El lunes te agarró la muerte, Paula.
Vino y te señaló, pero se encontró frente a frente con tu madre y
tu abuela y por esta vez retrocedió. No está derrotada y todavía
te ronda, rezongando con su revuelo de harapos sombríos y rumor de
huesos. Te fuiste para el otro lado por algunos minutos y en verdad
nadie se explica cómo ni por qué estás de vuelta. Nunca te
habíamos visto tan mal, ardías de fiebre, un ronroneo aterrador te
salía del pecho, se te asomaba el blanco de los ojos a través de
los párpados entrecerrados, de pronto la tensión te bajó casi a
cero y comenzaron a sonar las alarmas de los monitores y la sala se
llenó de gente, todos tan afanados en torno a ti, que se olvidaron
de nosotras, y así es como estuvimos presentes cuando se te escapaba
el alma del cuerpo, mientras te inyectaban drogas, te soplaban
oxígeno y trataban de poner de nuevo en marcha tu corazón agotado.
Trajeron un aparato y empezaron a darte golpes eléctricos, terribles
corrientazos en el pecho, que te hacían saltar de la cama. Oímos
órdenes, voces alteradas y carreras, llegaron otros médicos con
diferentes máquinas y jeringas, quién sabe cuántos minutos eternos
transcurrieron, parecieron muchas horas. No podíamos verte, te
tapaban los cuerpos de quienes te atendían, pero pudimos percibir
con nitidez tu zozobra y el aliento triunfal de la muerte. Hubo un
momento en el cual la febril agitación se congeló de súbito, como
en una fotografía, y entonces escuché el murmullo en sordina de mi
madre exigiéndote que lucharas, hija, ordenándole a tu corazón que
siguiera andando en nombre de Ernesto y de los años preciosos que te
faltan por vivir y del bien que aún puedes sembrar. El tiempo se
detuvo en los relojes, las curvas y picos verdes en las pantallas de
las máquinas se convirtieron en líneas rectas y un zumbido de
consternación reemplazó el chillido de las alarmas. Alguien dijo no
hay más que hacer… y otra voz agregó ha muerto, la gente se
apartó, algunos se alejaron y pudimos verte inerte y pálida, como
una niña de mármol. Entonces sentí la mano de mi madre en la mía
impulsándome hacia delante y dimos unos pasos al frente acercándonos
a la orilla de tu cama y sin una lágrima te ofrecimos la reserva
completa de nuestro vigor, toda la salud y fortaleza de nuestros más
recónditos genes de navegantes vascos y de indómitos indios
americanos, y en silencio invocamos a los dioses conocidos y por
conocer y a los espíritus benéficos de nuestros antepasados y a las
fuerzas más formidables de la vida, para que corrieran a tu rescate.
Fue tan intenso el clamor que a cincuenta kilómetros de distancia
Ernesto sintió el llamado con la claridad de un campanazo, supo que
rodabas hacia un abismo y echó a correr en dirección al hospital.
Entretanto en torno a tu cama se helaba el aire y se confundía el
tiempo y cuando los relojes marcaron de nuevo los segundos, ya era
tarde para la muerte. Los médicos vencidos se habían retirado y las
enfermeras se preparaban para desconectar los tubos y cubrirte con
una sábana, cuando una de las pantallas mágicas dio un suspiro y la
caprichosa línea verde empezó a ondular señalando tu retorno a la
vida. ¡Paula!, te llamamos mi madre y yo en una sola voz y las
enfermeras repitieron el grito y la sala se llenó con tu nombre.
Ernesto
llegó una hora más tarde; había devorado la autopista y atravesado
la ciudad como una exhalación. Hasta entonces no tenía duda que
sanarías, pero en esta ocasión, vencido, de rodillas en la capilla,
rogó simplemente para que cesara este martirio y descansaras por
fin. Sin embargo, cuando te abrazó en la siguiente visita la
vehemencia del amor y el deseo de retenerte fueron más poderosos que
la resignación. Te siente en su propio cuerpo, se adelanta a los
diagnósticos clínicos, percibe signos invisibles para otros ojos,
es el único que pareciera comunicarse contigo. Vive, vive por mí,
por nosotros, Paula, somos un equipo chica mía, te rogaba, verás
que todo sale bien, no te vayas, seré tu apoyo, tu refugio, tu
amigo, te sanaré con mi amor, acuérdate de ese bendito 3 de enero
en que nos conocimos y todo cambió para siempre, no puedes dejarme
ahora, estamos recién comenzando, nos queda medio siglo por delante.
No sé qué otras súplicas, secretos o promesas te susurró al oído
ese lunes tenebroso, ni cómo te sopló ganas de vivir en cada beso
que te dio, pero estoy segura que hoy respiras por obra de su tenaz
ternura. Tu vida es una misteriosa victoria del amor. Ya has superado
la peor parte de la crisis, te están administrando el antibiótico
preciso, han controlado tu presión y poco a poco cede la fiebre. Has
vuelto al punto de partida, no sé qué significa esta especie de
resurrección. Llevas más de dos meses en coma, no me engaño, hija,
sé cuán grave estás, pero puedes recuperarte por completo; el
especialista en porfiria asegura que no tienes daño cerebral, la
enfermedad sólo te ha atacado los nervios periféricos. Palabras,
palabras benditas, las repito una y otra vez como una fórmula de
encantamiento que puede traerte la salvación. Hoy te habían
colocado de costado en la cama y a pesar del aspecto torturado de tu
pobre cuerpo, tu cara estaba intacta y te veías hermosa como una
novia dormida, con sombras azules bajo tus largas pestañas. Las
enfermeras te habían refrescado con agua de colonia y recogido el
cabello en una gruesa trenza, que colgaba fuera de la cama como una
cuerda marinera. No hay señas de tu inteligencia, pero vives y tu
espíritu aún te habita. Respira, Paula, tienes que respirar…
Mi
madre sigue regateando con Dios, ahora le ofrece su vida por la tuya,
dice que de todos modos setenta años son mucho tiempo, mucho
cansancio y muchas penas. También yo quisiera ocupar tu lugar, pero
no existen recursos de ilusionista para estos trueques, cada una de
nosotras, abuela, madre e hija, deberá cumplir su propio destino. Al
menos no estamos solas, somos tres. Tu abuela está cansada, trata de
disimularlo, pero le pesan los años y durante estos meses de
sufrimiento en Madrid el invierno se le ha metido en los huesos, no
hay forma de darle calor, duerme bajo una montaña de frazadas y de
día anda envuelta en chalecos y bufandas, pero no deja de temblar.
Hablé largamente por teléfono con el tío Ramón para que me ayude
a convencerla de que es hora de volver a Chile. No he podido escribir
en varios días, sólo ahora, que empiezas a salir de la agonía,
vuelvo a estas páginas.
Paula, 1994.

No hay comentarios:
Publicar un comentario