sábado, 31 de enero de 2026

Solenoide. (Capítulo 12). Mirecea Cartarescu.

He recogido en primer lugar las monedas de debajo de la cama, de detrás del armario, de la alfombra, de la esquina de la habitación. Anoche, cuando me quité los pantalones, una cascada ruidosa rompió atronadoramente el silencio de toda la casa, pues el puñado de cambio del bolsillo se desparramó por el suelo con una brutalidad inesperada. Inmerso como estaba en mis pensamientos, me sacó de mi estado de ensoñación igual que uno de esos despertares que te golpean como un martillo pilón de adrenalina: te zarandean, te gritan al oído, vacían una taza de agua fría sobre tu cabeza o, simplemente, hundido en tus sueños y en el calor del edredón, oyes, en la oscuridad de una mañana invernal, la voz lejana de tu madre que te dice que es hora de levantarse para ir a clase. Las moneditas brillaron bruscamente en la luz cruel y se desperdigaron por el suelo saltando, girando y brillando metálicas con un ruido que me alteró los nervios. Dos o tres monedas siguieron girando sobre el parqué brillante todavía un rato más, lo que me permitió preguntarme si caerían por el lado de la cara o de la cruz. Inmóvil, con un pie desnudo en el aire y el otro en la pernera del pantalón, me quedé contemplándolas hasta que su giro fue haciéndose más lento y siguió el balanceo final, más ruidoso y más aleatorio a medida que la gravedad iba mitigando su libertad y su exuberancia. Y luego, otra vez, silencio y luz oscura, y los discos plateados y cobrizos de las monedas desperdigados por el suelo. Pequeños instrumentos de adivinación, por una parte Urim y por otra Tumim, vacíos ahora de premoniciones y de vida.
Las he colocado unas sobre otras, un cartucho grueso e irregular, en una esquina del escritorio, y me he puesto manos a la obra. La historia de mi vida, tal y como querría empezarla hoy, es la historia de un ser anónimo. Precisamente por eso pide ser escrita, porque, si no lo hago yo, el único para quien significa algo, nadie la escribirá jamás. La escribo no para leerla yo, su único lector, en algún momento, junto a la estufa, tampoco para pasar unas horas olvidado de mí mismo, sino para leerla al mismo tiempo que la escribo y para intentar comprender. Seré el único escritor-lector-vividor de esta historia cuyo sentido, lo escribo por enésima vez, es no-estético y no-literario. No tengo otra pretensión que la de ser el escritor-lector-vividor de mi vida. Podría tratarse de la biografía de un piojo o de un ácaro, pero para mí es tan importante como mi propia piel, porque sucede que yo mismo soy ese ser oscuro, los canales por los que pulula son míos; los excrementos, los míos; las sensaciones, las mías; la obscenidad, toda mía. Incluso aunque no soy nadie, siento dolor si me pinchas la mano, y ese dolor que siento es mío y solo mío y, aunque no le importe a nadie, a mí sí me importa.
No vi la luz un día de junio de 1956. Yo, el hijo de unos obreros nacido aquel año en la maternidad miserable de un mundo sucio, la veo justo ahora, en mi imaginación. Creo, de hecho, que había visto mucha más luz antes, a través de los párpados pegados, pero también a través del resto de la membrana fina que envolvía mi cuerpecillo mientras flotaba todavía en la gruta ocupada por un solo diamante líquido y sostenía en brazos mi imagen en el espejo. Tras el baño de aceite luminoso del útero, tras el éxtasis de la vida en el capullo de otra vida, la tierra a la que fui exiliado, brutalmente arrancado de mi gruta, empujado entre las piernas de mi madre por un túnel de carne que me alargó la coronilla y estiró mi cuerpo como si fuera de masa, me pareció un sombrío, ceniciento territorio de ruinas. Nací en una realidad putrefacta en la que había unos agujeros en el tejido por los que podías meter el dedo, y mi búsqueda es precisamente la de esas rupturas y desgarrones del relato. Mis padres eran jóvenes entonces y también habían llegado a un mundo nuevo. Eran urbanitas recientes, habían dejado en el pueblo a toda su parentela e intentaban salir adelante en su nueva vida construida con tornos, viruta de metal, emulsión, pedales de telares, hilachas y ruidos ensordecedores. Pero también en la intimidad de su pequeño dormitorio de alquiler, en el que se amaban por las noches, torpes y puritanos, siempre con una especie de sentimiento de culpa. La luna del arrabal, filtrada entre los geranios de la ventana, blanqueaba sus rostros vueltos el uno hacia el otro. Durante mucho tiempo —incluso después de nuestro nacimiento— siguieron así: dos aldeanitos en la ciudad, intentando recrear su pueblo entre bloques de hormigón y fábricas que resoplaban y tranvías que tocaban la campana al llegar a los cruces. Procedían de zonas diferentes del país y no deberían haberse conocido jamás. Pero se encontraron en el mismo turno de vacaciones, pagadas por el sindicato, en un balneario —creo que en Govora—, donde la doncella y el doncel, ella de veinticinco años, él de veintidós, se rieron juntos en las verbenas para obreros y en el baile. Se pisaron mientras bailaban, se besaron apoyados en la pared de la residencia femenina, una villa antigua muy coqueta, y prometieron volver a verse en Bucarest, donde nadie tenía teléfono todavía y donde las parejas se perdían para siempre si se les escapaba una cita. Pero mi padre, aquel banateano moreno y guapo como un actor de los años de entre guerras —de tal manera que cuando se presentaba en algún sitio los colores desaparecían y todo volvía a ser en blanco y negro—, no quiso perderle el rastro a Maria y pidió el traslado a Bucarest, a los talleres ITB, para poder estar con ella. Cabalgando todo el día en los chasis del tranvía, apretando tornillos con la llave ennegrecida, pensaba sin cesar —hasta sus pensamientos eran en dialecto— en aquella chica que no solo era la primera que había conocido, sino que sería también la única. Mi madre, sin embargo, no estaba segura de querer pasar la vida con aquel «crío». Acababa de superar una gran decepción, se había enamorado de un estudiante que, tras hacerse médico, la había abandonado porque mi madre, siguiendo la tradición de su pueblo, Tântava, no había querido entregarse antes de la boda. Todo lo que tenía lugar entre un hombre y una mujer era una asquerosidad si no estaba santificado por el velo, la coronita y el vestido de novia, por la cruz besada en la iglesia y las coronas nupciales colocadas sobre la cabeza. Ella le había comentado a su hermana mayor, aprendiza de costurera, que no quería criar a un chaval, aunque fuera esbelto y guapo y tuviera los ojos castaños más aterciopelados del mundo. Su hermana, mucho más expeditiva, la hizo entrar en razón: tenía veinticinco años, pronto la casarían las viejas. ¿A qué estaba esperando? Costel era un buen chico, serio, la amaba, tenía trabajo, no bebía, no fumaba. ¿Dónde iba a encontrar a otro como él? Además, le había pedido matrimonio una tarde en un puentecillo de Cişmigiu, después de que un fotógrafo los inmortalizara apoyados en la balaustrada, ella peinada al estilo «cicerón», él, con el cabello liso peinado hacia atrás con aceite de nuez… ¿Qué es lo que quería? ¿Quedarse para vestir santos? ¿Cuidar de los hijos de los demás? Podrían, incluso, pasar una temporada, después de la boda, con Ştefan y con ella, en Dudeşti-Cioplea, porque tenían dos habitaciones y su hijo dormía con ellos en el cuarto del fondo. Tanto le dio la matraca que Maria dijo sí y se casó con Costel. Tengo ante mí ahora, mientras escribo, su foto de boda, la oficial, solo ellos dos ante un telón de pliegues de terciopelo y un jarrón de flores en un pedestal alto, junto a la novia. Esta foto, ampliada y enmarcada en un marco de estuco, estuvo mucho tiempo sobre su cama, en la celda de Silistra. Está retocadísima, pero aun así puedes distinguir en ella, más allá de la ropa de ceremonia —sin duda alquilada—, el miedo y el desconcierto de ambos, su azoramiento y rigidez en aquel doble ataúd, en el diorama de muñecos de cera de la foto inevitable. No consiguieron hacer que sonrieran: mi padre está serio y aprieta los dientes como si quisiera matar a alguien; mi madre parece estar pensando ya en las deudas que contraerían después de la boda, pues nadie les había regalado ni siquiera una cuchara. Por parte de él, no había venido nadie desde aquel Banat del fin del mundo, y la familia de mi madre era pobre y tacaña, muntenios malhablados y roñosos. El abuelo y la abuela, en la foto de grupo, son campesinos de pura cepa, él con un bigote recortado a tijera, ella con un pañuelo del que apenas sobresale la punta de la nariz, ambos con trajes populares y mirada extraviada. El oficial es el hermano de mi madre. La otra campesina es su hermana mayor. El resto de los invitados —ellos, calvos y barrigones; ellas, corpulentas y con tirabuzones— son los padrinos, las amigas de los telares, unos vecinos, ¿quién sabe? Costeluş y Aura, mis primos, son pequeños, tienen dos o tres años, y miran fijamente a la cámara con los ojos como platos. Es como si ante ellos, en la parte de la habitación que no se ve, hubiera sucedido justo entonces algo inesperado y milagroso, un número de prestidigitación con palomas o flores extraídas cándidamente de la manga.
Me costó desprenderme, aquel día de junio de 1956, a las once de la mañana, del abrazo de Victor, mi hermano gemelo. Nos habíamos acostumbrado a estar juntos, colgado cada uno —dos balones en el azur de la gruta de diamante— de la cuerda de su propio cordón umbilical. Habíamos crecido juntos, habíamos sentido al principio, tal vez, nuestros campos bioeléctricos —como unas luces blancas— en la forma de nuestros cuerpos acurrucados. Luego, cuando se formaron los ojos, abrimos los párpados, nos miramos y sonreímos. Bajo aquella luz celestial, Victor era, por supuesto, el objeto más bello del universo. Tenía un cuerpo traslúcido como el de los minúsculos seres de las aguas estancadas. Nos miramos a los ojos durante varios meses, luego miramos las paredes orgánicas que nos rodeaban, tan inmaterializadas también por la luz, espesa como la miel, del líquido amniótico, que veíamos a través de ellas el mundo del otro lado, sin dudar un solo instante de que en algún momento sería el nuestro. Asimismo, filtrados por los latidos del corazón de mi madre, a través del gorjeo de sus intestinos, a través del silbido de sus pulmones, oíamos las voces, la música, el ruido de los tranvías y del llanto, y las carcajadas del exterior. Si hubiera podido, le habría dicho a Victor que se quedara allí. A veces no puedo evitar pensar qué bien habría estado que se hubiera escondido en algún sitio, que la placenta lo hubiera reabsorbido, que hubiera regresado al estado de huevo y que no hubiera nacido nunca. En un cuarto de hora llegamos, uno tras otro, idénticos los dos en nuestra precariedad —ninguno alcanzó los dos kilos, dos «gatitos», le diría luego el médico a nuestro padre— e infelicidad… Aquel mundo nuevo nos parecía sumergido en la oscuridad, ahogado como las fotografías de los periódicos, con los contornos emborronados por la tinta.
Durante unos meses mis padres se instalaron en casa de la hermana de mi madre. No sé cómo se las arreglaron con nosotros. Los tiempos eran, no hace falta decirlo, terribles. Como mi madre se alimentaba solo a base de macarrones y mermelada, no tenía leche. No se encontraba leche en polvo. Mi padre llegó a dar un tercio de su sueldo para comprar leche de vaca de alguien que criaba dos o tres vacas en un huerto cercano. Era una leche azulada bautizada con agua e infestada de bacilos de tuberculosis. Así que, al cabo de unos años, con el test de la tuberculina me broto en el brazo una pápula del tamaño de un platillo y me enviaron al sanatorio de Voila. A los seis meses, mis padres nos cogieron, uno a cada uno —aparte de mi madre nadie nos diferenciaba, e incluso mi madre dudó tantas veces que no estoy seguro de si tengo derecho a creerme uno más que otro—, nos pasearon en el tranvía y nos llevaron, dormidos, a la habitación que habían alquilado en una casa con otras veinte habitaciones parecidas, en la calle Silistra, en Colentina. Allí viví hasta los tres años y también allí tuvo lugar la tragedia de la desaparición de Victor, cuando teníamos más o menos un año.
A decir verdad, yo no lo recuerdo, aunque está siempre presente en mi mente. A veces, de hecho, pienso que la ocupa por completo. Mi madre no ha querido hablarme nunca sobre él, sobre el perdido. Me he preguntado muchas veces si Victor habrá sido acaso un niño imaginario, nacido de quien sabe qué necesidad profunda de mi madre, tal y como algunas histéricas fingen un embarazo inexistente pero sienten todos los desgarradores dolores del parto como si fueran reales. Mis ricitos y mis dientecillos son una especie de reliquia arqueológica de mi existencia de entonces. Mis fotos —es cierto que la más antigua es de cuando tenía año y medio— muestran que, en unos días de primavera o de otoño, los fotones brotados del sol rebotaron en mis pestañas y en mis mejillas y cayeron como una nevada sobre la película de la foto, corroyéndola, tal y como hoy en día otros fotones, desprendidos de un sol treinta años más viejo, rebotan en las pestañas del niño de la foto y entran luego en mi pupila. Pero ¿dónde están sus bucles, sus dientes de leche, sus fotos? ¿Dónde están sus ropitas de cuando era un bebé? Al fondo de una balda del armario amarillo, en la habitación del frente, mi madre conservaba todavía las mías… Allí, en una sala de partos con el techo agujereado, con goteras de agua llena de escombros que caían sobre las barrigas blancas de las embarazadas, anudaron nuestros ombligos, uno tras otro, con la misma cuerda de embalar, del mismo ovillo burdo. Yo continúo sacándome todavía hoy, secos y ennegrecidos, algunos trozos; tal vez él fue enterrado con la cuerda del ombligo y todo, y juntos se han podrido en la tierra.
El caso es que, por lo que cuentan los parientes, más o menos cuando teníamos un año nos llevaron a los dos al hospital, en ambulancia, calientes como estufas. Teníamos neumonía doble. No era raro: el suelo de nuestra habitación era de cemento, como el de una cárcel, mis padres eran pobres como ratas, el invierno fue muy duro, la nieve llegaba hasta las ventanas y la leña era cara. Los dos teníamos los pulmones débiles. Fueron suficientes unos días más fríos y más lluviosos para que en el mundo variopinto de aquella corte de los milagros (ladrones, prostitutas, basureros, artesanos, todos ellos unos barriobajeros malhablados que montaban escándalos sin cesar) proliferaran la gripe y los catarros. Puesto que los vecinos nos comían a besos a todas horas como si fuéramos los principitos del lugar —de lo que mi madre se sentía terriblemente orgullosa—, no resultaba en absoluto sorprendente que estuviéramos siempre enfermos. Pero nunca habíamos estado tan mal como aquella vez. Casi ni se podían tocar nuestros cuerpecitos martirizados por la fiebre.
El hospital era un edificio amarillo que se encontraba bajo unas nubes también amarillas, como si las nubes hubieran sido construidas y luego pintadas al mismo tiempo que el hospital. En el pabellón de los niños había treinta camitas de hierro blanco, pero tan viejas y desvencijadas que resultaba increíble que soportaran aún el peso de las niñas y los niños enfermos. Las enfermeras eran feas y desaliñadas. Todas se perfumaban con un agua de colonia barata que se vendía en frascos con forma de cochecito. Allí, en dos camas contiguas, agonizamos durante varios días. De vez en cuando nos ponían inyecciones, sin piedad, con unas jeringuillas romas que me aterrorizarían el resto de mi vida. Otras veces me plantaban la placa helada de un estetoscopio sobre la piel roja y caliente como un infiernillo. Agonicé allí, junto a otros treinta niños, días y días, hasta que la fiebre remitió, los ojos se me aclararon y pude distinguir, claramente, con todo detalle, la camita vacía a mi lado. Aunque no lo recuerdo, nunca lo olvidaré.
Cuando nos llevaron al hospital, me contaba mi madre, nos auscultaron a los dos con el estetoscopio. Comenzaron conmigo, pero no me prestaron demasiada atención aunque estaba casi inconsciente por la fiebre. Cuando pasaron a Victor, siguió un momento de estupor. El doctor, un hombre de edad avanzada, paseó la placa del aparato por el pecho enrojecido del niño, sin preocuparse por sus gritos, y luego abandonó la habitación, alicatada con unos azulejos como de váter público. Mi madre se quedó sola con nosotros un cuarto de hora, desesperada por no poder ayudarnos (cuántas veces me habrá dicho después que, siempre que he estado enfermo, rezaba para que la enfermedad le pasara a ella o que le sucediera algo malo con tal de que yo me pusiera bien), hasta que el doctor volvió con dos médicos más y empezaron a examinar de nuevo a Victor, en lugar de darle algo que le aliviara el sufrimiento. Se comportaban como si no se pudieran creer lo que veían, como si en aquel cuerpecillo hubiera algo fuera de lugar. Mi madre esperaba, aguantando la respiración, que los señores médicos le dijeran algo, pero parecía invisible a sus ojos. Como lo era de hecho, como lo eran todos los pacientes a los que, aparte de un primer «¿qué te duele?», pronunciado con la boca pequeña, los doctores no volvían a dirigirles la palabra una segunda vez, como si no fueran humanos dotados de entendimiento, sino meros perros o gatos. Les extendían deprisa una receta ilegible y los despachaban con cajas destempladas. Pero ahora pasaba algo. Mi madre escuchaba de vez en cuando un «imposible», un «fenómeno muy raro» y unas cuantas expresiones más en una lengua de pájaros que en vano se esforzaba por desentrañar. Cada vez más asustada por la agitación de los médicos, se atrevió por fin a preguntar si de verdad era tan grave, si su hijo estaba más enfermo de lo que parecía. Aquellos tres no se volvieron hacia la joven trabajadora que, llorosa y despeinada, llevaba días sin dormir; únicamente el primero que lo había examinado le lanzó por encima del hombro que Victor era «anormal», que al principio había creído que no tenía corazón o que su corazón no latía. Al final lo encontró, solo que en su caso el órgano vital estaba colocado al revés, con la puntita hacia la derecha. Y luego poco a poco, palpando las costillas y la tripita, se dieron cuenta de que el hígado estaba a la izquierda y que, probablemente, con cada órgano y cada elemento asimétrico de su cuerpo, Victor era un niño visto en un espejo. Todo lo que tenía que estar a la izquierda se encontraba a la derecha, y al revés. El otro médico soltó una frase que encontró hojeando un vademécum grueso y muy usado y que mi madre, aparte de algo que sonaba como «inverso» y como «total», no alcanzó a comprender. Me llevó bastante tiempo identificarlo, pero ahora sé que el doctor había dicho «situs inversus totalis», que no es sino un trastorno extremadamente raro: la persona tiene todos los órganos al revés respecto al eje de simetría vertical del cuerpo. Para mi madre, todo eso no quería decir nada, Victoraş podría tener incluso dos cabezas con tal de que se pusiera bien, de que dejara de sufrir esa calentura infernal de la enfermedad.
Victor no fue, no es idéntico a mí, como los gemelos nacidos del mismo zigoto, sino mi inverso, mi icono invertido en otra dimensión. No nos formamos en el vientre de mi madre abrazados, sino pegados a un espejo caliente, como dos crías de tiburón que forcejean en los úteros paralelos de sus madres. Nunca podría saber hasta dónde llegaba este reflejo: si afectaba solo a la inversión de los órganos o si alcanzaba también a las profundidades de la biología, a la inversión de los aminoácidos, a su paso de dextrógiros a levógiros y al giro inverso de las espirales del ADN. Éramos idénticos por fuera, mi madre nos distinguía a duras penas, pero en las profundidades de la biología éramos tal vez todo lo diferentes que podían llegar a ser jamás dos personas.
Victor desapareció y con él desapareció tal vez la única razón, el único esplendor, la única belleza, la única oportunidad de mi vida. Sin él me he sentido siempre un gran mutilado, como esos troncos humanos que se dan impulso con las manos por el asfalto, plantados en un carrito con ruedas. Un niño nacido sin una mano o sin un ojo no podría estar más confundido, por lo que le han hecho los dioses, de lo que lo he estado yo, sin Victor, durante toda mi vida. He mirado con la mitad de la vista, he escuchado con la mitad del oído. Hay enfermos psíquicos que no perciben la mitad de su cuerpo o incluso la mitad del mundo. Desde que tengo un año, yo también he vivido de esa manera.
No recuerdo nada de lo que siguió después, los siguientes meses debieron de ser agónicos para mis padres. En el hospital les dijeron que mi hermano había muerto, les mostraron unos certificados con sellos y firmas. No les mostraron, sin embargo, ningún cuerpo. ¿Dónde lo habían enterrado? ¿Quién era el responsable de su muerte? No se sabía. Mi padre empezó a gritar por los pasillos, tiró del pedestal a la mujer embarazada de escayola, con el vientre seccionado y el bebé colocado cabeza abajo en el útero; agarró al médico del cuello y a punto estuvo de estrangularlo. Apareció primero un guarda y luego la policía. Mi madre gritaba enloquecida junto a la cabecera de la camita vacía, preparada ya para recibir a otro niño. Ahora temía perderme también a mí. Todos la habían tratado con paciencia, una enfermera incluso lloraba, pero no respondían nada ante los gritos de mis padres. A mi padre lo denunciaron por el molde roto y se vio obligado a pagarlo, en plazos mensuales, durante casi un año. Mis padres interpusieron numerosas solicitudes y reclamaciones que llegaron hasta el Comité Central, pero ¿quiénes eran ellos? No les respondieron jamás, no fueron recibidos en ninguna audiencia. En los talleres ITB, donde trabajaba mi padre, se presentó al cabo de unos días un hombre de aspecto antipático. Se identificó discretamente y le aconsejó que se calmara. De todas formas, no podría hacer que su hijo resucitara. Los médicos también pueden equivocarse, son personas como las demás, así que ¿qué iba a conseguir metiéndolos a todos en la cárcel? ¿De dónde sacarían a otros médicos? Mi padre no regresó a casa reconfortado, sino asustado. En aquella época dormíamos todos en una cama, en la habitacioncita de Silistra, Victor y yo entre mis padres. A partir de entonces solo me tendrían a mí, de vuelta a casa una semana después, recuperado pero esquelético y con el trasero lleno de marcas de pinchazos. En el patio, todos los vecinos —a cada cual más chiflado— estaban afligidos. Como mi hermano había desaparecido, yo me convertí en el señor absoluto del lugar, ya que era el único niño en aquella casa de alquiler abarrotada de gente. Las ladronas y las prostitutas se derretían por mí, no volvían nunca a casa sin caramelos para «la niña». Y yo, con el cabello largo y bucles de un rubio oscuro por aquel entonces, pasaba de brazo en brazo ataviado con, según las fantasías de mi madre, vestiditos. Obreros que apestaban a petróleo, peludos como gorilas, me montaban en su motocicleta o en su bicicleta y me paseaban por el barrio como si fuera un precioso trofeo. Transcurría el tiempo y Victoraş, tan presente en otra época, más presente incluso porque éramos dos niños iguales, espectaculares como uno solo no habría podido ser, se fue difuminando en el recuerdo de todos, como se difuminaba también la doble naturaleza de los gemelos de nuestra familia. Me había quedado solo, amado como no me volverían a amar jamás. Mi madre me tenía en palmitas, mimado y protegido, sin perderme de vista, atormentado por demasiado amor y demasiado miedo. Desde aquel otoño me vi obligado a llevar dos e incluso tres gorritos, calados unos sobre otros. Me asfixiaba en invierno sepultado bajo las prendas más gruesas. Al más mínimo estornudo, me atiborraban de tanta penicilina y estreptomicina que apestaba a moho a veinte kilómetros de distancia. Fueron años en los que destruyeron, por amor, mi salud y, también por amor me torturaron de forma terrible, como lo harían durante las décadas sucesivas.
Penicilina y estreptomicina. Oí esas palabras cientos de veces durante mi infancia. En cuanto tosía una vez, se presentaba el médico. Aunque vistiera de blanco, él fue el hombre negro de mi infancia hasta que lo sustituyó el dentista. ¿Quién más ha descrito la infancia como una cámara de tortura? Pues así era precisamente para cualquier niño de los años 50 y 60. Al menos la poliomielitis, con todo su espanto, había pasado ya unos años antes, dejando numerosas víctimas entre nosotros: niños como los demás, llenos de vida, que correteaban por la parte trasera del bloque con una de las piernas atenazada por un aparato de metal. También los veíamos en la escuela a la hora de gimnasia: una pierna normal y la otra delgada como un bastón, la caja torácica prominente como la de los pájaros, el movimiento roto de la cadera… Unos pobres niños inválidos, más abrumados aún por la tristeza si tenemos en cuenta que sus ojos eran tan limpios como los nuestros, y su inteligencia, igualmente brillante. Tal vez los idiotas del barrio, aquellos dos o tres niños de rostros deformados y bobalicones, a los que paseaban arriba y abajo todo el día bajo los castaños de la Alameda del Circo sus madres, vestidas siempre de negro, como si guardaran un luto eterno por la hija o el hijo sanos que no tenían, fueran más felices con sus mentes incapaces de comprender su tragedia. Su aspecto —motivo siempre de diversión para algunos de mis compañeros⁠—provocaba en mí un disgusto y un sufrimiento terribles, como la visión de los enanos con los que me encontraba casi todos los días en la Alameda del Circo. ¡Cuánto deberían de haber sufrido aquellos hombrecillos con cabeza de hombre adulto sobre unos cuerpos torcidos de niños raquíticos! ¡Cuánto odio, cuánta furia impotente y cuánta desesperación tenían que haber sentido! ¿Por qué precisamente ellos? ¿Por qué tenían que vivir en el infierno, carentes de esperanza, como eternos condenados en la única vida que se les había concedido sobre la tierra? Así debes de sentirte cuando te golpea de repente una enfermedad aniquiladora.
Hace unos años tuve, entre mis alumnos, a una niña como todas las demás, una niña agotada que cuidaba en su casa de dos o tres hermanitos más pequeños y que, sin embargo, no dejaba de estudiar. Tenía un rostro limpio, enmarcado por un cabello pelirrojo, liso, brillante como un espejo. Una niña guapa que en octavo empezó a adquirir los colores, las formas, la languidez de la adolescencia. En un recreo, los chicos de su clase arrancaron el picaporte de la puerta para utilizarlo como pistola de juguete. Las chicas inventaron de inmediato otro juego: miraban por turnos, a través del agujero en la cerradura, a sus compañeros, que imitaban algo al otro lado de la puerta. Nadie pudo entender cómo sucedió, qué sinrazón se coló, solo por un instante, en nuestro mundo, cuando le tocó a la chica pelirroja mirar por el agujero. A ambos lados de la puerta los críos gritaban, se empujaban, reían, los chicos intentaban levantarles la falda a las chicas o se daban golpes en «la caja de cambios». Y en medio de este mandala de brazos y caras y botones y cuellos, y zapatos, y trenzas, alguien volvió de repente a meter el picaporte en su sitio, empujando con toda su alma, y el ojo de la niña se reventó y la sangré chorreó por la puerta y por el suelo y los niños pasaron de estar enrojecidos a estar lívidos. La niña quedó desfigurada de por vida. Dos meses después volvió a la escuela con una gasa tapándole el ojo derecho. Me costaba muchísimo dar clase con ella allí, con aquella gasa sujeta con tiritas rosas en su rostro.
Cuando tenía que entrar en su aula, se me caía el mundo encima. Sería una tuerta para toda la vida. Una tuerta con un horrible ojo fijo, como el de los animales disecados. Una trabajadora tuerta, que se inclinaría sobre la máquina de pegar suelas en la fábrica de zapatos y luego regresaría a casa en tranvía. Una mujer que podría haber sido guapa si no le faltara un ojo, que habría tenido marido e hijos. Luego llegó el verano y la chica se fue de vacaciones, con su gasa y con su destino.
Pero no es necesario un aparato niquelado que atenace tu pierna, delgada como un pirulí, ni tampoco una gasa sanguinolenta, para sentir la fealdad de la vida. El médico que, ante el mínimo síntoma de resfriado o de inflamación de las amígdalas, se presentaba en nuestra modesta casa obrera venía siempre acompañado de una enfermera. Y la enfermera llevaba bajo el brazo una caja metálica en la que veía reflejada a menudo mi carita flacucha y morena. «Pareces san Sisoes, eres todo ojos», me decía mi madre. «Tienen un niño raquítico», añadía la enfermera. «Sol, aire, buenos alimentos… Eso es lo que necesita. Sáquenlo a la calle, que se deje de tanto libro, que no será filósofo». Pero a mí me daba exactamente igual lo que dijeran, porque mientras ellas parloteaban yo estaba pendiente del terrorífico ritual: aquella enfermera alegre y canosa, con los dientes manchados de carmín, sacaba rápidamente la jeringuilla de la caja, montaba la aguja y luego —esto es lo que más me asustaba— sacaba dos botellitas de un líquido blanquecino, turbio, con unos tapones de goma sujetos por una delgada armadura de metal. No era yo la primera víctima de aquella aguja larga y gruesa, con un corte diagonal en la punta, pues en primer lugar pinchaba el tapón de los frasquitos. La aguja absorbía entonces aquella agua babosa mientras el frasquito quedaba suspendido en el aire, clavado en la aguja, hasta que la dosis completa pasaba al cilindro de la jeringa. Luego la enfermera sacaba la aguja y apretaba el pistón hasta que una gota minúscula, que olía a moho, brotaba por la punta. El aire se llenaba de moho; un moho verde y suave como las alas de las polillas se extendía por todas las paredes como si fuera humedad. Una capa de moho punzante cubría la ventana con una especie de flores de escarcha. El moho se extendía por los ojos de mi madre y de la enfermera, por el diafragma de piel —como de vejiga de pescado— del estetoscopio que el médico llevaba al cuello. Yo tenía moho en el paladar y en los pulmones —lo notaba perfectamente—, pero sobre todo en el cerebro, paralizado por el espanto. La araña, la cobra real, el escorpión de cuerpo transparente se acercaban a mí con un aguijón que destilaba veneno, no tenía escapatoria posible y, lo que era peor aún, mi propia madre, mi eterno santuario, me bajaba los pantalones junto con los calzoncillos —agujereados y amarillentos de tanto hervirlos—, se convertía en cómplice de mis verdugos sonrientes y maquillados, que me hundían sus dedos en la nalga contraída y me decían cortantes: «¡No te pongas duro, que no te voy a matar!», y luego —preludio siniestro—, me pasaban por la piel un algodón empapado en alcohol, terriblemente frío. Tiraban después del algodón húmedo y azul en un rincón: lo veía allí, arrugado, con las huellas más claras de los dedos de la enfermera, sentía tres o cuatro golpecitos en el músculo martirizado por el terror más de lo que lo estaría por el dolor, y luego el pinchazo de la aguja, el desgarro de la piel y de la carne, la irrupción, en las fibras musculares enervadas, de unos hilillos blancos por los que me escurría yo mismo —mi espíritu sensible al frío y al calor, a la presión y al rasguño, a la quemazón y a la rotura, al picor y al dolor—, y la liberación de aquel jugo de moho que formaba una bolsa infiltrada por mechones arborescentes de sangre. Lanzaba un grito y mi madre me sujetaba por los hombros. Su traición era lo que más me dolía. Todos a mi alrededor sonreían, resultaba de lo más extraño caer en manos de unos verdugos sonrientes. A continuación se marchaban y me dejaban los frasquitos de penicilina y estreptomicina «para que jugara con ellos». Y yo me levantaba de la cama humillado, me subía los pantalones y empezaba a cojear por la habitación. La primera dosis se convirtió en el primer punto rojo, hinchado, en la nalga. A aquella le seguirían otras veintitrés, cada seis horas, día y noche, unas veces en la nalga derecha, otras en la izquierda. En plena noche, cuando me despertaban para la inyección, todo era mil veces más terrorífico. Estaba medio dormido, la luz encendida bruscamente me cegaba, gente mala con agujas y cilindros arrojaba sombras largas en las paredes. Yo empezaba a gritar como en una pesadilla, me zafaba, me protegía desesperado, pero me agarraban de los hombros y me sometían, como un cerdo cuando le llega la hora, boca abajo sobre la sábana, me sujetaban con fuerza (mi padre, mi madre, el médico, quien estuviera por allí), y el insecto venenoso se acercaba de nuevo, implacable, a su víctima paralizada. Volvía a sentir el pinchazo vitriólico, mis tejidos se disolvían de nuevo en aquella saliva que apestaba a muerte y a ruina, me imaginaba que a través de la aguja me inyectaban un animal delgado y feroz que me desgarraba por dentro. Luego me subían los pantalones del pijama con estampados de flores y mariposas, y los seres vivos de la habitación se retiraban, y la luz se apagaba, y en todo el universo oscuro solo mi dolor brillaba, como una estrella pulsátil, verde-amarillenta, con una corola deshilachada. Gimiendo como un animal solitario, me sumergía en el sueño, antes de que me despertaran, en unos amaneceres helados, para ponerme otra dosis.
Les había cogido tanto miedo a los médicos que mi primera fotografía, con un año y medio, me presenta enfadado y lloroso. Recuerdo bien cuándo me la hicieron. Me sacaron al patio donde, encerrados en un corral, los pavos ahuecaban las plumas y el moco del pico se volvía más rojo, y me sentaron ante una mata de lilas. Yo no sabía qué iba a suceder. El fotógrafo apareció de repente, con su aparato niquelado al cuello, sonriéndome como todos aquellos doctores malvados con sus estetoscopios. A duras penas consiguieron que me quedara quieto y, aun así, las lágrimas bañaban mi rostro; la infelicidad de mi carita sepia está todavía ahí, décadas después, como un estigma y como una profecía.
Para algunos, la primera infancia es un desarrollo mágico de colores y de rostros amados; para mí, en cambio, supuso un espectáculo violento de sombras y fogonazos de luz. No recuerdo a Victor pero sé que, unos seis meses después del parto, mi madre nos envió a ambos a la guardería porque ella tenía que volver a la fábrica. La producción era más importante que los niños y mi madre era una obrera ejemplar en Donca Simo, tenía a su cargo ocho telares que no paraban jamás. Los recuerdo, recuerdo —aunque me hayan repetido mil veces que no es posible— los amaneceres sangrientos en los que mi madre, con el primer rayo de luz, en medio de un frío terrible, me llevaba en brazos a la guardería. El desfile alucinante de edificios, el sol de púrpura elevándose majestuoso ante nosotros, nuestras sombras rojas alargándose a nuestro paso. El edificio pavoroso de la guardería, sus pasillos, el pólipo de los rostros de los niños en los dormitorios. Si hurgo en mi memoria para tratar de encontrar el primero, el primero y más antiguo de mis recuerdos, descubro este: me llevan en brazos, pero no sé quién, levito en un aire amarillo, luego hay un baño de puertas batientes, una de ellas se abre y me colocan (pero no la siento, de hecho floto sobre ella) sobre una gigantesca tapa de váter. ¿Qué era eso? ¿Qué estaba haciendo allí? Mi madre me decía que habíamos estado a punto de morir en esa guardería proletaria: «Aquellas mujeres os dejaban olvidados en los orinales, se les pasaba daros de comer, les importabais un bledo. Cuando llegaban las madres a recoger a los críos, se los encontraban llorando, llenos de cacas, ¡madre mía!». No había forma de que nosotros, los niños, nos adaptáramos a aquello: aullábamos desde la mañana hasta las cinco de la tarde, sin parar, hasta ponernos morados. Como no comíamos nada, estábamos transparentes por la inanición y el abandono. Al final mi madre nos sacó de allí, se enfrentó a sus jefes de la fábrica y presentó la dimisión. No volvió a trabajar nunca más. Se quedó en casa con nosotros hasta que sucedió la desgracia; luego solo conmigo, la mitad de un niño, como sigo siendo la mitad de un hombre a día de hoy.
Conservo otro recuerdo extremadamente antiguo, vinculado también a la zona inferior, la de las excreciones y la vergüenza y que, sin embargo, no guarda relación con el primero. Soy muy pequeño, apenas me sostengo en pie. Me encuentro, por tanto, como en muchos de mis recuerdos y mis sueños, en una habitación de techos muy altos, bañada por una luz sucia. La pared que tengo enfrente me resulta indescriptible. Es la imagen más concreta de este mundo ilusorio que he tenido nunca en el cráneo. Una pared verde-amarillenta, desconchada, enmohecida, húmeda, irregular… En unas partes tiene la consistencia del barro, en otras es viscosa, en otras, lisa como un espejo. Regueros de agua corren por ella, se ramifican, se reabsorben en su costra y en su pus. A lo largo de esta pared larga y alta, en un suelo lleno de charcos, descubro una zanja. En la zanja hay orina antigua, tan rancia que ha erosionado el encofrado, y en la orina flotan unas formas inidentificables, pútridas, que exhalan una peste venenosa. ¿Estoy castigado? ¿Estoy encerrado en ese urinario? ¿Dónde me encuentro? ¿Quién me ha llevado hasta allí? Veo mi sombra aplastada en la pared y el suelo, pero no me siento a mí mismo. Solo soy parte de esa pared, de esa zanja inmunda.
Nuestra vida continuó allí, en la casa realquilada de Silistra, con sus rateros, chatarreros, colchoneros, con sus putas y sus ladronas. Se sucedieron unas cuantas estaciones, que yo percibía como oscurecimientos y resplandores alternativos sobre mi piel al paso de las nubes. Los geranios de las ventanas, con sus tallos peludos, abrían los capullos a medida que las flores se mustiaban, se volvían marrones, empalidecían y caían sobre el alféizar. En nuestra única y estrecha habitación, con una sola cama, un infiernillo para guisar y el suelo de cemento, mi madre me leía. Salía de vez en cuando al patio y después, más o menos a los dos años, empecé a salir también a la calle llena de barro y de charcos en los que se reflejaba el cielo. Ahora me parece que los años en Silistra fueron una primavera continua, cruel, surcada por vientos helados e iluminada por un sol como del inicio del mundo. A la calle salían también otros niños, de otros patios, pero a aquella edad no sabíamos todavía jugar juntos. Yo me limitaba a observarlos, no como a seres humanos, sino como si contemplara ovejas, gatos, perros vagabundos. No nos reconocíamos como seres de la misma especie. Vivíamos mucho más en nuestros pequeños cerebros que entre los albaricoques en flor y las casas de ladrillo del exterior. Me acercaba a los niños de mi edad, miraba sus orejas, sus dedos, la saliva que les caía de la boca. Luego miraba los tulipanes gigantescos, transparentes, de unos colores que no he vuelto a ver jamás, y el cielo en los charcos. Junto a nuestra casa, variopinta como un pólipo, se alzaba la pared trasera, ciega, de una casa vecina sobre cuya superficie plana alternaban, como sobre un plano desgastado, unas zonas revocadas y otras con el revoque caído cuyos antiguos ladrillos brillaban al sol. Tal vez de esa pared que bloqueaba el horizonte de mi infancia, como si separara una etapa de otra, procede la fascinación que siempre han provocado en mí las paredes ciegas, las extensas superficies de ladrillos sin ventanas, invadidas por líquenes, sobre las que se asolean inmóviles unas polillas del tamaño de la mano. Abandonada quién sabe cuándo, trepaba por la pared una escala metálica pintada —Dios sabrá por qué capricho— de rosa (las barras cruzadas de metal que subían casi hasta el tejado) y azul claro (el motor de la base y la plataforma que se ponía en movimiento como si fuera un ascensor sin paredes). Aquella maquinaria invadida por las malas hierbas era el lugar de juegos favorito de los críos de mi calle. Con nuestros bombachos y nuestras camisetas sucias, nos plantábamos allí desde la mañana. Nos gustaba mucho aquella pared, volvíamos tanto las cabecitas para poder ver el borde clavado en el cielo, que nos crujían las vértebras del cuello. Nos gustaba tocar el muro para sentir cómo lo calentaba el sol. Nos asustábamos —pero también nos gustaba— cuando, tras rozar los huecos llenos de telarañas aparecían unas arañas insólitamente grandes y fuertes. Algunas recorrían deprisa nuestras manitas, pero no nos picaban, al igual que los perros callejeros, que atacaban a menudo a la gente pero a nosotros no nos hacían nada.
Nos reuníamos cinco o seis críos en la plataforma, entre las barras rosas (veo todavía el rosa grasiento, mezclado con mucho blanco, con cacas de gorriones y de palomas secas entre los huecos de los travesaños polvorientos), y el mayor del grupo, Mia Gulia, que tendría unos cuatro años, apretaba el botón roto, de plástico. El motor empezaba entonces a zumbar y a vibrar, y nosotros nos elevábamos lentamente por la pared ciega mientras la calle y las casas se hundían a nuestros pies. Divisábamos desde allí los globos multicolores de los postes del jardín contiguo y la maqueta de barco del primer piso de nuestra casa, y la tienda de ultramarinos con su balcón y, a lo lejos, una mezcla de árboles y tejados que para nosotros era como si se extendiera hasta el infinito, pues lo ocupaba todo y ninguno conocíamos el tamaño del mundo. O, más bien, para cada uno de nosotros el mundo era su casa, la casa vecina, la porción de la calle de enfrente, la tienda de ultramarinos a la que íbamos en brazos de nuestras madres. El resto era tan solo oscuridad y miedo.
Cuando llegábamos arriba, nos arrejuntábamos, nos aferrábamos unos a la ropa de los otros hasta casi arrancárnosla. En lo más alto había unas grapas torcidas y oxidadas que sujetaban el muro abombado para que no se desplomara. Entre ellas, entre los arbolitos que habían crecido allí a partir de semillas traídas por el viento, se habían retirado unos cuantos ladrillos para ventilar, probablemente, la habitación que quedaba al otro lado del muro. A veces conseguíamos mirar unos instantes a través del grueso rayo de luz que penetraba en diagonal a través de la abertura. Al otro lado del muro había una habitación grande y extraña en la que todo estaba inmóvil. Sin embargo, se nos antojaba que allí había alguien, alguien sin rostro, alguien de hecho fuera del alcance de la vista, fuera del mundo de sombras y de luces. Nuestro miedo se volvía entonces incontrolable. Gritábamos aterrados cuando descendíamos, por fin, en aquel ascensor sin cabina del que cualquier ráfaga de viento podría habernos hecho caer, pero no por miedo a la altura y al peligro, sino por el hecho de haber contemplado el inmenso y congelado vacío del interior de la casa de la pared ciega. Saltábamos de la plataforma antes de que tocara, de golpe, el suelo, y echábamos a correr y nos escondíamos entre las piernas de nuestras madres, a las que nos agarrábamos desesperados. Las adelfas que llenaban el patio olían más fuerte que los guisos y los asados y las sopas que hervían en veinte habitaciones al mismo tiempo y que los perfumes de las putas y que las camisetas empapadas en sudor de los obreros.
Ahora ya sé por qué nos aterrorizaba tanto aquella abertura como de búnker que se encontraba en la cima de la pared ciega de la casa vecina. Porque era el ojo de la casa, porque nosotros no mirábamos, curiosos, por la hendidura estrecha entre los ladrillos cenicientos y viejos, sino que era aquella casa vieja y decrépita la que nos miraba a nosotros. La casa vecina, que habitualmente tan solo contemplaba el cielo, sorbía cada día nuestras caritas sucias, legañosas, llenas de mocos, nuestros ojos castaños, nuestros dientecillos torcidos en unas bocas asombradas abiertas de par en par. Con un único ojo en su frente de edificio inacabado, la casa nos robaba el alma para fabricarse una con ella, intentaba atraernos hasta allí, a la habitación silenciosa y helada, para que contempláramos infinitamente el cielo a través de su única abertura.
Solo uno de los días en que subimos al cielo siguiendo la pared vimos a alguien en el interior. A través de la estrecha ranura del muro nos miraba una mujer, una especie de reina de las nieves. Las nubes de verano se reflejaban en sus grandes ojos abiertos de par en par en cuyas pestañas brillaban —¿en pleno julio?— copitos de nieve. También su cabello estaba nevado y desprendía vaho. Siento todavía el apretón de su mano cuando, sin mirar a los otros niños, estiró el brazo desde su mundo como si lo sacara del espejo y me cogió la manita con su mano de uñas pintadas. Siento todavía ahora aquel clic, como dos imanes que se pegan bruscamente, pero no sé si fue el de nuestros ojos o el de nuestras manos unidas durante un instante interminable.
Crecía, habíamos crecido todos como si, tras arrojar a Victoraş de la barquilla, nuestro globo se hubiera elevado deprisa, llevando consigo la casa realquilada de Silistra, las adelfas, la calle, la tienda de ultramarinos. Poco después, la habitacioncita en la que mi madre y mi padre, solos y milagrosamente jóvenes, se habían amado y hablado en dos dialectos, en la que fuimos luego cuatro —todos en la misma cama— y finalmente solo tres, no quiso albergarnos más y nos expulsó de su vientre. Victor se convirtió en una tumba vacía en Ghencea, adonde durante muchos años llevé flores el día de mi cumpleaños. Yo me había convertido en el niño-niña con trencitas hasta los hombros. Mi padre se había convertido en un estudiante de Periodismo y nuestra vida tomó otros derroteros. Solo mi madre siguió siendo la misma ama de casa que cuidaba de todos nosotros. Solo en su mente no he conseguido entrar nunca, como si todas las puertas y las ventanas estuvieran tapiadas. ¿Por qué tardó tanto en contarme que tuve un hermano gemelo? ¿Por qué «no recordaba» (¿cómo es posible algo así?) el día en que murió? ¿Por qué unas veces Victor moría a los cuatro meses, otras veces a los seis meses, a los ocho y, algunas veces, con un año? ¿Por qué unas veces era mi gemelo y otras, para mi desesperación, había nacido un año después de mí? ¿Cómo era posible que ese enigma siguiera vigente en nuestra familia? ¿Por qué no le preguntaba directamente a Dios qué había pasado? ¿Por qué no cogía sus manos ennegrecidas, sobre la mesa, y obligaba a mi madre a decirme la verdad? ¿Por qué no le pedía que me diera de mamar bajo los cimientos de la casa para aplastar con la casa su pecho caído —con una areola increíblemente grande— hasta que me dijera toda la verdad? Eso es lo que sucedía en los cuentos que mi madre me contaba, así descubrían los héroes que habían tenido una hermana o un hermano. No lo hice nunca porque en mi familia, envuelta en una especie de frialdad, las cosas no se resolvían así. Solo éramos seres que se reunían en torno a la mesa o en la cama. Mi madre y mi padre solo hablaban de dinero. Mi padre y yo solo hablábamos de fútbol. Mi madre y yo no hemos hablado nunca de verdad. Tuve que dar vueltas en torno a ella, como si fuera una estatua en un jardín, para intentar comprenderla. Si de repente hubiera empezado a hablar, me habría dejado tan estupefacto como si una mujer de mármol hubiera movido los labios al pasar a su lado en un museo. Nos daba miedo hablar, ni siquiera nos imaginábamos que fuera posible. Creo que incluso aunque nuestra vida hubiera corrido peligro de muerte, no habríamos conseguido hablar de verdad. Con el paso de los años, una costra de porcelana aislante cubrió cada trocito de nuestra piel cálida, y en casa solo se oía el tintineo de la cerámica al chocar cada vez que nos encontrábamos en la misma habitación.
Por tanto, tuve que inventarme los detalles, imaginar escenas, poblar con personajes y sentimientos el vacío en el que transcurría nuestra vida, tuve que parir a mi madre yo mismo, a mi imagen y semejanza, para dejar de ser un huérfano en este mundo. Hoy ya no distingo mis alucinaciones de la realidad, las palabras puestas por mí en su boca del tintineo de la porcelana, los hechos traslúcidos de los opacos. Solo sé que la primera anomalía de mi vida es Victor, y que la incertidumbre y la desconfianza que acompañan siempre las señales celestiales nacieron del mismo vientre que yo.

Solenoide, 2015.

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