Nunca
he visto los cuervos abandonar el árbol por la mañana, pero cada
tarde, una media hora antes de que oscurezca, empiezan a acudir desde
todos los puntos del pueblo. Tal vez haya algunos que se dediquen a
barrer el cielo por zonas llamando a los demás para volver a casa, o
quizá vuelen por libre en círculos recogiendo a los rezagados antes
de posarse en el árbol. He observado bastante, cabría esperar que a
estas alturas lo supiera, pero yo solo veo cuervos, docenas de
cuervos, que llegan volando desde todas las direcciones y cinco o
seis se quedan dando vueltas como sobre el aeropuerto de O’Hare,
graznando, graznando. Y de pronto se hace el silencio en una fracción
de segundo y no ves ni uno. El árbol parece un arce corriente. Jamás
dirías que hay tantos pájaros ahí metidos.
La
primera vez que los vi fue de casualidad. Había ido al centro y me
quedé en el balancín del porche de la entrada con mi tanque de
oxígeno portátil a contemplar la luz del atardecer. Suelo sentarme
en el porche trasero, adonde llega el tubo que uso normalmente. A
veces a esa hora veo las noticias o preparo la cena. A lo que me
refiero es a que fácilmente podría no tener ni idea de que ese arce
en concreto se llena de cuervos al caer el sol.
¿Se
marchan luego a dormir todos juntos en otro árbol, en un lugar más
elevado del monte Sanitas? Quizá, porque me levanto temprano, me
siento delante de la ventana que mira a las estribaciones de la
montaña, y nunca los he visto alzar el vuelo desde el árbol. Veo
ciervos, en cambio, subiendo por las laderas del monte Sanitas y la
cresta Dakota cuando los primeros albores iluminan las rocas. Si hay
nieve y hace mucho frío, las cimas se arrebolan, el hielo convierte
el alba en un vitral rosado, coral fosforescente.
Claro
que ahora es invierno. El árbol está desnudo y no hay cuervos. Tan
solo estoy pensando en los cuervos. Me cuesta caminar, así que
recorrer la pequeña pendiente empinada sería demasiado para mí.
Podría ir en coche, supongo, como Buster Keaton pidiéndole a su
chófer que lo lleve al otro lado de la calle, aunque creo que
entonces estaría demasiado oscuro para ver los pájaros posados en
el árbol.
Ni
siquiera sé por qué empecé a darle vueltas. Ahora las urracas
pasan como relámpagos azules, verdes sobre el fondo nevado. Tienen
un graznido similar, mandón y estridente. Por supuesto podría
conseguir un libro o llamar a alguien y averiguar los hábitos de
cría de los cuervos, pero lo que me preocupa es que los descubrí
solo por azar. ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida
he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de
delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué
amor pudo haberse dado que no sentí?
Son
preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto
tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a
la pena al pesar al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea
por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe
y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis
ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos
rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramado
y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que con un
estremecimiento y sollozo final consiga volver a cerrar la pesada
puerta. Y recoja los pedazos una vez más.
Tal
vez no sea tan arriesgado dejar que el pasado entre, siempre que sea
bajo la premisa «¿Y si?». ¿Y si hubiera hablado con Paul antes de
que se marchara? ¿Y si hubiera pedido ayuda? ¿Y si me hubiera
casado con H? Sentada aquí, mirando por la ventana el árbol donde
ahora no hay hojas ni cuervos, las respuestas a cada una de esas
preguntas resultan extrañamente tranquilizadoras. Son especulaciones
imposibles. Todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido
predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que
han garantizado que ahora esté completamente sola.
Pero
¿y si vuelvo atrás, a antes de que nos mudáramos a Sudamérica? ¿Y
si el doctor Mock hubiera dicho que no podía marcharme de Arizona
durante un año, que necesitaba terapia intensiva y ajustes en el
corsé, posiblemente cirugía para mi escoliosis? Me habría reunido
con mi familia al año siguiente. ¿Y si hubiera vivido con los
Wilson en Patagonia, si hubiera ido cada semana al traumatólogo de
Tucson, leyendo Emma o Jane Eyre en el caluroso trayecto de autobús?
Los
Wilson tenían cinco hijos, todos ya con edad para trabajar en el
almacén de abastos o la confitería propiedad de la familia. Yo
trabajaba antes y después de la escuela en la confitería con Dot, y
compartía con ella la habitación de la buhardilla. Dot tenía
diecisiete años, era la niña mayor. Una mujer, de hecho. Me
recordaba a las mujeres de las películas, por el modo en que se
ponía el maquillaje de la polvera y se fijaba el pintalabios, y
echaba el humo por la nariz. Dormíamos juntas en el jergón de heno
cubierto con colchas viejas. Aprendí a no molestarla, a yacer en
silencio, subyugada por la mezcolanza de olores que exhalaba. Domaba
sus rizos pelirrojos con aceite Wildroot, se untaba la cara con
Noxzema por la noche, y siempre se ponía perfume Tweed en las
muñecas y detrás de las orejas. Olía a cigarrillos y sudor y
desodorante Mum y lo que con el tiempo aprendí que era sexo. Las dos
olíamos a grasa rancia porque en la confitería también
preparábamos hamburguesas y patatas fritas, hasta que cerraba a las
diez. Volvíamos a pie a casa cruzando deprisa la avenida principal y
las vías del tren, pasando la taberna Frontier y bajando la calle
hasta la casa de sus padres. La casa de los Wilson era la más bonita
del pueblo. Un caserón blanco de dos plantas con una cerca de
madera, jardín y césped. La mayoría de las casas en Patagonia eran
pequeñas y feas. Típicas casas de paso en un pueblo minero,
pintadas de aquel raro color caramelo que caracterizaba las
estaciones de tren de los asentamientos mineros. La mayoría de la
gente trabajaba en la montaña, en las minas de Trench y Flux donde
mi padre había sido supervisor. Ahora se dedicaba a comprar mena en
Chile, Perú y Bolivia. Se había marchado a desgana de las minas, le
gustaba trabajar allí abajo. Mi madre lo había convencido, todo el
mundo insistió en que se marchara. Era una gran oportunidad y se
haría muy rico.
Mi
padre le pagaba a los Wilson mis gastos de alojamiento y comida, pero
todos decidieron que me convenía trabajar igual que los otros
chicos. Y trabajábamos duro, especialmente Dot y yo, porque
acabábamos muy tarde y nos levantábamos a las cinco de la mañana.
Abríamos para los mineros que iban desde Nogales a la mina de
Trench. Llegaban en tres autobuses, con quince minutos de diferencia
uno del otro; los mineros disponían del tiempo justo para uno o dos
cafés y alguna rosquilla. Nos daban las gracias al salir, y se
despedían con un ¡Hasta luego! Acabábamos de limpiar y nos
preparábamos unos sándwiches para el almuerzo. La señora Wilson
venía a tomar el relevo y nosotras nos íbamos a la escuela. Yo
todavía estudiaba en el colegio de primaria en lo alto de la colina.
Dot había empezado el instituto.
Cuando
volvíamos a casa por la noche, ella salía a escondidas a ver a su
novio, Sextus, que vivía en un rancho en Sonoita y había dejado los
estudios para ayudar a su padre. No sé a qué hora regresaba, porque
me quedaba dormida nada más recostar la cabeza en la almohada. ¡Caía
redonda! Me encantaba la idea de dormir en un colchón de heno, como
en Heidi. El heno era mullido y olía bien. Siempre me parecía que
acababa de cerrar los ojos cuando Dot me zarandeaba para despertarme.
Ella ya se había aseado o duchado y vestido, y mientras yo lo hacía
se cepillaba el pelo cortado a lo paje y se maquillaba.
—¿Qué
estás mirando? Arregla la cama si no tienes nada más que hacer.
Me
detestaba, pero yo también a ella, así que no me importaba. De
camino a la confitería me repetía una y otra vez que más me valía
no contarle a nadie que se veía con Sextus a hurtadillas, su padre
la mataría. De no ser porque en el pueblo todo el mundo sabía lo de
Dot y Sextus la habría delatado, no a sus padres, pero a alguien,
solo por lo mal que me trataba. Era mala conmigo por principio. Daba
por hecho que debía odiar a esa chica que le habían endosado en su
cuarto. Por lo demás nos llevábamos bien, la verdad, hacíamos
muecas y nos reíamos, formábamos un buen equipo, cortando cebollas,
preparando sifón, dando la vuelta a las hamburguesas. Las dos éramos
rápidas y eficientes, a las dos nos gustaba tratar con la clientela,
sobre todo los simpáticos mineros mexicanos, que por las mañanas
bromeaban y tonteaban con nosotras. Después del colegio venían
chicos de la escuela y gente del pueblo, a tomar refrescos o helados,
a poner canciones en la rocola y jugar al petaco. Preparábamos
hamburguesas, perritos calientes enchilados, queso gratinado.
Servíamos ensaladas de atún y huevo, ensaladillas de patata o de
col que hacía la señora Wilson. El plato más popular, sin embargo,
era el chili que la madre de Willie Torres traía cada tarde. Chili
rojo en invierno, chili verde con cerdo en verano. Pilas de tortillas
de harina que nosotras calentábamos en la parrilla.
Una
razón de que Dot y yo trabajáramos con tanto ahínco y rapidez era
nuestro acuerdo tácito de que, una vez estaban servidos los platos y
la parrilla limpia, ella se escabullía por la puerta de atrás con
Sextus y yo me ocupaba de las pocas comandas de tarta y café entre
las nueve y las diez. Y normalmente me quedaba haciendo los deberes
con Willie Torres.
Willie
trabajaba hasta las nueve en el despacho del analista, contiguo a la
confitería. Habíamos ido al mismo curso en la escuela y allí nos
hicimos amigos. Los sábados por la mañana yo solía bajar con mi
padre en la camioneta a comprar víveres y recoger el correo para las
cuatro o cinco familias que vivían en lo alto de la montaña, al
lado de la mina de Trench. Después de hacer y cargar todas las
compras, papá se pasaba por el Laboratorio de Ensayos Minerales del
señor Wise. Tomaban café y hablaban de... ¿mena, minas, vetas? Lo
siento, no prestaba atención, aunque sé que era sobre minerales. En
el despacho, Willie parecía una persona distinta. Era un chico
tímido en la escuela, había venido de México con ocho años, así
que aunque era más inteligente que la señora Boosinger, a veces
pasaba apuros para leer y escribir. El primer mensaje de amor que me
mandó fue «Sé mi nobia». Aun así nadie se burlaba de él, como
hacían conmigo y mi corsé ortopédico, gritándome «¡Tronco!»,
cuando entraba en clase, por lo alta que era. Willie también era
alto, con una cara india, pómulos marcados y ojos oscuros. Llevaba
la ropa limpia, pero raída y demasiado pequeña, y el pelo largo y
greñudo, cortado por su madre. Cuando leí Cumbres borrascosas, a
Heathcliff me lo imaginé igual que Willie, apasionado y valiente.
En
el Laboratorio de Ensayos Minerales daba la impresión de saberlo
todo. De mayor sería geólogo. Me enseñó cómo distinguir el oro y
el oro de los tontos y la plata. Aquel primer día mi padre me
preguntó de qué estábamos hablando. Le mostré lo que había
aprendido.
—Esto
es cobre. Cuarzo. Plomo. Zinc.
—¡Estupendo!
—dijo, muy complacido. Volviendo a casa me dio una charla de
geología sobre el terreno todo el trayecto hasta la mina.
Otros
sábados Willie me enseñó más rocas.
—Esto
es mica. Esta roca es pizarra, esta caliza.
Me
ayudó a entender los mapas de las minas. Revolvíamos en cajas
llenas de fósiles. Él y el señor Wise se dedicaban a recopilarlos.
—¡Eh,
mira este! ¡Parece una hoja!
No
me daba cuenta de que amaba a Willie porque nuestra cercanía era
velada, nada que ver con el amor del que las chicas hablaban a todas
horas, ni los romances o los idilios o los corazones atravesados con
flechas.
En
la confitería corríamos las cortinas, nos sentábamos en la barra a
hacer los deberes durante esa última hora antes del cierre, tomando
helados con sirope de chocolate caliente. Willie trucaba la rocola
para que sonaran «Slow Boat to China», «Cry» y «Texarkana Baby»
una y otra vez. A él se le daban bien la aritmética y el álgebra,
y yo era buena con las palabras, así que nos ayudábamos. Apoyados
uno en el otro, enganchábamos las piernas a los taburetes. Ni
siquiera me molestaba que pasara el codo por la barra metálica que
sobresalía de mi corsé ortopédico. Normalmente solo de ver que
alguien notaba el corsé bajo la ropa me moría de vergüenza.
Por
encima de todo compartíamos la modorra. Nunca decíamos: «Ay, me
caigo de sueño, ¿tú no?». Simplemente estábamos cansados, nos
recostábamos bostezando juntos en la confitería. Bostezábamos y
nos sonreíamos desde la otra punta de la clase en la escuela.
Su
padre murió en un derrumbe en la mina de Flux. Mi padre había
intentado cerrarla desde que nos mudamos a Arizona. Ese fue su
trabajo durante años, comprobar las minas para ver si las vetas se
agotaban o eran inseguras. Lo llamaban Brown el Clausurador. Esperé
en la camioneta mientras él iba a decírselo a la madre de Willie.
Eso fue antes de conocernos. Me asusté, porque mi padre lloró todo
el camino desde el pueblo a casa. Más adelante Willie me contaría
que mi padre había luchado por conseguir pensiones para los mineros
y sus familias, cuánto ayudó eso a su madre. Tenía cinco hijos
más, trabajaba de lavandera y cocinera para distinta gente.
Willie
madrugaba tanto como yo, se ocupaba de cortar leña, de preparar el
desayuno a sus hermanos y hermanas. La clase de educación cívica
era la peor, imposible mantenerse despierto, sentir interés. Nos la
daban a las tres de la tarde. Una hora interminable. En invierno la
estufa de leña empañaba las ventanas y salíamos con las mejillas
encendidas. A la señora Boosinger le ardía la cara bajo las dos
manchas moradas de colorete. En verano, con las ventanas abiertas y
las moscas revoloteando alrededor, las abejas zumbando y el tictac
del reloj, tanta modorra, tanto calor, ella hablaba y hablaba sobre
la Primera Enmienda y de pronto, ¡zas!, descargaba la regla en la
mesa.
—¡Despertad,
despertad! ¡Vamos, par de zánganos, no tenéis sangre en las venas!
¡Erguíos! ¡Despertad! ¡Zánganos!
Una
vez pensó que me había dormido, pero yo solo estaba descansando la
vista.
—Lulu,
¿quién es el secretario de Estado?
—Acheson,
señorita.
Se
sorprendió.
—Willie,
¿quién es el secretario de Agricultura?
—¿Topeka
y Santa Fe?
Creo
que los dos estábamos ebrios de sueño. Cada vez que nos pegaba en
la cabeza con el libro de Educación Cívica, nos reíamos con más
ganas. A Willie lo mandó al pasillo y a mí al guardarropa, y al
final de la clase nos encontró a los dos acurrucados, profundamente
dormidos.
De
vez en cuando Sextus trepaba al cuarto de Dot.
—¿La
niña está dormida? —le oía susurrar.
—Como
un tronco.
Y
era verdad. Por más que intentaba quedarme despierta para ver lo que
hacían, no había manera.
Me
pasó una cosa rara esta semana. Con el rabillo del ojo empecé a ver
pequeños cuervos que pasaban volando como flechas. Cuando me volvía
ya no estaban. Y cuando cerraba los párpados veía destellos
fugaces, como motos surcando la autopista a toda velocidad. Pensé
que sufría alucinaciones o que tenía un tumor en el ojo, pero el
médico me dijo que eran máculas en la retina, que a mucha gente le
ocurre.
—¿Cómo
puede haber luces en la oscuridad? —le pregunté, tan desconcertada
como solía quedarme con la luz del frigorífico.
Me
explicó que mi ojo le decía al cerebro que había luz, así que mi
cerebro lo creía. Por favor, no se rían. Eso solo exacerbó la
cuestión de los cuervos. Y reavivó la paradoja del árbol que cae
en el bosque. Quizá mis ojos simplemente le decían a mi cerebro que
había cuervos en el arce.
Un
domingo por la mañana me desperté y Sextus estaba durmiendo al otro
lado de Dot. Quizá me habría interesado más si hubieran sido una
pareja más atractiva. Él llevaba el pelo al rape y tenía granos,
cejas albinas y una enorme nuez de Adán. Aun así era muy bueno en
los rodeos, campeón con el lazo y en las carreras de barriles, y su
cerdo había ganado tres años seguidos la exposición ganadera. Dot
era fea, fea sin más. Toda la pintura que se ponía ni siquiera la
hacía parecer ordinaria, solo acentuaba sus ojillos castaños y su
enorme boca, siempre entreabierta por unos colmillos prominentes y a
punto para gruñir. La zarandeé con suavidad y señalé a Sextus.
—¡Cielo
santo! —dijo, y lo despertó.
Salió
por la ventana, bajando el álamo, y desapareció en pocos segundos.
Dot me sujetó contra el heno, me hizo jurar que no diría una
palabra.
—Oye,
Dot, hasta ahora no he dicho nada, ¿verdad?
—Hazlo,
y contaré lo tuyo con el mexicano —me estremecí, sonaba igual que
mi madre.
Era
un alivio no preocuparme por mi madre. Ahora me sentía mejor
persona. No hosca ni resentida. Educada y solícita. No derramaba ni
rompía ni dejaba caer las cosas como en casa. No me quería marchar
nunca de allí. El señor y la señora Wilson siempre decían que era
una chica dulce, trabajadora, y que me tenían por una más de la
familia. Los domingos cenábamos en familia. Dot y yo trabajábamos
hasta mediodía mientras ellos iban a la iglesia, luego cerrábamos,
volvíamos a casa y ayudábamos a preparar la cena. El señor Wilson
bendecía la mesa. Los chicos se daban codazos y reían, hablaban de
baloncesto, y todos hablábamos de, bueno, no me acuerdo. Quizá
tampoco hablábamos mucho, pero se respiraba cordialidad. Decíamos:
«Por favor, pasa la mantequilla». «¿Salsa para la carne?» A mí
me encantaba que mi servilleta, con su correspondiente aro, fuese en
el aparador con las de todos los demás.
Los
sábados conseguía que alguien me llevara a Nogales, y luego iba en
autobús a Tucson. Los médicos me colocaban durante horas en un
aparato de tracción idéntico a un fundíbulo medieval, hasta que no
podía resistir el dolor. Me medían y comprobaban lesiones nerviosas
clavándome agujas, golpeándome las piernas y los pies con unos
martillos. Ajustaban el corsé y el alza de mi zapato. Parecía que
se acercaban a un veredicto. Distintos doctores examinaron mis
radiografías. Un especialista de renombre al que estaban esperando
dijo que mis vértebras estaban demasiado cerca de la médula
espinal. La cirugía podía provocar parálisis, perjudicar los
distintos órganos que se habían compensado por la desviación.
Sería caro, no solo por la cirugía, sino porque durante la
recuperación habría de pasar cinco meses inmóvil tumbada boca
abajo. Me alegré de no verlos muy partidarios de la operación.
Estaba segura de que si me enderezaban la columna, mediría más de
dos metros, pero quería que continuaran examinándome. No quería ir
a Chile. Dejaron que me quedara con una de las radiografías, en la
que se veía el corazón de plata que Willie me regaló. Mi columna
en forma de S, mi corazón desplazado y el corazón de plata justo en
el centro. Willie la puso en una ventanita al fondo del Laboratorio
de Ensayos Minerales.
A
veces los sábados por la noche había bailes campestres, a las
afueras de Elgin o Sonoita. En graneros. Acudía todo el mundo de
varios kilómetros a la redonda, viejos, jóvenes, chiquillos,
perros. Los huéspedes de los ranchos para turistas. Las mujeres
traían cosas para comer. Pollo frito y ensaladilla de patata,
pasteles, tartas y ponche. Los hombres salían en pelotón y se
quedaban bebiendo cerca de sus rancheras. También algunas mujeres;
mi madre siempre, por ejemplo. Los chicos del instituto se
emborrachaban y vomitaban, los sorprendían besuqueándose. Las
señoras mayores bailaban entre ellas, o con los niños. Todo el
mundo bailaba. Polcas, más que nada, pero también bailes lentos y
bugui-bugui. Algunas cuadrillas, o danzas mexicanas como La
Varsoviana. Salto, salto y vuelta entera. Tocaban cualquier cosa, de
«Night and Day» a «Detour, There’s a Muddy Road Ahead», de
«Jalisco no te rajes» a «Do the Hucklebuck». Cada vez había una
orquesta distinta pero con el mismo repertorio. ¿De dónde salían
aquellos músicos maravillosos y variopintos? Pachucos a los metales
y el güiro, guitarristas country con anchos sombreros,
percusionistas de bebop, pianistas con aires de Fred Astaire. Lo más
parecido que he oído a aquellas pequeñas bandas fue en el Five Spot
a finales de los cincuenta. El «Ramblin’» de Ornette Coleman. A
todo el mundo le pareció rompedor y alucinante. A mí me sonaba a
Tex-Mex, como un buen baile folclórico en Sonoita.
Las
sobrias amas de casa, herederas del espíritu de los pioneros, se
engalanaban para el baile. Permanentes caseras y carmín, tacones
altos. Los hombres eran rancheros o mineros curtidos, criados en la
Gran Depresión. Trabajadores serios, temerosos de Dios. Me
encantaban las caras de los mineros. Los hombres a los que solía ver
sucios y demacrados al final de un turno ahora estaban colorados y
alegres, aullando el «Aha, San Antone» o sus «Ay, ay, ay» a grito
pelado, porque la gente no solo bailaba, sino que también cantaba y
daba alaridos. Cada tanto el señor y la señora Wilson paraban un
momento.
—¿Has
visto a Dot? —me preguntaban jadeando.
La
madre de Willie iba a los bailes con un grupo de amigas. Bailaba
todas las canciones, siempre con un vestido bonito, el pelo recogido,
el crucifijo meciéndose al compás. Era hermosa y joven. Y toda una
dama. Mantenía las distancias en los bailes lentos y no salía a
beber. No, yo no me fijaba en eso. Pero las mujeres de Patagonia sí,
y lo mencionaban a su favor. También decían que no seguiría viuda
mucho tiempo. Cuando le pregunté a Willie por qué él nunca venía,
me dijo que no sabía bailar y además debía cuidar de sus hermanos.
Pero vienen muchos niños, por qué no podían venir ellos también.
No, dijo Willie. Su madre necesitaba un poco de diversión,
despreocuparse de los hijos de vez en cuando.
—Bueno,
¿y tú qué?
—A
mí no me importa. Y no lo hago por generosidad. Quiero que mi madre
encuentre otro marido tanto como ella —dijo.
Si
los prospectores estaban en el pueblo, los bailes se animaban de
verdad. No sé si todavía hay prospectores en las minas, pero en
aquellos tiempos eran una raza aparte. Siempre trabajaban por
parejas, aparecían en el yacimiento a toda velocidad entre una nube
de polvo. No conducían rancheras o coches convencionales, sino
biplazas relucientes metalizados que centelleaban a través de la
polvareda. Tampoco vestían con ropa tejana o caqui como los
rancheros o los mineros. Quizá se la pusieran cuando bajaban a los
pozos, pero cuando viajaban o en los bailes iban con trajes oscuros y
camisas y corbatas sedosas. Llevaban el pelo largo, peinado en un
tupé, con largas patillas, a veces bigote. A pesar de que solo los
vi en el oeste del país, sus matrículas solían ser de Tennessee o
Alabama o Virginia Oeste. Nunca se quedaban mucho tiempo, una semana
a lo sumo. Les pagaban más que a los neurocirujanos, según mi
padre. Se encargaban de abrir o encontrar un buen filón, me parece.
En cualquier caso eran importantes y hacían un trabajo peligroso.
También parecían peligrosos y, ahora lo sé, derrochaban carisma.
Fríos y arrogantes, tenían el aura de los matadores, los
atracadores de banco, los lanzadores de relevo. En los bailes
campestres, todas las mujeres, viejas o jóvenes, querían bailar con
un prospector. También yo. Los prospectores siempre querían bailar
con la madre de Willie. La esposa o la hermana de alguien que había
bebido de más invariablemente acababa fuera con uno de ellos y se
armaba una pelea sangrienta, y todos los hombres salían en tropel
del granero. Las peleas siempre se zanjaban cuando alguien disparaba
al aire y los prospectores se perdían en la oscuridad de la noche,
mientras los galanes heridos volvían al baile con una mandíbula
hinchada o un ojo morado, y la orquesta tocaba alguna canción sobre
amores despechados.
Un
domingo por la tarde el señor Wise nos llevó a Willie y a mí hasta
la mina, a ver nuestra antigua casa. Entonces me embargó la
añoranza, al oler las rosas trepadoras de mi padre, caminando bajo
los viejos robles. Peñascos rocosos alrededor y vistas de los valles
y del monte Baldy. Vi los halcones y los arrendajos, oí el
repiqueteo de las poleas en la planta trituradora. Eché de menos a
mi familia e intenté no llorar, pero no pude contener las lágrimas.
El señor Wise me dio un abrazo, me dijo que no me preocupara,
probablemente me reuniría con ellos una vez acabara la escuela. Miré
a Willie. Señaló con la cabeza hacia la hembra de gamo y sus
cervatillos que nos observaban, apenas a unos pasos.
—Ellos
no quieren que te vayas —me dijo.
Así
que probablemente habría ido a Sudamérica. Pero entonces hubo un
terrible terremoto en Chile, una catástrofe nacional, y mi familia
murió. Seguí viviendo en Patagonia, Arizona, con los Wilson. Al
acabar el instituto conseguí una beca para estudiar Periodismo en la
Universidad de Arizona. Willie también consiguió una beca, y se
matriculó a la vez en Geología e Historia del Arte. Nos casamos al
terminar la carrera. Willie encontró trabajo en la mina de Trench y
yo trabajé para el Nogales Star hasta que nació nuestro primer
hijo, Silver. Vivíamos en la preciosa vieja casa de adobe de la
señora Boosinger (que para entonces ya había muerto) en lo alto de
la montaña, en una finca de manzanos cerca de Harshaw.
Quizá
suene melindroso, pero Willie y yo vivimos felices desde entonces.
¿Y
si realmente hubiera ocurrido, el terremoto? Sé muy bien lo que
habría pasado. Ese es el problema con las especulaciones. Tarde o
temprano tropiezas con un escollo. No habría podido quedarme en
Patagonia. Habría acabado en Amarillo, Texas. Planicies
interminables y silos y cielo y rastrojos a merced del viento, ni una
montaña a la vista. Viviendo con mi tío David y mi tía Harriet y
mi bisabuela Grey. Me habrían considerado un problema. Una cruz con
la que cargar. Ellos siempre se quejarían de mis «llamadas de
atención», que para el terapeuta serían «llamadas de socorro».
Después de salir del correccional de menores no pasaría mucho
tiempo antes de que me fugara con un prospector de paso por la
ciudad, camino a Montana, y ¿pueden creerlo? Mi vida habría acabado
exactamente igual que ahora, bajo las rocas calizas de la cresta
Dakota, con los cuervos.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

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