domingo, 26 de mayo de 2024

Criptonita. Patricia Esteban Erlés.

Hace unos años compré por internet un fragmento de criptonita. Antes de que ocurriera lo de mi gato Carygrant, aquella piedra supuestamente llegada de Kripton ocupaba siempre el mismo lugar en mi cajón de las bragas y podía verla nada más abrirlo, pegada a la esquina izquierda, ahí, justo encima del sobre de papel de estraza donde tengo por costumbre meter cada sábado la paga semanal del súper. A veces, sobre todo si había tenido un día especialmente atroz en el trabajo, me gustaba entrar en mi dormitorio, pararme ante el espejo de la cómoda con la blusa del uniforme medio desabrochada, abrir el cajón y buscarla a tientas. Me gustaba sentir su frío mineral entre los dedos, rozarme con ella el lóbulo de las orejas y la garganta, mientras el pobre Carygrant, tumbado sobre la cama, espiaba mi reflejo en el estaño carcomido, igual que un esposo paciente.
¿Que cómo descubrí que la criptonita existía? Pues de la forma más tonta y americana que uno pueda figurarse, la verdad. Sentada un sábado por la tarde en la penumbra de un cyber de mi barrio, rodeada de amantes de la pornografía infantil y los videojuegos salvajes, di por casualidad con Kriptonya, la página de dos geólogos yanquis de la universidad de Wichita, Wisconsin, llamados Parker Lewinston y Cole J. Bowles. La web contaba que doce meses antes aquel par de treintañeros de pelo pajizo que ahora mostraban impúdicamente sus dentaduras caballunas mientras sonreían a cámara, abrazados como viejos amigos de la escuela y con esa expresión radiante de quienes han conseguido forrarse a una edad razonable, habían recibido una beca estatal para financiar su viaje al este de Europa y llevar a cabo una prospección experimental en la zona sur de Serbia. Seguramente, Lewinston y Bowles habían sido los dos hombres más felices del mundo durante aquella expedición, porque en Serbia todavía humeaban las hogueras de los últimos bombardeos y sólo las ventanas vacías de las granjas abandonadas que iban dejando atrás parecían espiarles con cierto aire censor. Lewinston y Bowles, acostumbrados a alimentarse con sándwiches de pavo y soledad de laboratorio, no echaron de menos su casi total ausencia de contacto con otros seres humanos durante el periodo que pasaron dinamitando el suelo serbio como dos nibelungos febriles. Qué va. Apenas hablaban entre ellos y tampoco parecía impresionarles mucho aquel entorno fantasmagórico, donde de vez en cuando encontraban algún esqueleto de animal en el claro de un bosque, o un trozo de pierna infantil con los cordones de la bota todavía perfectamente anudados a la entrada de una aldea ennegrecida por el fuego.
Durante unos meses, Lewinston y Bowles habían seguido cavando agujeros por todas partes sin inmutarse hasta que al fin dieron con un pequeño pozo abandonado desde antes de la guerra. No fue necesario que utilizaran la fuerza en esta ocasión. Igual que una mujer desfallecida al pie del camino por culpa del hambre y el horror continuados, aquella mina se abrió de piernas para ellos sin ofrecer resistencia y dejó que los dos recorrieran excitados varias de sus galerías subterráneas y hallaran sus paredes recubiertas de un cristal semiopaco, sorprendentemente parecido en su tono verdoso y, según comprobaron luego, también en su composición química (hidróxido de sodio, boro y litio fusionado con flúor) al mineral radiactivo que conseguía dejar fuera de combate al pobre Superman.
Continué leyendo. Kriptonya avalaba la autenticidad de cada pedazo de piedra extraída en aquel yacimiento serbio con un certificado firmado ante notario. Cómo resistirse. Yo al menos ya no pude hacerlo, cuando cometí el error de echarle una ojeada al catálogo de piezas de criptonita que se hallaban disponibles. Las había de todos los tamaños, formas y precios, un surtido infinito de galletas verde ojo de pantera. Al final, medio deslumbrada por la luz fría que emanaba de ellas, me decidí a comprar un guijarro pequeño, un fragmento redondo y algo más oscuro de lo normal, que era el único que podía permitirme con mi sueldo.
No me planteé, lo reconozco, que algo tan minúsculo pudiera resultar peligroso. La ciencia no lo había previsto, de hecho la página de Lewinston y Bowles aseguraba que la criptonita era inofensiva. Después de someterla a cientos de pruebas clínicas, sus descubridores ratificaron que se trataba de un compuesto que no poseía ni medio átomo de radiactividad, duro como el diamante, sí, pero perfectamente inútil si no fuera por su turbia belleza. Imagino que a muchos de esos ex niños de los años setenta que en su día habíamos acudido en manada al cine con anoraks y pasamontañas, y vimos sufrir al pobre Christopher Reeves un tremendo cólico de riñón cuando aquellos tres malvados que viajaban por toda la galaxia metidos en un prisma romboidal le acercaron al rostro un pedrusco made in Kripton, nos dio igual que la criptonita auténtica fuera tan inservible como el cristal de un culo de vaso. Aunque, en honor a la verdad confieso que a mí Superman me parecía mucho más irresistible sin el caracol engominado de la frente, cuando sentía que todos sus superpoderes se le evaporaban como por arte de magia a través del tejido interestelar de sus mallas azules sin que él pudiera hacer nada para evitarlo; cuando notaba, perplejo, que por primera vez en su vida le estaba saliendo sangre por la nariz tras recibir la soberana paliza de un camionero, una sangre de color café americano; cuando, en fin, miraba suplicante a Louis Lane tumbado en el suelo, como pidiéndole que por favor no lo abandonara en aquel bar de carretera aunque tuviera una pinta tan lamentable, con esas gafas torcidas de miope y la camisa afranelada de cuadros abrochada hasta el último botón. No sé. Creo que a mí en el fondo me gustaba saber que un tipo tan formidable como Superman podía verse metido en apuros por culpa de algo en apariencia insignificante. La piedra de Kripton era un misterio de reducidas dimensiones y un alcance galáctico. Por eso, supongo, me gasté trescientos klanhams y pagué con la tarjeta de crédito mi rescoldo de criptonita, porque creía en ella y en sus poderes secretos, dijeran lo que dijeran aquellos dos bobos de Lewinston y Bowles. Recuerdo aún la emoción que sentí la mañana en que el cartero llamó al timbre y me sacó de la cama para entregarme un paquete de cartón, cuidadosamente precintado y mil veces más grande que el tesoro que contenía. Era como si de pronto me hubiera llegado por correo el manual de instrucciones de la perfecta mujer fatal, y yo pudiera decidir libremente si quería o no utilizarlo. En aquel instante elegí guardarla en el cajón de las bragas de mi habitación, y no enseñársela nunca a nadie, ocultarla como se silencian algunos adulterios prolongados entre vecinos de rellano o la extraña fijación a la ropa interior equivocada de un honorable padre de familia.
Nada de lo que luego pasó había sucedido aún y yo fantaseaba a veces, me imaginaba que en cuanto esa zorra de la señora Curski se dignara por fin a pagarme las horas extra de las últimas navidades, llevaría mi criptonita al bazar de baratijas y babuchas puntiagudas de la calle Trementine y le pediría al dueño, un pakistaní enorme y silencioso con manos de color estradivarius, que la engarzara en un colgante de plata oscura, casi negra. Pero la verdad es que nunca llegué a hacerlo, igual que nunca he sido capaz de dejar de morderme las uñas, por más que lo haya intentado. Después de un tiempo siempre acabo acostumbrándome al sabor a azufre y al hedor de los remedios que me aconseja la rubia señorita Plenfes, que es la dueña de la farmacia que hace esquina con la calle Lenin. Sigo comiéndome las uñas, a pesar de que aúllo de dolor cuando friego los platos y de que me da mucha vergüenza enseñar las manos en ese estado de onicofagia crónica. Miro mis dedos en carne viva, encojo los hombros, y opto por meter las manos en los bolsillos del abrigo o por esconderlas detrás de la espada. Me resigno, del mismo modo que cuando al final la zorra de Curski accedía a abrir la caja fuerte de la oficina refunfuñando y saldaba su deuda con un puñado de billetes mugrientos. Para entonces yo ya necesitaba invertirlos en un par de medias, en un recibo atrasado del agua o en un frasco de champú especial para gatos albinos. Aun así, pese a las promesas incumplidas, mi pequeña criptonita me alegraba cada regreso a casa y me gustaba tanto el solo hecho de poseerla como atravesar descalza las baldosas frías del pasillo con Carygrant enredado entre las piernas, o comer a cucharadas una tarrina de helado de plátanos y nueces, robada por la tarde en la tienda de la bruja Curski, sentada a oscuras en el sofá, frente al viejo televisor en blanco y negro, con el cebreado de una película muda arañándome el rostro.
Sí, ahora lo sé. Éramos felices así, mi criptonita, mi gato blanco Carygrant y yo, al menos lo fuimos hasta que un viernes, casi a la hora del cambio de turno, Grandísimo Hijo de Puta apareció al final de una larga cola en el supermercado, con su paso lento, su pelo rojo y sus pestañas abrasadas. Llevaba puesta una viejísima camiseta gris que me recordó sin saber por qué a un pulmón enfermo, y en la mano sostenía un tomate bien colorado. Sólo uno. Al llegar junto a la caja hurgó en el bolsillo de su pantalón hasta encontrar dentro una moneda tan pelirroja como él, que dejó sobre el mostrador. Miré sus uñas mordisqueadas, sus dedos huesudos de músico mal alimentado. Y por primera vez hice caso omiso del reglamento de la casa que nos obligaban a cobrar las bolsas de papel a los clientes que compraban artículos por un importe menor a seis klanhams, y le tendí una para que metiera dentro su tomate.
Como era de esperar, Grandísimo Hijo de Puta agradeció el gesto y volvió otras muchas veces por el súper a hacer su monocompra. A veces se llevaba una manzana reineta, otras un paquete de spaguettis o una lata de cerveza barata. Nuestras manos se rozaban, parecidas a las cabezas de dos patos de guiñol, cuando le entregaba su bolsa de papel. Por lo que pude observar, él continuaba supliendo las carencias alimenticias de su dieta mordiéndose las uñas. Los momentos en que nuestros dedos se tocaban eran cada vez más largos, y sentí que el suelo se volvía flan bajos mis pies la tarde en que él clavó sus ojos desnutridos en la placa con mi nombre escrito dentro en la pechera de la blusa, y se despidió musitando un gracias de nuevo, señorita Mascu.
¿Debo dar detalles de lo que ocurrió luego? Pues espero que no, porque en realidad, no podría hacerlo. De aquello guardo tan solo unas cuantas imágenes apenas entrevistas: el mismo tipo flaco, recostado contra un coche negro a la hora del cierre del súper un día de entre semana, sin viernes, ni tomate, ni manzana esta vez, pero con una medio sonrisa de dientes tiznados por la nicotina asomándole torpemente a los labios. Mi cara de sorpresa cuando comprendí que era a mí a quien esperaba, mientras una voz maldecía desde las paredes de mi estómago la facha que tenía esa tarde, con la coleta medio deshecha y el uniforme lleno de manchas de fruta. Una calle en sombras y el crujido de vinilo acompañando a nuestro pasos cuando comenzamos a caminar sin que ninguno de los dos precisara adónde íbamos. Y tras una pequeña elipsis, dos pares de pies asomando al final de una sábana, ajenos al sendero de zuecos dislocados, pantys, vaqueros, falda de tergal, converse mugrientas y camiseta gris cáncer de pulmón que habíamos dejado reptando por el suelo de mi cuarto. Él y yo con los ojos clavados en nuestros pies, como esperando que nos contaran otra versión de los mismos hechos. Y de fondo, el sonido lastimoso de las garras suaves de Carygrant, que rascaba la madera de la puerta desde el otro lado, sin entender muy bien qué hacía pasando una noche (la primera de 72, en realidad) fuera de mi cama.
Pobre Carygrant, que había surgido en mi vida de la nada, tan radiantemente blanco como un esmoquin de gala en una cena de la Costa Azul. Aquel anochecer no pasaba ningún coche y nadie más caminaba por la acera, quizás porque había estado lloviendo hasta hacía poco rato. Yo acababa de mudarme al piso de la portería del número 33 de la calle Progrom, y volvía a casa de un inventario interminable en el súper. Me metí por la calle equivocada de puro cansancio. Durante unos instantes me sentí como si unos extraterrestres bromistas me hubieran abandonado en un barrio cementerio, con los ojos vendados y cero céntimos de sentido de la orientación en el bolsillo. Sólo había cubos de basura negros, volcados en el suelo, y cajas de cartón semejantes a lápidas de una película expresionista por todos lados. Estaba a punto de darme la vuelta cuando lo vi, en el centro de la calzada, blanco como el vaso de leche con galletas que pensaba llevarme a la cama al acostarme, si finalmente llegaba a casa, y rodeado de charcos inmóviles en los que a ratos se colaban cielos silenciosos y trozos de nube. Un gato fantasmal que me miraba, con esa fijeza del antihéroe que espera a una mujer en la esquina de siempre a pesar de la tormenta, apostado bajo la ráfaga de luz amarillenta de una farola, dejando que la lluvia le arruine la chaqueta y encendiendo una y otra vez la mecha del cigarro mojado, sin arredrarse ni calibrar siquiera la opción de dar media vuelta y marcharse, aunque desde hace un buen rato ya sospecha que ella no va a venir. Entonces decidí seguir hacia delante, caminé entre cubos de basura y cajas de cartón, en dirección a la blancura fosforescente de aquel animal. Carygrant, el bueno de Carygrant, que se levantó bostezando, estiró sus largas patas de yogur y echó a andar delante de mí, como guiándome a mi pequeño piso mal ventilado, con su paso lento y suntuoso.
A Grandísimo Hijo de Puta nunca le gustó Carygrant. Cierra la puerta, que no entre. Los gatos me dan miedo, dijo cuando le llevé el primer desayuno a la cama. Y eso que Carygrant no soltaba pelos en el sofá, ni se subía a la pila del fregadero para beber agua del grifo, ni maullaba jamás. No se meó en su sucia camiseta gris ni una sola vez, de hecho Carygrant apartaba sus ojos de vidriera gótica de Grandísimo Hijo de Puta si ambos coincidían aunque fuera un solo segundo en la misma habitación y salía de allí como un borracho elegante que intuye que el barman ya no le servirá la próxima copa. Procuró no cruzarse en su camino durante el tiempo que él pasó ocupando la mitad izquierda de mi cama y saqueando mi nevera, olvidado ya de las monodosis de comida de otros tiempos. Y yo, tan ciega, me limitaba a ayunar de puro amor para compensar aquellos ataques suyos de gula, fingía que no me molestaba encontrar a la vuelta de Superbarato Curski un único limón con cara de vieja arrugada que me esperaba, frunciendo el ceño desde el interior del frigorífico, como desaconsejándome que siguiera por ese camino. Grandísimo Hijo de Puta sí dejaba cabellos oxidados por todas partes: en el fondo del lavabo, en la bañera, en mi peine. Abría mis cajones, sin molestarse luego en volver a cerrarlos. Muchas veces yo regresaba antes que él, y me encontraba a Carygrant encerrado en la cocina. Nunca me daba explicaciones acerca de dónde había estado y tenía un humor taciturno que sólo parecía evaporarse cuando se sentaba descalzo en el sofá abrazado al mástil de su vieja guitarra blanca y negra, que siempre me recordó una puta desabrida, una de esas yonkis de piernas flacas que se prostituyen a las afueras de la ciudad y gritan a los conductores desde el arcén.
La cosa duró dos meses y medio. Dos meses y medio durante los cuales Grandísimo Hijo de Puta siguió zampándose mi comida, echándome algunos polvos de lunes y gritándome desde el colchón que no olvidara dejarle dinero para tabaco y cuerdas de guitarra, antes de salir hacia el súper. Yo separaba unas monedas de la compra diaria que dejaba sobre la mesa de la cocina, sin rechistar. Añoraba a veces el sabor del helado robado, sí, y había abandonado ya definitivamente aquella firme intención de pararme un día en la tienda del pakistaní y encargarle un colgante para mi criptonita, pero no me decidía a renunciar a aquel tipo flaco con pelo de escocés y creo que así habría podido pasarme toda la vida si él no se hubiera largado sin más aprovechando mi turno de mañanas. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta de la calle al salir.
A una casa robada se le queda cara de tonta. Pasado el primer susto y aquellos momentos angustiosos en que imaginé a Grandísimo Hijo de Puta muerto de un disparo en la cabeza, mirándome con una expresión asombrada desde la cama, como increpándome que lo hubiera dejado solo y a merced de unos atracadores sin escrúpulos, lo busqué por todos los cuartos, me aseguré de que los ladrones no lo habían metido a empujones, amordazado y desnudo, en el armario. Descubrí que se había ido riéndose de cada una de las habitaciones del piso de la portería del número 33 de la calle Progrom antes de marcharse. Se había llevado a su guitarra la yonki, las últimas monedas que le había dejado sobre la mesa, pero también mi televisor y dos manzanas que quedaban dentro de la nevera. Encontré el cadáver de una toalla lila y empapada en el suelo del dormitorio. Mi hucha de escayola en forma de geisha japonesa, ataviada con kimono rojo y sombrilla a juego, yacía hecha pedazos junto al mueble de los libros, a pesar de que la pobre nunca guardó en su interior una sola moneda y yo sólo la había comprado porque me gustó el aire de paseante feliz por un jardín rodeado de estanques y flores de loto que tenía en el todo a cien del barrio.
Volví a mi cuarto. Retiré a toda prisa las sábanas de la cama para meterlas en la lavadora, abrí el postigo del balcón y dejé que entrara aire puro. De pronto me dio una vergüenza horrible aquella gripe emocional de dos meses que me había dejado tan flaca. Pensé en bajar a comprar un pollo asado con patatas fritas bien grasientas, sí, cogería dinero y compraría también una botella de limonada fría, una barra de pan recién horneado, hasta una ración de pastel de queso para el postre. Sentía de golpe un hambre atroz. Me abalancé sobre la cómoda y abrí el primer cajón de la cómoda, casi salivando. Busqué con los ojos la esquina izquierda, pero el sobre de papel de estraza con mi dinero no estaba allí, ni tampoco la criptonita. Sólo encontré un desorden de bragas, tristes bragas de diario, de algodón gastado y elásticos flojos, de esas que cada mañana cogía al azar con los ojos aún enredados de sueño, antes de salir disparada camino de la ducha.
Me temblaron las piernas. Me picaban las yemas de los dedos de las manos y cerré el cajón, como huyendo de un nido de ortigas. Me di la vuelta y justo entonces escuché un maullido desgarrador que me sobresaltó. Un grito de animal encerrado, aunque todas las puertas, todas, estaban abiertas. Eché a andar. Me oía a mí misma llamando a Carygrant por el pasillo, pero él no me contestaba, sólo le oía maullar, ajeno a mi voz, dolorido, asustado, desde el interior de algún hueco, igual que un gato de faraón, enterrado vivo junto a su dueño.
Y de pronto, la vi. En el suelo, sobre una de las baldosas blancas, estaba mi criptonita, como una cucaracha anómala, igual de inmóvil, emitiendo un latigazo de luz alfa, color fondo de estanque de cementerio. Rodeada de un hilo de baba verdosa que reptaba hasta la cocina, como si fuera el dibujo agónico, el pentagrama de un quejido de gato. Carygrant está dentro de la lavadora, pensé, sorteando la piedra y el hilo viscoso de saliva, siguiendo su rastro. Puede que así fuera, pero no tuve tiempo de comprobarlo, porque justo cuando iba a poner el pie en la cocina una sombra verde estropajo salió de allí como una exhalación, esquivándome, y atravesó el pasillo. Un minuto después volvieron a escucharse maullidos, desde otro agujero de la casa. Carygrant se había escondido entre las toallas blancas del altillo del armario, quizás, o en el fondo del cesto de ropa sucia de la galería. No he vuelto a verlo, él se cuida de esconderse antes de mi regreso a casa, y sólo abandona su guarida para alimentarse y beber agua. De vez en cuando encuentro una cagarruta de color lagarto en medio de la bañera o sobre mi almohada. Suspiro. Salgo en busca de un trozo de papel higiénico y maldigo a Lewinston y Bowles, aquel par de estúpidos hombres de ciencia que no fueron capaces de prever el catastrófico efecto de la criptonita en los gatos blancos.

Azul ruso, 2010.

sábado, 25 de mayo de 2024

Pulsiones. Modes Lobato.

Esa tarde, dentro del campo de trigo, la piel de mi hija olía a pan.
Y el patrón tuvo hambre.
Y mi hoz, sed.


 

miércoles, 22 de mayo de 2024

El carpintero Kushakov. Daniil Jarms.

Érase que se era un carpintero. Se llamaba Kushakov. Un día, salió de su casa y fue a una tienda a comprar cola de carpintero. Era la época del deshielo y la calle estaba resbalosa. El carpintero dio unos pasos, patinó, se cayó y se rompió la frente.
Ugh —dijo el carpintero, se levantó, fue a la farmacia, compró una venda y se emparchó la frente.
Pero cuando salió a la calle y dio unos pasos, volvió a resbalar, se cayó y se rompió la nariz.
Fu —dijo el carpintero, entró en la farmacia, compró una venda y se remendó la nariz.
Luego, salió nuevamente a la calle, resbaló otra vez, se cayó y se rompió el pómulo. Tuvo que volver a entrar a la farmacia para componerse el pómulo con una venda.
¿Sabe una cosa? —le dijo el farmacéutico al carpintero—, usted se cae y se lástima tan a menudo que le aconsejo que compre varias vendas.
No —contestó el carpintero—. Ya no me caeré.
Pero cuando salió a la calle, resbaló nuevamente, se cayó y se rompió el mentón.
¡Maldito hielo! —exclamó el carpintero, y volvió a entrar corriendo en la farmacia.
¿Ve? —dijo el farmacéutico—. Volvió a caerse.
No —gritó el carpintero—. Ni siquiera soporto que hablen de eso. Deme una venda, pronto.
El farmacéutico le dio una venda. El carpintero se vendó el mentón y corrió a su casa.
En su casa, no lo reconocieron y no lo dejaron entrar en el departamento.
Soy el carpintero Kushakov —chilló el carpintero.
¡No diga! —contestaron los ocupantes del departamento, y echaron el cerrojo y pusieron la cadena.
El carpintero Kushakov se quedó momento en la escalera, escupió y salió la calle.


martes, 21 de mayo de 2024

Quien sabe soñar sabrá despertarse. Miguel Ángel Arcas.

Una mujer camina por una carretera. Camina y no sabe cuál es su destino. Mira hacia

atrás. Su pelo suelto es una liebre que huye. Va descalza, aunque eso no impide su paso.

A pesar del viento sigue mirando hacia el lugar de donde viene. La carretera parece

interminable. A su alrededor hay pájaros que hablan unos con otros, y uno de ellos se

posa en el hombro y bebe el agua de sus ojos.


Amo a esa mujer. Pero ella no me ve, no se ve, no tiene mis ojos, su miedo no es mi

miedo, y yo no camino por esa carretera, yo no sueño el mundo como ella, no despierto

como ella.


Donde yo vivo no hay pájaros.


Llueve horizontal, 2015.

domingo, 19 de mayo de 2024

La cuarta salida. José María Merino.

El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote -“De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte”- es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.

sábado, 18 de mayo de 2024

Los perros la trajeron a pedazos. Svetlana Alexiévich.

Valia Zmitróvich, once años
Actualmente es operaria


No quiero recordar… No quiero recordar, nunca…
Éramos siete hermanos. Antes de la guerra mi madre se reía y decía: «Mientras el sol resplandezca los niños crecerán». Luego, al empezar la guerra, lloraba: «Estos tiempos son tan difíciles… y en casa hay más niños que piojos en costura…». Lúzik (diecisiete años), yo (once), Iván (nueve), Nina (cuatro), Galia (tres), Álik (dos), Sasha (cinco meses)… Un bebé, lloraba y tomaba teta.
En aquella época yo no lo sabía, pero después de la guerra la gente nos contó que nuestros padres mantenían contactos con los guerrilleros y con los prisioneros soviéticos que trabajaban en la planta lechera. Allí trabajaba también la hermana de mi madre. Solo recuerdo que una noche había unos hombres en casa y por lo visto la luz se veía desde fuera, a pesar de que la ventana estaba tapada con una manta gruesa. Se oyó un disparo, dio justo en la ventana. Mamá cogió la lámpara y la escondió debajo de la mesa.
Mi madre cocinaba con patatas; con patatas sabía hacer de todo, decenas de platos. Estábamos preparándonos para una celebración. Recuerdo que toda la casa olía a comida rica. Mi padre segaba el trifolio cerca del bosque. Entonces vinieron los alemanes, rodearon la casa y nos ordenaron: «¡Salid!». Salí con mi madre y tres de mis hermanos. Empezaron a pegar a mi madre y ella gritó:
¡Hijos, entrad en casa!
La pusieron contra la pared debajo de la ventana. Nosotros estábamos pegados a esa ventana.
¿Dónde está tu hijo mayor?
Mi madre contestó:
Está cavando turba.
Llévanos hasta allí.
Metieron a mi madre en el coche a empujones y ellos subieron detrás.
Galia se escapó de casa, pedía gritando que la dejasen ir con mamá. La arrojaron adentro. Mamá también gritaba:
¡Hijos, volved a casa!…
Mi padre regresó corriendo del campo; por lo visto los vecinos le habían informado. Cogió unos documentos y se fue corriendo detrás del coche. Él también nos dijo: «Hijos, meteos en casa». Como si nuestra casa fuera un salvavidas, o como si mamá estuviera allí. Nos quedamos en el patio esperando… Hacia la tarde algunos de mis hermanos se subieron a las puertas del patio, que daban a la calle, otros treparon a los manzanos: a ver si veían a papá o a mamá o a los hermanos que regresaban. Pero desde la otra punta de la aldea llegaba gente corriendo: «Niños, marchaos de casa y escapad. Vuestra familia ya no está. Los alemanes vienen a por vosotros…».
Nos arrastramos hacia el pantano a través de los campos de patatas. Pasamos allí la noche, empezó a amanecer: «¿Qué hacemos?». Me acordé de que nos habíamos dejado a la bebecita en su cuna. Fuimos a la aldea y recogimos a la pequeña. Estaba viva, pero de tanto gritar se había puesto azul. Mi hermano Iván dijo: «Dale de comer». Como si yo pudiera… No tenía tetas. A él le daba miedo que se muriera, me pedía: «Tú inténtalo…».
Entró la vecina.
Niños, si os quedáis aquí vendrán a buscaros. Id con vuestra tía.
Nuestra tía vivía en otra aldea. Le dijimos a la vecina:
Vale, iremos con nuestra tía, pero díganos primero dónde están nuestros padres, nuestro hermano mayor, nuestra hermanita…
Nos contó que los habían fusilado. Que sus cuerpos estaban en el bosque…
Pero vosotros no debéis ir allí, niños.
Saldremos de la aldea y pasaremos por allí para despedirnos de ellos.
No lo hagáis, niños…
La vecina nos acompañó fuera de la aldea, pero no nos dejó ir a donde estaban los restos de nuestra familia.
Pasados muchos años me enteré de que a mi madre le habían arrancado los ojos, le habían arrancado el pelo, le habían cortado los pechos. Soltaron a los perros pastores para que cogieran a la pequeña Galia, que se había ocultado detrás de los abetos y no respondía; los perros la trajeron a pedazos. Mi madre todavía estaba viva, lo comprendía todo… Lo presenció todo…
Después de la guerra solo quedamos mi hermanita Nina y yo. La encontré en casa de unos desconocidos y me la llevé conmigo. Fuimos al comité ejecutivo regional: «Dennos una habitación, viviremos allí juntas». Nos asignaron dos camas en medio del pasillo de la residencia comunal de la fábrica. Yo trabajaba en la fábrica; Nina iba a la escuela. Yo nunca la he llamado por su nombre, siempre la llamo «hermanita». Solo la tengo a ella. Es lo único que tengo.
No quiero recordar. Pero es necesario contarle tu pena a la gente. Es difícil llorar en soledad…

Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.

lunes, 13 de mayo de 2024

Geórgicas. Emilia Pardo Bazán.

Fue por el tiempo de las majas, mientras la rubia espiga, tendida en las eras, cruje blandamente, amortiguando el golpe del mallo, cuando empezó la discordia entre los del tío Ambrosio Lebriña y los del tío Juan Raposo.
Sucedió que todo el julio había sido aquel año un condenado mes de agua, y que sólo a primeros de agosto despejó el cielo y se metió calor, el calor seco y vivo que ayuda a la faena. «Hay que majar, que ya andan las canículas por el aire», decían los labriegos; y el tío Raposo pidió al tío Lebriña que le ayudase en la labor. Este ruego envolvía implícitamente el compromiso de que, a su vez, Raposo ayudaría a Lebriña, según se acostumbra entre aldeanos.
No obstante, llegado el momento de la maja de Lebriña, el socarrón de Raposo escurrió el bulto, pretextando enfermedades de sus hijos, ocupaciones; en plata, disculpas de mal pagador. Lebriña, indignado de la jugarreta, tuvo con Raposo unas palabras más altas que otras en el atrio de la iglesia, el domingo, a la salida de misa. Por la tarde, en la romería, Andrés, el mayor de Lebriña, después de beber unos tragos, se encontró con Chinto, el mayor de Raposo, y requiriendo la moca o porra claveteada, mirándose de solayo, como si fuesen a santiguarse…; pero no hubo más entonces.
Vivían las familias de Lebriña y Raposo pared por medio, en dos casas gemelas, que el señor había mandado edificar de nuevo para dos lugarcitos muy redondos. Al recogerse aquel domingo, mientras los hombres, gruñones y enfurruñados, mascullaban la ira, las mujeres, sacando a la puerta los tallos o asientos hechos de un tronco, se disponían a pasar las primeras horas de la noche al fresco. En vez de armar tertulia con las vecinas, cada bando afectó situarse lo más lejos que permitía la estrechez de los corrales. La tía Raposo y su hija Joliana, que tenían fama de mordaces y satíricas, tomaron sus panderetas e improvisaron una triada muy injuriosa; en sustancia, venía a decir que, en casa de Lebriña, los hombres eran hembras y las mujeres machos bigotudos. Es de advertir que los Lebriñas debían su apodo, convertido en apellido ya, a cierta mansedumbre tradicional en los varones de la familia, y también conviene saber que Aura Lebriña, moza soltera de unos veinticinco años de edad, lucía sobre sus gruesos y encendidos labios un pronunciado bozo oscuro. Aura no sabía improvisar como las Raposos; pero, ni tarda ni perezosa, recogió el guante, y en prosa vil les soltó una carretera de desvergüenzas gordas, mezcladas con maldiciones a los hombres, gallinas cluecas, que no tenían alma para cosa ninguna. Al oír la pauliña de Aura, el tío Ambrosio asomó la nariz, y empujando a su hija por los hombros, la hizo retirar, mientras los de Raposo la perseguían con pullas irónicas.
Pocos días después, yendo Chinto Raposo armado de gavilo, a cortar tojo en el monte, vio a Aura Lebriña que lindaba su vaca en una heredad de maíz. Aunque tostada del sol, como la heroína de los cantares, y aunque de boca sombreada y recias formas, la moza no era despreciable, y al mozo se le ocurrió burlarla, más tentado por el fino gusto de pisotear a los Lebriñas que por los atractivos de la pastora. Y avínole mal, porque en el país galiciano, la mujer, hecha a trabajos tan rudos como el hombre, le iguala en fuerza física, y a veces le supera, y en el juego de la lucha no es raro el caso de que salgan vencedoras las mujeres. Sin más armas que sus puños, Aura sujetó a Chinto y le dio una paliza con el mango de la guadaña, mientras la vaca, pendiente el bocado de hierba entre los belfos, fijaba en el grupo sus ojazos pensativos. Molido y humillado, Chinto Raposo se vengó cobardemente; aprovechó un descuido de Aura, y metiéndole de pronto la mano en la boca y apartando con violencia los dedos pulgar e índice, rasgó las comisuras de los labios. La sorpresa y el dolor paralizaron un instante a la amazona, y Chinto pudo huir.
Todo el día lloriqueó la muchacha desesperadamente, porque el eterno femenino salta también de entre los terrones, y la infeliz temía quedar desfigurada. Las malditas comadres de las Raposos, desde su puerta, se mofaban de Aura sin compasión, apodándola Boca Rota, y Aura, en sorda voz, murmuraba que, si se había concluido ya la casta de los hombres, saldrían a plaza las mujeres, y se vería lo que eran capaces de hacer.
Andrés Lebriña, muy descolorido, oía a su hermana y callaba como un muerto. Estos silencios cerrados son de mal agüero en las personas pacíficas. Sin embargo, pasó una semana, las heridas de Aura empezaron a cicatrizarse, y los Raposos, más insolentes que nunca, se reían en público de toda la casta de Lebriña. El día de la feria, Chinto Raposo cargó un carro de repollos y bajó a la ciudad a venderlo. Regresaba, anochecido ya, algo chispón, con el carro vacío, y al sepultarse en uno de esos caminos hondos y angostos, limitados por los surcos de la llanta, recibió a traición un golpe en el duro cráneo y luego otro, que le derribó aturdido como un buey. En medio de su desvanecimiento sintió confusamente que algo muy pesado y duro le oprimía el pecho: eran unos zuecos de álamo, con tachuelas, bailando el pateado sobre su esternón.
Cuando suceden estas cosas en la aldea, en verdad os digo que rara vez pasa el asunto a los tribunales. El labriego, por una parcelilla de terreno, por un tronco de pino, por un puñado de castañas se apresurará en acudir a la justicia: la propiedad entiende el que ha de defenderse por las vías legales; pero la seguridad personal es cuenta de cada quisque: contra palos, palos, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. En la aldea, el que más y el que menos tiene sobre su alma una buena ración de leña administrada al prójimo y nadie quiere habérselas con escribanos procuradores y jueces, negras aves fatídicas, que traen la miseria entre su corvo pico.
Antes que Chinto Raposo pudiese levantarse de la cama, donde permanecía arrojando en abundancia bocanadas de sangre, sus dos hermanos menores, Román y Duardos, le había jurado la vendetta. Andrés Lebriña, por su parte, trataba de esconderse; pero el labriego ha de salir sin remedio a su trabajo, y la fatalidad quiso que le llamasen a jornal en la carretera en construcción, adonde también acudían los Raposos. Estos velaron a su enemigo, como el cazador a la perdiz, y aprovechándose de una disputa que se alzó entre los jornaleros, arrojaron a Andrés sobre un montón de piedra sin partir, y con otra piedra le machacaron la sien. Se formó causa, pero faltó prueba testifical: nadie sabe nada, nadie ha visto nada en tales casos. El señor abad de la parroquia de Tameige rezó unos responsos sobre el muerto y hubo una cruz más en el campo santo: negra, torcida, con letras blancas.
El golpe aplanó completamente a los Lebriñas. Ellos eran gente apocada, resignada, y solo a fuerza de indignación y ultrajes había salido de sus casillas Andrés. También los Raposos, astutos en medio de su barbarie, creyeron que, después de suprimir a un hombre, les convenía estarse callados y quietos, por lo cual cesaron completamente las provocaciones e invectivas de las mujeres desde la puerta.
Sin embargo, había alguien que no olvidaba al que se pudría bajo la cruz negra del cementerio: Aura, la hermana, la que se había llevado toda la virilidad de la familia. Vestida de luto, en pie en el umbral de su casucha, ronca a fuerza de llorar, lanzaba a la casa de los Raposos ardientes miradas de reto y maldición. Y sucedió que al verano siguiente, cuando la cosecha recogida ya prometía abundancia, una noche, sin saber por qué, prendióse fuego el pajar de Raposo y a la vez aparecieron ardiendo el cobertizo, el hórreo y la vivienda. Los Raposos, aunque dormían como marmotas, al descubrirse el fuego pudieron salvar, sufriendo graves quemaduras, solo a uno de los hijos. A Román, el que pasaba por autor material de la muerte de Andrés Lebriña, se le encontró carbonizado sin que nadie comprendiese cómo un mozo tan ágil no supo librarse del incendio.
Aquí tienen ustedes lo que aconteció en la feligresía de San Martín de Tameige por no querer los Raposos ayudar a los Lebriñas en la faena de la maja.