Unos milicianos de uniforme
hambriento, barba de tres días, mirada inculta, uñas grises, suelas
de esparto y correaje de caballería, llegaron a casa, a las órdenes
de un engafado burgués con disfraz de revolución. Entraron sin ser
invitados, empujando la puerta con el pie, tras llamar con la culata.
Nos miraban con un silencio insultante, a la vez que abrían puertas
a su antojo, como quien busca a un fantasma. A mi tía Aurora la
sorprendieron con el crepé en la mano, cuando se disponía a realzar
su tupé. Mi bisabuela canturreaba junto a la estufa aquello de: “Soy
un hombre que está desesperado. Soy un hombre que traga mucha hiel…”
Mi abuelo, como siempre, paseaba. Mi abuela cosía. Mi hermano no
estaba, así como tampoco el resto de la familia. Yo los miraba con
expectante curiosidad, barruntando que algo olía a chamusquina.
-¿Dónde
está? -preguntó el capataz.
-Dónde
está … ¿el qué? -dijo mi abuelo.
-Cállese
y conteste.
-Pero…
-¡Que
se calle le digo! ¡Vamos, conteste!
A
pesar de mis pocos años, no hacía falta ser un lince para
comprender la incongruencia de aquel ser con cerebro romo, que
entorpecía su propio interrogatorio, no dejando salida a la puerta
que él mismo abría.
Intervino
mi abuela:
-¿Se
puede saber qué es lo que quieren?
-Tenemos
orden de regristro.
-Enséñemela.
-No
la hemos traído, ni falta que nos hace. Representamos al pueblo.
-¿De
qué pueblo son ustedes? -pregunté lleno de curiosidad.
-Oye,
niño, no me seas tonto chorra, porque te pego una patá en los
cojones que sales por la ventana.
Intenté
aclararle algo, pero mi abuela me contuvo con un gesto. La verdad es
que sólo quería manifestarle la imposibilidad de su propósito, ya
que no había ventanas, sino balcones.
Después,
de manera sistemática y ritual, lo pusieorn todo patas arriba sin la
menor delicadeza. Deshicieron las camas, volcaron los cajones,
vaciaron los armarios del gabinete, arrancaron el perchero,
descerrajaron la alacena y la despensa, se subieron al fogón para
mirar por la chimenea, rompieron el botijo, la jofaina, los cajones
de la cómoda, abrieron los baúles, y hasta desparramaron la caja de
los hilos que había en la mesa camilla.
-¿Qué
es esto? -preguntó uno de los soldados de zarzuela.
Aquello
no era otra cosa que nuestro cine Pate-Babi, una especie de doble
compartimento metálico, con una bombilla y un rústico proyector,
que se enchufaba a la red y nos permitía disfrutar con las aventuras
de Mickey, Mini y la Bety Bo.
-Así
que con esto es con lo que se comunican ustedes con el enemigo, ¿no?
¡Fascistas de mierda!
Mi
abuelo, en mala hora, no pudo reprimir una sonora carcajada ante
tamaño disparate. Pero la carcajada no llegó a ser tan extensa como
él hubiera deseado. Aquel perspicaz de chaquetón de cuero, polainas
de cuero, cerebro de cuero y pistolón al cinto, le propinó una
bofetada de tal tamaño, que la mejilla izquierda le crecía poco a
poco ante nuestras impotentes e incrédulas miradas.
-¡Cobardes!
¿No les da vergüenza pegar a un anciano? ¿Es que no ven que esto
es un juguete de los niños?
-Conque
juguete, ¿eh? De momento, lo incautamos. Y como sea lo que me estoy
recelando, se van ustedes a enterar de lo que cuesta un peine.
Yo
sabía lo que costaba un peine, pero preferí callarme.
Se
marcharon dando un portazo, que hizo caer sobre el suelo del pasillo
un viejo cuadro pintado por mi bisabuelo, que representaba las
almenas de un castillo, en noche de luna, por las que sobrevolaban
cinco brujas montadas en sendas escobas.
Hasta
ese instante, el cuadro es lo único que estaba en el lugar que le
correspondía.
Mi
abuelo, todavía tumbado, se apretaba la mejilla con la mano
izquierda. Le brilalban los ojos. De joven había matado un burro de
un puñetazo. Ahora, otro burro casi lo mata a él. Mi abuela se
inclinó y le dio un beso en la frente. Mi tía acabó de ponerse el
crepé, llorando.
Yo
me limité a pensar: “Si lo que querían era llevarse mi cine, que
me lo hubieran pedido. Pero sin pegarle a mi abuelo. El hecho de que
él, de cuando en cuando, me dé un coscorrón o un papirotazo, no
tiene importancia. Yo sé que me quiere, aunque lo demuestre con
ahorro. Pero pegarle a mi abuelo… ¡Me cago en la leche puta!”
El hermano bastardo de Dios. 1984.

No hay comentarios:
Publicar un comentario