miércoles, 30 de agosto de 2023

Los pájaros. Iolanda Barenys Ruiz.

Picoteado salvajemente por innumerables bestias, Alfred cierra los ojos en un vano intento de conseguir un fundido a negro.


 

martes, 29 de agosto de 2023

Primera persona del plural. Pía Barros.

El funcionario está escribiendo las listas de nombres para exiliar. Distraído, sin querer copia uno cualquiera de la guía de teléfonos. En otra parte de la ciudad, una mujer se apresta para ir a comprar el pan. Al salir de su casa, dejando a sus hijos, la toma la policía secreta y la arroja a un avión. Lo pierde todo, pero sobre todo, pierde su vida de todos los días. Vaga por el mundo, por los idiomas y por el desarraigo. Lleva consigo la llave de su casa durante treinta años. Caen los dictadores, emerge la bandera del retorno. La llave firmemente cogida entre las manos. Dos hijos corren abrazársele. Entre llantos, preguntan: “Mamá, ¿trajiste el pan?”.


lunes, 28 de agosto de 2023

Balada de la sinceridad al toque de Ánimas. Rafael Alberti.

Señor, al toque de Ánimas,

hoy te invoco, aunque no creo

que me escuches, pero eres

todavía una palabra

aprendida desde niño,

y hay veces, como esta tarde,

que no está mal repetirla.


Señor, ser viento, Señor.

Viento, ser campo, Señor.

Campo, ser yerba, Señor.

Yerba, ser nido, Señor.

Nido, ser pluma, Señor.

Pluma, ser nube, Señor.

Nube, ser cielo, Señor.

Cielo, ser lluvia, Señor.

Lluvia, ser río, Señor.

Río, ser barco, Señor.

Barco, ser humo, Señor.

Humo, ser mares, Señor.

Mares, ser luna, Señor.

Luna, ser rayo, Señor.

Rayo, ser trueno, Señor.

Trueno, ser calma, Señor.

Calma, ser ira, Señor.

Ira, ser verde, Señor.

Verde, ser azul, Señor.

Azul, ser negro, Señor.

Negro, ser bruma, Señor.

Bruma, ser claro, Señor.

Claro, ser alba, Señor.

Alba, ser día, Señor.

Día, ser día, Señor.

Cualquier cosa que se vea,

que flote, vuele o se hunda,

que sepa que está en el aire,

que está en la tierra o el agua.

Algo, ser algo, ser algo,

menos lo que soy ahora:

un poeta, las raíces

rotas, al viento, partidas,

una voz seca, sin riego,

un hombre alejado, solo,

forzosamente alejado,

que ve ponerse la tarde,

con el temor de la noche.

Cualquier cosa, pero viva,

por más pequeña que sea.

Sí, cualquier cosa, Señor,

pero viva, cualquier cosa...


 Poemas del destierro y de la espera, 1976.

domingo, 27 de agosto de 2023

Sinfonía n.º 2. Daniil Jarms.

Antón Mihailovich escupió, dijo ¡puaj! Escupió otra vez y dijo ¡puaj!, otra vez. Y escupió otra vez y dijo ¡puaj!, otra vez y se fue. Que se vaya al infierno. En lugar de esta historia, déjenme que les cuente la de Ilya Pavlovich.
..... Ilya Pavlovich nació en 1883 en Constantinopla. Cuando era todavía un niño, sus padres se trasladaron a San Petersburgo, y allí se graduó en la Escuela Alemana de la Calle Kirchnaya. Después trabajó en una tienda: a continuación hizo algo más; y cuando llegó la revolución, emigró. Bueno, pues que se vaya también al infierno. En lugar de esta historia permitidme que os hable acerca de Anna Ignatievna.
..... Pero no es fácil decir algo acerca de Anna Ignatievna. En primer lugar, porque no conozco casi nada sobre ella, y en segundo lugar, porque me acabo de caer de mi silla y me he olvidado de lo que iba a decir. Entonces, bueno pues déjenme que les hable de mi mismo.
..... Soy alto, bastante inteligente; me visto con cierto recato, pero con gusto; no bebo, no apuesto a los caballos, pero me gustan las mujeres. A ellas parece que no les importa. Les gusta que salga con ellas. Serafima Izmaylovna, me ha invitado a su casa en muchas ocasiones, y Zinaida Yakovlevna, también dice que ella siempre se alegra de verme. Me vi envuelto en un incidente gracioso con Marina Petrovna, que me gustaría contar. Es algo bastante vulgar, pero entretenido. Por mi culpa Marina Petrovna perdió todo su pelo –se quedó calva como la cabeza de un crío. Ocurrió así: Fui una vez a visitar a Marina Petrovna y ¡pum! perdió todo el pelo. Y eso fue todo.

Me llaman capuchino, 2006.

sábado, 26 de agosto de 2023

Funny Games. Gemma Solsona Asensio.

Me gusta la playa. Desde mi habitación veo la orilla, el mar, la arena. Imagino que bajo esos miles y millones de granitos brillantes se esconden llaves de duendes, juguetes de niños distraídos y hasta la calavera de algún pirata tuerto.
Yo juego a enterrar tesoros, es divertido. Al principio eran piedras de colores que nunca recuperé, anillos de plástico o trocitos de papel con mensajes secretos. Pero hace una semana enterré a mi muñeca favorita. Mamá dijo que tuviera cuidado, que la arena engaña, se come las cosas y las olvida. No hice caso, y la perdí. Lloré mucho, mientras mi hermano pequeño hacía burla y mamá me regañaba.
Hoy es ella quien llora. Corre arriba y abajo, abre armarios, busca bajo las camas, y me mira como con miedo. Yo solo he contado la verdad. Que esta mañana hemos ido con mi hermanito a jugar, a la playa. En la arena. Como a mí me gusta.

jueves, 24 de agosto de 2023

Fragmento 43. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa.

Hay un cansancio de la inteligencia abstracta, y es el más horrible de los cansancios. No pesa como el cansancio del cuerpo, ni inquieta como el cansancio del conocimiento y de la emoción. Es un peso de la conciencia del mundo, un no poder respirar con el alma.
Entonces, como si el viento tropezase con ellas, y fueran nubes, todas las ideas en las que hemos sentido la vida, todas las ambiciones y designios en los que hemos fundado la esperanza de su continuación, se rasgan, se abren, se apartan transformadas en cenizas de niebla, jirones de lo que no fue ni podría ser. Y por detrás de la derrota surge pura la soledad negra e implacable del cielo desierto y estrellado.
El misterio de la vida nos duele y aterroriza de muy diversos modos. Unas veces viene sobre nosotros como un fantasma sin forma, y el alma tiembla con el peor de los miedos—el de la encarnación disforme del no-ser. Otras veces está a nuestras espaldas, sólo visible cuando no nos volvemos a ver, y es la verdad absoluta en su horror profundísimo de desconocerla.
Pero este horror que hoy me anula es menos noble y causa más tormento. Es una voluntad de no querer tener pensamiento, un deseo de nunca haber sido nada, una desesperación consciente de todas las células del cuerpo y del alma. Es un sentimiento repentino de estar enclaustrándose en la celda infinita ¿Hacia dónde imaginar la huida, si la celda es todo?
Y entonces me acomete el deseo transbordante, absurdo, de una especie de satanismo previo a Satán, de que un día —un día sin tiempo ni sustancia—se encuentre una huida fuera de Dios y el más profundo de nosotros deje, no sé de qué manera, de formar parte del ser o del no-ser.

Libro del desasosiego, 1982.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Psicología de los guardas del campamento. Viktor Frankl.

Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo, sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas.
En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos que debían ejercer la función de "capos" y en la que es fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo la selección positiva de los sádicos.
Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera.
Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona, siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al desdichado prisionero.
En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter sádico, pero no impedían que otros las realizaran.
En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré únicamente al comandante del campo del que fui liberado.
Después de la liberación -y sólo el médico del campo, que también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa fecha- me enteré de que dicho comandante había comprado en la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables.
Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.
El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la mano contra ninguno de nosotros.
Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba especialmente, mientras que se sentían profundamente conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo" humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.
De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la "raza" de los hombres decentes y la raza de los indecentes.
Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de concentración.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.