sábado, 18 de abril de 2026

Querida Conchi. Lucia Berlin.

Querida Conchi:
La Universidad de Nuevo México no es para nada como la imaginábamos. La escuela secundaria en Chile era más difícil que la facultad aquí. Vivo en una residencia, cientos de chicas, todas extrovertidas y desenvueltas. Aún me siento rara, incómoda.
Me encanta el lugar en sí. El campus tiene muchos edificios antiguos de adobe. El desierto es precioso, y aquí hay montañas. No como los Andes, por supuesto, pero grandes a otra escala. Escarpadas y rocosas. Qué tonta... así es como se llaman, las Montañas Rocosas. Aire claro y limpio, frío de noche con millones de estrellas.
Mi ropa desentona completamente. Una chica incluso me dijo que aquí nadie «se arregla» tanto. Supongo que habré de comprarme calcetines blancos y faldas enormes de vuelo, vaqueros azules. En serio, aquí las mujeres visten fatal. A los hombres, en cambio, les sienta bien llevar ropa informal y botas.
Nunca me acostumbraré a la comida. Cereales de desayuno, y un café tan aguachento que parece té. Y cuando me apetece tomar el té por la tarde aquí es la hora de la cena. Cuando estoy lista para cenar se apagan las luces de la residencia.
No conseguí plaza en las clases de Ramón J. Sender hasta el próximo semestre, ¡pero lo vi en el vestíbulo! Le dije que Crónica del alba era mi libro favorito. «Ya, pero claro, eres muy joven», me dijo. Es tal como me lo imaginaba, solo que viejo de verdad. Muy español y arrogante, todo un señor...


Querida Conchi:
Tengo trabajo, ¿te imaginas? De media jornada, pero aun así. Hago de correctora del periódico universitario, The Lobo, que sale una vez por semana. Trabajo tres noches en la facultad de Periodismo, justo al lado de la residencia. Incluso me han dado una llave, porque la residencia cierra a las diez y yo trabajo hasta las once. El impresor es un viejo texano llamado Jonesy, que trabaja con una linotipia. Una máquina maravillosa con cerca de mil piezas y engranajes. Las letras se hacen con plomo fundido. Compone las palabras en moldes que chocan y cantan y tintinean, y luego salen en líneas de plomo caliente. Eso hace que cada línea parezca importante.
Aprendo mucho de Jonesy, me enseña a escribir titulares, a distinguir qué artículos son buenos, y por qué. Me toma el pelo, me tiende trampas para que no baje la guardia. En mitad de una crónica sobre un partido de baloncesto cuela algo como «Bajando por el río Swanee».
A veces viene un hombre que se llama Joe Sánchez a traer artículos y una cerveza para Jonesy. Es cronista deportivo y columnista. Estudia, pero es mucho mayor que los chicos de mis clases, porque es veterano de guerra, está aquí con el programa de ayudas a los excombatientes. Nos habla de Japón, donde sirvió como médico. Parece un indio, con su pelo negro y lustroso, largo, peinado en un tupé de cola de pato.
Perdona, ya estoy usando expresiones que nunca has oído. La mayoría de los chicos aquí llevan el pelo cortado al rape, que es casi como decir que se afeitan la cabeza. Algunos se lo dejan más largo y se peinan los lados hacia la nuca, de manera que visto desde atrás parece una cola de pato.
Os echo mucho de menos a ti y a Quena. Todavía no tengo ninguna amiga aquí. Soy diferente, al venir de Chile. Como soy reservada, creo que me toman por engreída. Todavía no capto el humor, me da vergüenza porque aquí hacen muchas bromas e insinuaciones sobre el sexo. Cualquier desconocido te cuenta su vida, pero no son emotivos o afectuosos como los chilenos, así que aún no acabo de entender a la gente.
En todos esos años que viví en Sudamérica quería volver a mi país, a Estados Unidos, porque era una democracia, no solo había dos clases sociales como en Chile. Desde luego aquí también hay clases. Chicas que al principio fueron simpáticas conmigo ahora me miran con desdén porque no quise entrar en ninguna hermandad, porque prefiero vivir en una residencia. Y además hay hermandades «mejores» que otras. Más ricas.
Le comenté a mi compañera de habitación, Ella, que Joe, el reportero, era divertido y agradable, y me dijo: «Sí, pero es mexicano». En realidad no es de México, pero aquí llaman así a cualquiera que descienda de españoles.
No hay muchos mexicanos en la universidad, en proporción a la población local, y los negros se pueden contar con los dedos de la mano.
Mis clases de periodismo van bien, profesores estupendos, incluso se parecen a los reporteros de las películas antiguas. Empiezo a tener una sensación extraña, sin embargo. Me matriculé en Periodismo porque quería ser escritora, pero el periodismo consiste precisamente en cortar cuando se pone interesante...


Querida Conchi:
... he salido varias veces con Joe Sánchez. Le dan entradas y luego escribe sobre los eventos. Joe me gusta porque nunca dice las cosas solo por quedar bien. Es muy moderno decir que te gusta Dave Brubeck, un músico de jazz, pero en su reseña Joe dijo que era un pusilánime. La gente se enfadó muchísimo. Y Billy Graham. Es difícil explicarle a una católica como tú lo que es un evangelista. Ese hombre se desgañita hablando de Dios y el pecado, intenta que la gente se entregue en cuerpo y alma a Jesucristo. Todo el mundo que conozco cree que está chiflado, que es un sacacuartos y rancio a más no poder. Joe en su columna habló de la habilidad y el poder que tiene ese hombre. Acabó siendo una reflexión sobre la fe.
Luego no vamos a los locales de moda entre los estudiantes, sino a pequeños restaurantes en el valle del sur o a las tabernas mexicanas o de vaqueros. Es como estar en otro país. Nos perdemos con el coche por las montañas o en el desierto, caminamos o escalamos durante horas. No intenta «atracar» como hacen aquí todos los chicos, sin tregua. Cuando se despide solo me acaricia la mejilla. Una vez me besó el pelo.
No comenta las cosas, ni los espectáculos, ni los libros. Me recuerda a mi tío John. Cuenta historias, sobre sus hermanos, o sobre su abuelo, o sobre las geishas de Japón.
Me gusta porque habla con todo el mundo. De verdad quiere saber cómo le va a la gente.


Querida Conchi:
He conocido a un hombre de lo más sofisticado, Bob Dash. Fuimos a ver una obra, Esperando a Godot, y una película italiana, no recuerdo el título. Bob parece un autor apuesto en la solapa de un libro. Fuma en pipa, lleva parches en los codos. Vive en una casa de adobe llena de vasijas indias, alfombras y arte moderno. Tomamos gin-tonics con rodajas de lima, escuchamos música del estilo «Sonata para dos pianos y percusión», de Bartók. Habla mucho de libros que nunca he oído nombrar, y me ha prestado una docena... Sartre, Keerkegard (¿se escribe así?), Beckett y T. S. Eliot, muchos más. Me gusta un poema titulado «Los hombres huecos».
Joe me dijo que el que estaba hueco era Dash. No sé por qué le ha molestado tanto que salga con Bob, o incluso que me tome un café con él. Dice que no está celoso, pero que no soporta la idea de que me convierta en una intelectual. Dice que tengo que escuchar a Patsy Cline y a Charlie Parker como antídoto. Leer a Walt Whitman y El ángel que nos mira de Thomas Wolfe.
En realidad a mí me gustó más El extranjero de Camus que El ángel que nos mira. Pero me gusta Joe porque a él le gusta ese libro. No le importa parecer sentimental. Ama Estados Unidos, y Nuevo México, el barrio donde vive, el desierto. Hacemos largas excursiones por la montaña. Una vez se levantó una gran tormenta de arena. Los rastrojos azotaban entre la ventisca de polvo amarillento. Joe se puso a bailar en círculos en medio del remolino. Apenas pude oírle cuando gritó lo maravilloso que era el desierto. Vimos un coyote, oímos sus aullidos.
También es sentimental conmigo. Rescata recuerdos, y me escucha mientras hablo sin parar. Una vez me eché a llorar sin motivo, solo porque os añoraba a ti y a Quena y echaba de menos aquello. No intentó animarme, solo me abrazó y me dejó estar triste. Hablamos en español para decir cosas bonitas, o cuando nos besamos. Nos hemos besado mucho últimamente.


Querida Conchi:
Escribí un cuento, «Manzanas». Va sobre un viejo que recoge manzanas caídas con un rastrillo. Bob Dash me tachó en rojo una docena de adjetivos y dijo que era «un boceto pasable». Joe dijo que era precioso y falso. Que debía escribir solo sobre lo que siento, no inventar cosas sobre un viejo al que no conozco. No me importa lo que me digan. No me canso de leerlo.
Claro que me importa.
Mi compañera de habitación, Ella, me dijo que prefería no leerlo. Ojalá nos lleváramos mejor. Su madre le manda compresas por correo desde Oklahoma todos los meses. Estudia arte dramático. Por favor, ¿cómo va a interpretar a Lady Macbeth si hace aspavientos por un poco de sangre?
Me veo más a menudo con Bob Dash. Es como asistir a un seminario personalizado. Hoy hemos ido a tomar café y hemos hablado de La náusea. Aun así pienso más en Joe. Nos encontramos entre clase y clase, y en el trabajo. Jonesy y él se ríen mucho, comen pizza y beben cerveza. Joe tiene un cuartito que es como su despacho, ahí es donde nos besamos. No pienso en él exactamente, sino en besarlo. Estaba pensando en eso en la clase de Corrección de Pruebas I, e incluso gemí o se me escapó algo en voz alta, y el profesor me miró y dijo: «¿Sí, señorita Gray?».


Querida Conchi:
... estoy leyendo a Jane Austen. Su prosa parece música de cámara, pero es auténtica y divertida al mismo tiempo. Hay mil libros que quiero leer, no sé por dónde empezar. Voy a pasarme a Filología el próximo semestre...


Querida Conchi:
Hay una pareja mayor, los dos trabajan de conserjes en la facultad de Periodismo. Una noche nos llevaron a la azotea a tomar una cerveza después del trabajo. Las copas de los álamos son más altas que el tejado, así que te sientas bajo los árboles a mirar las estrellas. Si quieres, puedes asomarte y ver los coches que pasan por la ruta 66, o desde el otro lado, las ventanas de mi residencia. Nos dieron una llave del cuartito de las escobas, donde está la escalera que sube a la azotea. Nadie más conoce este sitio. Subimos entre clase y clase, y después de trabajar. Joe compró una parrilla, un colchón y velas. Es como nuestra propia isla, o una cabaña en los árboles...


Querida Conchi:
Soy feliz. Cuando me despierto por la mañana me duele la cara de tanto sonreír.
Creo que de pequeña a veces encontraba paz, en el bosque o en un prado, y en Chile siempre me divertía mucho. Esquiar siempre ha sido un placer para mí. Sin embargo, nunca había sentido la felicidad como ahora con Joe. Nunca me había sentido tan a gusto conmigo misma, y amada por eso.
Firmo el permiso los fines de semana para ir a su casa, bajo la responsabilidad de su padre. Joe vive con su padre, que es muy viejo, un maestro retirado. Le encanta cocinar, hace unas comidas horrorosas y grasientas. Se pasa el día bebiendo cerveza. A primera vista solo le da por cantar baladas románticas, como «Minnie the Mermaid» y «Rain on the Roof», las repite una y otra vez mientras cocina. También cuenta historias, sobre la gente de Armijo, el barrio. La mayoría fueron alumnos suyos en la escuela.


Querida Conchi:
Los fines de semana solemos ir a la sierra de Jémez y pasamos el día escalando, y por la noche acampamos al raso. Hay varias fuentes termales allí arriba. Hasta ahora nunca nos hemos encontrado a nadie cuando hemos ido. Ciervos y búhos, carneros de grandes cuernos, arrendajos azules. Nos tumbamos en el agua, hablamos o leemos en voz alta. A Joe le encanta leer a Keats.
Mis clases y mi trabajo van bien, pero siempre estoy deseando acabar para poder estar con Joe. Él también es cronista deportivo para el Tribune, así que cuesta encontrar tiempo. Vamos a las carreras de atletismo y a los partidos de baloncesto de la liga juvenil, a las carreras de coches de serie. A mí no me gusta el fútbol americano, echo de menos los partidos de fútbol y rugby.


Querida Conchi:
Todo el mundo está haciendo un drama porque Joe y yo salgamos juntos. La supervisora de la residencia me dio una charla. Bob Dash cayó muy bajo, se pasó una hora sermoneándome hasta que me levanté y me fui. Dijo que Joe era vulgar y mediocre, un hedonista sin valores y sin amplitud intelectual. Entre otras cosas. La gente se preocupa porque soy muy joven. Piensan que echaré por la borda mis estudios o mi carrera. O eso es lo que dicen. Creo que les da envidia vernos tan enamorados. Y sean cuales sean sus argumentos, desde que arruinaré mi reputación a que mi futuro está en peligro, siempre mencionan el hecho de que Joe es mexicano. A nadie se le ocurre que viniendo de Chile lógicamente me atraería alguien latino, alguien que sienta las cosas. No encajo aquí para nada. Ojalá Joe y yo pudiéramos volver a casa, a Santiago...


Querida Conchi:
... resulta que alguien ha escrito a mis padres, les ha dicho que estoy teniendo una aventura con un hombre demasiado mayor para mí.
Me llamaron, histéricos, y van a venir desde Chile. Llegarán el día de Fin de Año. Por lo visto mi madre ha vuelto a beber. Mi padre dice que todo es culpa mía.
Cuando estoy con Joe nada de eso importa. Creo que es reportero porque le gusta hablar con la gente. Vayamos donde vayamos, acabamos hablando con desconocidos. Y todos nos caen bien.
Creo que el mundo no me gustaba de verdad hasta que conocí a Joe. A mis padres no les gusta el mundo, ni les gusto yo, o de lo contrario confiarían en mí.


Querida Conchi:
Llegaron la víspera de Año Nuevo, pero estaban agotados del viaje así que apenas hablamos. No oyeron que mis notas son sobresalientes, que me encanta mi trabajo, que aquella noche me habían elegido reina del Baile de la Prensa. Me he convertido en una cualquiera, una furcia, etcétera. «Con un grasiento», dijo mi madre.
El baile fue maravilloso. Antes cenamos con amigos de la redacción, nos reímos mucho. Hubo una ceremonia en la que me obsequiaron con una corona de papel de periódico y una orquídea. Por alguna razón antes nunca había bailado con Joe. Fue maravilloso. Bailar con él.
Habíamos quedado con mis padres al día siguiente, en el motel donde se alojaban. Mi padre dijo que Joe y él podían ver el partido del Rose Bowl, que así romperían el hielo.
Qué estúpida soy. Vi que ya habían tomado unos martinis y pensé que estarían más relajados. Joe estuvo fantástico. Desenvuelto, cálido, abierto. Ellos parecían de piedra.
Papá se calmó un poco cuando empezó el partido, él y Joe lo disfrutaron. Mamá y yo nos quedamos ahí sentadas en silencio. Joe solo bebe cerveza, así que realmente se soltó con los martinis de mi padre. Cada vez que había un gol de campo, aullaba «¡Puta madre!» o «¡A la verga!». En varias ocasiones le dio un puñetazo amistoso en el hombro a mi padre. Mamá ponía cara de circunstancias y bebía sin decir una palabra.
Después del partido Joe invitó a mis padres a cenar fuera, pero mi padre dijo que mejor que Joe y él fueran a buscar comida china.
Mientras tanto mamá me habló de cuánto los había avergonzado con mi inmoralidad, de lo disgustada que estaba.
Conchi, sé que prometimos que hablaríamos de sexo, que nos contaríamos cuando hiciéramos el amor la primera vez. Por escrito resulta difícil. A mí me parece bonito porque es entre dos personas, lo más desnudo y cerca que se puede estar. Y siempre es distinto y sorprendente. A veces no paramos de reírnos. A veces te hace llorar.
El sexo es lo más importante que me ha pasado en la vida. No podía entender lo que mi madre decía, que me llamara indecente.
A saber de qué hablaron Joe y papá. Los dos estaban pálidos cuando volvieron. Por lo visto mi padre dijo cosas como «violación de una menor», y Joe dijo que se casaría conmigo al día siguiente; fue lo peor, para mis padres, que podría haber dicho.
Después de comer, Joe dijo:
Bueno, estamos todos cansados. Será mejor que me vaya. ¿Vienes, Lu?
No, ella se queda aquí —dijo mi padre.
Me dejó helada.
Me voy con Joe —dije—. Os veré por la mañana.
Te escribo desde la residencia. Reina un silencio inquietante. La mayoría de las chicas se han ido a casa por Navidad.
Aparte de contarme brevemente lo que había dicho mi padre, Joe no habló en el trayecto de vuelta. Yo tampoco pude. Cuando nos despedimos con un beso creí que se me partía el corazón.


Querida Conchi:
Mis padres me sacan de la universidad al final del semestre. Me esperarán en Nueva York. Me reuniré allí con ellos y luego iremos a Europa hasta el otoño.
Fui en taxi a casa de Joe. Íbamos a Pico Sandía para hablar, nos montamos en el coche. No sé qué pensaba que me diría, ni siquiera lo que yo misma quería.
Deseaba que dijera que me esperaría, que seguiría aquí a mi regreso. Pero dijo que si lo amaba de verdad, me casaría con él ahora mismo. Protesté. Él debe terminar sus estudios; solo trabaja media jornada. Preferí no seguir diciendo la verdad, que es que no quiero dejar la universidad. Quiero estudiar a Shakespeare, a los poetas románticos. Joe dijo que podíamos vivir con su padre hasta que tuviéramos suficiente dinero. Estábamos cruzando el puente sobre el río Grande cuando le dije que aún no quería casarme
Tardarás mucho en saber lo que estás dejando pasar.
Sabía lo que había entre nosotros, dije, y seguiría estando ahí cuando yo volviera.
Eso seguirá estando, pero tú no. No, tú seguirás adelante, tendrás «relaciones», te casarás con algún imbécil.
Abrió la puerta del coche, me empujó y me dejó tirada en el puente del río Grande, sin parar siquiera. Y se marchó. Crucé a pie toda la ciudad de vuelta a la residencia. Seguí pensando que aparecería en cualquier momento a recogerme, pero no lo hizo.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015.

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