Cuando estaba a punto de sacar el cubo, le falló una
pierna y cayó al pozo. Mientras caía, le pasó aquello tan conocido de ver de un
vistazo toda su vida. Y la encontró lisa, igual y monótona (dicho sea entre
nosotros), de manera que se tragó el agua de ahogarse con ejemplar resignación.
jueves, 27 de diciembre de 2018
miércoles, 26 de diciembre de 2018
El suicidio. Antonio Serrano Cueto.
La causa de la muerte de Rogelio Pastrana fue el
suicidio, mas no porque él hubiera resuelto, en plena cuarentena, poner
fin a su existencia, sino porque vino a caerle encima un suicida. Nada extraño
en aquel barrio de extramuros, donde cada cierto tiempo la desesperación,
no pocas veces instilada en el veneno de la droga, empujaba un cuerpo al
vacío. Rogelio había oído hablar de los suicidios de altura en los relatos de
su madre, pero aquellas historias de perdedores no iban con él, que había
logrado salir de allí, hacer carrera universitaria y vivir con holgura en un apartamento
del centro aromado por jazmines.
En los días festivos Rogelio solía almorzar en casa de sus padres y, entrada la sobremesa, bajaba a comprar pasteles para la merienda. Aquel día, 1 de noviembre, era costumbre desde su infancia elegir coloridos huesos de santos.
Hacía calor, pese a la madurez del otoño, y una brisa racheada permitía barruntar levante antes de que acabara la jornada. Salió Rogelio a la calle y, al girar la esquina, se detuvo a contemplar el cartel de un comercio recién inaugurado. El suicida ya había dado el salto desde el noveno, dos pisos por encima de la casa natal de Rogelio.
Ningún testigo a aquella hora asomado en las ventanas o las terrazas, ni transeúnte alguno en la calle desierta. Nadie pudo ver al suicida frustrado ponerse en pie, incrédulo, y correr a ocultar su bochorno. La policía cubrió el cuerpo estrellado de Rogelio, se dio aviso al juez, que ordenó con hastío el levantamiento del cadáver, y el vecindario supo por sus padres que no podía haber sido desde su casa en el séptimo piso porque Rogelio había cerrado la puerta detrás de sus pasos para ir a comprar pasteles. Tal vez subió a la azotea. Quién lo diría. Cómo se guardaba su pena.
A Rogelio se le negó la tierra santa por suicida y dos meses más tarde, en mitad de un temporal de levante, vino a compartir su fosa profana el suicida vecino, que al fin había acertado de pleno.
En los días festivos Rogelio solía almorzar en casa de sus padres y, entrada la sobremesa, bajaba a comprar pasteles para la merienda. Aquel día, 1 de noviembre, era costumbre desde su infancia elegir coloridos huesos de santos.
Hacía calor, pese a la madurez del otoño, y una brisa racheada permitía barruntar levante antes de que acabara la jornada. Salió Rogelio a la calle y, al girar la esquina, se detuvo a contemplar el cartel de un comercio recién inaugurado. El suicida ya había dado el salto desde el noveno, dos pisos por encima de la casa natal de Rogelio.
Ningún testigo a aquella hora asomado en las ventanas o las terrazas, ni transeúnte alguno en la calle desierta. Nadie pudo ver al suicida frustrado ponerse en pie, incrédulo, y correr a ocultar su bochorno. La policía cubrió el cuerpo estrellado de Rogelio, se dio aviso al juez, que ordenó con hastío el levantamiento del cadáver, y el vecindario supo por sus padres que no podía haber sido desde su casa en el séptimo piso porque Rogelio había cerrado la puerta detrás de sus pasos para ir a comprar pasteles. Tal vez subió a la azotea. Quién lo diría. Cómo se guardaba su pena.
A Rogelio se le negó la tierra santa por suicida y dos meses más tarde, en mitad de un temporal de levante, vino a compartir su fosa profana el suicida vecino, que al fin había acertado de pleno.
lunes, 24 de diciembre de 2018
Mafasca. Lola Suárez.
“Apúrate,
m’hija, se hace de noche y no me gusta que vayas sola por esos caminos de
Dios…”
Mercedes
sonríe y esconde su mirada azul en el pocillo negro de café que sostiene en el
cuenco de sus manos.
Lo que la
tía ignora es que a la salida del pueblo la espera Vitorino. Cada noche, cuando
vuelve a su casa, él la acompaña. Ella solo ve la punta de su cigarro,
brillante como una pequeña luz inquieta, bailarina entre los dedos del
pretendiente que, respetuoso, no le dirige la palabra y mantiene las
distancias. A Mercedes le agrada esta reserva, intuye su presencia y se sabe
bien escoltada.
Lo que
Mercedes ignora, es que Vitorino no ha fumado en su vida.
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