lunes, 6 de abril de 2026

El fantasma escoces. Carlo Pujol.

En Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que insistía tartajosamente en su desazón espectral.
Hablamos largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
Recuerdo muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta con la mirada.
Ojalá todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida ultraterrenal.
Cuando iba a responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían visto lo invisible.


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