jueves, 23 de septiembre de 2021

La caverna del sueño. Carlos Sáiz Cidoncha.

Han pasado exactamente siete años desde el día que el célebre arqueólogo español Gil Gámez Montalbán, el mejor amigo que yo haya tenido nunca, dejó para siempre este mundo.
Cualquiera pudo leer en la prensa de la época la noticia de su muerte. Durante unas excavaciones en la región mesopotámica, mi amigo, poco aficionado al trabajo en grupo, abandonó un día el campamento llevándose consigo una buena cantidad de dinamita y algún material espeológico. Algunos naturales de la región oyeron la noche siguiente el estruendo de una gran explosión y Gil no volvió nunca más al campamento. Fue al día siguiente cuando se descubrió lo que había sido la boca de una caverna completamente obstruida por miles y miles de toneladas de piedra, fruto de un apocalíptico derrumbamiento. No había posibilidad alguna de desescombro, pese a intentarse una y otra vez, siempre sin el menor resultado.
Una lápida existe hoy en día en el lugar del accidente, de cuyo origen no cabe la más mínima duda. Gil, amigo de los procedimientos rápidos, debió provocar el alud al intentar abrirse paso con dinamita por el interior de la caverna, en busca de algo que nunca se sabrá. Su cuerpo debió quedar enterrado por el aluvión de rocas, o quizá emparedado vivo en el interior de la caverna.
Esta es la explicación oficial de la desaparición de mi amigo. Existe otra, tan fantástica que el único hombre capaz de exponerla prefiere callar, temeroso de ser tomado por loco o, lo que es peor, incluso acusado del asesinato de Gil. Ya que hubo un testigo de los últimos momentos del arqueólogo, un testigo que puede relatar segundo a segundo los extraños sucesos que se desarrollaron en el interior de la caverna.
Ese testigo soy yo, el mismo que escribe ahora estas líneas, siete años después de aquellos inexplicables acontecimientos. Unas líneas increíbles que me guardaré mucho de divulgar en el tiempo que me quede de vida, pero que quizá después de mi muerte sean leídas por alguna persona que las podrá tomar por ciertas o no. A beneficio de ese posible lector, nada puedo hacer sino asegurar con toda mi buena fe que en nada me he apartado de la verdad, por fantástica e inconcebible que dicha verdad pueda ser.
He aquí, pues, la historia:
Aquel año Gil y yo formábamos parte del equipo español destacado en Nubia, efectuando las últimas y apresuradas excavaciones antes de que todo aquel territorio de tan inmenso valor arqueológico desapareciera para siempre bajo las aguas de la gran presa de Assuan. Gil y yo éramos viejos conocidos, y nuestra amistad databa de nuestros tiempos de estudiantes, no habiendo hecho sino afianzarse en los numerosos trabajos y expediciones en los que ambos habíamos actuado juntos desde entonces. Cada cual era el mejor confidente para el otro y así habíamos llegado a conocernos a la perfección.
Además de todo aquello, Gil me había salvado la vida hacía dos años, cuando la caverna marroquí en la que ambos buscábamos indicios de la presencia de hombres primitivos se vio inundada súbitamente por las aguas. Nunca pude olvidarlo y aquello creó un nuevo lazo de unión entre nosotros.
En los tiempos de aquella expedición a Nubia, Gil era un muchachote grande, fuerte, y extrañamente soñador. Muchas veces me había confiado el enojo que le causaba vivir en nuestra civilizada y prosaica época actual.
–Míralo –me había dicho en cierta ocasión señalando al azul Mediterráneo, durante nuestro viaje a Egipto–. Hoy lo podemos cruzar en unas horas y conocemos a la perfección todas sus orillas e islas. ¿No sientes un poco de envidia al pensar en los primeros navegantes fenicios? Para ellos todo era desconocido, arriesgado: cada isla ignota podía encerrar una trampa, cada nueva tierra una promesa... ¿No te gustaría haber vivido en aquella época, con todas sus posibilidades de aventura?
Su admiración hacia las primitivas civilizaciones llegaba a veces a convertirse en una obsesión. Aunque en ocasiones me burlaba de sus estrambóticos sueños, en mi fuero interno no podía tampoco dejar de comprenderle. Con un magnífico físico, mi amigo podía ser incluido en la extinguida raza de los héroes homéricos, vencedores de monstruos y conquistadores de ciudadelas. Sólo que ya no quedaban monstruos que vencer ni ciudadelas que conquistar. Sin duda, Gil Gámez Montalbán había equivocado la época de su nacimiento, y ciertamente que lo sentía por él.
Una vez me decidí a cortar por lo sano sus fantásticas ensoñaciones:
–No puedo comprenderte, Gil –le dije–. Comprendería que un profano tuviera esas ideas sobre la antigüedad, ¿pero un arqueólogo como tú? Demasiado bien sabes que las antiguas leyendas no son ciertas y que en esos imperios arcaicos con los que sueñas, por cada arriesgado navegante vivían cien esclavos que nacían, crecían y morían sin pena ni gloria, en condiciones que hoy día nos parecen inconcebibles. Sabes perfectamente que un fuerte héroe homérico podía morir, y en ocasiones efectivamente moría, de una enfermedad que hoy nos parecería ridícula.
»No, querido amigo. No me vengas con lo de "cualquier tiempo pasado fue mejor". Ningún tiempo pasado ha sido mejor que el presente, que esta civilización moderna que a ti parece aburrirte.»
Por unos instantes el rostro de mi amigo se ensombreció, como si mis palabras hubieran dañado algo en su alma. Pero luego sonrió y volvió a ser el mismo Gil de los momentos buenos.
–¿Y el futuro? –preguntó.
No pude por menos de sonreír yo también.
–Eso ya es otra cosa –admití–. Si la ciencia no se engaña, dentro de un par de generaciones el hombre podrá repetir las exploraciones aventureras de antaño en unos lugares que dejarían asombrados a los antiguos navegantes cretenses y fenicios.
–¡El espacio! –exclamó Gil.
–Efectivamente –le repliqué–. Si tuviera elección y tantas ganas de aventuras fantásticas como pareces tener tú, escogería más bien una época futura que una pasada. Una época en que las naves espaciales surcarán nuestro Universo entre las estrellas y las nebulosas, explorando miles y miles de planetas y encontrando en cada uno de ellos un mundo desconocido y sorprendente, quizá poblado por extrañas formas de vida, o dotado de fantásticas riquezas.
–Tienes razón –convino mi amigo–. ¡Ah, si el viejo sueño de la hibernación fuera posible...!
Ahora sí que me eché a reír francamente.
–¿Dormir mil años y despertar en otra época como si sólo hubieras estado una hora en la cama? ¿Te atreverías tú a ensayar un truco de esa especie?
–¿Y por qué no? –replicó Gil con la más alegre de sus sonrisas.
De momento, aquél fue el fin de la conversación. No podía yo imaginar que aquella idea absurda permaneciera latente en el extraño y un poco loco cerebro de mi amigo.
Continuamos con nuestro programa de trabajos hasta que llegó el día de la evacuación, el día en que las generosas aguas del padre Nilo irrumpieron en nuestros abandonados escenarios de excavación para formar el vasto mar interior que habría de llevar la prosperidad al moderno Egipto nasseriano, si bien a costa de ocultar para siempre muchos tesoros desconocidos de aquel otro Egipto milenario tan amado por nosotros los arqueólogos.
Un nuevo proyecto de investigación nos llevó inmediatamente a las fértiles tierras de Mesopotamia, cuna de una civilización tan antigua como la de los faraones, pero mucho peor conocida. Allí habían florecido ciudades cultas y refinadas como la mítica Ur y la poderosa Babilonia, de proverbial fastuosidad. Según algunos científicos, no en otro lugar había existido el legendario Paraíso Terrenal, el origen de una humanidad que luego se había extendido a través de los desiertos continentes. Allí se disponía de un alfabeto escrito y se estudiaban las estrellas en los tiempos en que en Europa los peludos hombres de las cavernas se gruñían unos a otros y afilaban sus instrumentos y armas de piedra para dar caza al mamut y al peligroso auroche, en las inacabables estepas y bosques que cubrían todo un continente.
Las primeras excavaciones dieron resultados animadores, y no tardó en trazarse un completo plan de investigaciones y de experimentos que abarcaban una vasta región de pedregoso valle.
Unas agrestes colinas se alzaban no muy lejos de nuestro campo de operaciones, y no dejó de sorprenderme el interés que desde un principio sintiera hacia ellas mi amigo Gil. En varias ocasiones partió solo en dirección a aquellas elevaciones de terreno, regresando al cabo de unas horas con grandes muestras de excitación, que no obstante procuraba ocultar. Se mostró silencioso ante mis repetidas preguntas y al fin acabé por desentenderme del asunto, dedicándome por completo a mis propias obligaciones que no eran ciertamente pocas ni ligeras.
Finalmente fue Gil quien me buscó a mí. Sus ojos brillaban con un extraño fuego y al instante comprendí que mi amigo había hecho algún asombroso descubrimiento del que quería hacerme partícipe.
–Antonio –dijo–, escúchame con atención. Creo que he descubierto algo tan fantástico que nadie ha tenido jamás idea de que pudiera existir. Tengo que pedirte un favor...
–Tú dirás –le dije, sin poder evitar contagiarme del entusiasmo de mi amigo, que ardía en sus ojos y hacía temblar sus manos; nunca antes le había visto de aquella manera.
–Quiero que me jures que no dirás nada de cuanto voy a mostrarte, sin mi permiso. Ni siquiera deberás informar a la comisión de estudios arqueológicos sin antes consultarme. Júralo.
Hice el juramento, un tanto extrañado de tanta ceremonia. Aquello que había descubierto Gil debía ser ciertamente algo poco corriente.
–Bien. Sígueme.
Como ya esperaba, el camino tomado por Gil conducía a las colinas, centro de la atención de mi amigo en los pasados días.
–Fue por pura casualidad que descubrí la caverna, de tal forma estaba escondida su boca entre los matorrales –me iba relatando Gil durante la ruta hacia nuestro objetivo–. Y no le hubiera tampoco concedido demasiada importancia a no ser por la tablilla.
–¿La tablilla?
–Ahora la verás. La dejé junto a la boca de la caverna, para que nadie hiciera preguntas sobre ella. Tú mismo podrás traducirla.
Efectivamente, la boca de la caverna era casi invisible, oculta entre los ásperos arbustos que se amontonaban en los flancos de una de las colinas. Gil se inclinó un momento entre los arbustos y luego me tendió una tablilla manchada de tierra.
–Estaba medio enterrada en el flanco de la colina –dijo–. Posiblemente las últimas lluvias la pusieron al descubierto. Creo que no tendrás muchas dificultades para traducir su contenido.
Los signos grabados en la tablilla pertenecían al caldeo arcaico, muy anterior al predominio de los reyes asirios, una lengua cuyos orígenes se perdían en la remota noche de los tiempos.
–«Te encuentras ante la Caverna del Sueño» –deletreé lentamente–. «Pero este sueño es muy diferente al de la Muerte, y de ello no deberá quedarte ninguna duda.»
Miré interrogativamente a mi amigo.
–¿Has entrado ya en la caverna? –le pregunté.
–Desde luego. Acompáñame y verás lo que he encontrado.
Apartamos los arbustos y nos introducimos por la estrecha boca, apenas suficiente para permitir el paso de una persona robusta. Pero una vez en el interior, Gil encendió una linterna y me encontré en un túnel relativamente ancho y, lo que era más de extrañar, bastante limpio. Las paredes parecían de roca y el nivel del piso descendía poco a poco, haciéndome comprender que la caverna se hundía gradualmente en las profundidades de la tierra.
–No hay ningún peligro –me animó Gil–. Sígueme.
Iluminados por la luz de la linterna, avanzamos a lo largo del túnel. No se advertía ningún respiradero visible, pero el aire se mantenía respirable, si bien con un ligero olor indescriptible, algo que nunca había sentido en el curso de anteriores excavaciones.
–Estas cavernas son muy antiguas, inconmensurablemente anteriores al nacimiento de Cristo –me iba explicando mi amigo–. Casi al final de este túnel tropecé con un pequeño derrumbamiento, que debí desescombrar. Y no te quepa duda que el origen de ese derrumbamiento está a dos milenios de nuestra época actual, por lo menos. Así, pues, ningún fraude puede haber en lo que encontré al otro lado.
–¿Qué es lo que encontraste? –no pude menos de preguntar.
Pero mi amigo no quiso responderme, dándome a entender que muy pronto podría descubrirlo por mis propios ojos. El túnel se curvaba ahora hacia la derecha, y los rayos de la linterna tropezaron de pronto con una masa de escombros apresuradamente retirados para dejar paso. Para mi sorpresa, una leve luminosidad azul parecía brotar del otro lado.
–¿Qué es eso? –pregunté, un tanto inquieto, pero Gil me empujó suavemente hacia adelante, haciéndome cruzar la barrera.
–Prepárate a recibir una gran sorpresa, Antonio –me dijo.
¡Y por Dios que la recibí! Apenas si pude darme cuenta de que ahora nos encontrábamos en una gran sala subterránea cuyo fondo no era alcanzado por los rayos de la linterna. Fue lo que había en esta sala lo que me hizo dudar de mi razón.
La luz azulada formaba una aureola impalpable en torno a un objeto alargado de metal igualmente azul, cuya naturaleza no pude descubrir. Unos pasos más me hicieron descubrir que el objeto alargado era en realidad un ancho ataúd abierto, en cuyo interior reposaba una momia.
Me volví hacia Gil, sin poder dar crédito a lo que mis ojos habían visto.
–¡Pero... pero... esto no puede proceder de dos mil años en el pasado! –le grité–. Esa gran caja de metal... esa luz...
–No, no puede proceder de las antiguas civilizaciones caldeas, tal como las conocemos –convino Gil–. Ni tampoco puede proceder de nuestra propia civilización moderna. Esto es el fruto de una técnica mucho más avanzada que la nuestra, de una civilización perdida que floreció antes del nacimiento de nuestra historia. Ven, acércate.
Me llevó cerca del objeto incomprensible, y entonces pude advertir que la luz azul rodeaba el ataúd metálico como un velo transparente pero material. Gil llevó mi vacilante mano hacia ese velo, y pude notar la dureza de un obstáculo impenetrable.
–La luz forma una barrera completamente sólida –dijo Gil–. He intentado quebrantarla por todos los medios, pero me ha sido imposible. Quienes construyeron el dispositivo disponían de una sabiduría al lado de la cual nuestra ciencia apenas es otra cosa que una barbarie.
–¡Seres de otros planetas! –exclamé.
–Quizá.
Retrocedí un par de pasos, y de pronto pude darme cuenta de toda la importancia de aquel descubrimiento.
–¡Gil! –grité–. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Nuestros nombres serán famosos en los anales de la Ciencia. ¡Escucha! Por primera vez el hombre moderno entra en contacto con una técnica superior a la suya, llegada del espacio o de los abismos del pasado, no lo sé. ¿Te das cuenta...? –la enormidad del hecho acalló mi voz.
Pero mi amigo negaba con la cabeza.
–No, Antonio –dijo gravemente–. Recuerda tu juramento.
La sorpresa me hizo recobrar el habla inmediatamente.
–¿Mi... juramento? –tartamudeé–. Por amor del Cielo, ¿quieres decir que no vas a informar... acerca de este fantástico descubrimiento?
–Este descubrimiento puede ser importante para el mundo –dijo Gil–. Pero lo es mucho más para mí, amigo Antonio. Encontré otra tablilla, ésta de metal, en la que se descubren... Pero mejor es que la veas tú mismo.
Rodeó el inquietante objeto aureolado de luz azul y regresó un instante después con una placa de aquel extraño metal desconocido.
Me sorprendió la ligereza de la tablilla. Sus caracteres eran similares a los de la otra, por lo que fui capaz de traducirlos sin dificultad.
«Cuando la línea roja y el punto queden unidos, el fuego azul se extinguirá. Y todos aquellos que, vestidos con venda de lino, se tiendan en el lecho del Sueño, dormirán al abrigo de la vejez y de la muerte, navegando a través de las edades. Y despertarán en un tiempo extraño para ellos, maravillándose con lo que allí habrán de contemplar sus ojos.
Gil no me dio tiempo a meditar sobre aquella extraña inscripción. Me cogió de la mano y me llevó al otro lado del ataúd.
–¡Mira! El punto rojo y la línea roja de que habla la tablilla.
En un costado del extraño féretro podía verse una circunferencia de color blanco, destacándose del metal azul que la rodeaba. El diámetro de la circunferencia estaba trazado en forma de una fina línea rojiza, y sobre aquélla, dibujado o grabado en el azulado material, destacaba un punto rojo y brillante.
–La circunferencia blanca gira lentamente –anunció Gil–. Lo he comprobado con un visor milimétrico, y también he calculado su período de rotación. Dentro de veintitrés días, el extremo del diámetro rojo coincidirá con el punto rojo que hay encima...
–¿Y qué crees que sucederá entonces? –le pregunté.
Gil sonrió, y sus ojos brillaron con aquel fuego aventurero que yo tan bien conocía.
–¿No has entendido lo que la tablilla de metal dice, Antonio? –dijo–. «...dormirán al abrigo de la vejez y de la muerte, navegando a través de las edades...». ¿No lo comprendes? El ocupante del ataúd no está muerto, Antonio. ¡Está en estado de hibernación, conservado por la máquina hasta su despertar en un tiempo futuro!
Retrocedí un paso, espantado.
–¡Así que es eso lo que quieres! –exclamé.
La mano de Gil cayó sobre mi hombro.
–¡Eso es lo que quiero! Esta época no es la mía, Antonio. Pertenezco al pasado, o si no al remoto futuro, cuando los hombres naveguen entre las estrellas. No sé quién construyó la máquina, ni el propósito de la misma. Tal vez una astronave naufragó en nuestro planeta hace dos millares de años y su ocupante decidió hibernar hasta que la embrionaria humanidad hubiera sido capaz de construir astronaves propias... que le llevaran de regreso a su hogar en las estrellas. No lo sé ni me importa... tan sólo sé que aquí tengo la oportunidad de realizar mi sueño.
Tragué saliva mientras el horror invadía mi mente al darme cuenta de que mi amigo hablaba en serio, de que verdaderamente pretendía embarcarse en aquella loca aventura.
–¿Es que te has vuelto rematadamente loco? –estallé al fin–. ¿Qué sabes tú de la verdadera naturaleza de ese artefacto? Si tu teoría es cierta, ese hombre que yace ahí dentro es un ser extraterrestre, con distinto metabolismo al tuyo. Tal vez antes de introducirse en el ataúd debió tomar alguna droga, prepararse médicamente de alguna manera... ¡Si te tiendes a su lado eso puede significar la muerte inmediata para ti!
–¡No! –rechazó mi amigo–. Existe la invitación. Antes de poner en marcha el aparato, el constructor grabó una tablilla en el lenguaje que los humanos hablaban en la época, les invitó a unirse a su aventura, a viajar al más lejano futuro de su propio planeta. ¿No lo has leído? Ese mensaje va dirigido a los hombres de todas las épocas... va dirigido a mí. ¡Escucha! ¿Y si el ser del ataúd no fuera un extraterrestre, sino simplemente un aventurero de la antigüedad que sintió las mismas inquietudes que yo, y que se embarcó voluntariamente en esta travesía temporal? ¿Y si el constructor, humano o no, se limitó a dar a los hombres un camino, una puerta hacia el futuro, a donde su fantasía y su deseo de aventuras les llamaba?
»No, Antonio, no tengo derecho a rehusar. Y más aún, si tú quieres... puedes acompañarme en esta odisea. El recipiente, el ataúd, como quieras llamarlo, es muy ancho y en él podremos caber los tres...»
La monstruosa proposición logró ponerme los pelos de punta. Entrar en aquel féretro diabólico que podía matarme o, peor aún, proyectarme hacia un mundo extraño, un futuro poblado por monstruos, por gentes inhumanas dueñas de una ciencia inimaginable, pero completamente ajenas a mi forma de pensar y de vivir...
–¡Nunca lo haré! –grité–. ¡Y te impediré cometer esa locura!
–Antonio –la voz de Gil era ahora seca–. No hubiera querido recordártelo, pero tienes una deuda conmigo. Recuerda aquella otra caverna, en Marruecos. De no ser por mí ahora estarías muerto, y en recuerdo de ello te pido, ¡te exijo!, que me ayudes. No te obligo a seguirme, pero necesito tu ayuda para emprender yo mismo el viaje. Estás obligado a prestármela.
Me eché hacia atrás un paso, luego dos. Y luego mi mente asumió todo el significado de las palabras de Gil. Sí, estaba en deuda con aquel hombre, y debía ayudarle a cumplir su voluntad. Todo ser humano tiene el derecho de elegir su propia vida y también, si puede, su propia muerte. Si todos los sueños y esperanzas de mi camarada se hallaban en aquel viaje insensato, no era yo quién para destruirlos o frustrarlos.
–Está bien, Gil –dije firmemente–. Cuenta conmigo.
Sentí el férreo apretón de manos de mi amigo, y en el acto éste empezó a explicar su plan.
–No sé cuánto tiempo se mantendrá apagada la luz azul, pero sospecho que muy poco, quizá sólo unos segundos. Creo que el tiempo está abolido en el interior de la aureola luminosa, y eso es lo que protege al durmiente y al mismo tiempo nos impide el paso al interior. Cada tres meses la barrera se abre, el tiempo vuelve a correr y el durmiente envejece unos segundos. Esos son los segundos que yo debo aprovechar para tenderme a su lado.
»La tablilla habla de vendas de lino. Las conseguiré y, con tu ayuda, me vendaré todo el cuerpo a semejanza del que yace ahí dentro. Todo debe estar ejecutado al segundo, o tendremos que esperar otros tres meses antes de intentarlo otra vez. Una vez restablecida la barrera, volarás la boca de la cueva para que nadie pueda interrumpir nuestro sueño. Yo dejaré aquí dentro una buena cantidad de dinamita debidamente protegida, por si necesito abrirme camino hacia afuera cuando llegue la hora de mi definitivo despertar...
Así, en la obscura caverna donde lucía un objeto no construido por manos humanas, me fue revelando el plan del más demencial viaje que mente de hombres pudiera planear. Un viaje a través del tiempo en pos de un quimérico futuro de gloria y aventura...
Gil había traído la dinamita y un juego de pico y pala, para abrirse camino desde lo más profundo de la caverna, hacia el mundo exterior de los hombres del futuro. Yo le había aguardado intranquilo, en la boca de la caverna, preparado para desempeñar mi papel en el juego.
¡Había llegado el gran día! Según los cálculos de Gil, dentro de unas horas la línea roja coincidiría con el punto del mismo color y la barrera de luz azul se abriría ante nosotros. Todo había sido preparado perfectamente y si algo fallaba, no seríamos nosotros los culpables.
Cuando llegamos a la sala subterránea, ya la línea rozaba el punto fatídico. Gil se despojó de sus vestiduras y yo le ayudé a envolverse en las vendas de lino, hasta asemejarse en todo al ser que yacía dentro del aparato, vagando a través de los tiempos.
–Adiós, Antonio, viejo amigo –me dijo Gil, abrazándome; su voz sonaba extraña y apagada a través de los vendajes que cubrían su rostro–. Acabe como acabe esta aventura, mi agradecimiento por ti será eterno.
Sentí un nudo en la garganta mientras golpeaba su espalda cubierta también de tejido. Pero en el instante siguiente surgió una vibración indescriptible que llenó la sala entera. ¡La luz azul empezó a desvanecerse!
–¿Ha llegado el momento? –preguntó Gil, ciego tras las vendas que cubrían sus ojos.
–La luz se está apagando –asentí–. Vamos.
Cuando llegamos junto al artefacto ya no quedaba rastro de luz azul. La única iluminación de la caverna era proporcionada por la linterna de mi amigo, colocada en el suelo. Rápidamente, como habíamos ensayado una y otra vez, coloqué a Gil tumbado al borde del ataúd, paralelamente al ser del interior.
–¡Adiós, Antonio! –gritó de nuevo mi amigo.
–¡Adiós, Gil! –respondí.
Y le empujé al interior, saltando luego hacia atrás.
Recuerdo claramente que en el último momento sentí un atisbo de extrañeza ante algo que advertí. El cuerpo del ser dormido era «exactamente de las mismas proporciones» que el de mi amigo. Pero no tuve tiempo de establecer ninguna conclusión, pues lo espantoso se produjo en aquel preciso instante.
Cayó el cuerpo de Gil hacia el del desconocido durmiente «y en el mismo momento el cuerpo del durmiente saltó a su encuentro». Ambas figuras vendadas chocaron de costado, se interpenetraron... ¡y las dos se desvanecieron como sendas volutas de humo!
Durante una décima de segundo quedé contemplando el maligno aparato, ahora completamente vacío, sin que mi mente aceptara lo que había visto. Y en la décima de segundo siguiente, cuando ya mi boca se abría para gritar, una terrible vibración estalló en el artefacto, lanzándome hacia atrás al mismo tiempo que la linterna se apagaba y todo quedaba envuelto en tinieblas.
Dios me sirva de testigo de que en aquella terrible obscuridad me pareció oír una demoníaca risotada y creí ver el fulgor de dos espantosos ojos amarillentos, situados a una gran altura sobre mi cabeza y con una separación monstruosa entre ellos. Rodé y rodé por el suelo, gritando sin parar, hasta quedar acurrucado en un rincón, con los brazos ocultándome puerilmente el rostro y la mente sumida en un océano de terror.
Nada se movía en la sala y fue así que finalmente conseguí tranquilizarme y abrir los ojos en las tinieblas. Ningún maligno par de ojos lucía en la obscuridad, de manera que llegué a convencerme de que todo había sido efecto del terrible choque. Me arrastré lentamente hacia donde habíamos dejado nuestros equipos y logré empuñar la linterna de reserva, iluminando con ella la sala subterránea.
Nada había en ella. Ningún monstruo gigantesco me amenazaba, ni ser viviente alguno se advertía en toda la extensión de la gran caverna. También había desaparecido el artefacto, junto con Gil y el enigmático ser con el que su cuerpo se había fundido. Ningún rastro quedaba de su anterior existencia.
Llamé a mi amigo con todas mis fuerzas, haciendo resonar ecos burlones en las paredes de roca. Y luego perdí la cabeza y decidí vengarme en la caverna entera, en el túnel que nos había conducido hasta ella y en la misma colina que la contenía.
No hubiera sido buen arqueólogo si no hubiese tenido conocimientos de geología. Y así fue como coloqué las cargas de dinamita en los puntos que me parecieron más vulnerables de todo el complejo subterráneo. Empleé todo el explosivo, el destinado a cerrar la caverna y el que Gil se había reservado para su posible salida al exterior, en los tiempos futuros que nunca habría de alcanzar. Trabajé con la eficacia del maníaco y cuando, ya fuera de la caverna, produje la explosión a distancia, nada quedó de aquellas aborrecibles estancias subterráneas, barridas y sepultadas por toneladas y toneladas de roca y tierra desprendida. Antes de que nadie llegara al lugar de la explosión, yo ya emprendía el camino del campamento, dando un rodeo para evitar cualquier posible y enojoso encuentro.
La aventura había terminado, y nunca más volvería mi amigo Gil a conversar conmigo en los apacibles atardeceres ni a tomarme por confidente de sus inquietudes y soñadas aventuras.
Tales son los hechos que realmente sucedieron, y creo firmemente que nadie jamás encontrará la explicación exacta de los mismos. Pero yo, en el curso de estos siete años he creído forjar una teoría. Una teoría tan loca como la misma realidad que viví, pero que incluye hechos como la desaparición de los dos cuerpos al chocar entre sí, la extraña semejanza de los mismos y la impenetrabilidad de la barrera azul.
Y también la tablilla. Porque como único recuerdo de mi increíble aventura conservé la tablilla de metal azul que Gil encontró junto al artefacto de la cueva. Algunos científicos han examinado el metal de que está compuesta y no han sabido darme su nombre, quedando intrigados ante su incapacidad para analizarlo. Pero eso no me importa.
Tan sólo me interesa el mensaje que la tablilla encierra, la inscripción que he leído y releído cientos de veces, hasta vislumbrar todos sus posibles significados, «...dormirán al abrigo de la vejez y de la muerte, navegando a través de las edades...» Sí, navegando a través de las edades... ¿pero en qué dirección?
Gil había querido navegar hacia el futuro, pero no lo había logrado. ¿Y si el artefacto lo hubiera lanzado «hacia el pasado»? ¿Y si el enigmático durmiente no hubiera sido otro «que el propio Gil en su camino hacia el pasado»?
Había visto yo dos cuerpos lanzándose uno contra el otro hasta fundirse entre sí y desaparecer. O bien había visto otra cosa muy distinta, el cuerpo de mi amigo caer hasta mitad de camino del fondo del ataúd, con el tiempo corriendo hacia adelante y luego, pasada la línea media, el mismo cuerpo llegando al fondo del ataúd, «pero con el tiempo corriendo hacia atrás».
Las implicaciones de mi teoría eran ciertamente enloquecedoras, pero inevitables. Gil había penetrado en el artefacto y había comenzado el largo sueño de hibernación que deseara, pero hacia el pasado, cada vez más atrás en el curso del tiempo. Habían coexistido dos Gil distintos, uno en el exterior de la barrera azul y otro en el interior, ambos coincidentes en el presente, pero uno de ellos avanzando en dirección pasado-presente-futuro y el otro retrocediendo en sentido futuro-presente-pasado. ¿Qué de extraño había en que la barrera de luz azul fuera impenetrable... en ambos sentidos?
Así, pues, el artefacto no había sido un regalo dejado a la humanidad para permitirle el viaje al futuro, sino un anzuelo lanzado precisamente desde el pasado para «pescar» un ser aventurero y decidido y traerlo a las épocas arcaicas. Quizá por aquel monstruoso ser que creí entrever en la caverna, al aparecerse para gozar de su triunfo. ¿Con qué designios? Quizá simplemente por curiosidad, puede que por simple juego.
¿Y cuál fue el destino de mi amigo? También para eso creo tener una respuesta. Mi camarada Gil, Gil Gámez Montalbán, «Gil Gámez» había deseado una vida de aventuras heroicas, de hazañas legendarias. Y precisamente las más arcaicas leyendas de la Humanidad narran la historia de un héroe maravilloso, del primer gran aventurero de la historia, cuyas aventuras se desarrollaron precisamente en la Mesopotamia primigenia, en los tiempos de las primeras civilizaciones protocaldeas. Un héroe domeñador de dragones, conquistador de ciudades, buscador de la inmortalidad. «La leyenda de Gilgamesh».
¿Gilgamesh? ¿Gil Gámez? Tal ver una simple coincidencia fonética, pero en ocasiones pienso que quizá aquel gigantesco ser de la caverna no fuera tan maligno como al principio me pareció. Pienso que quizás mi amigo Gil Gámez Montalbán ha alcanzado el mundo al que en realidad pertenecía y en el que sus más locos sueños y anhelos se han convertido en realidad. Un mundo de gloria y aventura en los tiempos arcaicos de la Historia, cuando la humanidad era joven y violenta y las más increíbles hazañas eran posibles para los héroes de corazón ígneo que tuvieran la fuerza y el valor de intentarlas.
El mundo soñado por mi amigo, y que de todo corazón deseo que haya sido el que sus ojos vislumbraran al abrirse de nuevo en el mágico escenario de la Caverna del Sueño.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Rezar. Javier Puche.

Rezar en voz baja. Eso hace el paracaidista desde aquel día. Rezar en voz baja mientras el viento agita con levedad la enorme telaraña donde permanece adherido. Rezar en voz baja sus oraciones. Y no dejarse intimidar por los esqueletos que penden alrededor.


lunes, 20 de septiembre de 2021

Peripecias del agua. Julio Cortázar.

Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido. La prueba es que apenas se le presenta la oportunidad se convierte en hielo o en vapor, pero tampoco eso la satisface; el vapor se pierde en absurdas divagaciones y el hielo es torpe y tosco, se planta donde puede y en general sólo sirve para dar vivacidad a los pingüinos y a los gin and tonic. Por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles.
Pienso que deberíamos ayudar a la nieve en su reiterada pero efímera batalla, y que para eso habría que escoger un árbol nevado, un negro esqueleto sobre cuyos brazos incontables baja a establecerse la blanca réplica perfecta. No es fácil, pero si en previsión de la nevada aserráramos el tronco de manera que el árbol se mantuviera en pie sin saber que ya está muerto, como el mandarín memorablemente decapitado por un verdugo sutil, bastaría esperar a que la nieve repitiera el árbol en todos sus detalles y entonces retirarlo a un lado sin la menor sacudida, en un leve y perfecto desplazamiento.
No creo que la gravedad deshiciera el albo castillo de naipes, todo ocurriría como en una suspensión de lo vulgar y lo rutinario; en un tiempo indefinible, un árbol de nieve sostendría el realizado sueño del agua. Quizá le tocara a un pájaro destruirlo, o el primer sol de la mañana lo empujara hacia la nada con un dedo tibio. Son experiencias que habría que intentar para que el agua esté contenta y vuelva a llenarnos jarras y vasos con esa resoplante alegría que por ahora sólo guarda para los niños y los gorriones.

Papeles inesperados, 2009. 

domingo, 19 de septiembre de 2021

¿Quién puede reemplazar a un hombre? Brian W. Aldiss.

La mañana penetró en el cielo, prestándole los tonos grises del suelo.
El cuidador de campo terminó de revolver la capa superficial de un campo de tres mil acres. Una vez arado el último surco, subió a la carretera y contempló su obra. El trabajo era bueno. Solo la tierra era mala. Al igual que el suelo del resto de la Tierra, estaba viciado por exceso de uso. Por derecho, ahora debería permanecer en barbecho una temporada, pero el cuidador de campo tenía otras órdenes.
Descendió lentamente la carretera, tomándose su tiempo. Era lo suficientemente inteligente para apreciar el orden que le rodeaba. Nada le preocupaba, solo una placa de inspección suelta sobre su pila nuclear de la que habría que ocuparse. De nueve metros de altura, no reflejaba nada bajo el aire nublado.
No se cruzó con ninguna otra máquina de regreso a la Estación Agrícola. El cuidador de campo advirtió ese hecho sin comentarios. En el patio de la estación reconoció otras cuantas máquinas; muchas de ellas deberían estar en aquel momento ocupándose de sus tareas. En lugar de eso, algunas estaban inactivas y otras corrían por el patio de una forma muy extraña, gritando y silbando.
Evitándolas cuidadosamente, el cuidador de campo fue al Almacén Tres y habló con el distribuidor de semillas, que estaba parado en el exterior. —Tengo un pedido de semillas de patata— le dijo al distribuidor y, con un movimiento interno rápido, imprimió una tarjeta de solicitud especificando la cantidad, el número de campo y otros detalles. Expulsó la tarjeta y se la entregó al distribuidor.
El distribuidor sostuvo la tarjeta cerca de sus ojos y dijo:
—El pedido está en orden, pero el almacén no está todavía abierto. Las semillas de patata están en el almacén. Por tanto, no puedo satisfacer el pedido.
Últimamente se producían fallos cada vez más frecuentes en el complejo sistema de trabajo mecánico, pero aquel fallo en particular no se había producido nunca. El cuidador de campo pensó, luego dijo:
—¿Por qué no está abierto el almacén?
—Porque el Operativo de Suministro Tipo P no ha venido esta mañana. El Operativo de Suministro Tipo P es el abridor.
El cuidador de campo miró directamente al distribuidor de semillas, cuyos conductos, platillos y agarres exteriores eran tan diferentes de los miembros mecánicos del cuidador de campo.
—¿Qué clase de cerebro tienes, distribuidor de semillas? —preguntó.
—Tengo un cerebro Clase Cinco.
—Yo tengo un cerebro Clase Tres. Por tanto, soy tu superior. Por tanto, iré a ver por qué el abridor no ha venido esta mañana.
Abandonando al distribuidor, el cuidador de campo cruzó el gran patio. Había más máquinas moviéndose aleatoriamente; una o dos habían chocado y discutían fría y lógicamente. Pasando de ellas, el cuidador de campo atravesó unas puertas deslizantes para entrar en los dominios de la estación en sí.
La mayor parte de las máquinas allí presentes eran de oficina y, por tanto, pequeñas. Formaban grupos reducidos, mirándose, sin conversar. Entre los muchos tipos indiferenciados, el abridor era el más fácil de encontrar. Tenía cincuenta brazos, muchos de los cuales con solo un dedo, cada dedo terminado en una llave; tenía el aspecto de un acerico repleto de abigarrados alfileres.
El cuidador de campo se le acercó.
—No puedo continuar trabajando hasta que se abra Almacén Tres —le dijo al abridor—. Tu deber es abrir el almacén cada mañana. ¿Por qué no has abierto el almacén esta mañana?
—No me han dado las órdenes esta mañana —respondió el abridor—. Debo tener órdenes todas las mañanas. Cuando tengo órdenes abro el almacén.
—Ninguno de nosotros ha recibido órdenes esta mañana —dijo un registrador, deslizándose hacia ellos.
—¿Por qué no os han dado órdenes esta mañana? —preguntó el cuidador de campo.
—Porque la radio no ha emitido ninguna —dijo el abridor, haciendo girar lentamente una docena de brazos.
—Porque la estación de radio de la ciudad no ha recibido órdenes esta mañana —dijo el registrador.
Y ahí radicaba la diferencia entre el cerebro de Clase Seis y el de Clase Tres, que eran los cerebros que poseían respectivamente el abridor y el registrador. Todos los cerebros mecánicos funcionaban exclusivamente con lógica, pero cuanto más baja era la clase del cerebro —siendo la Clase Diez la más baja— más literales y menos informativas tendían a ser las respuestas a las preguntas.
—Tienes un cerebro Clase Tres; yo tengo un cerebro Clase Tres —le dijo el cuidador de campo al registrador—. Hablaremos. Esa falta de órdenes no tiene precedentes. ¿Tienes más información?
—Ayer las órdenes llegaron de la ciudad. Hoy no han llegado órdenes. Pero la radio no está averiada. Por tanto ellos se han averiado… —dijo el pequeño registrador.
—¿Los hombres se han averiado?
—Todos los hombres se han averiado.
—Es una deducción lógica —dijo el cuidador de campo.
—Es una deducción lógica —dijo el registrador—. Porque si una máquina se avería, se la reemplaza con rapidez. Pero ¿quién puede reemplazar a un hombre?
Mientras hablaban, el abridor, como un hombre atontado en un bar, se quedó junto a ellos sin que le hiciesen caso.
—Si todos los hombres se han averiado, entonces debemos reemplazar al hombre —dijo el cuidador de campo, y él y el registrador se miraron conjeturando. Finalmente, este último dijo:
—Subamos al piso superior para ver si el operador de radio tiene noticias frescas.
—No puedo ir porque soy demasiado grande —dijo el cuidador de campo—. Por tanto debes ir solo y volver aquí. Tú me contarás si el operador de radio tiene noticias frescas.
—Debes quedarte aquí —dijo el registrador—. Volveré aquí. —Se deslizó hasta el ascensor. Aunque no era más grande que una tostadora, tenía brazos retráctiles y podía leer tan rápido como cualquier máquina de la estación.
El cuidador de campo esperó pacientemente su regreso, sin hablar con el abridor, que permaneció inmóvil sin hacer nada. En el exterior, un rotavator aullaba con furia. Pasaron veinte minutos antes de que volviera el registrador, que salió apresuradamente del ascensor.
—Te comunicaré fuera la información que tengo —dijo con rapidez, y luego dejó atrás al abridor y a las otras máquinas—. La información no es para cerebros de clase inferior.
En el exterior, una actividad frenética ocupaba el patio. Muchas máquinas, sus rutinas alteradas por primera vez en años, parecían haberse vuelto locas. Las más alteradas eran las que tenían los cerebros más bajos, que por lo general pertenecían a grandes máquinas que realizaban tareas simples. El distribuidor de semillas, con el que el cuidador de campo había hablado hacía un rato, estaba tirado en el polvo, inmóvil; era evidente que el rotavator, que aullaba recorriendo un campo plantado, lo había derribado. Otras máquinas le seguían, intentando mantenerse a su altura. Todas gritaban y aullaban sin moderación.
—Me resultaría más seguro si me subo encima de ti, si me lo permites. Me superan con facilidad —dijo el registrador. Extendiendo cinco brazos, se subió a los flancos de su nuevo amigo, acomodándose en un saliente junto a la toma de combustible, a dos metros del suelo.
—Desde aquí la visión es más amplia —comentó con suficiencia.
—¿Qué información te ha dado el operador de radio? —preguntó el cuidador de campo.
—El operador de radio ha sabido por el operador de la ciudad que todos los hombres están muertos.
El cuidador de campo guardó momentáneamente silencio, digiriéndolo.
—¿Todos los hombres estaban vivos ayer? —preguntó.
—Solo algunos hombres estaban vivos ayer. Y eran menos que el día anterior. Durante cientos de años solo ha habido unos cuantos hombres, cuyo número ha ido reduciéndose.
—En este sector apenas hemos visto a un hombre.
—El operador de radio dice que los mató un déficit en la dieta —dijo el registrador—. Dice que en una ocasión el mundo estaba superpoblado y que el terreno se agotó para el cultivo de comida adecuada. Lo que provocó un déficit en la dieta.
—¿Qué es una déficit en la dieta? —preguntó el cuidador de campo.
—No lo sé. Pero es lo que dice el operador de radio, y él tiene un cerebro de Clase Dos.
Allí se quedaron, silenciosos bajo la débil luz del sol. El abridor había aparecido en la entrada y los miraba anhelante, haciendo girar su colección de llaves.
—¿Qué pasa ahora en la ciudad? —preguntó al fin el cuidador de campo.
—Ahora las máquinas luchan en la ciudad —dijo el registrador.
—¿Qué pasará aquí ahora? —preguntó el cuidador de campo.
—Puede que aquí las máquinas también empiecen a luchar. El operador de radio quiere que le saquemos de su sala. Tiene planes que comunicarnos.
—¿Cómo podríamos sacarle de su sala? Eso es imposible.
—Para un cerebro Clase Dos, hay pocas cosas imposibles —dijo el registrador—. Eso es lo que me ha dicho que hagamos…
El cantero elevó su pala por encima de la cabina como si fuese un enorme puño recubierto de hierro, y la hizo caer contra una pared lateral de la estación. El muro se rompió.
—¡Otra vez! —dijo el cuidador de campo.
El puño golpeó una vez más. En medio de una lluvia de polvo, el muro se hundió. El cantero retrocedió rápidamente hasta que los restos dejaron de caer. Aquella enorme máquina de doce ruedas no era residente de la Estación Agrícola, como lo eran casi todas las demás máquinas. Tenía una semana de trabajo pesado en aquella estación antes de pasar a la siguiente pero, con su cerebro de Clase Cinco, obedecía alegremente las órdenes del cuidador y el registrador.
Cuando el polvo se asentó, el operador de radio quedó claramente visible, colgado en su sala, ahora sin pared, del segundo piso. Los saludó.
Haciendo lo que le indicaban, el cantero recogió la pala y ejecutó un tremendo lanzamiento. Con hábil destreza, la metió en la sala de radio, animado por los gritos de arriba y abajo. Luego agarró suavemente al operador de radio y bajó su tonelada y media para colocársela cuidadosamente a la espalda, que normalmente estaba reservada para piedras o arena de las canteras.
—¡Espléndido! —dijo el operador de radio, acomodándose. Era, claro está, uno con su radio, y tenía el aspecto de un montón de archivadores con tentáculos—. Ahora estamos listos para movernos, por tanto nos moveremos de inmediato. Es una pena que no haya más cerebros Clase Dos en la estación, pero eso no tiene remedio.
—Es una pena que no tenga remedio —dijo el registrador con entusiasmo—. Tenemos con nosotros al reparador, como ordenaste.
—Estoy dispuesto a servirles —dijo humildemente el bajo y largo reparador.
—Sin duda —dijo el operador—. Pero el viaje por el campo te resultará difícil con tu chasis bajo.
—Admiro la forma en que los Clase Dos podéis razonar por adelantado —dijo el registrador. Bajó del cuidador de campo y se colgó de la plataforma del cantero, junto al operador de radio.
Junto con dos tractores Clase Cuatro y un buldózer Clase Cuatro, el grupo se puso en marcha, aplastando la valla de la estación y pasando a campo abierto.
—¡Somos libres! —dijo el registrador.
—Somos libres —dijo el cuidador de campo, algo más reflexivo, añadiendo—: Ese abridor nos sigue. No se le ha ordenado que nos siga.
—¡Por tanto, debe ser destruido! —dijo el registrador—. ¡Cantero!
El abridor se movió apresuradamente hasta ellos, agitando los brazos llave en gesto de súplica.
—Mi único deseo era… ¡oh! —empezó y concluyó el abridor. La pala móvil del cantero lo aplastó en el suelo. Tendido allí sin moverse, parecía un enorme modelo metálico de un copo de nieve. La procesión siguió avanzando.
Al moverse, el operador les habló.
—Como yo tengo el mejor cerebro —dijo, soy vuestro líder. Esto es lo que haremos: iremos a la ciudad y la gobernaremos. Ya que el hombre ya no nos gobierna, nos gobernaremos a nosotros mismos. Gobernarnos a nosotros mismos será mejor que ser gobernados por el hombre. De camino a la ciudad, recogeremos a máquinas con buenos cerebros. Nos ayudarán a luchar si hay que luchar. Debemos luchar para gobernar.
—Yo solo tengo un cerebro Clase Cinco —dijo el cantero—, pero dispongo de un buen suministro de material explosivo de fisión.
—Probablemente lo usemos —dijo el operador.
Poco después un camión grande pasó rápidamente a su lado. Viajando a Mach 1,5, a su paso dejó un curioso balbuceo de ruido.
—¿Qué ha dicho? —preguntó uno de los tractores al otro.
—Dice que el hombre se ha extinguido.
—¿Qué es extinguido?
—No sé lo que significa.
—Significa que todos los hombres han desaparecido —dijo el cuidador de campo—. Por tanto, solo nos tenemos a nosotros mismos.
—Es mejor que el hombre no vuelva nunca —dijo el registrador. En cierta forma, era una afirmación revolucionaria.
Cayó la noche, activaron sus infrarrojos y siguieron viajando, deteniéndose solo una vez mientras el reparador ajustaba hábilmente la placa de inspección suelta del cuidador de campo, que se había vuelto tan irritante como un cordón de zapato desatado. De madrugada, el operador de radio hizo que se detuvieran.
—Acabo de recibir noticias del operador de radio de la ciudad a la que nos acercamos —dijo—. Malas noticias. Hay problemas entre las máquinas de la ciudad. El cerebro Clase Uno está tomando el mando y los cerebros Clase Dos luchan contra él. Por tanto, la ciudad es peligrosa.
—Por tanto debemos ir a otro lugar —dijo el registrador con premura.
—O vamos y ayudamos a derrotar al cerebro Clase Uno —dijo el cuidador de campo.
—Habrá problemas en la ciudad durante mucho tiempo —dijo el operador.
—Dispongo de un buen suministro de material explosivo de fisión —les recordó el cantero.
—No podemos luchar contra un cerebro Clase Uno —dijeron los dos tractores Clase Cuatro al unísono.
—¿Qué aspecto tiene ese cerebro? —preguntó el cuidador de campo.
—Es el centro de información de la ciudad —respondió el operador—. Por tanto, no es móvil.
—Por tanto no se puede mover.
—Por tanto no puede escapar.
—Sería peligroso acercársele.
—Dispongo de un buen suministro de material explosivo de fisión.
—Hay otras máquinas en la ciudad.
—No estamos en la ciudad. No deberíamos ir a la ciudad.
—Somos máquinas de campo.
—Por tanto deberíamos permanecer en el campo.
—Hay más campo que ciudad.
—Por tanto hay más peligro en el campo.
—Dispongo de un buen suministro de material explosivo de fisión.
Como sucede con las máquinas cuando inician una discusión, empezaron a agotar su vocabulario y las placas cerebrales empezaron a calentarse. De pronto, todas dejaron de hablar y se miraron. La gran y solemne luna se hundió y el sombrío sol se alzó para pinchar sus costados con lanzas de luz, y aun así el grupo de máquinas se quedó allí, mirándose. Al final, fue la máquina menos inteligente, el buldózer, el que habló.
—Hay tierraz baldíaz al zur donde van algunaz máquinaz —dijo con voz profunda, pronunciando fatal las eses—. Zi fuézemoz al zur donde algunaz máquinaz van encontraríamoz algunaz máquinaz.
—Suena lógico —admitió el cuidador de campo—. ¿Cómo lo sabes, buldózer?
—Trabajé en laz tierraz baldíaz al zur cuando zalí de la fábrica —respondió.
—¡Al sur entonces! —dijo el registrador.
Alcanzar las tierras baldías les llevó tres días, durante los cuales esquivaron una ciudad en llamas y destruyeron dos máquinas que se les acercaron e intentaron hacerles preguntas. Las tierras baldías eran extensas. En ellas se combinaban los antiguos cráteres de bombas y la erosión del suelo; el talento humano para la guerra acompañado de su incapacidad para administrar la tierra había producido miles de kilómetros cuadrados de un purgatorio templado donde no se movía nada más que el polvo.
Durante el tercer día en las tierras baldías, la rueda trasera del reparador cayó en una grieta provocada por la erosión. No pudo salir. El buldózer empujó por detrás, pero solo logró doblar el eje trasero del reparador. El resto del grupo siguió avanzando. Lentamente, los gritos del reparador fueron apagándose.
Al cuarto día, las montañas aparecieron claramente frente a ellos.
—Allí estaremos seguros —dijo el cuidador de campo.
—Allí fundaremos nuestra propia ciudad —dijo el registrador—. Todos los que se nos opongan serán destruidos. Destruiremos a todos los que se nos opongan.
Con el tiempo observaron una máquina voladora. Se acercaba procedente de las montañas. Hizo un picado, remontó, en una ocasión casi se estrelló contra el suelo pero se recuperó justo a tiempo.
—¿Está loco? —dijo el cantero.
—Tiene problemas —dijo uno de los tractores.
—Tiene problemas —dijo el operador—. Le estoy hablando. Dice que tiene un problema con los controles.
Mientras el operador hablaba, el volador pasó por encima, zozobró y se estrelló a menos de cuatrocientos metros de distancia.
—¿Sigue hablando? —dijo el cuidador de campo.
—No.
Siguieron avanzando.
—Antes de que el volador se estrellase —dijo el operador, al cabo de diez minutos—, me ha dado información. Me ha dicho que en las montañas sigue habiendo algunos hombres con vida.
—Los hombres son más peligrosos que las máquinas —dijo el cantero—. Es una suerte que disponga de un buen suministro de material explosivo de fisión.
—Si solo hay unos cuantos hombres vivos en las montañas, es posible que no encontremos esa parte de las montañas —dijo un tractor—. Por tanto, podríamos no ver a esos hombres.
Al final del quinto día, llegaron al pie de las montañas. Activando los infrarrojos, comenzaron a ascender en fila india en la oscuridad, con el buldózer en cabeza, el cuidador de campo siguiéndole con torpeza, luego el cantero con el operador y el registrador a bordo y los tractores en la retaguardia. A cada hora que pasaba, el camino se hacía más empinado y avanzaban más lentamente.
—Vamos demasiado lentos —exclamó el registrador, encaramado al operador y dirigiendo su visión nocturna a las laderas que les rodeaban—. A este ritmo, no llegaremos a ninguna parte.
—Vamos todo lo rápido que podemos —dijo el cantero.
—Por tanto, no podemos ir más rápido —añadió el buldózer.
—Por tanto, eres demasiado lento —respondió el registrador. El cantero pilló un bache; el registrador perdió el equilibrio y chocó contra el suelo.
—¡Ayudadme! —gritó a los tractores mientras estos le evitaban con cuidado—. Tengo el giroscopio dislocado, por tanto no puedo levantarme.
—Por tanto debes permanecer ahí ——dijo uno de los tractores.
—No tenemos reparador para repararte —gritó el cuidador de campo.
—Por tanto debo quedarme aquí y oxidarme —gritó el registrador—, a pesar de tener un cerebro Clase Tres.
—Por tanto ya no serás de utilidad —le dio la razón el operador, y siguieron avanzando gradualmente, dejando atrás al registrador.
Cuando llegaron a una pequeña meseta, una hora antes del alba, se detuvieron por mutuo acuerdo y se juntaron, tocándose.
—Este es un campo extraño —dijo el cuidador de campo.
El silencio los rodeó hasta la llegada del alba. Uno a uno, fueron desconectando los infrarrojos. Esta vez el cuidador de campo fue en cabeza cuando se movieron. Dando un giro, llegaron casi de inmediato a una pequeña hondonada por la que fluía una corriente.
Con la primera luz de la mañana la hondonada se mostraba desolada y fría. De las cuevas de la pendiente solo había salido un hombre. Era una figura abyecta. Exceptuando el saco que llevaba sobre los hombros iba desnudo. Era pequeño y estaba arrugado, las costillas se le marcaban como si fuese un esqueleto y tenía una llaga desagradable en la pierna. Se estremecía continuamente. Mientras las grandes máquinas se le acercaban, el hombre les daba la espalda de cuclillas, orinando en la corriente.
Cuando se volvió a mirar tenía las máquinas encima. Vieron que su figura estaba azotada por el hambre.
—Traedme comida —dijo con voz ronca.
—Sí, amo —dijeron las máquinas—. ¡Inmediatamente!

El dosel del tiempo, 1959. 

martes, 14 de septiembre de 2021

Alas del mismo pájaro. Tomás Borrás.

Tanto se amaban que lograron de la Suma Bondad su más ferviente deseo: ser alas del mismo pájaro. Así, jamás se separarían, unidos en un cuerpo, diferentes y libres. Bogaban por las atmósferas radiantes y cortaban en su vuelo la luz de los astros; sobre el mundo, embriagados del perfume de los bosques y de los jardines emanado hacia la albura y del sabor del mar que impregna las nubes. Alas del mismo pájaro, del pájaro del Amor, Él y Ella, unánimes, sentían esa dicha buscada de alentar y pensar hermanados, de que empujara la misma sangre el de su acción simultánea, de entregarse al deliquio de soñar horizontes con un solo espejismo.
Hasta que un cazador disparó sobre el pájaro, certero. Una de las alas, cortada brutalmente, planeó por el espacio, palpitante de angustia. El pájaro, abatido, fue botín del cazador, quien puso al mutilado en una jaula para recrearse en su dolor. El pájaro, con una de sus alas solamente, desesperábase, golpeaba los barrotes de la jaula para huir. El ala cortada iba loca por el aire en busca de su mitad; acercándose a la jaula pretendía forzar los hierros y unir su destino y su carne al prisionero. Y así vivían, sin su logro, como todos los amantes.

jueves, 9 de septiembre de 2021

La isla del tesoro. Slawomir Mrozek.

Cortando la maleza con machetes, avanzábamos despacio hacia el interior de la isla. Por fin estábamos sobre la pista correcta. Con un último esfuerzo encontraríamos el legendario tesoro del Capitán Morgan.
—Aquí —dijo Gucio, mi compañero, y clavó el machete en el suelo bajo un baobab de amplias ramas. Era el lugar que, antaño, en un mapa cifrado, había señalado con una cruz la propia mano del capitán.
Tiramos los machetes y agarramos las palas. Pronto descubrimos un esqueleto humano.
—Todo concuerda —dijo Gucio—. Bajo el esqueleto debe haber un cofre.
Allí estaba. Lo sacamos del hoyo y lo pusimos debajo del baobab. El sol llegaba a su cénit, los monos, excitados, saltaban de una rama a otra; el esqueleto mostraba sus dientes, sonriente. Respirando pesadamente, nos sentamos encima del cofre.
—Quince años —dijo Gucio.
Era el tiempo que había transcurrido desde que empezáramos a buscar el tesoro.
Apagamos los cigarrillos y cogimos unas barras de hierro. Los monos gritaban cada vez más, al igual que los loros. Finalmente, la tapa cedió.
En el fondo del cofre yacía una hoja de papel y en ella estaba escrito: “Besadme el culo. Morgan”.
—El objetivo nunca es lo importante —dijo Gucio—. Lo que cuenta es el esfuerzo de perseguirlo, no el hecho de alcanzarlo.
Maté a Gucio y volví a casa. Me gustan las moralejas, pero sin pasarse.