miércoles, 26 de marzo de 2025

Homero. Enrique Anderson Imbert.

Generaciones de griegos cantaron episodios heroicos de una civilización perdida. Los creían verdaderos porque verdaderas eran las ruinas de Troya y de Micenas que veían. Cuando él también se puso a cantar repitió lo que había oído. Una que otra vez se permitió inventar algo, para juntar retazos de leyendas y hacer mover a los héroes en una continua aventura. En cierta ocasión inventó un barco. Fue, de toda la ficción homérica, el único objeto que se materializó y una mañana una niña pudo verlo, antiguo, real, concreto, indudable, surcando el mar. Cuando dijo lo que había visto nadie quiso creerla y la niña acabó por olvidarse. El mar, en cambio, recordaría siempre la estela de ese barco; solo que, en su memoria de agua, dudaba de si el barco lo había surcado de veras por arriba o si era que él, el mar, lo había soñado.

El gato de Cheshire, 1965.

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