domingo, 10 de mayo de 2020

El rinoceronte. Juan José Arreola.

Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride.
Joshua McBride me poseyó durante diez años con imperioso egoísmo. Conocí sus arrebatos de furor, su ternura momentánea, y en las altas horas de la noche, su lujuria insistente y ceremoniosa.
Renuncié al amor antes de saber lo que era, porque Joshua me demostró con alegatos judiciales que el amor sólo es un cuento que sirve para entretener a las criadas. Me ofreció en cambio su protección de hombre respetable. La protección de un hombre respetable es, según Joshua, la máxima ambición de toda mujer.
Diez años luché cuerpo a cuerpo con el rinoceronte, y mi único triunfo consistió en arrastrarlo al divorcio.
Joshua McBride se ha casado de nuevo, pero esta vez se equivocó en la elección. Buscando otra Elinor, fue a dar con la horma de su zapato. Pamela es romántica y dulce, pero sabe el secreto que ayuda a vencer a los rinocerontes. Joshua McBride ataca de frente, pero no puede volverse con rapidez. Cuando alguien se coloca de pronto a su espalda, tiene que girar en redondo para volver a atacar. Pamela lo ha cogido de la cola, y no lo suelta, y lo zarandea. De tanto girar en redondo, el juez comienza a dar muestras de fatiga, cede y se ablanda. Se ha vuelto más lento y opaco en sus furores; sus prédicas pierden veracidad, como en labios de un actor desconcentrado. Su cólera no sale ya a la superficie. Es como un volcán subterráneo, con Pamela sentada encima, sonriente. Con Joshua, yo naufragaba en el mar; Pamela flota como un barquito de papel en una palangana. Es hija de un pastor prudente y vegetariano que le enseñó la manera de lograr que los tigres se vuelvan también vegetarianos y prudentes.
Hace poco vi a Joshua en la iglesia, oyendo devotamente los oficios dominicales. Está como enjuto y comprimido. Tal parece que Pamela, con sus dos manos frágiles, ha estado reduciendo su volumen y le ha ido doblando el espinazo. Su palidez de vegetariano le da un suave aspecto de enfermo.
Las personas que visitan a los McBride me cuentan cosas sorprendentes. Hablan de unas comidas incomprensibles, de almuerzos y cenas sin rosbif; me describen a Joshua devorando enormes fuentes de ensalada. Naturalmente, de tales alimentos no puede extraer las calorías que daban auge a sus antiguas cóleras. Sus platos favoritos han sido metódicamente alterados o suprimidos por implacables y adustas cocineras. El patagrás y el gorgonzola no envuelven ya el roble ahumado del comedor en su untuosa pestilencia. Han sido remplazados por insípidas cremas y quesos inodoros que Joshua come en silencio, como un niño castigado. Pamela, siempre amable y sonriente, apaga el habano de Joshua a la mitad, raciona el tabaco de su pipa y restringe su whisky.
Esto es lo que me cuentan. Me place imaginarlos a los dos solos, cenando en la mesa angosta y larga, bajo la luz fría de los candelabros. Vigilado por la sabia Pamela, Joshua el glotón absorbe colérico sus livianos manjares. Pero sobre todo, me gusta imaginar al rinoceronte en pantuflas, con el gran cuerpo informe bajo la bata, llamando en las altas horas de la noche, tímido y persistente, ante una puerta obstinada.

 

sábado, 9 de mayo de 2020

Hombre del sur. Roald Dahl.

Eran cerca de las seis, así que pensé en pedir una cerveza y tenderme en una hamaca junto a la piscina a tomar un poco el sol de la tarde.
Fui al bar, pedí la cerveza y me dirigí a la piscina pasando por el jardín.
Era muy bonito, lleno de césped, flores y altas palmeras repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de las ramas.
Había muchas hamacas alrededor de la piscina, así como mesitas y toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el sol sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro de la piscina, tres o cuatro chicas y una docena de chicos chapoteaban, gritando y jugando al waterpolo, un poco en serio y un poco en broma.
Me quedé mirándolos. Las chicas eran unas inglesas del hotel. A los chicos no los conocía, pero parecían norteamericanos, seguramente cadetes navales llegados en un barco militar que había anclado en el puerto aquella mañana.
Llegué hasta allí y me metí bajo un toldo amarillo donde había cuatro asientos vacíos, me serví la cerveza y me senté cómodamente con un cigarrillo entre los dedos.
Los marinos norteamericanos congeniaban bien con las inglesas. Buceaban juntos y las hacían subir a la superficie del agua cogiéndolas por las piernas.
En aquel momento distinguí a un hombrecillo de cierta edad que caminaba por el mismo borde de la piscina. Llevaba un traje blanco, inmaculado, y caminaba muy deprisa, dando un saltito a cada paso. Llevaba en la cabeza un gran sombrero de paja e iba mirando a la gente y las hamacas a lo largo de la piscina.
Se paró frente a mí y me sonrió, enseñándome dos hileras de dientes, pequeños y desiguales, ligeramente deslustrados.
Yo también le sonreí.
—Perdón. ¿Me puedo sentar aquí?
—Claro —dije yo—, tome asiento.
Dio la vuelta a la silla y la inspeccionó por seguridad. Luego se sentó y cruzó las piernas. Llevaba sandalias de cuero, abiertas, para evitar el calor.
—Una tarde magnífica —dijo—; las tardes son maravillosas aquí, en Jamaica.
No estaba yo seguro de si su acento era italiano o español, pero lo que sí sabía con certeza era que procedía de Sudamérica, y además se le veía viejo, sobre todo cuando se le miraba de cerca. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años.
—Sí —dije yo—, esto es estupendo.
—Y ¿quiénes son ésos?, me pregunto yo. No son del hotel, ¿verdad?
Señalaba a los bañistas de la piscina.
—Creo que son marinos norteamericanos —le expliqué—; mejor dicho, cadetes.
—¡Claro que son norteamericanos! ¿Quiénes si no iban a hacer tanto ruido? Usted no es norteamericano, ¿verdad?
—No —dije yo—, no lo soy.
De repente uno de los cadetes norteamericanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas lo acompañaba.
—¿Están ocupadas estas sillas? —preguntó.
—No —contesté yo.
—¿Les importa que nos sentemos?
—No.
—Gracias —dijo.
Llevaba una toalla en la mano y al sentarse sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Le ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecillo, por su parte, dijo:
—Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro.
Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó el final del cigarro puro.
—Yo le daré fuego —dijo el muchacho norteamericano, tendiéndole el encendedor.
—No se encenderá con este viento.
—Claro que se encenderá. Siempre funciona.
El hombrecillo sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado; mirando al muchacho con atención.
—¿Siempre? —dijo casi deletreándolo.
—¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.
El hombrecillo continuó mirando al muchacho.
—Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco?
—Eso es —dijo el muchacho.
Tendría unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.
—Nunca falla —dijo sonriendo, porque ahora exageraba su anterior jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla.
—Un momento, por favor.
La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico.
—Sólo un momento.
Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia.
—¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero?
—Apuesto —dijo el chico—. ¿Por qué no?
—¿Le gusta apostar?
—Sí, siempre lo hago.
El hombre hizo una pausa y examinó su puro, y debo confesar que a mí no me gustó su manera de comportarse. Parecía querer sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, creí notar que se guardaba algún secreto para sí.
Miró de nuevo al norteamericano y dijo despacio:
—A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta.
—Oiga, espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo.
El hombrecillo movió su mano de nuevo.
—Escúcheme, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.
—Le apuesto a que puedo —dijo el muchacho norteamericano.
—De acuerdo, entonces… ¿hacemos la apuesta?
—Bien, le apuesto cinco dólares.
—No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y justo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche norteamericano, de su país, un Cadillac…
—¡Oiga, oiga, espere un momento! —el chico se recostó en la hamaca y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.
—No es una locura. Usted enciende su mechero diez veces y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad?
—Claro que me gustaría tener un Cadillac —el cadete seguía sonriendo.
—De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
—Y ¿qué apuesto yo? —preguntó el norteamericano.
El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
—Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?
—Entonces, ¿qué puedo apostar?
—Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo? Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
—¿Mi qué? —el muchacho dejó de reír.
—Sí. ¿Por qué no? Si gana, se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo.
—No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo?
—Se lo corto.
—¡Rayos y truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar.
El hombrecillo se reclinó en su asiento y se encogió de hombros.
—Bien, bien, bien —dijo—. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos?
El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Se lo acercó a los labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo prendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El norteamericano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama.
—¿Me lo deja un momento? —le dije.
—¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender.
Alargué la mano para coger el encendedor, pero se incorporó y se acercó para darme fuego él mismo.
—Gracias —le dije.
Él volvió a su sitio.
—¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? —le pregunté.
—Genial —me contestó—, todo esto es precioso.
Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecillo había logrado perturbar al chico con su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso.
—Bueno, veamos en qué consiste esa apuesta suya —dijo al fin—: Usted dice que vamos a su cuarto y si mi mechero se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso?
—Exactamente, ésa es la apuesta. Pero creo que está asustado…
—¿Qué hacemos si pierdo? ¿Tendré que sostener mi dedo mientras usted lo corta?
—¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haríamos es atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con mi navaja, dispuesto a cortar en el momento en el que su encendedor fallase.
—¿De qué año es el Cadillac? —preguntó el chico.
—Perdón, no le entiendo.
—¿De qué año…, cuánto tiempo hace que tiene usted ese Cadillac?
—¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no es un jugador. Ningún norteamericano lo es.
Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.
—Sí —dijo de pronto—. Apuesto.
—¡Magnífico! —el hombrecillo juntó las manos por un momento—. ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor —se volvió hacia mí—, ¿será tan amable de hacer de…? ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Árbitro? ¿Juez?
Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras.
—Bueno —titubeé yo—, esto me parece una tontería. No me gusta nada.
—A mí tampoco —dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba—. Considero esta apuesta estúpida y ridícula.
—¿Le cortará de veras el dedo a este chico si pierde? —pregunté yo.
—¡Claro que sí! Y le daré mi Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación.
Se levantó.
—¿Quiere vestirse antes? —le preguntó.
—No —contestó el chico—. Iré tal como estoy.
Se volvió hacia mí.
—Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como árbitro.
—Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.
—Venga usted también —dijo a la chica—, venga y mire.
El hombrecillo se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado y al andar daba más saltitos que nunca.
—Vivo en el anexo —dijo—. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.
Nos llevó hasta el camino de entrada del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado cerca de allí.
—Es aquel verde. ¿Le gusta?
—Es un coche precioso —contestó el cadete.
—Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Le seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.
—Primero tomaremos un martini —dijo tranquilamente.
Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas. Había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini. Mientras tanto había hecho sonar la campanilla; se oyeron unos golpecitos en la puerta y apareció una doncella negra.
—¡Ah! —exclamó él dejando la botella de ginebra.
Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.
—Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Necesitaremos tres cosas. Quiero algunos clavos, un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo?
—¡Un cuchillo de carnicero! —la doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos—. ¿Quiere decir un cuchillo de carnicero de verdad?
—Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas.
—Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide.
Después de estas palabras salió de la habitación.
El hombrecillo fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad: el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un bañador azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecillo de ojos claros, con su traje blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro. Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no habría ganado. Tendría gracia, ¿no es cierto? En mi opinión, no había por qué llegar a ese extremo.
—¿No les parece una apuesta muy tonta? —dije yo.
—Yo creo que es una buena apuesta —contestó el chico.
Ya se había tomado un martini doble.
—Me parece una apuesta estúpida y ridícula —dijo la chica—. ¿Qué pasará si pierdes?
—No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está —el chico se cogió el dedo—. Y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostarlo? Yo creo que es una apuesta estupenda.
El hombrecillo sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos.
—Antes de empezar —dijo—, le entregaré al árbitro la llave del vehículo.
Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.
—Los papeles de propiedad y del seguro están en el coche —añadió.
La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra, un martillo y una bolsita con clavos.
—¡Magnífico! ¿Lo ha conseguido todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse.
Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos en una de las camas y dijo:
—Ahora nos prepararemos nosotros.
Luego se dirigió al muchacho:
—Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco.
Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de un metro veinte por noventa, con secante, tinta, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir.
—Ahora —dijo— lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos.
Cogió la silla y la puso junto a la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza los juegos en una fiesta infantil.
—Ahora hay que colocar los clavos.
Los clavó en la mesa con el martillo.
Ni el muchacho ni la chica ni yo nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en las manos, observábamos el trabajo del hombrecillo. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a quince centímetros de distancia.
No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego comprobó su firmeza con los dedos.
«Cualquiera diría que este tipo ya lo ha hecho antes —pensé yo—. No duda un momento. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo utilizarlo».
—Ahora, el cordel —dijo alargando la mano para cogerlo—. Muy bien, ya estamos listos. Por favor, ¿quiere sentarse? —le dijo al chico.
El muchacho dejó su vaso y se sentó.
—Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos para que pueda atársela donde corresponda. Así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa.
Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos. Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despegar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos.
—Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo estirado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha; pero ¡espere un momento, por favor!
Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso junto a la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
—¿Preparados? —dijo—. Señor árbitro, puede dar la orden de comenzar.
La inglesa estaba de pie con su traje de baño azul claro justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha, mirando el cuchillo. El hombrecillo me miraba.
—¿Está preparado? —le pregunté al muchacho.
—Preparado.
—Y ¿usted? —pregunté al hombrecillo.
—Preparado también.
Levantó el cuchillo al aire y lo colocó a cierta distancia del dedo del chico, dispuesto a cortar. El muchacho le observaba sin mover un músculo del cuerpo. Simplemente alzó las cejas y frunció el ceño.
—Muy bien —dije yo—, empiecen.
El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:
—¿Quiere contar en voz alta, por favor, el número de veces que lo enciendo?
—Sí, lo haré.
Con el pulgar levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.
—¡Una! —dije yo.
No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender. Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.
—¡Dos!
El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.
—¡Tres!
¡Cuatro!
¡Cinco!
¡Seis!
¡Siete!
Desde luego era un mechero de los que funcionan a la perfección. La piedra chisporroteó y la mecha se encendió. Observé al pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo. Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar accionó la rueda, la piedra chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
—¡Ocho! —dije yo al tiempo que se abría la puerta. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer que entraba, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que estuvo ahí parada durante dos segundos y luego se precipitó gritando:
—¡Carlos, Carlos!
Le agarró la muñeca y le cogió el cuchillo, lo arrojó a la cama, aferró al hombrecillo por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo deprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan rápido que no se le podía ver. Se convirtió en una línea difusa y móvil como el radio de una rueda.
Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecillo, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. Él se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello.
—Lo siento —dijo la mujer—, siento mucho que haya pasado esto.
Hablaba un inglés bastante correcto.
—Es horrible —continuó ella—. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le he dejado solo durante diez minutos para lavarme el pelo y ha vuelto a hacer de las suyas.
Se la veía disgustada y profundamente preocupada.
El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra.
—Es un serio peligro —dijo la mujer—. Donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos a diferentes personas y ha perdido once coches. Últimamente le amenazaron con quitarle de en medio. Por eso lo traje aquí.
—Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el hombrecillo desde la cama.
—Supongo que habrá apostado un coche —dijo la mujer.
—Sí —contestó el cadete—, un Cadillac.
—No tiene coche. Ése es el mío, y esto agrava las cosas —dijo ella—, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.
Parecía una mujer simpática.
—Bueno —dije yo—, aquí tiene la llave de su coche.
La puse sobre la mesa.
—Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el hombrecillo.
—No le queda nada que apostar —dijo la mujer—, no tiene nada en este mundo, nada. En realidad, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó mucho, mucho tiempo, y fue un trabajo muy duro, pero al final se lo gané todo.
Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego alargó la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa.
Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo le quedaba un dedo, además del pulgar.

Revista Collier's 1948.
 

viernes, 8 de mayo de 2020

Matazón. Eduardo Galeano.

En las orillas de Ciénaga, un oleaje de mar y de banderas. Los huelguistas han venido desde todas las distancias, hombres de machete al cinto, mujeres cargadas de ollas y de niños, y aquí, rodeados de fogatas, esperan. Les han prometido que esta noche la empresa firmará el acuerdo que pondrá fin a la huelga.
En lugar del gerente de la United Fruit, llega el general Cortés Vargas. En lugar del acuerdo, les lee un ultimátum.
La multitud no se mueve. Tres veces suena, advirtiendo, el clarín militar.
Y entonces, de pronto, revienta el mundo, súbito trueno de truenos, y se vacían las ametralladoras y los rifles.
Queda la plaza alfombrada de muertos. Los soldados la barren y la lavan, durante toda la noche, mientras los barcos arrojan a los muertos mar adentro; y al amanecer no pasa nada.
En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca.

 

jueves, 7 de mayo de 2020

La tía Leonor. Ángeles Mastretta.

La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña.
Tenía los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.
A los diecisiete años se casó con la cabeza y con un hombre que era justo lo que una cabeza elige para cursar la vida. Alberto Palacios, notario riguroso y rico, le llevaba quince años, treinta centímetros y una proporcional dosis de experiencia. Había sido largamente novio de varias mujeres aburridas que terminaron por aburrirse más cuando descubrieron que el proyecto matrimonial del licenciado era a largo plazo.
El destino hizo que tía Leonor entrara una tarde a la notaría, acompañando a su madre en el trámite de una herencia fácil que les resultaba complicadísima, porque el recién fallecido padre de la tía no había dejado que su mujer pensara ni media hora de vida. Todo hacía por ella menos ir al mercado y cocinar. Le contaba las noticias del periódico, le explicaba lo que debía pensar de ellas, le daba un gasto que siempre alcanzaba, no le pedía nunca cuentas y hasta cuando iban al cine le iba contando la película que ambos veían: «Te fijas, Luisita, este muchacho ya se enamoró de la señorita. Mira cómo se miran, ¿ves? Ya la quiere acariciar, ya la acaricia. Ahora le va a pedir matrimonio y al rato seguro la va a estar abandonando».
Total que la pobre tía Luisita encontraba complicadísima y no sólo penosa la repentina pérdida del hombre ejemplar que fue siempre el papá de tía Leonor. Con esa pena y esa complicación entraron a la notaría en busca de ayuda. La encontraron tan solícita y eficaz que la tía Leonor, todavía de luto, se casó en año y medio con el notario Palacios.
Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un Ave María. En realidad, varias Avesmarías, porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando por alguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor.
Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajillas alemanas, anillo de brillantes, collar de perlas disparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigrana. Todo, desde los calzones que bordaban las monjas trinitarias hasta una diadema como la de la princesa Margarita. Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a darse cuenta de que la vida sin esa precisa mujer sería intolerable.
Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces a la semana, llegaron a la panza de la tía Leonor primero una niña y luego dos niños. De modo tan extraño como sucede sólo en las películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces sin perjuicio aparente. El notario hubiera querido levantar un acta dando fe de tal maravilla, pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoró tanto que ella dejó de tolerarlo con el rosario entre las manos y hasta llegó a agradecerlo, durmiéndose después con una sonrisa que le duraba todo el día.
No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos, eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la señora Palacios mientras sus mujeres hilvanaban una letanía de lamentos.
Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo. Los domingos iba al mercado en lo que se le volvió un rito solitario y feliz. Primero lo recorría con la mirada, sin querer ver exactamente de cuál fruta salía cuál color, mezclando los puestos de jitomate con los de limones. Caminaba sin detenerse hasta llegar donde una mujer inmensa, con cien años en la cara, iba moldeando unas gordas azules. Del comal recogía Leonorcita su gorda de requesón, le ponía con cautela un poco de salsa roja y la mordía despacio mientras hacía las compras.
Los nísperos son unas frutas pequeñas, de cáscara como terciopelo, intensamente amarilla. Unos agrios y otros dulces. Crecen revueltos en las mismas ramas de un árbol de hojas largas y oscuras. Muchas tardes, cuando era niña con trenzas y piernas de gato, la tía Leonor trepó al níspero de casa de sus abuelos. Ahí se sentaba a comer de prisa. Tres agrios, un dulce, siete agrios, dos dulces, hasta que la búsqueda y la mezcla de sabores eran un juego delicioso. Estaba prohibido que las niñas subieran al árbol, pero Sergio, su primo, era un niño de ojos precoces, labios delgados y voz decidida que la inducía a inauditas y secretas aventuras. Subir al árbol era una de las fáciles.
Vio los nísperos en el mercado, y los encontró extraños, lejos del árbol pero sin dejarlo del todo, porque los nísperos se cortan con las ramas más delgadas todavía llenas de hojas.
Volvió a la casa con ellos, se los enseñó a sus hijos y los sentó a comer, mientras ella contaba cómo eran fuertes las piernas de su abuelo y respingada la nariz de su abuela. Al poco rato, tenía en la boca un montón de huesos lúbricos y cáscaras aterciopeladas. Entonces, de golpe, le volvieron los diez años, las manos ávidas, el olvidado deseo de Sergio subido en el árbol, guiñándole un ojo.
Sólo hasta ese momento se dio cuenta de que algo le habían arrancado el día que le dijeron que los primos no pueden casarse entre sí, porque los castiga Dios con hijos que parecen borrachos. Ya no había podido volver a los días de antes. Las tardes de su felicidad estuvieron amortiguadas en adelante por esa nostalgia repentina, inconfesable.
Nadie se hubiera atrevido a pedir más: sumar a la redonda tranquilidad que le daban sus hijos echando barcos de papel bajo la lluvia, al cariño sin reticencias de su marido generoso y trabajador, la certidumbre en todo el cuerpo de que el primo que hacía temblar su perfecto ombligo no estaba prohibido, y ella se lo merecía por todas las razones y desde siempre. Nadie, más que la desaforada tía Leonor.
Una tarde lo encontró caminando por la 5 de Mayo. Ella salía de la iglesia de Santo Domingo con un niño en cada mano. Los había llevado a ofrecer flores como todas las tardes de ese mes: la niña con un vestido largo de encajes y organdí blanco, coronita de paja y enorme velo alborotado. Como una novia de cinco años. El niño, con un disfraz de acólito que avergonzaba sus siete años.
—Si no hubieras salido corriendo aquel sábado en casa de los abuelos, este par sería mío —dijo Sergio, dándole un beso.
—Vivo con ese arrepentimiento —contestó la tía Leonor.
No esperaba esa respuesta uno de los solteros más codiciados de la ciudad. A los veintisiete años, recién llegado de España, donde se decía que aprendió las mejores técnicas para el cultivo de aceitunas, el primo Sergio era heredero de un rancho en Veracruz, de otro en San Martín y otro más cerca de Atzálan.
La tía Leonor notó el desconcierto en sus ojos, en la lengua con que se mojó un labio, y luego lo escuchó responder:
—Todo fuera como subirse otra vez al árbol.
La casa de la abuela quedaba en la 11 Sur, era enorme y llena de recovecos. Tenía un sótano con cinco puertas en que el abuelo pasó horas haciendo experimentos que a veces le tiznaban la cara y lo hacían olvidarse por un rato de los cuartos de abajo y llenarse de amigos con los que jugar billar en el salón construido en la azotea.
La casa de la abuela tenía un desayunador que daba al jardín y al fresno, una cancha para jugar frontón que ellos usaron siempre para andar en patines, una sala color de rosa con un piano de cola y una exhausta marina nocturna, una recámara para el abuelo y otra para la abuela, y en los cuartos que fueron de los hijos varias salas de estar que iban llamándose como el color de sus paredes. La abuela, memoriosa y paralítica, se acomodó a pintar en el cuarto azul. Ahí la encontraron haciendo rayitas con un lápiz en los sobres de viejas invitaciones de boda que siempre le gustó guardar. Les ofreció un vino dulce, luego un queso fresco y después unos chocolates rancios. Todo estaba igual en casa de la abuela. Lo único raro lo notó la viejita después de un rato:
—A ustedes dos, hace años que no los veía juntos.
—Desde que me dijiste que si los primos se casan tienen hijos idiotas —contestó la tía Leonor.
La abuela sonrió, empinada sobre el papel en el que delineaba una flor interminable, pétalos y pétalos encimados sin tregua.
—Desde que por poco y te matas al bajar del níspero —dijo Sergio.
—Ustedes eran buenos para cortar nísperos, ahora no encuentro quién.
—Nosotros seguimos siendo buenos —dijo la tía Leonor, inclinando su perfecta cintura.
Salieron del cuarto azul apunto de quitarse la ropa, bajaron al jardín como si los jalara un hechizo y volvieron tres horas después con la paz en el cuerpo y tres ramas de nísperos.
—Hemos perdido práctica —dijo la tía Leonor.
—Recupérenla, recupérenla, porque hay menos tiempo que vida —contestó la abuela con los huesos de níspero llenándole la boca.

Mujeres de ojos grandes, 1990.

lunes, 4 de mayo de 2020

Montañeros. Óscar Sipán.

Mi padre desapareció hace veinte años, en la ascensión al Nanga Parbat. He sentido emoción, vértigo y furia al encontrarlo en una grieta de la cara norte, sin una arruga, más joven que yo.
Creo que voy a matarle.



sábado, 2 de mayo de 2020

Delicadeza Dino Buzzati.

Existe un país en que la pena de muerte es suministrada con extrema delicadeza. He aquí un ejemplo:
Una vez que la sentencia ya se ha hecho ejecutiva, antes de que le sea comunicada la fecha de la ejecución, el reo —supongamos que se llame Ernesto Troll, tapicero, uxoricida con veneno —es conducido, sin esposas, a la dirección de prisiones.
Aquí se le invita a sentarse en el despacho del director, en una cómoda butaca. Se le ofrecen cigarrillos, café, caramelos, después de lo cual los sirvientes desaparecen, dejando solos al director y al condenado.
El director empieza a hablar:
—Bien, señor Troll, usted ha sido condenado a muerte. No obstante es mi deber tranquilizarle. Es decir, advertirle de que, en cierto sentido, se trata de una condena sobre todo teórica.
—¿Teórica?
—Sí, teórica. Porque la muerte en realidad no existe.
—¿Cómo que no existe?
—No existe, quiero decir, como pena, como castigo, como hecho trágico, motivo de miedo y de angustia. Sobre este tema, rigen en el mundo prejuicios insensatos. Dejemos aparte el sufrimiento físico que, al menos en su caso, está fuera de discusión, dada la perfección de nuestras instalaciones —y esboza una sonrisita diplomática—. Yo hablo del dolor moral, injustamente temido, como confío en llegar a demostrarle.
»Vayamos por pasos: ¿por qué el hombre tiene miedo a morir? La respuesta es de lo más sencilla. El hombre tiene miedo porque, después de muerto, ya no podrá vivir, es decir hacer, ver, escuchar, etc., todas las cosas que hacía mientras estaba con vida. Y eso le disgustaría sobremanera. Pero para poder experimentar dolor es necesario, conditio sine qua non, estar vivos. Por lo tanto quien está muerto ya no puede sufrir, como tampoco puede ser sujeto de arrepentimientos, nostalgias y aflicciones de ningún tipo. En pocas palabras, una vez producida la defunción, el hombre no puede quejarse de estar muerto. Moraleja: el aspecto negativo de la muerte, que generalmente infunde tanto pánico, es una estólida ilusión.
Responde el señor Troll:
—Todo eso que dice está muy bien, señor director. Pero lo malo de la muerte no es tan sólo el no poder hacer nunca más las cosas que se hacían estando vivo. Está también la pena de dejar para siempre a tantas personas queridas.
—¡Muy bien! Tampoco esta pena, hijo mío, va a poder sentirla, precisamente porque estará muerto.
—Y además, señor director, ¿quién nos asegura que después de la muerte no hay nada?
—Esperaba esta objeción, señor Troll. Una objeción más que razonable. Pasemos pues al meollo del problema.
—Le escucho, señor director.
—Bien. Es evidente que las posibilidades son dos: o después de la muerte existe una segunda vida del tipo que sea, o después de la muerte no hay nada. Evidente, me atrevería a decir, elemental. Ahora consideremos la hipótesis de que usted…
—Pero, realmente, yo…
—Es sólo una hipótesis, repito, que no prejuzga en absoluto lo que puedan ser sus convicciones personales. Es decir, supongamos que usted, señor Troll, no cree en el más allá. En este caso, si usted encuentra una segunda vida, tendrá una agradabilísima sorpresa, que redundará en beneficio suyo; y no tendrá razones para lamentarse. Es evidente que el pesar por las personas queridas que habrá tenido que abandonar se verá enormemente mitigado por la certeza de que también ellas, un día u otro, llegarán a donde usted está. Además le queda el consuelo de reencontrar, en el otro mundo, parientes y amigos ya desaparecidos antes que usted.
—Bueno, lo de los parientes…
—Ah, perdóneme… —dice el director que por un momento ha olvidado que se las está viendo con un uxoricida—. En cualquier caso, hasta aquí me parece que no puede haber objeciones. Ahora consideremos la otra eventualidad. Es decir, que del otro lado no haya nada. Pero precisamente porque no hay nada, y la nada implica que usted tampoco exista, usted no tiene la posibilidad de darse cuenta, como ya hemos visto. En resumidas cuentas, ningún pesar. Es evidente que la habitual desesperación de los que no tienen fe carece de fundamento.
—Pero es que yo, señor director, no es que sea tan escéptico. Es más, tengo la sensación de que…
—Perfectamente. Consideremos ahora al hombre que cree en el más allá. De entrada es lógico que, debido precisamente a dicha convicción, se enfrente a la muerte con considerable serenidad. Pues bien, sigámosle en el acto de franquear el famoso umbral. Avanza, ya ha pasado, mira en derredor suyo, se da cuenta de existir todavía, de forma completamente distinta quizá, pero existe. Su fe ha sido recompensada, se siente consolado y despojado de todo peso material, puede ocurrir incluso que encuentre la felicidad inútilmente buscada sobre la tierra.
»Y henos por segunda vez frente a la hipótesis negativa. El hombre que cree en el más allá muere y al otro lado no hay nada. Pero no obstante las cuentas salen; no ha sido víctima, por decirlo de alguna manera, de ninguna estafa, no ha habido tiempo ni ocasión para la decepción. Razón por la cual, estoy de acuerdo con usted, querido señor Troll: la fea, en cualquier caso, es un buen negocio.
—Una apuesta sobre seguro, ¿no?
—Veo que ha leído usted a Pascal. Me alegro. Pero para aclararle mejor las ideas, ¿por qué no hacemos una prueba?
—¿Una prueba de qué clase?
—Una especie de representación simbólica, una ficción casi teatral, una ejemplificación plástica, una especie de juego.
—¿Y en qué consistiría mi papel?
El director pulsó el botón del interfono. Del aparato graznó una voz.
—Mande, señor director.
—Que venga en seguida Fiorella.
El condenado está inquieto:
—Señor director, creo que tengo derecho a saber: ¿en qué consiste esta representación? Espero que no se trate de una broma.
—Nada de bromas. Se trata de tranquilizarle. Hasta ahora todo han sido palabras. Y las palabras valen por lo que son, yo soy el primero en reconocerlo. Lo que vamos a hacer ahora es un experimento práctico. Piense en los vuelos espaciales. Antes del lanzamiento, los cosmonautas son recluidos en la cápsula para que se hagan cargo, se acostumbren, adquieran confianza con el ambiente. Pero la cápsula no despega, no hay peligro de ninguna clase. Lo mismo usted. Esta prueba, le repito, le aclarará las ideas sobre su verdadera situación. Después, se lo aseguro, se sentirá muchísimo mejor. Usted sólo tiene que… ¡Ah, ahí llega nuestra querida Fiorella!
Ha entrado una chica de unos veinte años, espléndida y procaz, con una falda cortísima y un generoso escote. Una imagen algo increíble para la cárcel de la muerte.
—Considero superfluas las presentaciones —observa el director dirigiéndose al condenado—. Nuestra Fiorella es una especialista en estas pequeñas ficciones escénicas. Nuestra Fiorella, en nuestro caso, simboliza, mejor dicho encarna la segunda vida. Y precisamente por eso ahora se retira… Hasta la vista, Fiorella…
La muchacha sale no sin antes dirigir al condenado una descarada sonrisa, y guiñarle un ojo.
Director y reo se hallan de nuevo solos.
—¿Y esta Fiorella? —pregunta el señor Troll haciendo un gesto sumamente expresivo.
El director se ríe.
—Claro, claro, por supuesto, si se tercia… Ahora verá usted qué sencillo es. ¿Ve aquella puerta?Sólo tiene que abrirla y pasar al otro lado, a la habitación contigua. Ahora bien, puede ocurrir que al otro lado sean tinieblas; y las tinieblas significarían la nada. Pero también puede ocurrir que al otro lado esté Fiorella esperándole… ¿No le parece una buena alegoría?
—Pero, quiero decir, ¿si encuentro tinieblas, yo…?
—Usted nada, querido señor Troll. En este caso, en vista de que no hay nada, usted tranquilamente vuelve aquí a mi despacho… Eso es todo. Elemental, ¿no? Muy bien, creo que al otro lado todo está ya preparado.
—¿Y quién decide? Quiero decir ¿quién establece si dejarlo a oscuras o hacerme encontrar a la chica? ¿Es usted quien lo decide, señor director?
—No, en absoluto. Es la chica quien lo decide. Y Fiorella es la criatura más imprevisible de este mundo. En fin, valor. ¿Hacemos la prueba?
Con pasos más bien inseguros el condenado se levanta, se acerca a la puerta, con precaución empuña la manija, la hace girar lentamente, empuja con extrema cautela la puerta, vislumbra un filo de luz, una rendija, un rosado esplendor de carnes.
En ese preciso instante, desde una minúscula tronera bien camuflada abierta en una pared del estudio, un experto tirador fulmina al señor Troll de un disparo en la nuca.

 

viernes, 1 de mayo de 2020

Reformas. Juan José Millás.

En la oficina, mientras masticaba con pereza el bocadillo de media mañana, escuché unos crujidos procedentes del interior de la cabeza, como si una parte de mi calavera se estuviera astillando. Levanté los ojos del dibujo que formaban las migas de pan sobre la mesa y observé a mis compañeros, pero no advertí en ellos ningún signo de extrañeza. Permanecí atento y noté crecer un alboroto de tabiques caídos y muebles arrastrados en el interior del cráneo. Al rato, estaba haciendo unas anotaciones en el libro mayor cuando me empezó a salir de las narices un polvo fino, como de cemento. Pensé que quizá estaban ya desescombrando, porque también de los oídos caían virutas y desperdicios sólidos que se depositaban con suavidad sobre los hombros, produciendo un efecto como de caspa. Me fui a llorar al servicio, y comprobé que en el agua de las lágrimas navegaban limaduras y despojos de ideas fijas u obsesiones que envolví con cuidado en un trozo de papel higiénico.
Regresé al despacho disimulando mi turbación, y mientras saltaba del haber al debe con la punta del lápiz, imitando el picoteo nervioso de un pájaro, comprobé que el estrépito anterior había dado paso a un golpeteo rítmico: deduje que habían empezado a alicatar o a colgar cuadros.
Hacia el mediodía cesaron los ruidos y me marché a casa alegando un malestar indefinido. Me encerré en el dormitorio y saqué del armario una caja de zapatos donde conservo el recordatorio de la primera comunión, una partida de nacimiento caducada, dos dientes de leche y cosas así. Desenvolví los restos que había guardado en el papel higiénico y les hice un hueco entre todos aquellos escombros de mi existencia. Luego me metí en la cama y llamé al médico, que dijo que tenía gripe.

Algo que te concierne, 1995.