadas la asaltaron como impertinentes moscas. ¿Por qué no
había ella de divertirse? ¿Por qué no había de volver a casarse?
No era ningún vejestorio, apenas cuarenta, carnes lozanas, firme
«dentaúra» y mata de pelo gruesa y reluciente. Un marido le daría
sombra, la ayudaría al negocio... El sobrinito, ya se ve, ¡si no
fuese por la esperanza de la herencia!... Cariño, ni chispa.
Era
señá Cipriana mujer de bien, pero de suma normalidad, sana y cálida
de sangre. Se trató a sí misma de sosa. Se prometió echarse su
mejor mantón por los hombros, y concurrir a verbenas y bailes. ¿Y
si le hacían burla? ¡Que la hiciesen! Ella a darse el gran pisto,
con sus zarzillos de brillantes y su coche... Porque era capaz de
echar coche. ¿Para qué quería los ahorros?
Uno
de los varios relojes de pared colgados en la tienda sonó, la media
para las doce, y al punto mismo se abrió la entornada puerta, y
entró un mascarón, de esos de colcha rameada y escoba en ristre.
Una especie de informe capucha, de la misma tela de la colcha cubría
su cabeza, rematando el frunce en un ajado lazo de gro rojo. Una
sucia careta de raso, rojo también, dejaba entrever, bajo el
volante, una barba negra, rizosa. Con solicitud, la prendera
interrogó:
-¿Qué
se le ofrece?
-¿No
tendrá usted unos guantes?
-Veremos
si los hay que le sirven.
Revolvió
la señá Cipriana en un estante, y cuando se volvió presentando la
mercancía, un montón de guantes limpios con bencina, unos
desaparejados, otros desgarrados, que solían comprarle los cocheros
de punto para limpiar los metales de sus coches, vio que el mascarón
se había quitado el antifaz, y era de recia contextura, guapo mozo,
«un tipazo», como se dice.
Sonriente,
el mascarón imploraba.
-¿Querría
usted ponérmelos? ¡A mí me va a costar un trabajo...!
-Apoye
el codo sobre el mostrador...
Y
empezó la prendera a desempeñar la grata faena de calzar los
guantes a aquel buen tipo. Separados por la valla de madera sus
alientos casi se confundían, al tratar la señá Cipriana de embutir
la mano nervuda del cliente en el canela, el par más decente de
todos.
Los
ojos del mascarón, insolentes de galantería, de nacarada córnea,
húmedos de vida, bebían el rostro de la mujer. ¡Besaban ya
aquellos atrevidos ojos!
-¿Es
usted de aquí? -preguntó ella por disimular la repentina emoción.
-No...
Soy de Cádiz, ¿sabusté? He venío a cobrar un pico, unos atrasos.
Me gusta mucho Madrí. De gana me quedaría. Al fin, solo como es
uno, ¿qué más da un sitio que otro? Y usted..., ¿tiene familia?
-No
-tartamudeó la prendera-. Solita vivo desde que he enviudao... Cosas
de la vía, ¿verdá usté?
Él
estrechó insinuante la mano que enguantaba la suya, y con gesto ya
inequívoco, murmuró:
-¡A
ver! ¡Cosas de la vía!
Las
palabras decían uno y los mirares, ya encandilados, otro... Los
dedos de la prendera se enlanguidecían en la operación, al par que
preguntaba ávidamente:
-¿Y
usted en Cádiz tenía oficio?
-¡Vaya!
Mi buen taller de ebanista. Pero están malos los tiempos, y se
ganaba poco. Por eso macordé de los atrasos... Un piquillo regular,
¡no se crea usté!
En
otro momento acaso se hubiese fijado la señá Cipriana en que las
yemas que estaba calzando no tenían callo alguno, y aunque fuertes,
eran de holgazán. Pero la adormecían los ojos del cliente,
enviándole su fluido, y, semirrendida, consintió en el mariposeo de
unos labios sobre su mejilla sofocada...
El
mascarón, entonces, no respetando la valla, alzando la tabla que
cerraba el mostrador, penetró en la tienda. Desató las cintas que
sujetaban la colcha, y rogó:
-Yo
no voy al baile esta noche, gitana... Que se fastidie el baile...
Ahora mismito cierro esa puerta... Esto ha sío como un tiro, ¿eh?
¡La simpatía...!
Sin
esperar contestación, fue a cerrar, en efecto, dando vuelta a la
llave y corriendo el cerrojo. Ella protestaba, en una reacción de
bravía honradez:
-No,
no, abra, váyase... Si es usted persona decente, se podrán hacer
las cosas como manda Dios... No soy mujer de estos tratos, ¿lo oye
usted...?
Él
la había cogido por la cintura, arrastrándola hacia el dormitorio,
débilmente iluminado por una bombilla de a cinco, las favoritas de
la económica prendera.
El
mascarón empujaba violentamente hacia la gran cama dorada de
matrimonio que ocupaba casi todo el aposento. Vencida la resistencia,
cerró ella los párpados, y en la diestra del hombre brilló una
faca antes de hundirse dos veces en el pecho de la víctima. Alzando
luego el cuerpo, lo tendió, dejándolo debatirse en la agonía,
sobre el lecho. Guardó el arma el asesino y sacó otros instrumentos
profesionales. Abierta la cómoda-buró, la vista del fajo de
billetes le arrancó una imprecación de alegría. Allí relucían
los zarcillos, pero no los tocó: ¡no hay idea de lo que comprometen
las joyas!
Salió
luego a la tienda y tiró del cajón que tenía puesta la llave;
arrambló con los puñados de pesetas y duros, vistió otra vez la
colcha, ajustó la careta, apagó las luces, y salió, dejando la
puerta encajada. En la primera alcantarilla arrojó los guantes
sapicados de sangre. Y allá se quedó la señá Cipriana, rígida
con las pupilas reflejando el espanto de que el mascarón, en quien
creyó ver el Amor, era la Muerte.
sábado, 22 de agosto de 2026
El mascarón. Emilia Pardo Bazán.
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