domingo, 26 de noviembre de 2017

La niña. Juan Ramón Jiménez.

La niña llegó en el barco de carga. Tenía la naricilla gorda, hinchada, y los ojos de otro color que los suyos. En el pecho le habían puesto una tarjeta que decía: «Sabe hablar algunas palabras en español. Quizá alguien español la quiera».
La quiso un español y se la llevó a su casa. Tenía mujer y seis hijos, tres nenas y tres niños.
-¿Y qué sabes decir en español, vamos a ver? La niña miraba al suelo.
-¿Ser nice?-Y todos se reían-. Me custa el socolate. -Y todos se burlaban.
La niña cayó enferma. «No tiene nada», decía el médico. Pero se estaba muriendo. Una madrugada, cuando todos estaban dormidos y algunos roncando,
la niña se sintió morir.Y dijo:
-Me muero. ¿Está bien dicho?
Pero nadie la oyó decir eso. Ni ninguna cosa más. Porque al amanecer la encontraron muda, muerta en español. 


 

jueves, 23 de noviembre de 2017

Territorios. Hipólito G. Navarro.

Yo, de perro, la verdad es que no me ando con pamplinas. Nada de micción en tronco de árbol o señal de tráfico, nada de sólida esquina de edificio, nada de esos llamativos adoquines de los alcorques. Si hay que marcar un territorio, señalar un dominio, ¿qué porvenir tengo de perro meando en mi barrio y adyacentes?, ¿cuántos barrios puede cubrir la meada de un perro? Yo voy más allá, no me ando con chiquitas ni provincianismos. Me especializo en ruedas de vehículos (tapacubos, llantas y neumáticos), y de últimas no meo ruedas a tontas y a locas, así como así, no. Distingo ya perfectamente las matrículas, dosifico, me expando. Adoro esas matrículas de colores extranjeros, amarillas, azules, verdes… 

 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Diario de bar. Roberto Bolaño y A. G. Porta.

Jueves, 8 de febrero de 1979


Hacia las siete de la mañana Vila fumaba en un rincón atrás de la barra, el culo acomodado en el reborde de la repisa, los ojos pensativos y los brazos cruzados sobre el estómago. Tras franquear la entrada, Mario se quedó un instante mirándolo antes de subirse a la banca y apoyar los codos en el mostrador. Un café solo, dijo a modo de buenos días. Vila se levantó, tenía el cuello de la camisa sucio y las mejillas pálidas, como si jamás le hubiera dado el sol. Hola, chileno, respondió sin quitarse el pucho de los labios, caminando con movimientos de basquetbolista hacia la cafetera, un viejo modelo italiano al que de vez en cuando pasaba un trapo mojado con abrillantador. Un café solo, murmuró para sí mismo. No había nadie más en el bar, afuera llovía. El chileno se sacó la chaqueta y la sacudió, después la dejó colgando en la banca de al lado. Algo similar a un temblor le removió el estómago y la columna vertebral. Luego, la calma. Póngale un par de gotas de coñac, le pidió. Vila asintió con un suspiro. Después de una noche de trabajo al chileno le resultaba agradable estar allí, en la penumbra del rectángulo largo y estrecho, con el suelo tapizado de colillas y sobres de azúcar vacíos que la hija de Vila se encargaría de barrer en un par de horas más. No había parroquianos, afuera llovía y a Mario le brillaban los ojos, un brillo adquirido tras una noche en vela. Pensé que te habías muerto, saltó de pronto Vila mientras ordenaba unas botellas en la estantería. Mario bostezó. Luego prendió un Ducados y bebió el primer sorbo de café. Era un líquido negro y casi apestoso, con olor a sobaco, que le hizo el efecto de una patada en el interior de la garganta. Póngale un poco más de coñac, dijo. Igual se hubiera podido frotar las manos, quizá lo hizo mentalmente. Vila nunca le cobraba el coñac cuando se lo solicitaba de esa forma. Viene en el periódico de ayer. Un chileno saltó de un séptimo piso aquí al lado, gesticuló el hombre para que Mario se hiciera una idea de hacia dónde sobrevino el suceso. Era vecino, aunque nadie lo conocía, explicó Vila escarbándose una muela con una cerilla de cera. Luego encendió otro cigarrillo y se acercó hasta quedar frente a Mario. No sabía qué pensar, la semana pasada no viniste. No sabía qué pensar, se repitió el chileno para adentro, acompañando el pensamiento con un movimiento vago de la mano, sintiendo las falanges pesadas, como si cada dedo estuviera unido al otro por una membrana transparente y densa. Se observó la mano con curiosidad mientras Vila pensaba en el suicida, en todos esos muchachos que deambulaban perdidos por las calles, calcados al chileno. Mario se vio en la mente del dueño del bar cayendo de las alturas, aplastado contra el suelo, rodeado de pronto de gritos y de voces que se interesaban por él. Mantuvo la boca cerrada, no tenía ganas de hablar. Si desconocían su identidad, ¿cómo sabían que era chileno?




Viernes, 9 de febrero de 1979


Encontraron el pasaporte debajo del colchón, envuelto en una hoja de periódico, junto con algo de bisutería. No dejó testamento, ni dinero, desde luego, ni ropa, ni tan siquiera un paquete de cigarrillos. Lo puesto y basta.




Sábado, 10 de febrero de 1979


Vila pensaba en el suicida, en todos esos muchachos que deambulaban perdidos por las calles, como si fueran compatriotas del chileno. Parecía estúpido recordarle la inexactitud del pensamiento mecánico. Vila ya conocía eso por antecedentes históricos, si se quiere, de guerra, de raza, de clase, y si decía que eran compatriotas de Mario, lo hacía de forma casual, para abreviar los párrafos que se amontonaban en su cabeza completamente despeinada a esa hora, igual que durante el resto de la jornada.




Domingo, 11 de febrero de 1979


En medio del silencio dominical, Vila esperaba la pregunta con una especie de paciencia colgándole de los ojos, aunque a Mario le pareció que no tenía muchas ganas de hablar. Por una rendija de la puerta de vidrio se filtraba, a intervalos, una corriente de aire frío. No se descarta la posibilidad de asesinato, dijo escanciando, sin que el chileno se lo pidiera, un chorrito extra de coñac en lo que quedaba de café. Simplemente saltó, o lo echaron por la ventana del patio interior. Como si abajo estuviera el mar, pensó Mario, notando que era un tópico harto trillado. Se le ocurrió que hasta entonces ni siquiera había podido imaginar su cara o la complexión del tronco o el tamaño de sus orejas. Se tiró el piquero, se repitió dos o más veces, recordando que esa palabra le llevaba a su infancia, a esos años infantiles transcurridos en Viña del Mar, en casa de la abuela que les acompañaba, a su hermana y a él, a la piscina Recreo, donde se tiraba piqueros. Y en las prolongadas caminatas con su abuela por el molo de Valparaíso, y en la roca de los enamorados, también llamada El Salto o la roca de los suicidas: un saliente sobre el mar adonde iban a matarse los porteños desesperados, cimentando con sus cuerpos, recogidos de entre los peñascos por los bomberos, la aureola de una cosa sagrada, de la gran piedra, santuario para los otros enamorados que retozaban en sus rincones o el paraje, casi turístico, adonde las viejas inquietas arrastraban a sus nietos. Vila dijo haber reconocido al suicida en un retrato que le mostró el viernes la policía. Era vecino del bar, aunque no solía entrar. Le veía pasar por la calle de vez en cuando. Mario bebió un sorbo de la taza. Mientras el forense despachaba al muerto, forzaron la puerta del piso. La sala estaba vacía. Nada, no quedaba nada, polvo, una cama y una Guía Urbana de Barcelona. Hay gente así. Quizá era triste, pero no lo pensó.




Lunes, 12 de febrero de 1979


Aproximadamente a las diez y media de la mañana Mario atravesó el umbral de la puerta para sentarse en la banca y apoyar los brazos en el mostrador. Era muy tarde, había estado escribiendo hasta entrada la mañana, hasta que despertó, dormido sobre el escritorio. Un café solo, dijo a modo de buenos días. Luego se miró en el espejo mientras encendía un Ducados. Tras él una pareja de estudiantes se besaba en una de las mesas, sendas carpetas atadas con elásticos a un lado. La hija de Vila barría a su alrededor. A las diez y cuarenta entró una mujer, una larga y gruesa bata la cubría hasta rozar unas zapatillas acolchadas de vivos colores. Casi temblando pidió que la dejaran llamar a la policía. Vila la miró sorprendido. Mario y la pareja de la mesa levantaron la vista. La hija del dueño siguió con su labor. ¿Necesita ayuda?, preguntó Vila mientras daba línea al teléfono. Por la actitud de la mujer todos interpretaron que no era necesario. Ésta marcó un número que tenía anotado en un papel y pidió por el inspector Andrade. Luego se identificó como la portera del inmueble donde el suicida, dijo. El suicida, repitió, ha recibido una carta.




Martes, 13 de febrero de 1979


Entró un muchacho completamente mojado, se paró en el otro extremo de la barra y pidió una coca-cola. La puerta tardó en cerrarse y Mario sintió frío. Vila volvió junto a él. Sabían que era chileno por la portera, por eso pensé que quizá se trataba de ti. El primer día a nadie se le ocurrió buscar debajo del colchón. Ahí guardaba su pasaporte. ¿Tú donde lo guardas? Mario siempre andaba con él. Un viejo y arrugado pasaporte de color azul en el bolsillo trasero del pantalón. Mario no exteriorizó ningún gesto que revelara lo que pensaba en aquel momento. Levantó la vista y dirigió su mirada hacia Vila, derecho a los ojos. Se interrogaba a sí mismo, preguntándose qué diligencias habría emprendido la policía después de que recayera sobre él la sospecha de ser el suicida. Vila dejó de apoyarse con los codos en el mostrador, se colgó el trapo en la espalda y cobró la coca-cola del muchacho. Abrió la caja con un ensordecedor ruido metálico y la volvió a cerrar mientras el chico salía. Afuera llovía. A través de la vidriera se veía la calle, desprovista de peatones, gris sobre gris, transitaba por automóviles que rodaban lentamente, alguno con ventanillas tan empañadas que no se distinguía nada en su interior. No viniste durante una semana y dudo que haya demasiados vecinos chilenos. Mario pensó que, por una vez que alguien se preocupaba de su suerte, metía la pata hasta la rodilla. Quizá tampoco fuera preocuparse por uno averiguar si estaba muerto. En todo caso era preocuparse por sus familiares, o por el censo, o por una herencia, por el futuro corte y confección de un poema elegiaco. Francamente, pensó el chileno, ya no le importaba demasiado.




Miércoles, 14 de febrero de 1979


En el fondo era una historia sencilla, pensó el chileno: la guerra de cada día, la de fuera y a de dentro de uno mismo, la lejana y la que corroe las entrañas. Se le cerraron los ojos. Se estaba quedando dormido. En la parte trasera de un automóvil una niña bajó el cristal de la ventana, asomó la cabeza y luego le miró brevemente, sin verle. No tendría más de nueve años y llevaba el pelo recogido en un par de trenzas que se apoyaban en los hombros de una chaqueta escolar de color azul. El coche se puso en movimiento, la niña soltó unos papelitos que se humedecieron en cuanto llegaron al suelo, luego subió el cristal. Lo último que vio fue una trenza o tal vez otro niño, agazapado en el más allá del asiento posterior. Y después más coches. Todos herméticamente cerrados. Mario abrió los ojos y no supo si lo había soñado. Aún le quedaba la imagen de la niña.




Jueves, 15 de febrero de 1979


Era estudiante y tenía un amor. Una chica le había escrito una carta. Una chica de Gerona. Era estudiante y en el piso sólo encontraron la Guía Urbana de Barcelona. Eso era un piso para otra cosa, dijo Vila. Puede que le mataran. Todo ello era muy extraño. Hay gente así. Una chica le había escrito una carta de amor. Presumiblemente era su novia. Él era estudiante y la carta llegó tarde.




Viernes, 16 de febrero de 1979


Pensó que con una pista (una carta era una pista), olvidarían que él, primer sospechoso de haberse suicidado, no tenía ni siquiera permiso de residencia. Nada, ni una libreta de direcciones, le había dicho Vila mientras le añadía un poco de coñac al café. Como si el tipo no tuviera amigos en todo Barcelona. Tener amigos; estar solo; relacionarse; un amor; una carta. Pero si entraban en su habitación, se sonrió el chileno, encontrarían algo más: libros, novelas escritas de su puño y letra en cuadernos sin marca. Se preguntó qué ocurriría con su diario, si sería desmenuzado frase a frase, palabra a palabra por detectives ávidos de información, presurosos por cerrar un caso, su caso. Si entraban en su habitación, aseguró Vila, podrían llenar un camión de facturas y albaranes. Olían a bar. El chileno pensó que más bien era triste. Imaginó al suicida caminando con la famosa Guía. A diferencia de lo que le ocurriera unos días antes, ahora casi podía verlo: abrigo marrón raído, la guía sujeta en la mano derecha, la izquierda en el bolsillo; soñando con una carta. Vila se pasó la mano por los cabellos con la intención de peinar lo que no tenía arreglo. Mario le miró a los ojos. Como siempre, tenía sueño. Había estado escribiendo hasta muy tarde, por supuesto hasta clarear el día.




Sábado, 17 de febrero de 1979


Vila puso en marcha la cafetera. Salió de atrás de la barra y acabó de subir la puerta metálica. Pasó el trapo por encima de las mesas. Les puso un cenicero. Como por inercia dispuso en orden los taburetes y volvió detrás del mostrador. Abrió la nevera y extrajo unas pequeñas cazuelas de tapas que dejó a la vista, bajo la protección de cristal. Puso el aceite en una sartén y ésta a calentar en el fuego, luego sacó unas patatas a rodajas que ya venían preparadas y las dejó a la vista cerca de la cocina. Encendió un cigarrillo y tiró la cerilla al suelo, junto a las colillas y los sobres vacíos de azúcar, al otro lado del mostrador. La hija de Vila se encargaría de barrerlo en un par de horas. Cuando la cafetera estuvo caliente se preparó un café cargado. ¡Vaya mañanita!, se dijo sin saber por qué. Hacía un frío en el exterior, todavía oscuro, de donde llegó Mario con cara de sueño.




Domingo, 18 de febrero de 1979


La calle no se había despertado todavía. Era muy tarde cuando Vila abrió al público. Mario se cruzó en la entrada con un par de ancianos que irían a misa. Pidió lo de siempre, un café solo, a modo de buenos días.




Lunes, 19 de febrero de 1979


Pasó un coche rojo. Muy rojo y brillante. Luego uno de color verde descolorido. Un viejo de dientes desparejos y traje gris de corte clásico tomaba su café con leche, el sombrero encima del mostrador. Afuera llovía como casi todos los días. La ciudad se iba despertando. Mario observó a la gente que se dirigía al trabajo, arropados debajo de sus paraguas, con el bocadillo envuelto en la mano libre, con los ojos recién estrenados, con ese ritmo silencioso que caracteriza las primeras horas del día. Entró el hijo mayor del panadero abriéndose la puerta con el pie; en las manos una bandeja repleta de pastas tapadas por un celofán transparente. Buenos días, dijo. Buenos días, respondieron Vila, el viejo del traje gris y Mario, casi al unísono. Tras despachar al muchacho, Vila se acercó a Mario. Ahora dicen que murió antes de caer por la ventana. Habladurías del barrio que saca sus propias conclusiones cada vez que se acerca un inspector preguntando sobre tal o cual cosa, por si recuerdan algún detalle. El chileno sorbió un café lentamente, apurando el cigarrillo, viendo llover en la acera. De nuevo gris sobre gris. Habladurías del barrio. Dos árabes ataviados con chilabas se detuvieron ante la puerta, dieron un vistazo al interior del bar y luego siguieron su camino. Mario imaginó que también poseerían una maravillosa Guía Urbana de Barcelona. Debería escribir algo sobre “El hombre que sólo leía la Guía Urbana de Barcelona”; un viejo amante de la novela negra. El chileno metió la mano en el bolsillo buscando el dinero con que pagar la consumición. Vila, acomodado en el reborde de la repisa, se dio impulso y levantó el culo, el cuello de la camisa sucio y las mejillas pálidas como si jamás les hubiera dado sol. Recogió el dinero y saludó con la cabeza a modo de despedida sin quitarse el pucho de los labios. Mario se bajó de la banca y dio unos pasos en dirección a la puerta. En aquel momento pensó que volvería a casa, quizá dando un paseo, rodeando el camino más corto. Para matar el rato, se dijo. De vuelta, los ojos se le detuvieron en los adoquines brillantes donde se reflejaban fragmentos de las viejas murallas, paredes grises y balcones de hierro negro, como ruinas estudiadas por arquitectos del futuro delicadamente piadosos. La lluvia fue como una barrera que le enturbió el destino. ¿Vas a dormir?, le preguntó su hermana apenas abrió la puerta. Quítate esas ropas. Mario estornudó un par o tres veces. Y séquese el pelo antes de acostarse, niñito, añadió ella. Él recordó al bueno de Vila y a la abuela de Viña del Mar, echó una última mirada al escritorio, revolvió los papeles con los dedos de una mano mientras apagaba el pucho en el cenicero y luego, despacio y sin vacilaciones, saltó al vacío por la ventana del patio interior. Como si de la puerta trasera se tratara, pensó, simplemente como si abajo estuviera el mar.

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. R. Bolaño y A. G. Porta, 2006.
 

lunes, 20 de noviembre de 2017

La calavera. Enrique Jardiel Poncela.

El hombre es un hueso.
(Afirmación mía.)


PREÁMBULO


¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Tendré el eficiente valor para contar esta historia? ¿Podré ejercer sobre mis nervios un dominio bastante a fin de no caer desvanecido antes de concluir?
¡Oh! Cuando vuelvo la vista atrás todo yo me estremezco y el insomnio me hace tiras y mis ojos se abren hasta el desorbiten.
¡Dios mío, dame valor y algún dinero! Voy a empezar.


EMPIEZA EL CUENTO


Hace quince años yo era más joven de lo que soy ahora. Tenía buenas ideas de todas las cosas y gastaba un hermoso peluquín que me había costado cuarenta y seis pesetas y regañar con mi prima Eloísa, a la que no le gustaban los postizos. Andando los años, este peluquín lo perdí en Montecarlo. Se equivocará quien piense que me lo jugué a la ruleta. Lo que me sucedió es —más claramente— que se me extravió yendo en el tranvía de Mónaco, un día de viento.
Vivíamos —mi prima Eloísa, mi abuela (que era una señora que en su juventud había obtenido el primer premio en un concurso de idiotas con paraguas), mi tía Marta, dos ancianos criados y yo— en una vieja casona, situada en la Montaña. (Cuando los escritores hablamos de la Montaña, el público está en la obligación de darse cuenta de que nos referimos a Santander, un poco hacia la izquierda.)
Los dos ancianos criados eran mujer y hombre, campesinos, tristes, cabizbajos, humildes y supersticiosos. Ella lloraba con mucha frecuencia y él no había usado botines nunca.
Mi tía Marta era todo lo joven que le permitía el hecho de haber asistido a los veinte años al nacimiento de Isabel II.
En cuanto a mi prima Eloísa, no la describo porque me duele un poco la cabeza.
Los seis vivíamos en la antigua casona igual que sepultados en vida y de noche todos nos reuníamos alrededor del fuego de la chimenea para rezar el rosario y mascar altramuces.


CONTINUA EL CUENTO


Una de estas noches —aquello y jugar al marro no se me olvidará jamás— el anciano criado entró en el salón de la chimenea con rostro espantado. Venía temblando, hiperestesiado y con las mejillas a medio afeitar. ¿Qué le ocurría?
Le preguntamos, le apremiamos. Él nos enseñó con un dedo rígido el contiguo pasillo.
¡Allí! ¡Allí! —decía el desgraciado Gorgonio Pérez.
Miré en la dirección indicada y todos vimos perfectamente, en el suelo, destacándose en el fondo oscuro del pasillo, una calavera humana. Las cuencas vacías, de las cuales una aparecía manchada de negro, habrían aterrado a Narváez, y la doble hilera de dientes hacía un gesto parecido al que se ejecuta para silbar La calesera. Todos sabéis cómo se silba La calesera, aunque no asistierais al estreno.
Mi abuela, mi prima, mi tía y yo lanzamos un grito de terror.
La primera interrogóme (¡qué bonito es esto de «gome»!) mientras me apretaba su brazo:
¿Por qué esa cuenca aparece negra?
Pero yo no le contesté porque en tal momento me daba igual Cuenca que Guadalajara. Iba a huir precipitadamente por una ventana, cuando mi prima Eloísa comenzó a hacer encaje de bolillos. ¡Estaba loca!


TERMINA EL CUENTO


La calavera desapareció. ¿Había sido una visión? ¿Había sido un ensueño, uno de esos ensueños, producto de la fremostasia glandulosa tan frecuente en los organismos necopáticos, o había sido un deroma vascular de los que padecen los temperamentos neuroegemónicos cuando las variaciones termométricas se invierten en un sentido verídico? No lo sé. Sin embargo, había desaparecido la calavera que todos viéramos en el pasillo.
Pero, ¡ay!, la razón no volvió ya a la mente de mi prima Eloísa.
Alguien lanzó la terrible especie de que mi prima había enloquecido de remordimientos, pues todos recordaban en el pueblo vecino que el hijo del veterinario Salomón Cateto, del que mi prima estaba enamorada hasta el sujetador de corbata sin que él consintiera en corresponder a aquel amor, había muerto misteriosamente dos años antes.
Un día, Salomón salió al campo, se echó a dormir apoyado en un tronco de encina y se lo encontró muerto, con la cabeza separada del tronco.
Y más tarde, el sepulturero de la localidad había jurado que la calavera de Salomón no estaba en la sepultura del joven ni había podido encontrarse, aunque se pusieron anuncios en los periódicos.


EPÍLOGO


Voy con frecuencia a visitar a mi prima.
¡Pobre Eloísa! Ahora le ha dado por jugar a las muñecas con una caja de cerillas y les ha hecho vestiditos y sombreritos a todos los fósforos.
Cuando la visito, rezo, pienso en Dios Nuestro Señor, y suspiro.
¡Qué amarga es la vida!
Odio los gramófonos.

El hombre que iba a casa del dentista y otros cuentos inéditos. Enrique Jardiel Poncela, 2017.
 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Quinientas lunas grises. Arantza Portabales.

Voy a contaros una historia”, dice el viajero.
Se comunica con ellos a través del pensamiento. Resulta más fácil de lo que había imaginado durante el aprendizaje. El viajero tiene miedo. El jefe de los hombres grises lo mira con su único ojo.
¿Qué es una historia, viajero?”
El viajero había sido el número uno de su promoción en Yale. Es experto en física cuántica y astrofísica. Ha resultado elegido por la NASA entre más de cinco mil aspirantes para su misión. Y sin embargo, no sabe contestar esa pregunta.
Los habitantes lo rodean. El círculo que forman a su alrededor se va estrechando. Siente su aliento. Intuye el peligro.
Llamadme Ismael”, grita el viajero. Y les ofrece imágenes de océanos profundos. Muestra la lucha de un hombre contra un ser gigante, como nunca han visto en ese planeta gris. Sabe que está salvado cuando el jefe hace un gesto con su extremidad derecha, un tentáculo largo y filamentoso. Cuando acaba la historia, todos quedan en silencio.
Eso sucedió hace tres días. Ahora está en su poblado. Según lo planeado. Quedan muchos meses para ganarse su confianza. El poblado también es gris. Los habitantes son seres cenicientos y solo su ojo amarillo rompe la monocromía del planeta. Hasta su luna despide una luz plomiza que se confunde con la línea del horizonte.
Viajero, cuéntanos otra historia”, le piden cada día. Y él abre su mente, como si fuese un gran libro. Les habla de Huck y del joven Jim. Les explica lo que es la libertad. Y a ese día le siguen otros días. Otras historias. Como la del hombre que confundía molinos de viento con gigantes. No alcanzan a entender la angustia de Gregorio Samsa. El viajero, explica que así se siente él. Distinto. Y lo comprenden. Les habla del amor. Heathcliff y Catherine. Viajan por el planeta azul del viajero subidos en globo.
Se suceden los días. Las historias. Hasta que un día se acaban.
Viajero, cuéntanos una historia”.
El viajero calcula que faltan tres meses para que vuelva el equipo de rescate.
Viajero”, claman los habitantes.
Y el viajero, que ha sido el primero de su promoción en Yale, y es capaz de descifrar una pizarra llena de ecuaciones, no recuerda más relatos.
El jefe se impacienta. Aparece en su ojo amarillo un destello de furia.
Se llamaba Mary Jane”, improvisa el viajero. “Era la chica más bonita del instituto. Y yo un jodido empollón. No sabéis lo difícil que es para un cuatro ojos, presidente del club de ciencia del instituto de Ohio, salir con la chica más popular del instituto. Pero a Mary Jane le gustaba mirar el firmamento. Un día me pidió que le explicase qué era una lluvia de estrellas. Que la acompañase a ver una. Le enseñé a dibujar constelaciones con su dedo índice. Casiopea. Andrómeda. Y nos hicimos amigos. Como lo somos nosotros ahora. Un día la besé. No entenderéis, ni en cien lunas grises, lo que se siente”.
Y el viajero sigue hablando. Día tras día. Luna gris tras luna gris. Les cuenta otras historias. Las suyas. La beca en Yale. La muerte de su madre por un cáncer de páncreas. La boda con Mary Jane. Su primer empleo en el Instituto de Ciencias de Ohio. La llamada de la Academia Nacional de Ciencias. El nacimiento de Rose.
Intercala esos grandes acontecimientos de su vida con historias comunes. El sabor de la hamburguesa con pepinillos en el bar de Al. La primera función de Rose, en la que lloró tanto que no quiso subirse al escenario. También les cuenta que añora la tarta de arándanos de su madre. Todos juntos saborean la cremosidad del queso fresco que contrasta con la acidez de los frutos rojos.
Y un día les habla del accidente que sufrió Mary Jane en Arlington Street. Y ve el horror en sus caras cuando desvela que ella falleció en el acto. No así la pequeña Rose. Rose aguantó casi setenta horas. Porque era una pequeña luchadora. Y les muestra el rostro de aquel conductor borracho.
Él es tu Moby Dick”, sentencia el jefe.
También les habla de la tristeza. “¿Qué es la tristeza, viajero?”. “La tristeza es una lluvia de estrellas sin Rose ni Mary Jane”, responde. Confiesa que es la tristeza la que lo llevó a presentarse voluntario para esa misión.
Y finalmente explica su misión. Faltan apenas diez lunas para que sus compañeros vuelvan. Esperan que él se haya ganado su confianza. Les cuenta que los viajeros que vienen no lo harán en son de paz. Que ambicionan ese planeta gris. Que no se conformarán con contar historias.
Todos moriréis”, grita. Y mil imágenes de destrucción se desploman sobre ellos.
Los habitantes lo miran con horror. Los mismos ojos que habían llorado la muerte de Mary Jane y de la pequeña Rose, se fijan al unísono sobre el viajero.
Viajero, dinos que eso es también una historia”.
Y el viajero niega con la cabeza. Les dice que deben sacrificarlo a él. Dejar su cadáver en el centro de la llanura. Luchar contra los humanos. Y el jefe responde que no puede. Que son amigos. Como Huck y Jim.
Pero el viajero explica que es necesario.
Los habitantes grises lloran con su único ojo amarillo, por el viajero que llegó del cielo, repleto de historias.
Todos lo acompañan a la gran llanura. Está a punto de anochecer. El gran jefe, enrosca su largo tentáculo alrededor del cuello del viajero y aprieta fuerte. “Te echaremos de menos, viajero”.
El viajero extiende el dedo índice. Con ese dedo dibuja el perfil de una imaginaria Osa Mayor. Y siente que el corazón se ralentiza a medida que el jefe presiona más y más fuerte. Aunque sabe que da igual. Que ya se paró hace cuatro años en Arlington Street. Fija sus ojos en la luna gris que emerge en el horizonte.
Y sonríe.

 Blog: Una nube de historias, Arantza Portabales, 17 abril 2017.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Exilio. Edmond Hamilton.

¡Lo que daría por no haber hablado de Ciencia Ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e imposible historia que nunca podría ser comprobada ni refutada.
Pero tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su partida de caza, y luego Brazell inició una discusión sobre los pronósticos de los Dodgers. Más tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía. No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escoces de más, y eso siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro éramos personas comunes y corrientes.
-Camuflaje protector, eso es -anuncié-. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como chicos buenos, normales y ordinarios!
Brazell me miró, un poco molesto por la abrupta interrupción.
-¿De que estas hablando?
-De nosotros cuatro -Respondí-. ¡Qué espléndida imitación de ciudadanos hechos y derechos! Pero no estamos contentos con eso… Ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la tierra y con todas sus obras; por eso nos pasamos la vida creando uno tras otro, mundos imaginarios.
-Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver -inquirió Brazell escéptico.
-Claro que sí-admití-. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? incluso desde nuestra infancia, ¿no? por eso no estamos a gusto aquí.
-Nos sentiríamos mucho peor en alguno de los mundos que describimos -replicó Madison.
En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba sentado en silencio como de costumbre, copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención. Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de él, pero lo apreciábamos y admirábamos sus historias. Había escrito relatos fascinantes, minuciosamente elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.
-Lo mismo me ocurrió a mí en una ocasión- dijo a Madison.
-¿Que? -pregunto Madison.
-Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí uno sobre un mundo imaginario y luego me vi obligado a vivir en él –contesto Carrick.
Madison soltó una carcajada.
-Espero que haya sido un sitio más habitable que los escalofriantes planetas en los que yo planteo mis embustes.
Carrick ni siquiera sonrío.
-De haber sabido que viviría en él, lo habría creado muy distinto -murmuro.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa a la copa vacía de Carrick, nos guiñó un ojo y pidió con voz melosa:
-Cuéntanos cómo fue, Carrick.
Carrick no apartó la mirada de la copa mientras la giraba entre sus dedos al hablar. Se detenía entre una frase y otra.
Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la Gran Central de Energía. A primera vista, parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se vivía muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias. Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una colección de relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente todas las características físicas de ese mundo y del universo que lo contenía. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clic!
Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quedé allí, inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia concreta en alguna parte. Por supuesto, ignoré esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del asunto. Pero al día siguiente sucedió de nuevo. Dediqué la mayor parte del tiempo a la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque decidí que no fueran demasiado civilizados pues eso imposibilitaría los conflictos y la violencia indispensable para mi trama. Así pues había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Erguí sus bárbaras y pintorescas ciudades. Y, justo cuando terminé aquel clic resonó de nuevo en mi mente.
Entonces sí me asusté de verdad pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una realidad sólida. Sabía que era una locura; sin embargo, en mi mente tenía la increíble certeza. No podía abandonar esa idea. Traté de convencerme de descartar tan loca convicción. Si en verdad había creado un mundo y un universo con solo imaginarlos, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podría contener dos universos…, completamente distintos el uno del otro. Pero, ¿y si ese mundo y este universo de mi imaginación se habían concretado en la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos localizado en una dimensión diferente a la mía? ¿Uno que contuviera solamente átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las imágenes que yo había soñado? Medité esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no se habían vuelto realidad en ocasiones anteriores y solo ahora habían empezado a hacerlo? Bueno, para eso había una explicación plausible. Vivía cerca de la Gran Central de Energía. Alguna insospechada corriente de energía emanada de ella dirigía mi imaginación condensada, como una fuerza súper amplificadora, hacia un cosmos vacío donde conmocionó la masa informe y la hizo apropiarse de las formas que yo soñaba.
¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una diferencia entre el conocimiento y la creencia; como alguien dijo: ‘Todos los hombres saben que algún día morirán y ninguno cree que llegara ese día’. Pues conmigo ocurrió lo mismo. Me daba cuenta de que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era. Y entonces se me ocurrió algo que me pareció entretenido e interesante. ¿Y si me creaba a mí mismo en ese otro mundo? ¿También sería yo real en él? Lo intenté. Me senté en mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno más entre los millones de individuos de ese mundo ficticio; pude crear todo un trasfondo familiar e histórico coherente para mí en aquel lugar. ¡Y algo en mi mente hizo clic!
Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente entre sus dedos. Madison le incitó a continuar:
-Y seguro despertaste allí y una hermosa muchacha se acercó a ti y preguntaste: “¿Dónde estoy?”.
-No sucedió así -respondió Carrick, sombrío-. No fue así en absoluto, desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.
Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí…., del mismo modo que sus antepasados. Verán, yo lo había creado todo. Y mi otro yo era tan real en el mundo imaginario creado por mí como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad.
Hizo una pausa.
Al principio, me resultó extraño. Caminé por las calles de aquellas bárbaras ciudades y miré los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: ¡Yo los imaginé a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que yo los soñé!
Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían creer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi imaginación? Cuando cesó mi turbación inicial, me desagradó el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan seductoras como material para una historia, eran aberrantes y repulsivas en mi propia carne. Solo deseaba volver a mi mundo. ¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro. Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.
La pasé bastante mal al percatarme de que estaba atrapado en un mundo desagradable, extenuado y bárbaro. Primero pensé en suicidarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre se adapta a todo. Y yo me acoplé lo mejor que pude al mundo creado por mí.
-¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿Que función cumpliste? -pregunto Brazell
Carrick encogió de hombros.
-No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Solo poseía mi propio oficio… el de contar historias.
Empecé a reír.
-¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
Él asintió, sombrío.
-No me quedó más remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación desbordante… y les gustaron.
Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevó la broma hasta sus últimas consecuencias.
-¿Y cómo te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que habías creado?
-¡Nunca regresé a casa! -respondió Carrick con un amargo suspiro.

 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Blanco y negro, Ernesto Ortega.

El día que repusieron “Casablanca” en el cine de verano hacía tanto viento que a Humphrey Bogart se le voló el sombrero y fue a parar a la fila siete, justo en mis rodillas. No pude evitar ponérmelo. Cuando terminó la película el cielo se había vuelto gris. Un hombre que se ocultaba entre las sombras me sonrió. Llovía y por alguna ventana se escapaban las notas de un piano. Una chica me pidió fuego. Yo no fumaba, pero me entraron unas ganas irresistibles de encenderme un pitillo y llamarla muñeca. Desapareció en un Austin blanco. Paré un taxi y dije: “Rápido. ¡Siga a ese coche!”, pero la perdí. Al llegar a casa una mujer me esperaba sentada en el sofá con un vestido negro. Me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa. Cuando iba a besarla, me dijo: “Venga, cámbiate, que llegamos tarde a la cena”, y todo recuperó su aburrido color original.