Querida
Conchi:
La
Universidad de Nuevo México no es para nada como la imaginábamos.
La escuela secundaria en Chile era más difícil que la facultad
aquí. Vivo en una residencia, cientos de chicas, todas extrovertidas
y desenvueltas. Aún me siento rara, incómoda.
Me
encanta el lugar en sí. El campus tiene muchos edificios antiguos de
adobe. El desierto es precioso, y aquí hay montañas. No como los
Andes, por supuesto, pero grandes a otra escala. Escarpadas y
rocosas. Qué tonta... así es como se llaman, las Montañas Rocosas.
Aire claro y limpio, frío de noche con millones de estrellas.
Mi
ropa desentona completamente. Una chica incluso me dijo que aquí
nadie «se arregla» tanto. Supongo que habré de comprarme
calcetines blancos y faldas enormes de vuelo, vaqueros azules. En
serio, aquí las mujeres visten fatal. A los hombres, en cambio, les
sienta bien llevar ropa informal y botas.
Nunca
me acostumbraré a la comida. Cereales de desayuno, y un café tan
aguachento que parece té. Y cuando me apetece tomar el té por la
tarde aquí es la hora de la cena. Cuando estoy lista para cenar se
apagan las luces de la residencia.
No
conseguí plaza en las clases de Ramón J. Sender hasta el próximo
semestre, ¡pero lo vi en el vestíbulo! Le dije que Crónica
del alba
era mi libro favorito. «Ya, pero claro, eres muy joven», me dijo.
Es tal como me lo imaginaba, solo que viejo de verdad. Muy español y
arrogante, todo un señor...
Querida
Conchi:
Tengo
trabajo, ¿te imaginas? De media jornada, pero aun así. Hago de
correctora del periódico universitario, The
Lobo,
que sale una vez por semana. Trabajo tres noches en la facultad de
Periodismo, justo al lado de la residencia. Incluso me han dado una
llave, porque la residencia cierra a las diez y yo trabajo hasta las
once. El impresor es un viejo texano llamado Jonesy, que trabaja con
una linotipia. Una máquina maravillosa con cerca de mil piezas y
engranajes. Las letras se hacen con plomo fundido. Compone las
palabras en moldes que chocan y cantan y tintinean, y luego salen en
líneas de plomo caliente. Eso hace que cada línea parezca
importante.
Aprendo
mucho de Jonesy, me enseña a escribir titulares, a distinguir qué
artículos son buenos, y por qué. Me toma el pelo, me tiende trampas
para que no baje la guardia. En mitad de una crónica sobre un
partido de baloncesto cuela algo como «Bajando por el río Swanee».
A
veces viene un hombre que se llama Joe Sánchez a traer artículos y
una cerveza para Jonesy. Es cronista deportivo y columnista. Estudia,
pero es mucho mayor que los chicos de mis clases, porque es veterano
de guerra, está aquí con el programa de ayudas a los
excombatientes. Nos habla de Japón, donde sirvió como médico.
Parece un indio, con su pelo negro y lustroso, largo, peinado en un
tupé de cola de pato.
Perdona,
ya estoy usando expresiones que nunca has oído. La mayoría de los
chicos aquí llevan el pelo cortado al rape, que es casi como decir
que se afeitan la cabeza. Algunos se lo dejan más largo y se peinan
los lados hacia la nuca, de manera que visto desde atrás parece una
cola de pato.
Os
echo mucho de menos a ti y a Quena. Todavía no tengo ninguna amiga
aquí. Soy diferente, al venir de Chile. Como soy reservada, creo que
me toman por engreída. Todavía no capto el humor, me da vergüenza
porque aquí hacen muchas bromas e insinuaciones sobre el sexo.
Cualquier desconocido te cuenta su vida, pero no son emotivos o
afectuosos como los chilenos, así que aún no acabo de entender a la
gente.
En
todos esos años que viví en Sudamérica quería volver a mi país,
a Estados Unidos, porque era una democracia, no solo había dos
clases sociales como en Chile. Desde luego aquí también hay clases.
Chicas que al principio fueron simpáticas conmigo ahora me miran con
desdén porque no quise entrar en ninguna hermandad, porque prefiero
vivir en una residencia. Y además hay hermandades «mejores» que
otras. Más ricas.
Le
comenté a mi compañera de habitación, Ella, que Joe, el reportero,
era divertido y agradable, y me dijo: «Sí, pero es mexicano». En
realidad no es de México, pero aquí llaman así a cualquiera que
descienda de españoles.
No
hay muchos mexicanos en la universidad, en proporción a la población
local, y los negros se pueden contar con los dedos de la mano.
Mis
clases de periodismo van bien, profesores estupendos, incluso se
parecen a los reporteros de las películas antiguas. Empiezo a tener
una sensación extraña, sin embargo. Me matriculé en Periodismo
porque quería ser escritora, pero el periodismo consiste
precisamente en cortar cuando se pone interesante...
Querida
Conchi:
...
he salido varias veces con Joe Sánchez. Le dan entradas y luego
escribe sobre los eventos. Joe me gusta porque nunca dice las cosas
solo por quedar bien. Es muy moderno decir que te gusta Dave Brubeck,
un músico de jazz, pero en su reseña Joe dijo que era un
pusilánime. La gente se enfadó muchísimo. Y Billy Graham. Es
difícil explicarle a una católica como tú lo que es un
evangelista. Ese hombre se desgañita hablando de Dios y el pecado,
intenta que la gente se entregue en cuerpo y alma a Jesucristo. Todo
el mundo que conozco cree que está chiflado, que es un sacacuartos y
rancio a más no poder. Joe en su columna habló de la habilidad y el
poder que tiene ese hombre. Acabó siendo una reflexión sobre la fe.
Luego
no vamos a los locales de moda entre los estudiantes, sino a pequeños
restaurantes en el valle del sur o a las tabernas mexicanas o de
vaqueros. Es como estar en otro país. Nos perdemos con el coche por
las montañas o en el desierto, caminamos o escalamos durante horas.
No intenta «atracar» como hacen aquí todos los chicos, sin tregua.
Cuando se despide solo me acaricia la mejilla. Una vez me besó el
pelo.
No
comenta las cosas, ni los espectáculos, ni los libros. Me recuerda a
mi tío John. Cuenta historias, sobre sus hermanos, o sobre su
abuelo, o sobre las geishas de Japón.
Me
gusta porque habla con todo el mundo. De verdad quiere saber cómo le
va a la gente.
Querida
Conchi:
He
conocido a un hombre de lo más sofisticado, Bob Dash. Fuimos a ver
una obra, Esperando
a Godot,
y una película italiana, no recuerdo el título. Bob parece un autor
apuesto en la solapa de un libro. Fuma en pipa, lleva parches en los
codos. Vive en una casa de adobe llena de vasijas indias, alfombras y
arte moderno. Tomamos gin-tonics con rodajas de lima, escuchamos
música del estilo «Sonata para dos pianos y percusión», de
Bartók. Habla mucho de libros que nunca he oído nombrar, y me ha
prestado una docena... Sartre, Keerkegard (¿se escribe así?),
Beckett y T. S. Eliot, muchos más. Me gusta un poema titulado «Los
hombres huecos».
Joe
me dijo que el que estaba hueco era Dash. No sé por qué le ha
molestado tanto que salga con Bob, o incluso que me tome un café con
él. Dice que no está celoso, pero que no soporta la idea de que me
convierta en una intelectual. Dice que tengo que escuchar a Patsy
Cline y a Charlie Parker como antídoto. Leer a Walt Whitman y El
ángel que nos mira
de Thomas Wolfe.
En
realidad a mí me gustó más El
extranjero
de Camus que El
ángel que nos mira.
Pero me gusta Joe porque a él le gusta ese libro. No le importa
parecer sentimental. Ama Estados Unidos, y Nuevo México, el barrio
donde vive, el desierto. Hacemos largas excursiones por la montaña.
Una vez se levantó una gran tormenta de arena. Los rastrojos
azotaban entre la ventisca de polvo amarillento. Joe se puso a bailar
en círculos en medio del remolino. Apenas pude oírle cuando gritó
lo maravilloso que era el desierto. Vimos un coyote, oímos sus
aullidos.
También
es sentimental conmigo. Rescata recuerdos, y me escucha mientras
hablo sin parar. Una vez me eché a llorar sin motivo, solo porque os
añoraba a ti y a Quena y echaba de menos aquello. No intentó
animarme, solo me abrazó y me dejó estar triste. Hablamos en
español para decir cosas bonitas, o cuando nos besamos. Nos hemos
besado mucho últimamente.
Querida
Conchi:
Escribí
un cuento, «Manzanas». Va sobre un viejo que recoge manzanas caídas
con un rastrillo. Bob Dash me tachó en rojo una docena de adjetivos
y dijo que era «un boceto pasable». Joe dijo que era precioso y
falso. Que debía escribir solo sobre lo que siento, no inventar
cosas sobre un viejo al que no conozco. No me importa lo que me
digan. No me canso de leerlo.
Claro
que me importa.
Mi
compañera de habitación, Ella, me dijo que prefería no leerlo.
Ojalá nos lleváramos mejor. Su madre le manda compresas por correo
desde Oklahoma todos los meses. Estudia arte dramático. Por favor,
¿cómo va a interpretar a Lady Macbeth si hace aspavientos por un
poco de sangre?
Me
veo más a menudo con Bob Dash. Es como asistir a un seminario
personalizado. Hoy hemos ido a tomar café y hemos hablado de La
náusea.
Aun así pienso más en Joe. Nos encontramos entre clase y clase, y
en el trabajo. Jonesy y él se ríen mucho, comen pizza y beben
cerveza. Joe tiene un cuartito que es como su despacho, ahí es donde
nos besamos. No pienso en él exactamente, sino en besarlo. Estaba
pensando en eso en la clase de Corrección de Pruebas I, e incluso
gemí o se me escapó algo en voz alta, y el profesor me miró y
dijo: «¿Sí, señorita Gray?».
Querida
Conchi:
...
estoy leyendo a Jane Austen. Su prosa parece música de cámara, pero
es auténtica y divertida al mismo tiempo. Hay mil libros que quiero
leer, no sé por dónde empezar. Voy a pasarme a Filología el
próximo semestre...
Querida
Conchi:
Hay
una pareja mayor, los dos trabajan de conserjes en la facultad de
Periodismo. Una noche nos llevaron a la azotea a tomar una cerveza
después del trabajo. Las copas de los álamos son más altas que el
tejado, así que te sientas bajo los árboles a mirar las estrellas.
Si quieres, puedes asomarte y ver los coches que pasan por la ruta
66, o desde el otro lado, las ventanas de mi residencia. Nos dieron
una llave del cuartito de las escobas, donde está la escalera que
sube a la azotea. Nadie más conoce este sitio. Subimos entre clase y
clase, y después de trabajar. Joe compró una parrilla, un colchón
y velas. Es como nuestra propia isla, o una cabaña en los árboles...
Querida
Conchi:
Soy
feliz. Cuando me despierto por la mañana me duele la cara de tanto
sonreír.
Creo
que de pequeña a veces encontraba paz, en el bosque o en un prado, y
en Chile siempre me divertía mucho. Esquiar siempre ha sido un
placer para mí. Sin embargo, nunca había sentido la felicidad como
ahora con Joe. Nunca me había sentido tan a gusto conmigo misma, y
amada por eso.
Firmo
el permiso los fines de semana para ir a su casa, bajo la
responsabilidad de su padre. Joe vive con su padre, que es muy viejo,
un maestro retirado. Le encanta cocinar, hace unas comidas horrorosas
y grasientas. Se pasa el día bebiendo cerveza. A primera vista solo
le da por cantar baladas románticas, como «Minnie the Mermaid» y
«Rain on the Roof», las repite una y otra vez mientras cocina.
También cuenta historias, sobre la gente de Armijo, el barrio. La
mayoría fueron alumnos suyos en la escuela.
Querida
Conchi:
Los
fines de semana solemos ir a la sierra de Jémez y pasamos el día
escalando, y por la noche acampamos al raso. Hay varias fuentes
termales allí arriba. Hasta ahora nunca nos hemos encontrado a nadie
cuando hemos ido. Ciervos y búhos, carneros de grandes cuernos,
arrendajos azules. Nos tumbamos en el agua, hablamos o leemos en voz
alta. A Joe le encanta leer a Keats.
Mis
clases y mi trabajo van bien, pero siempre estoy deseando acabar para
poder estar con Joe. Él también es cronista deportivo para el
Tribune, así que cuesta encontrar tiempo. Vamos a las carreras de
atletismo y a los partidos de baloncesto de la liga juvenil, a las
carreras de coches de serie. A mí no me gusta el fútbol americano,
echo de menos los partidos de fútbol y rugby.
Querida
Conchi:
Todo
el mundo está haciendo un drama porque Joe y yo salgamos juntos. La
supervisora de la residencia me dio una charla. Bob Dash cayó muy
bajo, se pasó una hora sermoneándome hasta que me levanté y me
fui. Dijo que Joe era vulgar y mediocre, un hedonista sin valores y
sin amplitud intelectual. Entre otras cosas. La gente se preocupa
porque soy muy joven. Piensan que echaré por la borda mis estudios o
mi carrera. O eso es lo que dicen. Creo que les da envidia vernos tan
enamorados. Y sean cuales sean sus argumentos, desde que arruinaré
mi reputación a que mi futuro está en peligro, siempre mencionan el
hecho de que Joe es mexicano. A nadie se le ocurre que viniendo de
Chile lógicamente me atraería alguien latino, alguien que sienta
las cosas. No encajo aquí para nada. Ojalá Joe y yo pudiéramos
volver a casa, a Santiago...
Querida
Conchi:
...
resulta que alguien ha escrito a mis padres, les ha dicho que estoy
teniendo una aventura con un hombre demasiado mayor para mí.
Me
llamaron, histéricos, y van a venir desde Chile. Llegarán el día
de Fin de Año. Por lo visto mi madre ha vuelto a beber. Mi padre
dice que todo es culpa mía.
Cuando
estoy con Joe nada de eso importa. Creo que es reportero porque le
gusta hablar con la gente. Vayamos donde vayamos, acabamos hablando
con desconocidos. Y todos nos caen bien.
Creo
que el mundo no me gustaba de verdad hasta que conocí a Joe. A mis
padres no les gusta el mundo, ni les gusto yo, o de lo contrario
confiarían en mí.
Querida
Conchi:
Llegaron
la víspera de Año Nuevo, pero estaban agotados del viaje así que
apenas hablamos. No oyeron que mis notas son sobresalientes, que me
encanta mi trabajo, que aquella noche me habían elegido reina del
Baile de la Prensa. Me he convertido en una cualquiera, una furcia,
etcétera. «Con un grasiento», dijo mi madre.
El
baile fue maravilloso. Antes cenamos con amigos de la redacción, nos
reímos mucho. Hubo una ceremonia en la que me obsequiaron con una
corona de papel de periódico y una orquídea. Por alguna razón
antes nunca había bailado con Joe. Fue maravilloso. Bailar con él.
Habíamos
quedado con mis padres al día siguiente, en el motel donde se
alojaban. Mi padre dijo que Joe y él podían ver el partido del Rose
Bowl, que así romperían el hielo.
Qué
estúpida soy. Vi que ya habían tomado unos martinis y pensé que
estarían más relajados. Joe estuvo fantástico. Desenvuelto,
cálido, abierto. Ellos parecían de piedra.
Papá
se calmó un poco cuando empezó el partido, él y Joe lo
disfrutaron. Mamá y yo nos quedamos ahí sentadas en silencio. Joe
solo bebe cerveza, así que realmente se soltó con los martinis de
mi padre. Cada vez que había un gol de campo, aullaba «¡Puta
madre!» o «¡A la verga!». En varias ocasiones le dio un puñetazo
amistoso en el hombro a mi padre. Mamá ponía cara de circunstancias
y bebía sin decir una palabra.
Después
del partido Joe invitó a mis padres a cenar fuera, pero mi padre
dijo que mejor que Joe y él fueran a buscar comida china.
Mientras
tanto mamá me habló de cuánto los había avergonzado con mi
inmoralidad, de lo disgustada que estaba.
Conchi,
sé que prometimos que hablaríamos de sexo, que nos contaríamos
cuando hiciéramos el amor la primera vez. Por escrito resulta
difícil. A mí me parece bonito porque es entre dos personas, lo más
desnudo y cerca que se puede estar. Y siempre es distinto y
sorprendente. A veces no paramos de reírnos. A veces te hace llorar.
El
sexo es lo más importante que me ha pasado en la vida. No podía
entender lo que mi madre decía, que me llamara indecente.
A
saber de qué hablaron Joe y papá. Los dos estaban pálidos cuando
volvieron. Por lo visto mi padre dijo cosas como «violación de una
menor», y Joe dijo que se casaría conmigo al día siguiente; fue lo
peor, para mis padres, que podría haber dicho.
Después
de comer, Joe dijo:
—Bueno,
estamos todos cansados. Será mejor que me vaya. ¿Vienes, Lu?
—No,
ella se queda aquí —dijo mi padre.
Me
dejó helada.
—Me
voy con Joe —dije—. Os veré por la mañana.
Te
escribo desde la residencia. Reina un silencio inquietante. La
mayoría de las chicas se han ido a casa por Navidad.
Aparte
de contarme brevemente lo que había dicho mi padre, Joe no habló en
el trayecto de vuelta. Yo tampoco pude. Cuando nos despedimos con un
beso creí que se me partía el corazón.
Querida
Conchi:
Mis
padres me sacan de la universidad al final del semestre. Me esperarán
en Nueva York. Me reuniré allí con ellos y luego iremos a Europa
hasta el otoño.
Fui
en taxi a casa de Joe. Íbamos a Pico Sandía para hablar, nos
montamos en el coche. No sé qué pensaba que me diría, ni siquiera
lo que yo misma quería.
Deseaba
que dijera que me esperaría, que seguiría aquí a mi regreso. Pero
dijo que si lo amaba de verdad, me casaría con él ahora mismo.
Protesté. Él debe terminar sus estudios; solo trabaja media
jornada. Preferí no seguir diciendo la verdad, que es que no quiero
dejar la universidad. Quiero estudiar a Shakespeare, a los poetas
románticos. Joe dijo que podíamos vivir con su padre hasta que
tuviéramos suficiente dinero. Estábamos cruzando el puente sobre el
río Grande cuando le dije que aún no quería casarme
—Tardarás
mucho en saber lo que estás dejando pasar.
Sabía
lo que había entre nosotros, dije, y seguiría estando ahí cuando
yo volviera.
—Eso
seguirá estando, pero tú no. No, tú seguirás adelante, tendrás
«relaciones», te casarás con algún imbécil.
Abrió
la puerta del coche, me empujó y me dejó tirada en el puente del
río Grande, sin parar siquiera. Y se marchó. Crucé a pie toda la
ciudad de vuelta a la residencia. Seguí pensando que aparecería en
cualquier momento a recogerme, pero no lo hizo.
Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

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