En
Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en
las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una
botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas
horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que
insistía tartajosamente en su desazón espectral.
Hablamos
largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué
bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al
menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y
whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que
acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
Recuerdo
muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una
y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la
chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria
sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le
conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta
con la mirada.
—Ojalá
todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de
gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida
ultraterrenal.
Cuando
iba a responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí
más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o
tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia
desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde
el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían
visto lo invisible.
lunes, 6 de abril de 2026
El fantasma escoces. Carlo Pujol.
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