martes, 19 de junio de 2018

Bitácora del capitán. Alberto Sánchez Argüello.

Muy de mañana preparé el desayuno con coco y ensalada de mango con banano de las islas cercanas. Limpié la parte de la cubierta que aún sobresale y me puse la escafandra para revisar las partes bajas del barco. Registré cinco centímetros más de hundimiento, pero el casco sigue intacto.
Después me aseguré que Agatha comiese toda su comida y le pasé un plato a la vieja tortuga galápagos. Cuando Agatha terminó de comer le ayudé a colocarse la escafandra más pequeña, revise nuestros niveles de oxígeno y me fui con ella a explorar el arrecife, en busca de peces y estrellas de mar.
Cuando regresamos la tortuga seguía dormida y el sol estaba justo sobre nuestras cabezas. Preparé pescado y lo serví con algunas algas verdes. Agatha no quería comer, así que le recordé que yo era su hermano mayor y el capitán de este barco hundido. Ella -a regañadientes- me hizo caso y se lo comió todo.
Al final del día nos fuimos a dormir al único camarote seco. Con la luna asomando en el horizonte se escuchó el bramido sordo del calamar gigante y luego el resoplar del cachalote. No pasó mucho tiempo para que ambos hicieran crujir el barco con su lucha terrible. Abracé a mi hermana y le susurré que todo estaría bien.
Con Agatha dormida y todo en silencio, salí hacia la cubierta inclinada. Me quedé ahí un largo rato, adormilado por el titilar de las estrellas y los ronquidos de la tortuga.
De repente el cachalote apareció frente a mí, mirándome con uno de sus enormes ojos. Me dijo que se iba a divorciar del calamar y volvió a las profundidades sin más. Yo me quedé ahí sin entender nada: no conozco el lenguaje de los monstruos marinos.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario