jueves, 9 de noviembre de 2017

Rosario. Eduardo Galeano.

Villarejo de Salvanés, verano de 1936: Rosario Sánchez Mora marcha al frente.
Ella está en clase de Corte y Confección cuando unos milicianos vienen a buscar voluntarias. Arroja al suelo las costurerías y de un salto trepa al camión, con sus diecisiete años recién cumplidos, su falda de volados recién estrenada y un mosquetón de siete kilos que carga, como un bebé, entre los brazos.
En el frente, se hace dinamitera. Y en alguna batalla, cuando enciende la mecha de una bomba casera, un envase de leche condensada relleno de clavos, la bomba estalla antes de ser arrojada. Ella pierde la mano pero no la vida, gracias a que un compañero le ata un torniquete con las cintas de sus alpargatas.
Después, Rosario quiere seguir en las trincheras, pero no la dejan. Las milicias republicanas necesitan convertirse en ejército, y en el ejército las mujeres no tienen lugar. Tras mucho discutir consigue que al menos la dejen repartir cartas, con grado de sargenta, en las trincheras.
Al fin de la guerra, sus vecinos del pueblo le hacen el favor de denunciarla a las autoridades, que la condenan a muerte. Antes de cada amanecer, espera el fusilamiento. Pasa el tiempo.
No la fusilan.
Años después, cuando sale de la cárcel, vende cigarrillos de contrabando en Madrid, en los alrededores de la diosa Cibeles.

Espejos. Una historia casi universal. Eduardo Galeano, 2008.
 

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