domingo, 11 de enero de 2026

Libro del desasosiego. (Fragmento 405). Fernando Pessoa.

La vida, para la mayoría de los hombres, es un fastidio acontecido sin darse cuenta, una cosa triste compuesta de pausas alegres, algo así como los momentos de intercambio de chistes que cuentan los que velan los muertos, para pasar la calma de la noche y la obligación del velatorio. Siempre encontré fútil considerar la vida como un valle de lágrimas: es un valle de lágrimas, sí, pero donde raras veces se llora. Decía Heine que, después de las grandes tragedias, acabamos siempre por sonarnos. Como judío, y por lo tanto universal, vio con claridad la naturaleza universal de la humanidad.
La vida sería insoportable si tuviéramos conciencia de ella. Felizmente no lo hacemos. Vivimos con la misma inconsciencia que los animales, del mismo modo fútil e inútil, y si presentimos la muerte, que es de suponer, sin que tenga por ello que ser cierto  que ellos no presienten, la presentimos a través de tantos olvidos, de tantas distracciones y desvíos, que casi no podemos decir que pensemos en ella.
Así vivimos, y eso es muy poco para que podamos juzgarnos superiores a los animales. Nuestra diferencia con ellos consiste en el pormenor puramente externo de hablar o de escribir, de tener inteligencia abstracta para sustraernos a tenerla concreta, y de imaginar cosas imposibles. Todo eso, sin embargo, no son más que accidentes de nuestro organismo fundamental. El hablar y el escribir nada aportan de nuevo a nuestro instinto primordial de vivir sin saber cómo. Nuestra inteligencia abstracta no sirve sino para construir sistemas, o ideas medio-sistemas, de lo que en los animales significa sólo estar al sol. Nuestra imaginación de lo imposible quizás no sea exclusivamente nuestra, que yo ya he visto gatos mirando a la luna, y no sé si no la pretendían.
Todo el mundo, toda la vida, es un vasto sistema de inconsciencias operando a través de conciencias individuales. Así como con dos gases, haciendo pasar a través de ellos una corriente eléctrica, se puede hacer un líquido, así con dos conciencias —la de nuestro ser concreto y la de nuestro ser abstracto— se hace, pasando a través de ellas la vida y el mundo, una inconsciencia superior.
Feliz, pues, quien no piensa, porque cumple por instinto y por destino orgánico lo que todos nosotros tenemos que cumplir por desvío y por destino inorgánico o social. Feliz aquel que más se asemeja a los brutos, porque es sin esfuerzo lo que todos nosotros somos gracias a un trabajo impuesto; porque sabe el camino de casa, que los demás no encontramos sino por atajos de ficción y de regresos; porque, enraizado como un árbol, forma parte del paisaje y por tanto de la belleza, y no, como nosotros, mitos de paso, figurantes en traje vivo de la inutilidad y del olvido.

Libro del desasosiego, 1982.

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