jueves, 12 de abril de 2018

Hatuey. Eduardo Galeano.

En estas islas, en estos humilladeros, son muchos los que eligen su muerte,
ahorcándose o bebiendo veneno junto a sus hijos. Los invasores no pueden evitar esta venganza, pero saben explicarla: los indios, tan salvajes que piensan que todo es común, dirá Oviedo, son gente de su natural ociosa e viciosa, e de poco trabajo... Muchos dellos por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron con sus propias manos.
Hatuey, jefe indio de la región de la Guahaba, no se ha suicidado. En canoa
huyó de Haití, junto a los suyos, y se refugió en las cuevas y los montes del oriente de Cuba.
Allí señaló una cesta llena de oro y dijo:
Éste es el dios de los cristianos. Por él nos persiguen. Por él han muerto
nuestros padres y nuestros hermanos. Bailemos para él. Si nuestra danza lo
complace, este dios mandará que no nos maltraten.
Lo atrapan tres meses después. Lo atan a un palo.
Antes de encender el fuego que lo reducirá a carbón y ceniza, un sacerdote le
promete gloria y eterno descanso si acepta bautizarse. Hatuey pregunta:
En ese cielo, ¿están los cristianos?
Sí.
Hatuey elige el infierno y la leña empieza a crepitar.

Memoria del fuego I. Los nacimientos. Eduardo Galeano.
 

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