lunes, 18 de mayo de 2020

Los ángeles. Milan Kundera.

1
El rinoceronte es una obra de Eugène Ionesco durante la cual las personas, poseídas por el deseo de ser las unas iguales a las otras, se van transformando unas tras otras en rinocerontes. Gabriela y Micaela, dos jóvenes americanas, estudiaron esta obra durante un curso de verano para estudiantes extranjeros en una pequeña ciudad de la costa mediterránea. Eran las alumnas favoritas de la profesora Rafael, porque la miraban siempre atentamente y anotaban con cuidado cada una de sus observaciones. Hoy les ha encargado que preparen juntas para la próxima clase una exposición de la obra.
-No comprendo muy bien cómo entender eso de que todos se transformen en rinocerontes -dice Gabriela.
-Tienes que entenderlo como un símbolo -explica Micaela.
-Es verdad -dice Gabriela-, la literatura está compuesta de signos.
-El rinoceronte es en primer lugar un signo -dice Micaela.
-Sí, pero aunque admitamos que no se transformaron en verdaderos rinocerontes sino solamente en signos, ¿por qué se transformaron precisamente en ese signo y no en otro?
-Sí, no hay duda de que eso es un problema -dijo tristemente Micaela, y las dos jóvenes, que regresaban a su residencia de estudiantes, permanecieron calladas durante largo rato.
Rompió el silencio Gabriela:
-¿No crees que es un símbolo fálico?
-¿Qué? -preguntó Micaela.
-El cuerno -dijo Gabriela.
-¡Es cierto! -exclamó Micaela, pero después vaciló-. Pero ¿por qué iban a convertirse todos en símbolos del falo? ¿Tanto mujeres como hombres?
Las dos muchachas, que iban deprisa hacia su residencia, se han vuelto a quedar de nuevo calladas.
-Se me ocurre algo -dice de pronto Micaela.
-¿Qué? -pregunta Gabriela con curiosidad.
-Bueno, además la señora Rafael lo ha sugerido de algún modo -añadió Micaela provocando la curiosidad de Gabriela.
-¡Haz el favor de decirlo! -insistió Gabriela con impaciencia.
-¡El autor ha querido crear un efecto cómico!
La idea que su amiga había expresado cautivó a Gabriela hasta el punto de que, enteramente concentrada en lo que pasaba por su cabeza, descuidó sus piernas y aminoró el paso. Las dos jóvenes se detuvieron.
-¿Tú crees que el símbolo del rinoceronte debe producir un efecto cómico? -preguntó.
-Sí -dijo Micaela y sonrió con la orgullosa sonrisa de quien ha hecho un descubrimiento.
-Tienes razón -dijo Gabriela.
Las dos jóvenes se miraron maravilladas por su propia audacia y el orgullo hizo estremecer las comisuras de sus labios. Luego, de pronto, dejaron oír un sonido agudo, breve, entrecortado, difícil de describir con palabras.


2.
¿Reir? ¿Acaso nos preocupamos alguna vez por reír? Quiero decir reír de veras, más allá de la broma, de la burla, del ridículo. Reír, goce inmenso y delicioso, todo goce…
Yo le decía a mi hermana, o ella me decía: ven, ¿jugamos a reír? Nos acostábamos una junto a la otra en la cama y empezábamos. Para hacer como que reíamos, por supuesto. Risas forzadas. Risas ridículas. Risas tan ridículas que nos hacían reír. Entonces venía, sí, la verdadera risa, la risa entera a arrastrarnos en su rompiente inmensa. Risas estalladas, proseguidas, atropelladas, desencadenadas, risas magníficas, suntuosas y locas… y reíamos al infinito de la risa de nuestras risas… Oh risa, risa del goce, goce de la risa; reír es vivir tan profundamente.”
El texto que acabo de citar ha sido extraído de un libro titulado Parole de femme. Fue escrito en 1974 por una de la feministas apasionadas que han marcado notablemente el clima de nuestro tiempo. Es un manifiesto místico de la alegría. En contraposición al deseo sexual del hombre, que, consagrado a los fugaces instantes de la erección, está por lo tanto fatalmente ligado a la violencia, al aniquilamiento y a la desesperación, la autora exalta como su antípoda la jouissance femenina, que es dulce, omnipresente e ininterrumpida. Para la mujer, en tanto que no esté alienada de su propia sustancia, “comer, beber, orinar, defecar, tocar, oír e incluso estar presente”, todo es goce. Esta enumeración de voluptuosidades se extiende a través del libro como una bella letanía. “Vivir es feliz: ver, oír, tocar, beber, comer, orinar, defecar, hundirse en el agua y mirar al cielo, reír y llorar.” Y si el coito es bello, lo es porque es “la totalidad de los goces posibles de la vida: tocar, ver, escuchar, hablar, sentir, pero también beber, comer, defecar, conocer, bailar”. Amamantar es también un goce, incluso el parto es goce, la menstruación es una delicia, “esa tibia saliva, esa leche oscura, ese derrame tibio y como azucarado de la sangre, ese dolor que tiene el gusto ardiente de la felicidad”.
Solo un imbécil podría sonreír ante este manifiesto de la alegría. Toda mística es exceso, el místico no debe tener miedo al ridículo si quiere llegar hasta el fin, hasta el fin de la humildad o hasta el fin del goce. Así como santa Teresa sonreía en su agonía, santa Annie Leclerc (éste es el nombre de la autora del libro que tomé en las citas) afirma que la muerte es un fragmento de alegría y que solo el hombre le teme porque está miserablemnte apegado “a su pequeño yo y a su pequeño poder”.
En lo alto, como formando una bóveda de ese templo de la felicidad, suena la risa, “delicioso trance de dicha, colmo extremo del goce. Risa del goce, goce de la risa”. Indudablemente, esea risa “está más allá de la broma, la burla o el ridículo”. Las dos hermanas tendidas en su cama no se ríen de nada concreto, su risa carece de objeto, es la expresión del ser que se alegra de ser. Del mismo modo en que por su gemido el hombre se encadena al instante presente de su cuerpo que sufre (y está fuera por completo del pasado y del futuro), en esa risa estática el hombre no recuerda ni desea, sino que lanza su grito al instante presente del mundo y solo quiere saber de él.
Sin duda recordarán esta escena por haberla visto en decenas de películas malas: una muchacha y un muchacho corren tomados de la mano por un hermoso paisaje primaveral (o veraniego). Corren, corren, corren y ríen. La risa de los dos corredores debe proclamar al mundo entero y a todos los espectadores de todos los cines: ¡Somos felices, estamos contentos de estar en el mundo, estamos en armonía con el ser! Es una escena estúpida, es cursi, pero expresa una actitud humana fundamental: la risa seria, la risa más allá de la broma.
Todas las Iglesias, todos los fabricantes de ropa interior, todos los generales, todos los partidos políticos, están de acuerdo sobre ese tipo de risa y colocan la imagen de esos dos corredores que corren riendo en los carteles con los que hacen la propaganda de su religión, de sus productos, de su ideología, de su pueblo, de su sexo y de sus polvos para lavar la vajilla.
Con ese tipo de risa, justamente, se ríen Micaela y Gabriela. Salen de una papelería, cogidas de la mano, balanceando en la mano libre cada una un paquetito en el que hay papel de color, pegamento y una gomita.
-La señora Rafael va a quedar entusiasmada, ya verás -dice Gabriela, y emite un sonido agudo y entrecortado. Micaela está de acuerdo con ella y le responde con un ruido bastane similar.


3.
Poco después de que los rusos ocuparan mi país en 1968, me echaron de mi trabajo (como a otros millares y millares de checos) sin que nadie tuviera derecho a darme otro empleo. Entonces solían venir a buscarme amigos jóvenes, que eran demasiado jóvenes como para estar ya en las listas de los rusos y podían permanecer en las redacciones, en la enseñanza, en los estudios de cine. Esos buenos y jóvenes amigos, cuyos nombres no diré nunca, me ofrecían sus nombres para firmar obras de teatro, guiones de cine, de radio y de televisión, artículos, reportajes, de modo que pudiera ganar lo necesario para vivir. Utilicé algunos de esos servicios, pero por lo general los rehusaba, porque no alcanzaba a hacer todo lo que me proponían y también porque era peligroso. No para mí, sino para ellos. La policía secreta quería hacernos pasar hambre, reducirnos por la miseria, obligarnos a capitular y a retractarnos públicamente. De ahí que vigilara insistentemente las salidas de emergencia por las cuales intentábamos burlar el cerco, castigando duramente a quienes cedían su nombre.
Entre esos generosos donantes había una joven llamada R. (nada tengo que ocultar en este caso, ya que todo fue descubierto). Esta joven tímida, fina e inteligente, era redactora de una revista para la juventud que tenía una tirada fabulosa. Como ahora la revista estaba obligada a publicar una increíble cantidad de artículos políticos indigestos que cantaban loas al fraternal pueblo ruso, la redacción buscaba el modo de atraer la atención de la masa. Había decidido para ello apartarse excepcionalmente de la pureza de la ideología marxista y publicar una sección de astrología.
Durante esos años en que viví excluido hice millares de horóscopos. Si el gran Jaroslav Hasek pudo ser vendedor de perros (vendía muchos perros robados y hacía pasar a muchos bastardos por ejemplares de raza pura), ¿por qué no podía yo ser astrólogo? Tiempo atrás había recibido de amigos parisienses todos los tratados de astrología de André Barbault, cuyo nombre iba orgullosamente seguido del título de vicepresidente del Centro Internacional de Astrología; deformando mi letra había escrito a pluma en la primera página: A Milan Kundera con admiración. André Barbault. Los libros dedicados estaban discretament colocados sobre la mesa y yo explicaba a mis asombrados clientes praguenses que durante algunos meses había sido en París asistente del ilustre Barbault.
Cuando R. me pidió que me ocupara en forma clandestina de la sección de astrología de su revista, mi reacción fue, naturlamente, de entusiasmo y le ordené que anunciara a la redacción que el autor de los textos era un importante físico atómico que no quería revelar su nombre por miedo a las burlas de sus colegas. Nuestra empressa me parecía doblemente protegida: por el sabio inexistente y por su seudónimo.
Escribí, pues, bajo un nombre imaginario, un extenso y hermoso artículo sobre astrología y luego, cada mes, un texto breve y bastante estúpido sobre los diferentes signos, para los cuales yo mismo dibujaba las figuras de tauro, capricornio, virgo o piscis. Las ganancias eran ridículas y la cosa en sí misma no tenía nada de divertido ni de notable. Lo único divertido del asunto era mi existencia, la existencia de un hombre borrado de la historia, de los manuales de literatura y de la gúa de teléfonos, de un hombre muerto que volvía a la vida en una sorprendente reencarnación para predicar a centeneares de miles de jóvenes socialistas la gran verdad de la astrología.
Un día R. me anunció que el redactor jefe estaba muy interesado por su astrólogo y quería que le hiciera su horóscopo. Quedé encantado. ¡El redactor jefe había sido colocado al frente de la revista por los rusos y había perdido la mitad de su vida estudiando marxismo-leninismo en Praga y Moscú!
-Le daba un poco de vergüenza decírmelo -me explicaba R. sonriendo-, no quiere que se sepa que cree en esas supersticiones medievales. Pero le atraen terriblemente.
-Muy bien -dije satisfecho. Conocía al redactor jefe. Además de ser el jefe de R., era miembro de la comisión superior de cuadros del partido y había arruinado la vida de muchos amigos míos.
-Quiere mantener una discreción total. Tengo que darle a usted su fecha de nacimiento, pero usted no tiene que saber de quién se trata.
-¡Mejor así! -dije con satisfacción.
-Le darán cien coronas por su horóscopo.
-¡Cien coronas! -sonreí-, ¡qué se ha creído ese avaro!
Tuvo que enviarme mil coronoas. Rellené diez páginas con la descripción de su carácter y describí su pasado (sobre el que estaba suficientemnte informado) y su futuro. Trabajé en mi obra durante toda una semana, haciéndole detalladas consultas a R. Mediante un horóscopo se puede influir magníficamente e incluso dirigir la conducta de las personas. Sin duda se les pueden recomendar ciertos actos, prevenirles contra otros y conducirles a la humildad, dándoles a conocer con finura futuras catástrofes.
Cuando volví a ver a R. nos reímos mucho. Me dijo que el redactor jefe había mejorado tras la lectura del horóscopo. Gritaba menos. Comenzaba a desconfiar de su propia severidad, contra la que había sido prevenido en el horóscopo, y se preocupaba de aquella parcela de bondada de la que era capaz; en su mirda, que a menudo fijaba en el vacío, se podía reconocer la tristeza de un hombre que sabe que las estrellas no le auguran para el futuro más que sufrimientos.


4. (Sobre las dos risas)
Los que conciben al diablo como partidario del mal y al ángel como combatiente del bien aceptan la demagogia de los ángeles. La cuestión es evidentemente más compleja.
Los ángeles no son partidiarios del bien, sino de la creación divina. El diablo es, por el contrario, aquel que le niega al mundo divino toda significación racional.
La dominación del mundo, como se sabe, es compartida por ángeles y diablos. Sin embargo, el bien del mundo no requiere que los ángeles lleven ventaja sobre los diablos (como creía yo de niño), sino que los poderes de ambos estén más o menos equilibrados. Si hay en el mundo demasiado sentido indiscutible (el gobierno de los ángeles), el hombre sucumbe bajo su peso. Si el mundo pierde completamente su sentido (el gobierno de los diablos), tampoco se puede vivir en él.
Las cosas, repentinamente privadas del sentido que se les supone, del lugar que tienen asignado en el pretendido orden del mundo (un marxista formado en Moscú cree en los horóscopos), provocan nuestra risa. La risa pertenece pues, originariamente, al diablo. Hay en ella algo de malicia (las cosas resultan diferentes de lo que pretendían ser), pero también algo de alivio bienhecho (las cosas son más ligeras de lo que parecen, nos permiten vivir más libremente, dejan de oprimirnos con su austera severidad).
Cuando el ángel oyó por primera vez la risa del diablo, quedó estupefacto. Aquello ocurrió durante algún festín, estaba lleno de gente y todos se fueron sumando, uno tras otro, a la risa del diablo, que era tremendamente contagiosa. El ángel comprendía con claridad que esa risa iba dirigida contra Dios y contra la dignidad de su obra. Sabía que debía reaccionar pronto de algún modo, pero se sentía débil e indefenso. Como no era capaz de inventar nada por sí mismo, imitó a su adversario. Abriendo la boca emitió un sonido entrecortado, brusco, en un tono de voz muy alto (parecido al que produjeron Micaela y Gabriela en una calle de una ciudad de la costa), pero dándole un sentido contrario. Mientras que la risa del diablo indicaba lo absurdo de las cosas, el ángel, al revés, aspiraba a regocijarse de que en el mundo todo estuviese tan sabiamente ordenado, tan bien pensado y fuese bueno y cargado de sentido.
Así, el ángel y el diablo, frente a frente, con la boca abierta, producían más o menos los mismos sonidos, expresando cada uno, en su clamor, cosas absolutamente opuestas. Y el diablo, mirando reír al ángel, reía más aún, mejor y más francamente, porque el ángel que reía resultaba infinitamente ridículo.
Una risa ridícula es el desastre. Sin embargo, los ángeles lograron alcanzar algunos resultados. Nos engañaron a todos con su impostura semántica. Solo hay una palabra para designar su imitación de la risa y la risa original (la del diablo). Hoy la gente ya no se da cuenta de que la misma manifestación exterior esconde dentro de sí dos actitudes internas absolutamente contradictorias. Existen dos risas y no tenemos palabras para distinguir la una de la otra.


5.
Una revista ha publicado esta fotografía: una fila de hombres uniformados con el fusil al hombro y cubiertos con un casco con visera protectora de plexiglás vuelven la mirada hacia unos jóvenes en vaqueros y camiseta que se dan la mano y bailan en rueda delante de ellos.
Se trata evidentemente de un momento de espera antes del choque con la policía que vigila una central nuclear, un campo de entrenamiento militar, el secretariado de un partido político o las ventanas de una embajada. Los jóvenes aprovecharon ese tiempo muerto para formar un círculo y, acompañándose de un sencillo estribillo popular, daban dos pasos en el sitio, uno adelante, levantaban la pierna izquierda primero y la derecha después.
Creo comprenderlos; tienen la sensación de que el círculo que describen en el suelo es mágico y que los une como un anillo. Y en su pecho se extiende un intenso sentimiento de inocencia: lo que los une no es, como a los soldados o a los comandos fascistas, una marcha, sino, como a los niños, un baile. Quieren escupir su inocencia al rostro de los policías.
Así los vio el fotógrafo, poniendo de relieve ese contraste elocuente: de un lado la policía en la falsa unidad de la fila (impuesta y dirigida); por otro lado, los jóvenes en la unidad real (sincera y orgánica) del círculo; de aquel lado la policía, en la triste actividad del acecho, y de éste, ellos, en la alegría del juego.
El baile en corro es mágico y nos habla desde las profundidades milenarias de la memoria humana. La profesora Rafael ha recortado esta foto de la revista y la mira soñando. También ella querría bailar en un corro así. Durante toda su vida ha estado buscando un círculo de hombres y de mujeres a quienes dar la mano para bailar una rueda; primero lo buscó en la Iglesia metodista (su padre era un fanático religioso), luego en el Partido Comunista, luego en el partido trotskista, luego en el partido trotskista disidente, luego en el movimiento contra el aborto (¡el niño tiene derecho a la vida!), luego en el movimiento pro legalización del aborto (¡la mujer tiene derecho a su cuerpo!), lo buscó en los marxistas, en los psicoanalistas, en los estructuralistas, lo buscó en Lenin, en el budismo zen, en Mao Zedong, entre los adeptos al yoga, en la escuela del nouveau roman, y, para concluir, quire estar al menos en perfecta armonía con sus alumnos, formar un todo con ellos, lo que significa que los obliga siempre a pensar y a decir lo mismo que ella, a ser con ella un mismo cuerpo y una sola alma, en un mismo círculo y una misma danza.
En ese momento, sus alumnas Gabriela y Micaela están en su habitación de la residencia de estudiantes. Están inclinadas sobre el texto de Ionesco y Micaela lee en voz alta:
El lógico, al anciano: Tome una hoja de papel, calcule. Si se le quitan dos patas a dos gatos, ¿cuántas patas le quedarán a cada gato?
El anciano al lógico: hay muchas soluciones posibles. Un gato puede tener cuatro patas, el otro dos. Puede haber un gato de cinco patas y otro gato de una. Quitando dos patas de ocho, podemos tener un gato de seis patas y un gato sin ninguna pata”.
Micaela interrumpió la lectura:
-No entiendo cómo se le pueden quitar las patas a un gato, ¿es que pretende cortárselas?
-¡Micaela! -exclamó Gabriela.
-Y tampoco entiendo cómo un gato puede tener seis patas.
-¡Micaela! -exclamó de nuevo Gabriela.
-¿Qué? -preguntó Micaela.
-¿Es que lo has olvidado? ¡Tú misma lo dijiste!
-¿Qué? -preguntó de nuevo Micaela.
-Este diálogo está destinado sin duda a crear un efecto cómico.
-Tienes razón -dijo Micaela, y miró feliz a Gabriela. Las dos jóvenes se miraron a los ojos y luego el orgullo estremeció las comisuras de sus labios y finalmente sus bocas dejaron escapar un sonido breve y entrecortado en un tono alto. Luego otro sonido igual y una vez más el mismo sonido. “Una risa forzada. Una risa ridícula… Una risa restallante, repetida, sacudida, desbocada, explosiones de risa magníficas, orgullosas y locas… ¡Oh risa! Risa de goce, goce de la risa...”
Y, en alguna parte, la señora Rafael deambulaba abandonada por las calles de la pequeña ciudad de la costa mediterránea. De repente levantó la cabeza como si oyera de lejos un fragmento de melodía en alas del viento, o como si un lejano aroma golpeara en sus narices. Se detuvo y oyó en su cabeza el grito del vacío que se rebelaba y quería ser colmado. Le ha parecido que en algún sitio, no lejos de ella, tiembla el fuego de la gran risa, que quizás en alguna aprte, allí cerca, hay personas que se toman de la mano y bailan en corro.
Se quedó así por un instante, mirando nerviosa a su alrededor y luego, de pronto, esa música misteriosa enmudeció (Micaela y Gabriela han dejado de reír; de pronto tienen cara de aburrimiento y por delante una noche vacía sin amor), y la señora Rafael, extrañamente inquieta e insatisfecha, vuelve a su casa por las calles calientes de la pequeña ciudad de la costa.




6.
Yo también bailé la rueda. Era 1948, los comunistas acababan de triunfar en mi país, los ministros socialistas y democratacristianos huyeron al extranjero y yo me cogía de la mano o de los hombros con otros estudiantes comunistas, dábamos dos pasos en el sitio, un paso adelante, levantábamos la pierna derecha primero hacia un lado y después la pierna izquierda hacia el otro y hacíamos eso casi todos los meses, porque siempre festejábamos algo, algún aniversario o algún acontecimiento, las antiguas injusticias iban reparándose, las nuevas injusticias comenzaban a perpetrarse, las fábricas eran nacionalizadas, miles de personas iban a la cárcel, la atención médica era gratuita, a los estanqueros les quitaban sus estancos, los viejos obreros iban por primera vez de vacaciones a las residencias confiscadas y nosotros teníamos en la cara una sonrisa de felicidad. Luego un día dije algo que no tenía que haber dicho, me expulsaron del partido y tuve que salirme de la rueda.
Entonces tomé conciencia del significado mágico del círculo. Si nos alejamos de la fila, podemos volver a entrar en ella. La fila es una formación abierta. Pero el círculo se cierra y no hay regreso posible. No es casual que los planetas se muevan en círculo y que cuando una piedra se desprende de ellos sea arrastrada inexorablemente hacia fuera por la fuerza centrífuga. Igual que el meteorito despedido, volé yo también del círculo y sigo volando hasta hoy. Hay gentes a las que les es dado morir dentro de la órbita y hay otras que se destrozan al final de la caída. Y estas otras (a las que pertenezco) llevan dentro de sí permanentemente un callada añoranza por el corro perdido, porque al fin al cabo somos todos habitantes de un universo en el que todo gira en círculos.
Era otra vez el aniversario de quién sabe qué y otra vez había en las calles praguenses corros de jóvenes que bailaban. Yo deambulaba alrededor de ellos, estaba de pie justo a su lado, pero no me estaba permitido entrar en ningún corro. Era junio de 1950 y un día antes había sido colgada Milada Horáková. Era diputada del partido socialista y un tribunal comunista la acusó de conspiración contra el Estado. Junto a ella colgaron también a Závis Kalandra, un surrealista checo, amigo de André Breton y de Paul Éluard. Y los jóvenes checos bailaban y sabían que en aquella misma ciudad se habían balanceado el día anterior una mujer y un surrealista, bailaban aún con mayor pasión porque su danza era una manifestación de su inocencia, de su limpieza que refulgía en contraste con la negra culpabilidad de los dos colgados que habían traicionado al pueblo y a sus esperanzas.
André Breton no creyó que Kalandra hubiera traicionado al pueblo y a sus esperanzas y dirigió un llamamiento en París a Éluard (en carta abierta del día 13 de junio de 1950) para que protestase contra la absurda acusación e intentase salvar a su antiguo amigo. Pero Éluard estaba en ese preciso momento bailando en un inmenso corro entre París, Moscú, Praga, Varsovia, Sofía y Grecia, entre todos los países socialistas y todos los partidos comunistas del mundo, y en todas partes recitaba sus hermosos versos sobre la alegría y la hermandad. Cuando leyó la cata de Breton dio dos pasos en el sitio, un paso hacia delante, negó con la cabeza, se negó a defender a un traidor al pueblo (en la revista Actio del 19 de junio de 1950) y, en lugar de eso, recitó con voz metálica:


Vamos a colmar la inocencia
de la fuerza que durante tanto tiempo
nos ha faltado;
no estaremos nunca más solos.


Y yo deambulaba por las calles de Praga, junto a mí bailaban corros de checos sonrientes y yo sabía que no estaba con ellos, sino con Kalandra, que también se había desprendido de su trayectoria circular y había caído y caído hasta aterrizar en un ataúd carcelario, pero aunque no estaba con ellos, les miraba bailar, sin embargo, con envidia y nostalgia y no podía quitarles los ojos de encima. Y entonces lo vi, justo frente a mí.
Estaba cogido con ellos de los hombros, cantaba con ellos esos dos o tres tonos sencillos y levantaba la pierna izquierda hacia un lado y luego la pierna derecha hacia el otro. ¡Sí, era él, el niño mimado de Praga, Éluard! Y de repente los que con él bailaban se callaron, siguieron movíendose en completo silencio y él gritaba al ritmo de los golpes de sus pies:


Huiremos del descanso, huiremos del sueño,
tomaremos a toda velocidad el alba y la primavera
y prepararemos días y estaciones
a la medida de nuestros sueños.


Y luego todos, bruscamente, cantaron esos tres o cuatro tonos sencillos y aceleraron el paso de la danza. Huían del descanso y del sueño, tomaban a toda velocidad el tiempo y llenaban de fuerza su inocencia. Todos se sonreían y Éluard se inclinó hacia la chica que tenía cogida del hombro:


El hombre, presa de la paz, siempre tiene una sonrisa.


Y ella sonrió y golpeó entonces aún más fuerte sobre el suelo con el pie, de modo que se elevó un par de centímetros por encima del empedradoy arrastró a los demás tras ella, cada vez más alto, y al cabo de un rato ya ninguno de ellos tocaba el empedrado, daban dos pasos en el sitio y un paso adelante sin tocar la tierra, sí, se elevaban sobre la plaza de Wenceslao, su corro parecía una gran corona flotante y yo corría abajo en la tierra y miraba hacia ellos en lo alto y ellos seguían volando, levantando la pierna izquierda primero hacia un lado y después la pierna derecha hacia el otro y debajo de ellos estaba Praga con sus cafés llenos de poetas y sus prisiones llenas de traidores al pueblo y en el crematorio quemaban en ese preciso momento a una diputada socialista a y un surrealista, el humo subía hacia el cielo como un presagio feliz y yo oí la voz metálica de Éluard:


El amor se ha puesto a trabajar y es infatigable.


Y corrí por las calles tras esa voz para no perder de vista a aquella maravillosa corona de cuerpos que flotaban sobre la ciudad y supe con angustia en el corazón que ellos vuelan como pájaros y yo caigo como piedra, que ellos tienen alas y que yo ya me he quedado para siempre sin alas.




7.
Dieciocho años después de su ejecución, Kalandra fue totalmente rehabilitado, pero unos meses más tarde irrumpieron los tanques rusos en Bohemia e inmediatamente otras decenas de miles de personas fueron acusadas de traición al pueblo y a sus esperanzas, una minoría fue encarcelada y la mayoría despedida de su trabajo y dos años más tarde (es decir, exactamente veinte años después de que Éluard se elevase sobre la plaza de Wenceslao), uno de los nuevos acusados (yo) escribía durante doce meses sobre astrología en una revista de la juventud checa. Desde el último artículo sobre sagitario había pasado un año más (era por lo tanto diciembre de 1971), cuando un día me visitó un joven desconocido. Me dio un sobre en silencio. Lo abrí y leí la carta, pero tardé un rato en comprender que era de R. Su letra estaba completamente cambiada. Debía de haber estado muy nerviosa cuando la escribía. Intentaba formular las frases para que no las entendiera nadie más que yo, de modo que yo mismo las entendí solo en parte. Únicamente comprendí que con un año de retraso mi autoría había sido descubierta.
En aquella época tenía yo un apartamento en Praga en la calle Bartolomejska. Es una calle corta pero famosa. Todas las casas a excepción de dos (en una de las cuales vivía yo) pertenecen a la policía. Cuando miraba hacia fuera desde mi amplia ventana de la cuarta planta veía, arriba, sobre los tejados, las torres del castillo de Hradcany, y, abajo, los patios de la policía. Por arriba se paseaba la gloriosa historia de los reyes de Bohemia, por abajo la historia de los gloriosos presidiarios. Todos habían pasado por aquí, incluidos Kalandra y Horáková, Slánský y Clementis, y mis amigos Sabata y Hübl.
El joven (todo indicaba que era el novio de R.) miraba inseguro a su alrededor. Evidentemente suponía que la policía espiaba mi apartamento con micrófonos secretos. Nos hicimos un gesto en silencio y salimos a la calle. Anduvimos un rato sin palabras y solo al llegar a la ruidosa avenida Narodni Trida me dijo que R. quería verme y que un amigo suyo, al que yo no conocía, nos prestaría para este encuentro secreto su piso en un suburbuio de Praga.
Así hice al día siguiente un largo viaje en tranvía hasta las afueras de Praga, estábamos en diciembre, tenía las manos ateridas y las ciudades dormitorio aparecían en aquellas horas de la mañana completamente abandonadas. De acuerdo con las instrucciones encontré la casa precisa, subí en ascensor hasta la tercera planta, comprobé el nombre del dueño del piso en la placa de la puerta y luego llamé al timbre. El piso estaba en silencio. Volví a llamar pero nadie me abría. Salí una vez más a la calle. Paseeé durante media hora, soportando el frío, alrededor de la casa, suponiendo que R. se habría retrasado y que me encontraría con ella cuando llegase desde la estación del tranvía por la acera vacía. Pero no llegaba nadie. Volví a subir al ascensor hasta la tercera planta y llamé una vez más. Al cabo de unos segundo oí desde el interior del piso el sonido del agua de una cisterna. Fue como si alguien hubiera apoyado sobre mí la barra de hielo de la angustia. Sentí repentinamente dentro de mi propio cuerpo el miedo de la muchacha, que no era capz de abrirme la puerta porque la angustia le retorcía las vísceras.
Abrió, estaba pálida pero sonría y trataba de ser amable, como siempre. Hizo un par de bromas tontas acerca de que por fin íbamos a estar solos en un apartamento vacío. Nos sentamos y ella me contó que hacía poco tiempo le habían llamado de la policía. La interrogaron durante todo un día. Las dos primeras horas le preguntaron sobre un montón de cosas sin importancia y ella, sintiéndose ya dueña de la situación, bromeaba con ellos y les preguntaba con descaro si creían que por semejantes tonterías iba a perder el almuerzo. En ese momento le preguntaron: estimada señorita R., ¿quién es el que le escribe para su revista los artículos de astrología?, se ruborizó e intentó hablar del famoso físico cuyo nombre debía permanecer en el anonimato. Le preguntaron: ¿y no conoce usted al señor Kundera?, dijo que me conocía, ¿hay algo malo en eso? Le contestaron: no hay nada de malo. Pero ¿sabe usted que el señor Kundera se intersa por la astrología? No sé nada de eso. ¿Usted no sabe nada? Se sonrieron. Toda Praga habla del asunto y usted no sabe nada. Estuvo otro rato hablando del físico atómico hasta que uno de ellos comenzó a gritarle que no lo negase.
Les dijo la verdad. Querían tener en la revista una buena sección de astrología, no sabían a quién dirigirse, me conocía y por eso me pidió ayuda. Está segura de no haber violado ninguna ley checoslovaca. No, asintieron, no ha violado ninguna ley. Solo ha violado los reglamentos internos que prohíben colaborar con determinadas personas que han abusado de la confianza del partido y del Estado. Arguyó que no había pasado nada del otro mundo: el nombre del señor Kundera había quedado oculto por el seudónimo y no había podido ofender a nadie. Y los honorarios que el señor Kundera había recibido eran insignificantes. Volvieron a estar de acuerdo con ella: es cierto que no se trata de nada serio, solo se limitarán a redactar una declaración de lo que ha pasado, ella la va a firmar no tiene que tener miedo de nada.
Firmó la declaración y dos días más tarde la llamó el redactor jefe y le anunció que estaba despedida de inmediato. Ese mismo día fue a la radio donde tenía amigos que hacía tiempo que le habían ofrecido trabajo. La recibieron con alegría, pero cuando al día siguiente fue a formalizar el contrato, el jefe del departamento de personal que la apreciaba, puso cara de desolación: "Qué tontería has hecho, chiquilla, te has destrozado la vida, no puedo hacer por ti absolutamente nada".
Al principio tenía miedo de hablar conmigo porque había tenido que prometerle a la policía que no le diría nada a nadie sobre el interrogatorio. Pero cuando recibió una nueva citación de la policía (tenía que ir al día siguiente) decidió que tenía que encontrarse conmigo en secreto para que nos pusiéramos de acuerdo y no hiciéramos declaraciones distintas si por casualidad me llamaba a mí también.
Entiendan ustedes, R. no era miedosa, era simplemente joven y no sabía nada sobre el mundo. Había recibido ahora un primer golpe incomprensible e inesperado que nunca sería ya capaz de olvidar. Comprendí que había sido elegido como cartero para llevarle a la gente advertencias y castigos y empecé a tener miedo de mí mismo.
-¿Usted cree -dijo con voz agarrotada- que están enterados de las mil coronas del horóscopo?
-No tenga miedo. Una persona que estudió en Moscú tres años de marxismo-leninismo no puede confesar nunca que se hizo hacer un horóscopo.
Se rió y esa risa que apenas duró medio segundo sonó para mí como una tímida promesa de salvación. Era precisamente esa risa la que había deseado mientras escribía aquellos estúpidos artículos sobre piscis, virgo y capricornio, era precisamente aquella risa la que yo había imaginado como recompensa, y aquella risa no llegaba porque mientras tanto, en todo el mundo, los ángeles habían ocupado todos los puestos decisivos, todos los estados mayores, habían dominado a la izquierda y a la derecha, a los árabes y a los judíos, a los generales rusos y a los disidentes rusos. Nos observaban desde todas partes con su mirada gélida que arrancaba nuestro simpático ropaje de alegres mistificadores y nos convertía en míseros estafadores que trabajan en una revista de la juventud socialista, pese a que no creen ni en la juventud ni en el socialismo, que escriben un horóscopo para el redactor jefe, pese a que se ríen del redactor jefe y del horóscopo, que se ocupan de naderías cuando todos los que están a su alrededor (la derecha y la izquierda, los árabes y los judíos, los generales y los disidentes) luchan por el futuro de la humanidad. Sentíamos sobre nosotros el peso de su mirada, que nos convertía en insectos dignos de ser aplastados.
Dominé mi angustia e intenté inventar para R. la estrategia más sensata posible para su interrogatorio del día siguiente en la policía. Durante la conversación se levantó varias veces para ir al váter, sus regresos iban acompañados del sonido del agua de la cisterna y de su sensación de pánico. Aquella muchacha valerosa se avergonzaba de su miedo. Aquella mujer exquisita se avergonzaba de sus entrañas, que se desmadraban ante los ojos de un extraño.




8.
En los pupitres había unos veinticinco jóvenes de diversas nacionalidades mirando distraídos a Micaela y Gabriela que estaban de pie, nerviosas, junto a la cátedra en la que se sentaba la profesora Rafael. Cada una de ellas tenía en la mano varias hojas con el texto de la exposición y además de eso un extraño objeto de papel provisto de una goma.
-Vamos a hablar de una obra de Ionesco: El rinoceronte -dijo Micaela, y agachó la cabeza para colocarse en la nariz un tubo de papel adornado con papelillos de colores y ajustárselo con la goma en la nuca. Gabriela hizo lo mismo. Las dos muchachas se miraron entonces y emitieron un sonido corto, alto y entrecortado.
La clase comprendía fácilmente lo que las dos chicas querían dar a entender: en primer lugar, que el rinoceronte tiene en lugar de la nariz un cuerno; en segundo lugar, que la obra de Ionesco es cómica. Habían decidido expresar ambas conclusiones no solo con palabras, sino también con la acción del propio cuerpo.
Los largos tubos se les balanceaban en la cara y la clase cayó en una especie de estado de compasión embarazosa, como si alguien delante de su spupitres les enseñase un brazo amputado.
Solo la profesora Rafael se entusiasmó con la ocurrencia de sus queridas chicas y respondió a aquel sonido alto y entrecortado con otro similar.
Las chicas balancearon satisfechas sus largas narices y Micaela comenzó a leer la parte que le correspondía de la exposición.
Entre las alumnas estaba también la joven judía Sarah. Hacía poco tiempo les había pedido a las dos americanas que le dejasen ver su cuaderno de notas (todo el mundo sabía que no se les escapaba ni una sola palabra de la profesora), pero ellas se negaron: "eso te pasa por ir a la playa en horas de clase". Desde entonces las odiaba cordialmente y ahora se complacía en ver su estupidez.
Micaela y Gabriela leían por turnos su análisis de El rinoceronte y los largos cuernos de papel sobresalían de sus rostros como una vana plegaria. Sarah se dio cuenta de que se le presentaba una oportunidad que habría sido una pena no aprovechar. Cuando Micaela hizo una pequeña pausa en su lectura y se volvió hacia Gabriela, dándole a entender que había llegado su turno, Sarah se levantó del pupitre y se dirigió hacia las dos chicas. Gabriela, en lugar de tomar la palabra, apuntó hacia la compañera que se acercaba el orificio de su sorprendida nariz de papel y se quedó callada. Sarah llegó hasta las dos estudiantes, pasó junto a ellas (las americanas, como si aquella nariz suplementaria pesase demasiado sobre sus cabezas, no fueron capaces de darse la vuelta y mirar lo que estaba pasando a sus espaldas), tomó impulso, le dio a Micaela una patada en el culo, volvió a tomar impulso y le dio otra patada a Gabriela. Cuando lo hubo hecho, regresó a su pupitre con calma y hasta con cierta dignidad.
En un primer momento el silencio fue absoluto.
Después comenzaron a correr las lágrimas por los ojos de Micaela y al cabo de un instante también por los de Gabriela.
Después estalló en la clase una risa inmensa.
Después se sentó Sarah en su banco.
Después, la señora Rafael, que al princpio se había quedado sorprendida y perpleja, comprendió que la acción de Sarah había sido cuidadosamente preparada como parte de la broma organizada por las estudiantes para mejor comprensión del tema que debían estudiar (es necesario explicar la obra de arte no solo a la antigua, teóricamente, sino también en un sentido moderno: a través de la praxis, del acto, del happening); no vio las lágrimas de sus amadas chicas (estaban de espaldas mirando a la clase) y por eso agachó la cavevza y se rió aprobándola con alegría.
Micaela y Gabriela, cuando oyeron a sus espaldas la risa de la amada profesora, se sintieron traicionadas. Las lágrimas fluyeron entonces de sus ojos como el auga de un grifo. La humillación las torturaba de tal modo que se retorcían como si tuvieran espasmos intestinales.
La señora Rafael creyó que las contorsiones de sus amadas alumnas formaban parte de una danza y una especie de fuerza, más potente que su seriedad profesoral, le arrancó en ese momento de la silla. Se reía hasta llorar, extendía los brazos y su cuerpo se estremecía de modo que la cabeza se movía sobre su cuello, hacia delante y hacia atrás, como cuando el sacristán sostiene la campanilla hacia arriba y toca a rebato. Llegó hasta las muchachas que se retorcían y cogió a Micaela de la mano. Estaban ahora las tres de pie frente a los pupitres, se retorcían y a las tres les salía agua de los ojos. La señora Rafael dio dos pasos en el sitio, luego levantó la pierna izquierda hacia un costado, la pierna derecha hacia el otro y las muchachas comenzaron a imitarla tímidamente. Las lágrimas les corrían a lo largo de las narices de papel y ellas se retorcían y daban saltitos en el sitio. Entonces la profesora cogió de la mano también a Gabriela, formando así frente a los pupitres un círculo, las tres cogidas de la mano, dando pasos en el sitio y a los costados, dando vueltas y vueltas por el parqué de la clase. Levantaban primero una pierna y luego la otra y las muecas de llanto de los rostros de ambas muchachas se convertían imperceptiblemente en muecas de risa.
Las tres mujeres bailaban y se reían, las narices de papel se balanceaban y la clase callada miraba aquello con silencioso horror. Pero las mujeres que bailaban en aquel momento ya no se fijaban en los demás, estaban concentradas en sí mismas y en su placer. De repente, la señora Rafael golpeó con el pie un poco más fuerte, se elevó un par de centímetros por encima del piso de la clase, de modo que al dar el paso siguiente ya no tocaba la tierra. Atrajo consigo a las dos amigas y al cabo de un rato las tres daban ya vueltas sobre el parqué y se elevaban lentamente en espiral. Sus cabellos tocaban ya el techo, que comenzó a abrirse lentamente. Seguían elevándose por aquella abertura, las narices de papel ya no se veían, ya asomaban por el agujero solo tres pares de zapatos, por fin desaparecieron éstos también, mientras los alumnos, estupefactos, oyeron desde las alturas las relumbrantes risas de tres arcángeles que se alejaban.




9.
La reunión con R. en el piso prestado fue para mí decisiva. Aquella vez comprendí definitivamente que me había convertido en un repartidor de desgracias y que no podía seguir viviendo entre personas queridas sin hacerles daño. Que por lo tanto no tenía otra alternativa que irme de mi país.
Pero hay una cosa más por la que recuerdo aquella última reunión con R. Siempre la quise del modo más inocente y menos sexual posible. Como si su cuerpo hubiera estado siempre perfectamente escondido tras su resplandeciente inteligencia, tras la corrección de su comportamiento y el buen gusto de su vestimenta. Aquella chica no me había dejado ni el más pequeño intersticio a través del cual poder apreciar el relámpago de su desnudez. Y de repente el miedo la abrió como el cuchillo de un carnicero. Me pareció como si estuviera ante mí igual que una ternera abierta en canal, colgada de un gancho en la carnicería. Estábamos sentados en el sofá del piso prestado, desde el retrete se oía el ruido del agua que llenaba la cisterna y a mí me atacó un deseo furioso de hacerle el amor. Más exactamente: el deseo de violarla. De echarme encima de ella y estrecharla en un solo abrazo con todas sus contradicciones insoportablemente excitantes, con sus vestidos perfectos y sus tripas rebeldes, con su inteligencia y su miedo, con su orgullo y su vergüenza. Me pareció que en aquellas contradicciones se escondía su esencia, aquel tesoro, aquella pepita de oro, aquel diamante oculto en sus profundidades. Quise saltar sobre ella y arrancarlo para mí, quise abarcarla con su mierda y su alma imperecedera.
Pero veía los ojos angustiados que se fijaban en mí (dos ojos angustiado en una cara inteligente) y cuanto más angustiados estaban aquellos ojos, mayor era mi deseo de violar y al mismo tiempo más absurdo, más estúpido, más escandaloso, más imcomprensible y más irrealizable.
Cuando ese día dejé el piso prestado y salí a la calle desierta del suburbio praguense (R. se quedó allí, tenía miedo de salir conmigo, de que alguien nos viese juntos), no pensé durante mucho tiempo en nada más que en aquel inmenso deseo de violar a mi simpática amiga. Aquel deseo quedó dentro de mí, apresado como un pájaro en un saco, como un pájaro que a veces se despierta y golpea con sus alas.
Es posible que aquel demencial deseo de violar a R. haya sido solo un desesperado intento de aferrarme a algo en medio de la caída. Porque desde que me echaron del corro sigo cayendo sin parar, sigo cayendo hasta ahora, y aquella vez solo me dieron un nuevo empujón para seguir cayendo, aún a mayor profundidad, desde mi tierra hasta el espacio vacío del mundo en el que suena la horrible risa de los ángeles que cubre con su estruendo todas mis palabras.
Yo sé que en algún lugar está Sarah, la muchacha judía Sarah, mi hermana Sarah, pero ¿dónde encontrarla?

 

Libro de la risa y el olvido. Capítulo III. 1979

domingo, 17 de mayo de 2020

Ojos de perro. Henry Fisher.

Es de noche. La luna llena está escondida tras las nubes y el viento trae de lejos los aullidos de los perros.
Mi perro permanece en silencio. Se levanta de su lugar frente al fuego y mira fijamente hacia un rincón oculto tras las sombras, con la cola entre las patas, las orejas gachas y la pelambre erizada.
Yo no quiero ni pensar qué está mirando.


sábado, 16 de mayo de 2020

La resucitada. Emilia Pardo Bazán.

Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.
Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía –como se percibe entre sueños– lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios…, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.
Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena… Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.
Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó… Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.
Diez pasos hasta su morada… El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme… Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:
–¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?
–Abre, Pedralvar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!… ¡Abre presto!…
–Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!…
–Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?
Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…
Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea –ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal–, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto… De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.
Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan… Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición…
Por su parte, el esposo –guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla–, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura… En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.
–De donde tú has vuelto no se vuelve…
Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…

Imagen: cuadro de Joaquin Vaamonde.
 

viernes, 15 de mayo de 2020

Física. Fernando León de Aranoa.

La tortura es pura física.
La resultando de golpear un cuerpo femenino de 56 kilogramos de peso un número N de veces contra una pared, es una cantidad de hematomas inferior o igual al número de veces que se despertará llorando el resto de su vida, ya bien entrada la noche.
La oscilación de un peso de 7 kilogramos colgado de los testículos de un hombre adulto, produce una sensación de dolor directamente proporcional a la sensación de pérdida que experimentaron sus hijos la mañana que supieron por su madre que había sido detenido, y no fueron al colegio.
La cabeza de un interrogado al ser sumergida en una bañera desaloja un volumen de agua idéntico al miedo que le impedirá volver a coger el teléfono cuando suene en casa de madrugada, pero siempre inferior al que experimentará cada vez que sienta acercarse los pasos de un extraño a su espalda.
Una descarga eléctrica de 300 voltios, aplicada a intervalos de 3 minutos sobre los pezones de una mujer desnuda e indefensa, genera una desconfianza en el otro que ninguna declaración de derechos humanos conseguirá paliar jamás.
Si el cuerpo de un hombre joven es arrojado al mar desde un avión que vuela a una altura de 1.300 pies en dirección al Este, y las condiciones de visibilidad son buenas, ¿cómo recuperar entonces la fe en el hombre? ¿Cómo volver a mirar a la cara a los perros?

Aquí yacen dragones. 2013.
 

miércoles, 13 de mayo de 2020

La mujer de verde. Cristina Fernández Cubas.

—Lo siento —dice la chica—. Se ha confundido usted.
La he escuchado sin pestañear, asintiendo con la cabeza, como si la cosa más natural del mundo fuera ésta: confundirse. Porque no cabe ya otra explicación. Me he equivocado. Y por un momento repaso mentalmente la lista de pequeñas confusiones que haya podido cometer en mi vida sin encontrar ninguna que se le parezca. Pero no debo culparme. Me encuentro cansada, agobiada de trabajo y, para colmo, sin poder dormir. Esta misma mañana a punto he estado de telefonear a mi casero. ¿Cómo ha podido alquilar el piso de arriba a una familia tan ruidosa? Pero lo que importa ahora no son los vecinos ni tampoco el casero ni mi cansancio, sino el extraño espejismo que, por lo visto, he debido de sufrir hace apenas media hora. Una mezcla de turbación y certeza que me ha llevado a abandonar precipitadamente una zapatería, y correr por la calle tras una mujer a la que me he empeñado en llamar Dina. Y la mujer, sin prestarme atención, ha seguido indiferente su camino. Porque no era Dina. O por lo menos eso es lo que me está afirmando la verdadera Dina Dachs, sentada frente a su ordenada mesa de trabajo, con la misma sonrisa inocente con la que, hace apenas
una semana, acogió la noticia de su incorporación a la empresa. «No», me dice. «No me he movido de aquí desde las nueve.» Y después, meneando comprensivamente la cabeza: «Lo siento. Se ha confundido usted».
Sí. Ahora comprendo que a la fuerza se trata de un error. Porque, aunque el parecido me siga resultando asombroso, la chica que tengo delante no es más que una muchacha educada, cortés, una secretaria eficiente. Y la mujer, la desconocida tras la que acabo de correr en la calle, mostraba en su rostro las huellas de toda una vida, el sufrimiento, una mirada enigmática y fría que ni siquiera alteró una sola vez, a pesar de mis llamadas, de los empujones de la gente, del bullicio de una avenida comercial en vísperas de fiestas. Y fue seguramente eso lo que me llamó la atención, lo que me había llevado a pensar que aquella mujer —Dina, creía— sufría un trastorno, una ausencia, una momentánea pérdida de identidad. Pero ahora sé que mi error es tan sólo un error a medias. Porque la desconocida, fuera quien fuera, necesitaba ayuda. Y vuelvo a mirar a Dina, su jersey de angora y el abrigo de paño colgado del perchero, y de nuevo recuerdo a la mujer. Vestida con un traje de seda verde en pleno mes de diciembre. Un traje de fiesta, escotado, liviano... Y un collar violeta. Indiferente al frío, al tráfico, a la gente. No digo nada más. La evidencia de que he confundido a aquella chica con una demente me hace sonreír. Y me encierro en mi despacho, dejo las compras sobre una silla y empiezo a revisar la correspondencia. Será un mes agotador, sólo un mes. Y luego Roma, Roma y Eduardo. Me siento feliz. Tengo todos los motivos del mundo para sentirme feliz.


Ninguno de los dos pares de zapatos se ajusta a mis medidas. Unos me quedan demasiado estrechos, me oprimen. Para soportarlos debo contraer los dedos en forma de piña. Con los otros me ocurre justamente lo contrario. Mis pies se encogen también en forma de piña, pero la finalidad es muy distinta. Hacerme con el timón de esas barcas que se resisten a ser conducidas, que se rebelan, escapan... Es ya muy tarde para pasar por casa, con lo cual, me digo, no tendré más remedio que escoger entre dos sufrimientos. Opto por el segundo, pero no lo hago a la ligera. Dentro de media hora debo asistir a una cena de trabajo. Por eso he venido ya arreglada a la oficina y por eso también me he detenido antes en una zapatería. Una compra absurda, apresurada. Mañana devolveré los que me quedan estrechos. Porque ahora me doy cuenta de que no siento el menor apetito y dentro de media hora me veré obligada a comer. Conozco este martirio desde que me he convertido en una ejecutiva respetada. Un suplicio que no tiene nada que ver con su contrario —morirse de hambre y no poder saciarla— y del que suelo avergonzarme a menudo. Me decido, pues, por los zapatos deslizantes como góndolas (no podría explicarlo: me parecen más adecuados a lo que me espera) y aparezco así en el restaurante, a la hora en punto, arrastrando los pies y sin una pizca de apetito. La lectura del menú me produce náuseas. Es una sensación grosera, ridicula. Como groseros me parecen los diez comensales, hablando con un deje de complicidad de sus secretarias, con cierta respetuosa admiración de sus esposas, o ridículos los zapatos que hace rato he abandonado sobre la moqueta. Sólo espero que la cena acabe de una vez, que en algún momento de la noche se hable de Eduardo, de la última ocasión en que vieron a Eduardo, de lo bien que le van las cosas a Eduardo. Por fortuna no tardan en hacerlo. Me preguntan por la sucursal que la empresa acaba de abrir en Roma y yo, aunque al referirme a Eduardo diga «el jefe», siento un ligero alivio al poder pensar en él, pensar en voz alta, a pesar de que lo que digo no tenga, en realidad, nada que ver con lo que imagino. Pero ellos no pueden saberlo. Nadie, ni siquiera en la oficina, puede sospechar remotamente mi relación con Eduardo. Ni en la oficina ni, menos aún, en su casa, y a ratos me gusta decidir que tampoco el propio Eduardo tiene demasiado claras nuestras relaciones. No me importa lo que, de saberlo, pudiera decir su esposa, pero sí, y ésta es mi mejor arma, lo que pueda pensar Eduardo. Y Eduardo no piensa. No piensa en mí como en una amante, a pesar de que ésa es la palabra que mejor definiría nuestra situación, y no me conviene que piense en mí como en una amante. A Eduardo las palabras le dan miedo. Las palabras y su mujer. Por eso, por una vez en la vida, se ha atrevido a engañarla, sin tener tan siquiera que llegar a decirse: «La engaño». Para los comensales no soy más que la antigua compañera de estudios del jefe, su brazo derecho. Para su mujer también. Y así quiero que sigan creyéndolo. Además, tengo el papel bien aprendido. Cuando me preguntan quién se hará cargo de la oficina en Roma, me encojo de hombros. Eduardo está allí, seleccionando personal. Eduardo supervisará el trabajo durante el primer año, irá y volverá. Después, cuando encuentre a la persona adecuada, lo dejará en sus manos. Un italiano seguramente... Y pienso en un apartamento en el Trastevere. En una vida libre, sin horarios, sin familia, con su mujer a miles de kilómetros. Alguien me dice que me encuentra desganada, que apenas pruebo bocado, que «la mujer que no disfruta en la mesa...», y yo aprovecho para recordar de pronto una llamada importante. Una llamada de negocios, naturalmente. Busco con los pies los zapatos olvidados, aprieto los dedos como una pina y abandono la mesa. Pero no me dirijo al teléfono sino al baño. Me mojo la cara, me seco con una toalla de papel, y entonces, cuando me dispongo a retocar el maquillaje, la veo otra vez.


Cierto. Durante la cena apenas he comido y, en cambio, he bebido en abundancia. Pero, por un momento, unos segundos, ella ha estado allí. La he visto con toda nitidez. Su vestido verde, el collar violeta, la mirada fría y enigmática. No sé si ha abierto la puerta y, al verme, ha salido enseguida. No sé si estaba allí cuando yo he entrado. Todo ha sucedido con extrema rapidez. Yo secándome la cara con la toalla de papel, jugando mecánicamente con las posibilidades de un espejo de tres caras, comprobando mi peinado, mi perfil, y ella, una sombra verde, pasando como una exhalación por el espejo. Rectifico la posición de las lunas, las abro, las cierro y, atónita aún, logro aprisionarla por unos segundos. La mujer está allí. Detrás de mí, junto a mí, no lo sé muy bien. Me vuelvo enseguida, pero sólo acierto a sorprender el vaivén de la puerta. «Se ha escapado al verme», pienso. Y no puedo hacer otra cosa que recordar sus ojos. Una mirada fría, enigmática. Pero también, ahora me doy cuenta, una mirada de odio.


Dina Dachs es una chica como tantas otras. Me lo digo por la mañana, lo repito por la tarde. Por la noche me llevo a casa el fichero con los datos de las nuevas empleadas. Cinco en total. Todas con un curriculum semejante, la misma edad, idénticas expectativas de promoción en la empresa. Con una ligera ventaja a favor de Dina. Tres idiomas a la perfección, excelentes referencias, una notable habilidad a la hora de rellenar el cuestionario de la casa. Por eso fue la primera aspirante que seleccioné. Por eso, me explico asimismo ahora, recordaba tan bien su nombre el día en que corrí por la calle tras la mujer de verde. Aunque Dina Dachs es un nombre difícil de olvidar, tal vez porque no parece un auténtico nombre. Pienso en un pseudónimo, en un nombre artístico, en DINA DACHS anunciado en grandes caracteres en un teatro de variedades, en vedettes de revista... No sé ya en lo que pienso. El perpetuo trajín de los inquilinos de arriba me impide ordenar ideas. Mañana protestaré, hablaré con el casero o me mudaré de piso. Mañana, también, interrogaré sutilmente a Dina.


Llevo todo el día observándola, escrutándola, controlando sus llamadas telefónicas, sin que hasta ahora haya aparecido nada especial, nada que me incite a sospechar una doble vida, a explicar sus extrañas apariciones en la calle primero, en el restaurante después. Dina me dice que no sale por las noches. Lo dice muy tranquila, sin saber que en mi pregunta se encierra una trampa. No le importa permanecer en el despacho, hacer horas extras, poner al día el trabajo. En la ciudad no conoce a casi nadie. No tiene hermanos ni hermanas, ni siquiera padres. ¿No tiene hermanas? No, no tiene. Luego le pido que haga una reserva para esta noche en cierto restaurante del que, curiosamente, he olvidado el nombre. Le indico la calle, la situación exacta, el dato revelador de que las paredes están totalmente tapizadas de moqueta y los lavabos disponen de espejos de tres hojas. Dina no suele cenar en restaurantes pero, se le ocurre de pronto, puede consultar con alguna compañera. La dejo hacer y, discretamente, escucho tras la puerta. No parece que esté fingiendo. Después le dicto una carta, dos, tres. Son cartas improvisadas que nadie va a recibir y cuyo único objeto es estudiar a Dina, acorralarla, pescarla en una duda, un traspié. La chica se da cuenta de que lo que le estoy dictando es completamente absurdo. Se da cuenta también de que no dejo de observarla. En un momento, azorada, se baja instintivamente la falda y descruza la pierna. Con la excusa de que la habitación está llena de humo, abro la ventana. Hace frío afuera, un frío casi tan cortante como el silencio que acaba de establecerse entre Dina y yo. La situación se me hace embarazosa. Voy a volverme, decirle que se retire, que ya está bien por hoy, que se marche a su casa. Pero no logro pronunciar palabra. Por primera vez en mi vida he sentido el vértigo de un quinto piso. Porque ella está allí. Aunque no dé crédito a mis ojos, la mujer está allí, en la esquina de enfrente. Veo el traje verde, la mancha violeta, su figura indecisa destacándose entre el bullicio de la calle. Parece una mendiga. El tirante del vestido cae sobre uno de sus hombros. Está despeinada, encogida, se diría que de un momento a otro va a morirse de frío. Y tiene el brazo alzado, inmóvil. Su actitud, sin embargo, no es la de alguien que pida limosna. Salvo que esté loca. O ebria. O que la mano no apunte hacia nadie más que hacia mí. Aquí, en el quinto piso, asomada a la ventana de mi despacho.
—¿Algo más? —dice una voz cansada a mis espaldas.
Ruego a Dina que se acerque. Le hago sitio junto a la ventana e indico con el brazo el lugar exacto adonde debe mirar. «La mendiga», le digo. «Aquella mendiga.» Un autobús se detiene justo enfrente de la mujer de verde. Aguardo a que se ponga de nuevo en marcha. Su figura aparece con intermitencias tras los coches. «Fíjese bien. Allí, está allí. No, ya no. Espere...» Sin darme cuenta la he cogido por el hombro. Ella, contrariada, se aparta de la ventana.
—No veo absolutamente nada —dice.
Está molesta, irritada. Al salir hace lo que ninguna otra secretaria se hubiera atrevido a hacer. Cierra enérgicamente. Casi de un portazo.


No puedo hablar con nadie de lo que me preocupa. Eduardo sigue en Roma, con su mujer. Sé que se trata de un premio de consolación, de un acto sin consecuencias, una estratagema ingenua para asumir inminentes proyectos sin mala conciencia. Pero sé también que no debo llamarle. Su mujer estará con él. En el hotel, en la oficina, en todas partes. Tampoco puedo confiarme a cualquiera porque ignoro del todo los términos en los que podría confiarme a cualquiera. Por un momento pienso en Cesca, la empleada más antigua de la empresa. Cesca me quiere y me respeta. Pero a Cesca le gusta curiosear, meter las narices en los asuntos de los otros, comentar, charlar... Aunque, si mañana vuelve a aparecer la mujer de verde, ¿qué puede tener de alarmante que llame a Cesca y le haga un lugar en la ventana? «Mire a esa mujer. Hace días que ronda por aquí. Parece como si le ocurriera algo extraño.» Y que ella, Cesca, calándose las gafas, me asegure que se trata tan sólo de una mendiga, una de tantas pordioseras que llenan las calles por estas fechas, tal vez una loca, una borracha, una prostituta. Las tres cosas a un tiempo... Y que luego, aguzando la mirada, Cesca reconozca que le recuerda a alguien. No puede precisar quién, pero le recuerda a alguien... O que llame al conserje. Y que el conserje salga a la calle para cerciorarse. O quizá no haga falta. «Es una perturbada», puede decirme. «Una perturbada o una farsante. Siempre aparece por el barrio en navidades. La gente le da dinero porque le tiene miedo.» Pero yo no he visto a nadie que se detenga junto a ella y le dé dinero. La verdad es que, desde la altura del quinto piso, no he visto nada más que su presencia verde y un brazo alzado hacia mí, pidiéndome algo, avisándome de algo. Y también he visto a Dina. A mi lado, apoyada en el alféizar de la ventana mientras yo señalaba en dirección a la pordiosera. Me lo repito varias veces. La pordiosera abajo, en la calle; Dina a mi lado. Un dato tranquilizador que debería bastarme para hablar de puro azar, de coincidencia, de un parecido acusado. De la imposibilidad de que la misma mujer se encuentre en dos lugares a un tiempo. Pero está también su mirada. Apartando mi brazo de su hombro, enrojeciendo de fastidio, cerrando enérgicamente la puerta. Todo es cuestión de grados, pienso. Porque a la mirada de irritación de Dina Dachs le falta muy poco para convertirse en la de la mujer de verde. Una mirada fría, enigmática. Una mirada de odio.
Pero no puedo culparla. En los últimos días no hago más que llenarla de trabajo, darle órdenes y contraórdenes, convocarla a mi despacho o irrumpir en el suyo y cerciorarme de que sigue allí, parapetada tras una montaña de papeles, luchando con cuentas, documentos, informes. Me tranquiliza saberla ocupada, comprobar que tardará aún mucho en terminar con sus tareas del día, que posiblemente será la última en abandonar por la noche la oficina. Y yo, mientras, pienso en la mujer de verde. Espero la aparición de la mujer de verde, asomada a la ventana, con el teléfono en la mano, dispuesta a llamar a Cesca o al conserje. Pero no a Dina. Dina no es una chica como las otras. En tantas horas de observación he podido darme cuenta. Dina tiene orgullo, dignidad, y sólo Dios sabe hasta cuándo va a permitir el acoso al que la someto sin plantarme cara. Sé que estoy empezando a disgustarla seriamente y sé ahora también que Dina es mucho más agraciada de lo que me había parecido al principio. Una de esas mujeres discretas, serenas, que ganan con el trato, con las horas, con los días. Confino pues a Dina en su despacho y espero. Con los ojos pegados al cristal de la ventana, espero.


Ni al día siguiente ni al otro se produce la ansiada aparición. Todo el trabajo del que no puedo hacerme cargo se lo confío a Dina. Desde la ventana oigo el frenético tecleo del cuarto contiguo, pero ya no pienso en ella ni me preocupa lo que pueda opinar de mi comportamiento. Todos mis sentidos están pendientes de la posible aparición de la mujer de verde. Tal vez, me digo, esa pobre amnésica ha recuperado la memoria. O se ha muerto de frío. O las patrullas urbanas han terminado por recogerla. Me siento en la butaca y me dispongo a llamar a Cesca.
«No me encuentro bien», voy a decirle. «Hágase cargo de todo hasta mañana.» Pero no llego a marcar el número. De pronto he sentido frío. Un frío húmedo y penetrante a mis espaldas que me hace reaccionar, darme cuenta de que realmente me siento enferma y que en el mes de diciembre es una auténtica locura mantener la ventana abierta. Una ráfaga de viento pone en danza el montón de papeles a los que hace días no presto la menor atención y que tampoco me van a desviar ahora de mi cometido. Me vuelvo apresuradamente, aunque sospecho ya que aquel frío repentino poco tiene que ver con las inclemencias de la estación o con el estado de mis nervios. Allí abajo está la mujer. En la esquina de enfrente. Parece resuelta, decidida, dispuesta a cruzar la calle en dirección hacia donde me encuentro. Sortea los coches como por milagro. Con el brazo alzado, siempre hacia mí. El deterioro es patético. Los restos del traje verde dejan su pecho al descubierto y, repentinamente, su forma de andar se convierte en tambaleante, insegura, grotesca. ¿Qué es lo que me pudo conducir a pensar que ese fantoche se parecía a Dina? Intento fijarme mejor, me inclino aún más sobre el alféizar, distingo una mancha verde en uno de los pies, sólo en uno, y enseguida comprendo su ocasional cojera. El otro zapato ha quedado olvidado en el bordillo de la acera. Pero nadie lo recoge, nadie lo aparta de un puntapié, nadie tropieza, nadie, en fin, se compadece de esa pobre desgraciada y la conduce a un asilo. La vida en las ciudades es inhu-mana, cruel, despiadada... Aterida de frío cierro la ventana y marco el número de Cesca. «Estoy muy cansada. Hágase cargo de todo hasta mañana, por favor.» Y me voy a casa, acudo a un somnífero y, por una vez, ni los vecinos del piso de arriba pueden impedir mi sueño.


Todos los veintitrés de diciembre el mismo rito. «Me siento muy cansada, Cesca. Mañana no apareceré por la oficina.» Y cada veinticuatro las mismas correrías, la misma búsqueda, el mismo deambular por comercios y grandes almacenes con la lista completa de los empleados en la mano. Es una costumbre de la empresa. Una ceremonia infantil cuyo primer eslabón está en Cesca, en su fingida alarma ante mi supuesto malestar, en el guiño de ojos que adivino desde el otro lado del teléfono, en el «¿Qué será esta vez?» que voy detectando en todo aquel con quien me cruzo en cuanto abandono el despacho, me pongo el abrigo y dejo que el conserje me abra la puerta. El día veintisiete, en su mesa, encontrarán un regalo. Un detalle personal, un acierto inesperado tras el que se encuentran mis buenos oficios, pero que todos sin excepción agradecerán a Eduardo, como si supieran que en este juego de niños el más ilusionado es siempre él, aunque se encuentre, como ahora, a miles de kilómetros o ignore, como de costumbre, cuáles son sus gustos, sus necesidades, sus aficiones. Recuerdo las gafas de Cesca, eternamente esquivas, dispuestas a esconderse en cualquier rincón, a desplazarse a los lugares más inverosímiles, y le compro una cadena de plata. Le siguen el portero, el conserje, la mujer de la limpieza, el chico de los recados, el jefe de personal, las nuevas administrativas... De pronto me doy cuenta de que apenas si sé algo de ellas, pendiente como he estado de tan sólo una de ellas. Y pienso en Dina. Me pregunto si tal vez merecería un regalo mejor. Un detalle añadido para hacerme perdonar mis abusos, el acoso al que la he tenido sometida, el trato apremiante, injusto. Aunque ¿no conseguiría con esto confundirla todavía más? Decido que las funciones de las cinco chicas en la oficina son muy parecidas y todas van a recibir un obsequio similar. Entro en perfumerías, almacenes, tiendas de discos. En el bolso llevo las tarjetas con la firma de Eduardo y los nombres de los empleados, es mejor colocarlas ya ahora, a medida que voy comprando, para que no haya lugar a confusión alguna y dentro de dos días todos puedan admirarse, sorprenderse, agradecer la atención a Eduardo como si fuera la primera vez. Como cada año.
El frío de esta tarde de diciembre es intenso pero a mí siempre me ha gustado el frío de las tardes de diciembre. A pesar de la fecha, a pesar de la luminosidad de los comercios, de los cantos navideños o de la profusión de los árboles adornados, no hay demasiada gente en las calles. Puedo así pasear, contemplar los escaparates con cierta tranquilidad, con el mismo ánimo sereno con el que me he levantado esta mañana. Pildoras para dormir. Ahí estaba el remedio. Un sueño artificial que me ha repuesto de tantos días de agitación y cansancio. Ahora empiezo a ver las cosas de otra manera. Eduardo se excedió al dejarme por tres semanas al mando de la oficina. No estoy capacitada ni poseo el temple necesario. Mis nervios estaban destrozados, quién sabe qué desatinos hubiese podido cometer. Pero ahora estoy contenta. Por primera vez en tantos días me siento alegre y me sorprendo coreando un villancico que escupe un altavoz cualquiera de un comercio cualquiera. Debo de parecer loca. Me pongo a reír. Y entonces, con la recurrencia de una pesadilla, la veo otra vez.
No tengo miedo ya ni me siento cansada. Tan sólo harta, completamente harta. Voy a seguirla, a mirarla de cerca, a convencerme de que no es más que una desarrapada, a preguntarle si necesita ayuda. Ella abandona ahora la avenida luminosa y se interna por un pasaje oscuro. Casi la alcanzo de una corrida, luego me detengo, guardo prudentemente las distancias y observo sus pasos. Camina descalza, deslizándose como un gato por el empedrado. Su cabello parece una maraña de grillos. Su vestido está hecho jirones. Ya no la llamo por su nombre porque ignoro cuál es su nombre. De repente se detiene en seco, como si me aguardara. A pesar de la oscuridad caigo en la cuenta de que no estamos en un pasaje como había creído, sino en un callejón sin salida. Pero es demasiado tarde para retroceder. La inercia de mi carrera me ha hecho rozar su espalda. «Oiga», le digo. «Un momento, por favor. Escuche.» Y entonces, mientras me descubro perpleja con un trozo de seda verde en la mano, un tejido apolillado que se pulveriza al contacto con mis dedos, ella se vuelve y sonríe. Pero no es una sonrisa, sino una mueca. Un rictus terrible. Y sobre todo un aliento. Una fetidez que me envuelve, me marea, me nubla los sentidos. Cuando recupero el conocimiento estoy sola, apoyada contra un muro, con los paquetes de las compras desparramados por el suelo. No me sorprende que estén todavía allí. Los recojo uno a uno. Con cuidado, casi con cariño. Ahora ya sé quién es esa mujer. Y vuelvo a pensar en Dina. Pobre Dina Dachs. Encerrada en su despacho, regresando a su piso, paseando por la calle. Porque Dina, se encuentre donde se encuentre en estos momentos, ignora todavía que está muerta desde hace mucho tiempo.
O tal vez pueda aún impedirlo. Me olvido de los dictados de la razón, esa razón que se ha revelado inútil y escucho por primera vez en mi vida una voz que surge de algún lugar de mí misma. Dina, aunque tal vez no haya muerto aún, está muerta. La mujer de verde es Dina muerta. He asistido a su proceso de descomposición, a sus apariciones imposibles en calles concurridas, en lunas de espejos, en callejones sin salida. Pienso en espejismos de una playa cálida. Acaso no haya ocurrido aún, pero va a ocurrir. Y a mí, por inexpugnables designios del destino, me ha correspondido ser testigo de tan extrañas secuencias. No me parece aventurado concluir que sólo yo puedo hacer algo. Y no me siento asustada. Es extraño, pero no me siento asustada, sino resuelta. Hago pues lo que suelo hacer cada veinticuatro de diciembre. Dejar los regalos para el personal en la garita del portero, comprobar que no se ha desprendido ninguna tarjeta, recordarle la disposición exacta para dentro de dos días. El portero, como siempre, me indica que no me preocupe, se despide de mí, hace como si no supiera que uno de los paquetes le está destinado, cierra la garita y se marcha a su casa. Pero yo no me he ido. Es cierto que he salido a la calle y he avanzado unos pasos. Pero en el quinto piso del edificio hay luz y yo sé quién está allí, tecleando en la máquina, ordenando ficheros, cumpliendo con esas horas extraordinarias a las que le han obligado mi ignorancia y mi confusión. Abro con mi llave y llamo al ascensor. Al llegar al quinto rellano dudo un instante. Pero no toco el timbre. Todas las luces están apagadas salvo las de un despacho. He entrado con sigilo, con cautela, porque por nada del mundo desearía asustarla. Por eso golpeo con los nudillos y espero.
—¿Usted? —pregunta Dina. Pero en realidad está pensando: «Usted. Usted otra vez».
Dina lleva puesto el abrigo y sobre su mesa aparecen montañas de papeles, de cartas, de fichas, de carpetas. «Iba a irme ya», añade. Abre el bolso, introduce un par de cartas, lo cierra con energía y después, como yo sigo inmóvil junto a la puerta: «Le recuerdo que hoy es Nochebuena».
Hago acopio de todas mis fuerzas y le suplico que aguarde un instante. Que se siente. Que me conceda unos minutos para lo que tengo que decirle. Dina me obedece de mala gana. Con un suspiro de fastidio, de cansancio, de asco. Sus dedos repiquetean sobre el tablero de la mesa.
—Dentro de un cuarto de hora me esperan al otro lado de la ciudad. Le ruego que sea breve.
No me molesta su altanería. Nada de lo que haga o diga la pobre Dina puede contrariarme ya. Sin embargo no encuentro las palabras. ¿Cómo explicarle que no vale la pena que se apresure? ¿Cómo hacerle entender que el tiempo, a veces, no se rige por los cómputos habituales? Quizá todo sea un engaño. Vemos las cosas como nos han enseñado a verlas. Su mesa de trabajo, por ejemplo... ¿Podemos estar seguros de que es una mesa, con cuatro patas y un tablero? ¿Quién podría afirmar que dentro de un cuarto de hora estará ella al otro lado de la ciudad? ¿Qué son quince minutos sino una convención? Una forma de medir, encasillar, sujetar o dominar lo que se nos escapa, lo que no comprendemos. Un ardid para tranquilizarnos, para no formularnos demasiadas preguntas...
—Le agradecería —interrumpe con visible fastidio— que intente ser más concreta, por favor.
Pero no puedo. Le digo que acabo de verla en la calle. «¿Otra vez?» Ahora me dirige una media sonrisa burlona. «¿No será que está usted realmente obsesionada?» De un momento a otro estallará, me obligará a abandonar su despacho, amenazará con llamar a la policía. Por eso debo darme prisa. Sí, la he visto. Hoy y también ayer, y el otro día en el restaurante, y la primera vez en una calle populosa. Al principio pensé que tenía algo contra mí, que me perseguía, que me buscaba... Después, que no era ella, sino alguien que se le parecía de forma asombrosa...
—¿Y al final?
Dina me mira al borde de su paciencia. Insisto en que aguarde unos segundos más. Me saco un guante. Me lo vuelvo a poner. De nuevo las palabras fallan. No sé cómo avisarla. No sé cómo decirle que el proceso es irreversible. Que hace apenas una hora, en el callejón, he visto la mueca de la muerte en su boca sin labios, en su fetidez, en su carne descompuesta. Sólo acierto a balbucear:
—Tenga mucho cuidado, por favor. A lo mejor aún podemos evitarlo. O retrasarlo... Retrasarlo al máximo.
Dina acaba de ponerse en pie.
—Lo siento. Todo lo que me está contando es muy interesante. Pero ahora debo irme. Tal vez no tenga usted planes para esta noche, pero yo sí.


Dina me detesta. Me aborrece o me toma por loca. No puedo hacer nada más que dejar que las cosas sigan su curso. Me levanto también, convencida de la inutilidad de cualquier explicación, de cualquier advertencia. Me siento pequeña, insignificante y al tiempo pretenciosa, soberbia. He querido cambiar las páginas del destino, pero el destino de esta pobre chica está trazado.
—¿Por qué me mira así, si puede saberse?
Dina está indignada, erguida frente a mí, con el bolso colgado al hombro y las llaves de la oficina tintineando en una de sus manos. Tal vez me haya equivocado. Pero al colgarse el bolso con gesto enérgico el abrigo de paño se ha entreabierto unos segundos y he visto lo que por nada del mundo hubiera deseado ver.
—Lleva usted un traje verde. Un traje verde de seda. Los ojos de Dina Dachs lanzan llamas. —Le advierto que su posición en la casa no le da derecho a... Ya no sé lo que dice. Hay algo en su voz, en su tono, que no admite réplica.
—Deje ya de observarme, de seguirme a todas horas, de mortificarme con su presencia... No se crea que no me he dado cuenta.
Ahora habla atropellada, compulsivamente.
—Si pretende algo de mí no va a conseguirlo, y si se interesa por mi vestuario, aquí lo tiene. Un traje de seda verde. Recién comprado. Espero que lo apruebe.
Dina se ha quitado enérgicamente el abrigo. Ahora es la misma mujer con la que me encuentro continuamente en los últimos días. Sólo le falta un detalle: un pequeño accesorio que debe de tener guardado en algún lugar. La imagino en el ascensor colocándose el collar ante el espejo. En el taxi. En el baño de la oficina.
—El bolso —le digo—. Déjeme ver su bolso.
Ahora, por primera vez, parece asustada. Intento lo imposible. Convencerla de que no debe salir vestida así a la calle. Que todo lo que estoy haciendo es por su bien. Pero las palabras no sirven, ahora, más que nunca, sé que no sirven. Ignoro si enloquezco u obedezco la voz del destino. Porque la zarandeo. Y ella se resiste. Aferrada a su bolso se resiste e intenta hacerse con un cortaplumas. Está asustada, no atiende a razones. Por eso yo, firmemente decidida, no tengo más remedio que inmovilizarla, revelarle la terrible verdad, decirle gimiendo: «Está usted muerta. ¿No lo comprende aún? ¡Está muerta!». Pero Dina no ofrece ya resistencia. Sus ojos me miran redondeados por el espanto y su cuerpo se desliza junto al mío hasta caer al suelo, impotente, aterrorizada. No tengo tiempo que perder y le arrebato el bolso. Busco con ansiedad un estuche, un paquete, el collar sin el cual es posible que nada de lo previsto suceda. Sólo encuentro papeles. Papeles que no me importan, que paso por alto, que arrojo lejos de mí. Papeles de los que, sin embargo, dos días después, conoceré, al igual que el resto de la oficina, su contenido exacto.
Y entonces Cesca cabeceará con tristeza. Y oiré rumores, pasos, sentiré frío. La factura de la luz, un bloc de notas, una carta... Querido Eduardo... Palabras que recuerdo bien porque son de Dina. No deja de observarme, de seguirme a todas horas, de mortificarme con su presencia... Y otras que reconozco aún más porque son mías, aunque la carta lleve la firma de Dina Dachs y yo no me haya atrevido jamás a formularlas por escrito. Pienso en el Trastevere. En nuestro piso en el Trastevere, en los días que faltan para que nos encontremos en Roma... Recuerdos que no recuerdo. Nunca olvidaré la primera noche, en el hotel frente al mar... Frases absurdas, ridiculas, obscenas. Promesas de amor entremezcladas con ruidos de pasos, llaves, puertas que se abren, que se cierran, los vecinos del piso de arriba arrastrando muebles, un hombre con bata blanca diciéndome: «Está usted agotada. Serénese». Y, sobre todo, Cesca. La mirada compasiva de Cesca.
Pero esto no ocurrirá hasta dentro de dos días. Ahora estoy de rodillas, resuelta a evitar lo inevitable, con el bolso vacío en la mano y rodeada de papeles que no tengo el menor interés en leer, que aparto con rabia de un manotazo. Recuerdo: «Un cuarto de hora, al otro lado de la ciudad». Y entonces se me hace la luz. Es como si estuviera allí, en una fiesta, una reunión, las doce de la noche y el intercambio de regalos. Pero Dina no llegará a aceptar el obsequio fatídico. He logrado asustarla, prevenirla. «Lo he impedido», digo. Y miro mis manos enguantadas. Aún temblorosas, aún poseídas por una fuerza de la que nunca me hubiera creído capaz. Y luego a Dina, en el suelo, con los mismos ojos desorbitados por el terror, por el espanto, por lo que ella ha debido de creer la visión de la locura. Pero Dina está inmóvil. Vestida de verde. Traje verde, zapatos verdes... Y sólo ahora, incorporándome despacio, observo un cerco amoratado en torno a su garganta y comprendo con frialdad que no le falta nada. «Todavía es pronto», digo en voz alta a pesar de que nadie pueda escucharme. «Pero mañana, pasado mañana, será un collar violeta.» 

Con Ágatha en Estambul. 1994.
 

martes, 12 de mayo de 2020

Relato del leproso. Marcel Schwob.

Si deseáis comprender lo que quiero deciros, sabed que tengo la cabeza cubierta con un capuchón blanco y que agito una matraca de madera dura. Ya no sé cómo es mi rostro, pero tengo miedo de mis manos. Van ante mí como bestias escamosas y lívidas. Quisiera cortármelas. Tengo vergüenza de lo que tocan. Me parece que hacen desfallecer los frutos rojos que tomo; y creo que bajo ellas se marchitan las raíces que arranco. Domine ceterorum libera me! El Salvador no expió mi pálido pecado. Estoy olvidado hasta la resurrección. Como el sapo empotrado al frío de la luna en una piedra oscura, permaneceré encerrado en mi escoria odiosa cuando los otros se levanten con su cuerpo claro. Domine ceterorum fac me liberum: leprosus sum. Soy solitario y tengo horror. Sólo mis dientes han conservado su blancura natural. Los animales se asustan, y mi alma quisiera huir. El día se aparta de mí. Hace mil doscientos doce años que su Salvador los salvó, y no ha tenido piedad de mí. No fui tocado con la sangrienta lanza que lo atravesó. Tal vez la sangre del Señor de los otros me habría curado. Sueño a menudo con la sangre; podría morder con mis dientes; son blancos. Puesto que Él no ha querido dármelo, tengo avidez de tomar lo que le pertenece. He aquí por qué aceché a los niños que descendían del país de Vendome hacia esta selva del Loira. Tenían cruces y estaban sometidos a Él. Sus cuerpos eran Su cuerpo y Él no me ha hecho parte de su cuerpo. Me rodea en la tierra una condenación pálida. Aceché, para chupar en el cuello de uno de sus hijos, sangre inocente. Et caro nova fiet in die irae. El día del terror será mi nueva carne. Y tras de los otros caminaba un niño fresco de cabellos rojos. Lo vi; salté de improviso; le tomé la boca con mis manos espantosas. Sólo estaba vestido con una camisa ruda; tenía desnudos los pies y sus ojos permanecieron plácidos. Me contempló sin asombro. Entonces, sabiendo que no gritaría, tuve el deseo de escuchar todavía una voz humana y quité mis manos de su boca, y él no se la enjugó. Y sus ojos estaban en otra parte.
-¿Quién eres?, le dije.
-Johannes el Teutón, respondió. Y sus palabras eran límpidas y saludables.
-¿Adonde vas?, repliqué. Y él respondió:
-A Jerusalén, para conquistar la Tierra Santa.
Entonces me puse a reír, y le pregunté:
-¿Quién es tu Señor? Y él me dijo:
-No lo sé; es blanco.
Y esta palabra me llenó de furor, y abrí la boca bajo mi capuchón, y me incliné hacia su cuello fresco, y no retrocedió, y yo le dije:
-¿Por qué no tienes miedo de mí? Y él dijo:
-¿Por qué habría de tener miedo de ti, hombre blanco?
Entonces me inundaron grandes lágrimas, y me tendí en el suelo, y besé la tierra con mis labios terribles, y grité:
-¡Porque soy leproso! Y el niño teutón me contempló, y dijo límpidamente:
-No lo sé.
¡No tuvo miedo de mí! ¡No tuvo miedo de mí! Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor. Y tomé un puñado de hierba y enjugué su boca y sus manos. Y le dije.
-Ve en paz hacia tu Señor blanco, y dile que me ha olvidado.
Y el niño me miró sin decir nada. Lo acompañé fuera de lo negro de esta selva. Caminaba sin temblar. Vi desaparecer a lo lejos sus cabellos rojos en el sol. Domine infantium, libera me! ¡Que el sonido de mi matraca de madera llegue hasta ti, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que no saben, libérame!

La cruzada de los niños. 1896.
 

lunes, 11 de mayo de 2020

El hambre. Manuel Mujica Láinez.

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen por doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin rostros, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el Ave María heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces…
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más…
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.
A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester…
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad…
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y, al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse.
El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

Misteriosa Buenos Aires. 1950.