miércoles, 16 de abril de 2014

Tuiteratura. Biblioteca. Eva Sánchez Palomo.



De noche, en la biblioteca, las voces se levantan de las páginas y vagan susurrando por los largos y vacíos corredores.



El cuerpo de la anciana bibliotecaria fue consumiéndose lentamente, hasta convertirse en un arrugado papiro que narraba su vida.



CUENTACUENTOS: hoy en la biblioteca está permitido sorprenderse, pasar miedo y reír muy alto.



En el mismo anaquel de la biblioteca el tomo de ciencia ficción y el de fantasía medieval, luchan por alcanzar primero la mano del niño.



El ratoncito de la biblioteca solo roe libros de fantasía, ya se nota, como dos montañitas,  las puntitas de las alas.




El suicida. Enrique Anderson Imbert. Microrrelato.



Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revolver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua, después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.


Agujero negro. José María Merino. Microrrelato.

El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

jueves, 10 de abril de 2014

Vapor y niebla. Microrrelato. Eva Sánchez Palomo.



Salí de la ducha al vapor del cuarto de baño. Me até el albornoz a la cintura y bajé la cabeza para colocarme la toalla en el cabello. Al subirla me encontré en el Londres victoriano, a orillas de Támesis, una noche de rumor de niebla y luna fría. 
Las torres de Westminster, débilmente iluminadas, se recortaban no muy lejos y del río ascendía una espesa bruma que imprimía a la realidad una leve claridad de ensueño.
Por el sendero, a mis espaldas, ascendía una sombra corpulenta que la niebla deformaba mientras se acercaba velozmente. Al segundo había a mi lado una capa renegrida, una mano fuerte y un cuchillo. Una luna fantasma, abrazada por la bruma, se reflejó en el filo curvo. Cerré los ojos.
Al abrirlos vi el reflejo de mi rostro horrorizado en el espejo humedecido de mi baño.


miércoles, 2 de abril de 2014

SALA DE JUEGOS. Tuiteratura. Eva Sánchez Palomo.

SALA DE JUEGOS.



En la puerta de la sala de juegos un cartel reza: “Cuidado, niños imaginando”

Normas en la sala de juegos: “No imaginar guerras, solo besos”

Entrar en la habitación de juegos arrasando, cual Godzilla, el mundo jurásico de dinos cuellilargos y el club de campo de Barbie.

En la habitación de juegos el explorador del amazonas y la bailarina exótica llevan los labios manchados de chocolate.

Hora del té en el salón de juegos: cogían la tacita con el pulgar estirado y el té de aire sabía a gloria.

En la sala de juegos la niña fabrica joyas: rubíes verdaderos pintados con rotulador rojo pasión.

El niño jugaba a escalar el Everest. Subía por las piernas de su padre hasta los hombros. Allí se sentó a descansar y sintió frío.

En su pequeño pueblo entre montañas, tan lejos del mar, el niño no sabía cómo jugar a los piratas.

El oso de peluche perdió una pata en la guerra contra los niños piratas. Su sangre de serrín cubría la arena de la playa imaginaria.