sábado, 18 de octubre de 2025

Argumentum Ornithologicum. Jorge Luis Borges.

Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.

lunes, 13 de octubre de 2025

Pérdida del poema de amor llamado "Niebla". Luis Rogelio Nogueras.

Para Luis Marré.

 
Ayer he escrito un poema magnífico 
lástima
lo he perdido no sé donde
ahora no puedo recordarlo
pero era estupendo
decía más o menos
que estaba enamorado
claro lo decía de otra forma
ya les digo era excelente
pero ella amaba a otro
y entonces venía una parte
realmente bella donde hablaba de
los árboles el viento y luego
más adelante explicaba algo acerca de la muerte
naturalmente no decía muerte decía
oscura garra o algo así
y luego venían unos versos extraordinarios
y hacia el final
contaba cómo me había ido caminando
por una calle desierta
convencido de que la vida comienza de nuevo
en cualquier esquina
por supuesto no decía esa cursilería
era bueno el poema
lástima de pérdida
lástima de memoria

domingo, 12 de octubre de 2025

Fin de curso. Mariana Enríquez.

Nunca le habíamos prestado demasiada atención. Era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas y que tienen esas caras olvidables, esas caras que, aunque una las ve todos los días en el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto, y mucho menos pueda ponerles un nombre. Lo único que la diferenciaba era que se vestía mal, feo y algo más: la ropa que usaba parecía elegida para ocultar su cuerpo. Dos o tres tallas más grande, camisas cerradas hasta el último botón, pantalones que no dejaban adivinar sus formas. Sólo la ropa hacía que nos fijáramos en ella, apenas para comentar su mal gusto o dictaminar que se vestía como una vieja. Se llamaba Marcela. Podría haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija. Era mala alumna, pero rara vez recibía la desaprobación de los profesores. Faltaba mucho, pero nadie comentaba su ausencia. No sabíamos si tenía plata, de qué trabajaban los padres, en qué barrio vivía.
No nos importaba.
Hasta que, en la clase de Historia, alguien dio un pequeño grito asqueado. ¿Fue Guada? Parecía la voz de Guada, que además se sentaba cerca de ella. Mientras la profesora explicaba la batalla de Caseros, Marcela se arrancó las uñas de la mano izquierda. Con los dientes. Como si fueran uñas postizas. Los dedos sangraban, pero ella no demostraba ningún dolor. Algunas chicas vomitaron. La de Historia llamó a la preceptora, que se llevó a Marcela; faltó durante una semana y nadie nos explicó nada. Cuando volvió, había pasado de chica ignorada a chica famosa. Algunas le tenían miedo, otras querían hacerse amigas de ella. Lo que había hecho era lo más extraño que nosotras hubiéramos visto. Algunos padres querían llamar a una reunión, para tratar el caso, porque no estaban seguros de que fuera recomendable que nosotras siguiéramos en contacto con una chica «desequilibrada». Pero lo arreglaron de otra manera. Faltaba poco para que se terminara el año, para que termináramos la secundaria. Los padres de Marcela aseguraron que ella se pondría bien, que tomaba medicación, hacía terapia, que estaba contenida. Los otros padres les creyeron. Los míos apenas prestaron atención: lo único que les importaba eran mis notas y yo seguía siendo la mejor alumna, como cada año.
Marcela estuvo bien durante un tiempo. Volvió con los dedos vendados, al principio con gasa blanca, después con curitas. No parecía recordar el episodio de las uñas arrancadas. No se hizo amiga de las chicas que se le acercaron. En el baño, las que querían ser amigas de Marcela nos contaban que no se podía, que ella no hablaba, que las escuchaba pero nunca respondía, y se quedaba mirándolas tan fijo que, al final, les dio miedo.
Fue en el baño donde todo empezó de verdad. Marcela estaba mirándose al espejo, en la única parte donde realmente podía hacerlo porque el resto estaba descascarado, sucio o tenía declaraciones de amor o insultos de alguna pelea entre dos chicas rabiosas escritos con fibra o lápiz labial. Yo estaba con mi amiga Agustina: tratábamos de resolver una discusión que habíamos tenido más temprano. Parecía una discusión importante. Hasta que Marcela sacó de algún lado (el bolsillo, probablemente) una gillette. Con rapidez exacta se cortó un tajo en la mejilla. La sangre tardó en brotar, pero cuando lo hizo salió casi a chorros y le empapó el cuello y la camisa abotonada, como de monja o de prolijo varón.
Ninguna de las dos hizo nada. Marcela se seguía mirando al espejo, estudiando la herida, sin un gesto de dolor. Eso fue lo que más me impresionó: no le había dolido, estaba claro, ni siquiera había fruncido el ceño o cerrado los ojos. Recién reaccionamos cuando una chica que estaba haciendo pis abrió la puerta y gritó «¡Qué le pasó!» y trató de detener la sangre con un pañuelo. Mi amiga parecía a punto de llorar. A mí me temblaban las rodillas. La sonrisa de Marcela, que seguía mirándose mientras se apretaba la cara con el pañuelo, era hermosa. Su cara era hermosa. Le ofrecí acompañarla hasta su casa o hasta una salita para que la cosieran o le desinfectaran la herida. Ella pareció reaccionar entonces y dijo que no con la cabeza, que se tomaba un taxi. Le preguntamos si tenía plata. Dijo que sí y volvió a sonreír. Una sonrisa que podía enamorar a cualquiera. Faltó otra vez durante una semana. La escuela entera sabía del incidente: no se hablaba de otra cosa. Cuando volvió, todos trataban de no mirar la venda que le cubría la mitad de la cara y nadie lo conseguía.
Ahora yo trataba de sentarme cerca de ella en las clases. Lo único que quería era que me hablara, que me explicara. Quería visitarla en su casa. Quería saber todo. Alguien me había dicho que se hablaba de internarla. Me imaginaba el hospital con una fuente de mármol gris en el patio y plantas violetas y marrones, begonias, madreselvas, jazmines –no me imaginaba un instituto para enfermos mentales sórdido y sucio y triste, me imaginaba una hermosa clínica llena de mujeres con la mirada perdida–. Sentada a su lado vi, como todas las demás, pero de cerca, lo que le estaba pasando. Todas lo veíamos, asustadas, maravilladas. Empezó con sus temblores, que no eran temblores sino más bien sobresaltos. Sacudía las manos en el aire como si espantara algo invisible, como si intentara que algo no la golpeara. Después empezó a taparse los ojos mientras decía que no con la cabeza. Los profesores lo veían, pero trataban de ignorarlo. Nosotras también. Era fascinante. Ella se derrumbaba en público sin pudores y a nosotras nos daba vergüenza.
Empezó a arrancarse el pelo poco después, el de la parte de adelante de la cabeza. Se iban formando mechones enteros sobre su banco, montoncitos de pelo lacio y rubio. A la semana empezó a adivinarse el cuero cabelludo, rosado y brillante.
Yo estaba sentada a su lado el día que salió corriendo de una clase. Todos la miraron irse, yo la seguí. Al rato noté que venían detrás de mí mi amiga Agustina y la chica que la había auxiliado en el baño aquella vez, Tere, del otro quinto. Nos sentíamos responsables. O queríamos ver qué iba a hacer, cómo iba a terminar todo eso.
La encontramos en el baño otra vez. Estaba vacío. Gritaba y lloraba como en un berrinche infantil. La venda se le había caído y pudimos ver los puntos de la herida. Señalaba uno de los inodoros y gritaba «andate dejame andate basta». Había algo en el ambiente, demasiada luz, y el aire apestaba más de lo habitual a sangre, pis y desinfectante. Yo le hablé:
–¿Qué pasa, Marcela?
–¿No lo ves?
–A quién.
–A él. ¡A él! ¡Ahí en el inodoro! ¿No lo ves?
Me miraba ansiosa y asustada, pero no confundida: estaba viendo algo. Pero no había nada sobre el inodoro, salvo la tapa destartalada y la cadena, que estaba demasiado quieta, anormalmente quieta.
–No, no veo nada, no hay nada –le dije.
Desconcertada por un momento, me agarró del brazo. Nunca antes me había tocado. Miré su mano: todavía no le habían crecido las uñas o, a lo mejor, se arrancaba lo poco que crecía. Se veían sólo las cutículas, ensangrentadas.
–¿No? ¿No? –Y mirando el inodoro otra vez–: Sí que está. Está ahí. Hablale, decile algo.
Tuve miedo de que la cadena empezara a balancearse, pero seguía quieta. Marcela parecía escuchar, mirando atentamente el inodoro. Noté que casi no le quedaban pestañas tampoco. Se las había estado arrancando. Pronto empezaría con las cejas, imaginé.
–¿No lo escuchás?
–No.
–¡Pero te dijo algo!
–Qué dijo, contame.
En este punto, Agustina se metió en la conversación diciéndome que dejara en paz a Marcela, preguntándome si estaba loca, no ves que no hay nada, no le sigas el juego, me da miedo, llamemos a alguien. Fue interrumpida por Marcela, que le aulló CALLATE, PUTA DE MIERDA. Tere, que era bastante cheta, murmuró que eso era too much y se fue a buscar a alguien. Yo traté de controlar la situación.
–No les des bola a estas taradas, Marcela, ¿qué dice?
–Que no se va a ir. Que es de verdad. Que me va a seguir obligando a hacer cosas y no le puedo decir que no.
–¿Cómo es?
–Es un hombre, pero tiene un vestido de comunión. Tiene los brazos para atrás. Siempre se ríe. Parece chino pero es enano. Tiene el pelo engominado. Y me obliga.
–¿Te obliga a qué?
Cuando Tere llegó con una profesora a la que había convencido de que entrara en el baño (después nos dijo que en la puerta se habían juntado como diez chicas, escuchaban todo haciéndose shhh entre ellas), Marcela estaba a punto de mostrarnos qué la obligaba a hacer el engominado. Pero la aparición de la profesora la confundió. Se sentó en el piso, con los ojos sin pestañas que no parpadeaban mientras decía que no.
Marcela nunca volvió a la escuela.
Yo decidí visitarla. No fue difícil conseguir su dirección. Aunque su casa quedaba en un barrio al que nunca había ido, me resultó fácil llegar. Toqué el timbre temblando: en el colectivo había preparado la explicación de mi visita que iba a darles a sus padres, pero ahora me parecía estúpida, ridícula, forzada.
Me quedé muda cuando Marcela abrió la puerta, no solamente por la sorpresa de que ella atendiera el timbre –la había imaginado en cama, drogada–, sino también porque se la veía muy distinta, con una gorra de lana que le cubría la cabeza seguro ya casi pelada, un jean y un pulóver de tamaño normal. Salvo por las pestañas, que no habían crecido, parecía una chica sana, común.
No me invitó a pasar. Salió, cerró la puerta y quedamos las dos en la calle. Hacía frío; ella se abrazaba el cuerpo con los brazos, a mí me ardían las orejas.
–No tendrías que haber venido –dijo.
–Quiero saber.
–¿Qué querés saber? No vuelvo más a la escuela, se terminó, olvidate de todo.
–Quiero saber qué te obliga a hacer él.
Marcela me miró y olfateó el aire alrededor. Después desvió los ojos hacia la ventana. Las cortinas se habían movido apenas. Volvió a entrar en su casa y, antes de cerrar de un portazo, dijo:
–Ya te vas a enterar. Él mismo te lo va a contar algún día. Te lo va a pedir, creo. Pronto.
A la vuelta, sentada en el colectivo, sentí cómo palpitaba la herida que me había hecho en el muslo con una trincheta, bajo las sábanas, la noche anterior. No dolía. Me masajeé la pierna con suavidad, pero con la suficiente fuerza para que la sangre, al brotar, dibujara un fino trazo húmedo sobre mis jeans celestes.

Las cosas que perdimos en el fuego, 2016.

sábado, 11 de octubre de 2025

Princesa exégeta. Guillermo Bustamente Zamudio.

El rey publicó un edicto: la Princesa se casaría con quien le llevase el más valioso regalo. Desde los cuatro puntos cardinales llegaron Príncipes que hacían gala de su riqueza, llevándole presentes únicos. Pero ella los despachaba con desdén. Hasta que llegó un humilde joven con una piedra.
–¿Una piedra? –preguntó ella, con la expectativa de escuchar la trama que llevaría, como es usual en el género, de una afrenta a una moraleja.
–Es mi corazón, Princesa. Lo más valioso que tengo. Si lo llenas de amor, se tornará tierno.
–Y, entonces, se supone que yo interprete erróneamente tu regalo, y luego me enmiende, para que al final haya cuento… ¿no?
–Algo así –dijo desconcertado el joven, pues no habían estudiado en el mismo colegio.
–Eso se demoraría mucho y éste es un relato breve –aclaró ella–. Pero, aun en caso de que funcionara, ¿no te das cuenta de que ya la magia no interviene en el ascenso social? ¡Ten, ponte tu piedra, antes de que tengas una complicación cardíaca en medio de Palacio!
El joven se fue sin entender por qué le habían empacado un plato de perdices para llevar y, de paso, dejó a los lectores sin saber cómo terminaba la historia de la Princesa.

Disposiciones y virtudes, 2016.
 

domingo, 5 de octubre de 2025

Destino. John Solís Rodríguez.

Hoy, que esperaba verte aparecer con la armadura de hojalata y espadín oxidado, en que ansiaba ver la enjuta figura y las barbas desaliñadas. Justo hoy, en que comprendí que la mayor de las quijotadas es el amor, ya no viniste.

Dulcinea.



 

jueves, 2 de octubre de 2025

100% algodón. David James Poissant.

La noche es fría. Los edificios son altos. El cielo, salvo donde hay estrellas, es negro. Negro como las piezas negras del juego de damas o los rescoldos de la madera después del fuego.
También debería mencionar que hay un arma de gran calibre apuntándome a la cara.
Y como hay un arma de gran calibre apuntándome a la cara las cosas se aceleran como en los documentales sobre la naturaleza, cuando la semilla se abre, brota, saca un tallo y crecen hojas en menos de diez segundos.
Las cosas se están acelerando de esa manera. Las estrellas giran centrifugadas más allá de los edificios. La luna sube, baja, vuelve a subir. Y entonces las cosas se lentifican muchísimo.
—Si no quieres que te vean muerto con esa remera —dice—, será mejor que te la saques.
El tipo del arma no bromea. Yo no sé nada de armas de fuego, pero esta es grande. Parece de esas que tienen un montón de balas, las que dejan tu cadáver irreconocible cuando llegan los policías, lo cual está muy bien porque a mí no me va a extrañar nadie, no queda nadie en este planeta que gira como un trompo que vaya a desmayarse cuando el forense levante la sábana y descubra mi cara cosida a balazos.
El arma me apunta porque el tipo me pidió la billetera y yo le dije que no.
—No —dije yo.
Y él dijo:
—¿Cómo te gustaría morir?
Yo dije:
—Bueno, no me gustaría morir con esta remera puesta.
Lo cual no es exactamente cierto. Si yo no hubiera querido que me mataran con esta remera puesta, no me la habría puesto. Pero parecía adecuada para la ocasión. Es negra y tiene bordado el emblema de la calavera cruzada por huesos en el bolsillo, el mismo que aparece impreso en las botellas, de esas que tienen tapas a prueba de niños y viejos.
Tal vez la calavera y los huesos no hayan sido una elección inspirada, pero qué mierda. Elige con qué remera quieres morir.
Al tipo del arma no le gustó el tono de mi voz.
—No me gusta tu tono —dijo. No captó mi pedantería, no se dio cuenta de que era a propósito, así que volví a decirlo, eso de que no quería morir con esta remera puesta, y entonces me dijo que me la sacara. Cosa que seguro te atraviesa como una bala.
Me saqué la remera por la cabeza. Me arrodillé y la doblé sobre la vereda, un rectángulo perfecto como-de-tienda-de-ropa. Si uno trabaja cinco años en Gap realmente aprende a doblar prendas.
—Se ve que nunca te asaltaron —dice el tipo del arma.
Podría decirle la verdad, que es la tercera vez esta semana, que durante meses miré los noticieros locales para descubrir la intersección de Atlanta donde fuera más probable que me atacaran. Que elegí esta calle en este barrio para andar todas las noches. Que me pegaron, me insultaron y me robaron. Perdí dos billeteras, un reloj, mi teléfono, pero ninguno tiró del gatillo porque resulta ser que lo que quieren en realidad no es sangre: es dinero.
Decidí que la desobediencia era mi mejor opción.
Anoche canté, bailé un poco. My milk shake brings all the boys to the yard! La canté a grito pelado, meneando las caderas, pero lo único que conseguí fue espantar al ladrón. Ni siquiera esperó que le diera el dinero.
Pero este tipo. Este tipo da la sensación de que no le importaría vaciarte un cargador en la frente si encontraras las palabras correctas para provocarlo.
—La billetera —dice—. Ahora.
Estoy de rodillas. La remera es lo único que hay entre sus pies y yo. Estamos en la oscuridad donde me asaltó, pero la luz de la luna alcanza a iluminar la calavera, que no es del mismo material que el resto de la remera, sino de algo más firme, gomoso, como las calcomanías que se pegan con una plancha en el suéter de un chico.
Señalo la remera.
«Cien por ciento algodón», digo en lenguaje de signos. El inglés es mi primera lengua. La segunda es el lenguaje de señas.
El tipo mira a su alrededor. Se está poniendo nervioso.
Así fue como murió mi padre.
Mi padre nació sordo y me enseñó su lenguaje, aunque no era su lenguaje, al menos no lo fue durante muchos años. En la historia de este país hubo un tiempo en que el lenguaje de señas no estaba permitido y a los sordos les enseñaban a hablar en lenguas, a emitir sonidos que no podían escuchar cuando salían de sus labios, como si los Estados Unidos en pleno tuviera miedo de las manos, de lo que los sordos pudieran hacer con un lenguaje propio.
Mi padre encontró la felicidad con una mujer sorda que le enseñó a hablar con el cuerpo. Se quedó con él justo lo suficiente para darle un hijo. Él nunca se volvió a casar. Murió el año pasado cuando un hombre le pidió la billetera. Papá siguió caminando y el hombre le disparó.
—¿Tu padre no sabía leer los labios? —pregunta la gente, como si la respuesta a esa pregunta determinara de quién es la culpa de que esté muerto.
Se levanta viento. A falta de remera, se me pone la piel de gallina. La vereda me lastima las rodillas.
—Voy a hacer una cuenta regresiva desde cinco —dice el tipo—. Cinco.
En Gap yo leía las etiquetas para aprender de qué material estaba hecha la prenda con solo tocar una manga. Incluso podía reconocer las mezclas de algodón y poliéster, errándole en menos de un diez por ciento a la proporción de la mezcla.
Mi remera, entre nosotros, se ve solitaria y me pregunto si mi padre habrá caído así, si se dobló o se arrugó como una remera arrojada al suelo.
«Lavar en lavarropas con agua tibia, con colores similares», digo en lenguaje de señas.
—Cuatro.
Yo no sé si mi padre malinterpretó a su asesino, si vio el arma, si siguió caminando sabiendo lo que iba a ocurrir.
«Ciclo suave», digo en lenguaje de señas.
—Vamos —dice el tipo. Su pulgar salta. Algo hace clic en el arma. Da un paso hacia mí y casi pisa la remera. Tienes borceguíes negros con cordones.
Esto no va a durar mucho tiempo.
—Tres.
Ustedes quieren saber por qué quiero morir, ¿pero podría darles una respuesta lo suficientemente buena para ustedes, que quieren vivir?
Poner en palabras algo así es como tratar de explicar lo que separa a la gente, lo que nos impide comunicarnos —quiero decir, comunicarnos de verdad— unos con otros.
Pasamos los días con las manos a los costados del cuerpo, y creo que es eso lo que nos arresta, lo que mantiene a la gente a raya, y tal vez sea eso mismo lo que hizo que mi madre se colgara del cuello con una soga anaranjada de las vigas del ático.
Tal vez sea lo que me canta al oído que la siga.
Ella no tuvo miedo de hacerse a sí misma lo que yo le estoy pidiendo a otro que me haga a mí.
«Secado en ciclo delicado», digo en lenguaje de señas.
Si caigo hacia adelante, mi cabeza caerá sobre la remera como si fuera una almohada. Estoy listo.
—Dos.
Nosotros hablamos en sueños, y los sordos también. Algunas noches me metía en el cuarto de mi padre y lo veía mover las manos sobre el pecho, hablando en lenguaje de señas. Era el lenguaje de los sueños, incomprensible, pero era hermoso. Sus manos subían y bajaban como pájaros al ritmo de su respiración.
—Uno.
Salvo que a veces, a veces irrumpía el sentido. Una transmisión. Mi padre, que pasó su vida extrañando a mi madre, hacía ese signo: los dedos índices llamando, después las manos agarrando el aire y llevándoselo al corazón.
Cierro los ojos y está ahí, el cañón del arma, hielo entre mis ojos.
Quiero gritar. Contengo el aliento.
Espero.
Espero.
Ustedes quieren saber lo que decía mi padre; yo se los voy a decir. Es lo que grito cuando el tipo del arma renuncia, cuando vuelve a meter el arma en el bolsillo de su chaqueta. Es lo que les grito a sus talones que rebotan contra la vereda.
Es mi voz hablándole al tipo del arma y son las manos de mi padre hablándole a mi madre en la noche, llamando: vuelve. Vuelve. Vuelve.

El cielo de los animales, 2017.

miércoles, 1 de octubre de 2025

El contenido del canto. Isar Hasim Otazo.

Las sirenas estaban rodeadas de una pila de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Ese dato, sin verificar, dio lugar a la leyenda de que su pérfido canto perdía a los hombres. Pero, en realidad, las sirenas sólo dicen la verdad. Por eso, casi todos se tapan los oídos ante ellas, no vaya a ser que la verdad les haga daño; hay otros, muchos menos, que se atreven a oír la verdad, pero aferrados al mástil de sus certezas, de las que piden no ser arrancados, no importa lo que supliquen durante la experiencia; y, finalmente, hay otros, demasiado escasos, que corren el riesgo de ir hacia las sirenas y escuchar la verdad, a sabiendas de que la partida tiene consecuencias incalculables.