Esa tarde, dentro
del campo de trigo, la piel de mi hija olía a pan.
Y
el patrón tuvo hambre.
Y
mi hoz, sed.
sábado, 25 de mayo de 2024
Pulsiones. Modes Lobato.
miércoles, 22 de mayo de 2024
El carpintero Kushakov. Daniil Jarms.
Érase que se era
un carpintero. Se llamaba Kushakov. Un día, salió de su casa y fue
a una tienda a comprar cola de carpintero. Era la época del deshielo
y la calle estaba resbalosa. El carpintero dio unos pasos, patinó,
se cayó y se rompió la frente.
—Ugh —dijo el
carpintero, se levantó, fue a la farmacia, compró una venda y se
emparchó la frente.
Pero cuando salió
a la calle y dio unos pasos, volvió a resbalar, se cayó y se rompió
la nariz.
—Fu —dijo el
carpintero, entró en la farmacia, compró una venda y se remendó la
nariz.
Luego, salió
nuevamente a la calle, resbaló otra vez, se cayó y se rompió el
pómulo. Tuvo que volver a entrar a la farmacia para componerse el
pómulo con una venda.
—¿Sabe una
cosa? —le dijo el farmacéutico al carpintero—, usted se cae y se
lástima tan a menudo que le aconsejo que compre varias vendas.
—No —contestó
el carpintero—. Ya no me caeré.
Pero cuando salió
a la calle, resbaló nuevamente, se cayó y se rompió el mentón.
—¡Maldito
hielo! —exclamó el carpintero, y volvió a entrar corriendo en la
farmacia.
—¿Ve? —dijo
el farmacéutico—. Volvió a caerse.
—No —gritó el
carpintero—. Ni siquiera soporto que hablen de eso. Deme una venda,
pronto.
El farmacéutico
le dio una venda. El carpintero se vendó el mentón y corrió a su
casa.
En su casa, no lo
reconocieron y no lo dejaron entrar en el departamento.
—Soy el
carpintero Kushakov —chilló el carpintero.
—¡No diga!
—contestaron los ocupantes del departamento, y echaron el cerrojo y
pusieron la cadena.
El carpintero
Kushakov se quedó momento en la escalera, escupió y salió la
calle.
martes, 21 de mayo de 2024
Quien sabe soñar sabrá despertarse. Miguel Ángel Arcas.
Una mujer camina por una carretera. Camina y no sabe cuál es su destino. Mira hacia
atrás. Su pelo suelto es una liebre que huye. Va descalza, aunque eso no impide su paso.
A pesar del viento sigue mirando hacia el lugar de donde viene. La carretera parece
interminable. A su alrededor hay pájaros que hablan unos con otros, y uno de ellos se
posa en el hombro y bebe el agua de sus ojos.
Amo a esa mujer. Pero ella no me ve, no se ve, no tiene mis ojos, su miedo no es mi
miedo, y yo no camino por esa carretera, yo no sueño el mundo como ella, no despierto
como ella.
Donde yo vivo no hay pájaros.
Llueve horizontal, 2015.
domingo, 19 de mayo de 2024
La cuarta salida. José María Merino.
El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote -“De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte”- es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.
sábado, 18 de mayo de 2024
Los perros la trajeron a pedazos. Svetlana Alexiévich.
Valia
Zmitróvich, once años
Actualmente
es operaria
No
quiero recordar… No quiero recordar, nunca…
Éramos
siete hermanos. Antes de la guerra mi madre se reía y decía:
«Mientras el sol resplandezca los niños crecerán». Luego, al
empezar la guerra, lloraba: «Estos tiempos son tan difíciles… y
en casa hay más niños que piojos en costura…». Lúzik
(diecisiete años), yo (once), Iván (nueve), Nina (cuatro), Galia
(tres), Álik (dos), Sasha (cinco meses)… Un bebé, lloraba y
tomaba teta.
En
aquella época yo no lo sabía, pero después de la guerra la gente
nos contó que nuestros padres mantenían contactos con los
guerrilleros y con los prisioneros soviéticos que trabajaban en la
planta lechera. Allí trabajaba también la hermana de mi madre. Solo
recuerdo que una noche había unos hombres en casa y por lo visto la
luz se veía desde fuera, a pesar de que la ventana estaba tapada con
una manta gruesa. Se oyó un disparo, dio justo en la ventana. Mamá
cogió la lámpara y la escondió debajo de la mesa.
Mi
madre cocinaba con patatas; con patatas sabía hacer de todo, decenas
de platos. Estábamos preparándonos para una celebración. Recuerdo
que toda la casa olía a comida rica. Mi padre segaba el trifolio
cerca del bosque. Entonces vinieron los alemanes, rodearon la casa y
nos ordenaron: «¡Salid!». Salí con mi madre y tres de mis
hermanos. Empezaron a pegar a mi madre y ella gritó:
—¡Hijos,
entrad en casa!
La
pusieron contra la pared debajo de la ventana. Nosotros estábamos
pegados a esa ventana.
—¿Dónde
está tu hijo mayor?
Mi
madre contestó:
—Está
cavando turba.
—Llévanos
hasta allí.
Metieron
a mi madre en el coche a empujones y ellos subieron detrás.
Galia
se escapó de casa, pedía gritando que la dejasen ir con mamá. La
arrojaron adentro. Mamá también gritaba:
—¡Hijos,
volved a casa!…
Mi
padre regresó corriendo del campo; por lo visto los vecinos le
habían informado. Cogió unos documentos y se fue corriendo detrás
del coche. Él también nos dijo: «Hijos, meteos en casa». Como si
nuestra casa fuera un salvavidas, o como si mamá estuviera allí.
Nos quedamos en el patio esperando… Hacia la tarde algunos de mis
hermanos se subieron a las puertas del patio, que daban a la calle,
otros treparon a los manzanos: a ver si veían a papá o a mamá o a
los hermanos que regresaban. Pero desde la otra punta de la aldea
llegaba gente corriendo: «Niños, marchaos de casa y escapad.
Vuestra familia ya no está. Los alemanes vienen a por vosotros…».
Nos
arrastramos hacia el pantano a través de los campos de patatas.
Pasamos allí la noche, empezó a amanecer: «¿Qué hacemos?». Me
acordé de que nos habíamos dejado a la bebecita en su cuna. Fuimos
a la aldea y recogimos a la pequeña. Estaba viva, pero de tanto
gritar se había puesto azul. Mi hermano Iván dijo: «Dale de
comer». Como si yo pudiera… No tenía tetas. A él le daba miedo
que se muriera, me pedía: «Tú inténtalo…».
Entró
la vecina.
—Niños,
si os quedáis aquí vendrán a buscaros. Id con vuestra tía.
Nuestra
tía vivía en otra aldea. Le dijimos a la vecina:
—Vale,
iremos con nuestra tía, pero díganos primero dónde están nuestros
padres, nuestro hermano mayor, nuestra hermanita…
Nos
contó que los habían fusilado. Que sus cuerpos estaban en el
bosque…
—Pero
vosotros no debéis ir allí, niños.
—Saldremos
de la aldea y pasaremos por allí para despedirnos de ellos.
—No
lo hagáis, niños…
La
vecina nos acompañó fuera de la aldea, pero no nos dejó ir a donde
estaban los restos de nuestra familia.
Pasados
muchos años me enteré de que a mi madre le habían arrancado los
ojos, le habían arrancado el pelo, le habían cortado los pechos.
Soltaron a los perros pastores para que cogieran a la pequeña Galia,
que se había ocultado detrás de los abetos y no respondía; los
perros la trajeron a pedazos. Mi madre todavía estaba viva, lo
comprendía todo… Lo presenció todo…
Después
de la guerra solo quedamos mi hermanita Nina y yo. La encontré en
casa de unos desconocidos y me la llevé conmigo. Fuimos al comité
ejecutivo regional: «Dennos una habitación, viviremos allí
juntas». Nos asignaron dos camas en medio del pasillo de la
residencia comunal de la fábrica. Yo trabajaba en la fábrica; Nina
iba a la escuela. Yo nunca la he llamado por su nombre, siempre la
llamo «hermanita». Solo la tengo a ella. Es lo único que tengo.
No
quiero recordar. Pero es necesario contarle tu pena a la gente. Es
difícil llorar en soledad…
Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.
lunes, 13 de mayo de 2024
Geórgicas. Emilia Pardo Bazán.
Fue por el tiempo de las majas,
mientras la rubia espiga, tendida en las eras, cruje blandamente,
amortiguando el golpe del mallo, cuando empezó la discordia entre
los del tío Ambrosio Lebriña y los del tío Juan Raposo.
Sucedió
que todo el julio había sido aquel año un condenado mes de agua, y
que sólo a primeros de agosto despejó el cielo y se metió calor,
el calor seco y vivo que ayuda a la faena. «Hay que majar, que ya
andan las canículas por el aire», decían los labriegos; y el tío
Raposo pidió al tío Lebriña que le ayudase en la labor. Este ruego
envolvía implícitamente el compromiso de que, a su vez, Raposo
ayudaría a Lebriña, según se acostumbra entre aldeanos.
No
obstante, llegado el momento de la maja de Lebriña, el socarrón de
Raposo escurrió el bulto, pretextando enfermedades de sus hijos,
ocupaciones; en plata, disculpas de mal pagador. Lebriña, indignado
de la jugarreta, tuvo con Raposo unas palabras más altas que otras
en el atrio de la iglesia, el domingo, a la salida de misa. Por la
tarde, en la romería, Andrés, el mayor de Lebriña, después de
beber unos tragos, se encontró con Chinto, el mayor de Raposo, y
requiriendo la moca o porra claveteada, mirándose de solayo, como si
fuesen a santiguarse…; pero no hubo más entonces.
Vivían
las familias de Lebriña y Raposo pared por medio, en dos casas
gemelas, que el señor había mandado edificar de nuevo para dos
lugarcitos muy redondos. Al recogerse aquel domingo, mientras los
hombres, gruñones y enfurruñados, mascullaban la ira, las mujeres,
sacando a la puerta los tallos o asientos hechos de un tronco, se
disponían a pasar las primeras horas de la noche al fresco. En vez
de armar tertulia con las vecinas, cada bando afectó situarse lo más
lejos que permitía la estrechez de los corrales. La tía Raposo y su
hija Joliana, que tenían fama de mordaces y satíricas, tomaron sus
panderetas e improvisaron una triada muy injuriosa; en sustancia,
venía a decir que, en casa de Lebriña, los hombres eran hembras y
las mujeres machos bigotudos. Es de advertir que los Lebriñas debían
su apodo, convertido en apellido ya, a cierta mansedumbre tradicional
en los varones de la familia, y también conviene saber que Aura
Lebriña, moza soltera de unos veinticinco años de edad, lucía
sobre sus gruesos y encendidos labios un pronunciado bozo oscuro.
Aura no sabía improvisar como las Raposos; pero, ni tarda ni
perezosa, recogió el guante, y en prosa vil les soltó una carretera
de desvergüenzas gordas, mezcladas con maldiciones a los hombres,
gallinas cluecas, que no tenían alma para cosa ninguna. Al oír la
pauliña de Aura, el tío Ambrosio asomó la nariz, y empujando a su
hija por los hombros, la hizo retirar, mientras los de Raposo la
perseguían con pullas irónicas.
Pocos
días después, yendo Chinto Raposo armado de gavilo, a cortar tojo
en el monte, vio a Aura Lebriña que lindaba su vaca en una heredad
de maíz. Aunque tostada del sol, como la heroína de los cantares, y
aunque de boca sombreada y recias formas, la moza no era
despreciable, y al mozo se le ocurrió burlarla, más tentado por el
fino gusto de pisotear a los Lebriñas que por los atractivos de la
pastora. Y avínole mal, porque en el país galiciano, la mujer,
hecha a trabajos tan rudos como el hombre, le iguala en fuerza
física, y a veces le supera, y en el juego de la lucha no es raro el
caso de que salgan vencedoras las mujeres. Sin más armas que sus
puños, Aura sujetó a Chinto y le dio una paliza con el mango de la
guadaña, mientras la vaca, pendiente el bocado de hierba entre los
belfos, fijaba en el grupo sus ojazos pensativos. Molido y humillado,
Chinto Raposo se vengó cobardemente; aprovechó un descuido de Aura,
y metiéndole de pronto la mano en la boca y apartando con violencia
los dedos pulgar e índice, rasgó las comisuras de los labios. La
sorpresa y el dolor paralizaron un instante a la amazona, y Chinto
pudo huir.
Todo
el día lloriqueó la muchacha desesperadamente, porque el eterno
femenino salta también de entre los terrones, y la infeliz temía
quedar desfigurada. Las malditas comadres de las Raposos, desde su
puerta, se mofaban de Aura sin compasión, apodándola Boca Rota, y
Aura, en sorda voz, murmuraba que, si se había concluido ya la casta
de los hombres, saldrían a plaza las mujeres, y se vería lo que
eran capaces de hacer.
Andrés
Lebriña, muy descolorido, oía a su hermana y callaba como un
muerto. Estos silencios cerrados son de mal agüero en las personas
pacíficas. Sin embargo, pasó una semana, las heridas de Aura
empezaron a cicatrizarse, y los Raposos, más insolentes que nunca,
se reían en público de toda la casta de Lebriña. El día de la
feria, Chinto Raposo cargó un carro de repollos y bajó a la ciudad
a venderlo. Regresaba, anochecido ya, algo chispón, con el carro
vacío, y al sepultarse en uno de esos caminos hondos y angostos,
limitados por los surcos de la llanta, recibió a traición un golpe
en el duro cráneo y luego otro, que le derribó aturdido como un
buey. En medio de su desvanecimiento sintió confusamente que algo
muy pesado y duro le oprimía el pecho: eran unos zuecos de álamo,
con tachuelas, bailando el pateado sobre su esternón.
Cuando
suceden estas cosas en la aldea, en verdad os digo que rara vez pasa
el asunto a los tribunales. El labriego, por una parcelilla de
terreno, por un tronco de pino, por un puñado de castañas se
apresurará en acudir a la justicia: la propiedad entiende el que ha
de defenderse por las vías legales; pero la seguridad personal es
cuenta de cada quisque: contra palos, palos, y a quien Dios se la dé,
San Pedro se la bendiga. En la aldea, el que más y el que menos
tiene sobre su alma una buena ración de leña administrada al
prójimo y nadie quiere habérselas con escribanos procuradores y
jueces, negras aves fatídicas, que traen la miseria entre su corvo
pico.
Antes
que Chinto Raposo pudiese levantarse de la cama, donde permanecía
arrojando en abundancia bocanadas de sangre, sus dos hermanos
menores, Román y Duardos, le había jurado la vendetta. Andrés
Lebriña, por su parte, trataba de esconderse; pero el labriego ha de
salir sin remedio a su trabajo, y la fatalidad quiso que le llamasen
a jornal en la carretera en construcción, adonde también acudían
los Raposos. Estos velaron a su enemigo, como el cazador a la perdiz,
y aprovechándose de una disputa que se alzó entre los jornaleros,
arrojaron a Andrés sobre un montón de piedra sin partir, y con otra
piedra le machacaron la sien. Se formó causa, pero faltó prueba
testifical: nadie sabe nada, nadie ha visto nada en tales casos. El
señor abad de la parroquia de Tameige rezó unos responsos sobre el
muerto y hubo una cruz más en el campo santo: negra, torcida, con
letras blancas.
El
golpe aplanó completamente a los Lebriñas. Ellos eran gente
apocada, resignada, y solo a fuerza de indignación y ultrajes había
salido de sus casillas Andrés. También los Raposos, astutos en
medio de su barbarie, creyeron que, después de suprimir a un hombre,
les convenía estarse callados y quietos, por lo cual cesaron
completamente las provocaciones e invectivas de las mujeres desde la
puerta.
Sin
embargo, había alguien que no olvidaba al que se pudría bajo la
cruz negra del cementerio: Aura, la hermana, la que se había llevado
toda la virilidad de la familia. Vestida de luto, en pie en el umbral
de su casucha, ronca a fuerza de llorar, lanzaba a la casa de los
Raposos ardientes miradas de reto y maldición. Y sucedió que al
verano siguiente, cuando la cosecha recogida ya prometía abundancia,
una noche, sin saber por qué, prendióse fuego el pajar de Raposo y
a la vez aparecieron ardiendo el cobertizo, el hórreo y la vivienda.
Los Raposos, aunque dormían como marmotas, al descubrirse el fuego
pudieron salvar, sufriendo graves quemaduras, solo a uno de los
hijos. A Román, el que pasaba por autor material de la muerte de
Andrés Lebriña, se le encontró carbonizado sin que nadie
comprendiese cómo un mozo tan ágil no supo librarse del incendio.
Aquí
tienen ustedes lo que aconteció en la feligresía de San Martín de
Tameige por no querer los Raposos ayudar a los Lebriñas en la faena
de la maja.






