Avelino remueve su carajillo, nunca le echa azúcar, pero le gusta el tintineo de la cuchara al chocar con el cristal. En el otro extremo de la barra Faustino toma el suyo, también sin azúcar, el médico se lo tiene prohibido. De fondo, las noticias de la mañana. Ambos cargan sus armas al hombro, desde bien pequeños que les gusta cazar, al igual que les gustaba la misma zagala. Qué ojos tenía la Remedios. El dueño del bar sube el volumen. ¿No os habéis enterado? Ha tocado el bote de la lotería aquí – dice a los únicos feligreses que tiene en ese momento. Ambos abren los ojos como platos y se palpan el bolsillo de la camisa, notan el relieve de la funda con el boleto. Disimulan. El uno recela del otro. Apuran con prisa su carajillo y se marchan. Por caminos distintos pero hacia el mismo monte, aquel donde cazaron liebres también sus padres y sus abuelos. A esas horas está todo desierto, únicamente se escuchan los dos disparos certeros, casi al unísono, y el eco. Cuando encuentran a Avelino y Faustino la noche ya ha caído. Sus ropas y enseres acaban en sendas bolsas de basuras en el depósito de cadáveres. En las manos del policía local el boleto del…

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