domingo, 5 de abril de 2026

Unos milicianos de uniforme hambriento. José Luis Coll.

Unos milicianos de uniforme hambriento, barba de tres días, mirada inculta, uñas grises, suelas de esparto y correaje de caballería, llegaron a casa, a las órdenes de un engafado burgués con disfraz de revolución. Entraron sin ser invitados, empujando la puerta con el pie, tras llamar con la culata. Nos miraban con un silencio insultante, a la vez que abrían puertas a su antojo, como quien busca a un fantasma. A mi tía Aurora la sorprendieron con el crepé en la mano, cuando se disponía a realzar su tupé. Mi bisabuela canturreaba junto a la estufa aquello de: “Soy un hombre que está desesperado. Soy un hombre que traga mucha hiel…” Mi abuelo, como siempre, paseaba. Mi abuela cosía. Mi hermano no estaba, así como tampoco el resto de la familia. Yo los miraba con expectante curiosidad, barruntando que algo olía a chamusquina.
-¿Dónde está? -preguntó el capataz.
-Dónde está … ¿el qué? -dijo mi abuelo.
-Cállese y conteste.
-Pero…
-¡Que se calle le digo! ¡Vamos, conteste!
A pesar de mis pocos años, no hacía falta ser un lince para comprender la incongruencia de aquel ser con cerebro romo, que entorpecía su propio interrogatorio, no dejando salida a la puerta que él mismo abría.
Intervino mi abuela:
-¿Se puede saber qué es lo que quieren?
-Tenemos orden de regristro.
-Enséñemela.
-No la hemos traído, ni falta que nos hace. Representamos al pueblo.
-¿De qué pueblo son ustedes? -pregunté lleno de curiosidad.
-Oye, niño, no me seas tonto chorra, porque te pego una patá en los cojones que sales por la ventana.
Intenté aclararle algo, pero mi abuela me contuvo con un gesto. La verdad es que sólo quería manifestarle la imposibilidad de su propósito, ya que no había ventanas, sino balcones.
Después, de manera sistemática y ritual, lo pusieorn todo patas arriba sin la menor delicadeza. Deshicieron las camas, volcaron los cajones, vaciaron los armarios del gabinete, arrancaron el perchero, descerrajaron la alacena y la despensa, se subieron al fogón para mirar por la chimenea, rompieron el botijo, la jofaina, los cajones de la cómoda, abrieron los baúles, y hasta desparramaron la caja de los hilos que había en la mesa camilla.
-¿Qué es esto? -preguntó uno de los soldados de zarzuela.
Aquello no era otra cosa que nuestro cine Pate-Babi, una especie de doble compartimento metálico, con una bombilla y un rústico proyector, que se enchufaba a la red y nos permitía disfrutar con las aventuras de Mickey, Mini y la Bety Bo.
-Así que con esto es con lo que se comunican ustedes con el enemigo, ¿no? ¡Fascistas de mierda!
Mi abuelo, en mala hora, no pudo reprimir una sonora carcajada ante tamaño disparate. Pero la carcajada no llegó a ser tan extensa como él hubiera deseado. Aquel perspicaz de chaquetón de cuero, polainas de cuero, cerebro de cuero y pistolón al cinto, le propinó una bofetada de tal tamaño, que la mejilla izquierda le crecía poco a poco ante nuestras impotentes e incrédulas miradas.
-¡Cobardes! ¿No les da vergüenza pegar a un anciano? ¿Es que no ven que esto es un juguete de los niños?
-Conque juguete, ¿eh? De momento, lo incautamos. Y como sea lo que me estoy recelando, se van ustedes a enterar de lo que cuesta un peine.
Yo sabía lo que costaba un peine, pero preferí callarme.
Se marcharon dando un portazo, que hizo caer sobre el suelo del pasillo un viejo cuadro pintado por mi bisabuelo, que representaba las almenas de un castillo, en noche de luna, por las que sobrevolaban cinco brujas montadas en sendas escobas.
Hasta ese instante, el cuadro es lo único que estaba en el lugar que le correspondía.
Mi abuelo, todavía tumbado, se apretaba la mejilla con la mano izquierda. Le brilalban los ojos. De joven había matado un burro de un puñetazo. Ahora, otro burro casi lo mata a él. Mi abuela se inclinó y le dio un beso en la frente. Mi tía acabó de ponerse el crepé, llorando.
Yo me limité a pensar: “Si lo que querían era llevarse mi cine, que me lo hubieran pedido. Pero sin pegarle a mi abuelo. El hecho de que él, de cuando en cuando, me dé un coscorrón o un papirotazo, no tiene importancia. Yo sé que me quiere, aunque lo demuestre con ahorro. Pero pegarle a mi abuelo… ¡Me cago en la leche puta!”

El hermano bastardo de Dios. 1984.

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